Carta abierta a Carlos Marx

Por: Max Gallo
Fuente.  Revista “Punto Final”
 
¡Qué silencio a su alrededor, Carlos Marx, en este fin de siglo! Usted era, hace algunos decenios. Una especie de Coloso de Rodas que dominaba todos los caminos del pensamiento. Su sombra aplastaba.

Algunos Estados lo hacían su pensador oficial. Era necesario haber leído sus libros, o al menos pretenderlo y, según las fluctuaciones de la línea política, citar tal o cual pasaje de sus escritos.
Su retrato, al igual que un inmortal creador de imperio, era llevado con el brazo en alto.

¿Quién –entre aquellos que pasaron los cincuenta y que, al menos por un tiempo, se preocuparon por la historia, por la política o, simplemente, siguieron la actualidad- no conocía su rostro, no había cruzado su mirada, tantas veces reproducida en diarios, tapas de libros, en millones de afiches propagados por los cuatro rincones de todos los continentes? Jamás un filósofo, un investigador, un hombre de biblioteca dedicado toda su vida ante todo al estudio y a la escritura, fue tan celebrado, elegido como un guía o referencia por tantos hombres, por tantos gobiernos; tanto que su nombre pareció volverse el símbolo de un siglo, el siglo XX.

Ud. había escrito en “El Manifiesto Comunista”, una frase de apertura que, durante los primeros decenios de este siglo pareció premonitoria: “un espectro recorre Europa” –decía usted- es el espectro del comunismo…” El siglo se termina y el comunismo es un fantasma cuya silueta se desvanece al mismo tiempo que usted.

¿Y Marx?

Algunos fieles aquí y allá, semejantes a sus “viejos creyentes” que salmodiaban entre ellos plegarias de las cuales nadie conocía el sentido, ofician según vuestros ritos. Son apenas un objeto de curiosidad, hacen reír. Todavía recitan esta otra frase de su Manifiesto, “la historia de la lucha de clases”. Emplean palabras envejecidas a las que usted había dado una especie de majestad bíblica: proletarios”, “proletariado”, burguesía”… Solamente algunos historiadores sociólogos, cuando estudian el siglo XIX se permiten utilizar ciertos conceptos suyos con prudencia y muchas explicaciones previas. Se les podría tomar por “marxistas” y eso sería la causa de su reputación. Mire donde se encuentra después de haber reinado tanto… Mire donde estamos…¿Es aceptable, deseable?

Cuando uno retoma sus libros hoy, después de que se apagaron los rumores, las aclamaciones y las injurias que impedían leerlo serenamente, uno se deslumbra (hay que decir esto nuevamente porque ya no se sabe) por la inmensidad de su trabajo, la penetración de su pensamiento, ese latido de inteligencia y la pasión de un espíritu siempre libre que dan a sus frases, aún las más opacas, un ritmo y una vibración que las soliviantan.

En suma, es tiempo de reabrir sus libros. Y, por cierto, no se trata ni de rehabilitarlo y de exaltarlo nuevamente, ni de pretender que usted ha dicho todo, ha descubierto todo y pretender que su obra sea así una especie de piedra tumbal delante de la cual alcanzaría con postrarse, depositando algunos manojos de comentarios. Está terminada la época de celebraciones, terminado el tiempo de las justificaciones, hay que volver al trabajo de comprensión, de contestación, de revolución. Porque finalmente y ya que siempre es necesario volver a decir lo elemental, este mundo en el que vivimos ¿vale más que aquél que sublevaba su cólera y provocaba su genio?

