El fantasma de la abstención

Por: González LLaguno
Fuente: http://www.elciudadano.cl (23.01.13)

Ha pasado el tiempo de los balances y nos enfrentamos al de las proyecciones. Los hechos relevantes del año anterior y lo que puede ocurrir en este 2013 han estado en el centro de las discusiones y reflexiones de las últimas semanas. De todos los acontecimientos analizados y proyectados hay uno que emerge con mucha fuerza en las pasadas municipales y que amenaza nuevamente con hacerse presente en las elecciones de fin de año: la abstención.

Antes de las municipales generaba incertidumbre. Después de las municipales genera sorpresa y preocupación. De hecho, desde todos los sectores se esperaba un aumento. En lo particular, mi análisis la situaba en torno al 40% con el agregado de que “podía quedar corto”. Sin embargo, nadie esperaba que llegaría al 60% –“ni en mis peores pesadillas esperaba algo así”- afirmaba un analista-.

En este artículo quiero plantear una hipótesis que explica la abstención en el Chile de hoy. En toda democracia hay abstención. Sin embargo, el problema se convierte en político cuando sus niveles aumentan de modo considerable y comienzan a debilitar la legitimidad del sistema político y su institucionalidad. Cuando la abstención supera el 50% el asunto es preocupante y requiere respuestas de corto plazo. Toda solución requiere un diagnóstico.

Para comprender el 60% de abstención electoral debemos, en primer lugar, comparar esos datos con el Chile de la transición y pre ’73. En esa dirección, observamos que la cifra que surge de la municipal de octubre es extremadamente alta.

La abstención de la transición. A medida que la sociedad se fue despolitizando y los ciudadanos distanciándose de la política como construcción colectiva la abstención aumentó.

En efecto, en el plano presidencial y parlamentario entre el ’89 y el 2009 se paso del 5,3% al 12,3% respectivamente; y a nivel municipal entre el ’92 y el 2008 del 10,2% al 14,3%. A su vez, el promedio histórico a nivel presidencial, parlamentario y municipal es del 9,8%, 10,8% y 12,7% respectivamente. Sin duda, lo que ocurre en las últimas municipales es muy alto.

La abstención pre ’73. Si bien era una sociedad politizada y en un proceso amplio de profundización, los niveles de participación política a nivel electoral son inferiores a lo que ocurre desde el plebiscito del ’88.

En efecto, a nivel presidencial vemos que el promedio en ocho elecciones entre el ’32 y el ’70 fue del 20%. A nivel parlamentario el promedio de abstención en once elecciones entre 1932 y 1973 es del 24%. No obstante, en marzo del ’73 a seis meses del golpe militar hay una baja muy significativo al 7%. A nivel municipal el promedio entre el ’63 y el ’71 es del 24%. Sin duda, lo que ocurre en las últimas municipales es muy alto.

La abstención internacional. Los datos de distintas democracias muestran que en los países con voto voluntario tienen mayor nivel de abstención que en los países con voto obligatorio. No obstante, la abstención de la última municipal es muy alta en relación a la experiencia electoral comparada para ambas modalidades. En democracias con voto voluntario como en Francia vemos que en las legislativas del 2012 la abstención promedio llegó al 43%. En Colombia, en la última presidencial -2010- llegó al 52% y a nivel regional –en el 2011- también superó el 50%. Guatemala en la presidencial del ’95 estuvo muy cerca del 70% de abstención. Estados Unidos y Suiza también muestran cifras que superan el umbral del 50%. España y Portugal que también tienen voto voluntario se han ido acercando a estas cifras.

En países con voto obligatorio se observan distintas realidades. Ecuador en las presidenciales del 2009 llegó al 13%; Bolivia el mismo año al 6%, Argentina en el 2011 al 21%, Paraguay en el 2008 al 45% y México el año anterior al 37%.

En definitiva, lo que ocurre en Chile en las últimas municipales es muy alto. Entonces, ¿qué explica el 60% de abstención equivalente a casi ocho millones de electores?

Lo primero a considerar –para luego explicar el fenómeno- es la incorporación de la inscripción automática-obligatoria y el voto voluntario. Son más cinco millones de nuevos electores principalmente de sectores jóvenes. De este modo, el nuevo padrón pasó de los 8,1 a los 13,4 millones de electores. Un dato clave: No concurren a votar ocho millones de ciudadanos; es decir, no van los nuevos inscritos y tampoco lo hace 1,5 millones de los antiguos inscritos. ¿Por qué no concurren a votar?

A mi entender, la explicación se encuentra en que la gente –los ciudadanos- no cree en la política, sus actores e instituciones; y por tanto, se produce un proceso de distancia y congelamiento de las ilusiones y esperanzas por un mundo mejor y distinto. Surge, por tanto, una segunda pregunta ¿por qué ocurre lo anterior?

La respuesta se encuentra en que la política ha perdido su capacidad de transformar el mundo –la realidad- y articular proyectos colectivos. La política ha sido derrotada por el mercado y los políticos por los empresarios –o emprendedores-; el Estado ha sido derrotado por la empresa y lo colectivo por el individualismo; la negociación por el lobby y lo “posible” por lo real; en definitiva, el ciudadano por el consumidor. ¿Qué puede hacer un partido o un político frente al capital?, ¿cómo articular el proyecto político con el proyecto empresarial? Es más, ¿desde dónde se planifica el futuro colectivo: desde el Estado o desde la mano invisible del mercado?, ¿qué puede hacer un Estado, un partido o un político sin financiamiento?

Y en este escenario, ¿qué tiene la política para ofrecer? Sin duda, que ha surgido una nueva ideología: la gobernabilidad.

Entonces, ¿para qué ir a votar, si todo seguirá igual y todos son la misma cosa?; ¿para qué ir a votar, si van a gobernar los mismos?, ¿para qué ir a votar si el poder del capital y de la empresa es omnipotente?, ¿para qué ir a votar si el proyecto colectivo ya no se define en la política ni en los partidos?

Antes de la inscripción automática y el voto voluntario no había ninguna razón ni motivo para movilizar e incorporar a los no inscritos -que llegaban a más de cinco millones-. La abstención en las municipales da cuenta que aún esa motivación e interés es inexistente. Es más, fortaleció la tendencia al desinterés y a la despolitización al generar las condiciones para que 1,5 millones de los obligados a votar anteriormente, no lo hicieran en este nuevo escenario electoral.

Para el 2013 –un año electoral y político- no se vislumbra la posibilidad de revertir la situación. No hay ninguna razón para concurrir a las urnas. No obstante, es probable que la abstención del 60% disminuya algunos puntos debido a la depuración del padrón electoral y a que se trata de elecciones nacionales. No obstante, los factores estructurales que distancian al ciudadano de la política –y generan alta abstención, entre otros fenómenos- seguirán instalados en nuestra sociedad.

Por ahora, hay que esperar cerrar el ciclo electoral y observar cómo se manifiesta la abstención no sólo en la presidencial y parlamentaria de fin de año, sino también en las primarias que se abren en unos días más. La incertidumbre del voto voluntario sigue instalada.

Por González Llaguno

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