El socialismo utópico

Por: José Ramón San Miguel Hevia
Fuente: El Catoblepas, número 34, Diciembre 2004,

Donde Bakunin pone a caldo al infortunado Carlos Marx, y se hace presentación de la filosofía crítica y la utopía negativa
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Carlos Marx, doctor en filosofía por la Universidad de Jena, escuchaba con un malhumor creciente, en su confortable mansión de Maitland Park Road en Londres, las noticias que su inseparable seguidor y amigo Federico Engels le traía desde Basilea, donde aquel año de 1869 se había celebrado el sexto Congreso de la Internacional Obrera. El asunto era grave, pues por primera vez sentía peligrar su indiscutible dirección de la Asociación y con ella todas las ideas que primero de forma panfletaria había proclamado en su Manifiesto del Partido Comunista, y que aquellos mismos días acababa de publicar, después de una lenta elaboración en la primera parte de su obra central El Capital.

Desde que en 1864 –el mismo año de la muerte de Proudhon y Lasalle– se reunió en Londres la Confederación de Trabajadores, había tenido una influencia creciente en la asociación internacional, a pesar de la oposición de buena parte de los delegados. Ya en el primer Congreso consiguió introducirse como representante de los obreros alemanes, gracias a los buenos oficios de dos obreros cualificados, el sastre Eccarius y el relojero suizo Jung. Pero además la reunión de Ginebra de 1866 había confirmado de forma indirecta pero muy expresa su presencia de pleno derecho cuando decidió abrir la puerta a los «intelectuales».

A cambio de esta primera victoria, Marx había tenido que admitir en los dos congresos el dominio de grupos hostiles a toda acción política, desde los proudhonianos que seguían teniendo mayoría en Francia hasta los sindicalistas ingleses o los anarquistas suizos del cantón de Jura. El filósofo alemán tuvo la prudencia de no tomar parte activa y directa en estas dos primeras asambleas y se limitaba a contemplar desde Londres sus equívocos resultados, con mezcla de satisfacción y de disgusto y rechazo.

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Los dos siguientes Congresos –Lausana 1867 y Bruselas 1868– se habían centrado en una discusión entre la mayoría de partidarios de Proudhon y el resto de los delegados. La internacional obrera preconizaba un colectivismo basado en cooperativas de producción y ayudado por un sistema de crédito gratuito por medio de bancos mutualistas. De esa forma se evitaba la intervención y dirección de los propietarios burgueses y del mismo Estado, una institución esencialmente reaccionaria al servicio del capitalismo. Marx, que no había tomado parte en esas reuniones, todavía recordaba su indignación ante tales desatinos, pero una vez más se había mantenido en silencio, en espera de que se abriesen paso sus ideas acerca de una democracia centralizada, dirigida por los mismos trabajadores.

No fue éste el único disparate de los dos Congresos, porque los delegados habían votado masivamente a favor de una huelga general, en caso de que los Estados de Europa iniciasen una guerra, que por efecto de la mundialización del trabajo, sería una contienda civil entre proletarios. Para Marx esta subordinación del poder político a la acción universal de unos sindicatos todavía completamente inmaduros, sería impracticable, terminaría irremisiblemente en un fracaso y sólo serviría para fortalecer todavía más el poder de la burguesía.

De todas formas, el prestigio de Marx dentro se la Internacional se había mantenido intacto hasta entonces, sin que en medio de las delegaciones que de una u otra forma se le oponían, apareciese un líder capaz de hacerle sombra. Pero en Basilea todo había sido distinto, porque en medio de un Congreso donde estaban representadas prácticamente todas las naciones de Europa sin que ninguna tuviese mayoría, había tomado la palabra y la iniciativa uno de los dos delegados de Italia. Mijail Bakunin tenía un intachable pasado de revolucionario anarquista con una condena a muerte, doce años de cárcel en el penal de Pedro y Pablo de Rusia, cuatro de destierro en Siberia y una huida rocambolesca desde Japón hasta Norteamérica y Europa. Engels no tuvo más remedio que repetir a su indignado maestro el meollo del discurso por el que Bakunin se había atrevido a condenar al marxismo, alcanzando una victoria brillante, aunque no definitiva.

