La República de Platón

Este clásico de la literatura antigua, es la obra que refleja la concepción ideal del estado perfecto según Platón. En «La República», expone todas sus reflexiones entorno a la política de su tiempo, y propone una organización distinta que acabe con las injusticias y asegure la estabilidad de la nación. Debido a su nacimiento en la cultura que acunó la filosofía y el arte del saber, este diálogo ha sido valorado y estudiado desde su aparición en el s. IV a.C. por pensadores y estudiosos de todos los tiempos y, por ello, puede considerarse como la semilla de muchas de las tendencias políticas que han ido surgiendo a lo largo de la historia. Esta crítica constante de la obra, ha suscitado opiniones muy diversas entorno a su autor, que ha sido acusado incluso, de promover el totalitarismo y la tiranía de los gobernantes, así como de justificar el social-comunismo o el fascismo del pasado siglo. Es indudable que su riqueza conceptual, hace de «La República» un punto de partida para las ideologías de la posteridad y seria erróneo dudar de las influencias que haya podido tener en estas tendencias políticas, pero antes de condenar o reprochar las afirmaciones que mantuvo Platón en sus escritos, sería más prudente conocer el contexto político y social que condicionó sus ideas, así como algunos de los rasgos más trascendentales de su vida, que a buen seguro influyeron en su modo de entender el mundo y ayudarían, sin duda, a advertir el significado que el célebre filósofo pretendió otorgar a su obra.

Platón, 427-347 a.C.

Aristóteles de Atenas, apodado Platón por la amplitud de sus espaldas, nació, como su mismo nombre indica, en Atenas en el año 427 a.C., en el seno de una noble familia que, capaz de proporcionarle los mejores maestros, le orientó en sus aficiones hacia la literatura y el estudio. A los veinte años conoció a Sócrates y gracias a una larga convivencia, se inició con él en la filosofía. Educado para la política, desestimó esta opción al contemplar como la democracia ateniense se alzaba sobre valores distintos a los suyos y tras intentar con escaso éxito organizar la política de otras polis (como Siracusa), donde incluso llegó a ser vendido como esclavo. Siguió la enseñanza de Sócrates, y tras su muerte (- 399), viajó a Egipto y al sur de Italia, conociendo el pitagorismo y entablando amistad, en Sicilia, con Dión, sobrino del tirano de Siracusa Dionisio. A su regreso a Atenas fundó la Academia (- 387) y posteriormente, volvió a Siracusa (- 367), intentando en vano que el nuevo tirano aplicara en la ciudad su modelo político.

El pensamiento de Platón abarca numerosas dimensiones del conocimiento humano pero sus inquietudes abarcan sobre todo la concepción del hombre y su relación con el mundo y la sociedad. Así se apoya en la afirmación socrática de que el hombre está hecho para la ciencia. Es decir, concibe la ciencia como un conjunto de verdades universales e inmutables que el hombre debe conocer para comprender el mundo en que vive. De ahí se extrae la aparición de dos mundos. El de las ideas o auténtico y el sensible, que es el que percibimos y supone tan sólo una sombra confusa del primero. Así la misión de los filósofos, que conocen la existencia de este otro mundo es captar las verdades que en él se albergan y mostrarlas a los demás ciudadanos, rescatándolos de la inocencia en que viven. Por otra parte, la concepción que Platón tiene del hombre está en consonancia con su visión de la naturaleza. De esta forma, piensa que el hombre es un alma inmortal encerrada en un cuerpo que la recluye y que esta alma de vida eterna, es la que proporciona el saber científico al individuo, pues es ésta la única que ha contemplado el mundo de las ideas y pese a haberlas olvidado al unirse al cuerpo, es capaz de sugerir ciertos recuerdos al contemplar la realidad del mundo sensible. En cuanto a la sociedad, Platón mantiene que está fundamentada en la naturaleza humana y no es sino una prolongación del organismo humano individual. Así, se estructura en tres estamentos básicos: los filósofos (poseen la capacidad de dirigir y gobernar la sociedad), los militares (tienen la misión de protegerla), y los productores (deben trabajar para proporcionar los medios necesarios para sostenerla).

