Celebración del lenguaje

Por: Cristina Siscar
Fuente: Paradigmalibros.com

Comentario sobre el ensayo de de Adolfo Colombres, Ediciones del Sol, 1997.

Después de leer Celebración del lenguaje pensé en un arcón. Creo que esa imagen y ese sonido cargado de resonancias podrían representar el libro de Adolfo Colombres. Un arcón lleno de objetos preciosos cuidadosamente dispuestos en compartimientos intercomunicados. Esos objetos que han vencido al tiempo están hechos de palabras: son las cajitas de nuestro imaginario.

Así es este libro, por su contenido y por su propuesta, múltiple y uno, como el autor.

Escritor, antropólogo, viajero, editor, Adolfo Colombres despliega todas estas actividades a la vez, y con idéntica intensidad; y todas ellas parten y vuelven, convergentes, imbricándose, al mismo centro de interés: el ser humano, sus creaciones, las creencias que lo constituyen, los modos de vida en otras geografías y culturas. Se diría que las novelas -como Tierra incógnita, Karaí, el héroe o Sacrificio- son el lugar privilegiado, donde Colombres reúne sus diversas facetas. Pero esto también ocurre en Celebración del lenguaje, que combina la erudición, los testimonios de]. viajero y la prosa del narrador para depararnos el placer que sólo brindan los ensayos inspirados.

Porque, sin descuidar el riguroso ordenamiento de los temas, la variedad de las fuentes consultadas y la clara exposición, el autor, situándose en el interior de los fenómenos que describe, toma partido y construye una voz que va enlazando los relatos, la poesía, el teatro que marcaron, más que la historia de la literatura, la vida misma de los pueblos. Desde la más remota antigüedad a la era mediática, de Oriente a Occidente, de la epopeya clásica a la novel contemporánea, todos los géneros y estilos de la literatura oral y escrita se vinculan, como los hilos de un tapiz, en pie de igualdad.

Colombres celebra el lenguaje por lo que los hombres y mujeres son capaces de hacer con él, tanto el que registran esos dibujitos asombrosos que son las letras del alfabeto como el que es puro sonido de la voz, esa rica tradición oral que atraviesa continentes enteros y que el concepto occidental de literatura, restringido a la etimología de esta palabra, ha dejado afuera.

Hay algo común, comunitario, que origina y sustenta todas las obras literarias, sea un mito maya, una fábula africana, el Quijote o un poema de Juan L. Ortiz: es la aspiración del lenguaje, su capacidad de nombrar, de dar sentido, de fundar un mundo simbólico gracias al cual perdura el núcleo de la experiencia, que de otro modo de disuelve en el tiempo o se hunde en la indiferencia cotidiana. El lenguaje de la literatura oral o escrita libera a la palabra de su función utilitaria para transformarla en un icono.

Pero en el pasaje de la oralidad a la escritura se pierde el acto ritual, en el que el relato del shaman (palabras, inflexión de la voz, gestos) se asocia con la música, la danza, la pantomima, los objetos y el espacio para crear el éxtasis, que nos permite acceder a otro nivel de conciencia, o rozar un orden parecido al del sueño, que algunos llaman sagrado. Esto no significa que la escritura no tenga sus ritos, pero son ritos solitarios: el del escritor a solas, el del lector en silencio con su libro. Así parece menos viva la interacción entre la literatura y el imaginario colectivo, y más lejana la relación de las obras con las fuentes del imaginario (al punto que este aspecto, tan importante para algunos antropólogos y filósofos de nuestros días, ha sido prácticamente olvidado por la crítica literaria).

Digamos también, como contrapartida, que la invención del alfabeto, que de por si es une feliz combinatoria, favoreció el arte de la composición. Sin las letras, observa Colombres, no habría novela ni tragedia griega ni cuento moderno. Porque, al libramos de las exigencias de la memorización, el texto puede entramar nuevos procedimientos, que posibilitan la creación de obras más complejas. Y eso sin olvidar aquellas sagas milenarias, como el Gilgamesh o el Mahabharata, que se conservaron y pudieron ser traducidas a otras lenguas gracias a la escritura. Tal vez hoy parezca una obviedad lo que fue un acontecimiento revolucionario que incluso tuvo detractores. Colombres nos recuerda que el mismísimo Platón consideraba a la escritura un modo inhumano y mecánico de procesar el conocimiento, insensible a las dudas y destructor de la memoria (opinión que Platón, por supuesto, nos hizo llegar por escrito).

Dentro de esta comparación en que los dos términos se revitalizan, habría que decir también que la literatura escrita se enriquece y renueva cuando se alimenta de los recursos del estilo oral, como lo demuestran las obras de numerosos escritores de todos los tiempos. Para Colombres el retorno a la fuentes significa recuperar la posibilidad de contar, de urdir ficciones que construyan universos míticos fundiendo la impronta personal y la herencia, el sustrato social del lenguaje. Ni el vano galimatías ni la trivialidad mercantil, sino un lenguaje resistente, tal vez cercano al hermetismo porque, como observó Juan Rulfo, el lenguaje del murmullo subterráneo es hermético.

Pero, ¿de donde viene el interés de Adolfo Colombres, escritor de ficciones, por la oralidad? ¿Qué fue primero: la pasión literaria o las investigaciones científicas?

Pienso en la pertenencia un continente donde conviven las formaciones sociales más nuevas con culturas orales muy antiguas: las precolombinas, las africanas, la campesina.

Pienso, por supuesto, en nuestra experiencia personal: los relatos y cantares de otros mundos que trajeron los abuelos inmigrantes, nuestros Marco Polo, muchas veces analfabetos; y en los cuentos maravillosos que oímos en la infancia y que, en lugar de saciar, volvían insaciable nuestra sed de ficción.

Toda esa oralidad está sin duda en el origen de la fascinación y el miedo que nos hizo escritores. Si, el miedo de que el sonido, |que es aire vibrando en la garganta y en la bocas se disuelva en el aire como nuestras vidas.

Por último, pienso en el lugar que hoy ocupa el escritor. Al filo del año 2000 d.c., el escritor parece una figura arcaica, semejante, dice Colombres, a lo que fue el narrador oral en el apogeo de la era Gutenberg. Como los artesanos, damos forma a nuestra obra con el movimiento de la mano; y como un rastro de la oralidad, repetimos mentalmente o en voz alta lo que vamos escribiendo, o deberíamos hacerlo, porque el ritmo y la entonación no son un plus – algo aleatorio o decorativo- sino un elemento integrante del sentido. Letras y sonidos: ¡todo lo que pueden estas dos abstracciones!

Para que un grupo social construya su identidad, dice Colombres, es preciso que recupere su historia y también sus historias, sus relatos. Ahí está el punto en el que el antropólogo y el escritor se encuentran: la necesidad de crear y de oír o leer poemas o narraciones como una reivindicación, como algo que nos hace más humanos.

Al final de la película. Cigarros (un largo final para el cine, en tiempo real), un personaje le cuenta a otro, que es escritor, un cuento. Están en la mesa de un café, y están los cigarrillos, el humo, las copas, el tiempo, la atención: el ritual donde los Seres humanos se tocan y alzan vuelo. El escritor felicita al amigo: el cuento es excelente, revelador. Para contar un buen cuento, le dice, hay que saber qué se quiere contar. Es cierto, pero hace falta algo más, que el narrador de la tribu comprendió antes que nadie. Cuando el lector, con el libro, abierto, siguiendo las letras, se olvida de sí mismo, es porque escucha allí una voz que le está hablando a él.

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