Izquierda institucional versus izquierda social

Por: Massimo Modones
Fuente:Books.google.cl

Antes de preguntarnos que alternativa puede ofrecer la izquierda hay que entender lo que está pasando en la izquierda misma: de dónde viene, pero sobre todo, cómo se encuentra y hacia dónde se dirige.

En la izquierda europea actual existe, a mi parecer, una tendencia polarizante entre dos modelos: una izquierda institucional y una izquierda social. Considero, por otra parte, que una alternativa de izquierda podrá construirse solamente en la medida que esta tendencia se invierta. El espacio intermedio, el vacío, entre estos dos polos, es justamente el lugar donde se juega el futuro de una posible izquierda transformadora, portadora de una alternativa política y social.

Voy a ilustrar esta polarización en forma esquemática, a pesar de que habría que dedicarle mucho más espacio, para poder reconstruir tendencias históricas y analizar a fondo casos concretos, siguiendo los desplazamientos, en las prácticas y en los proyectos, de los diversas organizaciones de la izquierda, así como de sus seguidores dispersos (1). Porque la izquierda, a pesar de lo que se perciba en los medios de comunicación y por ende en gran parte de la opinión pública, va más allá de algunos partidos definidos como tales. Existen proyectos distintos y prácticas separadas, que no se manifiestan exclusivamente en forma partidaria, sino que por el contrario siempre más sensibilidades de izquierda se dirigen hacia otras formas y espacios de participación política y social, hacia lo que desde muchos lados se conoce como «izquierda social» (2).

Aunque una instantánea no permita captar a fondo los movimientos generales, me limitaré a generalizar, tratando de ilustrar la generalización mediante algunos casos significativos.

La izquierda institucional

La tendencia «institucional» se manifiesta en los principales partidos de izquierda europeos, en el gobierno como en la oposición, especialmente en los que pertenecen a la Internacional Socialista pero, como veremos más adelante, no solamente. Estos partidos han adoptado, y el proceso no ha concluido, un proyecto y unas prácticas políticas centradas en la dimensión «institucional»(3).

«Institucional» porque acepta las instituciones existentes, no solamente como marco sino también como único horizonte posible, y no sólo las estatales, sino también las instituciones económicas, sociales y culturales, desde la familia hasta el mercado. El «reformismo» de esta izquierda es limitado y acotado no solamente por la redistribución del poder a favor del capital a escala mundial, sino por una profunda subalternidad al pensamiento conservador, lo que tiene sus orígenes históricas en la derrota de los setenta y la ofensiva neoliberal de los ’80. Nada más lejos del «reformismo» como lo entendía Pietro Nenni, quien en los años ’60 convenció a la ala izquierda del PSI, encabezada por Riccardo Lombardi, a entrar en un gobierno con la Democracia Cristiana sobre la base de «reformas de estructura». Si existe un reformismo en la izquierda institucional, es un reformismo débil, periférico, que no atañe el meollo de las estructuras de dominación. Al contrario la izquierda europea al gobierno ha demostrado su «arrepentimiento» histórico impulsando las contrareformas del Welfare State propuestas por la derecha. Lo que seguramente se ha perdido es el «reformismo social», que era la esencia de la socialdemocracia «tradicional». Las estrategias programáticas de la socialdemocracia gobernante -regulación económica, ortodoxia monetarista, reformas del Estado de bienestar, redefinición de las relaciones laborales- no logran despertar pasiones sociales, no resuelven el drama del desempleo y ahondan la fractura entre política y sociedad.