Este pensamiento surge en medio de una crisis política en Atenas, tras la democrática guerra del Peloponeso y la democrática derrota frente a Esparta, llegando a la democrática condena de Sócrates y la también democrática pérdida de los valores tradicionales. Quizá por este motivo y buscando solución a estos problemas, Platón sale en defensa de Sócrates, elabora su teoría de las ideas, establece la justicia «en sí» como fundamento del orden socio-político, eleva el eros a categoría ideal, presenta la figura del filósofo como modelo del ser humano capaz de regir la polis, y se afana por hallar un prototipo de la misma.

Este conjunto de teorías y argumentos extraíbles del pensamiento platónico, se ven claramente reflejados en las numerosas obras que el filósofo escribió a lo largo de su dilatada vida, pero por encima de todas las demás destaca «La República», donde recoge todas estas dilucidaciones para mostrar su concepción del estado político ideal. Nace así la utopía literaria.

Resumen de la obra

«La República» es una continua reflexión entre personajes sobre la política y las relaciones entre los gobernantes y ciudadanos que constituyen la nación. En ella, Platón propone en boca de su maestro Sócrates, y mediante el uso de sucesivas intervenciones dialogadas con otros interlocutores, un modelo de estado perfecto, que consolide la estabilidad de la nación y garantice la seguridad y la justicia de todos los ciudadanos. Esta extensa obra, que se encuentra fragmentada en diez libros, es como muchos dicen un tratado de política pero no seria correcto, sin embargo, atribuirle sólo esta definición, pues además de dilucidar sobre los orígenes y consecuencias de las distintas formas de estado, se pretende indagar en el hombre que las crea. De este modo, cada libro abarca temas distintos, pero con el único fin de diseñar el gobierno perfecto y mostrar las entrañas del Ser del hombre.

Las primeras cuatro fracciones del diálogo son un esbozo de los problemas que surgen al tratar el concepto de justicia y pretenden discernir los modos más eficaces de lograrla y los seis restantes se centran en una compleja exposición del pensamiento platónico en su más intenso nivel de profundidad.

Libro I: Inicia la obra con un elogio a la ancianidad de Céfalo a Sócrates. Se alaban las características más nobles del hombre, la moderación, la sensatez, la cordura, y se da comienzo a una reflexión sobre la importancia de la justicia en la vida de los hombres y tras acordar su papel en el seno del estado, se procede a una búsqueda de sus características. Libro II: Tras dar comienzo al tema de la justicia, dos personajes más, Glaucón y Adimarco, alientan a Sócrates a encontrar y exponer la verdadera naturaleza de la justicia, alienando el concepto de cualquier valoración u opinión popular. Para ello se intenta comprender los motivos que la originan y las razones de su perturbación.

Es en este libro donde se plantean las analogías entre las nociones de hombre y estado. Paralelismo que fundamentará el sentido de todo el diálogo. Se presenta, además, una brillante disertación sobre la educación y su importancia dentro de los deberes del estado, siendo ésta la base que constituirá el futuro de las posteriores generaciones encargadas de dirigirlo.

Libro III: Llegados a este punto, se genera una discusión entorno a la concepción del estado justo. Se concluye entonces, que sólo puede obtenerse mediante una estricta distribución de labores y su pertinente educación desde la más tierna infancia para evitar las sublevaciones que pudiera motivar la incomprensión del individuo respecto al lugar que ocupa en la sociedad. Una educación especializada y precisa que aún discriminando oriente a cada miembro en función de las aptitudes con que ha sido dotado.

