La farsa electoral.

Por: Rodrigo Santillán Peralbo
Fuente: http://www.revistasiempre.com (18.12.12)

Cuando los griegos inventaron la democracia, quizás pensaron que en el gobierno del Estado debía participar el pueblo con el ejercicio de variadas cuotas de poder que, en algunos casos, signifiquen decisiones sobre la paz y la guerra, los tributos, reconocimientos o elección del dignatario principal, pero la evolución histórica uncida a la adquisición de riqueza por unos pocos sobre la base de la explotación a unos muchos, permitió el surgimiento de la burguesía que con el poder económico adquirió el poder político, militar y religioso convertidos en la tríada de dominación para defender o imponer privilegios. Desde entonces, la democracia, entendida como el gobierno del pueblo, se transformó en una farsa lo mismo que los procesos electorales cuasi sinónimos de democracia occidental y cristiana, a tal punto que se ha llegado a afirmar que si no hay elecciones no hay democracia.

La democracia moderna tiene su origen en la Revolución Francesa de 1789 que fue, en esencia, una revolución burguesa. Cabe preguntar: ¿Una democracia burguesa permite una democracia participativa, popular, progresista? Indudablemente la respuesta es no y por tanto tampoco permite el desarrollo o ejecución de una revolución popular, liberadora, democrática, pero si germina este tipo de revolución, precisamente, porque es una democracia organizada para la existencia de clases sociales, desigualdades profundas, inequitativa distribución de la riqueza y consolidación del sistema de explotación.

La democracia burguesa es una falsificación de la democracia real porque sirve los intereses de las burguesías, favorece el progreso de las clases dominantes y el florecimiento de privilegios para beneficio de actores sociales, económicos y políticos de los estratos poblaciones más pudientes en detrimento de los amplios sectores empobrecidos por obra del sistema injusto sustentado por el capitalismo.

La democracia burguesa es una farsa perfectamente concebida para ilusionar a los pueblos con fervorosos populismos económicos, políticos, sociales y culturales. La farsa mayor es la farsa electoral que fue planificada para hace creer que el pueblo es quien escoge a sus gobernantes, mediante el sufragio “universal, secreto, libre y voluntario”, y, en el caso ecuatoriano, mediante el voto obligatorio que, de inicio, desvirtúa la democracia real, aunque puede, eventualmente, provocar espejismos de participación popular.

En el Ecuador de estos días, la farsa electoral se ha potenciado para satisfacer apetitos políticos de quienes se consideran a sí mismos irremplazables en este paraíso de las democracias hipócritas y tramposas, porque los famosos programas de gobierno están pensados para mantener el sistema de explotación barnizado con proclamas izquierdistas al interior de un populismo desaforado y desalmado, que engaña y miente con promesas de ejes que sólo servirán para consolidar y modernizar el Estado burgués, en perjuicio de las masas y de movimientos políticos y sociales que reclaman espacios de participación.

Cada proceso electoral del Estado burgués, necesariamente deviene en insustituible instrumento al servicio de las clases dominantes. Es irrefutable que las democracias sólo existen en función de los intereses de clase y de los sectores que la apuntalan. Sería ilógico que una democracia burguesa se estructure y funcione para servir los intereses del pueblo, del proletariado, de los marginados, olvidados y oprimidos, a pesar de que en los procesos electorales se prometa trabajar para ellos, gobernar para ellos, cuando en la realidad, la toma del poder después del proceso, sólo sirve a los ungidos para satisfacer egoísmos, sus ambiciones megalómanas y para servir a los sectores dominantes que, además, cotizan y pagan el costo de las campañas políticas.

