El lenguaje y la percepción de la realidad

Por: Manuel Delaflor *
Fuente: Redcientifica.com

* Manuel Delaflor es Pensador Independiente, ex colaborador de la Facultad de Psicología de la UNAM y del Instituto Nacional para el Estudio de la Conciencia (INPEC), y ex oyente del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.

¿Cómo es que el lenguaje designa a los objetos? ¿Cómo es que podemos hablar de las cosas? Propongo que no es a través de argumentos como se puede llegar a las bases del conocimiento o la filosofía, sino retrocediendo hacia un lugar en donde no hay lenguaje.

¿Pero cómo decir, más allá de la esfera lingüística? Somos incapaces de ver el mundo sin una interpretación.

Es muy probable que la manera en que hemos organizado los perceptos tenga su origen en la supervivencia de nuestra especie, y obedezca a fines prácticos. Permiten que el organismo tenga mayor probabilidad de supervivencia.

Pero una percepción ligeramente distinta podría dar lugar a interpretaciones sorprendentemente diferentes acerca de la realidad, o de lo que es real, como sucede con algunas culturas. Es más, el simple hecho de que haya maneras -y muy sencillas por cierto- de alterar el contenido sensorial de la conciencia es prueba de que nuestra manera acostumbrada de hacerlo no es más que eso, nuestra manera acostumbrada.

¿Qué es exactamente lo que hacemos al nombrar? ¿Que clase de cosa es un significado? Estas preguntas, fascinantes sin duda, habitualmente han demostrado su inmensa dificultad y obscuridad. Mi creencia personal es que la falta de un avance claro y definitivo hacia una posible solución proviene de la manera específica en que interpretamos el mundo y su relación con el lenguaje, esto es, las creencias generales sobre las que descansan nuestras nociones más básicas acerca de la realidad (más allá de lo que consideramos los límites del lenguaje o de lo que puede ser puesto en duda con él). Es sobre este último tópico que intentaré trabajar mi propuesta.

Una propuesta

Las palabras son extensiones perceptuales de los objetos, más correctamente, son extensiones sensoriales de los perceptos cuyo carácter es intensional.

Las palabras no son las que “expresan”, en un sentido estricto, los que expresamos somos nosotros, vía conducta (y también, sólo a través de conducta es que interpretamos). Lenguaje es acción. El lenguaje puede interpretarse como patrones específicos de comportamiento motriz y perceptual, que gracias a asociaciones previas en la memoria, son traducidos como extensiones del resultado de otro tipo de conductas motrices y perceptuales, llamadas objetos (un “objeto” es tomado en este sentido como un constructo, una entidad formada y mantenida por procesos enormemente complejos de conductas motrices y perceptuales que son producidas por la “percepción secundaria”, volveremos a esto más adelante).

¿Cómo está estructurada la percepción?

Para sostener lo anterior es necesario hacer una revisión de lo que considero que es el acto de percibir y cómo es que funciona. Esencialmente, y para base de mi postura, es necesario interpretar la percepción ligada al lenguaje como un acto aprendido. Empezaré por hacer una definición muy burda de dos tipos de modalidades perceptuales, una que puede denominarse como “percepción instintiva” (esto es, sin un lenguaje, tal como el caso de un Genie) y otra que podría denominarse como “percepción intensional” o “semántica”. Consideraré también que es en esta percepción intensional en dónde surge el mundo propiamente humano, con sus divisiones entre sujetos y objetos y los miles de significados. De hecho, quiero tomar esta división “sujeto-objeto” como la base y verdadera divisora entre lo que consideraré como una percepción instintiva y lo que consideraré como percepción intensional. Considero además que esa división “sujeto-objeto” se da exclusivamente por el uso del lenguaje.

Otro punto importante para estas ideas es el considerar a los objetos del mundo perceptual como el resultado de una serie de conductas de aprehensión en relación a ciertas cualidades sensoriales. Este es un punto difícil, ya que la noción de objeto está tan dentro de nuestra estructura lingüística que es difícil, en principio, pensar en ellos como otra cosa que no sean entidades perfectamente definidas y con claros estados ontológicos (después de todo, nosotros mismos tendemos a considerarnos como objetos dentro de un mundo de objetos). Lo interesante de todo esto comienza al preguntarnos un poco más a fondo cómo es el proceso perceptual (o mental) que subyace a toda “representación mental” de “objetos externos”. Y pongo estas dos nociones entrecomilladas para hacer más notorio el hecho de que ambas son, de alguna manera, inseparables. En efecto, este modelo habitual sólo funciona si damos por sentado una serie de supuestos, como el que las cosas son externas y nuestros pensamientos sólo refieren a ellas por medio de modelos o representaciones tomadas de nuestros sentidos.