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—Compañeros de la Asociación Internacional de Trabajadores: Estoy verdaderamente abrumado ante las reformas innumerables con que por una parte los honrados campesinos defienden el efecto de su trabajo con ayuda de mutualidades y de un crédito gratuito que de forma tan desinteresada como sorprendente obtendrán de bancos públicos. Además me admira que consideren a la familia como base esencial de la sociedad, a la propiedad individual de la tierra y la herencia como su condición, y al trabajo de la mujer como destructor de la vida doméstica.

—Todavía contemplo con mayor asombro los razonamientos que el delegado Eccarius, en nombre y representación del Señor Marx, –que por cierto no se ha dignado estar presente en ningún Congreso obrero alejado de su feudo de Londres– adelanta en favor, no de la familia ni de una cooperativa, sino del mismo Estado, que en poder de los trabajadores, se hará dueño de la tierra y de todos los medios de producción para repartir el efecto del trabajo colectivo entre los miembros de la sociedad.

—Dejando de lado todas estas complicaciones, los anarquistas estimamos que a la hora de encontrar remedio a los males y de conseguir la felicidad del género humano, no hace falta establecer nuevas leyes e instituciones, sino sencillamente abolir todas las existentes. Sólo de esta forma los hombres, uniéndonos libremente en federaciones cada vez más amplias, podremos construir nuestro destino social, sin interferencias de ningún poder artificial extraño, grande o pequeño, natural o sobrenatural.

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—Confieso mi profunda admiración por el señor Proudhon, que al construir su sistema económico se atrevió a dejar fuera de juego al Estado, demostrando su autoritarismo y su impotencia, y sustituyéndolo, aunque sólo sea en un acto genial de imaginación, por comunidades campesinas familiares y por mutualidades independientes de cualquier poder centralizado. Pero es preciso llevar su programa político hasta sus últimas consecuencias para conseguir la libertad absoluta de los hombres y hacer de ella el principio de cualquier sociedad del futuro.

—De esta forma queremos la abolición de la familia jurídica y del matrimonio, tanto eclesiástico como civil, del que se deriva necesariamente el derecho a la herencia. Queremos también la igualación de los derechos políticos y socioeconómicos de las mujeres y los hombres, y queremos que la tierra pertenezca a las comunidades agrícolas que la trabajen y el capital y los instrumentos de producción a los obreros, unidos en asociación.

—Queremos sobre todo que desaparezca el Estado y el principio de autoridad sobre el que se apoya, y con él todas las instituciones eclesiásticas, políticas, militares, burocráticas, jurídicas, académicas, financieras, económicas y cualquier otra que inventase el inagotable ingenio del hombre. Queremos la autonomía absoluta de cada individuo, cada federación de trabajadores, cada asociación de federaciones, y cada pueblo para ser lo que quiera ser, organizándose desde abajo hacia arriba de acuerdo con el principio intocable de la libertad.

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—Ya me doy cuenta de que todas estas aspiraciones de los anarquistas van a sonar como una descarga de pólvora en los oídos del señor Marx, esposo ejemplar de una aristócrata de muy buena familia, padre amantísimo de sus tres hijas y sobre todo profesor de filosofía, dispuesto a enseñar su doctrina infalible a esta serie de infelices obreros, por quienes seguramente siente el más profundo desprecio. Pero a pesar de todo debe escucharme sin perder la paciencia, por muy desagradables que sean mis pretensiones de anteponer la experiencia revolucionaria a cualquier sistema científico excluyente y definitivo.

