Rojos comunistas

Por: Armando B. Ginés
Fuente: Rebelión (06.05.13)

Al parecer, según el diario El Mundo, la consejera de Fomento y Vivienda de la Junta de Andalucía Elena Cortés es comunista. Lo asegura el redactor de turno para dar cuenta de la medida adoptada por la militante de IU de expropiar pisos a los bancos en casos de desahucios por riesgo inminente de exclusión social. Se desconoce si Cortés se ha manifestado públicamente como comunista o no, pero añadir el adjetivo ideológico y político de marras pretende dirigir una lectura tergiversada de los hechos narrados que desvía a propósito el fondo real de la noticia. Las invectivas a lo bruto, en apariencia inocuas, no admiten matices ni gradaciones. Tú eres un rojo comunista porque lo digo yo. Y basta ya. Todo muy democrático y de tolerancia exquisita.

El contexto histórico y el ambiente social propician que alrededor de la palabra comunista cualquier lector medio conecte con sus prejuicios de modo automático. El concepto comunista activa todas las alarmas contra la bestia imaginaria, casi siempre negativas, con imágenes asociadas a leyendas negras muy extendidas por la propaganda capitalista. Un comunista siempre alberga motivos oscuros, incomprensibles para una gran mayoría de ciudadanos tipo. Ante un comunista hay que ponerse en guardia porque son bichos raros con códigos de conducta difíciles de interpretar en los marcos de referencia educacionales y culturales de la globalización neoliberal.

Casi a la misma altura censurable de los comunistas se encuentran los anarquistas y ateos. En un escalón inferior de aversión emocional y misterio insondable se hallan los marxistas académicos, socialistas, socialdemócratas, humanistas de izquierda, rebeldes anónimos y radicales contestatarios de toda causa y condición. Pero los comunistas son el comodín-rey en última instancia para concitar las furias capitalistas indiscriminadas. Esta amplia y heterogénea miscelánea forma un club marginal sobre el que recaen las iras más furibundas del sistema. Son etiquetas que prejuzgan sus razones e ideas. Tildar a alguien con esos adjetivos conlleva una presunción de culpabilidad inicial casi insalvable: cuando son detenidos, apaleados o asesinados, el algo habrán hecho emerge a la superficie como una justificación ad hoc de los propios miedos y prejuicios ideológicos debidamente inoculados por el adoctrinamiento capitalista desde la misma infancia. Pocos se paran a pensar de dónde surgen esas ideas preconcebidas, ese anatema inapelable. El cerebro indaga en su biblioteca trabajando relaciones causales fáciles y sencillas: si éstas funcionan y explican la situación concreta, ahí se para, no es necesario malgastar ni movilizar más recursos mentales. La pereza cerebral domeñada por la publicidad masiva de mensajes con respuestas arquetípicas anula todo pensamiento crítico o alternativa de interpretación compleja.
Pensar con profundidad analítica requiere esfuerzos añadidos. La voluntad de pensar más allá de los criterios y soluciones estipulados por el contexto y el ambiente que dan sentido a nuestros juicios morales y acciones políticas requiere un salirse fuera de sí mismo y de la dictadura del momento aislado para establecer así nuevas relaciones entre los fenómenos que vemos a simple vista y realizarnos, en este viaje iniciático, preguntas distintas a las habituales.

Lo cierto, no obstante, es que si miramos con atención y capacidad de asombro el devenir del ser humano en el planeta Tierra lo que advertimos es que de manera natural venimos al mundo comunistas, anarquistas y ateos. Necesitamos imperiosamente al otro (la madre). Braceamos en la realidad completamente libres para ir interpretándola a partir de nuestras sensaciones y experiencias particulares. No creemos en nada, simplemente vivimos, existimos, caminamos y tropezamos, aprendemos ensayando aventuras continuamente. Con el paso del tiempo aparecen las limitaciones ideológicas, políticas y sociales, la problematización de los espacios físicos y culturales: la familia, el sustento diario, las costumbres y las normas, los prejuicios, la complejidad estructural, en suma. La realidad nos opone múltiples resistencias. Adaptarse a ellas y sobrevivir es nuestra meta fundamental.