Pero todo esto parece presuponer (entre otras cosas) algo así como un proceso perceptual pasivo. Parecido a poner una cámara con el obturador abierto y dejar que “se impresione” con lo que ya está ahí. En este sentido, por supuesto, se puede hablar de un objeto externo, que sería una entidad concreta y definida y que mantendría estas características con independencia total de seres sentientes que lo percibieran de alguna manera. También se entiende perfectamente que el sujeto perceptor tiene una representación mental de ese objeto, que no sería otra cosa sino la imagen impresa en la película fotográfica (la mente) que constituiría la “cosa” que estamos viendo. Bueno, este es, más o menos, el modelo base para todas las interpretaciones subsecuentes.

Sin embargo, para el modelo que intentaré trabajar, la percepción dista mucho de funcionar bajo un mecanismo tan sencillo como este. Hay ejemplos de más para subrayar los problemas inherentes a esta posición, por lo que destacaré sólo algunos de los que me parecen más relevantes: En un acto de percepción… ¿cuál es la parte mental y cuál la parte física?; ¿Qué es exactamente eso de lo “mental” y cuales son su relaciones causales con el mundo?; Hay un “input”, ¿pero también hay un “output”?; ¿Qué es lo que vemos, el mundo o nuestra percepción? además, ¿quién es el que ve?.

Pienso que una manera de erradicar estos problemas es partir de una base conceptual completamente diferente. Para ello empezaré haciendo un bosquejo de algunos puntos que me parecen importantes para luego explicar un modelo perceptual ligeramente distinto.

Primero que nada, consideremos que al percibir, lo que estamos haciendo todo el tiempo es reconocer lo que se podría definir como “patrones constantes”. Si esto es cierto, todo acto perceptual invoca lo que se puede denominar como dos “entradas” sensoriales. La primera de estas entradas es obviamente, por medio de los sentidos, la segunda entrada sensorial debe de provenir de los propios mecanismos perceptuales, por medio de la retroalimentación corporal o memórica. Según este modelo, es gracias a esta retroalimentación que mantenemos la constancia objetal y del mundo perceptual en general.

Ahora bien, considero que sin esta retroalimentación (que provoca el reconocimiento) no habría nada así como el mundo que conocemos y sus consecuentes diferencias. Así, todo acto perceptual que dé por resultado un estado “cognocente”, debe estar basado en la memoria (que es la base para la retroalimentación), en un sistema que denominaré (por carecer de palabras más adecuadas y estando plenamente consciente de lo vago que resulta por ahora esta noción) como “patrón homeostático interno”.

Un acto sensorial es un evento que requiere interactividad de parte de los mecanismos sensoriales, no mera expectación. Esta interactividad puede darse en diferentes niveles, ya sea los actos puramente senso-motores en un nivel o la retroalimentación memórica compleja en otro. Podríamos decir que lo que sucede es que el patrón neuronal de entrada sensorial en interacción con ese patrón memórico homeostático interno producen una serie de respuestas en diferentes niveles. Respuestas que son interpretadas más tarde como “objetos de la percepción.”

Es por esto que lo que Hay, en un sentido estricto y para este modelo, es esa respuesta y no la “representación mental” de nada. En otras palabras, aquí no hay lugar para un modelo ni un símbolo o mapa en el cerebro de “cosas allá afuera”, sino diversos tipos de estas respuestas que se dan entre memorias de cierto tipo y estructura al interactuar con actividades sensoriales específicas. En este sentido y siguiendo al pie de la letra esta propuesta, vemos el único “mundo” que merece ese calificativo tal cual, no una representación de lo que creemos que es. Con otras palabras: Estas cosas que ves, que sientes, son precisamente eso que ves y que sientes, no una representación mental de un mundo externo a tus sentidos.

De ser cierto esto, el malentendido provendría de querer hacer una substitución (proveniente de postular “dos niveles de realidad”), al creer que una cosa está en el lugar de otra (una representación). En este caso no la hay, debido a que nunca hay cosas tales como objetos externos y su contrapartida interna, sino diversos tipos de “procesos perceptuales” y también debido a que lo que está en juego es siempre uno y el mismo proceso, solo que no siempre instanciado de la misma manera. Expliquemos esto más detalladamente.

