Lenguaje, sujeto y conciencia

Por: Juan Pablo Arancibia
Tomado de: Lenguaje y sujeto carcelario

Nuestra principal afirmación es que el lenguaje y el ser se pertenecen y corresponden. No nos interesa, aquí, realizar un deciframiento causal entre ellos -es pues de poca relevancia- más nos alienta la necesidad de imbricar insolublemente la condición del ser y un rasgo connatural a este, la posibilidad del lenguaje.

Metodológicamente nos es útil observar la relación de pertenencia entre el ser y el lenguaje en la medida que mediante un posterior examen de un cierto tipo de lenguaje podríamos encontrar pistas reveladoras acerca del sujeto que motiva esta investigación.

Así nuestra preocupación inicial será problematizar la noción de lenguaje como artefacto, como utencilio que está por ahí depositado y el sujeto concurre a este, lo toma, lo usa y luego lo deja. Una visión cósica del lenguaje abandona la posibilidad de encontrar mediante la ruta de su inspección al sujeto que habita en él. Desde nuestro marco referencial pensar el lenguaje como un utencilio, es un concepto de lenguaje que por su condición cósica y fragmentaria terminaría por negar al sujeto y en última instancia sólo reconoceríale una participación esquizofrénica en la vida, en lo social.

Nuestra afirmación reposa sobre el supuesto de que el ser y el lenguaje son dos dimensiones existenciales que se pertenecen, que se contienen, y lo que es más aún, se corresponden. Desde una mirada heiddegariana afirmaríamos que «el lenguaje es la morada del ser», en el sentido que se despliega como una fusión existencial, constitutiva del ser. Con mayor visibilidad lo podemos apreciar en palabras de Heidegger:«El hombre se manifiesta como un ente que habla. Esto no significa que le sea peculiar la posibilidad de la fonación, sino que este ente es en el modo del descubrir el mundo y del «ser ahí» mismo.»

Nuestra inferencia se orienta hacia la vinculación que existe entre conciencia y lenguaje, la conciencia como posibilidad de pensamiento y como una condición del ser, del sujeto; y el lenguaje como una articulación de la conciencia. Si esa es la relación que postulamos, nos resulta inverosímil la separación entre lenguaje y conciencia.

Tal relación ha sido anteriormente identificada y precisada por otros estudiosos, particularmente Luria lo expresa de este modo: «Gracias al lenguaje, el pensamiento permite delimitar los elementos más esenciales de la realidad, configurar en una misma categoría cosas y fenómenos que en la percepción directa pueden parecer distintos, reconocer los fenómenos que -no obstante la semejanza externa- pertenecen a esferas diversas de la realidad.»

Desde el mismo marco pudiéramos resaltar que dicha condición sería un rasgo distintivo de la condición humana, así podríamos considerarla como una fundamental diferencia entre hombres y animales, la que precisamente radicaría en el lenguaje como acto de voluntad racional, con ello se habilita la diferencia mediante la figura de la conciencia:«Por eso el lenguaje del hombre se distingue del «lenguaje» de los animales, que, según vimos anteriormente, sólo expresa a través de los sonidos determinados estados afectivos, y jamás designa con ellos objetos concretos.» No es la posibilidad de articular un «signo» accidentalmente, es la pertenencia al lenguaje como articulación de la conciencia la que nos diferencia, como posibilidad cognitiva de pertenencia, de realización y de intervención en lo real. De esta manera se trataría de un lenguaje que es conciencia, una conciencia que es social e histórica. No obstante el lenguaje es un componente consustancial a la humanidad, otro factor que constituye y distingue dicha humanidad es el trabajo. Trabajo y lenguaje seráin dos dimensión del salto cualitativo que la humanidad dió de una capacidad de expresión simpráxica a una abstracción sinsemántica; un salto cualitativo de un puro lenguaje sensitivo a uno abstractivo racional.

Desde la propia teoría Sterniana del desarrollo del lenguaje podemos reafirmar lo anterior. Stern identifica tres raíces que fundan el lenguaje: la tendencia expresiva, la tendencia social a la comunicación y la tendencia intencional. Sería esta última condición la que Stern señala como consustancial y distintiva de los humanos. La intencionalidad es entendida como la orientación a un sentido determinado «En una determinada etapa de su desarrollo intelectual, el hombre adquiere la capacidad de «tener algo en mente» (etwas zu meinen), de referirse a algo objetivo cuando articula sonidos…» Para Stern como para el propio Vigotsky «…estos actos intencionales son en esencia actos del pensamiento (Denkleistungen); por eso, la aparición de la intencionalidad supone la intelectualización y la objetivación del lenguaje.»

Más allá de ingresar plenamente al examen de las diferencias y tensiones entre las distintes matrices analíticas de orientación genética o la intelectualista, lo relevante por ahora, para efectos de este documento, es señalar que cual sea la plataforma teórica y el desciframiento causal que esta proponga entre lenguaje y pensamiento, lo cierto es que ambas figuras son consustanciales y necesariamente imbricadas a la otra.