Ese mundo que usted no aceptaba, contra el cual se insurreccionaba, ¿no es igualmente indignante, con sus inmensas multitudes de “miserables” sobre los cuales, tangencialmente a la deuda, al curso de las materias primas, el “capitalismo” siempre realiza una acumulación primitiva (…)
Cuando en el tomo I de “El Capital” usted escribía a propósito de la agricultura: “La producción capitalista obligó al acondicionamiento necesario para una fertilidad durable de los suelos… Cada progreso de la agricultura capitalista representa un progreso no sólo en el acto de despojar al trabajador sino en el arte de empobrecer la tierra. Todo mejoramiento temporal de la fertilidad de los suelos aproxima las condiciones de una ruina definitiva de las fuentes de esta fertilidad”, ¿no es la intuición de lo que acontece hoy en día? ¿No sucede lo mismo cuando regiones enteras en Africa, en América Latina pero también en el corazón de Europa y de Estados Unidos están destinadas a volverse desierto después de una sobreexplotación; cuando los campesinos, después de la ruptura del equilibrio social y natural en el cual vivían, se vuelven los “pobres” de las favelas y de los suburbios de las ciudades africanas?

Y cuando se fertiliza por medio de abonos químicos, lo que progresa es la población de ríos y mareas. ¿No es cierto, como usted lo había pensado (y es Engels quien lo cita) que “cada progreso es, al mismo tiempo, un paso atrás”? Todo lo que crea la civilización, por contrapartida ¿es equívoco y contradictorio?

He ahí un pensamiento que no es tan evidente como puede parecer en el momento en que tantos socialistas “celebran” la modernidad. Es, en todo caso, tan ambiguo como uno de los principios que se pretende extraer de su obra. Realmente lo que lo caracteriza a Ud. es rehusar la simplificación.

Por otra parte, alcanza con hojear sus cuadernos de notas, sus manuscritos, para sentir cuán abierto está su pensamiento, siempre en movimiento; como no tiene más que una inquietud: romper los lazos que lo traban. Y para eso, primeramente, señalarlos. Entonces usted descubre –y no hay nada más actual- que se mezclan, se superponen, se intrincan, se entrelazan. No hay nada más contrario a sus escritos que la reducción a una sola causa. Usted dice que es cierto, “en última instancia”, que “la producción y la reproducción de la vida real” son el factor determinante en la historia. Pro Engels precisa: “Ni Marx ni yo afirmamos más que eso. Si después alguien desnaturaliza el sentido de esta proposición para hacerla decir que el factor económico es el único determinante, la transforma en una frase vacía, abstracta, absurda”.

Y es lo que se ha hecho, aún cuando toda su marcha sea precisamente para rehusar “el economicismo”, para considerar que no hay “economía pura”, que todos los fenómenos económicos están trenzados con las relaciones sociales, que las “formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas” son esenciales. Nada le es más extraño que la idea según la cual la “colectivización” alcanzaría para “liberar” al hombre. Porque en el fondo, y sin agregar un comentario de más a su obra, lo que usted coloca en el centro de todo es precisamente el individuo-hombre, en su actividad personal, en su poder creativo, en su praxis, que por cierto es social, pero primeramente es la expresión de esta individualidad. Las relaciones son entre los individuos: esas relaciones son la sociedad y no una “entidad” separada del hombre.
Hay en usted una exaltación del individuo (y un rechazo del individualismo, que es la perversión de él), rehusar verlo perderse, alienarse en la producción de las cosas de las cuales, precisamente, el capitalismo es el organizador. Y mientras nuestro mundo, en este fin de siglo XX, está aplastado bajo las cosas, mientras que al sesgo de la producción de las imágenes (un inmenso campo nuevo “ensanchado” para el provecho) éstas se vuelven signos, invaden y someten a nuestro espíritu, ¿habría que renunciar a sus reflexiones anticipadoras? Habría que contentarse con algunas descripciones más o menos pertinentes sobre la “sociedad de consumo” mientras que usted, ya hace más de un siglo, aisló las raíces de esos fenómenos?

