La distinción entre la izquierda y la derecha política como un problema de racionalidad inmanente

Por: Luciano Miguel García
Fuente: El Catoblepas • número 33 • noviembre 2004

Se atribuyen diferentes racionalidades a ambas opciones, compatibles con la racionalidad democrática

Actualmente no existe consenso sobre el significado de izquierda y derecha política. Este artículo esclarece estos conceptos como un ejemplo de racionalidad inmanente,

la que se consuma cuando entre distintas existencias particulares se establece una relación de reciprocidad tal, que quedan integradas en una totalidad fuera de la cual carecerían de sentido. Así es posible controlar tanto el proceso metodológico de esclarecimiento de los conceptos, como la definición de los procesos históricos que ha seguido su génesis. El resultado es la atribución de diferentes racionalidades a ambas opciones, compatibles con la racionalidad democrática.

Introducción: las propuestas de Gustavo Bueno

La distinción a la que aluden los términos izquierda y derecha en un sentido político es cada vez más difusa. En la actualidad parece como si se hubiera alcanzado un gran consenso entre los políticos profesionales sobre la mayoría de las decisiones que se les exigen, y que las divergencias entre izquierda y derecha sean meramente residuales. Parece incluso que en el ejercicio cotidiano de la política la única oposición posible consista en reprochar al gobernante que su comportamiento se desvía de un modelo único para la izquierda y la derecha: que es corrupto, o que no defiende los intereses del país, por ejemplo. Parece, en definitiva, que todos los partidos democráticos fueran de centro. En esta situación es saludable para la convivencia democrática saber si se trata de denominaciones meramente arbitrarias, sustituibles por otras, o si designan modos vigentes de hacer política.

Las definiciones de la oposición entre la izquierda y la derecha son bastante abundantes, pero muy divergentes. No solo discrepan en el contenido, en buena parte alimentadas por la amplia variedad de situaciones en las que se han enfrentado una izquierda y una derecha políticas. También discrepan en su fundamentación. Norberto Bobbio, por ejemplo, entiende la izquierda como un ideal, el de la igualdad, ‘encendido por una gran pasión’ (Derecha e izquierda, pág. 171). Eduardo Haro Tecglen sustenta la práctica política de la izquierda en la creencia maniquea de la bondad natural del hombre, presionado al mal por la sociedad (Ser de Izquierdas, pág. 14). Recientemente, Gustavo Bueno ha situado la distinción entre la izquierda y la derecha en la dimensión de lo racional. Este último intento resulta muy pertinente, porque si tiene éxito demostraría que tanto las opciones políticas de izquierdas como las de derechas son compatibles con la aspiración de racionalidad de la democracia. El problema es que Gustavo Bueno ha realizado dos propuestas casi opuestas, en las que concede racionalidad a sólo una de las dos partes de la oposición.

De acuerdo a la primera propuesta, la izquierda tendría como función la racionalización de las relaciones sociales hacia el límite de su mutua interdependencia: «Como característica genérica de la ‘función izquierda’ tomaremos aquí la Idea del ‘racionalismo universalista’… la virtualidad universalista (o social) de la racionalidad habrá que entenderla ante todo como una capacidad de incorporación de los nuevos individuos o grupos (los individuos de otras culturas, o los individuos de las nuevas generaciones que van llegando dentro de una misma cultura) a los círculos de racionalidad que hayan podido ya consolidarse, tanto en el terreno tecnológico como en el social» («En torno al concepto de ‘izquierda política’», pág. 15). La derecha, actuaría en sentido contrario, reforzando relaciones excluyentes y frenando la extensión de la racionalidad: «La característica de la ‘función derecha’ quedaría correlativamente constituida por estos dos conceptos: el concepto de ‘intuicionismo praeterrracional’ y el concepto de particularismo. Por su componente intuicionista, las ‘derechas’ se autoconcebirán como alternativas políticas prácticas cuyos principios se dicen inspirados en alguna revelación, ya sea dada a una elite, a un pueblo, o a un individuo (‘genialismo’ de Fichte, ‘individuo carismático’ de Weber). Por su componente particularista las derechas se autoconcebirán principalmente como alternativas políticas orientadas al fortalecimiento de un grupo, raza, pueblo o clase social» («En torno al concepto de ‘izquierda política’», pág. 16).

