Valor y precio en el arte

Por Marcos Mayer
Fuente: http://www.revistadebate.com.ar

En una entrevista publicada hace unos días en el diario catalán La Vanguardia, cuenta María Rosa Malet, encargada de la Fundación Joan Miró, que el pintor cambió en cierta ocasión un tanto difícil veintitrés cuadros propios por una heladera. Calculando que un refrigerador hoy ronda los 3.000 pesos, no nos da siquiera doscientos pesos por cuadro. Recientemente, una obra de Miró fue valuada por la casa de subastas Sotheby’s en seis millones de dólares, lo que da para comprarse una importantísima cantidad de heladeras.

Hay muchas historias de éstas en las que lo que hoy cotiza millones alguna vez fue vendido por monedas. Van Gogh se queja amargamente en las cartas a su hermano Teo por el precio que recibe por sus cuadros. Durante una corrida de toros, Picasso recibió el homenaje del picador, quien le lanzó su sombrero. Como gesto de agradecimiento, el pintor se lo devolvió con un dibujo en el forro. Alguien le ofreció al picador cincuenta pesetas por el sombrero. El hombre consultó al acompañante de Picasso, que le aconsejó que no aceptara. Vendido años después, el dibujo le permitió comprarse una casa.

La historia del juicio al psicoanalista italiano Armando Verdiglione, que tuvo lugar en Milán a finales de la década del setenta, abre una perspectiva diferente a esta cuestión de la tasación del arte. Debió enfrentar a un tribunal acusado por una colaboradora y por los familiares de varios de sus pacientes, de quitarles el dinero, valiéndose de sus problemas mentales. Todo el proceso fue un show aprovechado por el histrionismo y la verborragia de Verdiglione. Su explicación no lo salvó de la condena. Planteó que, cada interpretación, es una obra de arte y que no le puede poner precio al arte. Por lo tanto, no podía decidirse si el dinero que recibía de sus pacientes 
era poco o mucho, justo o desmesurado.

¿Qué se paga cuando se paga por lo que no tiene precio? En definitiva, la cantidad de dólares, euros o pesos que se ofertan por un cuadro no tienen referencia alguna, son pura subjetividad. No se vinculan ni con la cantidad de trabajo necesario para producirlo (la teoría de Marx) ni con el material utilizado, y tampoco con la oferta y la demanda. Aunque algo de esto entra en juego dentro de las tendencias variables del mercado del arte. Varios marchands cuentan que se dan demandas por épocas. Hay un tiempo en el que se registra una mayor demanda de, por ejemplo, pintores impresionistas (no los de primera línea, cuyo precio va por otros carriles). En consecuencia, durante un cierto tiempo un cuadro impresionista tendrá una cotización alta, para luego bajar cuando el mercado prefiera otras escuelas.

El problema es que, cuando se intenta valorar el arte, no hay criterio que valga. Si el valor en juego es la belleza, ¿por qué cotiza más un original que una falsificación? Si son idénticos. La cosa da aquí una interesante vuelta de tuerca. Se llegó armar hace no mucho una exposición con los cuadros apócrifos pintados por el húngaro Elmyr de Hory, tal vez el más famoso de los falsificadores de la historia, a quien Orson Welles dedicó una película, Fake. Uno de los cómplices de Hory le envió una de sus obras a Picasso para que certificara su autenticidad. Al enterarse de lo pagado por el marchand, Picasso respondió: “Bueno, si ese fue el precio, debe de ser auténtico”.

Son cada vez más los que sostienen que el arte es algo que la sociedad o los expertos consideran como tal, no un rasgo identificable en la obra. Un cuadro, una novela, una película no forman parte del arte por una cualidad que detenten, sino porque alguien de afuera dictamina que es así. Los readymade de Marcel Duchamp fueron exhibidos como una palpable demostración de este estado de cosas. Por ejemplo, una rueda de una bicicleta expuesta por Duchamp en un museo con su firma dejaba de ser algo utilitario y perdía toda función, para convertirse en un objeto artístico.
Entonces, si algo no sirve para nada, ¿cómo saber cuánto vale? Se han dado muchas explicaciones y sigue siendo objeto de debate entre los estudiosos, que no encuentran un criterio palpable para justificar los precios. Hay una irremediable brecha entre eso que llamamos arte y la dinámica contable y utilitaria del capitalismo. Hace poco asistí a una exposición de los alumnos de un prestigioso pintor. A la hora de cotizar los cuadros, no se podía invocar el argumento de la calidad, pues no correspondía que el maestro hiciera diferencias entre sus discípulos. Había que encontrar un criterio objetivo. Se eligió la superficie que ocupaba cada cuadro, que pasó a tener un precio de acuerdo a su tamaño. Esto generó un interesante episodio. Uno de los asistentes quiso comprar una de las pinturas exhibidas y se le informó el precio por tamaño, que fue el que le ofreció a su creador. El valor fue considerado bajo. “No importa cuánto, pero que sea más de lo fijado”. El discípulo contestó como un artista: allí había algo más que centímetros cuadrados de tela cubiertos de óleo. Algo que debía ser reconocido por medio de esa variación en el precio.

Las cosas aparentemente innecesarias -se puede vivir sin arte, o sin amor, pero no se puede prescindir del agua- terminan por poner en cuestión el mundo de lo aparentemente objetivo. Cuando Walter Benjamin dice que los cuadros nos miran, está hablando de una relación de uno a uno. Un cuadro nunca mira a una multitud, nada más ciego que la Gioconda acribillada a fotos por cantidades de turistas que la van a visitar al Louvre. Esa relación es la que no tiene precio. El momento del encuentro de las miradas, lo que descubrimos y lo que nos revela. Para todo lo demás está Mastercard

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