Del liberalismo al neoliberalismo

Por: Hernán Montecinos
Fuente: icalquinta.cl

Podemos definir el liberalismo, como aquella doctrina que expresa una visión global del hombre y del mundo a partir de la absoluta e incondicional libertad del individuo. Presenta, por tanto, una apariencia muy seductora, por cuanto nada puede aparecer más noble y justo que la exaltación de la libertad del hombre. Sin embargo, como contrapartida, pronto aparece su mayor peligro, porque cuando se le exalta de manera que se confunde con los apetitos y voracidad de los grupos poseedores, sus resultados no pueden más que derivar a un marcado darwinismo social.

En efecto, desde sus fundamentos más primarios el liberalismo empezará a exhibir una suma de contradicciones. Y ello no puede resultar extraño, desde el momento que muchos de sus principios provienen de la Ilustración. Como se sabe, la Ilustración no alcanza a ver al hombre más allá de su naturaleza abstracta, desposeído de peripecias y vaivenes que lo determinen en su condición de tal; es decir, no representado tal cual le toca vivir en la realidad en que se desenvuelve.

Mas, a pesar de sus inconsistencias y contradicciones es posible entrever en las argumentaciones del liberalismo la introducción de planos de análisis que -aunque siempre en forma cambiante- también son usadas en las ideologías posteriores y, mas aún, siguen existiendo en nuestros días, como componente esencial de la fase última del pensamiento ideológico de la sociedad capitalista moderna. Aún más, si nos remitimos a periodos anteriores, podemos encontrar las primeras nutrientes del liberalismo en los comienzos mismos del periodo del Renacimiento. Ello, por cuanto, la importancia capital del Renacimiento, en la historia de las ideas y de la cultura occidental, no radica tanto en las formidables expresiones artísticas que produjo. Lo más importante y decisivo para el futuro de occidente fue la revolución copernicana que tuvo lugar en lo que respecta al orden axiológico (valores) que estructuraba el mundo medieval.

Como se sabe, la sociedad medieval era eminentemente vertical en su estructuración estamental. De allí, que el Renacimiento establece un nuevo centro en el mundo: “el hombre”, que progresivamente se irá convirtiendo en la medida de todas las cosas, idea que recogerán más adelante los filósofos del liberalismo en sus más diversas expresiones. En este antropocentrismo el hombre es, autosuficiente, autárquico y autónomo. Y siendo estos sus primeros elementos hay que recordar que el liberalismo, en sentido estricto, no ha sido una doctrina que haya surgido como fruto de una mente diabólica dispuesta a establecer entre los hombres grandes diferencias e injusticias entre sí. A decir verdad, su origen responde a razonamientos muchos más amplios y profundos.

En efecto, para que el liberalismo surgiera como doctrina deben desarrollarse un cúmulo de ideas y tener lugar una serie de hechos en distintas esferas. Alcanza su momento cenital en el siglo pasado con la Revolución Industrial, fenómeno técnico por excelencia que constituye marco propicio para que el individualismo se afirmara como una auténtica ideología de masas, encontrando su estado máximo de cristalización teórica, en el pensamiento filosófico y

económico de Adam Smith y David Ricardo, entre otros. En un sentido general, desde su origen, podemos decir que el liberalismo se presenta como una doctrina, en la cual, vamos a poder distinguir tres esferas constitutivas principales bien diferenciadas entre sí: el liberalismo filosófico, el político y el económico. Sin perjuicio, de que tanto el liberalismo filosófico, como el político y el económico tienen como principal fundamento el principio de la libertad, cada una de estas esferas tienen, a su vez, elementos constitutivos y fundamentos que le son propios.

Liberalismo filosófico

Ya en las ideas de Bernardo de Mandeville se pueden encontrar las bases de lo que será más tarde el liberalismo. Éste, se muestra entusiasmado con los egoísmos y los vicios de los individuos, considerando a éstos, como la fuente única e inagotable del bienestar colectivo y del progreso de toda la sociedad. Concluye, que ni las cualidades sociales, ni los efectos benévolos en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad, sino que lo que llamamos mal en este mundo es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción. Rubrica su tesis, postulando que la tendencia al lujo aumenta el consumo y, por tanto, aumenta el comercio, la industria y todas las actividades humanas.