Sorprendentemente, esta primera propuesta de Gustavo Bueno está construida sobre el supuesto, propio del pensamiento metafísico, de la dicotomía entre lo racional (eterno, bueno y puro) y lo irracional (efímero, malo e impuro). Utilizando el mito platónico podría haberse descrito a la izquierda como repartidora de alas para acompañar a los dioses en el disfrute de la realidad que «sólo puede ser contemplada por la inteligencia» (Fedro, 248 a), mientras que la derecha insistiría en mantener las almas carentes de alas, encerradas en su incapacidad para alcanzar la verdad, alimentadas de ‘opinión’ y «pisoteándose y echándose las unas encima de las otras, e intentando la una colocarse delante de la otra» (Fedro, 248 b). La derecha difícilmente puede admitir que su función es menos racionalizadora que la de la izquierda. No se reconocería en este concepto de significado próximo al fanatismo.

Gustavo Bueno ha corregido la propuesta anterior. Según una segunda propuesta, la derecha, voluntad de apropiación, operaría según una racionalidad medios fines. Por ese motivo mantendría su unidad: «La voluntad de apropiación es, en todos los casos, la misma. Es decir, es una voluntad unívoca, pertenece al mismo género, cualquiera que sea la naturaleza de los objetos apropiados. La multiplicidad de las derechas, incluso cuando entran en conflicto mutuo, no modifica la identidad de sus respectivas voluntades» (El mito de la izquierda, pág. 293). La izquierda, ‘voluntad de negación’, no podría operar según la racionalidad medios fines. Estaría condenada a vagar por caminos inciertos a la búsqueda de proyectos que permitan una afirmación racional de lo previamente negado. Por este motivo permanecería dividida, carente de identidad: «… la voluntad de negación de las propiedades de la derecha, en tanto que únicamente cobra su sentido, más allá del nihilismo, en función de la reconstrucción racional que de aquellas propiedades sea posible obtener, ya no podrá considerarse idéntica en cada uno de sus actores. Y esto es debido a que no se conoce, ni puede conocerse, la estructura del fin hacia el cual va orientada la negación revolucionaria» (El mito de la izquierda, pág. 93).

Noción de racionalidad inmanente

En cualquiera de las dos propuestas de Gustavo Bueno se distingue un polo que consuma la racionalidad y otro que sólo aspira a consumarla. Para que existiera la posibilidad de coexistencia en igualdad de condiciones habría que demostrar que la propia dualidad entre izquierda y derecha está racionalmente fundamentada, y que por tanto no cuestiona la pretensión de validez universal de la democracia. Para ello, en lugar de resolver en una ordenación jerárquica la oposición entre ambos términos, estableciendo uno de ellos como referencia ideal para el otro, ha de comprobarse si se implican mutuamente, sin poder ninguno aspirar a imponerse definitivamente, sea cual sea el momento histórico. Se trata de desvelar una racionalidad inmanente, la que se consuma cuando entre distintas existencias particulares se establece una relación de reciprocidad tal, que quedan integradas en una totalidad fuera de la cual carecerían de sentido.

La racionalidad inmanente, al igual que la metafísica, es consecuencia de la negación del carácter contingente de las realidades mundanas en una instancia en la que al afirmarse se engrandecen. La principal diferencia entre ambas viene dada por el carácter de la afirmación. La metafísica aspira a una afirmación absoluta, a instancias inalterables, como esencias o ideas. La racionalidad inmanente busca afirmaciones efectivas, instancias necesarias, como estructuras o sistemas, que aporten duración.

La racionalidad metafísica requiere un mínimo de dos componentes: uno negativo, lo temporal, y otro afirmativo, lo atemporal. La racionalidad inmanente requiere la acumulación de tres componentes: una afirmación que se enfrenta con su negación, una afirmación que se enfrenta con una afirmación contraria, y finalmente una afirmación que afirma otra afirmación. Estos tres componentes tendrían la siguiente formulación general:

Lo propio singular: Aquella entidad capaz de determinarse a sí misma en un entorno indeterminado.

Lo ajeno plural: Aquellas entidades que al enfrentarse entre sí no pueden extender al oponente su determinación, y han de resistirse a ser determinadas por éste. Así, al afirmarse simultáneamente pueden codeterminarse en una pluralidad de la que son partícipes.