Usted escribía, por ejemplo, en “La crítica de la economía política” (1857-58), separando el trabajo materializado (las condiciones objetivas del trabajo) adquieren una autonomía cada día más colosal frente al trabajo vivo- autonomía que se produce en función de su extensión- y la riqueza social en proporciones siempre crecientes se opone al trabajo como un poder extranjero y dominante”. ¿No está ahí el anuncio de esa “metamorfosis del trabajo” de la que se nos habla hoy en día y que, en efecto, provoca la reducción de ese “trabajo viviente” y el sometimiento de los hombres al “trabajo materializado” que los pliega a su lógica y los reduce al estado de “no trabajadores”, desempleados, asalariados precarios, incapaces de utilizar su “tiempo libre” por estar “alienados”, hasta cuando no están desprovistos de recursos? Es esta alineación del individuo que lo subleva, y es por eso –para comprender sus razones- que usted desmonta los resortes de la economía capitalista.

Lo que usted denuncia, en el fondo, en la filosofía tradicional, es el culto de la ciencia para la ciencia, de la economía para la economía, de la producción para la producción y, bajo todas estas facetas, el olvido y el desprecio por el individuo. Para usted la sociedad futura debe ser libre desarrollo del individuo, siendo la única necesidad de los individuos la creación viviente, y no la producción de las cosas, que cosifica al hombre. Cuando usted dice que es necesario que “el individuo sea vuelto a sí mismo, a la actividad artística y científica”, usted expresa lo vital de s u visión del hombre, de su “utopía” y de su deseo “de unidad del hombre”, quien no sólo puede ser concebido en libertad.

Qué lejos de eso están los retratos que se han hecho de usted, la utilización de su obra como justificación del economismo y de la dictadura. En su “Contribución a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel”, usted escribía: “Ser radical es tomar las cosas por la raíz. Ahora bien para el hombre, la raíz es el hombre mismo…La crítica de la religión termina en esta doctrina, que el hombre es para el hombre el ser supremo. Termina pues en el imperativo categórico de trastocar todas las condiciones sociales en donde el hombre es un ser esclavizado, abandonado, despreciable”.

¿Qué programa es hoy más necesario que éste, de Moscú a Johannesburgo, de Chicago a Praga, de las oficinas de la Agencia Nacional para el Empleo, en París, a las universidades de China?. Pero, ¿quién se preocupa? ¿Quién se atreve todavía a trazar perspectivas? y, en primera instancia ésta: el capitalismo, cuyo vigor deslumbrante en este último decenio del siglo XX, ¿es el fin de la historia humana?, ¿es el único modelo de organización que los hombres son capaces de inventar? Decir esto en voz alta se ha vuelto sacrílego o ridículo. ¿No se ha hecho la prueba de que nada ni nadie puede oponerse al mercado o reemplazarlo sin volver a la barbarie? La hipótesis de que hay vías para explorar, todavía, se menosprecia como absurda o utópica. Y, en esas condiciones, el debate se atasca, mientras que problemas gigantescos estrangulan este fin de siglo.

Aquí, son las ambiciones personales más irrisorias las que se esconden detrás de un simulacro de confrontación ideológica. Allá, es la afirmación de que no se pueden y no se deben cambiar las cosas más que en el margen y que hay que abstenerse de todo proyecto amplio. Por todos lados, de hecho, es el sometimiento al economicismo, es decir a las lógicas capitalistas, de quienes se admite, explícita o implícitamente que son las mejores posibles, aún si nadie se atreve a afirmar que se puede prever adónde ellas conducen. Con el orgullo de los vencedores, un americano, Francis Fukuyama, anuncia además el “fin de la historia”. “Lo que estamos viendo –escribe en “National Interest”- es el fin de la historia misma, es decir, el fin de la evolución ideológica del hombre y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno de los hombres…(lo que puede ser) tan percibido en la ineluctable generalización de la cultura occidental de consumo…”

El triunfo del mercado y del capitalismo –pues lo que hay detrás de eso es las palabras democracia liberal y consumo- evidentemente deja pueblos enteros –la mayoría de la humanidad- en el lodazal de la historia. Pero, como dice Fukuyama, “para nuestros intereses, verdaderamente, importa poco qué pensamientos extraños vengan a los habitantes de Burkina-Faso o de Albania… El Tercer Mundo está empantanado en la historia”.

