El cine de Mamá

Por: Pepe Gutiérrez-Álvarez
Fuente: Kaos en la Red (23.01.2007)

Aunque quizás a la gente de hoy le pueda parecer extraño que una mujer no vaya al cine porque no tiene quien le acompañe, esto era moneda común décadas atrás, es más no estoy seguro que el prejuicio haya desaparecido del todo.
Pepe Gutiérrez-Álvarez (Para Kaos en la Red) [23.01.2007

Aunque quizás a la gente de hoy le pueda parecer extraño que una mujer no vaya al cine porque no tiene quien le acompañe, esto era moneda común décadas atrás, es más no estoy seguro que el prejuicio haya desaparecido del todo.

Todavía en los años cincuenta no todo el mundo pues, podía ir sin más al cine. Los espacios de la mujer seguían siendo el hogar, el mercado, las charlas con la vecina, y la misa. Cierto, otra cosa era la capital, y otra cosa más, el extranjero, pero entre nosotros era poco menos que una indecencia, de hecho no hace tanto que negaron la entrada a una mujer en la catedral de Barcelona por ir «descocada» aunque en los periódicos aparecía vestida más bien normal. Por lo tanto la única manera de justificar una presencia femenina en un bar, era como en el caso de mi madre, porque su marido era el dueño, así ella podía participar en las tertulias, pero las pocas mujeres que se atrevían salir de este círculo eran objetos de las habladurías, y sus maridos tachados de calzonazos y constantemente ridiculizados, pero al mismo tiempo. Cuando lo hacían, los parroquianos se sentían en el derecho de mostrarse «galantes», de invitarlas y echarles algún piropo. Una de estas mujeres del pueblo, muy «echá palante», acabó, como tú sabes, enloqueciendo, algo similar a lo que, de alguna manera, también le ocurría a Blanche Dubois (Vivien Leigh), en Un tranvía llamado deseo (A estreecar name desire, USA, 1951), que tanto revuelo causó en su momento, y que fue un soplo de libertad y sensualidad que, como ocurría con las películas norteamericanas de mayor prestigio, se impuso por encima de la estrechas normas de la censura.

Todavía décadas más tarde, se oía hablar del erotismo que resudaba…Marlon Brando, un galán «que ponía la directa» y que ponía «a cien» a muchas pero sin duda también a alguno que no se podía reconocer. Aunque, por supuesto, a las mujeres no les estaba permitido decir nada sobre lo que les gustaba en este terreno, para ellas se había establecido un área que se consideraba propio de la decencia y en el que no tenían cabida las películas de clasificación dudosa, un área en el que podía dominar las mayores mentiras como las que rezumaban títulos como la serie de Sissi (claro que hoy se podrían justificar aunque sólo sea porque «lanzaron» a una maravilla llamada Romy Schneider, tan extraordinaria como trágica), o tantas otras de «amor» o de «baile», en la que se contabilizaban obviamente todas las «andaluzadas» en las que una gente que se decía de tierra de María Santísima se ganaba el cielo y además eran tan graciosas que, como ocurre por ejemplo en La niña de la venta (1951),  a Lola Flores no se le permite ni decir buenos días si al mismo tiempo no cuenta una «grasia» sobre la vagancia de algunos estereotipo andaluces, o el sempiterno «gallegu»  Xan das Bolas un retrato vago que hoy sacaría de quicio a los del Bloque, aunque también es verdad que mi entonces la película me encantó cuanto menos por las escenas documentales de la pesca del atún. 

