Neoliberalismo

Por Emir Sader (*)
Fuente:  http://www.attacchile.cl

(*) Emir Sader, sociólogo brasileño, es profesor universitario y miembro del Consejo Internacional del Foro Social Mundial.

El neoliberalismo buscó imponerse, inicialmente, como la mejor alternativa para un mundo que parecía haber agotado otras. Se agotaba el más acentuado ciclo de expansión de la economía mundial, tras la Segunda Guerra Mundial se buscaban alternativas y el neoliberalismo se insertó en ese vacío.

¿El neoliberalismo pretendía ser alternativa a qué? Al agotamiento del periodo de mayor crecimiento de la economía mundial. Se habían combinado ahí la más acelerada fase de expansión económica de las grandes potencias capitalistas -al punto que Eric Hosbawn la llama la “era de oro del capitalismo”-, la expansión de países de la periferia capitalista -con muchos de ellos desarrollando su versión de industrialización-, con el fortalecimiento de las economías de los países del entonces llamado “campo socialista”. Esa convergencia dio como resultado un crecimiento global de la economía como nunca antes, entre los años 40 y los 70 del siglo XX.

Esas vertientes tenían algo en común: la crítica del liberalismo. Todas, de algún modo, habían nacido o se habían fortalecido a partir de la crisis de 1929. A ésta, atribuida al liberalismo por su confianza en la capacidad de los mecanismos de mercado para superar las crisis económicas, los gobiernos habían asistido casi pasivamente, por lo que la crisis acabó extendiéndose y generando la que hasta ahora es la mayor que el capitalismo haya enfrentado. Las reacciones fueron diversas, pero todas tenían en común la condena a la confianza en el “libre juego del mercado”.

Las teorías keynesianas orientaron nuevas formas de acción anticíclica del Estado – esto es, de acción preventiva en relación con nuevas crisis- que continúan en el llamado “Estado de bienestar” social. Esas teorías fueron un factor decisivo en la expansión de las economías de potencias capitalistas en la posguerra, a contramano del liberalismo.

La industrialización de regiones de la periferia capitalista -el entonces llamado Tercer Mundo- se llevó a cabo igualmente con fuerte presencia del Estado en la economía, apoyado en la teoría de la “industrialización sustitutiva de las importaciones”. Esa política surgió como crítica de la “teoría del comercio internacional” (teoría liberal), que consideraba que cada país o región del mundo debería dedicarse a aquello que llamaba “ventajas comparativas”, lo que condenaba a quienes llegaban posteriormente al mercado internacional a quedar prisioneros de la producción de artículos primarios que, intercambiados por los industrializados, consolidaban eternamente y profundizaban la división entre centro y periferia del capitalismo, entre potencias industriales y países agrícolas o minerales.

Las economías centralmente planificadas que caracterizaban a los países socialistas eran el contrapunto más radical a las economías de mercado, más aún a las inspiradas en el liberalismo.

El ciclo global de crecimiento económico de la posguerra se construyó así sobre la crítica, más o menos radical, del liberalismo. Fue cuando esas tres vertientes comenzaron a dar señales de agotamiento que el liberalismo se lanzó de nuevo como alternativa hegemónica, cuando la crisis de 1929 parecía haberlo convertido en un cadáver. Durante ese largo periodo de receso, los liberales se habían mantenido como crítica marginal, conservadora, de las tendencias económicas y políticas dominantes. Incluso los partidos de derecha se comprometían con el keynesianismo, al punto que, a comienzos de los años 70, el presidente republicano de Estados Unidos, Richard Nixon, declaró “somos todos keynesianos”, reflejando el poder hegemónico de la propuesta reguladora del Estado capitalista. En el plano concreto esa hegemonía se reflejaba también en que el Estado de bienestar en Europa -en países como Alemania, Italia, Francia- era construido por partidos conservadores o demócrata-cristianos, entre otros.

Detrás de ese proceso estaba el largo ciclo expansivo del capitalismo, que se agotó durante la década de los 70, con la fecha convencionalmente fijada en la crisis del petróleo de 1973, aunque ésta había sido apenas el detonante de un proceso que ya había perdido aliento en años anteriores. El diagnóstico neoliberal, en relación con las tres vertientes que habían entrado en crisis, fue que la regulación desestimulaba al capital y que la libre circulación era la alternativa para regresar al desarrollo, tanto en el centro como en la periferia del capitalismo. En cuanto a las economías centralmente planificadas, éstas estaban condenadas inevitablemente al fracaso por no contar con el dinamismo que únicamente el libre mercado podía promover.

En este contexto es que surgen las propuestas liberales -autoproclamándose neoliberales-, con la actualización de las tesis clásicas del pensamiento liberal. La economía mundial fue transformada, en grados diferentes conforme a la región y al país, por las políticas neoliberales, que promovieron la hegemonía de la ideología de mercado, identificada con el dinamismo y la “libertad económica”.

Como política concreta, el neoliberalismo se inició en América Latina, más precisamente en Bolivia y en el Chile de Pinochet. ¿Cuál era la alternativa neoliberal en esos países? El combate a la inflación era colocado como el objetivo fundamental, como condición previa indispensable para retomar el crecimiento económico, la modernización tecnológica y la distribución de la renta. La lucha contra la inflación era la forma específica de luchar contra la presencia del Estado, al considerar que ésta era promovida por el Estado con la fabricación de moneda para cubrir el déficit, lo que llevaría igualmente a la reducción del gasto público y, con estas medidas, a la reducción de prestaciones de servicios por parte del Estado, particularmente a las capas más pobres de la población, justamente las que estaban en peores condiciones de disputar los reducidos recursos en manos de los gobiernos.