Más allá de esa aceptación general del status quo, esta izquierda es «institucional» porque centra su acción, en forma exclusiva, en la presencia, la influencia y la labor desde y al interior de las instituciones estatales. La actividad política, y aquí se manifiesta la tendencia general hacia la profesionalización y la institucionalización de los partidos políticos, se concibe exclusivamente a partir de los márgenes de maniobra desde los aparatos de gobierno, nacionales o locales. Lo que no quiere decir que, en determinados casos, estos márgenes no hayan sido utilizados en el sentido de una transformación y apertura de las propias instituciones, como, para poner un ejemplo latinoamericano, en el caso de Porto Alegre y del presupuesto participativo (4). Lo que parece evidente de la lectura de los programas y los documentos de varios partidos progresistas europeos, es que el eje y el lugar privilegiado de la acción política son las instituciones. Esto puede parecer paradójico, siendo que el poder de intervención del Estado se está restringiendo justamente allí donde se encontraban los instrumentos del reformismo, que permitían adecuar, aún sea parcialmente, el funcionamiento de la economía de mercado al interés colectivo. Además, esto contrasta con el énfasis puesta, en los mismos documentos de la misma izquierda europea, en la sociedad civil y la desestatalización. O sea, esta izquierda reconoce el acotamiento de su espacio «privilegiado» de movimiento y, al mismo tiempo, concentra sus esfuerzos y limita su proyecto a determinado uso de recursos públicos siempre más escasos.

Sobre este punto hay que subrayar que las transformaciones del Estado en la mundialización, más allá del debate sobre el final o la permanencia del Estado, deben ser vistas desde un punto de vista cualitativo, tratando de definir claramente donde reside y como se manifiesta hoy el poder estatal. Este acercamiento nos indica que una izquierda que opte exclusivamente por una tarea institucional y de gobierno está destinada, por ejemplo, a enfrentar el problema del control social de sociedades complejas (la llamada gobernabilidad), desde los códigos penales hasta las cárceles, la policía y la seguridad pública, sin poder recurrir a una política de lucha contra la exclusión para contrarrestar el aumento de la delincuencia. Está destinada a tomar decisiones como la de mandar tropas para combatir guerras bajo comisión, al estílo de la del Golfo y la de Kosovo. (5)

Esta izquierda es institucional, además, porque asume paulatinamente la forma de partidos de élites, de comités (según el clásico modelo de los partidos conservadores), porque sufre una hemorragia de militancia, porque depende siempre más del financiamiento publico y de las contribuciones de los grandes «benefactores» (6). Así que los lugares donde esta izquierda, identificada ya exclusivamente por los grupos dirigentes y a veces un solo líder, se mueve y actúa son siempre más espacios institucionales, «el palacio» suelen decir en Italia los críticos.

En eso la deriva corresponde a la concepción de democracia que el pensamiento conservador ha venido imponiendo, desde la academia hasta el sentido común. Los sistemas de partidos como pluralismo acotado y homogéneo, cerradas por los candados de leyes electorales ad hoc, con una tendencia preferiblemente bipartidista que favorecería las negociaciones y los consensos bipartisans (7) la eficiencia en la rotación sin sobresaltos. Tal sistema, que encuentra su modelo (algo excesivo y exótico, hay que reconocerlo, para las sensibilidades europeas) en el bipartidismo anglo sajón (demócratas-republicanos en los EE. UU. y conservadores-laboristas en Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda). Concibe la alternancia -lema y muletilla de políticos y politólogos- como antídoto contra las alternativas, el partido como agencia de reclutamiento de funcionarios públicos, una institución estatal, no uno instrumento de participación de los de abajo sino un instrumento de legitimación de las políticas públicas, instrumento para procesar y hacer digeribles platos amargos, sin provocar regurgitaciones.

