Entendiendo pura y formalmente: el concepto renegado de universidad.

Por: Nicolás López
Fuente: http://www.critica.cl (08.07.13)

RESUMEN:

En toda sociedad el saber de los hombres requiere de un espacio para crecer y multiplicarse. La Universidad es comúnmente pensada como el lugar para dichos procesos. A pesar de ello, el concepto de Universidad resulta un equívoco constante, mas se han trabajado distintas maneras de elaborarlo, desde esencialistas (cuando se pregunta por la esencia de ella) hasta sociales (que piensan a la Universidad como en función de la sociedad en que se encuentra presente). La primera parte de este trabajo abordará una clave deontológica de la Universidad, o sea, como el lugar donde debe acrecentarse el conocimiento de las cosas por parte de la sociedad, haciendo énfasis en el valor de pensar y la crítica. A continuación, este ensayo se valdrá de dos herramientas: el concepto de sociodicea (Bourdieu), dos ruidos del concepto de Universidad (Jaspers; Millas), con la finalidad de alcanzar una respuesta por el entendimiento puro y formal del concepto, que será la propuesta de estas líneas en definitiva. Finalmente reflexionar si seguir hablando de la Universidad (y de su concepto) puede dejar de ser un equívoco y como las malas prácticas del lenguaje arrojan que se pierda el sentido muchas veces y se incurra en discusiones que confunden lo teórico con lo práctico y viceversa.

1. INTRODUCCIÓN: ENTENDIENDO SABER Y CONOCIMIENTO

“Porque es falso, y siempre una trampa decirlo, que en la sociedad de los hombres el saber no ocupa espacio. Lo ocupa. Y como todo lo que es vital, una idea tiene sus exigencias de espacio: para crecer y multiplicarse, para alcanzar la conciencia de otros seres humanos, necesita del aire, del papel, necesita de la tribuna y de un auditorio libre, cosa que ocurre normal y preferentemente en una Universidad.” (1)

Esta frase podría entenderse como un discurso que le entrega legitimidad al valor de pensar, el que parece alcanzarse de forma prístina y segura con la Universidad. ¿Por qué? – Sabemos que ella como institución es independiente de una serie de cambios que se han producido y de los que da cuenta la historia, ha propiciado la reunión de maestros y alumnos en comunidades cultoras del saber. Lo interesante es ver la calidad que se le da. Con las primeras academias, permeadas por el entendimiento aristotélico de las cosas, esto es, “conocer y clasificar en categorías” se le adjudica un determinado valor al saber. A modo de preconcepto, el saber que se va a desarrollar en las Universidades no tiene la misma savia que aquel que se produce con la sola lectura y crítica interna de un libro, con el solo razonamiento de problemas aritméticos dadas las formulas, con la experimentación individual en base a hipótesis que pueden aportar una respuesta a un problema (teórico-)práctico y con otras maneras de gestar conocimiento. El camino pedregoso a la verdad admite a veces soluciones únicas y correctas (asuntos formales y asuntos empíricos), sin embargo, la rienda suelta a diversas concepciones/entendimientos se manifiesta. El saber que se guarece en la Universidad es el apellidado superior (2). La comunidad de maestros y discípulos tiene por misión caucionarlo, transmitirlo y ansiar su progreso. Por esto último, es sin embargo, que el saber no siempre ha sido el mismo, ha ido mutando a lo largo del tiempo, pero cabe preguntarse qué es este saber superior, sino que Millas lo define como: “es el saber que surge como producto de las técnicas más elaboradas que el tiempo dispone para la búsqueda, el discernimiento, la integración y la verificabilidad del conocimiento humano, (… siendo, asimismo) el mejor saber de su tiempo” (3). De esta idea, en primer lugar, se extrae que lo que cambian son el objeto y el sujeto individual que lleva a cabo la idea de re-pensar el saber de su tiempo (lo existente) o bien, la interpretación del saber de tiempos pretéritos permanece impasible. El sujeto colectivo, o sea, la Universidad, puesto que a través de esta conceptuación el saber superior parece un requisito sine qua non de ella. En segundo lugar, se esboza que es un “producto de las técnicas más elaboradas…”, entonces toca hacerse cargo de la idea de técnica, a qué es lo que se hace referencia con ese concepto. En tercer lugar, la característica temporal del conocimiento y cómo se va a insertar la reflexión en una sociedad determinada. En cuarto lugar -ajeno a la descripción anterior- observar cuál es el sentido de esta labor y si efectivamente no resulta una faramalla. Relevante es también, preguntarse por la idea de Universidad que se tiene y cómo se desarrolla la técnica epistemológica. Es muy probable que en ese tópico encontremos un problema de método, partiendo del presupuesto de que existe más de uno, sin embargo, la reserva en este ensayo estará abocada a un ámbito conceptual de la Universidad

En las siguientes páginas, se le dará un especial énfasis al tema del saber superior, idea clave para acercarse al concepto de Universidad, aunque sin perjuicio de lo anterior, en el lenguaje cotidiano dicho término, se ve constantemente cuestionado en torno a su objeto o contenido, a causa de los distintos significados en torno al ruido conocimiento y las cuestiones metafilosóficas que enriquecen la discusión teórica tras bambalinas. En otras palabras, la lucha entre las técnicas para encontrar las que sean más idóneas para entregar un singular producto; imposible sería no concebir este algoritmo sin lo contencioso. Es posible aseverar que hay más de un método y de una idea de Universidad, si se admite la continuidad de la diversidad en las conceptuaciones posibles, la forma de entenderlas y así también, todas las formas de organización humanas. Se advierte que en la construcción de una academia se producen fenómenos bien curiosos como la alteridad, las actitudes nihilistas, la crítica y el silencio. Materias de análisis de esta monografía que por medio de las herramientas del concepto de sociodicea y dos ruidos del concepto de Universidad, intentará abogar no solo por el entendimiento del concepto de Universidad, sino que también por el sentido de hacer academia. En tal sentido, la esencia de la Universidad cobra relevancia (4) para presentar una discusión alrededor del concepto y un entendimiento puro y formal del mismo.

2. EL VALOR DE PENSAR

“…el hombre en el fondo de su esencia, posee la capacidad de pensar, ‘espíritu y entendimiento’, y que está destinado y determinado a pensar. Solamente aquello que poseemos con conocimiento o sin él podemos también perderlo o, como se dice, desembarazarnos de ello” (5)

Uno de los presupuestos del saber es el pensar. Si bien sabemos que este último es una característica inalienable de todo ser humano, por tanto –por regla general- no hay quien no lo posea. La horizontalidad es absoluta, pero comienza a degradarse esta idea en dos flancos: el para qué pensar y el por qué pensar. Heidegger dice que mientras exista la capacidad, el hombre está destinado y determinado a pensar. A priori parece saciarse la inquietud ontológica del pensar, siendo así que el ser “piense” por el determinismo impuesto. Sin embargo, no parece que esta respuesta mecánica otorgue una certeza máxima al punto, puesto que solo hace referencia a la capacidad de pensar, qué ocurre en el caso de que el hombre no haga uso de ella. El alemán se hace cargo de eso y lo llama “falta de pensamiento”, algo que para nada implica la renuncia a la facultad de reflexión que tiene el ente humano. La idea de que el hombre emplee –y en cierta manera caiga en el determinismo- el pensar no solo significa una antítesis a la “huida ante el pensar” (6) sino que también no calcula todo lo que percibe, sino más bien, lo medita. A la noción heideggeriana del “pensar calculador” puedo asociarla con una lógica que gira en torno al concepto de utilidad, la maximización de la misma y la eficiencia. Es este juego finalista el que lo aísla de ser un ente pensante (meditante). Es en esa línea que se mueve la “falta de pensamiento”, en cuantificar todo lo que nos acontece y esto, viene probablemente del modelo que se nos implanta cuando absorbimos conocimiento sin meditarlo, solo con la intención de que me puede producir un beneplácito en el futuro. Bien puede ser una causa de la usanza de las mallas curriculares, los programas académicos y los instrumentos de medición de la calidad de la enseñanza. A fortiori, se axiologiza de manera ‘correcta’ la idea de utilidad, siendo así algo que deba perseguir el hombre. Los sistemas ilustradores (para no decir educativos) imperantes tanto entregan el concepto de lo útil como también le asignan valor, algo que repudiaría por ejemplo Rousseau (7).