Luego, con la elección de Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados Unidos, el neoliberalismo fue asumido como modelo hegemónico por el capitalismo a escala mundial. Se generalizaron, gracias al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, las políticas de liberalización económica y financiera, con la desregulación, privatización, apertura de las economías al mercado mundial, precarización de las relaciones de trabajo y retracción de la presencia del Estado en la economía.

Cuando el neoliberalismo fue perdiendo impulso, sus políticas, inicialmente consideradas como las mejores, pasaron a ser consideradas las únicas, conforme al recetario del Consenso de Washington. No había alternativa, como si se tratase de un purgante necesario, que provoca daños en el organismo, pero las células que sobreviven están mejor.

Dos décadas después, el balance del neoliberalismo no corresponde a sus promesas: la economía -en varios países y en la economía mundial en su conjunto- no retomó la expansión, la distribución de la renta empeoró, el desempleo aumentó sensiblemente, las economías nacionales quedaron sensiblemente fragilizadas, las crisis financieras se sucedieron. El neoliberalismo se apoyó en gran parte en el ciclo expansivo de la economía estadunidense, que funcionó como locomotora de la economía mundial, pretendiendo asumir -bajo la forma de una “nueva economía”- una dinámica de crecimiento permanente, hasta que ese ciclo se agotó en 2001.

Después de ciclos de crisis regional, que comenzaron con la crisis mexicana en 1994, seguida por la crisis del sudeste asiático en 1997, por la rusa en 1998 y por la brasileña en 1999, se configuró un cuadro de agotamiento del neoliberalismo. En América Latina, mientras inicialmente los presidentes se elegían y relegían conforme adoptaban políticas neoliberales, como sucedió con Carlos Menem, Alberto Fujimori y Fernando Henrique Cardoso, a partir de finales del siglo pasado comenzó a suceder lo contrario. Fernando de la Rúa en Argentina, Jorge Batlle en Uruguay, Alejandro Toledo en Perú, Sánchez de Losada en Bolivia, Vicente Fox en México, pasaron a tener el destino opuesto: la amenaza del fracaso si continuaba el mismo modelo económico.

En ese contexto de crisis económica y social -que al mismo tiempo debilitó los sistemas políticos- el neoliberalismo entró también en crisis ideológica, con el creciente cuestionamiento de los valores mercantiles, incluso por parte de organismos como el Banco Mundial y ex teóricos del neoliberalismo, que pasaron a reivindicar acciones complementarias por parte del Estado y formas compensatorias para remediar los daños sociales causados por aquellos valores.

Los movimientos contra la globalización neoliberal, a partir de Seattle, consolidaron ese agotamiento y el pasaje de quienes aún predican las políticas neoliberales a una posición defensiva, cuando los Foros Sociales Mundiales de Porto Alegre cuestionaban tanto la efectividad de esas políticas como su pretensión de ser las únicas viables.

Pero el agotamiento -teórico y práctico- del neoliberalismo no representa su muerte. Los mecanismos de mercado que ese modelo multiplicó siguen siendo tan o más fuertes que antes, condicionando y cooptando gobiernos y partidos, fuerzas sociales e intelectuales. La lucha contra la mercantilización del mundo es la verdadera lucha contra el neoliberalismo, mediante la construcción de una sociedad democrática en todas sus dimensiones, lo que necesariamente significa una sociedad gobernada conscientemente por los hombres y no por el mercado.

El tipo de sociedad que suceda al neoliberalismo es el gran tema. El neoliberalismo es un modelo hegemónico -no sólo una política económica, sino una concepción de política, un conjunto de valores mercantiles y una visión de las relaciones sociales- dentro del capitalismo. Su remplazo no significa necesariamente una ruptura con el capitalismo.

Esta sustitución puede darse por la superación del neoliberalismo en favor de formas de regulación de la libre circulación del capital, ya en la lógica del gran capital, ya en sentido contrario. Esto va a depender de las condiciones en que se dé esa superación, de la correlación de fuerzas y de la coalición social y política que la lleve a cabo.

Incluso el gran capital puede retomar formas de regulación, de protección, de participación estatal en la economía, bien sea alegando necesidades de hecho, bien retomando concepciones más intervencionistas del Estado, con críticas a las limitaciones del mercado. Esta última visión está representada por el megaespeculador George Soros, quien afirma que el mercado es bueno para producir cierto tipo de bienes, pero no los bienes que llama públicos o sociales, los cuales deberían ser responsabilidad de políticas estatales. Se trata de un reconocimiento de que el mercado induce a la acumulación privada y no a la atención de las necesidades de la gran mayoría de la población. O el gran capital puede simplemente, por vía de los hechos, violar sus propias afirmaciones y desarrollar políticas proteccionistas -como las del gobierno de Bush-, alegando necesidades de seguridad, de defensa de sectores de la economía, e incluso del nivel de empleo.

O también el posneoliberalismo puede ser conquistado a contramano de la dinámica del gran capital, imponiendo políticas de desmercantilización, fundadas en las necesidades de la población. En este caso, aun sin romper todavía con los límites del capitalismo, se trata de introducir medidas contradictorias con la lógica del gran capital, que más temprano o más tarde llevarán a esa ruptura o a un retroceso, por la incompatibilidad de convivencia de dos lógicas contradictorias.

Cuál camino prevalecerá es una cuestión abierta, que será decidida por los hombres, arrastrados por la lógica perversa de la acumulación del capital, o conscientes y organizados para retomar el poder de hacer su propia historia.

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