La revolución nadaísta

Por: Fernando Molle
Fuente: http://www.revistaenieclarin.com (31.01.12)

A poco más de 50 años de su surgimiento, el nadaísmo fue, para Colombia, el movimiento que intentó romper con las instituciones y el orden establecido. Entre André Breton y los beatniks, ésta es su historia.

Medellín, 1958. Elmo Valencia y Jotamario Arbeláez, dos poetas cachorros, recién egresados o expulsados de sus respectivos colegios confesionales, destapan una cerveza tras otra en el Café Colombia. Se les aparece un joven escritor, cuya fama de agitador cultural venía en alza. Es Gonzalo Arango: “Oigan, Jotamario y Elmo, los mandé a llamar para invitarlos a voltear el mundo patas arriba, a no creer en nada ni en nadie, ni siquiera en nosotros mismos. Ya tengo otros poetas, son geniales, locos y peligrosos, ¿aceptan la propuesta”. Esa noche pasan a formar parte del nadaísmo, ese terremoto dionisíaco que daría vuelta a la pacata y provinciana cultura colombiana.

¿Cuál fue el acto fundacional de este movimiento que quería hacer tabla rasa con los valores establecidos? La quema de libros. En la plazoleta frente a la Universidad de Antioquía, en la insular Medellín, Gonzalo Arango y sus compañeros fueron apilando libros que formaron una respetable fogata. Bien pronto se va formando un coro de asombradísimos estudiantes. Es cuando Arango se trepa a un banco de madera, invita a todos a “quemar nuestros libros para probarle al mundo que desdeñamos el saber hereditario, pues ya no hay nada en qué creer”.

Empezaba un movimiento contracultural, que brilló esencialmente en la poesía, pero que tenía como objetivo de máxima la intoxicación masiva de la conciencia. Nacido de ciudades como Cali y Medellín, periféricas al centralismo cultural de Bogotá, y creado por jóvenes iconoclastas de clase media o media baja, el nadaísmo iba a extenderse durante décadas por todo el país. André Breton, el faraón del surrealismo, decretaba por esos años, y con bastante razón, que en Francia ya no se podía escandalizar a nadie. Pero seguramente Breton (el Gonzalo Arango francés) no conocía demasiado el conservadurismo y el atraso cultural de la cultura oficial colombiana de fines de los 50.

Como tantos otros movimientos, el nadaísmo también tuvo su manifiesto fundacional, firmado por Arango: “El Nadaísmo, en un concepto muy limitado, es una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia”, trompeteaba la primera página. En medio de citas de Breton, Mallarmé, Sartre y Kafka, el texto desplegaba una radiografía radicalmente nihilista y anticonservadora de la situación social colombiana. Las ideas nadaístas se apoyaban en elementos irracionales y patafísicos, en la duda y la irreverencia, en la línea del dadaísmo y el surrealismo. Estaban muy en sintonía, también, con el élan vitalista de los beatniks norteamericanos, tan contemporáneos a los primeros cascotazos nadaístas que habría que hablar de simultaneidad más que de influencia. El manifiesto no ocultaba los límites del proyecto: “La lucha será desigual considerando el poder concentrado de que disponen nuestros enemigos: la economía del país, las universidades, la religión, la prensa y demás vehículos de expresión del pensamiento. Y además, la deprimente ignorancia del pueblo colombiano y su reverente credulidad a los mitos que lo sumen en un lastimoso oscurantismo (…) Renunciamos a destruir el orden establecido. Somos impotentes. La aspiración fundamental del nadaísmo es desacreditar ese orden”. El antidogmatismo ideológico y estético del grupo fue una de las razones que le permitieron sobrevivir décadas casi sin fosilizarse: “El nadaísmo no tiene fin”, se afirma en un manifiesto posterior, “pues si tuviera fin, ya se habría terminado”.

El saboteador

¿De dónde había salido Gonzalo Arango? Proveniente de una familia de clase media de Andes, Antioquía, hijo de un telegrafista, cursó estudios incompletos de Derecho. Poco más tarde se unió al MAN, el movimiento del general Rojas Pinilla, que había llegado al poder por golpe militar en 1953 poniendo fin a la alternancia oligárquica de los partidos liberal y conservador. Redactor del diario oficial del gobierno, Arango cae en desgracia luego de la caída del dictador en 1957 y debe exiliarse en Cali. Más adelante, en su primer manifiesto, Arango hará una autocrítica del apoyo a Rojas Pinilla, al que califica de tirano.

Hubo otros dos actos que hicieron explotar la fama nacional de los nadaístas. En 1959, Arango y los suyos sabotean el Congreso de Intelectuales Católicos en Medellín, auspiciado por el Opus Dei y la curia local. En medio del discurso inaugural, Arango irrumpe lanzando hojas de su manifiesto sobre las cabezas de los asistentes, mientras que otro nadaísta, Cachifo, tiraba una bomba de olor capaz de hacer vomitar a un muerto. Así lo recuerda el poeta Elmo Valencia en el suculento libro recopilatorio Bodas sin oro. Cincuenta años del nadaísmo: “Mientras el gobernador seguía comparando a Santo Tomás de Aquino con Aristóteles, las monjitas sacaban de la boca un vómito celestial y tibio de color cardenalicio. Gonzalo se escondió donde La Lora, amante de Cachifo, pero ella (…) lo denunció. Llegaron los detectives y se lo llevaron remitiéndolo al patio de los criminales más peligrosos de La Ladera, donde matan por un par de zapatos”. La reclusión de Arango duró un mes interminable, pero eso no le hizo bajar los decibeles ni le corrigió la letra.

