La Percepción del Arte. Un fenómeno que se revaloriza con una segunda mirada.

Por: Francisca Castillo
Fuente: http://www.critica.cl (27.09.12)

El siguiente ensayo consistió en una exploración tanto teórica como práctica sobre el fenómeno de la percepción de una obra de arte.

Al mirar a una obra de arte, nos enfrentamos no sólo a los valores compositivos de formas, colores o materialidad, sino que también a un proceso de reconocimiento estético que va más allá de lo observable. La obra se nos presenta por primera vez como una experiencia única que embarga a los sentidos, son estas sensaciones las que nos quedan marcadas. Después de la primera experiencia la obra nos da la oportunidad de conocerla y aprehenderla, desde otro punto de vista: el conocimiento, utilizando nuevos caminos para su comprensión, que va más allá de la experiencia sensorial. Al introducirnos en el mundo de la obra, nos adentramos a un nuevo mundo, a una nueva experiencia con la obra. Esta se presenta como si fuera una nueva obra, diferente a la que percibimos la primera vez.

La búsqueda por entender y comprender una obra de arte reacciona desde el primer momento en que nos encontramos frente a ella, es común intentar buscar elementos que nos sean familiares, formas, figuras, colores que nos remitan a recuerdos previos de objetos similares. Eco[1], menciona que las obras entregan estímulos estéticos, éstos incitan al espectador a captar el denotatum global, “los signos aparecen vinculados por una necesidad que se remite a costumbres arraigadas en la sensibilidad del receptor (…) le es, por lo tanto, imposible aislar las referencias”[2], esto produce que el primer encuentro sensorial con la obra deje incompleta tarea de comprender el todo de la obra de arte.

Debido a la calidad compleja de una obra de arte, que no nos permite comprender en un primer momento la vasta red de conexiones existentes entre las figuras y símbolos expresados en ella. La búsqueda por obtener más información sobre un objeto que nos ha marcado, estimulado, emocionado, nos conduce a investigar estas conexiones, a remitirnos a nuestras propias experiencias y a indagar todo lo que podamos sobre estos elementos. Muchas veces el medio que nos presenta la obra proporciona la información relevante para iniciar una nueva mirada a esta, contando ahora con nuevas herramientas que permiten realizar un análisis más profundo y elaborado, adonde se conectan las primeras emociones e impresiones estéticas junto con la información otorgada, creando así una complejización de los significados que nos entrega la obra. Esta nueva lectura estará más cercana a un plano más teórico que fenomenológico.

El fenómeno de la percepción estética, y cómo esta puede variar después de conocer aspectos de ella que sobrepasan lo visual y lo emotivo, será mi objeto de estudio. Para esto he decidido trabajar con un objeto artístico que me sea desconocido, o más bien alejado de mis conocimientos sobre arte: un objeto de Diseño. El escaso conocimiento de un campo artístico me permitirá tener una mayor apertura en una primera experiencia, los estímulos visuales que reciba me llevarán a experimentar un proceso de descubrimiento estético, sin que estos estímulos me remitan inmediatamente a la red de conocimientos preexistentes en mi memoria.

La búsqueda de la obra de arte/objeto de diseño no es de lo más ortodoxa, pero para intentar tener una experiencia plena, en la que no tenga la posibilidad de relacionar la obra con recuerdos, conseguí un libro sobre la Historia del Diseño[3] en el que seleccionaré al azar una obra que me llame la atención, y desde esta comenzar a trabajar.

El primer acercamiento a la obra

Las primeras sensaciones con respecto a la obra, cuando aún se desconoce la información básica sobre esta, me lleva a imaginarme cómo se la utilizaba en su origen, quién usó este tipo de objeto, fue hecho a pedido, por cuánto tiempo cumplió su fin original. Considerando experiencias previas con objetos de arte se vuelve claro que he pasado anteriormente por este mismo proceso, en donde hay un primer momento en el que vuelco por completo a lo figurativo, a lo tonal, a la estructura de los elementos, existe cierta vulnerabilidad en este momento aún no se hilan por completo las ideas, y por lo tanto se permite que las emociones que se producen al mirar una obra fluyan libremente antes que la gran cantidad de referencias empiecen a hilarse en la mente; posteriormente hago míos estos valores, estas emociones, debo encontrarles un sentido y elucubrar sobre el origen y usos de esta, las referencias y recuerdos se van ligando y me llevan a un estado más alejado de una primera emocionalidad. Tomando en cuenta a diferentes autores que se refieren a esta etapa que he individualizado como el primer encuentro con la obra, me gustaría referirme a lo que menciona Benedetto Croce en Estética, cuando dice que “el acto estético ha sido considerado en sí mismo y en relación con las demás actividades del espíritu, con el sentimiento del placer y de dolor, con los hechos que se llaman físicos, con la memoria y con la elaboración histórica” [4]. La idea de una experiencia estética básica y sensorial, que se traduce en nuestras mentes a palabras que nos conducen a recuerdos y experiencias anteriores, lo explica muy bien Marta Zátonyi cuando dice “es imposible hablar sobre el sentido sin involucrar el lenguaje; de tal manera se entiende que sólo el humano puede convertir su experiencia física en sentido”[5]. Este punto nos lleva inevitablemente a la necesidad del ser humano por conocer más, por darle un significado a las sensaciones y emociones que nos embargan.