En esta izquierda podemos ubicar -además de los partidos socialistas, socialdemócrata, de centroizquierda y progresistas- algunos partidos de perfil más radical. Por ejemplo el Partido Comunista Francés que, a pesar de una renovación doctrinaria, de cierto recambio de grupos dirigentes y de una atención hacia los movimientos sociales, sigue concibiendo su acción política casi exclusivamente a partir de su presencia en el gobierno (8). Así los movimientos sociales en Francia nacen sin que el PCF tenga una real influencia, como en el invierno del ’95, que para muchos fue el comienzo del ascenso de la resistencia antineoliberal y a la globalización capitalista. Otro caso sería el del pequeño Partido de los Comunistas Italianos, nacido de una escisión del Partido de la Refundación Comunista, que hoy participa con 2 ministros en el gobierno D’Alema, sin tener un arraigo social significativo ni capacidades de extender su influencia política. Pero esta tendencia se percibe también en los Verdes, en Francia, Italia y Alemania donde están gobernando, como en otros casos. El caso de los Verdes es muy representativo en la medida en que nacieron como movimiento para volverse, en poco más de diez años, en partidos institucionales (9) El problema no es tanto estar en el gobierno, sino concebir el gobierno como único medio para hacer política, y esto se nota incluso desde la oposición, con el uso instrumental de la movilización social, limitada a las coyunturas políticas y a la lucha por el poder estatal. En determinadas coyunturas, estos partidos pueden acompañar a los movimientos sociales, ofrecerle un interlocutor institucional y una proyección política más trascendente, al mismo tiempo esta relación episódica y no orgánica hace que los partidos socialdemócratas y verdes pierdan progresivamente poder de convocatoria proprio -en gran medida ligado al sindicalismo tradicionalmente próximo- y ya no posean los recursos para encabezar y estimular las protestas sociales.

Siempre hubo una izquierda que enfocaba la lucha por las reformas en el mero marco de las instituciones existentes, como lo demuestra la aplicación burocrática del Welfare State desde el segundo posguerra, o la aceptación del modelo de fábrica fordista, en un plano más socio-económico. La crítica a los llamados partidos de integración de masas como instrumentos de regulación capitalista (10) fue patrimonio de la izquierda extraparlamentaria de los ’70, en particular de las corrientes consejistas y trotkistas. El hecho novedoso hoy día es que esta tendencia institucional es absolutamente dominante en la izquierda política partidaria, al punto que pudiera parecer que no muy tarde -y este es evidentemente el objetivo de la derecha- toda la izquierda partidaria será institucional. Además, a diferencia de los años setenta, en los mismos partidos socialdemócratas no existe el mínimo cuestionamiento o perplejidad sobre este punto. La gran novedad está en la magnitud y la intensidad del fenómeno, al punto que muchos -los políticos y politólogos del pensamiento único, convencidos o resignados- pretenden que sea el único camino, o por lo menos la sola izquierda posible.

El referente ideológico de esta izquierda institucional son los principios de la «Tercera vía» avanzada por Tony Blair y teorizada por el sociólogo Anthony Giddens (11). Aunque no todos los partidos socialdemócratas adopten in toto los planteamientos terceristas, éstos representan la versión más acabada del revisionismo socialdemócrata de fin de siglo.

Izquierda social

Paralelamente y en contraste con esta tendencia se desarrolla otra: la izquierda «social». Esta izquierda nace desde abajo y concentra sus fuerzas en las prácticas sociales: en los movimientos sociales coyunturales, en las redes de solidaridad y de defensa de los derechos humanos y sociales, en ese espacio de potencial economía alternativa llamado «Tercer Sector», en los Centros Sociales como en otras experiencias de autogestión y autorganización, en la cooperación, en múltiples iniciativas ciudadanas y en las universidades. Se encuentra también en nuevas experiencias sindicales o resiste y se reorganiza en los sindicatos existentes, aún cuando éstos estén sometidos a la ofensiva patronal y estén en retirada como espacios de aglutinación social (12). Las metáforas más utilizadas para describir este conjunto heterogéneo son las de archipiélago, constelación y red, lo que lleva una idea de dispersión pero al mismo tiempo de relacionamiento.

En este universo coexisten las concepciones y las formas de organización más diversas. Una primera distinción obliga a separar las iniciativas de mera solidaridad o caridad de las que, aunque se expresen de la misma forma, son propias de la «izquierda social». Los criterios que definen la «izquierda social» tienen que ver con la cosmovisión de los militantes, con los objetivos y las modalidades de su hacer política en la sociedad.