Mandeville (1690-1733), holandés de origen y radicado en Inglaterra, publicó en 1729 su famosa Fábula de las abejas. Su objetivo en esta fábula fue «mostrar la vileza irreductible de la naturaleza humana y el mal en que se funda necesariamente la sociedad.» En la moraleja de «El panel rumoroso» (que data de 1705, pero forma parte de la Fábula) escribió Mandeville:

«Fraude, lujo y orgullo deben vivir mientras disfrutemos de sus beneficios.»

… «la virtud sola no puede hacer que vivan las Naciones esplendorosamente; las que revivir quisieran la Edad de Oro, han de liberarse de la honradez como de las bellotas.»

Mandeville, en definitiva, en su obra reivindica la afición al lujo y, más aún, los más diversos vicios, sosteniendo que estos últimos, en último término, son el sostén del progreso y la felicidad de las Sociedades

Ciertamente, más tarde, ni Adam Smith ni David Ricardo, recurren a fundamentos tan impúdicos para hacer justificación en sus teorías del fundamento liberal en sentido estricto. En “La riqueza de las naciones”, Adam Smith parte del principio filosófico naturalista de la infalibilidad del orden establecido, infiriendo un orden natural que garantiza la coincidencia del interés particular con el interés colectivo. Afirma, que el esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su situación, es el único principio capaz de crear una sociedad rica y próspera.

A partir de estas ideas, la filosofía liberal-iluminista logró realizar una de las transformaciones más fundamentales. El concepto de igualdad pasa del más allá al más acá, contraponiéndose a la estructura de dominación heredada de la sociedad tradicional. De este modo, la igualdad se transforma en bandera de lucha política concibiéndola a partir del hombre en sociedad. En este plano, igualdad significa reconocimiento mutuo, reciprocidad. Es poder ser lo que uno es y, por lo tanto, coincide con la libertad.

Postula, a su vez, que en el orden de la naturaleza, el hombre tiene una libertad espontánea. Como es una libertad ilimitada, lleva de por medio el derecho del más fuerte, derivándose de ello una sociedad de coacción que se basa en las desigualdades. En esta sociedad de coacción, se produce espontáneamente la lucha de todos contra todos en la cual, sólo algunos se imponen sobre los otros. En esta condición, el estado de la naturaleza conduce fácilmente a los estados de esclavitud. En este punto, el pensamiento liberal se remite a reemplazar la fuerza de la sociedad de coacción, por la sociedad del acuerdo mutuo.

En otro plano, el Racionalismo es la fuente primaria de sus ideas filosóficas. En tal caso, la razón humana es el único fundamento de la libertad y de la moral. Por eso, no hay más verdad que la que ella conoce por sí misma; no hay más moralidad que la que cada una se dicta. Por lo mismo, la razón es la única legisladora también para la sociedad. E. Kant dirá en la “Crítica de la razón práctica”: “Obra de tal manera que veas a tu voluntad como legisladora universal”.

También, el utilitarismo ético brindó elementos de base al liberalismo filosófico. Bentham lleva a su máxima expresión la racionalización del egoísmo individual y hedonista. Para este filósofo y jurista inglés, el único motivo de la conducta humana es el egoísmo moldeado por la sociedad. De esta manera, el fin de la sociedad, es la felicidad del mayor número de egoísmos yuxtapuestos, porque cada uno debe buscar la felicidad de los demás, ya que sólo así tiene asegurada la propia.

Liberalismo político

La base del liberalismo político postula como idea central que el pueblo es la raíz de todo derecho y autoridad. Ello supone aceptar la afirmación de Hobbes (pacto social) o de Rousseau (contrato social), en lo concerniente al origen de la sociedad.

La base de la sociedad política, entonces, es la del contrato o pacto, hecho que supone la existencia de una comunidad ético-política en la que cada individuo obedece, no a una voluntad extraña, ya no a algo sobrenatural o a algún despotismo, sino a una voluntad general que reconoce como propia. Y este contrato surge como necesidad natural, en tanto cuanto los individuos no se sientan capaces de vencer las fuerzas que se oponen a su conservación.

Este pacto, no choca o se contradice con la libertad de cada cual, al contrario, ésta se asegura y se afianza con el aval de todos los demás. Porque la cláusula fundamental de este pacto, si bien, radica en la enajenación total de los derechos de cada asociado, a favor de la comunidad, a cambio, cada contrayente recibe la nueva cualidad de miembro o parte indivisible del todo, naciendo así un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros cuantos votos tiene la comunidad. Con ello, el individuo no pierde su libertad política ni su libertad individual, porque uniéndose con todos, no obedece más que a si mismo permaneciendo, por tanto, libre como antes. De este modo la sociedad surge de la intrínseca sociabilidad del hombre. Las ideologías democráticas del siglo XIX tuvieron frecuentemente su origen y justificación en esta concepción filosófico-política.