La concreción de nuestras percepciones en lenguaje, siempre va de la mano con nociones previas a estos objetos: yo he visto anteriormente imágenes pictóricas de mujeres, también he conocido biombos, he estudiado diferentes tipos de arte; por lo que nuestras percepciones sobre arte llevan consigo el halo de recuerdos anteriores y conocimientos previos, no sólo provenientes de la experiencia sino que también del estudio – ya sea formal o informal. Por lo tanto notamos que existen dos momentos durante la primera mirada a la obra: una basada en la sensibilidad material y otra más consciente ligada a nuestros recuerdos y nociones previas.

El “conocimiento” del Arte

Pasado este primer momento en el que miramos por primera vez a la obra de arte, en que percibimos las formas y la materialidad, en la que nos suceden las sensaciones y se evocan recuerdos, surgen también preguntas. Considerando otras experiencias en las que miramos por primera vez a un objeto no suele darse la misma complejidad y cuestionamientos con respecto a ellos, las redes de recuerdos e ideas nos plantean interrogantes sobre la obra de arte que no pueden ser contestadas utilizando sólo nuestro sentido común. Benedetto Croce dice “el arte recoge intuiciones más vastas y complejas de las que se suele tener comúnmente”[6], la condición del arte de presentarse al espectador como una expresión particular de un sujeto/artista, promueve la creación de obras que suelen dejar abiertas una serie de interrogantes destinadas al espectador.

Posterior al primer encuentro con la obra en donde se aprehenden los aspectos materiales de esta, el ser humano buscar poner en palabras estas sensaciones e intuiciones, para ello le será imprescindible ir más allá de las formas, hacer consciente las emociones vividas anteriormente, se indagarán por lo tanto aquellos elementos que nos hayan llamado la atención o interesado en particular. Se empieza así un camino hacia lo que nos “transmite” la obra, la información que nos entrega va más allá de las formas y permite conocer aspectos de ella desde su creación hasta el momento del encuentro. Aún cuando la raíz de la búsqueda de este conocimiento en particular subyace en los elementos figurativos representados, se hará necesario darle forma a estas percepciones, y eso se logra a través del conocimiento de elementos que se encuentran ajenos a la materialidad de la obra.

La pregunta que conduce mi investigación es ¿Qué más transmite el arte, aparte de lo meramente visual? ¿Puede el conocimiento traer nuevas percepciones sobre ella? Me referí anteriormente a la cualidad humana de poner en palabras aquellas sensaciones que experimentamos, de ir más allá de la experiencia fenomenológica del arte, donde se hace necesario buscar y conocer diferentes aspectos de esta: como su historia, el artista que la produjo, la técnica, etc., todas estas preguntas orientadas a ofrecer un panorama más amplio sobre la obra, y lo que enriquecerá posteriormente su significación para nosotros. No todos nos sentimos interesados por la misma información, así como no todos percibimos lo mismo sobre una obra; serán entonces las inquietudes personales las que promuevan la búsqueda de información y la profundidad que le demos a los contenidos encontrados. Sobre la interacción entre la sensación, la percepción y el saber, Marta Zátonyi dice que “permite un incesante crecimiento en relación con el arte: abrir mundos, profundizar la relación con el arte ya conocido, mirar hacia el arte del otro, reconocer e interpretarlo, intentar entender el universo simbólico de la creación artística, valorarlo y gozar de él”[7].

La segunda mirada

Para empezar este nuevo proceso me concentré en conocer los aspectos básicos sobre la obra “Las horas del día”, de Alfons Mucha (1860-1939), unos paneles decorativos montados en un biombo (1899)[8]. Un artista que posiblemente se encontraba relacionado con los movimientos artísticos de principios de siglo XX, que conjugaban pintura, dibujo, decoración, gráfica y diseño. También fue importante conocer la fecha de elaboración: 1899, un momento de mucho movimiento en el mundo del arte, así como también de la sociedad europea, con adelantos tecnológicos que permitían menores costos en los materiales, consecuentemente una mayor producción, y la posibilidad de que más gente se pusiese en contacto con el arte. Con sólo la información más básica se pueden hilar con los conocimientos previos de cada uno, si bien es posible que mis conocimientos en historia y arte salgan de la media, son este tipo de datos los que inician la asociación de información en nuestra mente y que nos llevan a elaborarnos preguntas más complejas que las iniciales. Pareciera ser que cada vez que se conoce más sobre un fenómeno, se generan más preguntas sobre este.

Es por esto que al conocer los datos más inmediatos de la obra abren la puerta hacia nuevos cuestionamientos e inquietudes, como ¿Para quién fue hecho este biombo? ¿Es esta obra parte de una serie más grande? ¿Seguía la tendencia de un estilo determinado? Estas preguntas surgieron después de procesar los primeros datos. La investigación va siguiendo su curso a medida que se van respondiendo interrogantes y van formulándose nuevas.