En la idea de la representación, una palabra como “casa” (o una “imagen mental”, o lo que sea) se supone que queda en lugar de un objeto, a saber “casa” (¿¡!?). Y con esto se pretende dar identidad independiente a ambas entidades. En mi opinión los problemas son obvios, primero otorgamos existencia a dos ideas y luego las ponemos a jugar una extraña relación entre si. En este modelo en cambio, nunca hay una “substitución” de una cosa por otra, más bien hay un sistema extremadamente complejo de conductas sensoriales y memóricas lo que entra a escena. A veces se “enciende” una determinada parte del sistema, a veces otra, y esto es todo lo que ocurre (digamos que la interacción en este sistema ES la casa, ni el input sensorial ni el estado homeostático interno contienen la casa “en sí” ).

Para concebir este proceso, los llamados objetos (más exactamente, los invariantes perceptuales) deben ser tomados como un tipo de “perceptual cues” que en interacción con los patrones constantes de la memoria (el patrón homeostático interno), son los que van dando lugar a todo lo que percibimos, a los objetos como objetos. Entonces, nuestra idea usual de objetos se transforma aquí en la de “procesos perceptuales conceptualmente invariantes” o algo así. De esta manera todo lo que habría serían estos procesos que pueden ser más o menos estables y con diferentes cualidades sensorias o relacionales entre sensorias. Y todo proceso de esta naturaleza estaría acotado por las conductas de los mecanismos perceptuales que los instancían.

La naturaleza de los “perceptual cue” estaría siempre acotada por nuestra conducta sensorial, por el cómo se dan los eventos en la memoria perceptual. El mundo que conocemos consiste, en este sentido, de procesos o eventos, no de cosas. Los llamados objetos son procesos siempre cambiantes para la percepción, su unificación y su estabilidad la dan la manera en que trabaja nuestra percepción intensional. Por ejemplo, ¿dónde está lo cuadrado de una mesa?, vista desde un extremo presenta cierto patrón regular, pero de ninguna manera este patrón es cuadrado. Si nos movemos en relación a la mesa su forma y tamaño cambian, ¿qué es lo que nos motiva a pensar que ese objeto cambiante permanece siempre constante?. La manera en que trabaja nuestra percepción, “ella” es la que erige un objeto concreto y definido basándose en regularidades perceptuales y conductuales.

Así que, según estas ideas, ¿qué hay “allá afuera”?, Algunos tipos de “propiedades físicas” o “perceptual cues” o lo que sea, pero nunca las “cosas” que pensamos (todo lo que puede ser pensado es algo que puede ser descrito y sólo podemos describir aquello que previamente es codificado en la memoria y el lenguaje). Una casa como “casa” no está contenida en los elementos de estos procesos, sino que se constituye a partir de ellos como un todo.

Siguiendo entonces con este modelo nunca hay “Una Mesa”, sino una relación entre algunas propiedades o procesos sensoriales, una colección de patrones de conducta sensorial y un background de conductas memóricas. Y lo importante y, pienso yo, innovador de estas ideas es postular que es de esta relación de dónde surge la noción de un objeto llamado mesa y de una entidad que lo observa. Más en la Realidad (“objetiva”), estas divisiones entre lo interno y lo externo, o entre el observador y lo observado deben de ser inexistentes. Después de todo, ¿porqué es que se considera tan inamovible este sistema de creer en objetos y sujetos?.

¿Cómo está estructurada la memoria?

Siguiendo las ideas anteriores la memoria puede considerarse como un sistema de almacenamiento de patrones de conductas tanto motoras como perceptuales. En este sentido, la memoria solo registraría patrones de comportamiento, de acción y su relación con procesos perceptuales constantes, no objetos de ninguna clase. Un tipo de memoria conductual asociativa es la que me interesa mostrar en este momento (es la memoria que se pone en funcionamiento al interactuar las conductas perceptuales con el patrón homeostático interno). Gracias a ella es que un perceptual cue va “asociando” o “pegando” distintos elementos perceptuales, mismos que se van uniendo en algún tipo de bloque o patrón unificado. De esta manera, varias conductas motrices y perceptuales se integran en un solo percepto, unificadas por este proceso. Y es ese patrón unificado el que puede ser llamado “objeto”.

