La cultura

Por: Fernando Silva Santisteban
Fuente: La Insignia. Perú, marzo del 2006. 

Conceptos tradicionales y nuevos enfoques

Geertz y el impacto del concepto de cultura en el concepto de hombre
Para Clifford Geertz trazar una línea entre lo natural y lo adquirido es falsear la condición humana. Así, se pregunta: ¿el hombre es sólo lo que su cultura lo hace? En todo caso, las relaciones entre cultura y desarrollo social y biológico están demasiado amalgamadas para tratar de plantear preguntas y respuestas en casillas separadas. La humanidad sólo puede definirse en sus variadas expresiones: lo específico de cada cultura es lo que define la humanidad del hombre.

Geertz descarta la concepción estratificada de la cultura y propone una concepción sintética, esto es, que la cultura no es la suma de complejos o esquemas concretos de conducta sino, sobre todo, mecanismos de control que gobiernan la conducta. Este concepto comienza con el supuesto de que el pensamiento humano no es una actividad íntima sino fundamentalmente social y pública, es decir, no es más que el hecho de pensar es un intercambio de símbolos significantes. En este aspecto las propuestas de Geertz coinciden con las de Jacques Lacan, sobre todo cuando plantea la idea del orden simbólico como previo a la estructuración de cualquier atisbo de pensamiento. Esto es, que para pensar y tener memoria se requiere de elementos mínimos de simbolización, por este motivo la memoria sobre los primeros años de un niño se pierde en tanto que no posee elementos simbólicos que permitan plantear estructuras de ordenamiento de la realidad.

Para Geertz estos mecanismos de control de la cultura modelan la humanidad del hombre y propone tres cuestiones básicas para entender este planteamiento:

1. En primer lugar el desarrollo del primate al hombre está vinculado con la propia cultura e inclusive el desarrollo biológico (cerebro y sistema nervioso central) corresponde a un feedback entre hechos, actos culturales, trabajo y desarrollo corporal. No es que la evolución biológica se haya dado antes que la cultural: una y otra caminan estrechamente relacionadas.

2. El desarrollo del sistema nervioso central y el cerebro dependen de la cultura. Al hablar de los hombres en Bali, Geertz enfatiza: no existe naturaleza humana independiente de la cultura.

3. El hombre es un animal incompleto, sólo se completa a partir de la cultura, pero no se puede buscar la esencia en una cultura humana, sino que lo completo se da en la medida de la cultura en cada hombre.

Al estudiar específicamente los factores de la cultura que han intervenido en la evolución humana y cómo los elementos biológicos se entremezclan con los culturales en el desarrollo de la forma de pensar en el hombre. Plantea Geertz elementos novedosos sobre dos términos estigmatizados en todas las teorías científicas: espíritu y mente. Descartando al espíritu, cuestiona el término mente como «un sistema organizado de disposiciones que encuentra su manifestación en algunas acciones y en algunas cosas» para sostener que cuando hablamos de mente nos referimos a una capacidad y a una aptitud de disposición para realizar cierta clase de acciones y producir cierto tipo de productos y no un sistema. Después critica las ideas freudianas sobre procesos primarios y secundarios de pensamiento, concepto que estuvo muy en boga y sirvió de sustento para plantear prejuicios en relación con los procesos de pensamiento de otros pueblos. Así desbarata la idea errónea de que la cultura no tuvo mayor importancia para el desarrollo biológico del hombre.

Señala Geertz que así como es imposible sostener que el hombre aparece, es igualmente imposible plantear que la cultura aparece. La cultura se va desarrollando lentamente tanto cuantitativa cuanto cualitativamente. La cultura, concretamente el uso de herramientas – la cultura material- no sólo determinó el desarrollo social sino también físico del cerebro, del sistema nervioso central e incluso de la mano. Para analizar el complejo sistema de la sinapsis y desarrollar esta idea a profundidad ha planteado que la humanidad del hombre no depende tan sólo del tamaño del cerebro y del número de neuronas, sino de los complejos procesos físicoquímicos que se desarrollan en el salto de la información de una a otra neurona.