El cinismo tranquilo es, aunque no se exprese con tal nitidez, la nueva “ideología dominante”, es en la que se impregnan las “elites mundiales”. Ellas se van repitiendo que la política se reduce al “cálculo económico, a la solución sin fin de problemas técnicos, a preocupaciones ecológicas y a la satisfacción de demandas de consumo sofisticadas”. La ceguera se ha vuelto una virtud de gobierno. Está gloriosamente reivindicada en nombre del realismo, del rechazo de las utopías o de las ideologías. El único lenguaje aceptado es, curiosa paradoja para quien lo recusa a usted, el de la economía.

Empresa, beneficios, tasa de cambio, inflación, inversión, mercado, plusvalía, esas son las palabras del poder. Se afirma su total poderío y, en la peor tradición del más limitado economista, se pretende que en ellas reside la explicación y la causa de todas las cosas. Si, un “gran mercado” se abre en Europa, nacerá espontáneamente, se nos dice, una nueva civilización europea, con sus costumbres y sus instituciones políticas y los estados-naciones desaparecerán porque se venderán las mismas mercaderías de Dinamarca a Sicilia, de Portugal a Escocia. Ni aún comentadores stalinistas de “El Capital” se habrían atrevido a hacer tal extracto. De hecho se rechaza toda reflexión de fondo sobre los mecanismos de esta economía, sobre lo que induce como civilización, pues habría que preguntarse entonces sobre su razón, pero es muy cómodo, muy útil, muy fructífero aceptar el orden de las cosas como inevitable. Ahí se gana el confort y, a menudo, el poder político. Se vive bien y se administra.

No es usted sino Jaurés quien escribió: “El coraje está en buscar la verdad y decirla, de no soportar la ley de la mentira triunfante que pasa, de no hacer eco de nuestra alma, de nuestra boca y de nuestras manos a los aplausos imbéciles y a las silbatinas fanáticas”. Estas son algunas de las razones por las que dirijo a usted, Carlos Marx, esta carta en forma de manifiesto, una especie de modesta relectura de lo que usted escribió.

Se le dice muerto; pero sus ideas todavía se mueven.

Por: Max Gallo
Fuente.  Revista “Punto Final”
 
¡Qué silencio a su alrededor, Carlos Marx, en este fin de siglo! Usted era, hace algunos decenios. Una especie de Coloso de Rodas que dominaba todos los caminos del pensamiento. Su sombra aplastaba.

Algunos Estados lo hacían su pensador oficial. Era necesario haber leído sus libros, o al menos pretenderlo y, según las fluctuaciones de la línea política, citar tal o cual pasaje de sus escritos.
Su retrato, al igual que un inmortal creador de imperio, era llevado con el brazo en alto.

¿Quién –entre aquellos que pasaron los cincuenta y que, al menos por un tiempo, se preocuparon por la historia, por la política o, simplemente, siguieron la actualidad- no conocía su rostro, no había cruzado su mirada, tantas veces reproducida en diarios, tapas de libros, en millones de afiches propagados por los cuatro rincones de todos los continentes? Jamás un filósofo, un investigador, un hombre de biblioteca dedicado toda su vida ante todo al estudio y a la escritura, fue tan celebrado, elegido como un guía o referencia por tantos hombres, por tantos gobiernos; tanto que su nombre pareció volverse el símbolo de un siglo, el siglo XX.

Ud. había escrito en “El Manifiesto Comunista”, una frase de apertura que, durante los primeros decenios de este siglo pareció premonitoria: “un espectro recorre Europa” –decía usted- es el espectro del comunismo…” El siglo se termina y el comunismo es un fantasma cuya silueta se desvanece al mismo tiempo que usted.

¿Y Marx?

Algunos fieles aquí y allá, semejantes a sus “viejos creyentes” que salmodiaban entre ellos plegarias de las cuales nadie conocía el sentido, ofician según vuestros ritos. Son apenas un objeto de curiosidad, hacen reír. Todavía recitan esta otra frase de su Manifiesto, “la historia de la lucha de clases”. Emplean palabras envejecidas a las que usted había dado una especie de majestad bíblica: proletarios”, “proletariado”, burguesía”… Solamente algunos historiadores sociólogos, cuando estudian el siglo XIX se permiten utilizar ciertos conceptos suyos con prudencia y muchas explicaciones previas. Se les podría tomar por “marxistas” y eso sería la causa de su reputación. Mire donde se encuentra después de haber reinado tanto… Mire donde estamos…¿Es aceptable, deseable?