Pero, el rasgo político más fundamental, es que estos principios, dieron origen a un sistema político que supone entre otras cosas: Una Carta Magna (Constitución), la División de Poderes; la elección del gobernante por el pueblo y el control popular de su gestión. Son instituciones que se cristalizan en el llamado Estado liberal burgués, pero tienen un valor intrínseco que lo trascienden.

Con todos estos rasgos, la sociedad política conoce, por lo tanto, solamente diferencia de opiniones y no contradicciones reales. Sólo necesita individuos racionales, bien educados que puedan decidir las conveniencias de las decisiones políticas. La típica decisión política se toma según normas de conveniencia, por ejemplo, la ley de matrimonio, del aborto, de compra y venta, etc. El parlamento también pasa a ser parlamento de diferencia de opiniones, donde se discute y se busca convencer al otro. Un análisis de contradicciones no puede existir.

En sus efectos prácticos, el liberalismo político -al contrario de lo que tiende a creerse-, no valora la vida política en sí, al apreciarla como una asociación meramente instrumental negando, en los hechos, la esencial importancia de la participación ciudadana en la vida pública, vale decir, sólo da cabida a las opiniones dentro del contexto de un marco general. Las contradicciones reales a dicho marco no son consideradas o, si las acepta, es sólo bajo una mera formalidad, mientras no representen un peligro para la sociedad liberal que se defiende a ultranza.

Liberalismo económico

En el campo económico, para la ideología liberal, los controles diversos que imponía la sociedad medieval a la economía, constituían un corsé institucional que no favorecía el progreso. Corresponde, por tanto, un nuevo concepto que pudiera romper los esquemas rígidos de la economía medieval.

En este orden, los teóricos liberales partieron del supuesto que el orden económico estaba regido por leyes tan rígidas y determinísticas como las que regían el mundo físico. De allí, que la gran preocupación del economista liberal será la de descubrir las leyes económicas para adaptarse a las mismas. La principal de éstas es la de la “oferta y la demanda”, destinada a regular los precios y los salarios, supuestamente, sin el menor error. Así, como extraña paradoja, se parte de la libertad para llegar a un determinismo sin alternativas en lo económico.

Para que este liberalismo económico pudiera tener su plena expresión, requería necesariamente el cumplimiento de ciertos requisitos básicos. En primer lugar, la libertad del individuo. A su vez, junto con exaltar la libertad individual y concebir a la sociedad como una suma de unidades yuxtapuestas que logran por si mismas el Bien Común, la función del Estado debe quedar reducida al mínimo. Esta doctrina reserva al Estado la función de vigía para que nadie atente contra la libertad de los demás y pueda darse el juego espontáneo de las libertades individuales. La misión básica del Estado, por tanto, se remite a defender y proteger la propiedad privada. Solo podrá intervenir como recaudador de impuestos subordinado a las necesidades de los gastos públicos.

Pero, como extraña paradoja, en los fundamentos mismos del liberalismos se encuentren todos los presupuestos para que en nombre de la libertad se esclavice; en nombre de la igualdad se sumerga en la miseria a grandes sectores de la humanidad; en nombre del progreso regiones enteras se hagan más dependientes, y mientras naciones privilegiadas alcanzan el status de desarrollados, una inmensa mayoría queda en condiciones de subdesarrollados.

De este modo, entre las doctrinas económico-sociales que más han marcado la historia de los dos últimos siglos, el liberalismo y su realización histórica, el capitalismo, ocupan un lugar tristemente privilegiado. Y no podría ser de otro modo, cuando por su exacerbado individualismo y egoísmo y los fundamentos que lo inspiran, los derechos económicos y sociales que de él derivan son negados para la inmensa mayoría de la población del mundo. Lo dicho, por cuanto gran parte de los graves problemas sociales que la humanidad enfrenta -desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días-, reconocen como causa principal a la ética individualista racionalizada sistemáticamente por el liberalismo, y a la maximización del espíritu de lucro, llevado como categoría suprema del quehacer económico por el capitalismo.

Al amparo del egoísmo personal como reacción frente al inmovilismo medieval y en el centro cultural de un antropocentrismo creciente, el liberalismo demora casi cuatro siglos en formarse. Y a pesar de haber enfrentado varias crisis, su espíritu y diversas estructuras económicas y sociales que ha engendrado a través del capitalismo, demuestran su gran capacidad de adaptación y autoregeneración.