Esta rigidez tenía, por supuesto, una única dirección. Lo que pudiera hacer un hombre, no ya en el bar, sino en un prostíbulo, eran «cosas de hombres», sí acaso se agradecía el detalle que estas cosas las hiciera en otro pueblo, pero tampoco pasaba nada sí «hacía sus cosas»  en uno de los de del pueblo, el de «la Divina» o el de «la Pura» (como se puede ver, los nombres no podían ser más adecuados). Por eso, mi abuelo materno que nunca permitió que sus dos hijas tuvieran novios, no tenía inconveniente en salir arreglándose tranquilamente su portañuela  cuando salía de la casa de «la Pura», sin darle la más mínima importancia al hecho de que servidor con ocho o diez años estuviese dándole patadas a una pelota en la misma puerta. Por aquel entonces, la censura no permitía que las prostitutas aparecieran como tales, así por ejemplo, en El puente de Waterloo (Waterloo bridge, USA, 1940), Vivien Leigh era una «artista» porque para los mojigatos de entonces venía a ser poco más o menos lo mismo, y para mayor abundancia se contaban cosas de las artistas, por ejemplo de la rubia Maria Martín, muy habitual en el cine de Ignacio F. Iquino de la que se decía que atendía toda clase de clientela, un morbo que el propio Iquino explotaría en alguna de sus películas «S», aunque si la quieres ver, el papel de su vida lo tiene en Bilbao (1978), el segundo y mejor Bigas Luna

Como a papá le estaba vedado dejar el negocio antes de la medianoche,  el día que a mama le apetecía ver una película, por supuesto «de llorar», «de amor» o de «baile», el problema radicaba en que no podía ir sola, y menos con un conocido porque,  entonces ¿qué pensaría la gente?.  Así es que sin la presencia del marido, la asistencia de la mujer al cine estaba muy mal vista, y más sí la película podía considerarse licenciosa. Este carácter se atribuía exclusivamente a la tentación femenina, sí había una película considerada como «peligrosa», era a la mujer a la que le correspondía ser la «piedra de escándalo», así cuando se estrenó Sansón y Dalila (1949), solamente se hablaba de Hedy Lamarr, se hacía alusiones lujuriosas sobre ella, sin embargo nadie prestaba atención en este sentido al despechugado Víctor Mature, capaz de todo, de volver la espalda al mismo Dios, de traicionar a los suyos, con tal de abandonarse a los besos y los revolcones con ella. Cabría pensar con toda lógica que tranvía del deseo también marchaba en la otra dirección, en la de Blanche Dubois, sin embargo, la censura no tuvo ningún inconveniente con el héroe despechugado, y los comentarios sobre éste se referían a la potencia de su musculatura, aunque algún chiste tuvo que haber con su equivalencia erótica, que no había más que mirar la cara que ponía Dalila.

Dado que mamá no quería perderse tal o cual película, y dado también de que, a pesar de que en su acendrado puritanismo nadie la recuerda hablando de «esas cosas», mamá era bastante atrevida en esto de hacer acto de presencia en lugares públicos, no dudó en echar mano «al niño» de manera que nadie pudiera decir nada ya que, sí bien no asistía como esposa porque era imposible, lo hacía como madre, conmigo de la mano o en su falda. Aquellos debían de ser tiempos en que no nos iba de una peseta, y que ella no tenía que madrugar al día siguiente como cuando trabajaba en la recogida de aceituna «para poder comprarnos ropas y zapatos», algo que con lo que «sacaba» papá del bar no era suficiente. Evidentemente, el suyo no era precisamente mi cine «de aventuras», pero no creo que me pidiera la opinión, además yo quizás me mostraba dispuesto a desobedecerla en otras cosas pero no en ésta, por más, al acabar la sesión siendo ya tarde, era posible que alguna vez tuviera que despertarme. Camino a casa, me ayudaba a caminar medio «acurrucado» porque los de «llevar en brazos» ya había pasado. Aunque en lo de dormir, solamente recuerdo haberlo hecho durante una proyección una sola vez. Estaba muy cansado, y fue en defensa propia, por un error, un grave error. Me confundí de programa y comprobé que en la primera del programa doble, salía Raphael, entonces dormí durante una hora, hasta que empezó la otra.

Las películas que mamá «no se quería perder» eran dramones como los que escuchaba en la radio de una de las vecinas, y que en los momentos más trágicos obligaba a las presentes a llorar como sí se tratara de un velatorio. El maestro radiofónico de estas producciones de llanto era un tal Doroteo Martí, que por su nombre tenía que ser catalán. Se contaba que una vez que actuó en Sevilla con uno de aquellos dramones, los estudiantes le hicieron las pascuas sacando una enorme sábana para llorar todos desconsoladamente al unísono, y entonces los que lo cantaban se reían. Seguramente que mamá también, pues ella era «muy de la guasa», y le gustaba tomarle la medida a todas las ridiculeces del lugar, pero en la cuestión de los dramas era de las primeras en llorar. 