Cuando uno retoma sus libros hoy, después de que se apagaron los rumores, las aclamaciones y las injurias que impedían leerlo serenamente, uno se deslumbra (hay que decir esto nuevamente porque ya no se sabe) por la inmensidad de su trabajo, la penetración de su pensamiento, ese latido de inteligencia y la pasión de un espíritu siempre libre que dan a sus frases, aún las más opacas, un ritmo y una vibración que las soliviantan.

En suma, es tiempo de reabrir sus libros. Y, por cierto, no se trata ni de rehabilitarlo y de exaltarlo nuevamente, ni de pretender que usted ha dicho todo, ha descubierto todo y pretender que su obra sea así una especie de piedra tumbal delante de la cual alcanzaría con postrarse, depositando algunos manojos de comentarios. Está terminada la época de celebraciones, terminado el tiempo de las justificaciones, hay que volver al trabajo de comprensión, de contestación, de revolución. Porque finalmente y ya que siempre es necesario volver a decir lo elemental, este mundo en el que vivimos ¿vale más que aquél que sublevaba su cólera y provocaba su genio?

Ese mundo que usted no aceptaba, contra el cual se insurreccionaba, ¿no es igualmente indignante, con sus inmensas multitudes de “miserables” sobre los cuales, tangencialmente a la deuda, al curso de las materias primas, el “capitalismo” siempre realiza una acumulación primitiva (…)
Cuando en el tomo I de “El Capital” usted escribía a propósito de la agricultura: “La producción capitalista obligó al acondicionamiento necesario para una fertilidad durable de los suelos… Cada progreso de la agricultura capitalista representa un progreso no sólo en el acto de despojar al trabajador sino en el arte de empobrecer la tierra. Todo mejoramiento temporal de la fertilidad de los suelos aproxima las condiciones de una ruina definitiva de las fuentes de esta fertilidad”, ¿no es la intuición de lo que acontece hoy en día? ¿No sucede lo mismo cuando regiones enteras en Africa, en América Latina pero también en el corazón de Europa y de Estados Unidos están destinadas a volverse desierto después de una sobreexplotación; cuando los campesinos, después de la ruptura del equilibrio social y natural en el cual vivían, se vuelven los “pobres” de las favelas y de los suburbios de las ciudades africanas?

Y cuando se fertiliza por medio de abonos químicos, lo que progresa es la población de ríos y mareas. ¿No es cierto, como usted lo había pensado (y es Engels quien lo cita) que “cada progreso es, al mismo tiempo, un paso atrás”? Todo lo que crea la civilización, por contrapartida ¿es equívoco y contradictorio?

He ahí un pensamiento que no es tan evidente como puede parecer en el momento en que tantos socialistas “celebran” la modernidad. Es, en todo caso, tan ambiguo como uno de los principios que se pretende extraer de su obra. Realmente lo que lo caracteriza a Ud. es rehusar la simplificación.

Por otra parte, alcanza con hojear sus cuadernos de notas, sus manuscritos, para sentir cuán abierto está su pensamiento, siempre en movimiento; como no tiene más que una inquietud: romper los lazos que lo traban. Y para eso, primeramente, señalarlos. Entonces usted descubre –y no hay nada más actual- que se mezclan, se superponen, se intrincan, se entrelazan. No hay nada más contrario a sus escritos que la reducción a una sola causa. Usted dice que es cierto, “en última instancia”, que “la producción y la reproducción de la vida real” son el factor determinante en la historia. Pro Engels precisa: “Ni Marx ni yo afirmamos más que eso. Si después alguien desnaturaliza el sentido de esta proposición para hacerla decir que el factor económico es el único determinante, la transforma en una frase vacía, abstracta, absurda”.

