¿Qué es pues filosofar?

Por: Manuel Espinoza Orellana
Fuente: icalquinta.cl

Si es acosamiento del ser, búsqueda de aquello que un modo verbal diseña y pone en tanto sujeto de la interrogación, la respuesta provisoria encierra en sí un acto que es aquello sobre lo que la pregunta continúa insistiendo, de tal modo que hace del ser una cuestión universal. «El ser es el ente», luego el ente es el ser, y de tal manera, aún, es posible que no se zanje la duda, y eso depende de la insistencia que se ponga en definir el ser en tanto problema, en cuanto se lo presume forma límite o «simiente» de todo existir.

Y entonces decimos: esto es. Señalamos nuestra convicción de un consistir que se refleja en nuestro entendimiento como una certeza inmediata, que es la materialidad de un objeto, o un ajustado silogismo que acusa una verdad sin dubitaciones. Pero si decimos «ser» y decimos «es» nos estamos anteponiendo un modo de descubrimiento que involucra un antes en que un determinado «saber» nos permitirá establecer la validez de lo que descubrimos, o a lo que asignamos la cualidad sustancial de ser.

¿Las cosas son, o parecen ser, debemos o no confiar en lo que nos proponen los sentidos? ¿Qué es América? Un espacio geográfico que forma parte del planeta tierra y sobre el cual existen unos límites precisos y una latitud comprobable. Como el resto del planeta no puede ser negado, los sentidos se ponen a prueba miles de veces indeteniblemente y nos dicen que el mundo es una cierta exterioridad en que los seres humanos viven, y que esta exterioridad es una parte infinitesimal del universo.

Es decir, existe una realidad que podríamos llamar material y que es esencialmente energía en movimiento, de la cual todo lo existente es parte, inclusive el hombre. Y el concepto de ser, que es un modo verbal, asigna a esta realidad la cualidad de «ser» el existente, forma primera que los sentidos perciben y que el entendimiento instiga luego a comprobar transformándolo en conocimiento. Así se dijo: ser es ser percibido. Pero la superficie de las cosas, aun en su universalidad, no siempre es el reflejo de una certeza indiscutible. En las cosas se encierra aquello que las hace existir, luego de ellas se puede decir que «son», en tanto hemos llegado al núcleo de su esencial determinación de existencia.

Una huella errante

He aquí un problema que la ciencia asume y encara. Ella impulsa la investigación de lo existente, descubre su complejo de relaciones, muestra sus efectos y controla al fin ciertas formas de las leyes naturales con las que transforma la naturaleza operando en sus causas y revirtiendo sus efectos. Para la ciencia el ser es el ente sobre el cual puede operar hasta descubrir las condiciones de su esencia. Para la filosofía es el quid reflexionable, aquello que define un existir en tanto necesario en sí.

¿Qué es, entonces, la filosofía? ¿Cual es su ser? En momentos de profundo descreimiento como los actuales, en que un positivismo de emergencia cotidiana es propuesto en cada minuto de la existencia, la filosofía pareciera un «negocio» de pequeñas élites, forma de un cierto profesionalismo hermético o hermetizado voluntariosamente, y sin embargo, si bien en ninguna época de la historia grandes sectores de la humanidad tuvieron acceso a ella, hay en la naturaleza inquisitiva de lo humano una tendencia a pensar más allá de las relaciones concretas del o cotidiano. Hay, o había esta tendencia o es que hoy ha disminuido tanto que se ha confirmado sólo como espíritu profesional de ínfimas minorías.

Y de allí la errancia de su huella, o es que esta errancia es de un modo esencial una característica de la libertad que propone o que afirma en su más o menos esotérica búsqueda. Es fácil decir: la filosofía es un modo singular de la reflexión humana. Pero si es una proposición verdadera, es también de una virtual insuficiencia, si queremos determinar su ser. Podemos decir, por ejemplo, que los presocráticos fueron filósofos y que en ellos se encuentra el origen de la filosofía occidental, pero aún estaríamos quizá soslayando la interrogación. Se los llamó filósofos, es decir «amantes de la sabiduría» y la sabiduría consistía para ellos en tener un conocimiento profundo del mundo en que vivían, para lo que se preguntaban qué era el universo y cuál su consistencia.

Pero amar la sabiduría implica saber que ella existe y que es posible definirla. Y volvemos a la duda: ser sabio, ¿significa tener conocimientos? ¿Y quien los tiene cae bajo la categoría de filósofo? Y diríamos que no es así, pues los hombres de ciencia son hombres de conocimiento, y si bien algunos pueden catalogarse como pensadores, en cambio no pueden llamarse filósofos. La filosofía, entonces, no es instancia de conocimientos .científicos. Los presocráticos fueron sujetos reflexivos que mostraron su inconformidad con la superficie de las cosas y quisieron saber en qué consistía su existir. Y reflexionando y contemplando aprendieron muchas cosas y pusieron en orden algunas de ellas. Descubrieron destellos profundos de una realidad que, al circundarlos, inquietaba su espíritu inquisitivo.