Lo común relacional: Aquella pluralidad en la que la afirmación de una entidad está afirmada por otra. En este entramado de relaciones lo ajeno contribuye a determinar lo propio, exigiendo el equilibrio como condición de posibilidad.

En términos aritméticos los tres componentes corresponden a cada una de las alternativas que se generan al combinar dos operadores («afirmar» y «negar») con dos operandos (afirmación «+» y negación «–») de los que «+» es el sujeto. Así lo propio se expresaría como «+ niega –», lo ajeno como «+ niega +» y lo común como «+ afirma +». Quedaría descartada la combinación «+ afirma –», que alude al trasfondo contingente sobre el que ha de elevarse la racionalidad.

Racionalidad inmanente y ciencia

Una vía para demostrar que esta propuesta de racionalidad inmanente no es meramente especulativa es utilizarla para dar cuenta sistemáticamente del discurso de la ciencia moderna en los casos de la física de Newton y de la biología de Darwin. En un primer paso, al establecer la correspondencia entre los tres componentes expuestos y las tres principales modalidades de existencia, lo físico, lo biológico y lo social, se desvela cuál es el alcance posible de la teoría científica. En un segundo paso se constata que el objeto de la ciencia moderna se ha construido a partir de la aplicación de los tres componentes de la racionalidad tal y como han sido definidos.

1. Lo físico existe como materia que se transforma dentro del espacio singular del cosmos. La continuidad de cualquier transformación es necesaria, puesto que no puede quedar separada del espacio. La imposibilidad de seguimiento de todas las transformaciones que se producen en el cosmos obliga a que la consideración científica de lo físico deba reducir su objeto a un fenómeno localizado susceptible de racionalización. Para la física de Newton tal objeto fue el movimiento orbital continuo de los planetas, que combina acumulativamente en un sistema los tres tipos de fuerzas que él distingue (Principios matemáticos de la filosofía natural, Vol. I, págs. 122-125).

1.1. Todo cuerpo está dotado de una fuerza propia, de inercia, que le hace permanecer en estado de reposo o de movimiento rectilíneo continuo.

1.2. Esta fuerza de inercia se puede combinar con una fuerza ajena, impresa, que al ejercerse instantáneamente sobre el cuerpo variará el movimiento rectilíneo en cantidad proporcional a su cantidad.

1.3. Cuando la fuerza impresa se ejerce constantemente hacia un punto fijo, como sucede con la fuerza de atracción que ejerce el Sol sobre la Tierra, es una fuerza centrípeta. Al combinarse la fuerza de inercia con la fuerza centrípeta, si ambas están equilibradas, resulta como efecto común de ambas un movimiento orbital continuo por variación constante del movimiento producido por la fuerza de la inercia.

2. Lo biológico existe como una pluralidad de seres particulares que al reproducirse a lo largo del tiempo se perpetúan. La continuidad de cualquier reproducción es contingente, porque una línea de descendencia puede extinguirse. Aunque no sea viable el seguimiento de todas las líneas de descendencia, la ciencia sí que puede tomar como objeto racional la genealogía de la vida a partir del supuesto de un origen común. La teoría de Darwin también puede concebirse como la combinación acumulativa en un sistema de tres posibles relaciones entre la reproducción de los seres vivos y el medio ambiente. (El origen de las especies, págs. 93-111).

2.1. Por su propia naturaleza, los seres vivos tienden a reproducirse, en progresión geométrica iguales a sí mismos. Cualquier línea de descendencia tiende a maximizar su presencia en el medio ambiente.

2.2. Ante las limitaciones ajenas, impuestas por la escasez de recursos, se perpetúan con mayor probabilidad las líneas de descendencia que contienen variaciones accidentales que aparecen en lo reproducido con respecto al reproductor y que aportan ventajas en el aprovechamiento de los recursos disponibles en su hábitat. Consiguientemente, las variaciones que no aportan ventajas acaban extinguiéndose.

2.3. Dado que la reproducción de los seres vivos requiere el cruzamiento entre individuos, las variaciones ventajosas se extienden y se estabilizan a lo largo de generaciones, consolidando así distintas especies. Como consecuencia de la diversidad de especies que han perfeccionado su relación con su hábitat y con otras especies, se maximiza, cuando se logra el equilibrio entre las especies, la cantidad de vida en común que puede acoger el medio ambiente.