Como todas aquellas mujeres tan dadas a los lutos, le sobraban motivos en los recuerdos, y la verdad es que de entonces yo siempre la recuerdo de negro, y así aparece en las escasas fotos de entonces en ninguna de las cuales, a pesar de que era amiga «de la risa»,  llega siquiera a esbozar una sonrisa.  Lo que contaba de su infancia y su juventud eran siempre penitas y más penitas. Algunos de sus seres más entrañables se fueron muriendo, y aunque no era de llorar a la manera de papá que  se hacía el dueño del velatorio, mamá era de un sentimiento profundo que se manifestaba por suspiros muy hondos. Por aquel entonces, su mamá, la abuela Rosario había ya muerto después de haber padecido las secuelas de una embolia que la dejó con medio cuerpo muerto. Mamá la cuidaba al detalle, la limpiaba como sí fuese una criatura. A veces casi le masticaba la comida, y a pesar de su considerable peso, la levantaba y la acostaba. Mientras mamá hacía todas estas cosas con «el buen pellejo» que la caracterizaba, la parte viva de la abuela se percataba de todo, y emitía reiteradamente la misma expresión: anda, anda, anda, anda…

Por todo esto quizás mamá necesitaba aquel desahogo porque en el cine el pañuelo era indispensable, como apunta una escena de Cinema Paradiso. La sala oscura y el rincón más discreto eran suficiente para que sacara el pañuelo y no se lo guardaba hasta el final, como hacía con el abanico en las sesiones de verano. Llegó un momento como una criatura también entré en aquel sentimiento por desgracias que no eran las nuestras pero que se parecían mucho a otras que conocíamos de cerca sino era que la teníamos al lado, y el pañuelo nos servía a los dos inmersos en la oscuridad de lo que, al menos a mí, me parecía una sala  de proporciones tan impresionantes como la Iglesia con la particularidad de que aquí además la oscuridad lo llenaba todo, y apenas sí alcanzábamos a ver al vecino de las sillas de enea de al lado, un detalle que, por lo demás, tampoco importaba porque mientras la película estaba desfilando permanecíamos como hipnotizados. Cuando se encendían las luces, se podía respirar hondamente, después de todo, después del capital de lágrimas había llegado la reconciliación a través de la verdad, y el  «parte familia» que era el que dictaminaba, perdonaba a la presunta pecadora como sí él no tuviese que pedir ninguna disculpa ya que, al fin de cuentas, actuó de manera tan intransigente en defensa de un honor que creía mancillado.

Normalmente eran películas muy vetustas, como la ignota La portera de la fábrica, seguramente una producción italiana, en un blanco y negro pobretón y oscuro, y en la que un pretendiente despechado consigue que la pobre portera, viuda y con un hijo, sea despachada de la fábrica. Esto hace que mujer conozca desde entonces un calvario interminable durante el cual tiene creo que vive debajo de un puente, ha de pedir limosna, así hasta que se prueba su inocencia. Las había con Libertad Lamarque que siempre cantaba y cuya manera de hablar yo no acababa de entender. Uno de los folletines célebres, de los que se hablaba profusamente en las plazas y calles, fue El derecho a nacer (México, 1951), un aberrante alegato antiabortista filmado por un tal Zacarías Gómez Urquiza, con Gloria Marín, que era de las actrices mexicanas más reconocidas de entonces, y el galán español Jorge Mistral, y que después de ser un éxito mexicano lo siguió siendo aquí. Su tema resultaba ya impresentable 15 años después, cuando se efectuó una segunda versión en color que estuvo protagonizada por Aurora Bautista, y al que nadie prestó la más mínima atención. 