Todo evoluciona pro-modelo economicista (en torno a un ideal óptimo: lo útil) y por tanto, se coopta a la libertad de pensar hasta el punto de que con estímulos el individuo va a responder, una suerte de condicionamiento pavloviano. Sobre el mismo argumento, como el sistema otorga las certezas al individuo y lo que es útil pensar, es que se produce una desvalorización de pensar. Como consecuencia lógica, el sujeto ocupará su quehacer en otras actividades totalmente distintas de esto.

La Universidad en su dimensión deontológica debe revertir esta disvaloración, otorgándole preponderancia a la idea de culminar seres integrales, puesto que son éstos, los que sabrán como decidir libre y conscientemente y además re-producir el saber en forma adecuada. El hombre cuando no medita, se pierde a sí mismo. Ahora bien, “nosotros, los que conocemos, nos desconocemos a nosotros mismos y de ello resulta que nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos (…) jamás nos hemos buscado” (8). La no búsqueda del individuo a sí mismo, es la total ignorancia de lo que puede hacer con su capacidad de pensar. El hombre perdido en la bruma espesa de la incultura es inmaduro y un desconocido ante sí. ¿Cómo salir entonces? – Kant, propone la aufklärung (9), esto es, la ilustración, como una panacea a este estado. El prusiano en este opúsculo hace referencia a la idea de “conocer el conocimiento”. Ahora, volviendo a Heidegger, esto se da con la fuga del pensar, puesto que siendo el hombre libre para reflexionar puede realizarse en plenitud. Advierto en una primera aproximación, que la Universidad orienta al individuo para que vaya en buen camino. Por lo mismo, el otrora rector de la Universidad de Friburgo expresa que “el pensamiento meditativo requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única en una sola dirección” (10). Referencia indirecta a desechar como un telos al pensamiento calculador, esto no quiere decir que deben producirse solo seres meditativos, sí integrales, o sea, híbridos. En el supuesto de que se transite por la vía de este último, se va a confirmar una idea dominante de forma bifocal. Vale decir, que domina el razonamiento de los individuos y por la cual, son imperados por un ente mayor que les incita a que esta manera es cómoda, (casi) perfecta y (espuriamente) cierta. El individuo no tiene la necesidad de pensar, tampoco la de evaluar los contenidos, ya todo está dicho, se le ha dado la verdad. Entonces se realizará en otro aspecto, cual es, la producción y acumulación de riquezas. La sociedad de masas está abocada inexorablemente a esa premisa que incluye a la servidumbre voluntaria al poder (dinero) (11), el detrimento moral del individuo y el surgimiento de una clase terrateniente rica en términos materiales, pero que se ha hecho pobre en lo espiritual, que maneje los factores económicos de forma que incite a la ausencia de reflexión. Esta, es “tan común en (la) vida cotidiana, puesto que apenas se tiene el tiempo y la propensión de detenerse y pensar” (12). La constante irreflexión que produce la unidireccionalidad de la vida de los hombres, los “lleva (directamente) a una existencia simplemente funcionaria y funcional, alejada de la hondura y consistencia esperable de la individualidad auténtica” (13).

La Universidad para menguar el efecto desvalorizante de la sociedad de masas en el pensar, debe otorgar la lucidez necesaria para que el individuo tome consciencia de que la lógica basada en lo útil (y lo eficiente) no es la única manera de vivir la vida ni tampoco la única vía transitable, por lo que no puede ser un mini-mercado con oferta y demanda a escala. Asimismo, de que todo orden ofrece la libertad para decidir “no ser gobernado de una manera” (14), esto es una primera definición de crítica. Por lo tanto, si el hombre medita, no solo se va conocer a sí mismo, sino que será consciente de su libertad, lo que le permitirá conducir y transformar el orden social.

Las meditaciones de los hombres intentarán confluir en un cuerpo institucional: la Universidad., aquella que contendrá la función ilustradora, vale decir, orienta al hombre a salir de la minoría de edad, según Kant y la función crítica a la Foucault. Sobre esta última, como primera aproximación se dijo el hombre puede decidir no ser gobernado de una manera, a eso hay que conceptuarlo en el ámbito de que: un entendimiento plasmado en un texto no viene a ser una palabra sacra e incuestionable (analogía con la caída del tomismo con el descubrimiento de América), yo puedo escoger no someterme a eso y buscar por otro camino la verdad (se re-valoriza el pensar); no someterse a un cuerpo jurídico injusto, lo que significa perseguir la justicia por diversos medios (una vez más, hay re-valorización); la idea de la certeza de la autoridad, el oponerse a los dogmatismos. Resumiendo lo anterior, la crítica se convierte en “el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva (para terminar con) la política de la verdad” (15).

La coexistencia de más de una pretensión de verdad se da al interior de la Universidad, esa multiplicidad de técnicas que entre sí, quieren buscar a la idónea que se proyecte en la sociedad, o sea, la que se convierta en saber superior. En la práctica, pugnas por encontrar el producto del establecimiento ideal de la verdad, ella tiene estructura de ficción (16).

Esto, se aplica tanto al saber controvertido del presente como también al del pasado, ya que siempre puede existir alguna brasa que incendie a la torre de marfil. Esto tiene sentido, porque constantemente (tiene) que volver (a pensarse). Si no hay nuevas verdades que descubrir, hay viejas verdades que redescubrir (17). Siempre puede mejorar la técnica, en esa línea, funciona el ideal de la ciencia y el afán de la tecnología por facilitarle la vida al hombre.

El re-pensar las cosas, el otorgarle un valor al pensar, la lucidez de las personas en la actividad y la libertad en cada uno de estos puntos, posibilitan la humanización del hombre, que es su único y auténtico bien en este mundo (18).

El pensamiento y la crítica pueden cambiar las sociedades, darles otro giro y ahuyentar al hombre de la monotonía lineal o cíclica que se sume a las sociedades en estadios de ignorancia. Será el ejercicio público de estos elementos lo que proyectará la idea de la mayéutica socrática frente a las ideas, creencias y prácticas en las que los individuos no se detuvieron. La construcción de otros puntos de vista puede ilustrar y encerrar a la “política de la verdad” en un callejón sin salida. Para ello es necesaria la exteriorización del saber superior a la sociedad y cómo sus integrantes lo internalizan. Millas habla de un nihilismo positivo, una actitud hambrienta de lucidez, en el curso de que el pensar “ataca y destruye todos los muros y trampas con que el propio hombre se aprisiona, para devolverle esa libertad de mirar las cosas siempre de nuevo y siempre más allá de la última visión lograda (19). La postura extendida por este filósofo consiente en el riesgo de la búsqueda de la verdad y en la re-invención de la cultura y el conocimiento en las sociedades. Entonces, cuando estas piensan (internalizan el saber superior, lo discuten y lo agotan), avanzan, siendo importante el proceso de pugnas en las distintas visiones que se desarrolllan en la Universidad, algo que es tema de los siguientes apartados, más relevante es la idea de que el saber superior erosiona el dogmatismo de una postura con pretensiones universalizadoras y con hambre de irradiarse, luego de que ya floreció. La misión de las Universidades cuando sirven a las necesidades de las sociedades, abogando por el progreso de estas, deben poner en la mira el defender y promover la libertad y pluralidad humana como condiciones de la espiritualidad de todos los humanos (20).