—Según el programa expuesto por el señor Marx en el primer Manifiesto Comunista, publicado hace ya más de veinte años, la primera obligación del proletariado obrero es conquistar el poder político y crear un nuevo Estado popular, regido de acuerdo con los principios de lo que solemnemente llama el centralismo democrático. Hasta tal punto que por medio de su inmensa tramoya jurídica intervendrá en la vida individual y colectiva, suprimiendo la espontaneidad de sus desgraciados súbditos y determinando su forma de ser y de pensar.

—En cambio nosotros repetimos lo que ya hemos dicho en Berna ante la Liga por la Paz. Aborrecemos al comunismo porque es la negación de la libertad y no podemos concebir ni un pensamiento, ni un acto verdaderamente humano sin libertad. No somos comunistas porque el comunismo aspira a absorber todos los poderes de la sociedad en el Estado, que de esta forma centraliza inevitablemente en sus manos toda la propiedad. Nosotros queremos la desaparición del principio de autoridad y la abolición completa y sin marcha atrás del Estado, que con el pretexto de realizar la moral de los hombres, no ha hecho otra cosa que oprimirlos y explotarlos, manteniéndolos en la miserable condición de esclavos.

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—Pero no os preocupéis, compañeros, el señor Marx y la escasa camarilla que le sigue, nos ofrece el consuelo de que el Estado –su Estado– estará dirigido por una minoría privilegiada de ilustrados, que impondrán su ley al resto de la población ignorante. Además esa minoría que por un acto pretendidamente revolucionario y gracias a su disciplina y a su organización jerárquica habrá conseguido desplazar del poder a la burguesía, se compondrá de trabajadores.

—Ciertamente tiene razón, esos déspotas novicios van a ser, no sólo trabajadores, sino antiguos trabajadores, que en el momento de pisar las alfombras de los despachos del nuevo Estado se olvidarán de su vieja condición, convirtiéndose en los más altos funcionarios y mirando desde arriba a los obreros de la ciudad o del campo. Y yo os digo que en ese mismo momento ya no forman parte del pueblo, ni siquiera lo representan, pues se representan a sí mismos y a su ambición de poder.

—De acuerdo con la doctrina del señor Marx, la revolución no debe abolir al Estado, sino fortalecerlo al máximo, entregándolo a sus guardianes y maestros, los dirigentes del partido comunista, que concentrarán todos los poderes del gobierno en sus manos. Crearán un banco estatal único, nacionalizarán toda la producción industrial, comercial y agrícola y crearán una nueva clase privilegiada de ingenieros estatales. Quien crea que las cosas no han de ser así, a pesar de su ciencia, demuestra un desconocimiento total de la naturaleza humana.

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—Hasta tal punto el señor Marx es consciente de las contradicciones de su programa político que ya en el mismo Manifiesto concede que la dictadura de la clase obrera es un momento transitorio aunque necesario de la revolución. A medida que la sociedad, férreamente gobernada por sus nuevos dueños, acreciente a la vez la producción y el consumo de bienes infinitos, ya no será necesaria una legislación imperativa que los reparta y el Estado se irá disolviendo hasta desaparecer. Así que la dictadura comunista es el medio y el anarquismo el fin de su acción.

—Deberíamos estar orgullosos de que un adversario dialéctico tan temible como el señor Marx esté de acuerdo con nosotros en el objetivo final, pero de ninguna manera podemos avalar el disparatado sistema con el que pretende alcanzar ese objetivo. Si hacemos caso a sus sabias enseñanzas resultaría que para liberar totalmente a un pueblo la mejor solución es tenerlo del todo esclavizado. Pero la dictadura de cualquier clase social, y mucho más la de una casta de funcionarios públicos, no puede tener otra aspiración que perpetuarse a sí misma, negando para siempre la libertad de sus súbditos.