Por todo ello, el liberalismo posee una enorme dosis de filtrabilidad sociocultural. Sus valores fácilmente penetran por todas partes y marcan la manera de ser y de pensar en las sociedades del mundo. Es por ello que vivimos en el clima cultural y ético que él ha formado. De allí, también la dificultad para desenmascararlo. Sus máximas: “los negocios son negocios”, “siempre habrá pobres y ricos”, “lo importante es ganar”, etc., permean las sensibilidades morales más estoicas. Constituyen principios llenos de inhumanidad, sin embargo, son las máximas rectoras para la mayoría de nuestros contemporáneos.

No obstante, hay que distinguir el liberalismo filosófico del económico. Son diferentes, en tanto el primero, contribuyó de un modo decisivo al establecimiento de los DDHH en su categoría de derechos civiles y políticos y, el último, fue y sigue siendo un elemento doctrinario de la crisis, al negar derechos económicos y sociales para gran parte de la población del mundo.

Así, en la medida que el sentido y alcance de las ideas sean un factor de crisis o inestabilidad en los DDHH, el liberalismo económico sigue siendo un elemento de esa crisis o de esa inestabilidad.

Podemos concluir, a la luz de sus propios resultados, que la historia del liberalismo económico ha sido una historia dramática de omisiones, olvidos y distracciones. El desprestigio fundado que pesa sobre el liberalismo, confundido con su forma más defectuosa -el liberalismo económico-, es un inmenso trágico ejemplo de eso. Y lo grave es que parece que no hubiera sensibilidad para captarlo.

Porque resulta un hecho de la historia, que el sistema económico y social nacido del liberalismo que orienta la economía exclusivamente en función del beneficio privado, no es la perfección, no es la justicia, ni modo de garantizar en plenitud la distribución de la riqueza social, ni las conquistas de nuestros fundamentales derechos, puesto que, todavía es la esencia de lo que divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y, más que eso aún, a las naciones en ricas y pobres.

El capitalismo

Se designa con el nombre de “capitalismo”, a la realización histórica de los principios liberales anteriormente expuestos. De por si, el término no va a coincidir necesariamente en forma estricta con el liberalismo. Porque existe un capitalismo instrumental válido -como el ahorro y la inversión- en cualquier sistema social.

Cuando se habla hoy de capitalismo se entiende aquel sistema social que, animado por los principios liberales coloca al capital y al lucro -no al hombre y al trabajo- como pilares básicos de la organización económica. Se trata, por tanto, del capitalismo liberal del cual es propio hablar por tratarse del sistema dominante en gran parte de la humanidad. Los elementos esenciales que identifican el capitalismo podríamos resumirlo en lo siguiente:

– Concentración de capitales. Cuando el mundo entró en la vorágine de la acumulación de bienes, los capitales adquirieron especial relevancia. Sin duda, no hay capitalismo sin concentración de capitales; pero, no toda concentración de capitales es capitalista, porque ningún sistema económico puede funcionar hoy sin capitales. Entonces, lo que diferencia a los sistemas será el sentido que se de a los capitales.

– Propiedad privada e iniciativa individual en la economía. Esto también es un rasgo característico del capitalismo. Sin embargo, no es exclusivo del mismo, a no ser que se trate de un sistema de propiedad privada absoluta e incondicionada, y de una iniciativa individual que reduzca al Estado a ser el mero guardián de los poseedores.

– Separación entre el capital y el trabajo. Esta es otra de las notas concomitantes al capitalismo, sin ser especificante. En efecto, tal separación -y el consiguiente sistema de salarios- se da también en el capitalismo de Estado u otras variables o modalidades.

– Primacía del espíritu de lucro. Encontramos aquí, finalmente, la característica esencial del capitalismo liberal. En efecto, los elementos precedentes motivados y amalgamados por la maximización del lucro, se hacen constitutivos del liberalismo capitalista. De esta manera podremos definir a esta forma capitalista como el espíritu de máximo lucro convertido en sistema económico.

De los rasgos más esenciales que identifican al capitalismo, podemos inferir, entonces, que éste, en los hechos, distorsiona la esencia misma de lo que debe ser en si la actividad económica. Porque si consideramos el fin de la economía como el logro de la satisfacción de las necesidades materiales (y aún, de las espirituales), el lucro, debe subordinarse a ello. Si tal relación no se da, la vida económica se convierte así en una lucha selvática, donde vencen los más fuertes (darwinismo social).