Entre dios y el diablo

El otro acto detonante fue el de la Basílica de Medellín en 1961. La banda nadaísta concurre al templo, simulan comulgar, pero –gravísimo sacrilegio– guardan las hostias consagradas en un libro con la idea de coleccionarlas, por lo que casi son linchados por la multitud creyente. Estos dos megaescándalos fueron consolidando la pésima fama del grupo, que en adelante fue haciendo giras por diversas ciudades del país, donde realizaban todo tipo de actos pánicos. Se constituye así, hacia 1960, el primer grupo nadaísta, integrado por los poetas Elmo Valencia, Jotamario, Jaime Jaramillo Escobar (también conocido como X-504) y Darío Lemos. También hubo narradores en el grupo: Humerto Navarro, Amílcar Osorio y Jaime Espinel. Otros escritores y artistas se irían sumando al grupo con el correr de la década del 60, como Mario Rivero, Pablus Gallinazus y Fanny Buitrago entre muchos otros. Arango se aparta de la dirección del grupo hacia 1963, aunque no se aleja de su órbita. Continúa dedicado principalmente al periodismo –también escribe varias obras de teatro de línea absurdista–, hasta su muerte en un accidente de auto en 1976.

Los nadaístas se zambulleron en la experimentación con drogas alucinógenas, sintonizando con el naciente movimiento hippie. También tendieron puentes con otros movimientos contraculturales latinoamericanos, como los mufados argentinos (capitaneados por Miguel Grinberg), los tzántizicos ecuatorianos y el grupo de la revista El Corno Emplumado de México. En los medios a los que tenían acceso, difundían a los beatniks norteamericanos y a todo el contracanon patafísico y surrealista. En 1963 aparece Trece poetas nadaístas la primera antología del grupo, y siete años más tarde, Nadaísmo 70, la demorada revista orgánica del nadaísmo.

La poesía nadaísta

Si bien hubo entre sus integrantes varios prosistas, fue en la poesía donde el nadaísmo dejó sus logros más perdurables. En especial, en la obra de tres poetas: Mario Rivero, Jotamario Arbeláez, y el más radical de todos, Jaime Jaramillo Escobar. Mario Rivero sorprendió al medio poético colombiano en 1966 con Poemas urbanos, donde mixtura de un modo personal el tono conversacional y la apropiación de las poéticas del tango y del bolero. Más humorístico e irónico, Jotamario Arbeláez es el que más consecuentemente sostuvo los postulados insumisos del movimiento. Autor de Mi reino por este mundo, unos de los libros vertebrales del nadaísmo, extrae un original lirismo de su imaginería pirotécnica y erótica. Un poeta extraordinario, el elefante blanco del grupo, es Jaime Jaramillo Escobar, nacido en Puerto Rico en 1932. La estética del autor de Los poemas de la ofensa (1967) es una personalísima síntesis de coloquialismo bufo, versículo panteísta whitmaniano e imagen negra de Rimbaud y Lautréamont. Otros poetas considerables: Eduardo Escobar, Darío Lemos, Elmo Valencia, Amilcar Osorio y Jaime Espinel, entre otros.

El balance abierto de Jotamario Arbeláez

Recientemente se festejó en Colombia, con diversos actos y ediciones, los 50 años del movimiento. No es fácil aventurar un balance de los logros estéticos y existenciales del proyecto nadaísta, teniendo en cuenta la evidente liberalización de las costumbres desde los 60 hasta hoy. Un cambio radical en los límites de la moral social media (acelerado en Colombia, tal vez, por la propia irrupción nadaísta), que hoy podría tornar inútiles o ingenuas a ciertas banderas enarboladas hace décadas.

Pero nadie mejor que Jotamario Arbeláez, en diálogo exclusivo con Ñ, para ofrecer una recapitulación del legado y actualidad del grupo: “Antes del nadaísmo”, afirma Jotamario, “Colombia era una aldea adormilada, dominada por el clero, los académicos y los políticos –amén de la burguesía– por donde no había pasado una idea de vanguardia. Acudimos a un terrorismo verbal para desacreditar esos estamentos por medio de manifiestos, conferencias y actos pánicos, mientras proponíamos una literatura y un arte sin antecedentes en nuestro patio.”

¿Cómo evolucionó esa rebelión a lo largo de los años? “Tres de nuestros principales objetivos tuvieron finales inesperados”, responde. “Nos propusimos desvelar las máscaras de la Iglesia y algunos de los ‘profetas’ terminamos capturados por Cristo; nos propusimos impulsar el consumo de la cannabis como droga mística e iluminativa y se desencadenó el narcotráfico; nos propusimos dar vía libre a las conductas sexuales más atrevidas y apareció el sida”. Jotamario extiende la influencia del nadaísmo al grupo de religiosos rebeldes de la teología de la liberación. Incluso influyeron, según el poeta, “en la faceta imaginativa y de humor negro contestatario del grupo guerrillero M-19, que terminó haciendo la paz, mientras nadaístas y hippies realizábamos a nuestro modo una verdadera revolución”.

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