Estas nuevas preguntas me permitieron conocer más sobre el autor Alfons Mucha, artista checo relacionado con el movimiento decorativo, pictórico y arquitectónico del Art Nouveau. Parte de su carrera la desarrolló en París, donde se contagió de la corriente simbolista, allí tenía origen una forma de expresión artística que era usada para la representación de quimeras e imágenes nostálgicas. Es inevitable remarcar la multiplicidad de técnicas y recursos que utilizaba Mucha en su arte, podía ir desde diseño de joyas hasta carteles publicitarios, fue por medio de este último con el que alcanzó el reconocimiento del público. Una derivación de los carteles publicitarios fueron los llamados panneaux decóratifs, realizados con papel grueso y seda, que eran enmarcados como cuadros o empleados para decorar biombos, en general se trataba de series de cuatro cuadros, impresos en grandes tiradas y que alcanzaban gran difusión. No es de extrañar que este biombo posea varias de las características del estilo de Mucha, como mujeres de cabellos ensortijados y vestidos drapeados, la orientación de los personajes en el centro de cada uno de los cuadros, la decoración floral alrededor de las figuras femeninas y el título que remarca su orientación hacia la personificación de conceptos y cosas: “Las Horas del día”.

Las interrogantes que nacen ahora se expanden más allá de la obra explorando la producción del artista, buscando relacionar las características encontradas en ella con otras de igual o diferente elaboración, esto con el propósito de identificar similitudes y diferencias entre la obra en cuestión y otras del artista. La comparación de la obra con otras refuerza la necesidad de darle una valoración a los objetos viéndolos en relación a otros de similares características, la búsqueda de algo único e inigualable forma parte del proceso de valoración de la obra. También el hecho de posicionar a la obra dentro de un espectro temporal hace que la valoremos como un objeto histórico, que es parte de una época histórica particular, y que es reflejo del momento vivido por el artista. Pero no sólo es testimonio de un pasado sino que también permite conocer la historia del objeto, el transcurrir de la obra, desde su momento de creación hasta el encuentro de nosotros con ella.

Si bien todos discriminamos según nuestros propios intereses la información que buscamos o a qué medio recurrimos para esto, queda claro que la información que encontremos nos abre la posibilidad de ver la obra considerando su aspecto material como lo que la rodea; Walter Benjamin señala que toda obra de arte posee un aura, esta rodea a la obra y forma parte de ella: “como un halo, la rodea su propia historia y cuando el público se conecta con ella, la percibe por medio de tal aura”[9]. Para mí esta aura es todo lo envuelve a la obra, las valoraciones que se tuvieron, su historia, el artista, lo que otros dijeron sobre ella y el significado que pueda tener para nosotros u otros. Todo lo que rodea a la obra es lo que la hace que se la valore, más allá de su valor físico, más allá del bonito o feo, agradable o desagradable. Considerando esto se hace evidente destacar que nuestra valoración u opinión sobre la obra estará muchas veces condicionada a partir si es de nuestro interés o no, lo que nos ha llamado la atención o provocó algo en nosotros. Pero es el arte, en su condición única de entre otras producciones humanas, las que generan preguntas y evoca emociones que nos impulsan a aprehender lo más posible sobre ella – aun cuando sea literalmente imposible obtener un conocimiento total de esta.

Es el conocimiento lo que permite valorar a los objetos con los que nos relacionamos. La posibilidad de profundizar los contenidos ya investigados permite un continuo cuestionamiento sobre la obra, es imposible aprehender todos los aspectos de esta – ya sea sobre el artista, el significado de la obra o su contexto- pero sí es posible valorarla gracias a los conocimientos investigados.

La relación que establecemos con objetos de arte permite no sólo una primera mirada y luego una segunda, sino que se va renovando siempre ya que el conocimiento que tenemos sobre una obra de arte nunca es total, siempre se pueden descubrir nuevos elementos, investigar diferentes autores, cuestionar los juicios hechos sobre esta, entre otros. Pero lo importante es reconocer que es un proceso en cambio constante, del que nunca se responden todas las interrogantes, ya que el conocimiento sobre arte nunca se termina y sólo se renueva.
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[1] Eco, Umberto. Obra abierta. 1985. Editorial Ariel S.A. Barcelona, España.
[2] Ibíd. Pp.122-123
[3] Blume, Hermann (Editor). Diseño: Historia en imágenes. 1986. QED Publishing Ltda. Impreso en España.
[4] Croce, Benedetto. Estética. 1973. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Argentina. Pp. 227
[5] Zátonyi, Marta. Arte y creación. Los caminos de la estética. 2007. Capital Intelectual. Buenos Aires, Argentina. Pp. 67
[6] Croce, Benedetto. Estética. 1973. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Argentina. Pp.98
[7] Zátonyi, Marta. Arte y creación. Los caminos de la estética. 2007. Capital Intelectual. Buenos Aires, Argentina. Pp.75
[8] Blume, Hermann (Editor). Diseño: Historia en imágenes. 1986. QED Publishing Ltda. Impreso en España. Pp.66
[9] Zátonyi, Marta. Arte y creación. Los caminos de la estética. 2007. Capital

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