Cosméticos y moda en el comercio de l belleza

Por: Evelyn Reed
Fuente: Extracto (Tomado del ensayo “sexo contra sexo”. Editorial PSOCA)

Las distinciones de clase entre las mujeres trascienden su identidad como sexo. Esto es cierto principalmente en la sociedad capitalista moderna, en la que la polarización de las fuerzas sociales es más fuerte.

Históricamente, la lucha entre los sexos formó parte del movimiento feminista burgués del siglo pasado. Se trataba de un movimiento reformista, llevado a cabo dentro del sistema y no contra el mismo. Fue, sin embargo, una lucha progresista, puesto que las mujeres se rebelaron en contra del dominio casi total del hombre. Con el movimiento feminista, las mujeres obtuvieron un considerable número de reformas. Pero aquel tipo de movimiento feminista hizo ya su labor, alcanzó sus limitados objetivos, y los problemas que actualmente se nos presentan debemos situarlos en el contexto de la lucha de clases.
La “cuestión femenina” puede resolverse solamente con la alianza de los hombres y de las mujeres trabajadoras, contra los hombres y las mujeres que detentan el poder. Esto significa que los intereses comunes de los trabajadores, como clase, son superiores a los intereses de las mujeres como sexo.

Las mujeres pertenecientes a las clases dominantes tienen exactamente el mismo interés en la conservación de la sociedad capitalista que el que tienen sus maridos. Las feministas burguesas lucharon, entre otras cosas, por el derecho de las mujeres, a tener propiedades registradas a su nombre igual que los hombres. Y obtuvieron este derecho. Hoy, las mujeres plutócratas poseen fabulosas riquezas registradas a su nombre.
Sobre temas políticos y sociales fundamentales no simpatizaron ni se aliaron con las mujeres trabajadoras, cuyas necesidades pueden ser satisfechas solamente con la desaparición de este sistema. Por esto la emancipación de las mujeres trabajadoras no se obtendrá a través de una alianza con las mujeres de la clase enemiga, sino por el contrario, con una lucha contra ellas, como parte de la lucha total contra el capitalismo.

El intento de identificar los intereses de las mujeres como sexo toma una de sus formas más insidiosas en el campo de la belleza femenina. Surgió el mito de que, puesto que todas las mujeres quieren ser bellas, tienen todas el mismo interés por los cosméticos y la moda, considerados hoy indispensables para la belleza. Para sostener este mito se ha dicho que el deseo de ser bellas se ha dado en todas las épocas de la historia y en todas las mujeres. Los traficantes en el campo de la moda daban como testimonio de ello el hecho de que, incluso en la sociedad primitiva, las mujeres pintaban y decoraban su cuerpo. Para destruir esta creencia, veamos brevemente la historia de la cosmética y de la moda.

En la sociedad primitiva, en la que no existía la competencia sexual, no eran necesarios los cosméticos ni la moda como subsidios artificiales de la belleza. Los cuerpos y las caras, tanto de los hombres como de las mujeres eran pintados y “decorados”, pero no por razones estéticas. Estas costumbres nacieron de distintas necesidades relacionadas con la vida primitiva y con el trabajo.

En aquella época, cualquier individuo que perteneciese a un grupo familiar necesitaba estar “marcado” como tal, según el sexo y según la edad. Estas “marcas” comprendían no sólo ornamentos, anillos, brazaletes, refajos, etc., sino también grabados, tatuajes y otros tipos de decoración del cuerpo, e indicaban no sólo el sexo de cada individuo, sino también la edad y el trabajo de los miembros de la comunidad, a medida que pasaban de la infancia a la edad madura y a la vejez. Más que decoraciones, estas contraseñas se pueden considerar como una forma primitiva de evidenciar la historia de la vida de cada individuo, como actualmente hacemos nosotros con los álbumes de familia. Puesto que la sociedad primitiva era comunitaria, estas señales indicaban también una completa igualdad social.

Después vino la sociedad de clases. Las marcas, símbolos también de igualdad social en la sociedad antigua, fueron transformadas en su opuesto. Se convirtieron en modelos y decoraciones, símbolo de desigualdad social, expresión de la división de la sociedad entre ricos y pobres, entre gobernantes y gobernados. La cosmética y la moda empezaron a ser prerrogativa ie la aristocracia.