La racionalidad de los medios intelectuales y de los procedimientos para injertar la reflexión en la sociedad es a la inversa de la idea marcuseana de la fuerza liberadora de la tecnología que instrumentaliza al hombre (21). Eso es lo que produce la ruptura de las cadenas que oprimen al hombre en su vida cotidiana. Nuevamente se re-valoriza el pensar. El saber superior, producto del trabajo en las Universidades, como hito del progreso social y estandarte de la lucha contra la unidireccionalidad y el conformismo (22) (el consuelo de los tontos [ignorantes]), también opera sobre aquellos que fagocitan en el anacronismo epistemológico

La “falta de pensamiento” no debe hundir a las sociedades en la lógica soberano-súbdito, sino estas caerán en una profunda regresión espacio-temporal sin sentido. “Decrecer”, que una sociedad casi madura, se vuelque a la inmadurez total, he ahí la necesidad permanente de la tarea intelectual a cargo de las Universidades de mano del saber superior que se cultiva, produce y estudia en ellas. Hoy como siempre el universitario/profesional/ser pensante/egresado/académico (escoja la denominación que más le acomode) tiene que estar atento a los peligros de la vida soporífera (de ser un dormido en la tipología de Heráclito) y dispuesto a su tarea esclarecedora de retóricas y percusora de la verdad, lo que es una irremplazable defensa contra la pérdida del hombre en el laberinto de los horrores y pasiones del hombre mismo (23). Lo peor que le podría ocurrir a una sociedad es que en medio de sus afecciones, el universitario (o cualquiera otra denominación) sea el primer anestesiado y que no quede nadie en ella capaz de cumplir el papel del tábano socrático que beba la cicuta. Las asociaciones de maestros y discípulos deben valorar el pensar y sus implicancias de cara a contribuir al progreso social y las necesidades de una comunidad. Asimismo, el medio social debe sopesar la importancia de meditar por sobre el camino acotado de calcular. No se pide que se haga una sola cosa, pueden coexistir ambas, pero siempre debe primar la consciencia de que el avance de una sociedad no necesariamente es a través del pensamiento calculador.

Que la ilustración no se torne en el engaño de las masas, sino que en la fuente de libertad personal (24).

3. CONTRA LOS EQUÍVOCOS: EL ENTENDIMIENTO PURO Y FORMAL DEL CONCEPTO DE UNIVERSIDAD

Dos cuestiones preliminares antes de llegar a un idóneo entendimiento del concepto de Universidad: la primera es el uso de la herramienta metodológica de la sociodicea. La otra, se incumbe en los dos ruidos del concepto de Universidad: uno absoluto y uno relativo. Que son parte de ideas trabajadas por Millas, Jaspers, entre otros.

El concepto de sociodicea propuesto por el sociólogo francés Pierre Bourdieu pretendió designar las estrategias discursivas que funcionan como mecanismos de defensa de la institucionalidad, del orden social vigente y de las condiciones ventajosas de aquellos que ocupan en él posiciones de privilegio o beneplácito (25). Las sociedades contemporáneas poseen modelos arraigados como parásitos en su estructura, por lo que las sociodiceas se manifiestan. Preponderantemente, la situación recae sobre el avance de quienes nacen al alero de la senda de la ciencia experimental que se ha desarrollado con posterioridad al descubrimiento de América y el comienzo de la seria tortura a la naturaleza para exigirle respuestas. Esta visión del conocimiento a través de sus pretensiones de universalidad sobre las respuestas a las preguntas que nacen en la cotidianeidad y en la reflexión constante sobre las instituciones que evolucionan al calor de las vicisitudes históricas y su arrogancia epistémica pregonada a través de las relaciones de poder y el predominio de su versión de las realidades, ostenta generar un socaire de lo que ha generado en las comunidades: la confianza en la ciencia. La búsqueda de la verdad queda frenada con ello con la promesa escatológica de que los problemas se han solventado con los algoritmos y formulas (26). Un ejemplo de lo anterior, es la implantación de un sistema económico neoliberal o de mercado que produce –entre otras cosas- la objetivación de los individuos, transformando las instancias de pensamiento en una dictadura de producción y consumo. En Chile, particularmente el modelo que empapa a la sociedad con una cuestión que he llamado la “pinochetización de las costumbres”, post-1973 (27). Será mediante una sociodicea que una manera de ver el mundo que está presente en una sociedad se enraíza y se legítima a partir de las distintas estrategias que establece quien detenta poder o autoridad, por lo que el debate, la independencia de pensamiento, el valor de pensar y el encuentro entre la diversidad valorativa se cooptan y ven reducidos a su mínima expresión. El mecanismo más efectivo de esto, opera en la fundación “sobre lo que creemos son los resultados de la ciencia, una ética y una política (…) la ciencia, o lo que se percibe como tal, deja de ser un simple conocimiento del mundo existente para convertirse en generadora de valores, al modo de una religión; puede por tanto orientar la acción política y moral. Conocer la verdad para que el orden de la sociedad se adapte a ella…” (28)

El valor de pensar en una sociedad es de suma importancia para ver cómo ella mira a sus instituciones, en particular a la Universidad. Se dijo que el saber superior es el mejor saber de su tiempo, junto a ello Millas expresa que es el tesoro que custodia la comunidad de maestros y discípulos (29). El filósofo chileno dentro de una línea cientista de la producción de conocimiento, podría imputarse dentro de la sociodicea que se describe en el párrafo anterior. Sin embargo, su noción de ciencia lo extiende exponencialmente al sentido de saber racional (30).

¿Implica el saber superior la forma en cómo vamos a pensar a la Universidad o de cuál será la idea que trasunte en la sociedad en que está inserta? Si se entiende que es de la esencia de todo concepto de Universidad, entonces cualquier cuerpo organizado que cumpla con el requisito posee la entereza epistémica de conceptuarse a sí misma como tal. Sin embargo, el cortafuego se encuentra en el concepto de saber superior, en su transmisión y cómo es recibido por la sociedad. Millas identifica cuatro cosas que están hiladas al concepto de saber superior, a saber: (i) como contenido, la construcción de una imagen del mundo; (ii) como valor inspirador, la verdad entendida como disciplina del entendimiento; (iii) como valor instrumental o condición mediatizadota para que sea posible aquella imagen del mundo regulada por el concepto de verdad, la libertad de investigación y de la expresión dentro de la universidad; (iv) como método o técnica de la investigación y de la comunicación, la discusión racional (31).

Dicho esto, se puede decir que el saber superior es el paladín de la defensa de la búsqueda de la verdad, la que se persigue per se y no por otra cosa. Entonces la misma Universidad generaría el diálogo y el encuentro para re-pensar las realidades; las sociedades en busca de respuestas racionales, o sea, generadas mediante un procedimiento serio, meditado, que admita diversidad de método y sea tendiente al diálogo constructivo y permeable a la crítica.

La Universidad tiene que ser el adalid del conocimiento inspirado en la verdad y en la libertad, y regulado por la discusión crítica al hecho de cumplir las misiones de su época, si se desvía, se destruye. Si no se tiene un aprecio por la verdad es que las sociedades no pueden tener en su cúpula educacional a la Universidad. Para construir conciencia y entrar en la senda de la persecución del ideal que mueve a todas las maquinas, combatir los universalismos y los absolutismos para no generar patologías del saber, aquellas que obstaculizar el acceso mismo al conocimiento mediante una imposibilidad de la realización de procesos como percibir, vivenciar, recordar, experimentar y reflexionar (32). Una Universidad no parte en el entendido de sus fines y medios asumiendo una realidad (y una verdad), si lo hace y desde ahí se proyecta, nada tiene de malo, pero la dirección y pluralismo es limitado (por ejemplo, una Universidad católica, una hebrea, otra árabe) (33)

Una sociodicea conceptual plantearía solo una idea de Universidad, si se sitúa el debate en la premisa que se venía trabajando, a propósito de la ciencia y sus pretensiones universalizadoras en el plano epistémico, diría relación con una sola noción, la que podría ser: generar ciencia (que es igual a conocimiento, i. e. la máxima del cientificismo) que es extensible a todo lo que ello implica, desde objetivos económicos hasta objetivos antropológicos donde opere la concepción cientificista del hecho, ya que la ciencia y su afán unificador, terminan por estandarizar el fin último. La sociodicea es en sí, parte de un afán de pensar que el saber superior que expone Millas es, la ciencia y nada más que ella. Sobre ello, surge la pregunta de: ¿Qué debemos considerar como ciencia? – Si se ha pensado a los procesos de formación de las universidades como el camino a forjar una institucionalidad científica que articula, difunde, facilita y crea escenarios para a producción intelectual hacia lo existente y lo desconocido que debe ser explorado, es una manera valida de pensar a la Universidad (34). Sin embargo, parece un juego de nunca acabar y algo que la institución se ha encargado de a lo largo toda su vida. Quizás sesgar a la ‘verdad’ en sí con la ciencia es un error, pues se hace taxativa la tarea de la Universidad y en ese sentido, se coopta la argumentación frente a su función social. Una sociodicea conceptual produciría, en definitiva, una nivelación hacia el lado y desde la más precaria en términos espirituales, esto es, la que más se inserte en el mercado. Luego por razones como esta, se posiciona al lucro dentro de la agenda setting de la esfera pública como el gran eje de discusión. Atacan un problema que no es el centro del asunto.