Estas democracias son una trampa en sí, porque nacen de un engaño masivo. A través del poder mediático, es decir del poder de compra de espacios en periódicos, revisitas, televisoras, radiodifusoras y en medios colaterales, la intensa propaganda impone imágines y figuras, ideas y pensamientos “democráticos”. El discurso está destinado para persuadir a los electores sobre la validez de propuestas de dudoso cumplimiento, es decir para encandilar al votante hasta la idiotización en muchos casos, y hasta la estupidización en otros. La propaganda golpea las conciencias, las manipula y corrompe, pero además existen otras formas de penetración en el mercado electoral: el uso de escribientes y parlantes, de “intelectuales orgánicos” defensores del status quo y vendedores de las maravillas de la democracia que enriquece a los ricos y empobrece por millones a los pobres.

Suelen decir que la democracia es el mejor sistema del mundo, pero habría que preguntarles la opinión a los desempleados y subempleados, a las madres y padres de familia que no tienen con qué alimentar a sus hijos o calmarles el dolor de las enfermedades o del hambre, a los moribundos por falta de atención médica o que llenan los cementerios al morir por enfermedades que el dinero puede curar, a los sin tierra que venden su trabajo por remuneraciones miserables a latifundistas, a los endeudados ante la banca y financistas que son capaces de dejarlos sin techo y en la ruina, a indígenas y campesinos marginados, a mestizos y negros segregados en infame explotación, y a todos los que sudan las migajas de cada día, que ellos digan si esta democracia es el mejor sistema del mundo. Las víctimas de la dictadura capitalista que digan que esta democracia es el mejor sistema de gobierno del mundo.

Dirán que las democracias garantizan libertades y derechos, cosa bastante discutible, pero ¿qué hacen los pobres hasta la indigencia con tantos derechos y libertades si no tienen derecho a una alimentación sana, a una vivienda digna, a un trabajo con una remuneración digna, 0 si ni siquiera se enteran del sumak kausay o derecho al buen vivir?

Suelen decir que sin elecciones no hay democracia, pero las elecciones son en esencia, la gran farsa de todas las farsas. Se engaña al pueblo con el derecho a elegir y ser elegido, pero este derecho como muchos otros es saboteado por el sistema que, además, convence al ciudadano que ha elegido al gobernante de turno.

Se debe considerar que el pueblo no escoge a los candidatos. En el proceso primero se reúne un grupo de amigos o “coidearios” para, entre ellos, decidir quién representará mejor sus diversos intereses o cuál de ellos puede alzarse con el poder. De inmediato dan a conocer al ungido con la finalidad de despertar simpatías y adherentes, al tiempo que “sugieren” elegirlo como candidato de tal o cual partido político o movimiento. Las masas se emocionan, aplauden y el candidato está listo para participar en la carrea. ¿En qué momento el pueblo escogió al candidato que lo represente? Sin embargo, desde el momento en que la persona fue escogida, comienza a funcionar la maquinaria electoral diseñada para mentir y engañar, manipular y convencer.

En el proceso, el caudillo o líder besa a las masas, se confunde con ellas, las abraza efusivamente, se declara padrino de todos los niños y amigo de hombres y mujeres a los que promete que hará un gobierno para servirles y al triunfar comenzar a servirse del poder y comenzar a pagar los favores recibidos de sus amigos coidearios, sin olvidar a los aportantes a la campaña que esperan réditos económicos y políticos. ¿Cuánto hay que invertir para ser Ministro, subsecretario, embajador, cónsul o juez o comisario, o cualquier cosa?

El proceso electoral tal como está concebido es ideal para la promoción del sistema y sus valores (antivalores), lo mismo para montar el bazar de todas las ofertas en pleno concurso de quién da más, pero sobretodo es el espacio ideal para la disputa pública del poder entre facciones ideológicas, partidistas o doctrinarias insertas en el mismo sistema, siempre con la finalidad de consolidarlo y son capaces de prometer cambios profundos, transformaciones radicales, para finalmente confundirse con el gatopardismo de Giuseppe Tomasi di Lampaduza: “cambiar todo para que nada cambie”

Las elecciones convocan a los arribistas, pero fundamentalmente a la ciudadanía para que se ilusione con su derecho al voto. Es un proceso prescrito en la Constitución y las leyes para llamar cada cierto tiempo a ejercer el derecho al sufragio. Terminado el proceso, los elegidos rápidamente pierden la memoria y se acabaron los besos, abrazos, fiestas, regalos y hasta compra de votos junto a las ofertas y promesas de campaña.