La izquierda social insiste en la independencia del Estado y de los partidos, en una construcción de poder desde abajo. Es la izquierda que asumió la derrota de un proyecto político general y se retira en lo social para reconstruirse o simplemente para hacer algo útil. De hecho se pueden distinguir tres corrientes de pensamiento al interior de la múltiples iniciativas de resistencia y solidaridad que constituyen la galaxia de la izquierda social. Dos de ellas son extremas y mayoritarias: la que se guía por una pulsión ética sin tener algún proyecto político -porque lo abandonó o nunca lo tuvo- y el ultraradicalismo sectario y trasnochado, que busca reproducir artificialmente el momento revolucionario. La tercera, minoritaria, mantiene un horizonte político y una visión de acumulación de fuerza en el mediano-largo periodo. Es una izquierda de «movimiento» que busca conquistar «posiciones», para usar categorías gramscianas: aprovecha los conflictos y fomenta el espíritu de lucha y al mismo tiempo acumula experiencias y va ocupando lentamente el espacio social. Una parte todavía más pequeña busca revertir la derrota ideológica, alimentar un pensamiento crítico y alternativo, recuperar el marxismo y sigue pensando en el socialismo como alternativa a la barbarie, aunque no desdeñe los movimientos locales o las reformas limitadas, sin caer en ilusiones sobre su alcance real en relación al sistema en general. Alrededor de estas posiciones se desarrolla el debate interno a la izquierda social, cuya preocupación fundamental es cuidar su independencia de las instituciones -incluidos los partidos de izquierda-, alimentar una serie de luchas revindicativas y obtener logros concretos.

Así que la izquierda social es mucho más dispersa que la institucional. Quizá porque sea la expresión más reciente o porque sea la más novedosa (en sus manifestaciones aunque no en su proyecto, que incluye la caridad cristiana como la revolución permanente). Probablemente la razón es porque es su característica. En eso residiría su aspecto más novedoso y tendríamos que aceptar, en esta etapa, la dispersión, la falta de coordinación y de proyección política de los movimientos sociales y las otras formas de resistencia popular. En Europa, como en América Latina, es una realidad que respiramos cotidianamente. Es una de las consecuencias de la derrota y más que lamentarse, o buscar modelos donde no hay, habría que entender las raíces históricas y sociales de esta fragmentación y tratar de recomponerla. A pesar de estas consideraciones en toda la izquierda mundial existe un debate sobre las características de las luchas sociales en la actualidad. Se enfrentan los que ven el principio de un nuevo ascenso de masas, los que no ven todavía terminada la fase defensiva y los que plantean un nuevo modelo de lucha social alrededor de pequeños núcleos permanentes que, en determinadas coyunturas y por cortos periodos, pueden encabezar movimientos masivos. La crisis de los partidos de masas, el flujo de la militancia y el activismo hacia otras formas de lucha pone un problema a la dicotomía politización-despolitización que ocupa el debate político y sociológico. Al interior de una tendencia general a la despolitización ciudadana, existen nuevas formas de politización y de participación activa -un nuevo perfil del militante- que hay que explorar y estudiar (13) En este sentido, hay que considerar que el abstencionismo creciente en Europa expresa un rechazo hacia los partidos y al modelo democrático vigente que no siempre tiene como corolario un retiro de la vida pública sino que a veces manifiesta una crítica consciente y activa. Gran parte de la izquierda social acaba votando por los partidos de izquierda pero otra parte importante -la más ideologizada- elige la abstención como manifestación crítica. Un viejo debate de los setenta que hoy asume nuevos tonos y nuevos argumentos.

Otro aspecto característico de la izquierda social es que generalmente se ubica en un nivel reivindicativo, despreciando el poder político. Avanza ideas de resistencia y por ello insiste en la dimensión de la organización social, en una lógica defensiva, no raras veces gremial. Aquí pesa el vacío ideológico, la ausencia de un proyecto de sociedad. De hecho, los dos pilares del programa máximo de la izquierda social, una economía solidaria y la autogestión, aunque dibujan seguramente una visión alternativa, en la práctica corren el riesgo de restringirse a una subcultura para pocos y de reducirse a crear «islas» funcionales para contener la inconformidad o justificar y compensar la retirada del poder público en determinadas áreas. También a ese nivel se distinguen posturas encontradas, entre los que aceptan la dimensión revindicativa como el único horizonte posible y los que piensan que es un punto de arranque, necesario a la reorganización social, al cual naturalmente sigue, por la lógica intrínseca de las reivindicaciones, la politización de estas luchas y el cuestionamiento de todo el sistema económico y social.