Libro IV: En este libro, que pone fin a las cavilaciones que motiva el concepto de justicia, se revelan las conclusiones extraídas, y se promulgan los principios que deben regir el estado justo. «Producir la justicia es establecer en las partes del alma la subordinación que en ella ha querido poner la naturaleza. La injusticia es dar a una parte sobre las demás un imperio que va en contra de la propia naturaleza». Este principio, según Platón, armoniza las relaciones entre los hombres, pero su conocimiento tan sólo está reservado a los intelectos más capaces y, por ello, el gobernante debe extraerse de aquellos que lo posean.

Libro V: En este libro, Platón vuele a hacer referencia a la educación como punto de partida del estado ideal, centrándose esta vez en los niños y las mujeres ( a estas últimas les proporciona la posibilidad de desempeñar roles distintos a los tradicionalmente asignados, si demuestran capacidades para ello). Así, una vez diseñado el estado perfecto, se baraja la opción de ponerlo en práctica, y como el rumbo de éste dependerá de la predisposición de los ciudadanos a seguir el orden establecido, el poder de orientarlos mediante el correcto uso de la pedagogía debe residir en los únicos capaces de administrarlo racionalmente: los filósofos. Sin embargo para entender el papel de estos sujetos en «La República», es preciso saber que, para Platón, el filósofo es aquel individuo cuya capacidad de abstracción permite descubrir la idea del bien supremo y llevarla a la realidad del estado ideal. Así la gestión y la organización del gobierno perfecto deben residir en la razón y la justicia que sólo el filósofo puede proporcionar.

Libro VI: En este punto, Platón reflexiona sobre la idea del bien. Concepto que aporta sentido al mundo de las ideas, fin en sí mismo de toda aspiración humana, y base del conocimiento verdadero. Expone además su popular teoría de las cuatro fases del conocimiento. Fases que discurren desde las primeras impresiones sensitivas, hasta la contemplación del Ser Supremo y que constituyen el proceso que, según Platón, sigue todo saber desde que es percibido mediante sensaciones, hasta que asimilado por el hombre en su punto máximo.

Libro VII: Expuestos ya algunos de los principales cánones de las tendencias platónicas, en este magnífico libro, el filósofo escribe uno de los pasajes más admirados de su obra. El mito de la caverna, es un paradigma de las teorías previamente argumentadas, en el que Platón simboliza el mundo real bajo la perspectiva de su pensamiento. Propone dos mundos. El primero, una caverna donde los hombres viven encadenados desde su nacimiento, contemplando tan sólo las sombras que una hoguera situada en la entrada proyecta del exterior y otro mundo al que ni pueden acceder ni conocen los hombres y que abarca toda realidad ajena a la caverna. Sin embargo, un día estos dos mundos interaccionan cuando uno de los hombres logra escapar y, al contemplar el exterior y entender el engaño en que vivía, advierte que las sombras que antes veía y que creía verdaderas, no eran sino el reflejo de las figuras que discurrían ante la hoguera proyectando una sombra distorsionada. Esta analogía de muestro mundo ejemplifica, mediante un genial arquetipo, la teoría del conocimiento (muestra el procedimiento que sigue el saber en su recorrido desde las primeras percepciones hasta la consecución de la verdad suprema) y explica la relación entre los dos mundos que mantiene el autor en sus tratados: el sensible, encarnado por la caverna, y el de las ideas, representado por el exterior.

Libro VIII: Este libro se centra en una comparación entre el estado justo e ideal formulado y el resto de sistemas políticos dominantes en la época. De ese modo, se analizan los principios que les sustentan así como el talante de los individuos que los crean. Concluye con una reflexión acerca de los niveles de decadencia política que abarca desde la Timocracia espartana, la Oligarquía y la Democracia, culminando en la figura del tirano. Llegados a este punto, finaliza el paralelismo hombre-estado iniciado en el segundo libro del diálogo.

Libros IX y X: Estos dos últimos volúmenes, se ocupan de asentar más profundamente las conclusiones alcanzadas por Sócrates y sus acompañantes. Así, el libro IX se encarga de explicar las repercusiones del estado perfecto en la vida individual de los hombres, es decir, pretende conjeturar las consecuencias que su instauración en el mundo real pudiera ocasionar sobre una sociedad como la suya. De otro modo, el libro décimo analiza las diferencia entre poesía y filosofía, afirmando la primacía de esta última en lo que a educación y adoctrinamiento se refiere, asignando así al poeta un lugar más humilde en el terreno de la creación artística.