¿Qué hacer desde la izquierda? Frente a tanta manipulación y farsa, las izquierdas tienen derecho y casi el deber de participar en los procesos electorales no con la intencionalidad de alzarse con el poder, sino aprovechar el proceso para explicar a las masas las razones de la revolución y, en consecuencia, demostrar las falacias del sistema de explotación. Las izquierdas deben aprovechar los procesos electorales con fines de agitación y propaganda.

Mientras tanto, todos los marginados, la inmensa mayoría del pueblo, los nadie como diría Eduardo Galeano continuarán engañados.

“LOS NADIES”

Eduardo Galeano (1940)

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la
liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica
roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

“Esta humanidad tiene ansias de justicia”.
Fidel

Y la mesa está servida para que en esta nueva contienda electoral sea reelecto el actual presidente Correa que, quizá mantenga un discurso populista con altisonantes palabras de izquierda, para luego gobernar con la derecha. Si la mesa está servida, cabe recordar que el deber primordial del revolucionario es ser revolucionario, pensar en la revolución y actuar como revolucionario.

La democracia burguesa se acaba es cierto, pero puede patalear en su agonía algunos años más, razón suficiente para que socialistas, comunistas y otro sectores de izquierda repiensen en su papel y retiren el cheque en blanco del colaboracionismo y las otras izquierdas, conscientes de su rol histórico, participen en la farsa electoral, pero que la aprovechen para difundir las verdades latentes en las masas.

Sería bueno recordar lo que decía Vicent Rodriguez i Payá, membre de la COS: “ Los medios de comunicación son una de las más importantes correas de transmisión de la ideología dominante.

Todo el aparato propagandístico y productor de ideología, se encuentra en las manos de los poderosos, de la clase social burguesa. No podemos esperar que den concesiones a nuestros planteamientos, pensamientos y alternativas. Que se desengañe el sector de compañeros que crea en la posibilidad……

En 1.845 dos grandes pensadores, dos grandes amigos del pueblo, Carlos Marx y Federico Engels, escribieron: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o , dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas.” (1)
Esta introducción viene a colación para refrescar la memoria a unos y para abrir los ojos a otros. Esta introducción que es una ley científica avalada por la empírica, nos deja bien claro el funcionamiento de la historia. Sin los medios para la producción espíritu-intelectual, que se encuentran en las manos de los que detentan los medios para la producción material, no podemos influir en la concepción ideológica del pueblo, transformarla, para hacerles ver: que este status quo, no ha existido siempre; que las relaciones económicas no son inmutables; que no siempre, han existido ricos y pobres; que pueden existir, otros sistemas económicos, viables, no basados en la explotación del hombre por el hombre; que los comportamientos egoístas, no son innatos del ser humano; etc. etc. Toda una ideología, en contraposición de la actual ideología dominante de la que se sirve la barbarie capitalista para perpetuarse.

Todo el aparato propagandístico y productor de ideología, se encuentra en las manos de los poderosos, de la clase social burguesa. No podemos esperar que den concesiones a nuestros planteamientos, pensamientos y alternativas. Que se desengañe el sector de compañeros que crea en la posibilidad, de que el sistema les de tribuna o sea objetivo en la transmisión de los acontecimientos. Tenemos que crear nuestros propios medios de producción ideológico-intelectual, en lo máximo de nuestras posibilidades. Y como nuestras posibilidades materiales son pequeñas, habrá que ir pensando en que manera acrecentarlas, estrujarnos el cerebro para idear nuevas formas con que ampliarlas, o estudiar formas antiguas que en el pasado dieron sus frutos…

También hay que recordar que si no existen transformaciones profundas en el modo de producción que permita el surgimiento de nuevas relaciones económicas y consecuentes nuevas relaciones sociales, cualquier proclama revolucionaria es una farsa que jamás debería ser avalada por la izquierda.

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