La izquierda social es un espacio en construcción, con características gelatinosas que hacen difícil su cabal definición. A pesar de estos límites, hay que reconocer no sólo su existencia sino su creciente protagonismo en las luchas sociales contemporáneas. Hay que observar que lo que más define a la izquierda hoy no es ni un estílo de gobierno ni un programa alternativo -que a lo mejor nos permitiría hoy hablar de cosas más tangibles- sino que izquierda es hoy sobretodo una sensibilidad, un amor a la justicia y la libertad. Recurso extremo para tiempos difíciles y de retirada pero garantía de supervivencia. Recurso que va a revitalizar a la izquierda, que la izquierda existente lo quiera o no.

¿Anomalías?

Una y otra visión de la izquierda son productos de la misma historia, respuestas distintas a la derrota del pasado y los retos del presente. Reproducen un debate clásico y lo extremizan. Más allá de episódicas convergencias y acciones conjuntas, producen una absurda división del trabajo, fomentando la separación y los espacios reservados. Así, dejan un vacío y reproducen la creciente fractura entre la política y la sociedad, que es uno de los grandes rasgos de este final de siglo, el siglo de la política de masas. En esta polarización se disuelven las mediaciones, los puentes entre lo social y lo político; se pierde la característica fundamental de la izquierda del siglo XX, que acompañaba la lucha por el poder político a la lucha por la construcción del poder desde abajo.

Existen algunas excepciones, que desgraciadamente acaban por confirmar las tendencias generales. No toda la izquierda partidaria se puede definir como » institucional» y algunos partidos tratan de llenar el vacío. Por ejemplo, para mencionar solamente los casos más importantes: el PRC italiano, que trata de combinar la lucha social con la lucha política y la presencia institucional, en el parlamento como en los gobiernos locales; o el caso de Izquierda Unida en España, que se ubica en la misma línea; o la alianza entre la Liga Comunista Revolucionaria y Lucha Obrera en Francia; o el Partido del Socialismo Democrático (PDS) alemán, para mencionar los casos más significativos.

Pero la realidad muestra que todos estos partidos, todos estos intentos de evitar la polarización, viven grandes dificultades: IU con su estruendosa caída electoral; el PRC con su aislamiento político; LO-LCR sin la certeza de poder ir más allá del capital obtenido durante un gobierno de izquierda; la PDS con el eterno duelo entre sus dos almas. Todos reciben apoyos importantes, pero oscilantes y precarios, que pueden aumentar a raíz del malestar social que se percibe en Europa, como pueden disminuir por el cansancio y la desilusión que acompañan el malestar. Por el momento no muestran tener una capacidad expansiva tal que les permita impulsar una alternativa real.

Así que lo que debería desmontar la tesis de la polarización, lamentablemente la confirma: entre izquierda institucional e izquierda social se ahonda la distancia.

Contratendencias

Existen, sin duda, algunas contratendencias significativas. Del lado «institucional» aflora una resistencia a la institucionalización de la izquierda, desde las bases como entre las corrientes más radicales al interior de varios partidos. Por ejemplo, el caso de la minoría de los Democráticos de Izquierda en Italia que, a pesar de no tener un grupo dirigente fuerte, supo canalizar el malestar de los militantes y presentó una moción crítica opuesta a la del secretario general Walter Veltroni en el reciente congreso de Turín (14). Lo mismo podría decirse de la actitud de los sindicatos en Alemania y del sentido de la salida de Lafontaine del gobierno de Schroeder. En relación a la candidatura independiente de Ken Livingstone -después del escándalo de la elección interna- es significativo que sea apoyada por Tony Benn, líder histórico de la izquierda del Labour, sin olvidar que hace no mucho Arthur Scargill, dirigente de los mineros, encabezó una escisión que resultó en la formación del Socialist Labour Party (15). Y los ejemplos de estas tensiones internas podrían multiplicarse, demostrando que la tendencia institucional va a encontrar obstáculos y suscitar conflictos al interior de muchos partidos.

