La Anarquía antes del Anarquismo I: El problema de las raíces

Por: Ulises Verbenas.
Fuente: Periódico Acracia Nº28, Marzo 2014

Se suele asimilar las ideas anarquistas con la figura de los árboles: se dice que el árbol de la anarquía ha sido fecundo, que se desenvuelve en ramas diversas, que entrega frutos, que los anarquistas son sembradores. Incluso, es posible vislumbrar un tronco, conformado por las bases y los denominados clásicos, lugar donde algunos discuten cuál es el verdadero anarquismo, definiendo su ontología social y declarándose herederos de una tradición, según su parecer, fácil de determinar.

Sin embargo, pocos se preguntan por las raíces de este árbol, que son igual de diversas que las ramas y, sobre todo, son difíciles de medir, pues permanecen ocultas bajo la tierra. Más aún, sería menester, también, preguntarse cómo la semilla de ese árbol logró germinar, qué agentes trabajaron la tierra durante los siglos anteriores y cuáles fueron los otros seres vivientes que interactuaron en este ecosistema libertario, ¿cabría consultarnos si sólo ha brotado un árbol?, ¿será posible que en la extensa historia del Planeta Tierra, e incluso del Cosmos, hayan brotado otros árboles ácratas? Bakunin nació hace 200 años, período que no es siquiera un parpadeo del Universo.

Lo cierto es que esta inquietud no es nueva. Max Nettlau, el Heródoto de la Anarquía según Rudolf Rocker, escribió al comienzo de su voluminoso libro “La Anarquía a través de los tiempos” que “una historia de la idea anarquista es inseparable de la historia de todos los desarrollos progresivos y de las aspiraciones hacia la libertad” Sus palabras, sin duda, evocan a los dichos del comediante latino Terencio, quien en su obra “El atormentador de sí mismo” pone en boca del personaje Cremes la expresión “Homo sum, nihil homini a me alienum puto”, es decir, “Humano soy, nada humano me es ajeno”. La Anarquía, idea de lo
humano y su entorno, es un pensamiento que no puede separarse del desarrollo de las sociedades y sus culturas a lo largo del Tiempo, incluso antes del nacimiento de la Historia. Elisée Reclus, en efecto, señaló en su texto “El ideal anarquista” que “la anarquía no es una teoría nueva”, dado que “siempre ha habido hombres libres, despreciadores de la ley, gentes que han vivido sin amos, según el derecho primordial de su existencia y de su pensamiento”.

No se trata, en ningún caso, de suponer que existe un paleoanarquismo o un protoanarquismo que fundamente históricamente las ideas libertarias, ni mucho menos que conformen una supuesta construcción histórica que decantó en lo que conocemos como anarquismo desde el siglo XIX. Se trata, más bien, de comprender dilemas como los que Piotr Kropotkin señala en su libro “Ética: Origen y evolución de la moral”, donde expresa, por ejemplo, que el libro “Investigación sobre la justicia política e influencia sobre la virtud y la felicidad en general” de William Godwin, que fue escrito en Inglaterra el año 1793, “contiene la exposición completa y sincera de lo que más tarde ha sido propagado con el nombre de anarquismo”. Incluso, si consideramos la categoría de “anarquistas sin saberlo” que Kropotkin esboza en su “Moral anarquista” para referirse al dramaturgo noruego Henrik Ibsen y al filósofo francés Jean-Marie Guyau, el dilema es más claro aún: ¿Existe tal cosa como un origen de los anarquistas?, ¿tiene fecha el nacimiento de las ideas anarquistas?, ¿una ubicación geográfica exacta? Y si todo nacimiento supone que habrá una muerte, ¿cuándo morirá el anarquismo, si es que ya no murió hace décadas? No, no son esos los términos para pensar en el ideario ácrata. La discusión entre el geógrafo ruso Piotr Kropotkin y el historiador canadiense George Woodcock nos aclara, en cierta medida, esta problemática: según Kropotkin, el fundamento de las ideas anarquistas reposa en la dinámica que le ha sido propia a todos los tiempos y que se compone por la lucha entre dos principios, uno de libertad y otro de coerción, siendo el primero de estos al que le debemos la evolución, conforme sostiene en su libro “El apoyo mutuo: un factor de la evolución”. No obstante, Woodcock piensa que el anarquismo es una “tendencia desarrollada, articulada y claramente identificable, [que] aparece solamente en la era moderna de las revoluciones sociales y políticas”, lo que significa que “es una doctrina político-social con un específico objetivo encaminado a cambiar la sociedad, pasando de una forma de administración autoritaria a una administración libertaria” (véase su libro “Albores del anarquismo”).

¿Tenemos que optar por una de estas visiones para saber dónde se hunden las raíces del anarquismo? No necesariamente; según nuestro parecer, ambas tienen razón e, incluso, se complementan entre sí. Y es que, justamente, no podemos obviar que “poseemos textos de más de dos mil años en los que no sólo se describen sociedades humanas sin gobierno, ejército ni leyes restrictivas, sino que también aseguran que este tipo de relaciones sociales es el ideal del género humano”, como nos cuenta el profesor Bert F. Hoselitz en “The political philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism”. Precisamente, en la obra “Metamorfosis” del poeta romano Ovidio, se narra el proceso de las edades, etapas que constituyeron la prehistoria del hombre y que estuvieron sujetas a un constante devenir. Allí, entre los versos 89 a 115 se cuenta cómo era la primera edad del hombre, o sea, la edad de oro: sin ley, ni castigos ni jueces, donde “no existía la espada”, tampoco el miedo y, menos aún, las amenazas, y la gente podía disfrutar sus “blandos ocios sin uso de soldado”. Se relata, en efecto, la utopía anarquista, narrando, incluso, los beneficios de una fructífera tierra que sin necesidad de arado daba frutos en una primavera eterna, casi como si se tratase de la propuesta que Piotr Kropotkin plantea en “Campos, fábricas y talleres”, según la cual –en contraposición a las ideas de Malthus– se podría desarrollar una producción infinita de alimentos para todas y todos.