—Que en esta circunstancia el Estado derive nada menos que a una sociedad anarquista, que baje Dios y lo vea, en caso de que Dios pueda bajar todavía más abajo de donde ahora está. Una idea tan disparatada sólo puede ser producto de la mente de un filósofo alemán, obediente discípulo del estatista Hegel –aunque ahora quiera renegar de su antiguo maestro– que además tiene la pretensión de pertenecer al pueblo elegido.

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—Ya estoy oyendo al señor Eccarius, dirigiendo contra nosotros la temible acusación de utópicos. Es posible, pero nuestra utopía será en todo caso una constante e interminable aspiración a la libertad de cada uno y a la fraternidad universal y será también la negación de cualquier sistema y de cualquier poder, mucho más el poder despótico de un Estado, sean quienes sean sus representantes. Sin nosotros será inevitable la dominación de los teólogos, los militares, los burgueses, o los burócratas, pero bastará la existencia de un compañero anarquista, de uno solo, para que se mantenga en el mundo la esperanza de la libertad.

—El proceso histórico por el que los marxistas avanzan por pasos sucesivos hacia la liberación de la humanidad en una sociedad sin clases es también una utopía, pero el peligro de estas utopías graduales es que a veces se realizan parcialmente. Y sería una catástrofe, pero una catástrofe inevitable, que la anunciada revolución llevase a los proletarios al poder y se enquistase en un Estado real, pero tan aborrecible o más que todas las formas de dominación del pasado. La utopía milenarista es, señor Eccarius, positiva, y por eso mismo la más temible y contradictoria de todas.

—Pero lo que todavía es más extravagante y más utópico es el respeto a todos los Estados actuales, que por definición son naciones y la pretensión de que a su lado exista una Asociación Internacional. Y os aseguramos que si en un futuro más o menos lejano las ambiciones de los burgueses son causa de una guerra santa entre ejércitos nacionales los trabajadores de cada Estado seguirán fielmente a sus dueños y se atacarán y mutilarán entre sí furiosamente en nombre de un estúpido patriotismo. Sólo quedan dos alternativas: o la abolición del principio de autoridad y la paz universal o la sumisión al poder político en un conflicto interminable y cada vez más sangriento.

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Engels anunció a su irritado compañero el éxito apoteósico del discurso de Bakunin. Su proposición de abolir la herencia, como un primer paso para suprimir todo el aparato jurídico del Estado, consiguió un amplio apoyo, aunque su cantidad de votos –32 a favor, 23 en contra y 19 abstenciones– no había sido suficiente para alcanzar la mayoría absoluta y comprometer definitivamente a la Internacional. Pero la propuesta alternativa de Eccarius, sólo pudo salvarse por un voto de diferencia.

Marx, en vista de tan amenazadoras noticias, se dispuso a tomar la iniciativa, midiendo primero sus fuerzas y las de su enemigo dentro de la Asociación. Con el realismo propio de él se dio cuenta de que su poder en la Internacional Obrera dependía casi exclusivamente del Consejo General de Londres, donde tenía mayoría absoluta y hegemónica. El resto de las secciones, desde las más antiguas de Francia, Bélgica y Suiza hasta las más recientes de Italia y España estaban dominadas por los proudhonianos y los anarquistas. La única esperanza era Alemania, aunque allí el recientemente fundado partido social demócrata, partidario de la acción política de la clase obrera, sólo podía inclinar la balanza a su favor en el futuro, pues en aquel momento no había ingresado todavía oficialmente.

Marx y Engels diseñaron magistralmente su estrategia, y en primer lugar decidieron aplazar las reuniones anuales de la Internacional hasta que las condiciones les fueran decididamente favorables. Los tres años que mediaron entre el Congreso de Basilea en 1869 y el de La Haya en 1872 fueron en este sentido decisivos. En 1870 y después de la derrota de Napoleón III ante Prusia, la Comuna de París, esencialmente dirigida por los anarquistas fracasó en la realidad a pesar de su enorme simbolismo revolucionario, y lo mismo sucedía en Lyon, donde el propio Bakunin estaba al frente del movimiento.