3. Lo social existe como una trama de normas de acción compartidas que pueden modificarse al representarse. La continuidad de cualquier norma modificada es virtual, puesto que ha de integrarse en su aplicación con otras normas vigentes. Entre la infinidad de normas sociales, una sociología de validez equivalente a la física de Newton o a la biología de Darwin, ha de adoptar como su objeto aquellas normas que al representarse se han consolidado como relaciones típicas. Esta sociología debería construir un sistema por combinación acumulativa de tres posibles consolidaciones de las convenciones sociales.

3.1. Toda convención social tiende a constituirse en un mundo clausurado, estableciendo un orden propio que se justifica como inalterable y anula cualquier crítica interna.

3.2. Ante la oposición entre los distintos imperativos que impone cada una de las convenciones, el contacto entre distintas convenciones puede suponer una crítica ajena al orden propio.

La coexistencia entre distintas convenciones opuestas es posible cuando aparecen otras convenciones en las que se establecen órdenes que sirven como referencia común a convenciones de imperativos opuestos, ejerciendo una crítica que al trascender el orden propio lo consolida en común al orden opuesto.

Metodología y tipos de concepto

La atribución de racionalidad a una realidad empírica siempre ha de ser relativa, no consiste en la mera constatación de la secuencia de los tres componentes expuestos. En primer lugar, porque aunque la consumación de la racionalidad inmanente corresponde al tercer componente, los componentes primero y segundo pueden presentarse como realidades finalizadas no carentes de racionalidad. En segundo lugar, porque la secuencia es recurrente: un tercer componente puede iniciar la secuencia como primero, apuntando a una nueva racionalidad. Y finalmente, porque la metodología de indagación es un proceso real, y como tal ha de alcanzar la racionalidad pertinente. Explicitando el proceso metodológico a partir de los tres componentes de la racionalidad inmanente, y retomando la propuesta de Gustavo Bueno («En torno al concepto de izquierda política», pág. 6) puede establecerse una correspondencia entre los tres formatos lógicos que él distingue para clasificar los conceptos de izquierda y derecha y las tres fases de las que puede constar el proceso de indagación.

1. A una afirmación enfrentada a su negación le corresponde un concepto unívoco, referido a un conjunto separable de otros conjuntos, cuya definición se alcanzará por inducción a partir de la consideración de los distintos elementos que incluye.

2. A una afirmación enfrentada a otra afirmación opuesta le corresponde un concepto posicional, referido a un subconjunto de elementos, definible por deducción, a partir del establecimiento de los límites del conjunto, como negación del resto de elementos.

3. A una afirmación que afirma otra afirmación le corresponde un concepto funcional, referido a las relaciones que se establecen entre ambos, que deberá definirse por reducción, a partir del sometimiento a criterios racionales de las relaciones entre los distintos conjuntos. Este habría sido el procedimiento seguido por la ciencia moderna.

De esta manera se cuestiona el carácter instrumental otorgado por Gustavo Bueno a los formatos lógicos de los conceptos como criterios de clasificación. Cada intento de construir un concepto según un formato debidamente ordenado en una secuencia metodológica constituye una aproximación al objeto cuyos resultados son acumulables con los de fases ulteriores.

En la distinción entre la izquierda y la derecha la metodología ha de aplicarse sobre sus actuaciones históricas. El proceso temporal puede obviarse para los conceptos unívoco y posicional. No para el funcional, que ha de expresar el proceso histórico por el que las realidades sociales han llegado a ser lo que son como su curso esencial, cuyas fases también corresponden con cada uno de los componentes de la racionalidad.

Concepto unívoco

A partir del análisis de los programas y actuaciones de aquellos colectivos u organizaciones que se reclaman de izquierda o de derecha y que han sido reconocidos como tales puede tratarse de llegar por inducción a un concepto unívoco, hasta lograr, en caso de éxito, un criterio general que permita clasificar una organización como de izquierda o de derecha. Pero casi desde su inicio el intento encuentra dificultades. Tanto la izquierda como la derecha, que deberían identificarse mediante conceptos excluyentes entre sí, en algunos períodos han asumido objetivos que antes eran perseguidos por el otro, sin ni siquiera pretender ocupar el centro en ninguna de las ocasiones: la reducción del Estado al mínimo, el Progreso, la Libertad. El único distintivo que aparece común a cualquier formación de izquierda o de derecha es su oposición en la lucha por el poder.