La diferencia, sin embargo, es clara: para los anarquistas, la edad dorada puede estar en el porvenir, y no necesariamente como un pasado lejano. Es lo que ya anunció, con gran claridad, Gustav Landauer: el socialismo no es un invento, sino más bien un descubrimiento, una forma de relación que subyace a la vida humana y que sólo basta con querer desarrollarla para vivir en anarquía. Las raíces, en tal caso, no tienen relación con la Historia, ni mucho menos con condiciones geográficas o económicas. Al contrario, las raíces se hunden en nosotros mismos y, sencillamente, en toda práctica de libertad que se articula ante cada escenario, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Anarquistas ha habido, y existen mucho antes de lo que luego se elaboró bajo el título de “anarquismo”. Incluso hoy en día, muchos anarquistas viven fuera del anarquismo, de su tradición y discusiones. Nuestra tarea, por el momento, será observar desde esta amplitud aquellos viejos ácratas que vivieron en la Grecia Antigua, en las guildas medievales o en Oriente. No para pensar un nacimiento. No creemos que al final esté la muerte. Nos interesa, más bien, pensar en formas, métodos, formas de relación que aún tienen mucho para enseñarnos hoy en día.

La Anarquía antes del Anarquismo II: Prometeo, el titán rebelde

El viejo ácrata Enrique Arenas reflexionó: “Se puede ser rebelde y no anarquista; pero no se puede ser anarquista sin ser rebelde; de aquí que, afirmemos que la rebeldía no es anarquismo”. Un silogismo muy cierto que se refiere a una característica esencial de la Idea anarquista y que, al momento de pensar en aquellas figuras que antecedieron a la forma moderna del anarquismo, nos permite comprender las formas y principios que impulsaron a quienes hoy podríamos considerar como anarquistas antes del anarquismo.

Es, justamente, Max Nettlau quien reflexiona acerca de la relación que existe entre la rebelión y la Anarquía en los tiempos prehistóricos, señalando que podemos encontrar en la mitología la memoria de las rebeliones: “Son los Titanes que dan el asalto al Olimpo, Prometeo desafiando a Zeus, las fuerzas sombrías que en la mitología nórdica provocan el crepúsculo de los dioses, es el diablo que en la mitología cristiana no cede nunca y lucha a toda hora y en cada individuo contra el buen Dios, ese Lucifer rebelde que Bakunin respetaba tanto, y muchos otros”.

En este sentido, viene al caso preguntarse: ¿Cuál era el contenido de las rebeliones a las que hace alusión Nettlau? Se trata de rebeliones originarias, mitológicas, que podríamos situar en las antípodas del origen del hombre y que, por lo tanto, ponen en duda su propia condición y se enfrentan a la creación como tal. Ya lo señaló Albert Camus en El Hombre Rebelde: “(…) no puedo dudar de mi grito y tengo que creer, al menos, en mi protesta”. Las rutas que posteriormente tome la rebelión, en cuanto movimiento mismo de la vida, pondrán en tensión la posibilidad de la destrucción de los otros, o bien su capacidad de levantar un ser, como gesto de amor y fecundidad. No obstante, como el hombre es aquel ser que se niega a sí mismo, es capaz de olvidar sus generosos orígenes, y hacer de la rebelión una máquina mortífera en nombre del poder y la historia.

Reflexionar sobre la Anarquía antes del anarquismo supone, entonces, pensar en el origen generoso de la rebelión. De ahí que nos interese el razonamiento de Max Nettlau y, particularmente, la historia del titán Prometeo, memoria de una obstinada rebeldía, o relato de un desobediente amor por los hombres.

Prometeo era primo de Zeus: el primero era hijo del titán Japeto, mientras que el segundo lo fue de Crono. Como todo mito, la historia de Prometeo tiene diversas versiones. Según se señala en la Teogonía de Hesíodo, escrita por el siglo VII y VIII a.C., Prometeo nació de Japeto y Clímene, una bella Oceánide. Mientras que algunas versiones relatan que Prometeo creó a los hombres moldeándolos con arcilla, en la versión de Hesíodo es, simplemente, el bienhechor de la humanidad, el titán filántropo. Ciertamente, esto último es su rasgo principal y es el que podemos encontrar en sus diversas historias y versiones, además de su carácter
mañoso y astuto.