De tal suerte, el lenguaje y la conciencia son una condición de lo humano, y es en dependencia de cuál sea la condición de lo humano, qué expresiones y formas adopte el lenguaje y la conciencia. Particularmente nos referimos a los factores exógenos, histórico, sociales, culturales, que van prefigurando e insidiendo en identidades y características globales de los sujetos. Ellos combinados con los rasgos específicos y particulares, propios de la historia de vida de cada individuo, va diseñando una relación social y cognitiva con su entorno, un habitus que determina el despliegue y expresión existencial de cada individuo. La dimensión cognitiva y social del lenguaje cobra mayor visibilidad si consideramos que el individuo aprende su mundo en los procesos de socialización y este proceso sólo es en lenguaje, de tal modo el individuo asume su condición de conciencia, del yo y la otredad mediante el despliegue existencial del lenguaje «En el desarrollo del niño como ser social, la lengua desempeña la función social más importante. La lengua es el canal principal por el que se le trasmiten los modelos de vida, por el que aprende a actuar como miembro de una «sociedad» -dentro y a través de los diversos grupos sociales, la familia, el vecindario, y así sucesivamente- y adoptar su «cultura», sus modos de pensar y de actuar, sus creencias y sus valores…Un niño que aprende el lenguaje aprende al mismo tiempo otras cosas mediante el lenguaje, formándose una imagen de la realidad que está a su alrededor y en su interior; durante ese proceso, que también es un proceso social, la construcción de la realidad es inseparable de la construcción del sistema semántico en que se halla codificada la realidad.»

Esto nos arroja la constatación de una dimensión social y otra individual o particular en el lenguaje, dimensiones que se cruzan y contienen, dimensiones que no es posible delimitar física y mecánicamente, pero cuyos cruces producen los sentidos e imbricaciones que dinamizan las infinitas posibilidades del lenguaje. Eso que los lingüistas llamaron habla, como la dimensión individual, personal, exclusiva de la lengua, esa sería la expresión más existencial y vivencial del lenguaje, en la que habita la condición del ser: «El lenguaje puede despedazarse en palabras como cosas «ante los ojos». El habla es lenguaje existenciario, porque el ente cuyo «estado de abierto» articula en significaciones tiene la forma de ser del «ser en el mundo» «yecto» y referido al «mundo».»

Ante ello nos resulta necesario precisar que -siguiendo a los lingüistas- así como en la configuración de la lengua habita un ser social, una esfera de lo social, en el habla se aloja la presencia del ser individual «si el lenguaje es un sistema objetivo de códigos, formado en el transcurso de la historia social… el habla es el proceso psicológico de formulación y transmisión del pensamiento por medio del lenguaje.» pues, ambas dimensiones del existir, tanto en lo social como lo individual, están cruzadas por su condición de correspondencia y dinámica histórica. De cierto modo, lo social en el nivel de la lengua, lo individual en el nivel del habla, están gestadas, posicionadas y articuladas desde un marco de lo histórico, su condición misma es histórica y por tanto, evolutiva, cambiante y conflictiva. Evolutiva, cambiante y conflictiva por la lógica de las contradicciones, en una dialéctica en que la dinámica de lo hegemónico y lo residual se torna constituyente.

Pues bien, esta condición de pertenencia entre ser y lenguaje ya ha sido previa y lúcidamente tratada por otros diversos pensadores. Es más aún, dentro del propio dogma fundacional cristiano se alude a la noción del lenguaje en una dimensión rigurosamente existencial «En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.». En otra versión dice «En [el] principio la Palabra era, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era un dios.». Pues en otra dice «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios.».

Ahora bien, exhibimos distintas versiones básicamente para establecer que en todas ellas existe una vinculación de pertenencia entre la Palabra y Dios, es decir, la Palabra misma, el Verbo mismo era Dios. Más allá de distraernos con el problema de la Trinidad que está ahí puesto en evidencia como tensión entre distintas corrientes mitológicas, lo relevante es que todas las versiones reconocen en una sola figura el ser y la palabra.

Nos resulta de gravitante sensibilidad las anteriores citas puesto que en ellas subyace con extraordinaria lucidez la idea de fundir el ser y el lenguaje. Si realizamos una exégesis con mayor atención, en ellas no se trata la expresión «Palabra» o «Verbo» en sentido puramente literal, sino más bien -y como la hermenéutica bíblica lo comprueba- existe y merodea un sentido metafórico, y ahí la alegoría está destinada a sugerir que aquel dueño de la «Palabra», del «Verbo», es él mismo la «Palabra», el «Verbo», pues es él mismo la conciencia. Claro está, ya que la intención ahí no es decir meramente que Dios fue el primero en hablar. No, ahí la intención es señalar a Dios como el Principio y el Fin de todas las cosas y de todos los seres, así Dios habría sido no el primero en hablar, sino la primera conciencia, el primero en existir, y en tanto el primero en existir, la existencia esencial, la existencia fundante, el creador de todo.

Bien podríamos ahondar en una suerte de exégesis bíblica para intentar dilucidar y respaldar con más ejemplos la anterior afirmación, pero ya creemos, aqui, resuelto el nexo constitutivo entre ser y lenguaje. Sin embargo, podemos observar la lectura realizada por Marx acerca del mismo pasaje, puesto que en ella se concentra la atención sobre el problema medular, el problema de la conciencia.

Marx, refiriendose a la cuestión del dinero y la constitución del fetiche, a la inversión de las relaciones sociales y relaciones mercantiles en la formación capitalista, escribe «En su perplejidad, nuestros poseedores de mercancías piensan como Fausto: en principio, era la acción. Por eso se lanzan a obrar antes de pensar. Las leyes de la naturaleza propia de las mercancías se cumplen a través del instinto natural de sus poseedores. Estos sólo pueden establecer una relación entre sus mercancías como valores, y por tanto como mercancías, relacionándolas entre sí con referencia a otra mercancía cualquiera, que desempeña las funciones de equivalente general.»