De esta forma se clausura una de las más grandes obras del pensamiento filosófico que resulta, además, de vital importancia para comprender el pensamiento utópico. Con una espléndida belleza narrativa, Platón concluye «La República» y sienta para la posteridad algunas de las claves para entender los entresijos de nuestra cultura y sus inquietudes filosóficas.

Valoración crítica

Una vez conocido el contexto, el autor y la obra, es el momento de valorar su contenido y la importancia que esta ha tenido en los siglos venideros. Hay que reiterar entonces, que «La república» es, además de una utopía social, un tratado de política y una reflexión sobre el ser humano. Por ello encontramos en su interior una gran cantidad de afirmaciones y principios de muy diversos ámbitos, destinados todos ellos a un mismo propósito: encontrar la perfecta organización social y el estado de cosas ideal para la vida del hombre. En este sentido, hay que decir que Platón no escribió su obra sin conocimiento de causa, pues, como cuenta en su biografía, fue educado desde la más temprana edad para participar activamente en la política de su tiempo. Con esto, no es de extrañar que algunas de sus conclusiones no fueran ni sean todavía entendidas por la gente, ya que su visión fue fundada desde la perspectiva del poder y no del pueblo, provocando así una posición demasiado autoritaria y rígida respecto a los ciudadanos. Por ese motivo, han sido muchos los teóricos que han comparado la república de Platón con un vasto cuartel, dominado por un severo adoctrinamiento de los individuos en función de los intereses del estado. No es extraño que así haya sido, pues es cierto que este estado ideal se apuntalaba en la educación de sus miembros, convirtiéndolos en simples empleados de la nación, pero hay que entender que Platón suprimió gran parte de las libertades por el bien de la estabilidad y la justicia públicas.

Este ultimo término, la justicia, abarca casi cuatro libros del total del diálogo, y es uno de los pilares entorno los cuales se organiza el estado. Para Platón, esta noción tan básica y presumible en nuestro tiempo, era una de las más conflictivas y complejas a las que debía enfrentarse el gobierno (tanto es así que en algunos fragmentos del diálogo llega a equiparar el estado perfecto con el estado justo). La justicia distinguía al bueno del mal gobernante, al tirano del filósofo, así pues, su consecución debía estar por encima de cualquier otro obstáculo y por ello, resultaba necesario conocer cuál era el núcleo generador de toda arbitrariedad. Este núcleo no era otro que la iniciativa individual, que de tener poder suficiente, podía comprometer a todo el estado. Así, el autor concluye que, para asegurar el acierto de la nación, es necesario controlar los actos particulares, suprimiendo si es necesario su libertad de actuación y, para lograrlo, el único medio realmente efectivo y acorde con las circunstancias, era el adoctrinamiento de las masas, mediante una pedagogía discriminatoria y selectiva, que dividiese y educase a cada miembro según su capacidad de servicio a la comunidad.

Para justificar este pasaje, Platón idea una curiosa metáfora capaz ejemplificar su afirmación. Dice que cada ser humano, al nacer, se compone de un determinado metal. Así, los más valiosos tienen oro y deben encargarse de dirigir y gobernar a sus congéneres. Los de plata, son también especiales y deben contribuir con sus ayudas a comandar la nación. Finalmente los de cobre y bronce, que no poseen por naturaleza el don de los anteriores, deben trabajar para mantener el estado, ocupando un lugar más humilde entre los ciudadanos. Con este paradigma, se intenta argumentar la educación discriminatoria y la desigualdad entre los individuos, pero se hace hincapié también, en un elemento digno de consideración.

