Reir llorando ante la utopía libertaria del neoliberalismo*

Por: Mario Roberto Morales
Fuente: La Insignia. (Guatemala, diciembre del 2004).

Los neoliberales insisten en que el mercado es una simple relación de intercambio de bienes y servicios por dinero, y que como tal no está sujeto a juicios de valor ni a responsabilidades éticas y morales. Al reducir la noción de market a la de market place, el neoliberalismo oculta la obscena verdad de que el mercado es, además de mecanismo de intercambio de bienes y servicios, una lógica cultural que rige no sólo las relaciones comerciales sino también la sicología, el intelecto y las emociones de las humanidad, hasta llegar a convertirse, por repetición, en el “sentido común” que explica y da significado a la actividad humana. En otras palabras, para la lógica del mercado el sentido de la vida es producir para consumir ad infinitum.
No siempre fue así. La hegemonía del mercado como criterio de verdad, prosperidad, ética y sentido común es reciente. Durante siglos, este mecanismo de intercambio de bienes y servicios estuvo regido por decisiones políticas, religiosas y económicas. La primacía de sus mecanismos como ejes rectores de la política, la religión y la economía es reciente, aunque el proceso que llevó a la absoluta hegemonía de su lógica cultural (ubicada por encima de cualquier otro criterio de organización y relación social) empezó con la edad moderna, en el siglo XVI europeo, y con su aventura colonialista. Posteriormente, se desarrolló con la revolución industrial y la expansión del capital como relación social que rige las actividades de la producción, el consumo y el trabajo. Pero no fue sino hasta fines del siglo XX, con el colapso del socialismo real, que la lógica del mercado dominó por completo los corazones y las mentes de la humanidad, sin dejarle más alternativa que trabajar para consumir como la única razón de la existencia.

Los neoliberales gustan de descartar, por equivocados y resentidos, los juicios que le endilgan al mercado la causa de la crisis de valores, las guerras y el crimen organizado en el mundo de hoy, y arguyen que aquél se reduce a esa inocente y a la vez beneficiosa relación de intercambio de bienes, servicios y dinero que es la fuente de la riqueza. Todo, gracias a la invaluable labor de los empresarios (generadores de empleo y bienestar para las masas), sin los cuales el mundo simplemente no daría vueltas. Rehúsan ver al mercado como una lógica cultural que rige éticas, moralidades, emociones, mentalidades e ideologías que no pueden percibir la actividad humana fuera del “dame que te doy” y del “soy lo que tengo”, contenidos que han sido insuflados en los consumidores por medio de las tácticas de mercadeo y de los contenidos y formas de la machacante publicidad audiovisual. Es en este sentido, es decir, en el sentido de la preeminencia de la lógica del mercado como rectora de las ambiciones humanas, que se le endilga la causa de los males sociales de la actualidad.

Por todo, cuando uno habla de la lógica del mercado como eje de la lógica de los medios masivos de comunicación, los neoliberales esgrimen el argumento de que los medios son empresas privadas y que, por tanto, sus propietarios tienen la potestad de publicar y ejercer la censura cuando les da la gana, todo en nombre de la sagrada propiedad privada y de la intocable libertad de empresa. Y agregan que si alguien quiere publicar un mensaje diferente al de ellos, funde su propia empresa mediática y someta sus contenidos al soberano criterio de los consumidores, con todo lo cual buscan hacer prevalecer la lógica y la ética del lucro por encima de cualquier otro criterio de relación y comunicación humanas, como podrían ser la verdad y la veracidad radicales de los hechos, la solidaridad y la colaboración (no tanto la competencia) social y comunitaria, y el objetivo común del bienestar de las mayorías, incluidas las elites de poder con todo y sus prerrogativas.

En el momento en que se concibe al mercado como una lógica cultural que rige relaciones sociales, los neoliberales ponen el grito en el cielo y acusan a quien así argumenta de desconocer los rudimentos de la economía y de los mecanismos de la producción de riqueza. Pero al reducir un mecanismo de lógica cultural a otro puramente técnico de intercambio de bienes y servicios, ellos ignoran (deliberada o ingenuamente) la causa que explica el poder dominante de las elites empresariales, corporativas y transnacionales que han sumido al mundo en las guerras que estamos presenciando, y que han empujado a los niños y jóvenes a perpetrar las conocidas masacres de maestros y compañeros de aula en las escuelas estadounidenses. Los fabricantes de armas y otros fundamentalistas del mercado dirán que esto no es cierto porque el consumidor es libre de comprar o no comprar los objetos de que se trate, pero al argumentar esto escamotean el largo proceso “educativo” que ha convertido a los seres humanos en poco más que consumidores disciplinados, gracias a las omnipresentes “sugerencias” de la publicidad y el mercadeo, que han sustituido a la ciencia y la moral como formadoras de criterios, basando sus tácticas en la psicología de masas del fascismo.