Desde la perspectiva de los implicados tampoco se detecta ninguna figura que sea elevada a arquetipo aceptado por todos como modelo, aunque eventualmente las haya habido, arcaicas (la madre o el padre) o futuristas (la vanguardia o el líder).

Concepto posicional

Agotada la vía inductiva, habría que optar por la deductiva. Desarrollando el contenido semántico de los términos que se combinan como referente del concepto, podría establecerse un núcleo de formato posicional relacional –similar al de izquierda y derecha en sentido espacial– sobre el que se asentarían cada uno de los conceptos particulares de las organizaciones de izquierda o de derecha en sentido político.

El análisis semántico del significado denotado por los términos «izquierda» y «derecha» revela que su utilización para designar dos facciones que luchan por ejercer el poder político se presenta como contradictoria. Ejercer el poder político consiste en gobernar, en adoptar resoluciones que mantengan en buen estado las relaciones sociales y que sean acatadas por la sociedad gobernada. Para cumplir con su deber el que ejerce el poder político ha anular cualquier amenaza que provenga de ámbitos que escapen a sus dominios y que perturbe el orden configurado por su gobierno, incluida, claro está, la mera presencia de toda facción que, como alternativa, pretenda ejercer el poder. Sin embargo, si de dos facciones políticas enfrentadas se dice que ocupan la derecha y la izquierda, se afirma implícitamente que la una no puede anular a la otra. Las posiciones izquierda y derecha se implican mutuamente; no hay izquierda sin derecha, ni derecha sin izquierda. Esta contradicción lleva a asumir que el modo de ejercer el poder político de la izquierda y de la derecha implica una autolimitación del mismo poder político. Pero no aporta ningún avance en el esclarecimiento del modo de acción política que corresponda a los conceptos de izquierda y derecha.

Para completar la vía deductiva es necesario añadir al análisis del significado denotado el de las connotaciones asociadas. El término «derecha», del latín «dirigere», connota dirección, mando, incluso buen criterio, y se adecua a la actividad de ejercer el poder político. El término «izquierda», está asociado a lo siniestro, connota desgracias, y no se adecua por tanto a la actividad de ejercer el poder político. Este análisis, al revelar la contradicción entre izquierda y poder político, sí que contribuye a diferenciar entre izquierda y derecha; pero todavía en un sentido metafórico, que requiere un esclarecimiento adicional.

Concepto funcional

El análisis semántico obliga a explicar, para esclarecer los conceptos de izquierda y derecha, cómo es posible una realidad sostenida a pesar de las contradicciones; cómo ha llegado el poder político a autolimitarse y cómo ha llegado la izquierda a desplazar a la derecha en el ejercicio del poder político. El proceso de investigación ha de consistir en trazar dos cursos esenciales: el seguido por la actividad política desde su origen hasta su autolimitación, y el seguido por la relación entre izquierda y derecha hasta su compatibilización.

El curso de la actividad política

El curso de la actividad política puede construirse a partir de la ordenación, como tres fases, de los tres tipos ideales de dominación definidos por Max Weber: carismática, tradicional y legal (Economía y sociedad, pág. 172). A lo largo de estas tres fases el poder político surge como caudillaje carismático, se acrecienta hasta su máxima expresión como Estado tradicional, y se debilita, al autolimitarse, como legalidad democrática.

La actividad política que puede pensarse como elemental, por no presuponer ninguna actividad política más simple, es el caudillaje carismático. Una sociedad sin actividad política carece de diferenciación jerárquica. Es estrictamente comunitaria, porque la identidad individual está derivada de la mera pertenencia. Su existencia es inestable, al estar amenazada por los reveses de la naturaleza o por la hostilidad de otras sociedades.

Aquél que dentro de una comunidad tome la iniciativa para enfrentarse a los peligros exteriores, con el carisma suficiente como para ser secundado por los componentes de la comunidad, logrará erigirse caudillo aglutinando los esfuerzos de los seguidores. Para que su acción tenga continuidad, el caudillo deberá apoyarse en otros jefes carismáticos, cuya autoridad subordinada amplíe el influjo de sus actos. Pero aún contando con el apoyo de los jefes, el caudillo no tiene asegurada la continuidad. En cada lucha ha de conseguir la victoria para mantener el mando de la comunidad.