La historia a la que nos referiremos a continuación es, sin duda, la más conocida de todas, y que ha tenido referencia en variados autores griegos y latinos, como Esquilo, Aristófanes, Luciano de Samosata, Virgilio y Ovidio, y otros más modernos, como Percy Shelley y Nikos Kazantzakis. Todo comienza en Mecona, durante una celebración que termina con la separación entre dioses y hombres. Allí, Prometeo ofreció un buey dividido en dos partes: en un lado coloca la carne cubierta por el vientre del buey, y en el otro los huesos disimulados bajo brillante grasa blanca. Ofrece a Zeus su parte, para que el resto quede para los hombres. Zeus escoge la brillante grasa, sin percatarse que en el fondo eran solo huesos. Encolerizado, castiga a los hombres, benefactores de la astucia prometeica, quitándoles el fuego. Es entonces cuando, según la descripción de Esquilo en su tragedia Prometeo Encadenado, los hombres, sin fuego, se asemejan a fantasmas de un sueño, amasando la vida al azar. Prometeo, en su amor por la humanidad, roba el fuego de la “rueda del Sol” de los dioses y corre a entregárselo a los hombres, para que hicieran uso del fuego en beneficio de ellos.La connotación de este hecho es doble: por un lado, el acto de rebeldía de Prometeo, y, por otro lado, la significancia del fuego. Respecto al primero, hay que señalar que Prometeo es duramente castigado por Zeus, quien lo ata a una roca en lo alto del Cáucaso, abandonado de todo, y le envía un ave de amplias alas, que devora su inmortal hígado durante el día, creciendo por las noches las mismas proporciones devoradas. Pese a todo, y aun cuando se ofrece su liberación si dice cómo será la caída de Zeus (Prometeo tenía la facultad de ver el futuro), Prometeo se mantiene obstinado: “no cambiaría mi sufrimiento por tu servilismo”, dice en la tragedia de Esquilo, o “sabes bien que aborrezco a los dioses todos”, según Aristófanes en su comedia Los Pájaros. De aquí podemos vislumbrar la segunda connotación del mito: el valor de su acto, y las razones por las cuales Prometeo cree en él, es que el fuego no solo es un elemento transformador, el motor de la sofisticación de la técnica, sino también es el arte. De hecho, la palabra griega “téchne” se traduce como “arte”, “ciencia” o “profesión”, es decir, arte y técnica habitan juntas y, más aún, ellas suponen la esencia del hombre: para dejar de vivir como fantasmas de un sueño, necesitamos del arte.De esta forma, la rebeldía de Prometeo le dio al hombre una facultad única: la creación artística. Si los dioses no sufren, ellos no pueden conocer la creación artística. La rebeldía ante los dioses, por lo tanto, es mayor aún: se ha encontrado aquello de lo que los dioses carecen. Una tardía versión de Prometeo, de Luciano de Samosata, versa: “Me parecía que algo le faltaba a la divinidad en tanto no había nada que oponerle”.

Una mitología, entonces, que podemos leer a la luz fogosa de las ideas anarquistas. Camus lo anotó en su ensayo Prometeo en los infiernos: “Los mitos no tienen vida por sí mismos. Aguardan a que nosotros los encarnemos”. Este mito contiene savia intacta, él puede ser una posible resurrección. Porque es cierto, dice Camus, que si Prometeo volviera a robar el fuego serían los mismos hombres quienes lo encadenarían al Cáucaso, pues ellos no desean más el arte. Solo necesitan la técnica.

A nosotres nos quedaría preguntarnos: Si encarnamos el mito, ¿a quiénes debemos robar el fuego?, ¿desde dónde debemos extraerlo?, ¿puede la técnica suponer un arte, y viceversa?, ¿reorganizar los oficios de este modo, como diría Proudhon? Recordemos, aun en esta avanzada civilización: Aún queda todo por hacer, que será necesario volver a pensar en el fuego.

La Anarquía antes del anarquismo:III – La hélade Libertaria

El anarquismo es una óptica: su ideario, más que un conjunto de teorías y prácticas de libertad que varían con el paso del tiempo, es una forma de ver y proyectar al hombre y la sociedad en relación a su pasado, presente y porvenir. Las más grandes obras teóricas elaboradas por anarquistas constituyen extensos tratados que interpretan la vida humana desde una perspectiva sociológica, geográfica, biológica o histórica, siempre enfocándose a la relación con el medio y a las formas políticas de cada sociedad. Los seis tomos de la magna obra “El Hombre y la Tierra”, de Elíseo Reclus; la tríada kropotkiniana constituida por “El apoyo mutuo; un factor de la evolución”, “La moral anarquista” y “La conquista del pan”, y concluida por “Ética: origen y evolución de la moral”; y, por supuesto, “Nacionalismo y Cultura”, de Rudolf Rocker, obra que, por cierto, fue alabada por Thoman Mann, Albert Einstein y Octavio Paz.

Este amplio corpus teórico en ningún caso constituye una interpretación unívoca del hombre y el mundo. Más bien, el factor común que podemos encontrar en ellos es su enfoque para interpelar las grandes y pequeñas preguntas de la humanidad: una postura crítica frente a la “ciencia” que colabora con el Poder y situándose desde lo humano mismo, para pensar desde allí sus proyecciones culturales y políticas dentro de las sociedades que cubren el globo. No se trata de otorgar validez histórica al anarquismo, sino más bien de descubrir y pensar la sustancia que lo hace posible. En este sentido, las afirmaciones que realiza Rudolf Rocker en el quinto capítulo del segundo libro de “Nacionalismo y Cultura” sobre la vida política y cultural de la Grecia Antigua son de vital importancia para comprender la composición de las raíces anárquicas, pues no podemos omitir la influencia que ejercieron los griegos sobre Occidente, tanto en la Antigüedad como en el Renacimiento. En dicho capítulo, Rocker señala que “(…) la grandeza espiritual de la cultura griega es indiscutible. Una cultura que pudo influir tanto tiempo, en los dominios más diversos, sobre la totalidad de los pueblos europeos, y cuya fuerza insuperable no se ha agotado todavía, aunque sus representantes han desaparecido de la historia hace ya dos mil años, puede, incluso, ser
fácilmente sobreestimada, pero difícilmente negada”. La lectura de Rocker señala que no podemos negar el denominado “genio helénico”, ya que “apenas se encuentra otro período en la historia que pueda señalar una vida espiritual tan elevada y tan multiforme”.