Entra después en el polémico campo de los sentimientos y las sensaciones para sostener que éstos y las conductas que producen son producto del enjambre cultural y biológico que es la mente humana. Para concluir remarca que el hombre es no solo físicamente inviable sin la cultura, sino que es también mentalmente inviable sin la cultura. La mente no sólo se desarrolló biológicamente, sino que la cultura planteó las bases para el desarrollo físico del cerebro hacia un camino: el que ahora recorremos. Por eso los recursos culturales -entre los cuales se destacan las relaciones sociales y los productos pero también otros elementos más sutiles como el arte y la religión- son elementos constitutivos del pensamiento humano y no simples accesorios. En este sentido, el sistema nervioso humano depende inevitablemente del acceso a estructuras simbólicas públicas para elaborar sus procesos autónomos: no hay pensamiento sin comunicación y no hay comunicación sin información, inclusive biológica. Es decir, contrario sensu, la identidad del ser humano no sólo se piensa, sino que «se experimenta» (13).

La cultura como información

Para el filósofo español Jesús Mosterín la cultura es la información transmitida por aprendizaje social entre animales de la misma especie, y agrega:

La cultura no es un fenómeno exclusivamente humano, sino que está bien documentado en especies de animales superiores no humanos. Y el criterio para decidir hasta que punto cierta pauta de comportamiento es natural o cultural no tiene nada que ver con el nivel de complejidad o de importancia de dicha conducta, sino sólo con el modo como se trasmite la información pertinente a su ejecución (14).

Otro de los más notables representantes de esta posición conceptual que pone énfasis en la información como condición esencial de la cultura es John Bonner, quien escribe:

Por cultura entiendo la transferencia de información por medios conductuales, especialmente por el proceso de enseñar y aprender. Se usa en un sentido que contrasta con la transmisión de información genética pasada de una generación a la siguiente por la herencia directa de los genes. La información pasada de un modo cultural se acumula en forma de conocimiento y tradición, pero el énfasis de la definición estriba en el modo de transmisión e la información más bien que en su resultado (15).

Ahora bien, si la cultura no es un fenómeno exclusivamente humano, ¿qué atributo o atributos culturales distinguen específicamente nuestra especie de las demás especies de animales? Para Bonner, como para Mosterín, es el carácter acumulativo de la cultura humana lo que constituye la diferencia principal y es gracias al lenguaje que los «humanes» -así denomina Mosterín a los miembros de nuestra especie- pueden transmitir la casi totalidad de la información que adquieren, que es tanta que ningún individuo sería capaz de asimilarla en su totalidad.

En efecto, nadie podrá negar que en el lenguaje es donde radica la diferencia fundamental entre la «humanidad» y la «animalidad», pero esta diferencia se explica más claramente como producto del lenguaje, sin el cual no habría sido posible la condición humana misma. Ese producto del lenguaje es la abstracción, esto es, la capacidad que tenemos los humanos de separar por medio de una operación de la mente las cosas que no están separadas en la naturaleza o de juntar por la misma operación las cosas que no están juntas en la naturaleza.

También la cultura es entendida por los sociobiólogos Charles T. Lumsden y Edgard O. Wilson como un proceso que se desarrolla en la evolución biológica y caracteriza en su forma más acabada a la especie humana. Para ambos autores ya en el panorama de la zoología se revelan los fenómenos culturales en forma incipiente y progresiva a través de las especies que designan como protoculturales en los grados I y II, siendo el III el humano (16).