La dominación carismática es inestable, porque está condicionada al mantenimiento del contacto entre el líder y los seguidores. Requiere un núcleo social cerrado y poco diferenciado, opuesto a un mundo exterior indeterminado y hostil.

La apertura al mundo exterior y la consiguiente diferenciación acaban siendo inevitables. Cuando se han producido no es viable el caudillaje carismático. La autoridad política no puede depender de los actos del líder, sino que ha de representar a la sociedad dirigida y perpetuarse sine die en una tradición. El mantenimiento de la representación política permite una extensión más allá de la relación inmediata; posibilita el surgimiento del aparato estatal, una organización de escribas y militares. Pero este poder ha de apoyarse en un pacto implícito que limite y justifique la autoridad para que no se convierta en tiranía, en poder absoluto arbitrario. Los subordinados han de delegar parte de su poder a cambio del mantenimiento del orden.

La dominación tradicional es estable porque crea su propia estructura. Requiere un Estado capaz de proteger y controlar a todos los súbditos. Una vez constituido tiende a expandirse hasta chocar con otros Estados.

La intensificación de la competencia económica, alimentada por la iniciativa privada acaba siendo incompatible con una dominación tradicional. La actividad competitiva implica un control recíproco tal, que cualquier poder coercitivo se vuelve secundario. El papel del Estado se limita a garantizar las condiciones para que los subordinados se controlen mutuamente. Se impone un sistema democrático en el que el poder político no se adquiere entonces por una delegación perpetua de parte de poder de los subordinados, sino al contrario, por una subordinación a su propio dominio del que ejerce de la autoridad. En estas condiciones la actuación del Estado ha de estar regulada por una ley conforme a principios universales que garantice unos derechos iguales para los ciudadanos; no son admisibles los privilegios tradicionales. Para evitar que los gobernantes se perpetúen en representaciones tradicionales, los ciudadanos deberán renovar estos cargos periódicamente mediante elección libre.

Es esta tercera etapa del curso político cuando el poder político se autolimita, porque las distintas iniciativas privadas, que emergen como ámbito autónomo, se imponen a las exigencias de lo público.

El curso de la relación izquierda-derecha

El curso esencial de la compatibilización entre la derecha y la izquierda en el ejercicio del poder político puede trazarse a partir de las distintas opciones que surgieron tras la Revolución Francesa, como primer intento de implantar la democracia oponiéndose a la dominación del Estado tradicional del Antiguo Régimen. A esta primera fase le suceden la confrontación de clases sociales, donde se cuestiona la democracia, y la sociedad globalizada, donde finalmente se consolida.

La izquierda y la derecha surgen originariamente como planteamientos opuestos con respecto a la recomposición del orden social. Invalidado el orden del Antiguo Régimen por la reclamación burguesa de la soberanía, urge consolidar uno nuevo. La derecha optará por la continuidad de las instituciones del Antiguo Régimen, defendiendo el mantenimiento de la Corona como núcleo estable del Estado, y del Altar como posibilidad de evitar la escisión entre lo público y lo privado. La izquierda opta por la ruptura, defendiendo la liquidación de la Corona y de la influencia del Altar, por su incompatibilidad con la soberanía popular.

El apoyo a cada una de estas dos opciones es compulsivo, casi una cuestión de fe. Frente a la creencia de la derecha en el afianzamiento de la seguridad como única posibilidad para que no se destruya la sociedad, la izquierda mantiene la creencia en el cambio como única solución. En consecuencia, la derecha planteará un programa de acción política conservador, cuya finalidad es mantener, de manera explícita o encubierta, la estructura de privilegios y prebendas de la sociedad estamental actuando como contrapeso de la soberanía popular. La izquierda, por el contrario, planteará un programa de acción política para la mejora y homogeneización de las condiciones de vida de los ciudadanos. El protagonismo del Estado en la extensión de la educación, la sanidad y las obras públicas constituye el eje en torno al cual se pretende consolidar el espacio público de la sociedad democrática, en el que todos los ciudadanos tengan una inclusión equitativa, acorde con la soberanía popular. Finalmente, y no sin contratiempos, el programa de la izquierda se impondrá sobre el de la derecha. El Estado asumirá su papel benefactor como requisito de la convivencia democrática.