Ahi lo relevante es que Marx está parafraseando alegóricamente a Goethe en la inversión del evangelio según San Juan 1.1. Y de ello se desprende que Marx entiende y acepta la inversión de Goethe porque entiende el evangelio de San Juan como la declaración de la conciencia, el primer ser, y ese primer ser como ser de conciencia y cuya expresión en San Juan sería el don de la Palabra o del Verbo, por tanto el ser divino se funde con la palabra divina.

Tal inferencia queda en entera visibilidad si volvemos a la cita de Marx, como es sabido, Marx se está refiriendo a que el fetiche nace de la inversión de las relaciones entre personas y cosas, las relaciones sociales se producen entre las cosas y las relaciones mercantiles entre las personas, tal lógica podría sustentar la teoría del valor que alentaba la teoría clásica, como una suerte de hispostación del valor y por tanto del intercambio. No obstante Marx descubre que bajo ese tipo de valor se oculta un tejido de relaciones sociales que lo determinan. Por lo tanto Marx en esa cita señala que la acción sola, sin conciencia, sin ser pensada, como acto torpe, adopta expresión en la figura del fetiche. Marx está oponiendo alegóricamente la figura del verbo y del acto, el verbo como de la conciencia, el acto como la acción sola y torpe desprendida de la conciencia, por ello Marx plantea como necesario la adopción de conciencia de las relaciones sociales.

Al respecto, es expresión de Hinkelammert decir que Marx acepta la inversión de la frase ya que «…en tal forma describe exactamente lo que ocurre con el productor de mercancías. Este actúa antes de pensar, y por tanto el mundo mercantil piensa por él; y él ejecuta los dictámenes de las mercancías. La renuncia a la libertad es a la vez la renuncia a pensar sus actos…Al estar la acción en el principio, la libertad se pierde, y se crea un mundo falso. De esta manera Marx reivindica frente a Goethe el sentido original de la frase de Juan: «En el principio era el Verbo», o sea, la acción consciente, de la cual se hace responsable el actor en todas sus consecuencias.»

Asi queda en completa evidencia que Marx esta aludiendo a San Juan y establece una tensión entre conciencia y acto. Marx esta leyendo correctamente a San Juan, la Palabra» fundida con Dios, el lenguaje fundido con la conciencia, la conciencia como condición del ser.

Lo relevante de la observancia del lenguaje es que mediante éste opera y se despliega la constitución del individuo, en la posibilidad del autoreconocimiento y la de su entorno. Así, aparece la noción de la conciencia, como posibilidad de la distinción entre el yo y la otredad.

Este entramado de relaciones entre lenguaje, conciencia, sujeto, en el territorio de la psicolingüística es abordado con un asentamiento en común, pero que luego se ramifica y dispersa en la especificidad de dicha disciplina. Básicamente el sustrato de lo común, en el marco del debate, es que el lenguaje y pensamiento, lenguaje y conciencia son estados y procesos constitutivos del sujeto y se despliegan en un sistema de estrechas interrelaciones y correspondencias. Nuestro ya mencionado psicólogo soviético L.S.Vygotski, quien por primera vez señaló la honda conexión existente entre la estructura del significado de la palabra (concepto) y la estructura de la conciencia, habiendo formulado el principio de la estructura semántica y sistemática de la conciencia, trabaja sobre el estrecho vinculo de pertenencia entre lenguaje y conciencia.

En medio de las diferencias que observa Vigotsky respecto la teoría de Piaget, o de Stern, acerca de las relaciones causales, tipos y procesos de conformación de la inteligencia en los infantes, lo relevante es que lo medular se conserva intacto en las tres líneas de pensamiento: dichos procesos se producen y son en el lenguaje.

Lo que afirmamos es que el lenguaje comporta el sistema cognitivo y representacional del individuo, constituye al sujeto mismo y éste se despoja en él. En palabras de Luria esto es «Todo el surtido de medios sintácticos (desigual en los distintos idiomas) hace del lenguaje un sistema objetivo que permite construir el pensamiento y expresar cualesquiera nexos y relaciones, por complejos que sean, existentes en el mundo real.»

Es en medio de estas inferencias que podemos ingresar a la inspección de otra dimensión del lenguaje, y que a nuestro favor, refleja y afirma la dimensión existencial, y con ello histórica del lenguaje, cual es la evolución misma de este y su multiplicidad o infinitud de sentidos. De otra manera dicho, tan vivencial, histórico y existencial el lenguaje es, tan sujeto es, que existen múltiples e infinitos sentidos, en tanto sean múltiples e infinitos los sujetos que concurren a él o habitan en él.

Nos interesa particularmente la lectura de M. Halliday al identificar el lenguaje como semiótica social, en tanto que se activa y participa en los procesos de significación, y en ello, de la construcción social de la ralidad.

En lo específico la importancia radica en que el lenguaje es una extensión del individuo en lo social, y con ello un mecanismo de intervención, construcción y modificación de lo real. Especialmente cuando nos enfrentamos con un marco social de extrema codificación, o de un tipo de codificación especial, al menos extraña, en la que la significación proviene de una lectura social directa, de un posicionamiento en la conciencia de un colectivo.

Un lenguaje distinto delata la presencia de un sujeto diferente, de un sistema de abstracción disímil al formal o convencional.

Lo interesante es el vínculo entre la condición social del pensamiento y del lenguaje, en la medida que si el acto en que designo proviene de una lectura del «objeto», de un deciframiento de éste, en ese decifrar subyace el marco referencial, cognitivo, filosófico de quien realiza y despliega su existencia mediante ese lenguaje.