Si bien la sociedad griega contenía grandes defectos, como fue el caso de la esclavitud o del rol femenino, sería un error considerar que estas características eran aceptadas por toda la cultura griega. Bastaría acercarse a los textos de Aristóteles para encontrar la diferencia entre aquellos que creían que la esclavitud era propia de la naturaleza y los que pensaban que la naturaleza había hecho libres a todos los hombres. Los ejemplos son varios: uno de ellos, quizás el más interesante, es leer, por lo menos, el libro II de la “Política” de Aristóteles, donde el discípulo de Platón argumenta que “Mandar y obedecer no sólo son cosas necesarias, sino también convenientes, y ya desde el nacimiento algunos están destinados a obedecer y otros a mandar” ¿Era esto una verdad para todos los griegos? Por ningún motivo. Gracias al mismo Aristóteles tenemos noticias de un olvidado filósofo llamado Alcídamas de Elea, retórico discípulo de Gorgias que habría definido la filosofía como una “una catapulta contra las leyes”. Alcidamas, a diferencia de Aristóteles, señaló que “Dios hizo libres a todos los hombres; a ninguno la naturaleza lo hizo esclavo”, demostrando con esto que las tradiciones sociales, aún sostenidas desde el “derecho natural”, pueden ser enjuiciadas, criticadas y abolidas. Así hubo varios casos, sobre todo en la línea más crítica al platonismo y al aristotelismo, como lo fue en las escuelas cínicas, estoicas y, en parte, sofistas, entre el siglo V y III antes de nuestra era. Una anécdota muy interesante es la que narra el escritor grecolatino Dión de Prusa (o Dión Crisóstomo, siglo II D.C.), donde el filósofo cínico Diógenes voltea los argumentos a favor de la esclavitud basándose, entre otras cosas, en que el bien supremo es aquel que poseen los pájaros, a saber, “carecer de propiedad privada”.

Desde esta óptica, el conocimiento de la cultura griega no puede plantearse desde la común historia que nos han inculcado, donde algunos pensadores y gobernantes parecieran ser los únicos protagonistas de una antigua y diversa cultura que se desarrolló en el Mediterráneo. Al contrario. Existió una amplitud inmensa en la península de los Balcanes y sus regiones aledañas, que reflejan aquella “fecundidad intelectual y espiritual” que tanto llamó la atención de Rudolf Rocker. Por ende, las condiciones que posibilitaron una vida elevada y multiforme es lo que debería ocuparnos al momento de estudiar a la Grecia Antigua, en cuanto la proyección del ideal ácrata consiste, claro está, en la reunión de formas
múltiples. Pedro Kropotkin, ocupado del mismo asunto, observa en su libro “Ética: origen y evolución de la moral” que “toda la vida de la Grecia de entonces, formada por pequeñas repúblicas independientes, fue dominada por la sed de conocer la naturaleza y de estudiar el mundo merced a los viajes y a la colonización. Todo esto sirvió para fortalecer la negación del poder del uso y de la fe y para la emancipación del espíritu”. Es decir, la descentralización del Poder, mediante pequeñas repúblicas independientes, es un importante factor que ayudó
al fecundo progreso griego.
La multiformidad de la cultura helénica, entonces, se puede comprender desde una perspectiva espacial (presente en la geografía anarquista), donde es posible que surjan, por ejemplo, los poetas “desarraigados”, habitantes de islas, como Safo, que cantaba a las pasiones amorosas, o Alceo, cuya poesía era un grito violento contra la tiranía y, al mismo tiempo, una celebración al vino. Poetas, artesanos de la palabra, que sin duda nos hablan de la libertad y de la emancipación del espíritu.

Sin embargo, la cultura griega decayó ¿Por qué motivos? Por haber destruido aquella estructura político, social y cultural que persistía gracias a la descentralización del poder. Alejandro Magno, en ningún caso, fue el gran propagador de la cultura helénica. Al contrario, según el análisis de Rocker, “bajo su dominación y la de sus sucesores, se cegaron las fuentes de la vieja cultura griega”, porque, si bien se vivió un tiempo de la antigua vida griega, no se volvieron a desarrollar nuevos valores, ya que “la unidad político-nacional mató la fuerza creadora de la cultura helénica”. La Antigua Grecia, en nacimiento, su apogeo y su muerte, nos legó un conjunto de enseñanzas sobre el espíritu creador, la libertad del pensamiento y, sobre todo, de las formas en que la política, hecha técnica de la dominación, atenta contra las capacidades que aguardan dentro de todas y todos nosotros.

La anarquía antes del anarquismo IV: Naturaleza y convenciones en la Grecia Antigua.