Y es que, si bien es cierto que no hay igualdad de oportunidades, no se fundamenta el clasismo, es decir, no por pertenecer a un grupo social determinado se otorga una educación u otra, sino que la pedagogía se distribuye única y exclusivamente en función de las aptitudes y las habilidades personales. ¿Acaso no es esto justicia? Probablemente no lo sería si el encargado de tomar las decisiones de índole pública fuera alguien incapaz de asumir semejante responsabilidad, pero Platón, que no acostumbraba a dejar cosas al azar, contempló también esta posibilidad y tras discernir la complejidad de la cuestión, concluyó que una labor de tan ardua dificultad sólo podía ser asumida por los mejores filósofos, entendidos claro está, como aquellos seres capaces de encontrar la verdad entre la confusión y descubrir la idea del bien supremo, desde la cual llevar a la práctica la vida y el estado ideal.

Con estos elementos y otros derivados de los ya expuestos, Platón creyó haber encontrado la organización política perfecta superando los sistemas que fracasaban en las regiones vecinas, pero pese a ser una obra realmente admirable, no llegó a funcionar en los lugares donde se intentó implantar. Probablemente por motivos ajenos a la responsabilidad de Platón, pero sin duda por uno en especial. Esta concepción de estado ideal, era impracticable. No es posible encontrar la perfección humana (por lo menos no hay constancia de ello), y el modelo platónico exigía esta figura en la cumbre del gobierno. Necesitaba una especie de divinidad que administrase justicia sin el más mínimo margen de error y es obvio que ni el más sabio y honrado de los filósofos habría reunido tales atribuciones.

Es aquí donde encontramos el talón de Aquiles de la idealizada república de Platón. Apostó por una justicia perfecta y consideró por tanto que, de ser obtenida, los demás principios debían estar a su servicio. Por ello, alienó a los ciudadanos de gran parte de su autonomía y suprimió algunos de sus derechos hacia el estado, desestimó la capacidad de éstos de decidir y escoger su propio gobierno (conocedor de las carencias de la democracia) y, en definitiva, consideró al pueblo un colectivo susceptible de la demagogia, incapaz de decidir correctamente por sí sólo. Pero apostar por un estado justo era una utopía, una idea que un personaje de la talla de Platón sólo pudo contemplar confiando plenamente en sus propias capacidades. Debió pensar que él mismo podría repartir la supremacía del bien entre los ciudadanos, y como él algunos de los grandes sofistas que había conocido. Pero un rebaño no puede confiar a ciegas en la bondad de su pastor, necesita unas mínimas garantías de poder cambiar el rumbo de su vida si lo estima necesario.

Por ello, «La República» promulga unos principios inaceptables en el ámbito de las libertades. Porque lejos de buscar un mundo donde cada cual campe a sus anchas, el hombre es un ser que nace libre y, aunque es obvio que somos sumamente influenciables, debería ser obvio también que tenemos derecho a escoger nuestro futuro y decidir con autonomía, aunque a costa de ello, nuestros errores comprometan a nuestros semejantes. Sin embargo, esta última afirmación, no debe ser tomada para alegar contra Platón, pues fue algo parecido lo que le obligó a adoptar en su obra una actitud tan rigurosa.

La condena a muerte de su mentor, por un jurado popular y bajo la aparente aprobación de un sistema democrático, hizo ver a Platón que a veces es mejor contener al pueblo para evitar que sus errores modifiquen el destino de los inocentes, ya que su debilidad frente a los poderes de la demagogia, la falacia y la retórica de los gobernantes, hacen de él un colectivo demasiado vulnerable. El problema está en decidir quien dirige a este colectivo y quien establece la diferencia entre lo bueno y lo malo. Platón lo sabía y por eso intento minimizar al máximo estos conflictos mediante el adoctrinamiento de los ciudadanos y la instauración del filósofo como sabio administrador del bien y la justicia. Así, es probable que cometiera errores, pero no olvidemos que Platón argumentó todas sus aserciones y, si bien resulta sencillo discrepar de alguno de los principios expresados, no lo es en absoluto rebatir congruentemente el modelo de estado que propuso en «La República».

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