Dicha condición cognitiva y filosófica del lenguaje cobra especial singularidad puesto que la palabra misma no es un signo petrificado y unívoco, lo cierto es que su dimensión existencial se produce en esa suerte de «negociación» en el habitus, frente a lo específico de cada sujeto, y en ello el lenguaje adopta su naturaleza de infinitud semántica y de existencialidad

«El hecho de que la palabra no es en modo alguno una asociación simple y unívoca entre la señal sonora convencional y la representación directa, y de que ella posee multitud de significados potenciales, se ve no sólo por el análisis de la estructura morfológica de la misma, sino también por su uso práctico en la vida corriente.»

Esta posibilidad y condición del lenguaje como sistema de nexos destacado entre las muchas acepciones posibles y que corresponde a una esfera situacional, suele ser denominada en psicología el sentido de la palabra. Pues bien, ese sentido de la palabra es el que nos preocupa en la medida que ofrece el arraigo a una dimensión vivencial, cognitiva, histórica y social del lenguaje. De esta manera bien podríamos pensar la palabra como un medio de abstracción y síntesis, como sistema que contiene y refleja los nexos y relaciones profundos que hay entre los sujetos y en medio de los objetos del mundo exterior.

Así las cosas, bien podríamos pensar que es debido a ello que el empleo real de la palabra es siempre un proceso de opción del significado necesario dentro de todo un sistema de alternativas emergentes, destacando unos sistemas, los de conexiones indispensables, y haciendo que otros se inhiban, aquellos que no corresponden a la tarea dada. Esa que sería una lectura enteramente funcional sí otorga la comprensión del lenguaje como sistema global existencial, en tanto que en él se despoja el existir, el saber mismo de quien lo expresa.

Dicha característica logra su mayor expresión y complejidad si incorporamos la mirada, por cierto, a los distintos niveles del lenguaje, ya que particularmente en el nivel de la semantización se encuentran y cruzan factores de la enunciación que terminan comportando el sentido mismo de la palabra, así el lenguaje como condición existencial se nutre de la diversidad o infinitud semántica que posee la existencia misma. Luria se refiere particularmente a una de las condiciones de la enunicación «Justamente por eso la entonación, de tan gran trascendencia en el uso vivo del lenguaje, se convierte a la par con el contexto en uno de los factores importantes que permiten alterar el sentido de la palabra, tras de elegir una acepción entre las muchas posibles.»

Bajo esta misma matríz analítica podemos repensar el proceso real de uso de la palabra, ya no tan sólo como opción dentro de un sistema de significados plurales, sino como condición existencial de los sujetos y es en base a ello que se torna como lo esencial de la psicología de la comunicación y del pensamiento; y es precisamente por ello que uno de los ejes centrales y cardinales de la psicología científica ha sido la inspección a la movilidad del lenguaje, su preocupación por establecer la probabilidad con que cada vez aflora una u otra acepción de la palabra, acepción elegida entre muchas alternativas, analizando los procesos y factores que pueden determinar el proceso de opción de uno u otro nexo dentro de todos los posibles.

Tanto ha sido así, que la investigación objetiva de las conexiones semánticas es de gran trascendencia no sólo para la psicología de los sistemas semánticos y de la lingüística, sino que además ha cobrado una especial importancia para el estudio y análisis de las desviaciones que surgen en las mencionadas conexiones al producirse estados patológicos.

Así pues, el propio marco metodológico de esas investigaciones se ha encargado de reafirmar la que ha sido nuestra postulación principal, ya que el método investigativo más utilizado y simple acerca de los nexos potenciales que se ocultan tras de cada palabra consiste en indagar las asociaciones que suscita el vocablo en cuestión. «Esto demuestra que con ayuda del método indicado realmente podemos establecer el sistema de las conexiones semánticas que se ocultan tras de cada palabra, y que en el sujeto normal dichas conexiones tienen un carácter lógico, y no sonoro externo.» De esa manera, el sistema cognitivo, sensitivo, emotivo y referencial se conducen mediante el lenguaje, pudiendo afirmar con ello la imposibilidad de negar el vínculo entre sistema abstractivo y lenguaje, entre conciencia y lenguaje.

Es esta dinámica existencial de pertenencia entre conciencia y lenguaje lo que imprime una movilidad social e histórica al lenguaje, una condición que se traduce en una variabilidad semántica y sígnica que atraviesa y supera los conceptos de antaño, conceptos que asumían la palabra pura y solamente como simple asociación de una señal sonora convencional con la imagen viva, ciertamente «…los científicos creían que el significado de la palabra permanecía invariable en todos los estadios del desarrollo, y que la evolución del lenguaje se reducía únicamente al enriquecimiento del vocabulario y a la ampliación del círculo de ideas que se designan mediante términos sueltos…»

Un desciframiento de ese tipo conduce a pensar el lenguaje como una sistema instrumental cristalizado, cósico y divorciado de la condición connatural de la conciencia, es decir, priva de la posibilidad de reconocer al sujeto mediante el lenguaje, priva de la posibilidad de que el sujeto produzca su lenguaje, sus marcos relacionales y referenciales. Un concepto cosificado del lenguaje nos conduciría a la inevitable dicotomía entre objeto y sujeto, entre cosa y saber, entre ser y conciencia. Un concepto cósico del lenguaje que sólo instala la movilidad, la diferencia y el enriquecimiento del lenguaje mediante el cambio de cantidad, sólo como un puro cambio numérico, es una matriz reflexiva que se desentiende de la condición existencial e histórica que posee el lenguaje.