Cultura y medio ambiente

La ecología es el estudio de la relación entre los organismos y su medio ambiente físico y biológico. El medio ambiente físico incluye la luz y el calor o radiación solar, la humedad, el viento, el oxígeno, el dióxido de carbono y los nutrientes del suelo, el agua y la atmósfera. El medio ambiente biológico está formado por los organismos vivos, principalmente plantas y animales. El término ecología, del griego oikos (hogar) y logos (conocimiento, estudio), fue acuñado por el biólogo alemán Ernest Henry Haekel en 1869 y comparte su raíz con el de economía, pues alude fundamentalmente a la economía de la naturaleza.

En el caso de la especie humana, es la antropología ecológica la que se ocupa de la adaptación del ser humano y la naturaleza. Tiene básicamente tres facetas: la tecnológica, la organización y la ideológica. Estas tres fases relativas al comportamiento del Homo sapiens sapiens son adaptativas y proporcionan soluciones básicas, susceptibles de implementar su efectividad y «cristalizar» su adaptabilidad, permitiendo la asimilación de la problemática ambiental.

En la actualidad se entiende que tanto el entorno como los seres humanos creadores de la cultura no son aspectos contrarios ni separados de la realidad, sino que entre ambos se da una interacción constante que se ha denominado causalidad recíproca. De ésta se desprenden dos conceptos esenciales: a) no hay entorno ni cultura a priori, sino que cada cosa está definida una en función de la otra, y b) el medio ambiente no sólo tiene un poder limitante y selectivo sino que juega un papel activo.

Fue Julian Steward quien definió la importancia y los alcances de la ecología como parte de la antropología. Con su método de ecología cultural establece que existe una interacción dialéctica entre el entorno natural y la cultura. El medio ambiente no sólo tiene un poder limitante o selectivo sino que juega un papel activo. No obstante, las influencias recíprocas del medio y la cultura en la relación de feedback no son iguales, a veces predomina la cultura y otras es el medio que impone su ley. Dice Steward que ciertos aspectos de la cultura están sujetos a una mayor dependencia del medio; tales sectores, que él denomina «núcleos culturales», están constituidos por la vida económica de un pueblo estrechamente vinculada al problema de la subsistencia y a las transacciones comerciales. De tal manera que la ecología cultural conduce al estudio de los siguientes aspectos: 1) interrelación entre el entorno cultural y la tecnología de producción y explotación, 2) interrelación entre las formas de comportamiento y las tecnologías de explotación y 3) influencia de estos aspectos sobre los demás sectores de la cultura (17).

Cultura y sociedad, relaciones y deslindes

La cultura no puede ser comprendida sin el entendimiento de la naturaleza de la sociedad con la que constituyen unidad. La cultura, como resultado de la interacción entre los grupos sociales y la naturaleza exterior y de esos grupos con otros grupos sociales, se revela como un conjunto de rasgos y productos de la actividad social que denotan la especificidad de un grupo social. Es entonces cuando se objetivan las realizaciones colectivas y nos referimos a ellas como a «una» cultura concreta, que existe o que ha existido en un determinado tiempo y lugar. Así hablamos de cultura minoica o de cultura incaica y ampliando más los alcances del término podemos hablar de civilización occidental o de civilización andina, porque la civilización no es otra cosa que el grado máximo de desarrollo y complejidad de la cultura. En los dos primeros ejemplos se aplica el concepto a dos formas de vida y expresiones peculiares de sociedades que han existido en distintas épocas de la historia y en diferentes lugares del planeta, en los últimos a las manifestaciones culturales de dos diversos conjuntos de sociedades de Occidente y de América que estuvieron caracterizados por notorias tendencias y rasgos culturales en sus respectivos procesos de desarrollo.

Acerca de la naturaleza, relaciones y correspondencias que se refieren a los conceptos de sociedad y cultura, de manera muy sucinta se puede establecer las siguientes premisas:

1. La sociedad no es condición exclusiva de la especie humana, puesto que existen sociedades de animales que tienen por objeto la misma función primordial: la supervivencia de los individuos de la especie.