Pero los platos favoritos de mamá eran cocina italiana y estaban protagonizados por Ivonne Sanson y Amadeo Nazzari, que fue un galán muy habitual en el cine español,  en títulos que entonces conmovieron a los aficionados del lugar. Eran títulos como, !Perdóname¡ (Perdonami!, Italia, 1951), de Mario Costa, un especialista en cine «de piratas», con mi muy admirado Raf Vallone (¡que había sido futbolista, y también comunista¡), Antonella Lualdi, pero sobre todo con una retorcida Tamara Lee haciendo de mala malísima, o como la muy conmovedora Los hijos de nadie, y que hoy está tan olvidada que hasta me hace dudar de mi memoria. Sin embargo se trata de una película de todo un especialista, Raffaelo Matarazzo, autor de una obra maestra reconocida como Catene, homenajeada en Cinema Paradiso y Tormento, las tres últimas con Nazzari-Sanson y realizadas al principio de los años cincuenta. La lista se podría ampliar a títulos como Mañana será tarde (Domani e troppo tardi, Italia, 1950), que llamó la atención por ser una de las primeras películas que se atrevió a argumentar sobre la necesidad de una educación sexual para la juventud, pero sobre todo porque significó la «revelación» de Ana Maria Pier Angeli, que inmediatamente fue la sufrida y dulce Teresa (1951), de Fred Zinnemann,  y que enamoró hasta a los menos dados a estas cosas como el pariente Pedrito Gutiérrez al que creo recordar hablando de ella mientras miraba al cielo con una sonrisa que se podía interpretar como moderadamente picara.

Fue al filo de los cincuenta cuando se estrenó Ladrón de bicicletas (Ladri di bicicleta, Italia, 1948), uno de los mayores alegatos neorrealistas que convertía a un pobre trabajador y a su niño, en unos emotivos protagonistas para los que recuperar su bicicleta significa trabajo, y trabajo significa comer. Se estrenó con muchas cortapisas, y es de suponer que el régimen la asimilaba con la idea de demostrar aquello de que «en todas partes se cuecen habas», aunque lo cierto es que aquí ocurrían cosas peores (aquí teníamos sindicatos en contra del trabajador), y no se podían hablar de ellas. La que no llegó por supuesto fue Roma, ciudad abierta (Roma cittá aperta, Italia, 1945), de Roberto Rossellini, para la cual tendrían que pasar por lo menos treinta años, y aún entonces, mientras se proyectaba en un cine-forum en un barrio de la periferia barcelonesa, se dio el caso de que una de aquellas «escuadras» de falangista entró en la sala encañonando a los asistentes.  

La que más recuerdo «de llorar» fue Tormento porque aquella noche estaba más despierto, y seguramente entré más en la historia. Amadeo Nazzari,  y la ambivalente  Ivonne Sanson que tanto había de buena como de mala aunque en los melodramas era una buena que al principio parecía mala, forman una pareja señorial que espera un hijo. Pero he aquí que otro amante despechado mueve los hilos para que todo de a entender que el hijo que espera ella es de otro. Aquí no había diálogo posible, y él, herido en su honor calderoniano, no lo reconoce y la echa de casa. Lo que pasara a aquella mujer era totalmente conmovedor, algo que le podía pasar a cualquier infeliz en un tiempo en el que un hijo no reconocido era considerado como un castigo divino, y los niños que no podían decir el nombre de su padre se consideraban unos desgraciados como yo sabía por un niño de mi calle que vivía con su abuelita mientras la madre servía «a unos señores» en Sevilla. Muchas madres solteras acababan «en el arroyo», esto era tan así que no pude por menos que sentir una muy grata sorpresa cuando ya en Francia (1968), supe que en el país de Voltaire, el Estado les pasaba una pensión especial, algo que desde luego no ocurría con Ivonne Sanson porque el final feliz llega cuando el señor descubre que todo es falso, y la perdona. Supongo que tanto mamá vivió aquel metraje como una posibilidad aterradora, con una sentimentalidad que no se apoyaba en abstracciones sino que se alimentaba de realidad tan concretas como amargas. A veces bastaba evocarlas con una sola palabra: la guerra.