Es más bien nuestra tendencia pensar que el significado de la palabra sufre un extraordinario y complejo desarrollo, y aunque pudiera afirmarse que la catalogación objetiva de la palabra puede alcanzar grados de cristalización en el sentido común sin presentar mayor transmutación, el sistema nexor y relacional que se halla contenida en ella, el sistema de generalizaciones que la palabra desempeña, evoluciona. Esto se hace más visible si contemplamos que, en los diversos grados de la evolución, la palabra no sólo sufre modificaciones morfológicas o estructurales, sino que comienza a concentrarse en nuevas correlaciones de los procesos psicológicos.

De ese modo, cuando el sujeto habita en el lenguaje y se despoja en la palabra, no tan sólo está diseñando su propia «representación» particular y existencial de una «materia significante», mucho más que eso, está activando y movilizando un complejo entramado de conexiones que trascienden los marcos contextuales y situacionales directamente implicados, y detona sistemas de saberes que poseen el carácter de matriz global compleja, matriz que, cabe insistir, es social e histórica, matriz que bien puede ser llamada conciencia o pensamiento. Bajo esta lógica, nuestra reflexión que acusa la dinamicidad de la palabra bajo la movilidad constitutiva del lenguaje como rasgos existenciales de la propia conciencia queda un tanto más saneada

«Por eso la palabra, que forma el concepto, puede considerarse con pleno fundamento como el más esencial mecanismo que sirve de base a la dinámica del pensamiento.»

Si tuvieramos que explicarlo de otra manera volveríamos al debate de Vigostky frente a Piaget y Stern, debido a que este se centra en que las formas de observar los tipos de inteligencia y las formas del pensamiento sólo y únicamente logran ser apreciadas en el ingreso al lenguaje. Así, cuando Vigostky sospecha y problematiza el traspaso del pensamiento autista a la inteligencia egocéntrica y de ella a la inteligencia lógica o adulta sólo produce su observación desde el despliegue del lenguaje, identificando así las relaciones abstractivas del infante única y exclusivamente mediante su despliegue vivencial del lenguaje. Esto perfectamente nos puede ayudar a transitar a la reafirmación de la fusión existencial entre ser y lenguaje, y con ello a la semiósis infinita.

Lo anterior puede ser enteramente reforzado y clarificado en el marco de la psicolingüística «Un hecho esencial es que entre personas diferentes, y sobre todo entre las que se hallan en estadio diversos del desarrollo mental, la correlación de los nexos figurativos-directos y las conexiones lógicas resulta desigual.»

Esa propia fundamentación señala una ruta analítica de la psicología contemporánea, cual es la necesidad de conocer la movilidad del lenguaje, el significado de las palabras no es estático y universal, se mueve, se desarrolla y expresa saberes, existencias y vivencias. Este hecho instala el profundo cambio de estructura del significado de las palabras y manifiesta las transformaciones que experimentan en las sucesivas etapas de desarrollo cognitivo de los individuos «Precisamente por eso, esta ciencia afirma que en cada etapa del desarrollo el hombre -etapas que se basan en palabras diferentes por la estructura del significado y en otra estructura del concepto, distinta por sus mecanismos psicológicos- refleja el mundo de modo distinto y de forma distinta toma conciencia del mismo.»

Así pues, podemos plegarnos a un sistema de delimitación formal y estructural del lenguaje, nada más que como un mapeo general de los sistemas más globales que en este se pueden producir, de tal modo que podemos decir que se producen modelaciones globales de la estructura bajo distintos tipos de conceptos como bajo el sistema de los procesos psicológicos que participan en la formación de los mismos, de tal modo es posible identificar que en los conceptos «usuales y vivenciales» predominan los nexos concretos y situacionales; en los «científicos y abstractivos», las conexiones lógicas, abstractas. En el caso de los «usuales y vivenciales» se constituyen con la integración de la actividad práctica y de la experiencia figurativa-directa; en el caso de los «científicos y abstractivos», se prefiguran mediante la activación rectora de las operaciones lógico-verbales.

LENGUAJE Y SER SOCIAL.

Ahora bien, si ya hemos transitado ligeramente por la relación que nos preocupa entre lenguaje y conciencia, podemos trasladarnos a otra región de observación crucial para nuestra investigación, avanzar a la vinculación existente entre lenguaje, sujeto y estructura social. Básicamente nos concentramos en la necesidad de afirmar la correspondencia entre lenguaje, conciencia y relaciones sociales. Nos importa destacar las implicancias, relaciones y dinámicas que envuelven y constituyen los ciclos sociales de significación, y con ello de producción social de la realidad. Así, si ya existe una relación entre lenguaje y conciencia, la idea es ir tras las relaciones que puedan existir entre lenguaje, ser social y conciencia social.

Si bien es cierto nos hemos concentrado en algunos aspectos de la psicolingüística para sostener nuestra pretensión existencial del lenguaje, del mismo modo podemos afirmar desde una suerte de sociolingüística que en tanto la existencia misma es histórica y social, a su vez el lenguaje lo será también. Ello tiene directa implicancia en la movilidad de significaciones y esa movilidad de significaciones opera como modo de significar la vida, lo social, el mundo. Ese significar se traduce en una dialéctica de leer y producir lo real, un significar que no es mero o puro reflejo, sino más bien un intervención, una producción social de lo real.