Siempre a contratendencia de la institucionalización podríamos señalar el caso francés. Aquí, aún cuando se puede discutir el alcance reformador del gobierno de Jospin, la izquierda plurielle -Verdes-Mouvement des Citoyens-PCF-PS-Radicales- mantiene una vivacidad y un debate interno muy peculiar. Algunos ven en esta experiencia la primera señal de un reflujo hacia posiciones más a la izquierda, considerando en particular la trayectoria del Partido Socialista desde 1981 hasta la fecha, con el declino del mitterandismo. Los deslindes y las críticas de Jospin a las tesis de Blair y Giddens han sido claros, aunque no perfilan nada más que una reivindicación de principios.

Desde el lado de la izquierda social, la contratendencia más evidente y relevante es la politicización de muchas luchas sociales. Sin insistir en ejemplos, hay que subrayar como en la izquierda social se empezó a articular, desde el invierno francés a la lucha contra el AMI, desde Seattle pasando por la red en favor de la Tobin Tax (ATTAC), un incipiente movimiento internacional antineoliberal y crítico de la globalización capitalista en curso

A manera de conclusión

La polarización y las características señaladas para el caso europeo pueden extenderse a la izquierda latinoamericana con algunas salvedades. En primer lugar, la experiencia de gobierno de la izquierda europea contribuyó a acentuar sus rasgos «institucionales», aunque estos se puedan formar y se conservan incluso en la oposición. Mientras en Europa la corrientes más radicales y movimientistas se encuentran fuera de los principales partidos, en muchas izquierdas latinoamericanas siguen en su interior. Un ejemplo muy significativo es el Partido de los Trabajadores brasileño, donde la izquierda interna logró más del 40% de los delegados en el reciente Congreso de Belo Horizonte, pero también en el FMLN y el Frente Amplio, para citar otros partidos en ascenso electoral. Aquí se mantienen algunos vínculos fundamentales y no simplemente instrumentales entre partidos y organizaciones sociales y entre lucha institucional y lucha social.

A pesar de esto, las tendencias parecen ser las mismas. Podemos suponer que es solamente cuestión de tiempo, pero lo único cierto hoy día es que los márgenes de maniobra para mantener unos partidos de izquierda con arraigo y vocación social son mayores. Podría ser esta una razón para pensar que la alternativa, como expresión política y como construcción social de largo aliento, pueda madurar antes en el sur del mundo, allá donde cualquier proceso de institucionalización flota entre las olas amenazadoras de océanos de exclusión.

Lo cierto es que, por el momento, la izquierda europea es arrastrada por opuestas derivas, entre la acomodación del tercerismo, la resignación desmovilizadora y la consolación ilusoria, que magnifica el significado de las contratendencias (16). La construcción de una alternativa de liberación pasa por la rearticulación entre izquierda política y social, que frene la institucionalización, la dispersión y formule un horizonte común, una utopía posible que permita caminar.

NOTAS

1 Algunos textos recientes tratan de reconstruir estas trayectorias, cfr., por ejemplo, Donald Sassoon, Cento anni di socialismo. La sinistra nell’Europa occidentale del XX secolo, Editori Riuniti, Roma, 1997; Aldo Agosti, Bandiere Rosse. Un profilo storico dei comunismi europei, Editori Riuniti, Roma, 1999.

2 Cfr., por ejemplo, Marco Revelli, La sinistra sociale, Bollati Boringhieri, Roma, 1997.

3 Esta tendencia «institucional» es señalada por Eugenio Del Rìo, el cual por su parte parece apostar a «otra izquierda» cuyo perfíl corresponde grosso modo a mi definición de izquierda social, pero Del Rìo no profundiza su análisis a nivel de categorías y no evidencia la polarización entre estas dos izquierdas. Del Río, Eugenio, La izquierda. Trayectoria en Europa occidental, Talasa, Madrid, 1999.