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Un año después, evitando otra vez la celebración de un congreso, los dos amigos organizaron una conferencia en Londres con ausencia de los anarquistas, y consiguieron que la mayor parte del tiempo se emplease en condenar las faltas cometidas por Bakunin contra el Consejo, y sobre todo contra Marx, preparando así su expulsión de la Internacional. De esta forma de un solo golpe se eliminaban las secciones españolas, italianas, belgas, suizas y holandesas, todas ellas enemigas, y se daba paso a los alemanes, defensores incondicionales de la acción parlamentaria.

Después de todos estos preparativos, Marx y Engels convocaron por fin un Congreso en la Haya en 1872, asistiendo personalmente a él y planteando otra vez la cuestión central que desde los últimos años sesenta había dividido a la Asociación. Los sesenta y nueve delegados asistentes debían elegir otra vez entre los comunistas, partidarios de la acción política, y los anarquistas. Esta vez los delegados del Consejo General y la nueva sección socialdemócrata alemana que votó en bloque por los políticos y contra los federalistas alcanzó una clara mayoría absoluta. Más grave fue la división entre las delegaciones, pues cuatro de las más importantes se decantaron por el anarquismo –Gran Bretaña, Bélgica, Países Bajos y España– y claramente dos por el estatismo –Francia y Alemania– mientras que Suiza mantenía un empate entre las dos tendencias.

Como el Congreso había aceptado por muy pequeña mayoría que la sede central del Consejo no fuese Londres, Engels, en una decisión inesperada, propuso trasladarlo nada menos que a Nueva York, con lo que consumaba la desintegración de la Primera Internacional, cuyas dos ramas llevaron en los años setenta una vida casi vegetal. Marx de todas formas estaba satisfecho, pues había logrado todos sus objetivos :una propaganda revolucionaria romántica y la preparación de una nueva Internacional, que consumaría un Estado comunista, gracias a la acción de partidos obreros, que en vez de soñar con imposibles, estuviesen firmemente instalados en la realidad.

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En el 1876 moría Bakunin, casi al mismo tiempo que su organización, por llamarla de alguna forma, y siete años más tarde Karl Marx, que todavía pudo ser testigo de los primeros balbuceos de una nueva Internacional. Hubo que esperar a 1889 para que una federación de partidos de origen social demócrata celebrase en la sala Petrelle de París el centenario de la Revolución Francesa, proponiendo una Manifestación universal y perpetua el día primero de Mayo en todos los Estados de Europa y América para exigir mejores condiciones de trabajo, y en primer lugar la reducción de la jornada a ocho horas.

Engels había tenido, con motivo de estos acontecimientos, una larga reunión con Charles Longuet que presidía el Congreso y Paul Lafargue. Sus vidas eran paralelas, porque los dos habían colaborado en «La Rive Gauche», y participado en la revolución comunera, y después se exiliaron a Londres casándose con Jenny y Laura Marx. Todos celebraban esta insólita toma de conciencia del proletariado y recordaban a su gran iniciador. Además Paul Lafargue, sentía mínimamente realizado su programa del Derecho a la pereza, pensando que algún día se llegaría al ideal de tres horas de trabajo y veintiuna de holgazanería, posiblemente aprendido en su estancia en España. El tercer hijo político, Edward Eveling, y su mujer Eleanor Marx, de la delegación inglesa, completaban este cuadro de familia.

Al parecer tenían motivos de sobra para estar satisfechos, porque los diez primeros años de esta Internacional renovada iban a fortalecer la doctrina y la práctica marxista. El Congreso de Bruselas de 1891 rechazó la vieja táctica de Lasalle, fundada en el sufragio universal y el parlamentarismo clásico, y en cambio en Zurich y Londres los delegados se pronunciaron por la toma del poder obrero, mediante una acción política. Además los grandes Congresos de París en 1900 y de Amsterdam (1904), siguiendo la declaración de Dresde, que condenaba sin paliativos cualquier participación en un gobierno burgués, se mantenían fieles a la ortodoxia. Cuando Paul Lafargue y Laura Marx, en un supremo acto de pereza, se dieron la muerte en 1911, todavía podían cerrar su carta de despedida con un esperanzado: «¡Viva el comunismo y viva la segunda internacional!»