La antigua canción “A las mujeres”, que sonaba en voz de las y los anarquistas en la España de 1936, entonaba el siguiente verso: “Todos nacemos iguales, la naturaleza no hace distinción”. Esta afirmación, que sigue siendo motivo de discusión tanto en círculos conservadores como librepensadores, marca un importante punto dentro del pensamiento anarquista, en cuanto allí se debaten varios de sus postulados más relevantes. ¿Somos libres por naturaleza? ¿Las jerarquías, representadas a través del Estado, son producto de una necesidad social y política, o son más bien producto de las convenciones que han creado los hombres y de los accidentes que ha sufrido la humanidad? El debate sigue vivo aún, mas es una discusión muy antigua, que podríamos pensar desde aquella lejana existencia de una “edad de oro”, relato presente en diversas culturas y que versa acerca de un tiempo en que hombres, mujeres, naturaleza y sociedad vivían en plena armonía, en una estructura anárquica que luego fue decayendo, hasta los días de hoy, donde jerarquías, destrucciones mutuas y contaminaciones de la tierra han sido nuestra forma de vida. De ahí las palabras del Conde Saint-Simon: “La edad de oro está en el porvenir”, es decir, el imaginario de una época donde la igualdad y libertad, así como el trato justo con uno mismo, con los otros y con el medio, eran propios de la comunidad humana, nos permite pensar que es posible entablar ese modo de relación social en nuestra utopía libertaria.

La certeza de esto puede provenir de una pregunta que ya expresó Etienne de La Boétie en el siglo XVI: “¿Podría caber en la mente de nadie que, al darnos a todos la misma compañía, la naturaleza haya querido que algunos fueran esclavos?”. El mismo La Boétie responde: “No hay nada en el mundo más contrario a la naturaleza, llena de razón siempre, que la injusticia”. Queda por decir que todos somos naturalmente libres y que, por ende, nos enfrentamos a un gran dilema: la servidumbre ¿Por qué el tirano es tirano? Él posee el poder que nosotros le damos, nos espía con nuestros mismos ojos. La división entre dominadores y dominados solo puede aparecer como un veneno que comenzó a beberse de a poco, hasta acostumbrar el cuerpo y la vida a la servidumbre y la dominación.

Pero, como hemos dicho, la discusión es antigua, tan antigua como la idea de autoridad. En nuestro texto anterior hicimos mención a dos pensadores disímiles en la Antigua Grecia: Aristóteles y Alcídamas de Elea, el primero como defensor de la esclavitud en tanto hecho natural (“unos nacen para obedecer, otros para mandar”, dice en su libro “Política”), y el segundo como expresión de que todos nacemos iguales. Sin embargo, la discusión que atraviesa esta polémica es mayor aún: se trata de dos aspectos que se debaten entre sí en la vida humana: la phýsis y el nómos, es decir, la naturaleza y las convenciones, respectivamente, o, dicho de otra forma, “lo que es por naturaleza, lo primero”, y “lo que es derivado, convencional, artificial”. Los pensadores que se debatieron en este ámbito (y que lo pensaron desde lo político) fueron muchísimos, tanto aquellos que creían que el nómos es lo primordial – el sofista Protágoras en su versión el mito de Prometeo –, como otros que discutían si la naturaleza o phýsis consistía en la fuerza y voluntad de dominio sobre otros – como los sofistas Calicles, Critias y Trasímaco que, según Ángel Cappelletti, eran la representación de Hobbes en el siglo V a.C. – o el fundamento de nuestra igualdad y libertad humana – donde los autores Antifonte, Hipias y Alcídamas, diría Cappelletti, serían cercanos a Pedro Kropotkin, en la antípodas del Leviatán hobbesiano.

Como ya hicimos mención a Alcídamas, veremos qué decían Antifonte e Hipias. Antifonte, sofista del cual se encontraron variados fragmentos a comienzos del siglo XX en papiros, relacionaba la naturaleza con la verdad, mientras que el nómos o las convenciones con la “doxa”, es decir, la opinión. Uno de sus papiros señala que “las exigencias de las leyes son accidentales; las de la naturaleza, en cambio, necesarias”, poniendo de relieve dos aspectos: lo accidental y la necesidad. Las leyes no son necesarias, puesto que, agrega en el mismo papiro, “por nacimiento somos todos naturalmente iguales en todo, tanto griegos como bárbaros. Y es posible observar que las necesidades naturales son igualmente necesarias a todos los hombres. Ninguno de nosotros ha sido distinguido, desde el comienzo, como griego ni como bárbaro. Pues todos respiramos el aire por la boca y por las narices y comemos ‘todos con las manos’…”. La raíz que nos une, situada en la naturaleza y la necesidad, es más verdadera que la que nos separa. Similar idea sostenía Hipias de Elide, para quien la libertad y la igualdad se suponían el uno al otro y el individuo tenía un rol fundamental como representación de la naturaleza. En este sentido es que defendió la “autarquía”, que sería la independencia del individuo respecto a la comunidad. Si bien no quedaron muchos testimonios de su obra, podemos leer una de sus frases citada por Platón, en su diálogo “Protágoras”: “dijo el sabio Hipias: «Amigos presentes, yo creo que vosotros todos pertenecéis a un linaje, una familia, una ciudad, por naturaleza, no por ley. Porque lo semejante es pariente de lo semejante por naturaleza; la ley, en cambio, al imponer su tiranía sobre los hombres, actúa frecuentemente con violencia, en contra de la naturaleza»”. Según esto, la independencia del hombre respecto a la comunidad se propondría como un modo de enfrentar aquella violencia con que las leyes rigen la comunidad. Y sería, también, un acercamiento a la naturaleza humana, la cual, sin necesidad de convenciones, se puede hacer autosuficiente.