Ahora bien, el trabajar con dos ruidos del concepto de Universidad, supone el juego con una política de la verdad, o sea, revertir ‘el valor de la verdad’ contra quienes enmascaran su propia voluntad de poder apelando a dicho valor (35). Por un lado, está la idea relativa que expresa que “la institución es en función de algo que no es ella, función de su tiempo y su medio” (36). Por otro, la absoluta que implica comprender a la Universidad como una función de la vida humana antes que comprenderla como tal, pero pensada desde un tiempo y medio determinado (37). La idea de hablar en abstracto de esta institución tiene la finalidad de no cegarnos ante una situación particular en la que se quiera otorgar un concepto, pues se corre el peligro de terminar concibiendo al proyecto de algo que aunque sea función estricta de su tiempo y su medio, haya dejado de ser Universidad. Como se ve, se vuelve a la esencia del concepto y a que no puede mutar ni tampoco pensarse de otra manera si no se tiene el piso mínimo. Máxime, la institución se reconoce (y determina) por el simple hecho de ser una institución espiritual del hombre civilizado (en tanto tal) (38). Si se atiende al ruido relativo de lo que es la Universidad es posible subentender que la comunidad en la que ella se desenvuelve (aquí vamos a los casos particulares) se ha hecho funcionalmente dependiente del desarrollo técnico y por tanto, se masifica exponencialmente hasta convertirse en una sociedad de masas que en el peor de los casos, mira con apatía su desafío espiritual (39). Sin embargo, la masificación ayuda al hombre la oportunidad para que de manera integral pueda pasar de la idea de las excelencias humanas a la experiencia concreta de tales experiencias (40). Bajo esta premisa, el sueño es notorio, pues el hombre –y como lo vimos en el acápite anterior- es mecanizado, así también, su conciencia crítica se embota y luego, se vuelve complaciente en sus actos ante la sociedad. Si se admite el ruido relativo como un criterio rector para definir lo que es la Universidad es posible que se mezcle con los distintos clivajes que subyacen a la organización de las instituciones en la sociedad en cuestión.

La dicotomía entre estos dos ruidos surge de cómo vamos a entender a la Universidad insertada en una determinada comunidad. Lo absoluto dice relación con un aspecto esencialista. Esto es parte de la proposición de una concepción tan absoluta como plural de que da sentido a cómo pensamos a la Universidad. Por un lado, ese carácter absoluto del valor está -en último término-, en el concepto puro y formal de una naturaleza del concepto única. Por otro, su virtud de plural reside en el concepto sustantivo e histórico de conceptos de Universidad igualmente legítimos. La posibilidad de entender mejor el concepto de Universidad y así también, de la teoría de los sistemas universitarios dependerá del encuentro de las concepciones en cuestión alrededor de cómo valorar la diversidad. En la medida que los distintos conceptos se refinen y muestren en la historia, se les puede individualizar con precisión creciente y, por su intermedio, entender mejor el concepto de Universidad. Lo anterior ayuda a entender que la Universidad es parte de las prácticas humanas de una sociedad, por medio de la cual tiene un compromiso con la verdad (41). Ahora bien, el correlato con la versión práctica de esto solo es posible si se mezcla con el ruido relativo del concepto. Bajo éste, -si solo se piensa a este- la misma sociedad –y los vicios que ésta tenga- puede aumentar la tentación de que los individuos se entreguen al automatismo de las ideologías, de que se escondan tras el grupo para que este tome decisiones por estos individuos. Se olvida el aprendizaje de las distintas facetas de la Universidad y –como son los tiempos de hoy- se atrae a las personas mediante un influjo hipnótico de una sociedad mercantil que se vale de los medios de comunicación de masas, la prensa y la televisión para envilecernos, para entorpecernos, para automatizarnos, sea en lo político, sea en lo comercial, sea en lo educacional, sea en lo cultural (42).

El problema tras estos dos ruidos, es que siempre se ha entendido el uno o el otro como el concepto de Universidad, nunca uno que no revista caracteres de ambos o bien, pretenda ser un híbrido. Sin embargo, de la fina distinción surgen una serie de problemas que colisionan con esta idea, esto es, que el posicionarse bajo uno de estos ruidos ocasiona conflictos teórico-prácticos, que a mi juicio deberían quedar marginados en sí, de la teoría de los sistemas universitarios y más aún, de la definición del prístino concepto de Universidad (así también, del entendimiento de éste), pues si se piensa en la Universidad como una academia, éstos son bastante ajenos en la reflexión, no así, en la práctica. Esos problemas son, en su mayoría, de índole política, informados por la organización burocrática de un Estado, por la elaboración de políticas públicas que no deja indiferente a la intervención de agentes económicos y en definitiva, por los aparatos y mecanismos jurídicos que están involucrados en los ovillos que conforman la sociedad y su institucionalidad.

(a) La discusión entre público y privado: Es el tema más controvertido en la práctica y en el cual, quienes han querido meterse en lo teórico de la Universidad han mezclado de mala manera los conceptos y muchas veces su argumentación es centrípeta y tiende a confundir a los destinatarios de esta literatura (43). Que la Universidad sea o pública o privada, me temo que no es algo que ataña a su esencia, a lo absoluto, sino más bien, una cuestión que apela a los cambios que van sufriendo las sociedades y las estructuras estatales en conjunto con el sistema económico involucrado. Que una Universidad sea pública o privada dice relación con su forma de financiamiento, si es por el bolsillo del Fisco o bien, de los civiles/grupos organizados que responden a ciertas tradiciones que acuden a ser educados a esas instituciones. Sobre el carácter público de una Universidad, pienso en un ensayo de Fernando Atria (44) cuando expresa que tiene una función pública que cumplir y ello en dos dimensiones: (i) que otorga ‘educación’, lo que debe ser entendido como un derecho social. Esta comprensión implica –en nuestro sistema jurídico- que la ley de mayor jerarquía le reconoce a todos los habitantes de la República el derecho (la facultad) de poder acceder a educarse. (ii) es pública en tanto, compete al Estado velar por todos los aspectos que le atañan. Acerca de “lo privado”, la existencia de Universidades con este carácter se escudan bajo la idea de un Estado subsidiario que permite emprender la libre empresa. Las instituciones caen dentro de esa óptica en virtud de la asociación de varios capitales de un grupo de personas que pueden proporcionarlos para introducir un polo social dual, esto es, que permite educar a personas y también, obtener ganancias. Es en este punto que el debate del lucro cobra sentido para hacer gala de la comparación con las que tienen la cualidad de públicas (45). Las Universidades privadas se escudan bajo un “neoliberalismo con rostro humano” en el sentido de que obedecen a criterios, índices y estándares económicos, mercantiles y financieros, pero que a la vez entregan por medio de una retórica de buena crianza –y solo de palabra- la promesa de movilidad social, de inserción en el modelo exitista de la sociedad y que mejora la economía de un país (46). Sin embargo, hay un punto a favor de estas instituciones y es la idea de que a través de ellas se pueden cultivar en forma exclusiva distintas tradiciones, por ejemplo, una Universidad masónica puede existir en estos cánones. Sin perjuicio de todo lo anterior, el llevar la discusión hacia el punto de lo público o lo privado, tiene relación con la distribución estatal de fondos, los derechos sociales, las libertades públicas amparadas por la ley y las políticas públicas, no con las bases teóricas (y filosóficas) de lo que es la Universidad. Agrego a este punto que la Universidad –en su sentido prístino- nace como pública (47) y que el hecho de adoptar una postura relativa, posibilita el surgimiento de las que surgen al alero de lo privado, y regresar hacia atrás, sería complicar aún más el debate. Si se podría expresar que es de la esencia de la Universidad el que sea pública, sin embargo, ocasiona un problema para la consideración de las demás. Ahora bien, confundir esta temática en lo teoríco es un problema que arremete constantemente a la hora de hablar de la “Universidad” en términos ontológicos. Ello no quiere decir que se quede todo en lo teórico, también puede pasarse de un campo a otro, pero siempre teniendo presente de no mezclar las cosas.