2. La condición social es necesariamente previa a la existencia de la cultura, ya que la cultura como resultado del aprendizaje y de la acumulación de información es consecuencia de la interacción social.

3. Tampoco la cultura es atributo exclusivamente humano. Está bien documentada la existencia de cultura animal, y las diferencias entre la cultura humana y la cultura animal no son de orden cualitativo sino de grado cuantitativo. Pero existe una enorme distancia entre el psiquismo y las formas de cultura animal y el pensamiento humano como resultado del lenguaje simbólico y la capacidad de abstracción.

4. Sociedad y cultura no son sinónimos. En la esfera de lo humano la sociedad es un pueblo, un conjunto orgánico de individuos en interacción. Mientras que una cultura consiste no en el grupo propiamente sino en sus modos de pensar y actuar, esto es, en el comportamiento social. Por tanto, una sociedad es un conjunto de individuos que obra de acuerdo con su cultura.

5. La cultura es el resultado de la interacción entre los individuos de los grupos humanos cuanto de los grupos humanos y la naturaleza exterior.

6. Son las necesidades humanas, sociales e individuales, las que originan el dinamismo de la cultura.

La cultura, genéticamente hablando

Hasta no hace mucho, en la mayoría de las definiciones antropológicas se tenía cuidado en señalar que la cultura tenía carácter extrasomático y era transmitida por mecanismos distintos a los de la herencia biológica. Sin embargo, aún antes de que Darwin publicase el Origen de las especies ya Spencer había especulado sobre el origen de la cultura y de la sociedad humana, remontándolas a un inicio común desde el cual evolucionaron hasta el grado de complejidad con que ahora las conocemos. Cuando apareció el libro de Darwin lo acogió Spencer con gran entusiasmo y aplicó algunos principios darwinianos a su teoría del desarrollo de las sociedades. Fue él quien popularizó la palabra evolución -que Darwin casi no usaba- lo mismo que la frase «supervivencia de los más aptos». Pensaba Spencer que los hombres civilizados heredaban la esencia de la civilización, en tanto que los descendientes de los grupos primitivos carecían de la posibilidad de civilizarse porque no tenían cómo heredar una esencia no adquirida. Las sociedades se enfrentan al medio para transformarlo y asegurar así su adaptación y la supervivencia de la especie (18).

Hace sesenta años la teoría de la evolución de Darwin fue completada por Watson y Crick (1953) con el descubrimiento de la herencia molecular, y se entendió desde entonces que cada ser viviente tiene el mismo código en sus genes. Es así que, como dice el connotado primatólogo Frans de Waal:

«Las predisposiciones genéticas se introducen en la cultura, ésta afecta a la supervivencia y a su vez la supervivencia y la reproducción determinan qué genotipos se extienden entre la población. En otras palabras, existe un abrumadoramente complejo intercambio entre la transmisión genética y la cultural (19).»

No fue precisamente en el campo de la antropología donde se produjo el renacimiento del interés por la evolución cultural del hombre sino en los campos de la biología, donde algunos investigadores se dieron cuenta de la importancia potencial del mecanismo socio genético que permite al hombre trasmitir información a través de las generaciones. Fue Julian Huxley quien ya en 1929 empezó a llamar la atención sobre este nuevo horizonte (20). Le siguieron biólogos como Waddington, Sinnott y Needham, entre los más destacados.

En su libro El animal ético, escribe C.H. Waddington:

«Los individuos de la especie Homo sapiens muestran, por supuesto, la misma estructura biológica que los demás animales. Del mismo modo que sus parientes subhumanos transmiten información genética a través de sus gametos de una generación a la siguiente, y esto proporciona la materia prima por medio de la cual la selección natural lleva a cabo la selección darwiniana. Pero, además de este mecanismo biológico de la transmisión hereditaria, el hombre ha desarrollado otro sistema de transmitir información de una generación a la siguiente. Dicho sistema consiste en el proceso de la enseñanza y el aprendizaje social y constituye, en realidad, un segundo mecanismo por medio del cual opera la evolución, al que denomino sociogenético (21).»