El punto culminante, y supongo que también la decadencia de este tipo de cine lo marco la adaptación para el cine de Ama Rosa (España, 1960), el folletín del vilmente lacrimógeno Teófilo Sautier Casaseca, efectuada por el argentino León Klimowsky que escribió el guión junto con el inclasificable Jesús Franco y el muy clasificable Vizcaíno Casas. Interpretada por la soberbia e incombustible imperio Argentina que fue secundada por el sobrio Germán Cobos, más tres actrices de cierta significación como Elena Espejo (compañera de Conrado San Martin en títulos como Apartado de Correos 1001), la muy linda Paloma Valdés que volvería «majara» a Don Mendo, e Isabel Pomés, una de las «musas» de Edgar Neville. La película resultó tan exitosa como una versión radiofónica que lograba concentrar las mujeres de la calle en la casa que tenía una radio. Cuando se estrenó en el pueblo la publicidad se efectuó desde un camión y con altavoces eléctricos. Era ya 1960 y los míos ya preparaban las maletas. En aquel tiempo el pueblo quedó reducido casi a la mitad con la emigración, y cuando regresé a los dos años, los que antes decía que la vida siempre era igual ahora podían decir que todo estaba cambiando, y cantar aquello de «!A lo loco, a lo loco¡». Quizás ya había llegado el momento de reírse mucho más, y por lo que yo sé a mamá ya no le interesó igual aquel tipo de cine. Claro que una vez conseguí que leyera Oliver Twist, de Charles Dickens, y cuando acabó me proclamó muy seriamente que, nunca más le volviera a dejar otro libro parecido. Había sufrido demasiado aunque no había podido dejar de leer, aunque lo suyo no era la lectura sino hablar durante horas de todas las cosas de la vida  y en las que siempre tenía un lugar destacado contar las penitas.      

Creo que la sentimentalidad popular ha sido fundamentalmente femenina, y cuando las mujeres lloraban oyendo la radio o viendo dramones en el cine, les sobraban motivos extras. Creo además que aquellas películas solían ser a veces bastante buenas, y que mujeres como mamá sabía a su manera distinguir. Años más tarde la recuerdo llorando a lágrima viva viendo por TV el final de la versión en color de Imitación a la vida (Imititatión of life, 1959), con la que Douglas Sirk se despidió del cine por lo grande. Ya lo he mencionado. Era cuando la humilde amiga y asistenta negra (Juanita Moore) de Lana Turner, es enterrada acompañada por un coche de caballos todo de negro, y por una banda de música presidida por la imponente Nahalia Jackson, y aparece quebrada por el arrepentimiento, su hija mestiza (la belleza morena de Susan Kohner), que había sido casi tan mala como Condolezza Ricce a lo largo de la trama. Cada vez que la vuelvo a ver con la misma emotividad, no solamente me trae a la memoria a mamá llorando, también me transporta a la idea de entierros familiares en los que el dolor como la masiva presencia le daban una fuerza especial, una especie de homenaje y de reparación que contrasta con muchos otros en los que al muerto nadie lo quería vivo. En una ocasión, en 1980, coincidí con uno en el que los asistentes se podían contar con los dedos de una sola mano. Uno de ellos era el «Tele»(¿Telesforo?), mascando tabaco, y me acerqué a preguntarle. Entonces me cogió por un brazo, y haciendo un aparte conmigo, me confesó: «Es que ese -el muerto- fue de los que apretó el gatillo. Yo estoy aquí porque su hijo es un cliente».