Después, antes de Platón y Aristóteles, Sócrates fue un filósofo «químicamente puro». Es el primer gran filósofo que ha tenido el mundo occidental. Lo es, debido al centro de atención que constituyó el tema de su reflexión: el hombre. He allí el gran tema de la filosofía. Es justo entonces que, al afirmar esto, tengamos a lo menos una proposición sobre qué es y cuál es el ser de la filosofía. Y diríamos que si la filosofía se descifra como amor a la sabiduría, esto es referido a un saber sobre lo humano, característica que salva al género de la animalidad constituyéndolo en un promotor de cultura. Apetencia de comprender

He aquí unas claves: la filosofía está en el centro de lo humano, es esencia de lo inquisitivo, forma de un «descontento» original, angustia que impele desde la ambigüedad del ser consciente hacia una apetencia constante de ser. El hombre siente muy hondamente el absurdo de su existir, se sabe de una necesariedad discutible y quiere comprender.

He allí la filosofía, apetencia de comprender. Si la religión es anhelo de justificación, de ser producto de algo o de alguien en quien depositar la responsabilidad de un destino que ilustre el sentido, la filosofía, esencia inquisitiva en sí y por sí, actúa bajo el imperativo de comprender, de saber por qué y para qué lo humano, y el ser de lo humano es su absurda ambigüedad, por ello el filósofo sólo sabe que en verdad no sabe nada, y que su oficio consiste en plantear las interrogaciones, en perfeccionar su formulación desechando constantemente aquello sobre lo cual el pensamiento científico otorga respuestas adecuadas.

Es por eso que la filosofía ha venido reduciendo a través de la historia su campo de acción. Pero lo no reductible es lo esencial: la imagen humana del hombre. Ella es para la ciencia una sombra que se escurre en integridad. El conocimiento científico desmembra, parcializa, fragmenta su acción sobre lo humano sin llegar aún a penetrarlo en totalidad, a recomponer las partes descifradas para llegar al núcleo esencial de un existir que palpita siempre más allá de toda explicación.

La filosofía es un saber de la ignorancia, comprueba horizontes que siempre están escapando, percibe la imagen del hombre como el humo tras el espejo, haciéndose y deshaciéndose, esfumando su integridad en el complejo de sus contradicciones. Y el mundo del siglo XX es la prueba de este desconocimiento esencial.

Filosofar significa mantener abiertas permanentemente las interrogaciones sobre lo primordial, origen que lo humano de algún modo sustenta sin saber, sin compren der. Sólo tenemos respuestas para lo que hemos realizado sobre la tierra, elaboramos un programa y lo llenamos de sentido, pero este programa se escinde en muchos otros y todos reclaman su sentido y surge la contradicción. El hombre vive en permanencia de contradicción, su espíritu inquisitivo lo lleva a múltiples respuestas pero jamás a una verdad original, definitiva y comprobable.

He aquí una certeza que podría plantearse cautelosamente: después de 2 mil 500 años de filosofía, occidente no tiene respuestas sobre el origen y acción de lo humano. Sólo puede afirmar que el hombre pareciera ser un sujeto en devenir constante, haciéndose, rehaciéndose sobre la base de una cierta condición que parece mantenerse a través de su historia. El hombre ha generado sobre sí mismo una fabulación que se inicia como una constante relación con lo desconocido, horizonte que siempre está más allá de lo alcanzado y que lo obliga a reiterar sus propósitos volviendo sobre sus pasos y confirmando tendencias que reflejan un modo de consistir invariable por un largo período. Y lo que conoce de sí mismo está en esos actos, pero más allá o más acá de ellos siempre hay un silencio, o una ceguera que lo obliga a inventar sus propósitos. En esa corriente la filosofía es acción de las palabras que el afán inquisitivo impulsa bajo el fuego de una mirada ciega.

En lo humano y la cultura

Si el hombre no ha podido fundar la felicidad sobre la tierra, ésta es una quimera, y si, por el contrario, ha venido destruyendo el planeta para lograr satisfacciones personales, es porque, en verdad, no se conoce a sí mismo, se ha planteado metas basadas en un desconocimiento esencial de su ser.

He aquí el tema básico de la filosofía: fundación de una ontología que interrogue lo humano en tanto forma realizada en la cultura, que es, en sí, su mundo o su naturaleza consecuente. Ahora, si lo humano es, como más o menos deja entrever la ciencia, sólo un ente vital en devenir, conjunto de cualidades en acción que la evolución ha provocado, y cuyo sentido está implícito en su queha cer, la filosofía se mostraría como lo ha señalado Levy-Strauss, como una inútil ocupación que en 2 mil 500 años no ha constituido más que una pérdida de tiempo. Pero quizá ésta es una proposición polar apresurada, mientras la etnología y otras ciencias afines no logren la coronación de un conocimiento definitivo acerca del hombre.