Un ejemplo concreto se puede encontrar en la Corte francesa, antes de la Revolución. Entre los reyes, los príncipes y la aristocracia terrateniente, tanto los hombres como las mujeres vestían según los dictados de la moda. Eran “dandis” con las caras pintadas, los cabellos empolvados, cintas coloradas, ornamentos de oro y todo lo demás. Los dos sexos eran “bellos” según los estándares en boga. Pero ambos sexos de la clase dominante se distinguían, particularmente por sus cosméticos y sus vestidos, de los campesinos pobres, que sudaban por ellos en la tierra y que, ciertamente, no eran bellos, según los mismos estándares. La moda en aquel período fue símbolo de distinción de clase, y abarcaba a los dos sexos de la clase privilegiada contrapuestos a los dos sexos de la clase trabajadora.

Más tarde, cuando las costumbres burguesas sustituyeron a las feudales por diversas razones históricas, los hombres dejaron el campo de la moda principalmente a las mujeres. Los hombres de negocios afirmaban su posición social con la exhibición de esposas adornadas, y abandonaron los pantalones dorados y las cintas coloreadas. Entre las mujeres, sin embargo, la moda aún distinguía a Judy O’Grady* de la mujer de un coronel.

Con el desarrollo del capitalismo, se produjo una enorme expansión de la producción, y con ella la necesidad de un mercado de masas. Puesto que las mujeres constituían la mitad de la población, los capitalistas empezaron a explotar el campo de la belleza femenina. Así, el capítulo de la moda salió del estrecho marco de los ricos y se impuso a toda la población femenina.
Para corresponder a las exigencias de este sector industrial, las distinciones de clase fueron suavizadas y escondidas tras la identidad del sexo. Los agentes de publicidad difundieron la propaganda: Todas las mujeres quieren ser bellas, por lo tanto, todas las mujeres tienen interés por los cosméticos y la moda. La moda se identificó con la belleza y a todas las mujeres se les vendieron estos accesibles productos de belleza sobre la base de su “necesidad” y “deseo” común.

Actualmente, el campo de la “belleza” alimenta miles de industrias: cosméticos, vestidos, pelucas postizas, productos para adelgazar, institutos de belleza, joyas verdaderas y falsas, etc. Se ha visto que la belleza es una fórmula muy flexible. Todo lo que debe hacer un empresario para hacerse rico es descubrir un nuevo producto y convencer a las mujeres de que “tienen necesidad” de él y lo “quieren”. Ver cualquiera de las campañas de publicidad de Revlon.

Para mantener y aumentar esta ganga hacía falta propagar otros mitos en apoyo de los capitalistas. Estos son:
1.— Desde tiempo inmemorial las mujeres han competido con las otras mujeres para atraer sexualmente al hombre. Esta es virtualmente una ley biológica, de la cual nadie se sustrae, y, puesto que siempre ha existido y siempre existirá, las mujeres se someten a su destino y están en perenne competición, una con la otra, en el mercado del sexo capitalista.
2.— En la sociedad moderna, la belleza natural de las mujeres, en realidad, no cuenta. Se insinúa, incluso, que la naturaleza ha abandonado a las mujeres en lo que respecta a su belleza. Para superar su falta de atractivo y sus deformaciones, deben recurrir a ayudas artificiales, que gentiles industriales han puesto a su disposición. Examinemos esta propaganda.

LA COMPETICION ENTRE LOS SEXOS: ¿NATURAL O SOCIAL?

El estudio de la biología y de la antropología nos demuestra que la competencia sexual entre las mujeres no existe ni en la naturaleza ni en la sociedad primitiva. Es exclusivamente un producto de la sociedad de clases, y era desconocida antes de su existencia.

En el mundo animal no existe competencia entre las hembras para reclamar la atención de los machos. La única competencia sexual que existe en el mundo animal es aquélla que la naturaleza impone a los machos que luchan uno contra otro por la posesión de la hembra. Esto es, simplemente, un modo natural de asegurar la perpetuación de la especie.

Pero a causa de sus efectos destructivos para la cooperación social, este aspecto de la competición sexual masculina fue eliminado cuando se formaron y consolidaron las primeras organizaciones sexuales comunistas.

La ausencia de la competencia sexual en la naturaleza fue una de las razones que permitieron a las mujeres tener un papel determinante en la creación de un sistema social carente de relaciones competitivas destructivas. La ausencia de competencia sexual y de celos entre las mujeres primitivas no la ponen en duda ni los antropólogos conservadores, aunque a veces la ven con sorpresa, o como una “rareza” o costumbre original.