Otro de sus efectos más nefastos lo encontramos en la competencia despiadada que transforma la vida económica en una jungla, donde reina la lucha por la vida con todas las consecuencias propias de un darwinismo económico, en el que vencen y sobreviven sólo lo más fuertes Desemboca, además, en la usurpación del poder político por los que detentan el dinero. Porque la acumulación de riqueza y de poder origina, a su vez, en primer lugar, una lucha por la hegemonía económica; se entabla luego un rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos.

Sin perjuicio de otros efectos tantos o más gravitantes, el capitalismo desemboca finalmente en la separación de los instrumento de trabajo de los trabajadores. Sus consecuencias más inmediatas e intolerables lo constituye la formación de un proletariado sin reservas, esperanzas y cultura; con ello creó la situación más propicia para la lucha de clases que, aunque no concebida como idea original, resulta uno de los rasgos permanentes del sistema.

Aún así, sería falso negar los inmensos progresos realizados en los dos últimos siglos por el capitalismo liberal (liberalismo económico). Incluso, este es un hecho reconocido por los propios fundadores de la doctrina marxista cuando leemos en el “Manifiesto Comunista”, de Marx y Engels, lo siguiente: “La burguesía ha sido la primera en demostrar cuánto puede la actividad humana. Ella creó maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto., los acueductos romanos y las catedrales góticas…”

Sin embargo, no por ello el capitalismo puede dejar de merecer nuestro juicio más severo, no por las cosas materiales que ha producido, sino por el precio humano de las mismas y sus consecuencias sociales. Sin duda, esto último representa la mayor debilidad del capitalismo, y ello es lo que ha engendrado las grandes luchas del presente siglo.

EL NEOLIBERALISMO

Una nueva ideología

Muchas veces en la historia se han producido coincidencias pocos felices. Ello, a propósito de que la caída de los regímenes militares en América Latina, coincide con el advenimiento de una nueva forma de vida para todos los habitantes del planeta. No se trata sólo de una nueva fase económica -como suele creerse-, más que eso, se trata de una nueva ideología más cerrada que todas las anteriores. Ni más ni menos, la presencia de un nuevo monstruo lanzado al escenario que se revela mucho más terrible que todos los flagelos anteriores: el “neoliberalismo”. Una ideología que no sólo está envolviendo al mundo occidental, sino que a todas las regiones del planeta.

El neoliberalismo, no surgió -como suele creerse- con Margaret Thatcher y Donald Reagan en la década del 80. Su punto de partida se sitúa con el “Camino a la Servidumbre”, de Friederich Hayek, escrito en el año 1944. En tal libro, Hayek, plantea un ataque virulento contra toda participación del Estado que pueda limitar los mecanismos propios del mercado, denunciando cualquier posición en tal sentido, como una amenaza letal a la libertad, tanto económica como política.

En pleno periodo en que las bases del Estado de Bienestar, en la Europa de posguerra se constituían muy sólidamente, Hayek, convocó a quiénes compartían su orientación ideológica a una reunión en la pequeña estación de Mont Pèlerin, en Suiza. Entre los asistentes se encontraban, entre otros, Lionel Robbins, Karl Popper, Walter Lippman, Michael Polanyi y Salvador de Madariaga. De allí en adelante, Pèlerin se convirtió en una suerte de franc-masonería neoliberal organizada con reuniones internacionales cada dos años. Su propósito era combatir el keynesianismo y el solidarismo reinante y, preparar las bases de otro tipo de capitalismo duro y libre de reglas para el futuro.

Argumentan, que el igualitarismo del periodo promovido por el Estado de Bienestar, destruía la libertad de los ciudadanos y la vitalidad de la competencia, de la cual dependía la prosperidad de todos. Desafiando el consenso oficial de la época, teorizan la “desigualdad” como un principio asociado a un valor positivo, imprescindible en sí misma, y de la que precisaban las sociedades occidentales. Sin embargo, por las condiciones imperantes en el periodo, tal mensaje se mostró irrelevante por más de 20 años.

Es sólo a principios de la década del 70 cuando encuentran un momento favorable para sus ideas. Momento, en que el mundo capitalista avanzado cayó en una larga y profunda recesión con bajas tasas de crecimiento y altas tasas de inflación. La raíz de la crisis, aseguraban, estaban localizadas en el poder nefasto de los sindicatos y de los movimientos políticos obreros, que habían socavado las bases de la acumulación privada con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su presión parasitaria para que el Estado alimentase cada vez más los gastos sociales.