Si logramos fundir en algún sentido las miradas de ambas disciplinas, podremos aproximarnos a la compleja relación entre lenguaje y estructura social. A partir de ese marco podríamos inducir que la variación en el lenguaje es la expresión de las características de heterogéneidad del sistema social; la diversidad de dialectos puede considerarse como una manifestación de la diversidad de estructuras sociales. Así como múltiples son los posicionamientos en la estructura productiva y en los referentes simbólicos de la vida social, así son de múltiples y variadas las articulaciones del lenguaje. De tal modo podemos encontrarnos con una multiplicidad dialectal que se corresponde con lo que ocurre en el ámbito vivencial de lo social.

Esto cobra mayor dinamismo aún si consideramos que es en el habla, en tanto condición individual del lenguaje, donde se ejercen los flujos de significaciones de mayor movilidad, en el sentido que en el habla se simboliza vivencial y activamente el sistema social. El sistema social existe y se ejerce mediante ese torrente relacional de significaciones, es en el marco de la vida cotidiana donde circulan los sentidos, saberes, normas y poderes que articulan lo social y que se hacen fundamentales para el aprendizaje y reproductibilidad de las modelaciones sociales «La verdad sorprendente es que son los usos cotidianos del lenguaje más ordinarios, con padres, hermanos y hermanas, con niños del vecindario, en el hogar, en la calle y en el parque, en las tiendas y en los trenes y los autobuses, los que sirven para trasmitir, al niño, las cualidades esenciales de la sociedad y la naturaleza del ser social.»

Esto nos puede ayudar a destacar la importancia del nexo entre lenguaje y ser social, toda vez que lo social adopta formas y expresiones en el lenguaje y estas a su vez se vuelven constituyentes del ser social. Lo que estamos afirmando es que el sujeto se hace sujeto en el lenguaje y se torna social en el lenguaje. No estamos afirmando que la única y exclusiva condición social del sujeto sea prohibitivamente el lenguaje, sí decimos que es mediante el lenguaje que se despliega esa dimensión de desarrollo del sujeto y de las sociedades. Las condiciones del trabajo se operan desde el lenguaje, las condiciones de saber se instalan y reproducen desde el lenguaje, las relaciones sociales son en el lenguaje. Por negación, podríamos interrogarnos si es posible una sociedad sin un marco relacional articulado desde el lenguaje, interrogarnos si cabe el verosímil de un sujeto sin noción de lenguaje, sin noción de conciencia, sin noción de sí mismo, sin noción de lo otro.

Es la necesidad de una observancia de esa naturaleza la que ha llevado a la sociolingüística a explorar las pertenencias entre lenguaje y sociedad. Desde esta disciplina sólo cabe la posibilidad de una análisis integrador entre ambas dimensiones de lo que sería un sólo fenómeno «…la lengua y el hombre social constituyen un concepto unido que necesita comprenderse e investigarse como un todo. Lo uno no existe sin lo otro: no puede haber hombre social sin lenguaje y no puede haber lengua sin hombre social.»

Con ello trasladamos a zona de mayor visibilidad que el lenguaje se prefigura, interviene y se desenvuelve plenamente en lo social, los sujetos habitan y se comportan en el lenguaje. La concurrencia de los sujetos a los espacios sociales se realiza bajo la premisa vivencial de las codificaciones sociales. Los códigos como la identificación de relaciones recurrentes nos permiten señalar la posibilidad de los roles sociales y esos configuran ciertamente lugares referenciales de identidad, de pertenencia, de agrupación, de afectividad, etc. Así el lenguaje se convierte en el componente esencial de significación de lo social y de diseño de saberes cristalizados que norman dicho escenario. Pues es en medio de este flujo de significaciones que los sujetos van articulando una conciencia como tales y un reconocimiento a las posibilidades de resignificar mediante sus experiencias, desatando con ella una dinámica que se hace histórica.

Frente a ello enfatisamos que la sociedad es articulada a traves de vinculos relacionales, dinámicas de cruces que activan sistemas nexales y que se vuelven roles sociales. Son estos roles sociales los que habilitan espacios e instancias de reconocimiento entre los sujetos y los delimita en su actuar social. Dicho de otro modo, una sociedad no se constituye en base a fragmentos o atomos, sino mediante relaciones, y es en el marco de estas relaciones en que se prefiguran los roles sociales. De este modo, todos los sujetos que integran un modelo social desempeñan roles sociales y estos son activados en el lenguaje.

Del mismo modo, si un sujeto expresa y constituye diversos roles sociales en su dinámica vivencial, cada uno de ellos va siendo perfilado en lenguajes disímiles. Ello revela el nexo consustancial entre el ser social y el lenguaje, toda vez que el reconocimiento y factura de un rol se delimita en base al uso de un espacio, al despliegue de un sentido particular y al habitar un lenguaje coherente a ese marco situacional. Esta dinamicidad de roles y lenguajes va siendo reforzada y reconstituida por las conformaciones de instituciones sociales y por la ritualización que existe en la vida social. Por lo demás, los lenguajes de roles no sólo están delimitados por sus implicancias institucinales o sistémicas, sino que, el lenguaje -en tanto condición existencial- es enteramente vivencial y con ello es constitutivo de la subjetividad «… la lengua es el medio por el que un ser humano se hace personalidad, como consecuencia de ser miembro de una sociedad y de desempeñar papeles sociales.»

Sin interesarnos, por ahora, en las tensiones existentes al interior de las distintas corrientes psicológicas al abordar el desarrollo del lenguaje, y más allá de distraernos en un perfil causal «nativista» o «ambientista», sí nos convoca la universalidad del ejercicio del lenguaje como condición necesaria y distintiva de la conciencia y del ser. En el ámbito de lo social cobra mayor importancia y nitidez el desarrollo del lenguaje para ser habilitado como sujeto.