Como podemos ver, la discusión se abre y tiene distintas vertientes. Lo cierto es que, más allá de entrar en acuerdo o no con los autores, el enfoque que nos entregan nos permiten pensar en la pertinencia o necesidad del Estado y sus leyes, así como de cualquier representación de la autoridad. El próximo capítulo veremos los pensadores que siguieron esta línea y que se transformaron en verdaderas catapultas contra las leyes y las jerarquías.

La anarquía antes del anarquismo V: Naturaleza y convenciones en la Grecia Antigua (segunda parte)
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Volver la mirada hacia las vidas y sociedades que nos antecedieron es un ejercicio que permite preguntarse acerca de los rumbos que ha ido tomando la humanidad. Es, sin duda una forma de problematizar el entramado del Poder y las consecuencias que ha traído la sociedad dividida. Ejemplo de ello es la historia de la filosofía griega y, específicamente, la aparición de Sócrates en el pensamiento occidental. Considerado como el punto de inflexión en la pregunta de lo humano, tenemos noticia de su influencia gracias a su discípulo Platón, pensador de gran relevancia para el desarrollo de las ciencias y el pensamiento humano en Occidente. Discípulo de Platón, pero en apariencia diferente a él, fue Aristóteles, filósofo que se consideró a sí mismo como el punto culmine de la filosofía. Y así le siguió Teofrasto, y la tradición continúa, hasta ser los filósofos que más obras han sido conservadas hasta nuestros días… ¿Por qué razón? ¿El azar, la buena gracia los conservó? Platón fundó la “Academia”, Aristóteles “El Liceo”, dos lugares donde se cultivó el estudio por la geometría, las ideas, la política, las ciencias, y que, además, eran frecuentados por un público especializado y aristócrata, es decir, reservado para un grupo privilegiado de la sociedad. De ahí que el comunismo platónico sea un orden político encabezado por “los más sabios” y “los mejores guerreros”, o que Aristóteles haya justificado la existencia de la esclavitud como un asunto “natural”.

Ahora bien, siendo Sócrates un personaje tan enigmático y rupturista para su época, ¿cómo es posible que esta haya sido su única tradición? La verdad es que no lo fue. A Sócrates lo rodearon diversos personajes e, incluso, aquellos que recién nombramos ni siquiera fueron los más populares de su época. Así como Platón y Aristóteles fueron considerados los “socráticos mayores”, también existieron los “socráticos menores”, pensadores cuyas obras no fueron conservadas y que abarcaron otros aspectos del pensamiento, muchas veces incómodos para las clases pudientes. Entre ellos podemos contar a los hedonistas, amantes de la vida placentera, reunidos en torno a Aristipo de Cirene, o los racionalistas megáricos. No obstante, quien sin duda marcó una interesante
tradición fue Antístenes, también conocido como el “Sócrates enloquecido”, en tanto siguió las ideas relacionadas a la ética y a la vida frugal e independiente que defendía Sócrates, llevándolas al extremo de propugnar una vida autosuficiente, a través de una crítica voraz a las convenciones sociales y preguntándose acerca de qué es lo natural en el hombre. Se le recuerda, al igual que al presocrático Anaxágoras, por declararse “cosmopolita”, o sea, una ciudadano del Cosmos, del mundo, no de una región delimitada. Su filosofía no nacía de los grupos privilegiados, sino simplemente de los espacios públicos, de la gente más común y
corriente. Dicen que visitaba con frecuencia el llamado “Cinosargo”, un gimnasio adonde concurrían los extranjeros y humildes de Atenas, que eran aquellos cuyo linaje no provenía de las antiguas familias atenienses. Antístenes tuvo un discípulo, a quien en verdad nunca quiso adoptar como tal, y que fue, luego, el más conocido promotor de sus ideas: Diógenes de Sinope, o Diógenes “El Cínico”, particular personaje, muy popular en su época (siglo IV antes de Cristo) y que luego podremos encontrar en toda la tradición de filósofos cínicos, quienes expondrían varias de sus ideas en obras literarias (como Luciano de Samosata y
Dión de Prusa), o en la imaginación popular, que conservó sus anécdotas como retrato desabiduría y humor (Diógenes Laercio es el mayor expositor, en el siglo II d.C). Su origen, por cierto, no era de reconocidas castas. Todo lo contrario: su padre había sido falsificador de monedas. ¿Y qué tiene que ver el “cinismo” en todo esto, palabra que, además, está cargada de un sentido negativo en nuestra lengua? El cínico griego es distinto: proviene de la palabra “kyon”, es decir, “perro”, de ahí nuestra palabra “canino” o “cínico”. Efectivamente, Diógenes vivía como un perro, despojado de todo bien material y de toda propiedad privada, que para él eran fruto de las convenciones y, por lo tanto, innecesarias para la vida. Deambulaba por las calles de Atenas y Corinto, dormía en un tonel, imitaba a los animales (a quienes admiraba por carecer de propiedad privada), defecaba y meaba en cualquier lugar. Conservó el atuendo de su maestro Antístenes, muy sencillo: una capa y un bastón. Criticó ferozmente a la Academia de Platón, que según él se preocupaba por asuntos superfluos, poco prácticos para la vida humana y el desarrollo de la virtud.