Y es lo que se ha hecho, aún cuando toda su marcha sea precisamente para rehusar “el economicismo”, para considerar que no hay “economía pura”, que todos los fenómenos económicos están trenzados con las relaciones sociales, que las “formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas” son esenciales. Nada le es más extraño que la idea según la cual la “colectivización” alcanzaría para “liberar” al hombre. Porque en el fondo, y sin agregar un comentario de más a su obra, lo que usted coloca en el centro de todo es precisamente el individuo-hombre, en su actividad personal, en su poder creativo, en su praxis, que por cierto es social, pero primeramente es la expresión de esta individualidad. Las relaciones son entre los individuos: esas relaciones son la sociedad y no una “entidad” separada del hombre.
Hay en usted una exaltación del individuo (y un rechazo del individualismo, que es la perversión de él), rehusar verlo perderse, alienarse en la producción de las cosas de las cuales, precisamente, el capitalismo es el organizador. Y mientras nuestro mundo, en este fin de siglo XX, está aplastado bajo las cosas, mientras que al sesgo de la producción de las imágenes (un inmenso campo nuevo “ensanchado” para el provecho) éstas se vuelven signos, invaden y someten a nuestro espíritu, ¿habría que renunciar a sus reflexiones anticipadoras? Habría que contentarse con algunas descripciones más o menos pertinentes sobre la “sociedad de consumo” mientras que usted, ya hace más de un siglo, aisló las raíces de esos fenómenos?

Usted escribía, por ejemplo, en “La crítica de la economía política” (1857-58), separando el trabajo materializado (las condiciones objetivas del trabajo) adquieren una autonomía cada día más colosal frente al trabajo vivo- autonomía que se produce en función de su extensión- y la riqueza social en proporciones siempre crecientes se opone al trabajo como un poder extranjero y dominante”. ¿No está ahí el anuncio de esa “metamorfosis del trabajo” de la que se nos habla hoy en día y que, en efecto, provoca la reducción de ese “trabajo viviente” y el sometimiento de los hombres al “trabajo materializado” que los pliega a su lógica y los reduce al estado de “no trabajadores”, desempleados, asalariados precarios, incapaces de utilizar su “tiempo libre” por estar “alienados”, hasta cuando no están desprovistos de recursos? Es esta alineación del individuo que lo subleva, y es por eso –para comprender sus razones- que usted desmonta los resortes de la economía capitalista.

Lo que usted denuncia, en el fondo, en la filosofía tradicional, es el culto de la ciencia para la ciencia, de la economía para la economía, de la producción para la producción y, bajo todas estas facetas, el olvido y el desprecio por el individuo. Para usted la sociedad futura debe ser libre desarrollo del individuo, siendo la única necesidad de los individuos la creación viviente, y no la producción de las cosas, que cosifica al hombre. Cuando usted dice que es necesario que “el individuo sea vuelto a sí mismo, a la actividad artística y científica”, usted expresa lo vital de s u visión del hombre, de su “utopía” y de su deseo “de unidad del hombre”, quien no sólo puede ser concebido en libertad.

Qué lejos de eso están los retratos que se han hecho de usted, la utilización de su obra como justificación del economismo y de la dictadura. En su “Contribución a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel”, usted escribía: “Ser radical es tomar las cosas por la raíz. Ahora bien para el hombre, la raíz es el hombre mismo…La crítica de la religión termina en esta doctrina, que el hombre es para el hombre el ser supremo. Termina pues en el imperativo categórico de trastocar todas las condiciones sociales en donde el hombre es un ser esclavizado, abandonado, despreciable”.