El profesor Halliday al inspeccionar el desarrollo del lenguaje en el individuo propone una estratificación graduada por las funciones que se le otorga al lenguaje, funciones que no son sino el despliegue paulatino de la potencialidad significativa que contiene cada sujeto. A partir de estudios pragmáticos, establece siete estadios iniciales en el desarrollo del lenguaje en niños:

1.-INSTRUMENTAL («quiero»): para satisfacer necesidades materiales.

2.-REGULADORA («haz lo que te digo»): para regular el comportamiento de los demás.

3.-INTERACTIVA («yo y tú»): para involucrar a otras personas.

4.-PERSONAL («aquí estoy»): para identificar y manifestar el yo.

5.-HEURISTICA («dime por qué»): para explorar el mundo exterior e interior.

6.-IMAGINATIVA («finjamos»): para crear un mundo propio.

7.-INFORMATIVA («tengo algo que decirte»): para comunicar nueva información.

Con la proposición de este modelo de evolución de las funciones del lenguaje, al menos, se puede apreciar que desde un comienzo el lenguaje se hace social. Si bien, el primer estadio se denomina instrumental, lo cierto es que mediante el lenguaje el niño va presentando sus primeras necesidades a los otros, va gestando sus primeras relaciones sociales con su entorno inmediato. Si bien las necesidades referidas son extraordinariamente acotadas y directas, éstas van siendo presentadas mediante el lenguaje ante una otredad, desde ya posee una dimensión social. No estamos realizando una afirmación sterniana, en el sentido que no sostenemos que el infante posea ya la plena conciencia del lenguaje como potencialidad significativa, lo que afirmamos sí, es que el infante va reaccionando, en el lenguaje, a ciertas necesidades. Así más bien nos sentiríamos tentados de llamar este primer estadio algo así como lenguaje reflejo o de reacción, lo que a nuestro juicio vendría a constituir el primer ser lingüístico de todo sujeto, para posteriormente evolucionar, mediante el reconocimiento social del ejercicio del lenguaje, a un estado consciente de potencialidad significativa. «En general, la habilidad para utilizar el lenguaje en contextos abstractos e indirectos es lo que distingue el habla de los adultos del de los niños; aprender una lengua consiste en parte en aprender a librarla de las restricciones del entorno inmediato.»

Aunque nos disculpamos ante el lector por la desviación anterior puesto que ese debate no es el eje central que aglutina nuestro trabajo, queremos destacar y afirmar de ese modelo que el lenguaje desde su estado más incipiente va cobrando mayor dimensión social y existencial.

Si nos seguimos del anterior modelo, podemos apreciar que conforme el sujeto crece, el lenguaje va adoptando cada vez más una dimensión abstractiva, podríamos tratar de resumirlo así, de un estado instrumental que gira en torno a necesidades, el sujeto va desplazándose a un lenguaje existencial de autoconciencia que finalmente puede desarrollar todas las potencialidades cognitivas, emotivas y sociales, sin abandonar o carecer de las posibilidades o estadios previos. Este movimiento transicional del lenguaje, por cierto, se ve afectado por las mismas condiciones histórico-epocales que afectan la propia existencia. Es decir, en contextos de mayor o menor miseria, de mayor o menor castigo social, de menor o mayor tecnología, de libertad u opresión.

Así pues podemos reconocer la plasmación histórico-social que reside en el lenguaje y en su desarrollo, por cierto que esto se cruza con la especificidad existencial que cada individuo posee del lenguaje. Quizá quede más claro si nos servimos de la elocuencia con que lo expresa Geoffrey Thornton al decir que «…el lenguaje que aprende todo niño: es una herencia única. Es una herencia porque él, como ser humano, está dotado de la capacidad para aprender la lengua por el sólo hecho de crecer en un medio en que la lengua se utiliza a su alrededor. Es única porque…no hay dos personas que ocupen un lugar idéntico en un medio en que tiene lugar el aprendizaje de la lengua, lo que debe significar que el lenguaje aprendido es único para el individuo.»

Entonces nos referimos a la convivencia que existe entre esta dimensión social e individual, entre esta universalidad y especificidad, entre esta historicidad y unicidad del lenguaje. Porque lo relevante no es qué matríz lingüística sea la que anide a un sujeto, sino el lugar social en que se gesta la existencia y con ello las determinaciones que recaeran sobre ella, sencillamente porque serán realizadas y aprendidas mediante el lenguaje y ese lenguaje será constituyente del sujeto y de la realidad social «…el lenguaje realiza el mundo, en el doble sentido de aprenderlo y de producirlo.»

Con una reflexión de esta naturaleza nos estamos aproximando a lo que fueron las ideas centrales en el trabajo de Basil Berstein acerca de la relación entre lenguaje y estructura social. En Berstein el lenguaje expresa la condición material de la existencia, revela el posicionamiento en el marco de las relaciones sociales y se prefigura como una plataforma referencial desde la que se aprende e interviene en la realidad.