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Pero en la segunda década del siglo XX empezaron a cumplirse al pié de la letra los más negros presagios que habían adelantado dos elementos tan contradictorios como Bakunin y el sentido común. Los congresos de Stuttgart, Coppenhague y Basilea, condenaban la participación de los proletarios en una guerra de intereses entre las potencias burguesas en busca de nuevos mercados y exigían la deserción, la insumisión y la negación de todos los créditos militares. A medida que se acercaba la fecha fatídica de 1914 los delegados completaron sus discursos con una llamada a la acción parlamentaria pacifista, las manifestaciones y en último término la huelga general. Todo fue inútil, al estallar el conflicto entre Francia, Inglaterra y Rusia contra los Imperios centrales, los trabajadores de todos los países, prácticamente sin excepción, antepusieron el patriotismo debido a un Estado nacional a su propia condición universalista, hiriendo de muerte a la segunda Internacional.

Pero no terminaron aquí las desgracias. En 1917 la rama más radical del marxismo ruso, aprovechándose del vacío que dejaba un Imperio derrotado por Alemania, dio un golpe de Estado, ocupando todos los centros de poder y entregándolos a un partido comunista jerárquico y rígidamente disciplinado. Los cuadros del partido, teóricamente ocupado por trabajadores, en un rápido proceso, trasladaron el mando a un Comité Central y terminaron personalizándolo en un Secretario General, tan infalible como inatacable. Esta dictadura del proletariado hacía reales todas las pesadillas con que los anarquistas habían amenazado a sus antiguos compañeros revolucionarios, inauguraba un sistema político totalitario y un capitalismo de Estado, planificaba la economía y dominaba toda la vida privada o pública de los ciudadanos.

Cuando ya había pasado el segundo tercio del siglo XX todas las esperanzas revolucionarias de los comunistas y anarquistas parecían definitivamente frustradas. En los Estados occidentales los antiguos proletarios se integraron en el sistema económico de la burguesía y en el mejor de los casos sólo aspiraban a reformas que dejaban intacto el capitalismo. En Rusia la acción de la mano invisible que autoregulaba el mercado, fue sustituida por la actividad planificadora de un Estado, que cada vez aumentaba más su dominio, anulando, acaso para siempre, la esperanza de una emancipación del hombre.

Epílogo

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En 1967 los estudiantes de la Universidad libre de Berlín escuchaban en medio de un total silencio y con apasionado interés las palabra del filósofo entonces de moda entre la juventud europea, Herbert Marcuse. La conferencia hacía una historia del pensamiento crítico desde los años treinta –un marxismo totalmente herético– y tenía por tema y título «El fin de la utopía».

—Mis primeros contactos con el Instituto de Investigación Social, integrado en la Universidad de Francfurt, se remontan al año 1930, poco después de cumplir mis treinta años. Es la primera Edad de Oro de la escuela, dirigida de forma oficial por Max Horkheimer y participada por un grupo de brillantes teóricos del marxismo, y sobre todo por el filósofo Theodor Adorno y el psicosociólogo Erich Fromm. Con la llegada de Hitler al poder en 1933 casi todos nos tuvimos que exiliar, encontrando acogida en la Universidad de Columbia de Nueva York.

—Unos años después de terminada la guerra, en 1950, Horkheimer y Adorno volvieron a Alemania para refundar la escuela de Francfurt, y yo quedé en Norteamérica, enseñando en Boston y San Diego. De todas formas los escolares de las dos orillas del Atlántico siempre hemos mantenido una estrecha comunicación, sobre todo a partir de los sesenta, y mucho más desde hace un año en que volví a esta Universidad. Por ello puedo hablarles con autoridad de la larga vida de nuestra utopía filosófica y de sus momentos decisivos.