(b) Misión social (“(…) debe estar al servicio de su país…”): Este punto es bastante discutible como un problema en sí de adoptar un ruido u otro, pues en su dimensión deontológica, la Universidad si debe contribuir a la sociedad en dos aspectos: (i) en la transmisión del saber superior a quienes no intervienen en su formación, pero que se pueden enriquecer con su recepción; (ii) en la formación de una masa profesional (o si se quiere, luego, dirigente). La habilitación que un grado académico produce para un título profesional es algo intrínseco a la historia republicana de nuestras universidades (48) y también a la historia de las universidades en general. Es una de las funciones sociales que debe desempeñar la sociedad, nunca la principal. Ahora bien, es la distorsión que produce la sociodicea mencionada anteriormente y la instrumentalización que sufre la Universidad (49), los que desvirtúan el curso de la discusión nuevamente. Se pasa a temas prácticos con la confusión que implica adoptar un ruido relativo de Universidad. “Ir a la (U)niversidad significa la posibilidad de disponer de ciudadanos mejor capacitados para ofrecer servicios y productos, consolidar mercados cada vez más atractivos, y, sobre todo, un destino material y espiritual más autónomo e independiente para la nación” (50). Sobre la cita, me parece nefasta esta comprensión de lo que es “ir a la Universidad”, pues la cosifica, la instrumentaliza y la coloca en una sociodicea conceptual alimentada por el espíritu del capitalismo. Promueve el enriquecimiento material y coloca a la Universidad como una fábrica donde solo se marca el paso. La distorsión de cómo se entiende a la misión social de la Universidad hace que se pierda el real sentido ontológico de servir a la sociedad; una vez más, la discusión escapa a una cuestión de políticas públicas.

(c) Gratuita/pagada: Este es un problema que se relaciona con (a) y (b) y es de índole económico y financiero. De la esencia de la Universidad no lo parece, sí de cómo ella se lleva a la práctica. Los mecanismos de acceso y de ver quienes serán los cultores del saber superior se deben definir cuando se lleve a cabo la concepción de una Universidad bajo el concepto puro y formal que explicaré más abajo. Para efectos teóricos, el tema no es fructífero, pero sí con el hecho de hacer un análisis de las universidades de un determinado país o bien, de cómo se van a estructurar las políticas y las normas sobre educación superior, así como lo trata Fernando Atria (51) y otros investigadores en la materia (52).

(d) Política en la Universidad: Este punto dice relación con la adopción del ruido relativo del concepto. La propuesta de discutir los demás tres puntos anteriores se liga a éste y en ese sentido, se involucra de lleno la política, en términos ideológicos y de proyectos abstractos. La política en la institución dice relación de cómo hacerla y cómo organizarla, y es algo laudable para efectos reflexivos. Sin embargo, la delgada línea entre los intereses personales y los colectivos es la que no se puede dibujar en la práctica y es parte de los debates de la misma índole que para nada aportan insumos a la discusión teórica que planteo. Sin perjuicio de ello, el hecho de que la Universidad en su sentido esencial sea una “asociación de maestros y discípulos organizados en torno a un fin común” dice relación con que son ambos los que hacen a la institución. Ahora bien, es difícil disuadir el grado de madurez que puede tener el trabajo conjunto entre ambos, que en algunos casos funciona y en otros, no. Ello por la presencia de posturas progresistas, rupturistas, radicales, constructivistas, liberales y comunitaristas, es esta diversidad la que hace complicado trazar la línea. El automatismo de las ideologías puede penetrar con fuerza si no se controla con mesura la influencia de ellas. Recordar que el saber no tiene color político, entonces se transforma en un argumento para precaver. Eso sí, el uso del saber si lo tiene, pero este, pienso, depende únicamente del proyecto de la institución.

(e) Cualidades de la Universidad (laica, confesional, pluralista): Sin duda el punto más complicado de los cinco que trato aquí, puesto que fija el punto de partida en la conformación teórico-práctica de un proyecto de Universidad y que puede tener repercusiones en las ideas que venía planteando en líneas precedentes. El pluralismo subyace en las sociedades, en términos institucionales, pues se permiten casas de estudio inspiradas en tradiciones de cualquier índole. El requisito de la diversidad en tanto, se promueven distintas formas de acercarse a la verdad se cumple, como quisieran académicos como MacIntyre (53), resulta dudoso pensar en un pluralismo al interior de las instituciones pensando en maestros y discípulos, un punto a tratar en la siguiente sección. La idea de una Universidad laica obedece –quizás- a la secularización que conllevó la modernidad y la ilustración a la búsqueda de la verdad y el conocimiento por una vereda que no incluía el culto. Que la Universidad sea pluralista en los términos en que se gráfica esta distinción solo implica que sea tolerante y subsidiaria sin importar el dogma de partida que se tenga. La discusión teórica (ontológica en este caso), pienso, está algo apartada de esta clasificación, siendo algo que no está presupuestado en este trabajo. Una Universidad laica parte de un ideal secular, pero ello no obsta a que un individuo pueda partir desde otro punto de vista, en ello, el pluralismo intra-institucional se haría cargo. No así en una Universidad Católica que parte su carrera hacia la verdad asumiendo como ‘verdad’ a la revelación (54), aunque, no creo que para efectos de promoción del respeto y el amor al prójimo se repudie a quien tiene un punto de partida distinto al interior de la misma institución, claro que es algo poco consistente, en términos de predica epistémica.

El trabajo de un entendimiento puro y formal del concepto de Universidad es la propuesta de este acápite para entrar en el siguiente punto: el desafío de la academia. Si tomamos para el análisis a los ruidos absoluto y relativo y reparamos en que la sociodicea conceptual que cientificiza a nuestra manera de hablar (pensando en una respuesta correcta), entonces vamos por buen camino.

Al efecto, los conceptos se refieren a cómo concebimos determinados aspectos del mundo y a su vez, se encuentran entre las palabras por medio de las cuales son expresados junto a sus significados y la naturaleza de las cosas a las que se aplican, por el otro. Sin embargo, se puede objetar que los conceptos son una creación humana y no filosófica. Luego, parece ser un error el identificar conceptos con significados (nuevamente una cuestión de la ciencia, una sociodicea en este ensayo) o asociarlos con la naturaleza de las cosas. Ahora bien, un ruido absoluto no se hace cargo de la explicación del concepto en su totalidad, pues solo dice que el concepto está subsumido a contener propiedades esenciales que constituyen la naturaleza de lo que se quiere conceptuar. Ahora bien, si concedo que el concepto de una cosa determina cuáles son sus propiedades esenciales y en consecuencia, la naturaleza de esta cosa y no a la inversa. Entonces, las propiedades esenciales son determinadas por el concepto y así, la naturaleza de la cosa. Cabe preguntarse por el concepto de Universidad. Esto, pues cualquiera de los dos ruidos puede devenir en dogmático, por lo que, habría que intentar inferir de dónde emerge el uso de estas nociones. Esto presenta el problema de la indeterminación del número de propiedades esenciales (o necesarias), el cual sería difícil de canalizar en cada concepto de Universidad, por lo que, habría una pluralidad de ellos. He ahí una negación de la diversidad. Objeto que los diferentes conceptos son productos de la teoría de los sistemas universitarios (y no las discusiones que solo llevan a problemas prácticos) y tratan de elucidar la estructura de la institución de maneras diferentes. Esto no significa que todos los conceptos se encuentren en un pie de igualdad, por lo que uno no puede ser mejor que otro, ya sea porque es más exacto o porque no conduce a distorsiones.

La propuesta es sobre el entendimiento del concepto de Universidad cuyo rol sea definir qué objetos imbrican las proposiciones de lo que refiere su lenguaje asociado, vale decir, cuáles son participes de una misma naturaleza. Por lo tanto, la homogeneización de la naturaleza del derecho como una cuestión común, urge.