Después aparece la sociedad de clases, basada en un espíritu adquisitivo y competitivo, sobre la dependencia de las mujeres respecto al hombre. Con la lucha competitiva entre los hombres por la propiedad y la riqueza, surge la lucha competitiva entre las mujeres para poseer hombres ricos y poderosos. Pero esta lacra social no tiene nada de natural; es exclusivamente artifi cial, históricamente creada y condicionada.

La competencia sexual entre las mujeres surge con el “mercado” del sexo o con el matrimonio. El mercado del sexo es un aspecto parcial del mercado comercial en general, fundamental en la sociedad capitalista de clase. Al difundirse el sexo como mercancía, el estándar de la belleza femenina se transformó gradualmente, llegando a ser artificial y “a la moda”. Este proceso ha llegado a su punto más alto en la sociedad contemporánea.

En el primer período de la economía de trueque, las mujeres eran cambiadas por animales, y los animales por mujeres. La belleza natural y la salud de la mujer constituían un valor de la misma forma que lo era la salud de los animales. Los dos eran necesarios y fundamentales para la vida productiva y reproductora de la comunidad, en la que los ejemplares más bellos y sanos estaban en condiciones de desarrollar mejor sus funciones.

Más tarde, con la consolidación del patriarcado y de la sociedad de clases, algunas mujeres fueron “acumuladas” por los hombres ricos, como cualquier forma de propiedad. Nace la costumbre de embellecer a estas esposas y concubinas con decoraciones y ornamentos, de la misma manera y por las mismas razones por las que se adornaban y decoraban los palacios. Un ejemplo extremo lo encontramos en los palacios y los harenes asiáticos. Las mujeres eran consideradas propiedad sexual del príncipe o Khan, y cuanto mayor era la cantidad de estos artículos de lujo que poseía, más quedaba resaltada su condición de hombre rico y poderoso. En esa época, la competencia sexual entre las mujeres estaba a la sombra de la competencia entre los hombres por la acumulación de tales propiedades. La mujer misma era un “bien” o una mercadería.

* Alusión a la concentración y centralización de la riqueza en manos de las sesenta familias más poderosas de los Estados Unidos.

Cuando la monogamia sustituyó a la poligamia y las condiciones materiales se convirtieron en la base del matrimonio, las mujeres ricas tuvieron, respecto a las pobres, ventaja en la competencia sexual. Una rica heredera que cuidara su belleza y su salud, continuaba siendo todavía una esposa deseable para un hombre que quisiera acumular propiedad y viceversa. Un hombre, teniendo posibilidad de elección, hubiera preferido una mujer más bella, pero las consideraciones económicas, en general, tenían preferencia. Estos matrimonios, que implicaban fusiones de propiedad, se efectuaban como negocios entre las familias de la pareja y sólo tenían en cuenta incidentalmente los deseos de las dos partes implicadas. Este matrimonio, realizado mediante pactos entre las familias y con intermediarios, estuvo en vigor durante todo el largo período agrícola, cuando la propiedad era principalmente la de la tierra.

Aparece más tarde el capitalismo con sus relaciones monetarias y la “libre empresa”. Esta se introduce, no sólo en el “libre trabajo” competitivo y en la competencia comercial, sino también en la competencia sexual femenina. Entre los ricos, realmente, los matrimonios-fusión continuaron como forma de fusión de la propiedad, y las dos cosas, a menudo, no se podían distinguir. Después, con el surgir del capitalismo monopolista, los dos tipos de fusión llevaron a los plutócratas al poder, hasta llegar a las sesenta Familias Americanas*.

Sin embargo, aunque América fue fundamentalmente burguesa desde su nacimiento, se dieron ciertas peculiaridades. Las barreras de clase podían ser infringidas por un hombre rico, a diferencia de lo que sucedía en la Europa feudal, donde las distinciones de clase venían establecidas al nacer. Así, en los inicios del capitalismo, un trabajador o un burgués podían por suerte o casualidad, hacerse ricos y cambiar así su posición social.

Lo mismo podía sucederle a una mujer. Por casualidad o por belleza podía casarse con un millonario y cambiar su condición. Esta Cenicienta, estilo América capitalista, está muy bien representada por Bobo Rockefeller, hija de un minero, que se casó con uno de los hombres más ricos de América y después se divorció, obteniendo una pensión de dos millones de dólares.
Estas peculiaridades de la vida americana prepararon el terreno sociopsicológico para un mercado de consumo de masas, el mercado de masas del sexo y la competencia sexual de masas entre las mujeres. De la misma forma en que los relatos de Horario Alger se convirtieron para los hombres en un manual de cómo pasar del establo a las estrellas, los relatos para mujeres enseñaban cómo atrapar y casarse con el hijo del amo, o incluso con el mismo amo. Todo lo que debían hacer era correr a la perfumería y comprar todos los productos necesarios para transformar una Cenicienta en una Princesa.
El mundo de la cosmética y de la moda se convierte en una mina de oro, con perspectivas virtualmente ilimitadas. Los empresarios del ramo sólo debían cambiar la moda con suficiente frecuencia e inventar productos de belleza cada vez más numerosos y nuevos para llegar a ser cada vez más ricos.