Cada vez queda menos duda de que los genes aseguran que una cultura es adquirida, aunque no directamente transmitida. La capacidad para adquirir cultura, como asume Dobzhansky, es una característica genética de la especie. Al modificarse la cultura por el ambiente se inducen también modificaciones en los genes. Asimismo nos explica este destacado evolucionista que la herencia biológica se lleva en los genes y es transmitida de padres a hijos en línea directa, en tanto que la herencia cultural se transmite por la enseñanza-aprendizaje o por imitación y es independiente de la descendencia. Una cosa es clara, los cambios histórico-culturales son mucho más rápidos que los genéticos, como el hecho de que las diferencias entre padres e hijos son más culturales que genéticas. Pero, como quiera que sea, existe una interrelación entre ambas herencias (22).

En suma, como escribe Carlos París, la cultura viene a ser un proceso que culmina en la realidad humana y el análisis de la evolución biológica nos permite comprenderlo como desarrollo y desembocadura de la vida en la condición humana (23).

Los memes

Richard Dawkins en El gen egoísta (The selfish gene. 1976) formula su tesis sobre la existencia de los memes, un nuevo tipo de unidades de transmisión cultural o entidades auto-replicativas que se propagan de cerebro a cerebro mediante el proceso de imitación, «proliferando y darwinizándose en el río de la cultura» (24). Con el término memes Dawkins quiere destacar por una parte cierta analogía con el término genes -introducido en 1909 por Wilhelm Johannsen para designar las unidades mínimas de transmisión de herencia genética- y por otra parte subrayar también una cierta similitud con memoria y con mimesis.

Según Dawkins, nuestra naturaleza biológica se constituye a partir de nuestra información genética articulada en genes, mientras que nuestra cultura se constituye por la información acumulada en nuestra memoria y captada generalmente por imitación (mimesis), por enseñanza o por asimilación, que se articulan en memes. Otros autores han señalado la misma idea y han propuesto otros términos para designar estas unidades mínimas de información cultural. Así, por ejemplo, E.O. Wilson y C.J. Lumsden han propuesto el término kulturgen. Sin embargo, se ha acabado imponiendo la terminología de Dawkins.

Por analogía con la agrupación de los genes en cromosomas, se considera también que los memes se agrupan en dimensiones culturales, que pueden aumentar con nuevas adquisiciones culturales. La gran diferencia es que, mientras los cromosomas son unidades naturales e independientes de nuestras acciones, las dimensiones culturales son construcciones nuestras. Así, la cultura no es tanto una forma de conducta, sino más bien información que especifica la forma de la conducta. Esta concepción es conocida como concepción ideacional de la cultura. Al respecto, el evolucionista George C. Williams destaca la frecuente confusión entre «los dominios» de la información y el de la materia, aclarando que no existen «descriptores» comunes a ambos y que el gen es un paquete de información, no un objeto: «La información no tiene ni masa ni carga ni longitud en milímetros. Tampoco hay bits de materia» (25).

Mente y cultura (26)

De acuerdo con Rodolfo Llinás, uno de los líderes de la neurociencia moderna, el primer paso para explorar desde el punto de vista científico cómo evolucionó la mente es rechazar la premisa que ésta apareció súbitamente como «resultado de una intervención espectacular». La mente, o el «estado mental», es producto de los procesos evolutivos que han tenido lugar en el cerebro de los organismos dotados de movimiento y apareció para permitir las interacciones predictivas entre las criaturas vivas y su medio, porque para moverse con seguridad en el medio ambiente una criatura, cualquiera que sea, debe prever el resultado de cada movimiento sobre la base de los datos que le llegan de los sentidos. Por lo tanto, para Llinás la capacidad de previsión es probablemente la función primordial del cerebro, hasta el punto de que podría decirse que el «sí mismo» (self) es el centro de la predicción que surge de los sistemas motores del cerebro (27). Escribe Llinás:

«Desde mi perspectiva monista, el cerebro y la mente son eventos inseparables. Igual importancia tiene entender que la «mente», o el estado mental, constituye tan solo uno de los grandes estados funcionales del cerebro en los que se generan imágenes cognitivas sensomotoras, incluyendo la autoconciencia (28).»