Si pensamos que el concepto de derecho es un producto histórico, que cambia a lo largo de los años, y el concepto como tal como lo poseemos es más reciente que la institución a la que se refiere. Sin embargo, el concepto de Universidad no es propio de la teoría que se encarga de reflexionar sobre esta problemática, sino más bien, es un concepto que evolucionó históricamente, bajo la influencia de la constante búsqueda de la verdad y otras influencias culturales. Lo anterior escapa a la lógica cientificista respecto de que el concepto resulta dinámico y no estático (55) y se constituye al calor de las vicisitudes históricas, por lo que vendría a ser una construcción de una realidad determinada.

Un ruido esencialista como el absoluto y uno parcializado como es el relativo, que se aplica al caso particular (una especie de localismo) supone una “necesidad” en la conceptuación del objeto. Ahora bien, es muy distinto sostener que un concepto particular es necesario y afirmar que hay rasgos necesarios de un concepto que se acepta como contingente.

Sobre ello, la distinción entre verdades necesarias y verdades contingentes que Leibniz propone. Respecto de las primeras, son aquellas que enuncian que algo es de tal modo y que no puede ser más que de ese modo, por tanto, expresan (la composición de) un ser necesaria. Las contingentes o de hecho, enuncian que algo es de cierta manera, pero podría ser de otra. Se refieren a un ser contingente, fáctico, por lo que son causales, accidentales. Si se considera al concepto de Universidad como de la primera clase, se resume en una verdad lógica. No así, si se piensa como una verdad contingente, debería poder ser demostrado a partir de la experiencia y sería conjugable en una verdad empírica y particular. Ahora bien, esta misma distinción es la que se plantea a propósito de asuntos formales y asuntos empíricos, que poseen una sola respuesta correcta y valida a la controversia que suscita su duda.

El ruido relativo de Universidad podría aplicarse a sociedades que no tienen Universidad o bien que no la conocen. En este punto, la necesidad reclama generalidad, y la idea de que el concepto es un producto humano cobra sentido. Sin embargo, pareciera que el concepto es lo universal y no la naturaleza, donde es esta última la que debiera dar la pauta para la existencia de derecho y que en las culturas, se oponga consciente o inconscientemente como un requisito sine qua non para luego, llamar algo Universidad o no, es ahí donde el entendimiento puro y formal del concepto es importante.

Si el concepto esencialista como necesario es verdadero y como contingente igual, ¿aguantaría una doble verdad? – De ello reflexiono que es posible admitir la diversidad en la gestación del concepto de Universidad más apto para los propósitos de ella. Es así, que múltiples encuentros y debates en la historia han posibilitado la purificación y formalización del entendimiento de esto. La interrogante que queda latente es qué considerar como Universidad y qué no. A lo anterior, se suman, la pregunta por el otro y por el reconocimiento legítimo de este, una cuestión de los principios de la diversidad valorativa. Con el impacto de los nuevos paradigmas, de la instrumentalización y creciente mercantilización de la educación superior (así también la idea de Universidad), se ha puesto en jaque a la extensión del concepto de, dejando entrever qué formas de comprender a la Universidad han sido social y moralmente interiorizados –de buena manera- por las comunidades. Pareciera ser una tarea del devenir histórico el mejorar la comprensión que se tiene de la Universidad hallar una regulación apropiada y no el indagar en las propiedades esenciales que terminarían por ser mecanismos tanto inclusivos como exclusivos en términos arbitrarios, luego ahí depende de un algoritmo en encontrar la lógica de lo esencial y lo necesario. Lo anterior se materializa en las realidades y constituye un segundo test de verdad.

El ideal mesiánico de llevar a la verdad y de poseerla “es un estado de suyo frágil –y, por ende, digno y necesitado de defensa– mientras que ni la aproximación ni el alejamiento de la verdad son procesos irreversibles. Y esto rige para todo tipo de verdad (…) (Por lo tanto) si un genio maligno, como el imaginado por Descartes, destruyera mañana todo registro de las verdades astronómicas que han sido descubiertas en el curso de la historia, perderíamos acceso incluso a verdades elementales, a las cuales, en este momento, millones de seres humanos tienen acceso, como, por ejemplo, que la Tierra es parte de un sistema heliocéntrico. Nada tiene de peculiar entonces que ocurra lo mismo con el acceso a los valores…” (56) las verdades referidas al modo en qué se piensa a la Universidad.

Si se acepta el entendimiento puro y formal del concepto de Universidad quedan menguadas las adopciones de cualquiera de los dos ruidos en torno a una suerte de esencialidad de ciertas características que permiten fijar conceptos, en cuestión, uno universal para todos igual. Hincapié en que la verdad misma no depende de contexto alguno.

Importante señalar que diferentes culturas tienen diferentes conceptos de Universidad, por lo que abogar por la universalidad respecto de la naturaleza y por ahí, puede verse la distinción y el juego con la tipología leibniziana de las verdades, que al final, conjuga en una. No obstante, el cambio histórico que sufre el concepto, pero cabe tener presente que lo que varía es el entendimiento sobre el concepto. La arrogancia de poseer la verdad y creer que la interpretación que tiene quien hablar es la correcta es una cuestión errada y bien frágil, debido a que la relevancia de la verdad y su búsqueda exceden el alcance absoluto, más podría ser un valor cierto de manera efímera. La tesis según la cual el concepto de Universidad cambia en la historia (relativo) es también inaceptable en términos lógicos, puesto que si el concepto cambiara, cambiaría también su extensión, esto es, sería más que una asociación de maestros y discípulos organizados en torno a un fin común. Es así que vendría como consecuencia inexorable cosas que son Universidad y que no son Universidad en determinados momentos de la historia, que cambiando el concepto no lo serían y si mutara nuevamente, si lo serían. Es una ofensa para con el sentido de la realidad que otorgar la lucidez suficiente para reflexionar y la confianza en las instituciones por la comunidad (en tanto la Universidad es una de ellas).

Eso sí, es correcto sostener que sea el concepto y no, por contraste, nuestro entendimiento del concepto lo que cambia en la historia. Por lo tanto, la propuesta de un concepto formal, uno con las condiciones mínimas de ser un concepto ahistórico y acultural, de Universidad para legítimamente poder hablar y referirse a los conceptos de Universidad que han existido en distintos tiempos y culturas. Y no de carácter esencialista, esto solo acerca más a la ciencia a manejar los asuntos filosóficos y humanos, no caer en la seducción del mesías que proclama y que coopta a la diversidad (57).

Si adoptamos una postura esencialista tendríamos que unificar los demás conceptos que no se adapten a él. Entonces se perdería el concepto y la legítima manera de hablar a qué abarca, a saber, la comunidad de maestros y discípulos en torno a un fin común.

Si se quisiera prescindir del concepto puro y formal de Universidad, se escurriría el fundamento de la institución que subyace a todas las comunidades en distintas épocas y culturas, desde el mostrado en los sistemas sociales de hoy, como por ejemplo una Universidad medieval con una de carácter libre como las que presentan los países que tienen su política manejada por un conglomerado de izquierda. El concepto de Universidad que se intenta proponer está de la mano con el pluralismo, en tanto es puro y formal, algo que más allá del imperfecto entendimiento que un determinado momento histórico se tenga de él, hace de todo que podría llamarse Universidad. El proyecto de elaborar un concepto único (absoluto) está basado en la creencia equivocada de que la Universidad abarca una categoría fundamental. Por el contrario, ella es completamente una construcción cultural y es aquello a lo que le atribuimos el nombre Universidad. Esta institución –en términos durkheimianos- puede entenderse como un fenómeno social complejo y multifacético, o como le llaman teóricos como Kerr, multiversidad (58), ergo su indagación va a depender del entorno en que esté inserto. Entonces, parece un ejercicio necesario el situarse en un punto abstracto, imparcial y objetivo acerca de lo que persigue la teoría de los sistemas universitarios.