El triunfo de la izquierda provoca la redefinición de las posiciones de izquierda y derecha. La inclusión equitativa de los ciudadanos en el ámbito de lo público sustituye a la recomposición del orden como referencia. Se trata de lograr un reparto justo de la riqueza generada por la actividad económica. La izquierda defiende la igualdad completa, tanto en el criterio de aportación como en el de recompensa –de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad–. La derecha defiende la igualdad sólo en el criterio de recompensa; igualdad de oportunidades que garantice la libertad de cada uno de los individuos, para que el mérito sea la medida de la recompensa.

La relación con la competencia económica condiciona el apoyo a cada una de estas opciones, que acaban asociándose a una determinada clase social. Los burgueses, que participan en la competencia económica como agentes y la asumen, han de ser de derechas. Mientras, que los trabajadores que sólo participan en la competencia económica como medios de producción y no la asumen, han de ser de izquierdas. Desde cada una de estas clases sociales, configuradas como mundos particulares por experiencias, intereses y expectativas distintas, se propone un modelo utópico de sociedad sin Estado como finalidad de la acción política. La utopía socialista de la izquierda elimina la competencia económica y el Estado porque confía en la solidaridad humana al aportar esfuerzo y al distribuir bienes. La utopía liberal de la derecha elimina el Estado, pero no la competencia, porque confía en que una sociedad perfectamente competitiva tenga el efecto de una ‘mano invisible’ que genere y reparta riqueza, sin necesidad de una intervención centralizada. Finalmente la derecha impondrá su modelo sobre el de la izquierda. La competencia, no la solidaridad, se erige en el criterio prioritario de la equidad en el ámbito de lo público. Y sin que llegue a consumarse la disolución del Estado, que ha de continuar garantizando la inclusión de los ciudadanos en el ámbito de lo público, sí se debilita su poder.

Aunque no se ha disuelto, el poder del Estado se ha relativizado. La intensificación de la competencia económica triunfante produce las condiciones para que se imponga la democracia. Desborda al Estado en dos direcciones. De un lado, al globalizar las relaciones económicas, genera un ámbito público internacional. De otro, al mercantilizar total o parcialmente servicios previamente no lucrativos, como sanidad, educación o cuidados personales, multiplica la complejidad del ámbito público nacional. El modo en el que opera el Estado como actor principal de este ámbito público competitivo da lugar a las posiciones de izquierda y derecha.

La derecha, al priorizar lo privado, mantiene una propuesta adecuada a las circunstancias constituidas en la fase anterior. Ha de defender un ámbito público que contenga la iniciativa privada –en el doble sentido de contener, como acoger y como limitar–. En el ámbito internacional la derecha procurará condiciones favorables para la competencia: libre comercio, regulación jurídica homogénea o sistema financiero eficaz. Y en el ámbito nacional la derecha asumirá el objetivo de descentralizar la toma de decisiones para lograr una mejor gestión del gasto del Estado, adecuando el funcionamiento de cada uno de los organismos a las reglas de la competencia económica. La izquierda, por el contrario, otorga prioridad a lo público, manteniendo una propuesta crítica con las circunstancias constituidas en la fase anterior. Ha de defender un ámbito público contenido en la vida privada –también en el doble sentido de contener–. En el ámbito internacional la izquierda debe promover la integración de los desfavorecidos por la competencia económica –no sólo trabajadores, también desempleados, residentes en países pobres, campesinos o artesanos– para que sea posible la presencia y la defensa de sus intereses comunes en instancias supraestatales. En el ámbito nacional, la izquierda ha de proponerse la generación y el mantenimiento de espacios en los que sólo sea posible un beneficio compartido y no condicionado al mérito competitivo –medio ambiente, organizaciones solidarias o medios de comunicación–.