4 Cfr. José Eduardo Utzig, «La izquierda en los gobiernos locales: el caso de Porto Alegre» en Beatriz Stolowicz, Gobiernos de izquierda en América latina. El desafío del cambio, Plaza y Valdés, México, 1999, pp. 41-64.

5 Sobre el impacto de la intervención en Kosovo cfr. el libro de Daniel Bensaïd, Contes et légendes de la guerre éthique, Textuel, Paris, 1999.

6 Y cuantos Kohl debe de haber en varios partidos de izquierda, acuérdense de Craxi…

7 Según la expresión usada en los EE. UU.

8 Alexandre Bilous, «PCF: un partito in movimento» en La rivista del manifesto, n. 4, Roma, marzo de 2000 , pp. 38-43.

9 François Vercammen, «Ahora, el verde-liberalismo» en Viento Sur, Madrid, octubre 1999.

10 Joachim Hirsch , Globalización, capital y Estado, UAM, México, 1996; y «Adiós a la política» en Viento del Sur, núm. 16, México, julio 2000.

11 Anthony Giddens, La tercera vía. La renovación de la social democracia, Taurus, México, 1999; y el anterior Más allá de la izquierda y la derecha, Cátedra, Madrid, 1998. La versión política de la tercera vía aparece en el documento conjunto Blair-Schroeder, «Europa: la tercera vía/el nuevo centro» en Memoria, n. 126, México, agosto 1999, pp. 5-13.

12 Existen muy pocas investigaciones sobre la «izquierda social» que retraten sus múltiples facetas, mientras abundan estudios de casos espécificos. Una excepción es el libro de Jean Christophe Brochier y Hervé Delouche, Les nouveaux sans-culottes, Grasset, París, 2000, que ofrece un panorama de la izquierda social francesa, una de las más organizadas y activas del viejo continente.

13 Rossana Rossanda, «Il militante del novecento» en La rivista del manifesto, n. 4, marzo 2000, pp. 6-8.

14 «Per un partito di Sinistra, per una coalizione riformatrice, per rinnovare i valori del socialismo europeo», mimeo. Sobre este importante congreso, cfr. Lucio Magri, «Una resistibile discesa», en La rivista del manifesto, n. 1, Roma, diciembre de 1999, pp. 4-9; Guido Moltedo, «DS: Immagini dal basso», ibid. pp. 55-60; Riccardo Terzi, «La sinistra e il congresso dei DS» en Critica Marxista, n. 6, Roma, noviembre-diciembre 1999, pp. 7-11. La izquierda de los DS anima también una asociación plural que se propone reagrupar a distintas corrientes dentro y fuera del binomio DS-PRC: la Asociación para la Renovación de la Izquierda (ARS), «Ridare senso alla sinistra», idid., pp. 43-58.

15 Se escribió mucho sobre Blair y el Labour, entre los artículo más recientes: Keith Dixon, «Dans les soutes du « blairisme »» en Le Monde Diplomatique, Paris, enero 2000; Verónica Faganand, «Ken Livingstone ¿el rojo?» en Viento Sur, Madrid, mayo 2000; Tariq Alí, «Blair: el Clinton inglés», idib.; del mismo autor, «Quant’é nuovo Tony Blair» en La rivista del manifesto, n. 2, Roma, enero 2000, pp. 22-26; Ken Coates, «Le spine di Blair» en La rivista del manifesto, n. 5, Roma, abril 2000, pp. 23-28.

16 Actitudes señaladas por Perry Anderson en el editorial que abre la nueva época de la New Left Review, Perry Anderson, «Renewals» en New Left Review, Londres, n. 1, enero-febrero 2000, pp. 5-24. En la consolación, lo sobrestimación de la reacción izquierdista al neoliberalismo cae, desde una visión latinoamericana, un importante intelectual crítico norte-americano James Petras , La izquierda contrataca. Lucha de clases en América Latina en el neoliberalismo, Akal, Madrid, 2000.
 

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