La historia más popular tiene relación con uno de sus grandes admiradores: Alejandro Magno. Habiéndose encontrado ambos, Alejandro, hombre poderoso, le consulta a un Diógenes que reposa en la tierra si puede hacer algo por él, a lo que responde: “Sí, que te apartes del sol”. No le importaba que fuera el rey. Todos somos iguales ante la naturaleza.Pensador problemático, cuyo legado filosófico siguió presente no sólo entre quienes recuerdan sus cómicas historias, sino también entre aquellos que siguieron su forma de vida. Aquí cabe mencionar a Crates de Tebas, poeta y filósofo que llega a Atenas después de que su ciudad fuera destruida por las cruentas guerras de los poderosos. Proveniente de una familia de clase alta, abandona todas sus riquezas y se entrega a las enseñanzas
cínicas. Sostenía que para vivir le bastaba una alforja y un puñado de lentejas. Lo
denominaban “el Abrepuertas”, pues, dado que muchos deseaban escuchar sus consejos, abrían sus puertas para oír sus palabras. Está, además, implicado en una bella historia amorosa: Hiparquía, hermana del cínico Metrocles, se enamoró profundamente de Crates. Éste, que renegaba de mantener una relación amorosa y, en cierta medida, rechazaba el amor de Hiparquía, un día se saca su manta, queda desnudo y dice a Hiparquía: “No tengo nada más que esto”. Ella lo acepta, quiere vivir con él esa vida cínica. Crates, entonces, se casa con ella, pese a las contrareidades familiares. Comienzan a deambular juntos, frugales y enamorados, por los pasajes griegos. Hiparquía se transforma en la única filósofa conocida en la historia de la filosofía griega, disciplina exclusiva de hombres y defendida como tal por el machista Aristóteles. Los cínicos, en este sentido, ponen una novedosa crítica a la división entre géneros.Y la historia continúa. Discípulo de Crates fue Zenon de Citio, fundador de la escuela estoica, de la cual hablaremos en el próximo capítulo y que expresa una de las más interesantes críticas a los gobiernos y a la división social. Se trata, en efecto, de una tradición filosófica poco conocida, cuyo legado solo podemos conocer a través de fragmentos y anécdotas… ¿Quiénes se habrán preocupado de conservar a unos y olvidar a otros? Aquí reside una interesante inquietud: aprender a mirar la historia de las ideas desde una óptica distinta a la que los poderosos, dueños también del conocimiento, nos han querido inculcar.

La anarquía antes del Anarquismo- La Stoa libertaria.

Concluíamos nuestro apartado anterior con la siguiente pregunta, aplicada en este caso al campo del pensamiento y de la historia de las ideas: ¿Quiénes se habrán preocupado de conservar a determinados pensadores y olvidar a otros? Podemos, perfectamente, desconfiar de la historia que nos han legado, de la supuesta sabiduría de los sabios, de los maestros del pensamiento. Bastaría preguntarse: ¿Por qué la Iglesia Católica envió a quemar los libros de la poetisa Safo en 1703? ¿Y qué fue de todos los libros escritos por Epicuro? Lo que hemos propuesto a lo largo de estos escritos no es un protoanarquismo, o una filosofía anarquista antigua; más bien, nuestra idea es pensar de otro modo la historia de las ideas, salir a la búsqueda de lo que ha quedado relegado de la historia. Quizás es un gesto similar al de Albert Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”.Por lo mismo, quisiéramos concluir esta colección de artículos con los postulados de la filosofía estoica y así dar forma a esa otra tradición que tiene su origen en Sócrates, pero que se aparta del aristócrata pensamiento de Platón y Aristóteles. Como introdujimos anteriormente, la genealogía se construye desde la filosofía cínica, planteada desde Antístenes, discípulo de Sócrates, trasladada luego a Diógenes de Sinope, el más punzante y crítico de todos, a quien le sigue el austero poeta Crates de Tebas. Hasta ahí, tenemos el panorama de la primera filosofía cínica. Será el encuentro entre Crates y Zenón de Citio en el Pireo lo que dará inicio a la filosofía estoica, corriente filosófica que adquiere diversos rasgos del cinismo, como la idea de que el sabio es un hombre que vive de acuerdo con la naturaleza, pero que toma otras influencias, donde destaca su respeto por las categorías filosóficas platónico-aristotélicas y, sobre todo, la lectura que realizan de los principios heracliteos, a saber, la importancia del fuego como elemento primordial del Cosmos, conforme enseñó el filósofo Heráclito de Efeso en el siglo VI a.C.
Recién a los 42 años, Zenón comienza a enseñar y forma su primera escuela. Dado que se reunían en el Pórtico Pocilé de Atenas (“Pórtico Cubierto de Pinturas”), fueron llamados “estoicos”, ya que “pórtico” se dice “stoa” en griego antiguo. Era un espacio público, abierto para todos los interesados en sus enseñanzas, pues Zenón no cobraba por ellas. En este sentido, su práctica de la filosofía, cuya base era la lógica, la ética y la física, era considerablemente distinta a la que se impartía en la Academia de Platón, dirigida por Polemón en ese entonces, y al Liceo de Aristóteles, que era dirigido por Teofrasto, quien en su momento reprochó que, si bien la Stoa tenía mucha más concurrencia que su Liceo, éste era mucho más armónico.