Así, en el capitalismo moderno, la venta de las mujeres como mercancía ha sido sustituida por la venta de mercancías a las mujeres. Actualmente se ha difundido el mito de que la belleza depende de la moda, y que todas las mujeres tienen la misma necesidad de seguirla, puesto que todas tienen las mismas exigencias estéticas.

ESPECULADORES DEL CUERPO FEMENINO

Existen tres clases fundamentales de especuladores que persuaden, explotan e inducen a la gran mayoría de mujeres a tirar el dinero en la búsqueda de la belleza:
1) Los que se aprovechan de la manipulación del cuerpo femenino para reducirlo a la talla y a la medida de la moda.
2) Los que pintan y llenan de crema el cuerpo ya manipulado, por medio de cosméticos, tintes, lociones, perfumes, etc.
3) Los que adornan el cuerpo manipulado y pintado con vestidos de
moda, joyas, etc.

Según la primera categoría, una mujer para ser bella tiene que tener un cierto tipo, pesar un tanto, y ni un gramo de más ni de menos, tener unas determinadas medidas de cadera, cintura y pecho. Las que se apartan de estos esquemas establecidos no son bellas.

Esto es causa de enormes aflicciones para las mujeres que no entran en los cánones establecidos. Oprimidas y frustradas por las dificultades reales de la vida en el mundo capitalista, cuyas raíces no comprenden, las mujeres que trabajan, principalmente, tienden a identificar su “deformidad” imaginaria con la fuente de sus problemas. Se convierten en víctimas de los complejos de inferioridad. Y por ello acuden a los miles, decenas de miles y millones de manipuladores y decoradores del cuerpo femenino, dejando en manos de estos aprovechados el dinero que ganan con su sudor.

Estos patrones corporales son mantenidos y presentados como modelo, por medio de las divas cinematográfi cas y los concursos de belleza. “Bellezas” seleccionadas son exhibidas ante los ojos hipnotizados de gran parte de las mujeres, por todos los medios: en el cine, en la televisión, o en las revistillas para hombres. Pero la monótona uniformidad de estas “bellezas” es empalagosa. Cualquier sombra de variedad, característica de la verdadera belleza, ha sido eliminada. Como si se tratara de galletas, hechas todas con la misma pasta y el mismo molde.

La categoría siguiente comprende a los vendedores de cosméticos, tintes y cremas para estos cuerpos uniformes. Seguramente, sólo los que trabajan en las fábricas de estos productos saben que la misma materia prima, de coste irrisorio, se encuentra también en frascos de 50 céntimos.

Sin embargo, a las mujeres ingenuas y crédulas, les parece que el frasco de 10 dólares contiene algún potente fi ltro mágico que no posee el más barato. Así lo dice la publicidad, y así debe ser. Estas pobrecitas disminuyen sus recursos financieros para obtener el producto milagroso, esperando transformarse así de trabajadoras en ricas herederas.

Finalmente, se impone a las mujeres, en el campo de la moda, una dolorosa elección. ¿Deben comprar un vestido por su duración o teniendo en cuenta los caprichos de la moda momentánea? Las mujeres ricas pueden hacer las dos cosas y tener vestidos para cada circunstancia y ocasión: para la mañana, para el mediodía, para el cocktail, para la tarde y también numerosos conjuntos para la noche. Además, se necesita una gran cantidad de accesorios para “acompañar” cada tipo de vestuario.

Y toda esta montaña de modelos, impuestos a las mujeres, pueden considerarse pasados de moda con la imposición de nuevos modelos a la semana, mes, o temporada siguiente. En un artículo publicado en el “New York Times” viene —resuelto claramente— el dilema de si las mujeres compran aquello de lo que tienen necesidad o están forzadas a tener necesidad de aquello que compran. El artículo decía que Christian Dior, el famoso sastre para mujeres ricas, cuyo estilo copian en versiones más baratas para las pobres, tenía el poder de alargar o acortar la falda a cincuenta millones de americanas ¡en el transcurso de una noche!