Si pensamos un segundo en el concepto de Universidad, este es la concreción de lo que exponga la naturaleza de la misma, no como lo entiende un ruido absoluto o uno relativo, se intenta mostrar que ello es imposible, para lo universal, sí es posible en lo local, pero la tesis no es consistente. El pensar al concepto de Universidad en los términos de velar por su uso y no su significado, podría ser una respuesta. La Universidad como un conjunto de usos, costumbres, prácticas que al tender hacia un progreso intelectual de cada comunidad, también puede determinar el que constituya una tradición, aquello que permite hablar de algo que es compartido por un cúmulo de individuos reales y concretos en distintas épocas históricas.

Lo que existe en la historia son conceptos de Universidad que han ido mutando, por tanto, son sustantivos e históricos, así deben pensarse. Ahora bien, en el plano teórico existen una diversidad de conceptos de Universidad que en la historia siguen a la naturaleza y cabe de ello, pensarlos como un todo y ver cuáles son fructíferos para mejorar el entendimiento del concepto y cuáles no.

Con una diversidad valorativa, el pluralismo está en pos de mostrar una concepción tan absoluta como plural de que da sentido a la Universidad. Por un lado, ese carácter absoluto del valor está -en último término-, en el concepto puro y formal del concepto único. Por otro, su virtud de plural reside en el concepto sustantivo e histórico de conceptos de Universidad igualmente legítimos. La posibilidad de entender mejor el concepto de Universidad y así también, de la teoría de los sistemas universitarios dependerá del encuentro de las concepciones en cuestión alrededor de cómo valorar la diversidad. En la medida que los distintos conceptos se refinen y muestren en la historia, se les puede individualizar con precisión creciente y, por su intermedio, entender mejor el concepto de Universidad.

Pensar en la pluralidad de teorías que pueden aparecer: semánticas, nominalistas, conceptuales, pluralistas, excluyentes, orienta el camino a un mejor entendimiento del concepto de Universidad y no pregonar “una elaboración es mejor que otra o más completa, porque…”

Finalmente, insisto que la idea de un entendimiento puro y formal del concepto de Universidad reviste de cualidades ahistóricas y aculturales, de tal manera, que pueda comprenderse en su existencia y razón de ser en tiempos y culturas determinadas. Luego, de forma legítima se puede hablar y hacer referencia a los conceptos de Universidad.

4. CONCLUSIÓN: EL CONCEPTO RENEGADO

En toda sociedad el saber de los hombres requiere de un espacio para crecer y multiplicarse. La Universidad es comúnmente pensada como el lugar para dichos procesos. A pesar de ello, el concepto de Universidad resulta un equívoco constante para la mayoría de las personas que cae sobre el embrujo de la sociodicea mencionada en el acápite anterior o bien, en la adopción de uno de los dos ruidos del concepto de Universidad que expuse, a saber: absoluto y relativo. La Universidad como una idea intemporal que no depende del medio en que está inserto y a contrario sensu, que sí depende de esto. Que los individuos tomen estos puntos de vista solo produce la creación de diálogos e instancias que pueden confundir a las personas en el uso de las palabras y así también, en el concepto de Universidad. Un ruido absoluto del concepto de Universidad es susceptible de padecer una presión de mesianismo epistémico en el sentido de que tratará de superponerse al resto de los demás conceptos, queriendo así, constituir la base de cada uno. Es por eso que también lo identifiqué como esencialista, en tanto, buscaba elementos que son sine qua non a cualquier concepto. El relativo, puede adolecer de ser localista y solo abocarse a un caso en particular, lo que no da muchas garantías para el efecto de la teoría de los sistemas universitarios o una fructífera reflexión filosófica en el tema. Para ello, la propuesta de un entendimiento puro y formal de éste, que recoja todos los entendimientos históricos y culturales que se posicione como un paradigma consciente en la reflexión de esto. Luego nos será muy útil para seguir teorizando en términos del concepto de Universidad y alejarnos de las confusiones de los asuntos prácticos y contingentes (que para nada son analíticos). Ya se vio como hay problemas que tergiversan el campo de exploración que nos tiene acostumbrado la palestra discursiva en la esfera pública. Allí no se discute sobre el concepto de Universidad y por ello, es posible que hoy, -al menos en Chile- no todas las universidades tengan el mérito de ser tales. Y es normal que ese mecanismo de exclusión o inclusión opere en el lenguaje, pues significa que es un análisis bien hecho. El concepto renegado es el que entrega el entendimiento puro y formal del mismo, para ello, cuando la invasión de los centros de formación técnicos y se vayan paulatinamente (o si es que no están en eso) transformando en universidades. Mas son cosas que ocurren cuando cuestiones como la escogencia de cualquiera de los dos ruidos de Universidad permite; o también la sociodicea que opera axiomatizando y buscando legitimar órdenes establecidos, por ejemplo, si todo fuera Universidad y quien detenta el poder quisiera que ello siguiera siendo así, sin duda que ejercería los mecanismos necesarios para mantener su palacio.

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Notas

(1) Humberto Giannini citado en: FIGUEROA, Maximiliano. Jorge Millas. El valor de pensar. Santiago de Chile: Ediciones UDP, 2011, p. 197.

(2) Millas, Jorge. Idea y defensa de la universidad. Santiago de Chile: Editorial UDP, 2012, p. 34.

(3) Ibíd., p. 35

(4) Para la discusión de la ‘esencia’ de la Universidad, véanse los siguientes trabajos: MILLAS, op. cit. (n.2); JASPERS, Karl. The Idea of the University. Boston: Beacon Press, 1959; López PÉREZ, Nicolás. “La instrumentalización de la Universidad: Perspectivas y críticas”, en: Derecho y Humanidades, 19 (2012): 53-71; FRIZ ECHEVERRÍA, Cristóbal. “En torno a la ‘esencia’ y el ‘fin’ de la universidad”, en: Derecho y Humanidades, 19 (2012): 41-52.

(5) HEIDEGGER, Martin. Serenidad. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1989, p. 19. Énfasis añadido.

(6) Con esta idea se hace referencia a no hacer uso de la capacidad de pensar, rompiendo con la tesis del determinismo de que el hombre está “determinado a hacerlo”.

(7) Véase Rousseau, Jean-Jacques. Emilio o de la educación. Bogotá: Ediciones Universales, 1990, pp. 176-79.

(8) Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Buenos Aires: Gradifco, 2004, p. 15.

(9) Véase Kant, Immanuel. “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración?”. En: Erhard, J. B, et al. ¿Qué es Ilustración? Madrid: Tecnos, 1988, pp. 9-21.

(10) HEIDEGGER, op. cit. (n.5), p. 26.

(11) SMITH, Adam. La riqueza de las naciones. Buenos Aires: Longseller, 2008, p. 31.

(12) ARENDT, Hannah. La vida del espíritu. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1984, p. 14.

(13) FIGUEROA, op. cit. (n.1), p. 67.

(14) FOUCAULT, Michel. “¿Qué es la crítica?”, en: Daimwn, Revista de Filosofía, Nº 11 (1995), p. 7.

(15) Ibíd, p. 8. Véase también el argumento que presenta De la Boétie, Étienne. Discours de la servitude volontaire. Bossard: París, 1992.

(16) LACAN, Jacques. Reseñas de Enseñanza. Buenos Aires: Manantial, 1984, p. 13.

(17) STRAWSON, P. F. Individuos. Madrid: Taurus, 1989, p. 14.

(18) MILLAS, Jorge. De la tarea intelectual. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1974, p. 22.

(19) MILLAS, Jorge. Idea de la filosofía. Volumen 1. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1970, p. 39.

(20) Una suerte de ideal social que debe otorgar el apartar los fantasmas de la “falta de pensamiento” en las mentes de los hombres es el querer la libertad por la libertad y descubrir los límites humanos que eso implica. Pensar como fines a los demás y no caer en la instrumentalización del hombre, menos en la dominación del hombre por el hombre. En esa misma línea, en palabras de Sartre: “el contenido es siempre concreto y, por tanto imprevisible: hay siempre invención. La única cosa que tiene importancia es saber si la invención que se hace, se hace en nombre de la libertad.” (En SARTRE, Jean Paul. El existencialismo es un humanismo. México DF: UNAM, 2006, p. 64). La cita del francés merece dos pequeños comentarios: 1) la idea de la imprevisibilidad en el contenido tiene una directa relación con la constante reflexión de lo que ocurre en las sociedades y de cómo se puede des-rutinizar el saber superior; 2) El conocimiento tiene que tener una función liberadora de la servidumbre (in)voluntaria a la que está sujeta el hombre en un modelo economicista cimentado en la idea de utilidad y de eficiencia.