Una historia contemporánea, muchas veces contada, nos permiten encontrarnos en un momento de afianzamiento en América Latina de un neoliberalismo que nos ha caído maduro desde EEUU, Japón, Europa occidental y otros lugares. Un nuevo desafío que será mucho más difícil de enfrentar que a las dictaduras militares y todas las ideologías anteriores. Porque ya no se trata de una lucha contra un reducido grupo o sector social fácilmente identificable como sucedía en otras épocas. En efecto, ya no se trata de un grupo de generales golpistas ni de un régimen “nacionalista”, sino de un conjunto de fuerzas multinacionales que operan simultáneamente en todo el planeta. Y si bien, el destino del mundo ha pasado a depender hoy de un grupo pequeño de personas que logran sintetizar e integrar al conjunto de la vida económica, social y cultural del mundo actual, estos grupos, a diferencia de los anteriores, son difíciles de identificar y, por tanto, luchar contra ellos.

De allí, que la solución de los problemas nacionales ya no sólo va a depender de nosotros. Es decir, que los problemas del Brasil y de Chile, por ejemplo, no va a depender solamente de los brasileños o de los chilenos por el carácter global de los problemas que nos afligen.

La llamada globalización y mundialización de la economía y la política han producido profundas transformaciones con caracteres similares más allá de las particularidades propias de cada una de las naciones. Cada nueva invención tecnológica, cada nuevo valor, ha sido acompañada por una verdadera y auténtica ofensiva ideológica que no tiene precedentes. Así, el liberalismo económico, el capitalismo, el individualismo, el mercado, el consumo, los nuevos mitos de la eficiencia y la jerarquización del mando, la crítica de las políticas del Estado Social, los nuevos localismos frente a los procesos de mundialización, el desperfilamiento de la función parlamentaria y la política reducida rápidamente a técnicas de gestión del poder, etc., han pasado a ser las imágenes que han permeado en amplísimos estratos de la población del mundo.

Asimismo, los nuevos modos de producción han aumentado desmesuradamente el control y el mando sobre el trabajo humano, haciendo que las jerarquías se hagan más relevantes y los tiempos de decisión en toda la gestión y proceso de la economía se hayan tornado más veloces. La afirmación de nuevas jerarquías y valores ha pasado a constituir la base esencial sobre la cual se apoya el proyecto de una nueva forma de Estado, más libre en sus vínculos con la élite parlamentaria, los cuales son paulatinamente desplazados por ejecutivos tendencialmente compuestos por técnicos y profesionales capaces de decisiones que sean más veloces y autoritarias.

De otra parte, la integración económica, los planes de ajuste estructural, el aumento de la productividad, la globalización de la economía, la caída de las barreras tarifarias y tantos otros conceptos con que se nos bombardea a diario, son todos elementos de un nuevo y estratégico discurso del capital internacional.

Neoliberalismo económico

Dentro del marco de esta nueva ideología, la evolución de la base económica ha llevado en el presente, a que se deje de hablar del liberalismo para hacer referencia al neoliberalismo. Por tanto, quién se refiera a la economía de hoy con los conceptos del liberalismo pasado, da pruebas de estar atrasado con respecto a como se presenta en nuestros días la base económica, en su nueva fase.

El liberalismo económico ya no se encontraría en condiciones para reconocer la existencia del gran monopolio en su nueva fase. Ello, porque las multinacionales de hoy expresan la negación de las ideas liberales en su estado puro originario. El monopolio, en su nueva fase, es la negación del pensamiento económico liberal, en la medida que éste último se basa en la idea de la libre competencia como modo de hacer la economía. Y bien sabemos, que con el carácter actual que adquieren las multinacionales cualquier propósito de competencia carece ya de todo sentido.

Por ello, se le ha agregado al liberalismo el prefijo “neo”, para distinguirlo del liberalismo clásico. Porque en el nuevo escenario, el neoliberalismo establece su propia estrategia, ahora, a escala planetaria. En esta nueva perspectiva, el neoliberalismo desborda ahora las fronteras de los Estados nacionales para imponer un estilo de economía hasta en las más apartadas localidades. Para ello, ha logrado que el Estado de Bienestar como regulador de las relaciones intermonopólicas, se salga de la escena para que los supermonopolios se disputen “libremente” entre si el poder de los centros económicos mundiales.