Mientras tanto, el discurso de Heidegger sigue resonando inteligiblemente para reclamar una nueva «revolución copernicana»: que el ser de la filosofía sea el ser del hombre en una profunda reflexión hacia sí mismo, a la desnudez primogenia en que se gesta una acción evidentemente desprovista de un sentido original. Como diría Sartre, siempre hay un «en si» frente a la mirada, opacando a la conciencia, usurpando, o fundando circunstancialmente el ser del «para sí.», pero éste está destinado siempre a caer en su vacío de ser, a constituir la nada en que se pierde el sentido de su origen y de su existir. Si después de un período tan largo de su trayectoria, la filosofía no hace más que encarnarse en ella, disolviéndose en el continuo de su historia, convirtiéndose en una respiración artificial que no hace más que alimentarse de sus propios fermentos, es que ha perdido virtualmente su ruta y el hombre no es para ella más que una figura envuelta en sus reiteradas proposiciones.

Esta parálisis de la filosofía, ostentada cuando en vez de enseñarse a filosofar sólo se enseña su historia, hace de ella un espacio soslayable, una disciplina considerada un castigo más que un instrumento real para el ejercicio del pensar. Si la ciencia pone ante el hombre sus descubrimientos envueltos en una moderna tecnología, la filosofía tiene que poner al hombre ante sí mismo, mostrarle su real ignorancia, el Desconocimiento que tiene de sí mismo cuando cree que en su verdad no tiene nada que saber acerca de sí, pues su necesidad se concreta a impulsar una acción que lo haga sobrevivir en el más alto nivel de existencia material. Así es como el hombre latinoamericano se ha perdido a sí mismo en su existir continental. La filosofía ha sido para ellos un tema de la cultura occidental que las élites absorbieron como parte de una historia universal que les confirmó una forma de vida. El hombre continental renunció a realizar una identidad que emergiera del conocimiento profundo de sus ancestros, lo que el conquistador fundó y el colonizador hizo crecer sin opción, sin alternativas de mediación, constituyó al ente pasivo de la reflexión regional. Fue muy cómodo para el americano neto posterior asumir lo que había recibido sin ponerlo en duda, sin hacer de la filosofía un filosofar acerca de sí mismo, de su origen, de su destino, de la presencia de su existir. Y esto, desconocido como ejercicio de lo cotidiano, hizo que la vida del continental se hiciese en la permanente emulación. Luego se rechazan las críticas de Borges, su rechazo de la existencia de una cultura latinoamericana y de una literatura netamente continental.

En el claustro

Filosofar es ponemos ante nuestra propia ignorancia y avanzar como una constante de interrogaciones acerca de nuestro ser. Enseñar la historia de la filosofía es entregar un recurso cultural del que quizá se puedan obtener algunos términos de comparación, ciertos modos de encarar mediante el intelecto expresiones del existir humano, no obstante con el riesgo de encapsulación de sus temáticas. Filosofar es proponerse organizar las ideas en el examen de nuestra existencia como seres humanos, aprender a enfrentarnos con nosotros mismos, a salir de la creencia y entrar en la inquisición permanente de los elementos que componen nuestra realidad, que siempre es un estado en devenir.

Filosofar, como una acción generalizada, es tal vez lo que le hace falta al mundo de hoy, lo que acaso constituye una carencia visible, pues, el hecho de que la filosofía exista aún en los claustros universitarios no garantiza el acceso del hombre común al filosofar, y si esto puede haber sido siempre así, hoy cuando el conocimiento concreto del mundo se populariza y se extiende, la inconsistencia del pensar reflexivo se hace más notoria no sólo en la base poblacional sino en las minorías rectoras. Ha habido entonces una derrota del hombre como ente reflexivo, la filosofía no ha cumplido en tal sentido su papel porque se ha enclaustrado en sí misma y ha perdido su condición de interrogante de lo humano. Es que los filósofos ya no caminan por las calles de la urbe, no se sientan en las plazas a dialogar con el hombre común, no exponen sus inquietudes ante la gente sencilla abriendo fuentes de un saber profundo sobre la vida. Por otra parte el libro se difunde poco, y peca de lenguajes poco aptos a la comprensión del lector transeúnte.

Quizá sea bueno que alguna vez se recuerde a Ortega y Gasset cuando dice que un verdadero conocimiento se puede expresar en un lenguaje claro y sencillo. Y nada más exacto que esto para la filosofía. Filosofar es sacarse de encima muchas falsedades, como la vanidad, la soberbia que adorna a tantos impartidores de conocimiento. Quizá haga falta aún la antigua costumbre griega y romana de que los “grandes hombres” lleven a su espalda a quien les diga y repita: no te olvides que eres sólo un hombre”.

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