¿Qué programa es hoy más necesario que éste, de Moscú a Johannesburgo, de Chicago a Praga, de las oficinas de la Agencia Nacional para el Empleo, en París, a las universidades de China?. Pero, ¿quién se preocupa? ¿Quién se atreve todavía a trazar perspectivas? y, en primera instancia ésta: el capitalismo, cuyo vigor deslumbrante en este último decenio del siglo XX, ¿es el fin de la historia humana?, ¿es el único modelo de organización que los hombres son capaces de inventar? Decir esto en voz alta se ha vuelto sacrílego o ridículo. ¿No se ha hecho la prueba de que nada ni nadie puede oponerse al mercado o reemplazarlo sin volver a la barbarie? La hipótesis de que hay vías para explorar, todavía, se menosprecia como absurda o utópica. Y, en esas condiciones, el debate se atasca, mientras que problemas gigantescos estrangulan este fin de siglo.

Aquí, son las ambiciones personales más irrisorias las que se esconden detrás de un simulacro de confrontación ideológica. Allá, es la afirmación de que no se pueden y no se deben cambiar las cosas más que en el margen y que hay que abstenerse de todo proyecto amplio. Por todos lados, de hecho, es el sometimiento al economicismo, es decir a las lógicas capitalistas, de quienes se admite, explícita o implícitamente que son las mejores posibles, aún si nadie se atreve a afirmar que se puede prever adónde ellas conducen. Con el orgullo de los vencedores, un americano, Francis Fukuyama, anuncia además el “fin de la historia”. “Lo que estamos viendo –escribe en “National Interest”- es el fin de la historia misma, es decir, el fin de la evolución ideológica del hombre y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno de los hombres…(lo que puede ser) tan percibido en la ineluctable generalización de la cultura occidental de consumo…”

El triunfo del mercado y del capitalismo –pues lo que hay detrás de eso es las palabras democracia liberal y consumo- evidentemente deja pueblos enteros –la mayoría de la humanidad- en el lodazal de la historia. Pero, como dice Fukuyama, “para nuestros intereses, verdaderamente, importa poco qué pensamientos extraños vengan a los habitantes de Burkina-Faso o de Albania… El Tercer Mundo está empantanado en la historia”.

El cinismo tranquilo es, aunque no se exprese con tal nitidez, la nueva “ideología dominante”, es en la que se impregnan las “elites mundiales”. Ellas se van repitiendo que la política se reduce al “cálculo económico, a la solución sin fin de problemas técnicos, a preocupaciones ecológicas y a la satisfacción de demandas de consumo sofisticadas”. La ceguera se ha vuelto una virtud de gobierno. Está gloriosamente reivindicada en nombre del realismo, del rechazo de las utopías o de las ideologías. El único lenguaje aceptado es, curiosa paradoja para quien lo recusa a usted, el de la economía.

Empresa, beneficios, tasa de cambio, inflación, inversión, mercado, plusvalía, esas son las palabras del poder. Se afirma su total poderío y, en la peor tradición del más limitado economista, se pretende que en ellas reside la explicación y la causa de todas las cosas. Si, un “gran mercado” se abre en Europa, nacerá espontáneamente, se nos dice, una nueva civilización europea, con sus costumbres y sus instituciones políticas y los estados-naciones desaparecerán porque se venderán las mismas mercaderías de Dinamarca a Sicilia, de Portugal a Escocia. Ni aún comentadores stalinistas de “El Capital” se habrían atrevido a hacer tal extracto. De hecho se rechaza toda reflexión de fondo sobre los mecanismos de esta economía, sobre lo que induce como civilización, pues habría que preguntarse entonces sobre su razón, pero es muy cómodo, muy útil, muy fructífero aceptar el orden de las cosas como inevitable. Ahí se gana el confort y, a menudo, el poder político. Se vive bien y se administra.

No es usted sino Jaurés quien escribió: “El coraje está en buscar la verdad y decirla, de no soportar la ley de la mentira triunfante que pasa, de no hacer eco de nuestra alma, de nuestra boca y de nuestras manos a los aplausos imbéciles y a las silbatinas fanáticas”. Estas son algunas de las razones por las que dirijo a usted, Carlos Marx, esta carta en forma de manifiesto, una especie de modesta relectura de lo que usted escribió.

Se le dice muerto; pero sus ideas todavía se mueven.

Deja un comentario