Esta estrategia le ha reservado su papel a las naciones dependiente, porque mientras en el Primer Mundo los supermonopolios hacen a un lado al Estado, en nuestra región se intenta, además, que nuestros Estados sean impotentes para proteger la soberanía nacional y puedan entrar con mayor facilidad los supermonopolios del Primer Mundo. De este modo, los países más desarrollados exigen en nuestros pueblos normas que no necesariamente se dan en los suyos y, consecuentemente, establecen un estado de dependencia mucho más fuerte.

El caso más expresivo de esto último lo tenemos, por ejemplo, cuando EEUU intenta imponer sus ideas a nuestros países pero no hace efectivas esas mismas ideas en el suyo propio. Cuando nos dice que no debemos tener déficit presupuestarios, se da el lujo de tener un déficit de más de 400 mil millones de dólares. Cuando nos dice que no tengamos déficit comercial, el suyo es el más grande en proporciones abismales. Cuando nos estimula a no hacer más políticas proteccionistas, las principales políticas proteccionistas tienen lugar en el propio EEUU. Cuando nos convoca a no subsidiar nuestra industria y agricultura, sin embargo, subsidia las propias, etc… ¿A qué equivalen estas políticas desde EEUU y el FMI? Equivalen -dice Fidel Castro- a convocar a una competencia de fútbol, entre los campeones olímpicos y un equipo de kindergarten, pero con las mismas reglas.

Un segundo elemento parte del supuesto que crecimiento es sinónimo de desarrollo. Esta es la impresión más fuerte que se ha adentrado en los economistas actuales. Sin embargo, numerosas estadísticas y el análisis de distintos variables de agentes económicos diversos, echan por tierra el supuesto de esta relación y, más aún, la dramática realidad social de las masas pobres que pueblan casi las tres cuartas partes del planeta.

No obstante, pese a los resultados sociales cada vez más regresivos, los responsables políticos de nuestro continente persisten en seguir imponiendo la política neoliberal, fundado en la idea supuesta de que crecimiento es igual a desarrollo y que en un mundo que es cada vez mas integrado e interdependiente lo esencial es promover e incentivar esta relación. Se confunde así, el éxito de determinados indicadores (los macroeconómicos) con el desarrollo, tomándolo como un éxito global. No se tiene en cuenta que la primera de estas variables sólo favorece a un sector mínimo del sector económico (exportaciones, banca, industrias, telecomunicación, etc.), en tanto el ciudadano de a pie, el que vive de un trabajo, el que vive sólo en el marco de la microeconomía familiar, este desarrollo sólo lo vive en los noticieros de la televisión o titulares de los diarios.

Un tercer elemento, se encuentra vinculado a lo que se ha dado en llamar “proceso de integración”. Un proceso que, como todo proceso, tiene su lado positivo y otro negativo. Su aspecto más favorable lo muestra el hecho de que por ser un proceso de integración económica a nivel global, se caracteriza por la descentralización de la producción, generando costos de fabricación más reducidos y bienes y mercancías de consumos con coeficientes de calidad y precio netamente mejorados. Paralelamente, se produce una eliminación progresiva de las fronteras económicas entre los distintos países, generando con ello la liberación de los flujos y transacciones a todos los niveles, tocando tanto la eliminación de las barreras institucionales y legales, lo que deja en total indefensión a las políticas de cortes nacionales. Y si la integración económica neoliberalista ha producido, objetivamente, una rebaja de precios en todos los productos en que se encuentran implicadados las nuevas tecnologías, a su vez, ha producido una regresión en la distribución de la riqueza social, sin perjuicio de la aparición cada vez más masiva de los empleos precarios desprovisto de cobertura social, alta tasa de desempleos, marginalidad social y otros fenómenos.

Un cuarto elemento dice relación con el hecho de la globalización de la economía. Porque esta globalización implica, en primer término, un desplazamiento del poder desde los Estados nacionales a las empresas y financieras multinacionales. Y si bien, estas multinacionales pertenecen a ciudadanos de los países altamente desarrollados, ningún gobierno de esos países puede ejercer un control efectivo sobre ellas. Si alguna ley molesta su expansión, amenazan desplazarse y pueden hacerlo rápidamente. Es decir, pueden moverse libremente por el planeta para escoger la mano de obra más barata, el medio ambiente menos protegido por leyes ecológicas ambientales, el régimen fiscal más favorable, etc. No necesitan estar ligadas a una nación o a una determinada ideología y dejar que sentimientos solidarios entraben sus proyectos.