Y es que, efectivamente, las enseñanzas de Zenón tuvieron gran popularidad en el siglo III a.C., extendiendo su influencia hasta al siglo II d.C. Durante este lapsus, es posible distinguir tres períodos: el primero, representado por Zenón y, principalmente, sus discípulos Crisipo y Cleantes; el segundo, que pierde rigidez filosófica y que es desarrollado por pensadores como Antípater de Tarsos y Posidonio de Apamea; y un tercero, quizás el más popular, donde ya no se trabaja la lógica ni la física, y queda solamente la enseñanza moral.

Este último período es esencialmente romano, siendo Séneca, el emperador Marco Aurelio y el liberto Epícteto sus representantes. En este momento, incluso el cristianismo recibe influencias de la filosofía estoica, sobre todo mediante Pablo de Tarso. Sin embargo, solo podemos conocer esta rica tradición gracias a los escritos, muy posteriores, que Cicerón, Plutarco, Alejandro de Afrodisia, Sexto Empírico, entre otros, hicieron sobre los estoicos, especialmente los antiguos. La otra fuente es de compiladores más o menos mediocres, como Diógenes Laercio o Estobeo, poseedores de anécdotas antes que pensadores. ¿Cuál será el motivo que construyó este puzzle de referencias y no nos dejó ni una sola obra de Zenón? Si bien es cierto que hasta nuestros días llegó el concepto “estoico” para referirse a un estado de fortaleza corporal y espiritual, esto solo se remite a uno de los postulados fundamentales de esta particular filosofía, a saber, que “el dolor hace al filósofo” y que, en cierta medida, la filosofía debe enfocarse al dominio del dolor. Esto, no obstante, no es lo primordial de la filosofía estoica, sino más bien el punto en común entre las tres etapas. En los estoicos antiguos, y sobre todo en Zenón, encontramos múltiples elementos, difíciles de resumir de momento, pero que podemos desglosar desde la noticia que nos legó Plutarco: Zenón habría sido autor de un libro titulado “República”, que constituía una respuesta al libro del mismo nombre de Platón. A diferencia del cultor de la Academia, para quien el gobierno debía ser dirigido por sabios y guerreros, Zenón sostenía un ideal cosmopolita, donde la humanidad no se encuentra divida en naciones o ciudades, sino unida, es decir, una sociedad de conciudadanos, sin diferencia entre riegos y bárbaros. El origen de este imaginario social se encuentra en su idea del Cosmos, donde ética y física están estrechamente ligadas. Para Zenón, el Cosmos se encuentra regido por dos principios: “hyle” (materia) y “pyr” (fuego). La materia es el principio eterno, indeterminado y pasivo, capaz de recibir todas las cualidades, mientras que el fuego, que también es eterno, es determinante, activo e inteligente. Así, de la acción del fuego sobre la materia surgen todos los seres del
Universo (kósmos). En este sentido, todos tenemos un mismo origen y el Universo en sí es un Todo Orgánico, viviente e inteligente, lo que supone que todo es bueno y perfecto en él. Siendo parte de él, el hombre se adhiere a las leyes de la naturaleza, que nada saben de gobiernos y normas sociales. No se cree en la supuesta racionalidad del Estado, en la institución de la esclavitud o en la diferencia de clases. Por eso se enseñaba en espacios públicos, en tanto la filosofía era un elemento práctico para reflexionar sobre lo que Zenón llamó el “bien supremo”: vivir de acorde a la naturaleza.

De aquí se desprenden varios elementos, como el nudismo o, según señala Diógenes Laercio, que hombres y mujeres no se diferencien por sus vestidos. De hecho, Plutarco resume en “Sobre la fortuna” la República estoica: “que no debemos ser ciudadanos de Estados y pueblos diferentes, separados todos por leyes particulares, sino que hemos de considerar a todos los hombres como paisanos y conciudadanos; que el modo de vida y el orden deben considerarse uno solo, como corresponde a una multitud que convive alimentada por una ley común”, lo que se complementa con la noticia de Casio el Escéptico: “que no se deben levantar tribunales, ni templos, ni gimnasios”. Ahora, ¿cuál es la ley común
de esta República? ¿Una ley gubernamental, una orden? En ningún caso. Ateneo, otro comentador, dice que es Eros, considerado como el dios de la amistad y de la libertad, “que procura concordia y nada más”… ¿y qué es aquello de la concordia? Es el pacto, la armonía de las personas, corazones que laten juntos, pero a diferentes ritmos ¿Y es que acaso esto no está expresado en el escrito de Elíseo Reclus “El ideal anarquista”? En efecto, allí Reclus dice que, más que anarquistas, somos “armonicistas”.

No es fácil el cometido de indagar las ideas sin referencias claras. En estos seis escritos lo hemos intentado. Mención especial merece el viejo compañero Ángel Cappelletti, único traductor a la lengua española de los fragmentos estoicos e interesado, siempre, por ese otro pensamiento, relegado, olvidado intencionalmente. Nuestro interés no es entregar fundamentos a la anarquía, sino pensar de forma anarquista la historia de las ideas. Esto nos permite notar que muchas de nuestras problemáticas ya fueron expuestas en la Antigüedad: ¿Es el Estado un accidente o un hecho natural? ¿Qué es aquello de la “naturaleza humana”? ¿Cómo se piensan las leyes? ¿Por qué la técnica se separó del arte? Preguntas que siguen en suspensión y que, sin duda, encontraron varias luces hace más de dos mil años.

Para finalizar, solo resta recalcar: la anarquía es tan antigua como la idea de gobierno.

Salud

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