Por su parte Steven Mithen, profesor de arqueología de la Universidad de Reading, en su libro Arqueología de la mente, se refiere a la evolución de la mente humana como un largo y escalonado proceso -sin meta ni dirección predestinadas- que ha necesitado varios millones de años para llegar al estado que actualmente ostenta nuestra especie. Sostiene que no se puede alcanzar a comprender la inteligencia humana y, con ello, a comprendernos a nosotros mismos, sino averiguamos como ha nacido y ha evolucionado la mente. Acudiendo a la paleoantropología y a la psicología cognitiva, Mithen propone la historia del nacimiento y evolución de la inteligencia humana como una historia que comienza hace unos seis millones de años, con un simio cuyos descendientes evolucionaron en dos direcciones divergentes, una de las cuales condujo hasta los humanos modernos. Un segundo acto -dice- se inició hace 4,5 millones de años con el primer productor de utensilios de piedra, y el tercero se desarrolló entre 1,8 millones y 100.000 años, cuando apareció el Hommo sapiens, sapiens y fue cuando se produjo una explosión cultural de la que nacerían el arte, la religión y la ciencia: un momento de asombrosa creatividad para el que Mithen traza una nueva y fascinante historia de la mente y del conocimiento (29).

Steven Pinker, filólogo y catedrático del Massachusetts Institute of Technology, dice que el concepto de «mente» ha venido desconcertando desde que las personas empezaron a reflexionar sobre su pensamiento y sus sentimientos. La propia idea de mente -subraya- ha generado contrasentidos, paradojas, supersticiones y singulares teorías en todos los tiempos y en todas las culturas.

«Pero a partir de la revolución cognitiva de los años cincuenta todo cambió. Hoy es posible entender los procesos mentales e incluso estudiarlos en el laboratorio. Y con una concepción más firme del concepto de mente vemos que muchos principios de la Tabla Rasa que en su momento parecían tentadores, hoy resultan innecesarios e incluso incoherentes… (30)»

Pinker desarrolla cinco ideas o principios de la revolución cognitiva que han cambiado las formas de pensar y hablar sobre la mente. La primera: el mundo mental se puede asentar en el mundo físico mediante los conceptos de información, computación y retroalimentación, por lo que también la llama teoría computacional de la mente. Como segunda idea se refiere al hecho de que la mente no puede ser una tabla rasa, porque las tablas rasas no hacen nada. En la tercera explica como se puede generar una variedad infinita de conducta mediante unos programas combinatorios finitos de la mente y el ejemplo más claro -señala- es la revolución chomskiana del lenguaje, del lenguaje como la personificación de la conducta creativa y variable. La cuarta: bajo la variación superficial entre las culturas puede haber unos mecanismos mentales universales, explica como los seres humanos hablan más de seis mil lenguas mutuamente incomprensibles y, no obstante, todas las lenguas pueden servir para comunicar los mismos tipos de ideas porque todas están cortadas bajo el mismo patrón. Los estímulos y las respuestas pueden diferir pero los estados mentales son los mismos, con independencia de que en nuestro idioma se puedan o no expresar perfectamente. En la quinta idea manifiesta lo siguiente: la mente es un sistema complejo compuesto de muchas partes que interactúan y hoy sabemos que la mente no es un orbe homogéneo dotado de poderes unitarios o de rasgos uniformes: «La mente es modular -subraya- con muchas partes que cooperan para generar un pensamiento hilvanado o una acción organizada».