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—Nuestra primera experiencia negativa de los años treinta fue la causa de un pensamiento pesimista y casi desesperado. Después de la llegada del nacionalsocialismo prácticamente todo el continente quedó sometidos a regímenes totalitarios. Horkheimer tenía todavía puesta sus esperanzas en la Unión Soviética, pero las purgas que fueron barriendo sucesivamente a la oposición y suprimiendo todo posible pensamiento crítico, nos convencieron de que tampoco allí podíamos encontrar un sujeto revolucionario. Además vimos cómo el capitalismo monopolista, tal como existía ya en Estados Unidos había conseguido integrar mediante reformas superficiales a los trabajadores y dominaba el mercado fatalmente, suprimiendo la autonomía del individuo y condicionando su forma de pensar y de vivir.

—En vista del fracaso de todos los sistemas políticos, el liberal, el comunista y el fascista, Horkheimer y Adorno llegaron a la conclusión, rematadamente pesimista, de que el hombre había perdido su condición de sujeto, no por la existencia de la propiedad privada y la consiguiente explotación, tal como pensaba Marx, sino por su pretensión, tan antigua como la misma civilización, de ser dueño de la naturaleza. Esa oposición dialéctica, que llega a sus últimas consecuencias cuando la Ilustración desarrolla el proyecto de Bacon y Descartes, hace que en un primer momento el hombre domine al mundo, por medio de la ciencia, la técnica y la ascética del trabajo y que después se convierta él mismo en un objeto por su propia condición de realidad natural.

—Pero la idea central de la Teoría Crítica, que en esta última década adquiere cada vez mayor vigencia y que todos los miembros de la Escuela compartimos desde su fundación, es la esperanza en un futuro esencialmente desconocido e indecible. La utopía de Horkheimer es esencialmente negativa pues no consiste en definir los detalles y la forma de una ciudad ideal, sino en denunciar los males de la sociedad presente, por medio de una crítica disolvente. El hombre no sabe lo que espera, pero sabe que espera, y esta actitud le obliga a poner en cuestión y a protestar interminablemente por una realidad que todavía no es la verdad : puede determinar qué cosa es falsa, pero no puede conocer definitivamente lo que es verdadero y justo.

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—Hace sólo un año, Theodor Adorno ha publicado su obra central con el título bien expresivo de «Dialéctica negativa». Para él la realidad es también falsa, y todos los sistemas de pensamiento que pretenden buscar una justificación en el presente o en el futuro –lo mismo Hegel que identifica lo real con lo racional, que el marxismo ortodoxo con su definitiva sociedad sin clases, o el positivismo, que se limita a aceptar los hechos– sólo sirven para encubrir esta falsedad. La única actitud válida es la negación continua e interminable de todo cuanto existe aquí y ahora, lo mismo en el orden del pensamiento que en la realidad.

—La filosofía de Adorno es otra versión de la teoría crítica y de la utopía de Francfurt, sin un protagonista de la historia, ni un proceso único que avanza imparablemente a su destino, ni una síntesis final que cierra todas las contradicciones. El mundo no es racional, pero precisamente esto exige una lucha continua y una esperanza renovada en cada momento para que efectivamente lo sea. Los sujetos revolucionarios y las situaciones a que se enfrentan son infinitos, y el futuro es por definición lo que todavía no existe y lo que da sentido a la protesta ante toda realidad presente.

—Por estos mismos años, un filósofo que pisaba el delgadísimo hilo de la ortodoxia marxista –me refiero a Ernst Bloch– se decidía a permanecer en su Baviera natal al enterarse de la construcción del muro. No compartía las ideas ni el talante pesimista de la Escuela, pero en cambio se aproximaba a nosotros por su crítica a los sistemas ya realizados y por su actitud de esperanza. Es materialista, pero la materia es para él –como para Aristóteles– una posibilidad, una potencia que continuamente se actualiza caminando en una dirección concreta. En 1964, hace sólo tres años, coronó su obra con un título El espíritu de la utopía, donde conjuga magistralmente todos estos conceptos de esperanza, materia, utopía y escatología.