Una afirmación crucial que subyace en Berstein es que el lenguaje es determinado por las relaciones sociales y que eso contribuye a la delimitación y reproductibilidad de las estratificaciones sociales y sus escenarios simbólicos. De este modo el lenguaje podría cobrar múltiples formas y continuar una movilidad que se corresponde con la social.«Algunas modas del habla, estructuras de consistencia, pueden existir en cualquier lengua dada y …esas modas del habla, formas o códigos lingüísticos, son en sí una función de la forma que adoptan las relaciones sociales. Según ese criterio, la forma de relación social o, de una manera más general, la estructura social genera diferentes formas o códigos y esos códigos transmiten en esencia la cultura, limitando así la conducta.»

Acercándonos más al núcleo de nuestra investigación, Berstein nos obsequia una pista que, para nuestras pretensiones, resulta clave. No es relevante tal o cual ejercicio nominal, tal o cual léxico acuñado, lo relevante es que bajo la modelación de distintas formas de lenguaje lo que en ello habita es una manera distinta de relacionarse con los otros, con los objetos del mundo común, con la vida, con lo real, con la sociedad. Es decir, un modo de lenguaje contiene un modo de relación, cuando el tipo de lenguaje es el que varía, no sólo esta variando la pura forma, sino la relación que en ello existe. Nos importa destacarlo básicamente porque nos permite afirmar que al cambiar la relación también se modifica el sujeto de esa relación.

Así, en una suerte de sociosemántica, las formas que adopta el lenguaje son la extensión y expresión de la propia condición social de quien habla, y en ello despoja su propia existencia. Si observáramos las condiciones de su gramática de enunciación sería posible localizar las relaciones y determinaciones que la condición social produce en su lenguaje. De esta manera, es posible conocer, en general, la proveniencia geográfica de quien habla, su condición socioeconómica, cultural, y lo que es más aún, algunos importantes rasgos psicológicos.

Lo que venimos afirmando entonces es que mediante una observancia al lenguaje se hace perfectamente posible reconocer la posibilidad de una otredad, en el sentido de la infinitud de semiosis posibles y que cada una de esas semiosis posibles no son sino la extensión de la propia existencia de cada individuo, de esa manera existe una dimensión única y particular en los sentidos que socialmente se construyen. Ahora bien, lo que hay de común o universal en esos sentidos, y que mediante ello es posible realizar las relaciones sociales, es su dimensión histórica y social como campo común de experiencia, como marco contextualizador y normativo en la producción de la existencia y con ello del lenguaje.

A partir de esto se puede identificar que el lenguaje contiene sujetos, en el lenguaje habitan infinitos sujetos y que estos provienen de las condiciones materiales de producir la vida, y es mediante el propio lenguaje, que los sujetos intervienen y modifican dichas condiciones materiales. Así, el ser social y la conciencia social no serían dos territorios de lo social nítidamente delimitados, franqueados, y divorciados. Dejan de ser un mero reflejo, dejan de ser «rígidas fronteras» la una de la otra para ser entendidas como esferas de un mismo fenómeno, como escenarios de constitución de lo social que actúan y operan de modo interrelacionado y en un eterno y recíproco afectarse.

Será en estricta dependencia de cuál sea la pertenencia social del individuo qué relación tendrá con su entorno, con sus pares y con su marco social. Estas relaciones serán expresadas en el lenguaje, precisamente porque el lenguaje aquí opera como un potencial de significación que es, a su vez, un potencial conductual. Asi realizamos una conexión entre el ser social, el lenguaje y la conciencia social, por lo tanto es más claro comprender que en la expresión de un cierto tipo de lenguaje habita un ser social determinado el cual contiene sistemas relacionales particulares «… en el contexto de un lenguaje común, en un sentido de código general, surgirán formas lingüísticas, modas del habla distintas, que inducen en sus hablantes diferentes maneras de vincularse a los objetos y a las personas.»

Para Berstein estas maneras diferentes de vincularse se producen mediante códigos lingüísticos o «modas del habla», las que aparecerían como directa consecuencia de la estructura social y de los tipos de relación social derivados de ella. Berstein cita y se adhiere a Ruqaiya Hasan quien dice «…el código se define por referencia a sus propiedades semánticas y las propiedades semánticas de los códigos pueden predecirse a partir de los elementos de estructura social que, en realidad, los producen.»

Es en correspondencia con el espacio social en que tenga lugar el proceso de socialización de cada sujeto, cómo se resolverá la expresión particular del lenguaje y el diseño de su marco relacional y referencial. Ya antes habíamos citado a Berstein cuando se refiere a que mediante esos códigos se aprende y reproduce la cultura, lo que de inmediato implicaba una limitación de la conducta. Esto significa que a través de la socialización el sujeto recibe las bases para su constitución como tal, y es en dependencia de cual sea el marco cultural o contracultural que lo ampare, la gama de posibilidades conductuales que el individuo desarrollará.

De modo general, este proceso de adiestramiento social básicamente se concentra en los ámbitos normativos, instructivos, imaginativo, e interpersonal. En el normativo adquiere la formación jurídica y moral para desenvolverse adecuadamente bajo los márgenes reglamentarios de su grupo social; en el instructivo, reconoce las posibilidades cognitivas de su entorno; en el imaginativo aprende a modelar su propia subjetividad con el mundo y con los otros; y en el interpersonal aprende a reconocer la dimensión y dinámica afectiva propia y la de quienes lo rodean. Mediante este proceso de socialización el individuo adquiere sus sistemas referenciales, de pertenencia, su marco identitario y el simiento para el futuro de su existencia.

2 respuestas

  1. En la dirección que señalo, se encuentra un video que explica la relación existente entre el lenguaje humano y la conciencia, y que estimo que puede resultarles de interés verlo. Agradecería comentarios

  2. […] Lenguaje, sujeto y conciencia […]

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