En este libro realmente sorprendente Pinker explora la idea de la naturaleza humana y de sus aspectos éticos emocionales y políticos. Demuestra la inexistencia de los tres famosos dogmas entrelazados en «la tabla rasa», como son 1) que la mente no tiene características innatas, 2) el dogma del «buen salvaje» (la persona nace buena y la sociedad la corrompe) y 3) el «fantasma de la máquina» («todos tenemos un alma que toma decisiones sin depender de la biología»). Dogmas que sobrellevan cada uno una carga ética que no corresponde a la realidad de la condición humana que viene develado la ciencia.

Podemos concluir entonces con la definición que empezamos: la cultura no es otra cosa que el contenido total de la mente.

Notas

(13) Geertz, Clifford: La interpretación de las culturas. Ed. Gedisa. Barcelona, 1997.
(14) Mosterín, Jesús: Filosofía de la cultura. Alianza Universidad. Madrid, 1993.
(15) Bonner, John Tyler: La evolución de la cultura en los animales. Alianza Editorial. Madrid, 1982.
(16) Lumsden, Charles T. y Wilson, Edgard O.: Genes, Mind and Culture. The Coevolucionary Process. Harvard University Press. 1981.
(17) Steward, Julian: Theory of Culture Change. Un iversity of Illinois Press. Urbana, 1855.
Kaplan, D. and R. Manners: Culture Theory. Prentice-Hall. Englewood Cliffs N.J.1972.
(18) Adaptación, como en la evolución orgánica, es un concepto clave en el estudio de las formas de vida social de los seres humanos. La estabilidad de todo sistema cultural depende, en primer lugar, de su efectividad en la adaptación y, luego, de la eficacia con que se realiza la transformación del medio que lo rodea. En otras palabras, el desarrollo de la cultura como una espiral creadora está determinado por una dinámica permanente de acción y reacción entre la adaptación al medio y la transformación de la naturaleza.
(19) Waal, Frans de: El simio y el aprendiz de suchi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. Paidós. Barcelona, 2002. pp. 228-229.
(20) Huxley, Julian S.: Evolution and Ethics. Pilot Press Harper. Nueva York, 1947. p. 185.
(21) Wadington, C.H: El animal ético. Eudeba. Buenos Aires, 1963. pp.30-31.
(22) Dobzhansky, Theodosius: «El Problema de la evolución humana» En: Alfredo Méndez (Ed.) Antropología contemporánea. La antropología y las ciencias naturales. Universidad del Valle. Guatemala. 1974.- «La base genética de la evolución» En: H. Blume (Ed.) Psicología fisiológica. Selecciones de Scietific American. Madrid, 1979.
(23) Paris, Carlos: El animal cultural. Biología y cultura en la realidad humana. Ed. Crítica. Barcelona, 1994. (Contratapa).
(24) Dawkins, Richard: El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta. Salvat. Barcelona, 1985. p. 285.
(25) Williams, George C.: «Un paquete de información» en: Jonh Brockman (editor) La tercera cultura. Más allá de la revolución científica. Tusquets Editores, Barcelona, 2000. p. 39
(26) El genial humorista estadounidense Ambrose Bierce (1842-194) en su Diccionario del Diablo define la mente como: Misteriosa forma de la materia segregada por el cerebro. Su principal actividad parece consistir en el esfuerzo por determinar su propia naturaleza, tentativa que parece fútil, puesto que la mente, para conocerse, no dispone de otra cosa que sí misma.
(27) Llinás, Rodolfo R.: El cerebro y el mito del yo. El papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos. Grupo Editorial Norma. Bogotá .Colombia, 2003.
(28) Ibidem, p.1.
(29) Mithen, Steven: Arqueología de la mente. Ed. Critica (Dakontos). Barcelona , 1998. Contratapa.
(30) Pinker, Steven: La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana. Paidós. Barcelona, 2003. p.61.
 

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