En el aspecto netamente financiero, la globalización implica una liberalización e internalización en los movimientos de los flujos de capital que lleva a que la moneda se haya convertido en objeto de especulación, más que de producción. Porque habiéndose desregulado los movimientos de capital, los flujos de éstos se han desorbitado en forma tal que giran por el mundo de un modo absolutamente desproporcionado con las necesidades de las economías reales. Entonces, no aparece extraño que las transacciones en el mercado de cambios alcanzan el billón de dólares diarios, representando esta cifra cincuenta veces más el monto real de intercambio de bienes y servicios (Banco de Reglamentaciones Internacionales).

Si el liberalismo económico no ha podido resolver las desigualdades sociales en los 2/3 de la población del mundo, el neoliberalismo ha aumentado esta distanciación social a límites extremos. Tal es así, que al año 1992 sólo 172 empresas multinacionales tenían una participación en el PNB mundial del 26,8%. Mas aún, la política del desempleo que era característico de los países subdesarrollados, se ha trasladado también a los países opulentos con tasas altas y sostenidas de crecimiento.

Más aún, la carrera desenfrenada hacia la productividad del capital y la banalización de la producción de bienes y servicios ha conducido a un abismo creciente entre un puñado de privilegiados y los creadores de símbolos y el resto de la fuerza de trabajo cada vez más empobrecida e inestable. De este modo, la globalización ha conducido a contradicciones sociales cada vez más enormes, ya no sólo en los países del Tercer Mundo como era tradicional, sino que, ahora, también en los países altamente desarrollados.

Pero, si el distanciamiento social entre los más pobres y los más ricos en vez de estrecharse aumenta, los mismos índices de pobreza, tanto en términos absolutos como relativos, muestran un cuadro más dramático que en todos los periodos precedentes. Sólo nuestra América Latina muestra más de un 40% de su población bajo los límites de la pobreza. Y si pensamos que estos indicadores aparecen como un sueño para la realidad de la pobreza de los habitantes del continente africano y gran parte de los asiáticos, se podrá comprender la profundidad de la crisis a que ha conducido la política neoliberal en vastas regiones del mundo.

Nos encontramos ante la paradoja, que estando en condiciones hoy de producir una enorme cantidad de bienes y servicios, al mismo tiempo, existen grandes problemas de distribución, así como también desigualdades notables en las pautas de consumo. Quizá una de las notas más relevantes de todo este proceso, es que aparece como una necesidad impostergable una nueva filosofía del progreso que ponga el acento en lo específicamente humano, antes que, en una política material de crecimiento global, del mercado o del consumo.

Todo ello, porque el neoliberalismo y la consiguiente globalización de los problemas del mundo presenta una gran contradicción, porque en tanto se presenta como un proceso irreversible que acerca más a los hombres y las naciones, presenta otra cara, en que los hombres que buscan la justicia social deambulan como almas huérfanas con voces que claman en el desierto o son apagadas por la exacerbación de la intolerancia más primitiva.

Entonces, no será suficiente la indignación ética ni el conocimiento meramente intuitivo de esta realidad. Una indignación coherente debe conducir necesariamente a la profundización del conocimiento de la realidad: a captar que la realidad socio económica que nos aporta el neoliberalismo no es transparente sino ocultadora de los mecanismos que niegan o debilitan derechos fundamentales.

Por tanto, aquellos que se hallan comprometidos con una causa social más justa y solidaria deben sentir la urgencia de conocer con el mayor rigor posible los mecanismos del actual sistema económico imperante. En este sentido, el aporte intelectual de fines de este siglo, para que sea eficaz, tendrá primero que compenetrarse de lo que es el capitalismo existente, cual es su proceso de acumulación capitalista en su nueva fase (neoliberalismo), las relaciones de clase que ello genera, que tipo de poder produce, que tipo de ideología es hoy hegemónica y que fuerzas sociales hay disponibles para la transformación del actual estado de cosas, de modo que la lucha por esa causa pueda tener expresión en nuestras sociedades.

Esa es la función histórica, la función estratégica, que la intelectualidad latinoamericana y de todo el mundo tiene en este principio de milenio. Sólo de este modo se podrá comprender que la violación sistemática de nuestros derechos, que tiene lugar en todos los países del mundo, no es un hecho que se de sólo por la pura voluntad de tal o cual gobernante o estadista, o bien, por el poder determinante de tal o cual grupo social, sino que, sobre todo, por la naturaleza intrínsicamente perversa de la estructura clasista del sistema capitalista, expresada hoy en su variable neoliberalista.

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