Más adelante entra en escena otro tipo de memoria importante para estas ideas, la memoria “asociativa de alto nivel”, aquí, más que haber un correlato o asociación entre una conducta motriz y una perceptual o entre dos perceptuales de distintos dominios (auditivo y visual por ejemplo), la relación se da entre dos elementos ya en este nivel proposicionales o intensionales, quizá puramente memóricos (aquí se invocaría solo una “parte” del sistema perceptual que serviría de “extensional cue”, y las asociaciones serían entre varias de estas entidades). Este otro elemento es el lenguaje. De hecho aquí se considera al lenguaje como un tipo especial de actividad sensorial y motora que se estructura en base a este tipo de “memoria de alto nivel”.

Las tres etapas de la creación de la experiencia

Siguiendo las ideas anteriores podemos postular que “antes” de haber un acto perceptual (antes de que esté integrada “la entidad cognitiva”) está lo que románticamente podría denominarse como “lo innombrable” (aquello que nunca tocará el lenguaje), y que después patrones constantes de muestreo sensorial (que podrían ser tanto innatos como aprendidos) van dejando “huellas mnemónicas” en la configuración del patrón homeostático interno, y estas huellas en interacción con los patrones constantes de muestreo crean una primera etapa de “perceptos físicos” (percepción primaria o instintiva que es la que hace que lo que llamamos perro no choque con lo que llamamos cosas).

Más tarde, conforme el contenido de estos perceptos se vuelve más complejo y la capacidad cerebral aumenta se establece lentamente la “criatura intensional”, y en ella las huellas mnemónicas se vuelven más de tipo asociativo entre ellas mismas (en diversos grados de intensionalidad) que meramente de conductas motrices (esta es la percepción secundaria o proposicional que trabaja con la memoria de alto nivel). Es en este nivel en donde las palabras, más que “representar” objetos de la realidad exterior, se convierten en verdaderas extensiones perceptuales de conductas perceptuales. Luego ya no se necesitan las conductas perceptuales completas, bastará con sus respectivas extensiones que se van ramificando en extensiones de extensiones, en un entramado extremadamente complejo, hasta conformar un lenguaje como el nuestro. Y es en algún momento de esta etapa cuando “surge” el organismo verdaderamente intensional y cuando se da la escisión entre “el observador” y “lo observado”. Cuando se da “la frontera del mundo”.

Expliquemos las cosas con más detalle. En un nivel básico aprendemos que lo que desde “aquí” llamamos un gato (que en este nivel es innominable) mantiene ciertas características (visualmente) con independencia de la forma en que se nos presente, esté acostado, caminando o en posiciones diferentes (digamos que es algún tipo de masa que se mueve al unísono), después aprendemos a que determinado tipo de “sonidos” (porque todavía no llegamos a ese nivel de diferenciación en donde un sonido es un sonido) provienen de esa forma visual constante (aquí se crea ya un tipo de asociación de “bajo nivel”, casi puramente de conductas perceptuales). Y es más tarde cuando otro tipo de sonido que no proviene del gato queda asociado también perceptualmente al mismo (aquí se crea un tipo de asociación de “alto nivel” o intensional), ese sonido es una palabra. Es hasta este momento cuando decimos que la palabra adquiere un significado y una existencia como concepto o entidad independiente (o lo que sea), pero espero pueda verse claramente como nunca lo hace. (si esto es cierto, la explicación no es más que la substitución de unos elementos perceptuales por otros intensionales, eso es todo).

Pongamos otro ejemplo; para un niño pequeño “gol” o “pelota” no significan (en el sentido que para un adulto “significan”) esa cosa redonda que pateamos o el hecho de que la introduzcamos en un espacio determinado (o qué, ¿tendríamos un “pre-significado”?), sino un conglomerado de cosas (para nosotros) como juego, diversión, agrado, etc. etc. Aunque más exactamente debo decir que, sin significado alguno, para el sistema perceptual del infante es solo un “disparador cognitivo” de cierto patrón homeostático interno que provoca ciertas conductas (en este caso agradables a ese organismo en particular). Digamos que la aferencia sensorial entra en contacto con un tipo especial de memoria asociativa que instancía conductas específicas. De donde gol o pelota (o cualquier otra palabra por supuesto) no significan nada (ni aún para una adulto) son sólo asociaciones conductuales y operativas congruentes con una serie de actos motores y perceptuales específicos. Son extensiones perceptuales de esos actos motores y perceptuales. Su significado es su operativilidad, su grado de congruencia como conducta asociativa a los perceptos. Ese es el secreto del lenguaje.