(21) Véase MARCUSE, Herbert. El hombre unidimensional. Barcelona: Ariel, 1981, p. 187.

(22) Recomiendo revisar el argumento de Benjamin sobre el progreso, la tecnocracia y el pensar en BENJAMIN, Walter. Tesis de filosofía de la historia. Madrid: Taurus, 1973.

(23) Cfr. MILLAS, op. cit. (n.19) pp. 24-5.

(24) Aconsejo revisar HORKHEIMER, Max y ADORNO, Theodor. Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta, 1998, p. 97.

(25) Cfr. BOURDIEU, Pierre. Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal. Barcelona: Anagrama, 1999.

(26) Algo de esto he dicho en “Cientificismo y mesianismo: la otra cara de la ciencia moderna”, Febrero de 2013. Crítica.cl Consultado el 19 de junio de 2013. Disponible en la World Wide Web: http://critica.cl/filosofia/cientificismo-y-mesianismo-la-otra-cara-de-la-ciencia-moderna

(27) Véase “Chile magistrae vitae: La pinochetización de las costumbres y la transición democrática”. Manuscrito del autor, 2013. Consulte a nicolopez@ug.uchile.cl

(28) TODOROV, Tzvetan. El jardín imperfecto. Luces y sombras del pensamiento humanista. Barcelona: Paidós, 1998, pp. 43-44. Cursiva mía.

(29) MILLAS, op. cit. (n.2), p. 35

(30) Me parece que Millas entiende la noción de racional como lo explica Habermas en “Ciencia y técnica como ideología”, aunque con un matiz mucho más extenso. Escapa de ser la institucionalización del progreso científico y técnico, pues estaría cayendo en una aporía de no poder sostener lo que se crítica, ídem con el propósito de las líneas de este trabajo. Sin perjuicio de lo anterior, la postura del alemán no asocia al concepto de dominación la idea del saber en la sociedad, por lo no impide el que se geste el encuentro entre las posiciones diversas y en última instancia, racionalización viene a ser tener capacidad de crítica. Véase HABERMAS, Jürgen. Ciencia y técnica como “ideología”. Madrid: Tecnos, 1986.

(31) En MILLAS, op. cit. (n.2), p. 36

(32) Aconsejo ver OPORTO, Lucy. “La mezquindad organizada. Sobre la quema del archivo fílmico del Colectivo Cine Forum”, Abril de 2012. Consultado el 04 de febrero de 2013. Disponible en la World Wide Web: http:// letras.s5.com/lop140412.html

(33) Agradezco al Ph.D. John Finnis por hacerme ver la luz en este punto.

(34) Véase SERRANO, Sol. Universidad y nación. Chile en el siglo XIX. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1994, pp. 111-24; GARRIDO, Juan Manuel et al. La excepción universitaria. Santiago de Chile: Editorial UDP, 2012, pp. 14; 54-5; HEIDEGGER, Martin. “La Universidad Alemana”, Febrero de 2001. Consultado el 19 de junio de 2013. Disponible en la World Wide Web: http://www.philosophia.cl

(35) HOPENHAYN, Martin. Después del nihilismo. De Nietzsche a Foucault. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 2005, p. 53.

(36) MILLAS, op. cit. (n.2), p. 32

(37) Ibíd.

(38) MILLAS, op. cit. (n.2), pp. 32-3.

(39) MILLAS, Jorge. El desafío espiritual de la sociedad de masas. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1962.

(40) FIGUEROA, op. cit. (n.1), p. 204.

(41) DERRIDA, Jacques. Universidad sin condición. Madrid: Trotta, 2010.

(42) FIGUEROA, op. cit. (n.1), p. 205.

(43) Ejemplos de esto –y como argumentaré en lo siguiente- son: GARRIDO et al, op. cit. (n.34); ATRIA, Fernando. La mala educación. Santiago de Chile: Catalonia, 2012; BRUNNER, José Joaquín. “Universidad para todos”, en: Estudios Públicos 124 (2011): 151-70; PEÑA, Carlos y BRUNNER, José Joaquín (eds.) El conflicto de las universidades: entre lo público y lo privado. Santiago de Chile: Editorial UDP, 2011. Sin embargo, hay otros que tratan de buena manera el tema y delimitan correctamente temas prácticos con la teoría stricto sensu (pues trazan bien la línea o bien, aplican argumentos/intuiciones filosóficas al problema) como: MELLER, Patricio. “Fin de la Universidad: Rol y destrucción”, en: Derecho y Humanidades, 19 (2012): 33-9; PACHECO, Máximo. “Misión de las Universidades”, en: Revista Chilena de Derecho, 24(1) (1997): 49-68; LETELIER, Valentín. “El Estado y la educación nacional”, en: Derecho y Humanidades, 19 (2012): 27-32; ORELLANA BENADO, M. E. “Aprobado por unanimidad”. En: UNIVERSIDAD DE CHILE. La Universidad de Chile piensa a Chile. Edición especial de Anales para el bicentenario de la República. Santiago de Chile: Catalonia, 2010, pp. 373-6; FONTAINE, Arturo y BARROS, Enrique. “Apuntes acerca de la Universidad en tiempos de conflicto”, en: Estudios Públicos 124 (2011): 139-49.

(44) ATRIA, Fernando. “El sentido de la Universidad pública”. Borrador proporcionado por el autor, 2013.

(45) Cfr. MAYOL, Alberto. No al lucro. Santiago de Chile: Debate, 2012, pp. 188-207.

(46) Véanse los ensayos recopilados en VALDÉS, Pio (ed.) El aporte de las universidades privadas al país. Santiago de Chile: Libertad y Desarrollo, 2011. Para considerar las consecuencias de esto, ver MONCKEBERG, María Olivia. El negocio de las universidades en Chile. Santiago de Chile, Debate, 2007.

(47) Sobre este punto, la lectura del ensayo de Atria, mencionado en la nota 44, puede ser acertada sobre el problema e incorporada como insumo de discusión, sin embargo, puede entrar en una confusión de temas, pues negar la propiedad, los capitales privados y en definitiva, el lucro, sería negar uno de los pilares que cimentaron a Occidente.

(48) SERRANO, op. cit. (n.34), p. 128.

(49) Cfr. LÓPEZ PÉREZ, op. cit. (n.4).

(50) GARRIDO et al, op. cit. (n.34), p. 41.

(51) ATRIA, op. cit. (n.43), Capítulos 1 al 11.

(52) Me remito al volumen colaborativo citado en 43 de PEÑA, Carlos y BRUNNER, José Joaquín.

(53) Véase MACINTYRE, Alasdair. “Reconsideración de la Universidad como institución y de la conferencia como género”. En del mismo, Tres visiones rivales de la ética. Madrid: RIALP, 1992, pp. 267-89.

(54) Para este punto, recomiendo ver BRAVO LIRA, Bernardino. La Universidad en la historia de Chile. Santiago de Chile: Pehuén, 1992, pp. 409-35.

(55) Sobre este paralelo, BERLIN, Isaiah. “El sentido de la realidad”. En del mismo, El sentido de la realidad: sobre las ideas y su historia . Madrid: Taurus, 1998, pp. 27-76

(56) ORELLANA BENADO, M. E. Pluralismo: una ética del siglo XXI -2ª ed.-. Santiago, Chile: Editorial Universidad de Santiago, 1996, p. 66.

(57) Mucho hincapié en la revisión de LÓPEZ PÉREZ, op. cit. (n.26).

(58) Sobre el punto de Durkheim, véase del mismo, Las reglas del método sociológico. México DF: FCE, 1986; en especial, p. 31 y ss. Acerca del concepto de multiversidad, la literatura relacionada es KERR, Clark. The Uses of the University. Cambridge (MA): Harvard University Press, 2001; MELLER, Patricio y MELLER, Alan. Los Dilemas de la Educación Superior. El Caso de la Universidad de Chile. Santiago de Chile: Taurus, 2007.

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