Acabo con una anécdota más. Heme aquí, en una de aquellas lejanas Semana Santa en las que toda la programación era estrictamente religiosa, yendo, quizás por primera vez,  sólito a ver una versión muda de la Pasión de Cristo, creo que el Christus  (Italia,  1915),  obra célebre del conde Giulio Antamoro (1887-1945),  que se inició en el cine trabajando para el cómico italiano “Pinochio”, y que combinó el melodrama con el cine religioso, siendo este su trabajo más reconocido, un verdadero clásico (recientemente editado en vídeo) tanto por la ambición de sus medios como por su intensidad religiosa. Considerado  un modelo insuperable en su época por su veracidad, fue rodada en Tierra Santa y en  Egipto donde contó con la colaboración entusiasta de Lord Kitchener (el “creador” de los “campos de concentración” para los bóers), así como  por su  depurada  técnica,  con sus tonos coloreados,  su meticuloso y cuidadoso realismo. Según he podido averiguar, este Cristus fue reestrenado en  España  a principios  de la década,  y el  autor de estas líneas, un auténtico enano al que su abuela vistió y desvistió todavía por algunos años, y que hasta aquel momento había ido al cine de mano de alguien o sí había asistido antes solo fue en películas de aventuras como La jungla en armas (The real glory, USA, 1939) también estrenada por entonces y en la que Gary Cooper era un médico norteamericano en Filipinas que se enfrenta al fanatismo de los «moros». O sino algunas de Stan Laurel y Oliver Hardy que todavía echo de menos.

Aquel domingo sin embargo, fue muy diferente aunque hasta la última parte de la película todo entraba dentro de la normalidad. Pasaron los conocidos cuadros de la vida de Jesús, hasta que después de entrar triunfante con un borriquillo en Nazareth, es detenido en el Huerto de los Olivos, y ya hay un conato de violencia. Lo que siguió después fue para mí inenarrable. Yo estaba dentro de la película, en un flanco del cine Victoria de invierno, inmerso en la más oscura penumbra, solamente estaba la luz de la pantalla por la que pasaba ahora la reconstrucción del Calvario. Los soldados comenzaron a golpearle cruelmente y se mofaban de Él. Los latigazos arrancaron su piel por la que se derramaba una sangre abundante. Cuando ya no se podía levantar del dolor, uno de los soldados –cumpliendo órdenes supongo–, le colocó con toda su fuerza una corona de espinas, y la cara del Cristo quedó bañada de más sangre. El camino con la cruz a cuestas hacia el Calvario fue especialmente trabajosa y agobiante, tanto es así que las otras que vería en el cinema llegarían parecerme «ligeras». La crucifixión fue igualmente minuciosa. Los clavos fueron entrando lentamente por las manos y los pies. Yo ya estaba llorando desde hacía un buen rato, aunque como machito quería mantener mi integridad, no era precisamente de los lloraban, papá lo sabía de cuando me daba sus escarmientos con la correa por romper los zapatos con «er furbo».

A la hora de la salida, recuerdo que los demás estuvieron muy empañados en asegurar que no habían llorado. Supongo que es a este Cristo del madero al que se refiere Antonio Machado en contraste con el que anduvo por la mar, trabajando con Pedro, ayudando en las faenas, un trabajador, como lo describe Roberto Rossellini en su propio Cristo televisivo pero no en la de Antomoro que subraya el drama y no el mensaje liberador de amaos uno a los otros. Y a Dios en todas las cosas, dice el pobre de Asís en otra película de Rossellini, Francisco, juglar de Dios (1950), que por cierto, aquí únicamente pudimos ver por TV, y de madrugada. Una verdadera utopía, algo que desde luego no era lo que se veía en aquella sórdida España oficial de desfiles militares, señores prepotentes, autoridades temidas, también de pobres de solemnidad por todas partes, de personas con sus propios calvarios, que muchas veces se remitían a este Jesús que murió por ello, por proclamar que los últimos serán los primeros, y que pasaría antes un camello por el ojo de una aguja que un rico por el reino de los cielos. Claro que nuestros ricos interpretaron esto como mejor les convino, y a la frase de Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios, le dieron una vuelta inconfesa para afirmar para dentro: Darle al César lo que es del César, y a Dios lo que dice el César.

Por eso pasearon a Franco bajo palio.

Mi pariente comunista contaba por aquel entonces un chiste que partía de una pregunta: A ver ¿ Por qué crees tú que España es solo una?. Como tú ponías cara de memo,  él entonces respondía: ¡Porque de haber dos nos iríamos todos a la otra¡”. Supongo que el cine era también algo de la otra, otra realidad por la que te podías escapar algo de aquella de cada día.

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