La esfera lingüistica

La conciencia humana es su lenguaje. A este estado de criaturas intensionales se le puede denominar “esfera lingüística”. Todo lo que el hombre “cree” acerca del mundo, todo lo que siente, piensa, sueña, está dentro de esta esfera. Pero más asombroso aún, también todo lo que percibe.

Es cierto que para fines prácticos pensamos que un ser sin lenguaje (como podría ser un Genie o una Keller [ Nota 1 ]) percibe su entorno de una manera muy similar a la nuestra, aunque sin nombres. Pero yo considero que esto es un error, un malentendido que proviene de nuestra incapacidad para ver el mundo sin interpretación. En efecto, una vez establecida la criatura intensional, cada vez que, conscientemente perciba algo, lo hará a través de esta estructura, interpretando lo que ve. Es tan fuerte esta estructura, y está tan ligada a lo que somos (es más ella es lo que somos) que no podemos pensar más allá de ella. Pero los estados alterados de conciencia muestran la ilusión en la que vivimos inmersos (tan completa y profundamente inmersos, para ser exactos, que ni nos damos cuenta).

Sin las referencias memórico-linguísticas, el mundo, como lo conocemos, “deja de existir” (al desaparecer la esfera lingüística o lo que se puede llamar como “estado homeostático intensional” y aunque sigan estando todos los perceptual cues que se quiera). De esta manera, pienso que no es a través de argumentos como se debe (o puede) llegar a las bases del conocimiento o la filosofía, sino retrocediendo hacia un “lugar” en donde no hay lenguaje. Trascendiendo al lenguaje (de hecho, el tópico no es discutible sin compartir una base común de referencia). Y “más allá” de la esfera lingüística no es posible decir nada.

Hablando con propiedad, no es que la percepción “defina” la realidad (en el sentido que querría un idealista), pero si podemos decir esto del estado del “mundo perceptual”. La percepción, (especialmente la percepción intensional) define en un sentido fuerte la relación intensional y proposicional de un organismo con su entorno, o dicho de otro modo, el estado de sus creencias (todas y cada una de ellas). Solo aquello a lo que nuestro lenguaje alcance es nuestro conocimiento.

La creación del universo objetivo

El mundo (constituido por materia-energía, espacio-tiempo) tal como lo conocemos es, en este sentido, una “creación” conceptual nuestra. Al decir esto no pretendo plantear una especulación de tipo idealista, aunque tengo que insistir en algunos puntos interesantes de tal postura. La postulación de un universo de objetos, espacio y tiempo que tienen claros estados ontológicos no es más que una de las posibles “interpretaciones” de la información de los sentidos.

Es muy probable (evidente) que esta manera en que hemos organizado los perceptos tenga su origen en la supervivencia de nuestra especie, o dicho en otras palabras, que la manera en que organizamos los perceptos (en un mundo de objetos, espacio y tiempo) obedezca a fines prácticos. En otras palabras, el input sensorial en interacción con el estado homeostático interno produce una serie de respuestas específicas en diferentes niveles, ¿porqué es que son relevantes estas respuestas? Porque permiten que el organismo tenga mayor probabilidad de supervivencia. Pero estoy convencido de que una percepción ligeramente distinta podría dar lugar a interpretaciones sorprendentemente diferentes acerca de la realidad, o de lo que es real (como sucede con algunas culturas). Es más, el simple hecho de que haya maneras (y muy sencillas por cierto) de alterar el contenido sensorial de la conciencia es prueba de que nuestra manera acostumbrada de hacerlo no es más que eso, nuestra manera acostumbrada.

[1] Aunque Hellen Keller desarrolló más tarde un lenguaje intensional. ¿Como es que entendía los símbolos del mismo sin tener las aferencias sensoriales correspondientes? Porque sólo hablamos de ellos, no de lo que pretenden “denotar”. Expliquemos esto, podía hablar y entender las palabras porque había conductas sensoriales asociadas a ellas, y de idéntica manera a como hacemos nosotros, sus palabras eran extensiones intensionales de sus perceptos. (aún cuando sus palabras pertenecían a un nivel de comportamiento sensorial puramente táctil el sistema extensional funciona de idéntica manera, fabricando extensiones intensionales de sus conductas sensoriales)

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