La lógica del mercado, al ofrecerle a la humanidad el estado actual de los países desarrollados como la utopía realizada, cercena en las juventudes el sentido de futuro y la ilusión de contribuir al mismo mediante el esfuerzo personal. Tener 14 años e imaginar que al llegar a los 54 sólo se habrá podido tener más de lo mismo, sin duda trastoca la mente de cualquier niño y adolescente del primer mundo empujándolo a cometer actos cool para ser recordado por algo “importante”. A partir de aquí, busca inspiración para realizar su hazaña en las opciones que le brinda precisamente el mercado (porque no hay otras), como los videojuegos y la televisión. Más y mejores televisores, más y mejores DVD, más y mejores automóviles: ese es el futuro de un mundo que dizque llegó al “fin de la historia” y que ya no puede aspirar sino a más de lo que ya tiene. Ante esta perspectiva, ¿cómo no explicarse la pandemia de depresión y suicido en el mundo desarrollado? ¿Y cómo no explicarse la delincuencia juvenil que en el tercer mundo mata y mutila por obtener un par de zapatos tenis de marca, debido a que los jóvenes empobrecidos aspiran a la imposibilidad estructural de vivir a plenitud los espejismos que el mercado les dice que han sido ya alcanzados por la feliz sociedad modélica del norte?

Esta es la utopía neoliberal, que no estaría completa sin la dulce promesa de que por el camino que nos señale el mercado llegaremos a ser una sociedad de propietarios (no de proletarios), siempre y cuando llevemos a cabo la soñada reducción del Estado a una oficina gerencial encargada exclusivamente de velar por la seguridad y la justicia, es decir, por la “majestad de la ley” que ampara la hegemonía de la lógica del mercado y a sus altos sacerdotes, los empresarios y las corporaciones transnacionales. Nada tiene que hacer el Estado, dicen los neoliberales, en materia de salud, pensiones, servicios básicos, cultura, asistencia pública y educación. Eso es tarea de la iniciativa privada. Es decir, de quienes buscan someter la actividad política y las funciones del Estado a la lógica del mercado. El Estado debe estar constituido solamente por policías y jueces, y el estadista debe ser sustituido por un gerente. Todo el poder debe ser para los empresarios, que saben mejor que nadie lo que les conviene a los demás. He aquí la utopía libertaria del “sentido común” neoliberal. Ese que aboga por “reglas claras”, libertad de empresa y Estado de Derecho, y que se autodefine como el conglomerado más revolucionario de la sociedad por oposición al socialismo, al que combate con destemplada paranoia de guerra fría.

Y no se trata, como también afirman los neoliberales, de negar el mercado por resentimiento e ignorancia. Se trata de no permitir que su lógica rija las relaciones humanas más allá del intercambio de bienes y servicios por dinero, y de sujetarlo al poder de la política, entendida ésta como el ejercicio del poder soberano de la colectividad, representada en un Estado eficiente y honesto al servicio del bienestar general, incluido el de los empresarios. Este es el principal rubro de un interés nacional interclasista que rija el quehacer político y el ejercicio del poder. Porque ¿para qué querrían las capas medias y populares luchar por el poder del Estado si éste no pasa de ser una oficina gerencial encargada de velar por la seguridad de quienes controlan el mercado y sus mecanismos (aunque digan que es el mercado quien los rige a ellos) y de aplicar todo el peso de la ley en contra de quienes padecen los efectos de su lógica cultural? Para que el Estado sea una institución apetecible, un poder por el que valga la pena luchar, debe ser fuerte económicamente, reducido burocráticamente y eficiente y honesto en los servicios sociales que presta y regula.

Estado y mercado. He aquí los ejes del debate político. No se trata de que uno domine al otro, sino de que ambos negocien las condiciones de su actividad según los criterios de un interés nacional en permanente relación política y económica con las fuerzas de la inevitable globalización, el carácter de la cual también debe decidirse mediante la misma negociación, según las condiciones de cada país en particular. La terca e irracional utopía neoliberal debe ceder paso al realismo político que impone el ejercicio de una democracia radical. Es decir, una democracia que arranque de las raíces de los problemas interclasistas locales, y no sólo de los específicos intereses de las elites oligárquicas u oligarquizadas que justifican su autocentrismo mediante el desgastado argumento de que sólo por medio del lento goteo de los sobrantes de una salvaje concentración de capital empresarial pueden las masas aspirar a elevar su nivel de vida.

La lucha política actual está planteada en estos términos, y es en ellos que los partidos habrán de estructurarse y elaborar sus planes de gobierno bajo la guía de un interés nacional interclasista en el que todas las clases y sectores sociales encuentren un interés específico por el cual luchar junto al Estado. Sólo siguiendo los planteamientos de un interés nacional interclasista se podrá anular la fatal práctica de empezar de cero cada vez que llega al poder un nuevo gobierno, y sólo así se podrá llegar a la situación en la que ya no importará quiénes controlen el Estado porque la meta común será la misma para todos los contendientes políticos. Los principales obstáculos para lograr esto en mi país son los neoliberales fundamentalistas, una izquierda oportunista que vive de la cooperación internacional y que se victimiza en nombre del “pueblo”, y la ignorancia, la liviandad moral y la ineptitud de quienes se dedican a la política para salir de pobres. Este río revuelto y repleto de miseria humana resulta paradisíaco para los intereses del neoliberalismo globalizador foráneo, que mueve los hilos de las vistosas marionetas locales, propiciando con ello una perenne función de títeres que nos hace vivir llorando a carcajadas en medio del más inmenso de los desconciertos y de las más estridentes falsas certezas.
 

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