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—Mi primera intervención en la Teoría Crítica viene de muy atrás, concretamente de 1941, cuando publiqué en Norteamérica un ensayo titulado Razón y revolución, que hace muy pocos años reedité, completándolo con una serie de notas a modo de prólogo. Se trata de una revisión del pensamiento de Hegel, que no es una justificación de la realidad, como pretenden sus intérpretes conservadores, sino precisamente todo lo contrario. La proposición según la cual «todo lo real es racional» quiere decir, lo mismo para el filósofo que para la Escuela, que «todo lo real debe ser racional» y que la razón tiene un carácter disolvente, contestatario y crítico de cualquier realidad falsa.

—Mi última obra: El hombre unidimensional de 1964, es un análisis de la última sociedad industrial, que tiende inevitablemente a ser, no sólo autoritaria, sino totalitaria. En el sistema capitalista americano y cada vez más en el europeo, la producción y distribución en masa reclaman al individuo entero, y la producción ya no está confinada en la fábrica, sino en toda la vida, definida por los objetos de consumo: el automóvil, el tocadiscos HF, el chalet, el equipamiento de la casa. Las personas son incapaces de distinguir críticamente entre las necesidades verdaderas y las necesidades falsas, impuestas por intereses particulares y capaces de perpetuar la fatiga, la agresividad y la injusticia. Debo decirles que mi escrito es una continuación de los ensayos de Horkheimer y Adorno sobre la producción industrial de bienes culturales y un adelanto de las ideas de un joven discípulo de la Escuela, Jürgen Habermas, según el cual el sistema de producción interfiere y coloniza el mundo de la vida de los sujetos en comunicación espontanea.

—El sujeto revolucionario de los marxistas –el proletariado industrial– está ya completamente integrado en el capitalismo y en su universo de valores y es incapaz de trasformar la historia. Por eso mi actitud cuando escribí «el hombre de una sola dimensión» era profundamente escéptica. Pero desde entonces un aluvión de sucesos en el mundo me ha ido curando mi pensamiento : la guerra del Vietnam, la lucha de las minorías marginadas en Estados Unidos, la rebelión anticapitalista en las antiguas colonias, la protesta de los estudiantes en Europa, la revolución cultural en China, todo está preparando un salto, cuyas consecuencias todavía no podemos ver.

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La primera chispa saltó en la Universidad de Nanterre de París el mes de Mayo de 1968. En unos días y a pesar del rechazo y desprecio de los partidos de la izquierda, los estudiantes fueron ocupando todas las universidades, rompiendo los viejos esquemas de poder e inaugurando nuevas formas de vida. Por las paredes de los venerables edificios aparecieron grafitis con consignas extrañas, que pedían el imperio de la imaginación, la llegada de lo imposible y el fin absoluto de toda represión. Los anarquistas, los defensores de la naturaleza y del amor libre, los pacifistas, lo mismo escolares que profesores, volvieron a sustituir el principio de autoridad por la comunicación libre y espontanea de voluntades.

La experiencia sólo duró unas semanas, el tiempo suficiente para que los habitantes de París, entre asustados y orgullosos, fuesen los testigos de esta nueva Comuna, para que los medios de comunicación anunciasen a todo el mundo el modelo de una nueva sociedad, y para que los protagonistas del movimiento cayesen en la cuenta de que esa forma de vida era exigible y persiguiesen desde entonces la utopía vivida en aquellos días mágicos. Desde entonces la historia social de los hombres ya no tiene final y cada uno de sus momentos se prolonga en una sucesión de puntos suspensivos.

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