El apoyo a la izquierda o a la derecha ya deja de ser compulsivo o de estar asociado a una determinada clase social. Surge así la posibilidad de decisiones realmente democráticas, por estar libremente asumidas. La elección entre ambas opciones viene dada por la orientación del compromiso en el ámbito público. El compromiso con la defensa de intereses comunes lleva a apoyar a la izquierda, el compromiso con la defensa de intereses particulares lleva a apoyar a la derecha. Cada uno de estos compromisos genera una actitud hacia la coyuntura pública. La izquierda mantendrá una actitud dinamizadora, porque ha de acrecentar las posibilidades de relación social que ofrece el ámbito público. La derecha, por el contrario, mantendrá una actitud estabilizadora, porque ha de consolidar las reglas por las que la competencia económica constituye las relaciones sociales.

Conclusiones

La comprobación de la racionalidad inmanente respecto a la izquierda y la derecha política aporta criterios para juzgar qué comportamientos pueden considerarse de izquierdas o de derechas sin caer en la atribución de una mayor racionalidad a una u otra opción. Ambas están inscritas en el proceso de racionalización política que culmina en la democracia. Los conceptos de izquierda y derecha son el resultado de la acumulación de las distintas fases de su curso esencial. La izquierda ha de proponerse dinamizar el ámbito público, avanzar hacia la utopía socialista y poner en práctica un programa de acción política progresista. La derecha ha de proponerse lo contrario, estabilizar el ámbito público, avanzar hacia la utopía liberal y poner en práctica un programa de acción política conservador, tendente a mantener el statu quo.

De un modo general podría caracterizarse la opción de la izquierda como racionalidad constituyente reconciliadora, en tanto asume como su finalidad la transformación de la realidad social hacia la ausencia de conflictos, hacia una humanidad reconciliada consigo misma. La orientación de la derecha sería la opuesta, se caracterizaría como racionalidad constituida individualizadora, en tanto asume su finalidad la diferenciación de los individuos por la competencia.

Considerando en abstracto cada una de las fases históricas previas a la consolidación de la democracia, tanto la izquierda como la derecha política cuentan con un componente (el correspondiente a su victoria histórica) que ha sido asumido por ambos bandos y desde la perspectiva de la democracia consolidada aparece como racional, por sostenible. Y también cuentan con un componente que no ha sido asumido por ambos bandos y que desde la perspectiva de la democracia consolidada aparece como irracional, por insostenible. Del curso esencial de la izquierda, el componente que aparece como racional es el señalado en la primera propuesta de Gustavo Bueno como su elemento definitorio: la extensión de las mejoras sociales a toda la nación; y el que aparece como irracional es la esperanza en el advenimiento de la solidaridad humana. Y del curso esencial de la derecha, el componente que aparece como racional es la iniciativa privada; y el que aparece como irracional es el también señalado en la primera propuesta de Gustavo Bueno como su elemento definitorio: la defensa de intereses de colectivos particulares. En cualquier caso, tras sus respectivas victorias históricas, izquierda y derecha sólo pueden aspirar a imponer sus criterios de manera coyuntural y relativa.

La consolidación de la democracia no supone el abandono de los componentes que aparecen como irracionales, porque se vería imposibilitada la acción política. Más bien obliga a la adaptación. Si la izquierda prescindiera la esperanza en el advenimiento de la solidaridad humana perdería sus fines. Si la derecha desatendiera la defensa de intereses de colectivos particulares, desatendería las condiciones efectivas de la competencia económica.

La traslación de los conceptos de izquierda y derecha política a situaciones que no hayan seguido los cursos esenciales descritos es problemática. No se puede hablar propiamente de izquierda o de derecha sin subordinación de lo público a lo privado y del Estado a la sociedad. El islamismo, por ejemplo, no puede proponerse como alternativa de izquierdas al capitalismo, porque subordina lo privado a lo público. En los países democráticos los intentos de suturar las separaciones que implican estas subordinaciones derivan en terrorismos totalitarios.

Bibliografía

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Bueno, Gustavo. El mito de la izquierda, Ediciones B, Barcelona 2003.

Darwin, Charles. El origen de las especies, Austral, Madrid 1988.

Haro, Eduardo. Ser de Izquierdas, Ediciones temas de hoy, Madrid 2001.

Newton, Isaac. Principios matemáticos de la filosofía natural, vol. I. Alianza Editorial, Madrid 1988.

Platón. Obras completas, Aguilar, Madrid 1981.

Weber, Max. Economía y sociedad, FCE, México 1964.
© 2004 www.nodulo.org

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