Desde muy pequeños, el sistema social se encarga de llevarnos de la mano para no descarrilar de la senda única e ineludible con pensamientos propios. El error estriba en pensar diferente. La realidad hay que encauzarla y entenderla de un modo unidimensional. Nos enseñan que cultivar el egoísmo individualista y competitivo es la forma suprema de una idílica e inexistente libertad, libertad atemperada por disciplinas mentales y físicas para someternos al statu quo social, a veces revelado en textos que hay que recitar de memoria o a través de catecismos más sofisticados de carácter ideológico y positivo. Los relatos son normalmente maniqueístas con un lugar común sagrado: vivimos en el mejor de los mundos posibles. Otras letanías que refuerzan el eslogan principal son que siempre habrá ricos y pobres y que el régimen capitalista es la solución natural que mejor cuadra con la idiosincrasia de origen natural y divino del ser humano. La lucha entre buenos y malos es la consecuencia última de esta perspectiva basada en la fe irracional en el relato capitalista por antonomasia.
El comunista es radicalmente el otro: el extranjero vitalicio, la casta intocable, el utópico, el no patriota, el permanentemente insatisfecho, el poeta maldito, el impío, el extrañamente diabólico. Esta leyenda tiene proyecciones reales en el mundo que habita y en el propio comunista. Cercado por una tela de araña compulsiva, a la persona comunista desnuda y en precario no le queda más remedio que dulcificar sus posiciones y sus declaraciones públicas para sobrevivir en un mundo hostil de intrincadas relaciones sociales. Hay que sobrevivir a toda costa, renunciando a la libertad de expresión sincera y directa. Se trata de una imposición sibilina, extrema, que en ocasiones es muy complicado soportar. Unos se rinden al monstruo amable sin condiciones; otros viven la realidad instalados numantinamente en sus principios, y un tercer grupo adopta posturas transaccionales prácticas para evitar la condena pública silenciosa de su auténtico pensamiento.

Se habla muy poco en nuestra sociedad de las discriminaciones objetivas encubiertas contra los comunistas, anarquistas y ateos. En el terreno laboral son innumerables. Los prejuicios sociales se manifiestan de mil maneras diferentes. Son virus que dan vigor y consistencia a las miradas de la masa y operan como vetos reforzados por el uso cotidiano. Un comunista lleva tras de sí una sombra siniestra que le persigue donde vaya, salvo que reniegue de su ideario o lo camufle convenientemente. En caso de declarar su ideología a pecho descubierto, a un comunista se le pide un plus ético o moral casi inalcanzable, la perfección absoluta, cualquier error que cometa se magnifica exponencialmente: ¿viste?, él/ella también son humanos. La historia oficial nunca juega en el equipo comunista.

La historia con sus contradicciones y paradojas siempre se escribe a favor de la corriente principal, de los ricos, de las clases hegemónicas. No es de manejo y dominio público que los comunistas, los anarquistas y los ateos han estado en todas las luchas por la libertad, la igualdad y la fraternidad en primera línea de batalla, dejándose la piel, la ideología y la vida misma en el camino sin vuelta atrás. Esto no se explica críticamente en los colegios, es un tabú que hay que obviar a cualquier precio. El relato capitalista acoge estas luchas del pueblo llano como disturbios puntuales o anomalías históricas superadas por la bondad inherente al sistema clasista.

Es muy probable que en el pueblo llano residan las ideas genuinas de libertad, justicia, igualdad y solidaridad. Así, de forma natural y sin excesiva cocción intelectual. Pero también sucede que la falsa conciencia capitalista divulgada por los media, las costumbres y la educación oficial amortigüen esos nobles impulsos reduciéndolos a cenizas de impotencia real. Esa invisible capa de propaganda ideológica juega en contra de soluciones verdaderamente progresistas. Cuando alguien se atreve con una propuesta política que incida descarnadamente en la raíz de los conflictos sociales, de inmediato es bombardeado con el fuego a discreción del adjetivo comunista. La mística de lo innombrable abre puertas y pone en movimiento los prejuicios con suma efectividad. Lo que no admite discusión es que cuando en el sistema capitalista uno o una es tachad@ de comunista es que va por el buen camino, que ha dado de pleno en la línea de flotación de los ricos, de los pudientes, de la clase alta, de las multinacionales, de los bancos… En las dianas cruciales de la injusticia social y de la explotación salvaje del ser humano trabajador por otro ser humano en el rol de empresario o sujeto receptor del robo del sudor de frentes ajenas.

No se sabe si la consejera andaluza es o no es comunista. De izquierdas si parece y comprometida con una ética social resulta incuestionable. Su medida contra los desahucios, limitada sin duda alguna, busca la dirección correcta: la libertad, la igualdad y la fraternidad republicanas. Busca, en definitiva, que el espacio común no esté colonizado por intereses capitalistas privados. Sin trabajador@s ni bienes para consumir ni estatus al que agarrarse, el dinero capitalista pierde todo su carismático valor y su prestigio irracional. La tierra para quienes la trabajan y las viviendas para aquell@s que lo necesiten y vivan en ellas son gritos que no han perdido ni un ápice de vigencia en la actualidad. Comunismo primitivo sí, pero en la dirección adecuada, hacia una sociedad distinta donde la dignidad humana recupere la sed de justicia y armonía vitalista en la cooperación entre iguales y diseñe colectivamente espacios de convivencia menos agresivos y egoístas.

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