Una diferencia de tres o cuatro centímetros en el dobladillo puede ser un drama para las mujeres que sienten la exigencia de estar constantemente a la moda. Para la mujer rica puede ser divertido tirar todo su vestuario y renovarlo, pero es demasiado costoso para la mujer pobre.

De esta manera, cuando se sostiene que las mujeres tienen el derecho de usar cosméticos, vestidos elegantes, etc., sin distinguir claramente este derecho de la presión social que obliga a someterse a esta explotación, se cae directamente en la trampa de la propaganda capitalista. Las mujeres de vanguardia, que luchan por las transformaciones sociales, no deberían nunca, ni siquiera contra su voluntad, reforzar a los aprovechados de este campo. Su misión, por el contrario, debería ser la de desenmascarar a quienes se benefi cian de esta esclavitud de las mujeres.

OPOSICIÓN – INADAPTACIÓN

Se sostiene que, mientras impere el capitalismo, nosotras, como mujeres, debemos someternos a los decretos de la moda y de la cosmética; pues de lo contrario se nos dejará en la retaguardia económica y social.

Es cierto que para mantener el empleo y por otras razones debemos tener en cuenta la dura realidad. Pero esto no significa que debamos aceptar estos condicionamientos, arbitrarios y costosos, con complacencia y sin protestar. Los obreros que trabajan en las máquinas están muchas veces obligados a aceptar incrementos de ritmo, disminución de salarios y ataques a sus sindicatos, pero lo aceptan protestando y continuando la lucha contra ello organizándose en movimientos que contraponen sus necesidades a los deseos de sus explotadores.

La lucha de clases es un movimiento de oposición y no de adaptación, y esto deberá ser cierto no sólo para los obreros de las fábricas, sino también para las mujeres, trabajadores o amas de casa. En el campo de las mujeres, consideradas como sexo, las metas no son tan claras, y por ello algunas han caído en la trampa de la adaptación. A este respecto debemos cambiar nuestra línea. Expliquemos que los modernos estándares de belleza no han existido siempre y que las mujeres trabajadoras pueden y deben decir alguna cosa sobre esta cuestión.

Podemos decir, por ejemplo, que el uso de los cosméticos es una innovación bastante reciente. En el siglo pasado, una mujer en busca de marido veía disminuir su posibilidad si usaba cosméticos, que entonces eran una prerrogativa de las prostitutas. Ningún hombre respetable se habría casado con una “mujer pintada”.

También en el campo del vestuario femenino se verificaron cambios radicales después de la entrada de un gran número de mujeres en la industria y las oficinas, durante y después de la Primera Guerra Mundial.

Aquellas eliminaron los corsés con varillas, las innumerables enaguas almidonadas, los peinados voluminosos y los enormes sombreros, adoptando vestidos más adecuados a sus exigencias laborales. Los hermosos trajes “desaliñados” que usamos actualmente, nacieron de estas exigencias de las mujeres trabajadores y fueron, posteriormente, adoptados por las mujeres ricas para los deportes y las diversiones.

Actualmente, incluso los monos de los trabajadores se han convertido en prendas prestigiosas. Seguramente, las mujeres ricas, fascinadas por el aspecto sexualmente atrayente de las que usaban monos y maillot, decidieron adaptarlos para la vida en el campo y en sus fantásticas fincas.

Con este ataque al chanchullo de la moda no quiero expresar un rechazo por los vestidos bonitos, ni discutir los cambios necesarios y previsibles en el tipo de vestuario que queremos llevar. Nuevos tiempos, nuevas condiciones sociales y productivas, traerán cambios de todo tipo. Estoy en contra de la carrera indiscriminada detrás de la moda y el desperdicio de tiempo, atención y dinero que requiere. El tiempo es la más valiosa de las materias primas, puesto que el tiempo es vida, y nosotras tenemos cosas mejores que hacer que malgastarla en esta costosa, deprimente y vulgar manía de andar tras la moda.
Con el socialismo, el hecho de si una mujer quiere o no pintarse y adornarse no tendrá mayores consecuencias sociales que las que tienen las máscaras de los niños en la fiesta de Carnaval u otras, el maquillaje de los actores en el escenario o de los payasos en el circo. Algunas mujeres se sentirán más bonitas pintadas y otras no, pero será solamente una opinión personal y nada más. Someterse a estas costumbres ya no será una obligación económica o social para todas las mujeres. Es por todo ello que no defendemos a los buitres que explotan a las mujeres en nombre de la “belleza”.

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