La utopía literaria como punto final de la historia

Por: Miguel Catalán
Fuente: http://www.revistasophia.com

Uno de los rasgos centrales de la literatura utópica, esa tradición de viajes imaginarios que arriba a nuestros días desde el momento fundacional de Tomás Moro, es la concepción de la ciudad radiante como un punto final a partir del cual ya no hay evolución posible. Voy a examinar brevemente tres disposiciones de la fábrica utopiana que contribuyen a ese fin estancado: la felicidad analítica, la detención del tiempo y la minuciosidad descriptiva.

En primer lugar, las utopías son reinos dichosos porque la felicidad se desprende de su constitución de forma analítica, como la extensión se desprende de la corporalidad. Nada podrán los aires nuevos contra aquello que ya en su mismo origen invistió de pureza el conjunto de las relaciones ciudadanas. A contrario, la desgracia se encuentra adherida como una pústula al cuerpo de la sociedad real (de toda sociedad real) debido a que ésta padeció un comienzo no fundamental, meramente crónico. Lo originario marca de una vez y para siempre, el modelo de Licurgo o del Yaveh de la Segunda Alianza, al modo del Posidón platónico o del Legislador sagrado, desde luego al modo agustiniano, la materia inerte de la ciudadanía.

Acerca de la instauración del Reino de Dios en la Tierra, Bacon refiere el mito fundacional de la Ciudad por boca del dignatario que recibe al viajero: «unos veinte años antes de la Ascensión de nuestro Salvador, sucedió que los habitantes de Renfusa [una ciudad de Nueva Atlántida] vieron en el mar (…) un gran pilar de luz (…) y en lo alto se veía una gran cruz de luz». Los indígenas que van a curiosear rezan una oración, y el pilar y la cruz se desvanecen en el firmamento. Queda ante ellos un cofre de cedro, dentro del cual encuentran el Apocalipsis del apóstol Juan y una carta de otro apóstol, Bartolomé, quien ha recibido el aviso de un ángel para que confíe el arca a las olas del mar. «Y así fue como esta tierra (como lo fue el viejo mundo del agua) fue salvada del pecado de infidelidad por un arca y por mediación del apostólico y milagroso evangelista San Bartolomé» .

Aquí percibimos el mito de la Tierra Prometida americana, que llegaría a alzarse, no sobre la abertura metafísica del futuro, sino más bien al contrario, sobre el cierre mítico del pasado, practicado por una comunidad virginal que al rescatar el cofre de cedro de la humanidad anterior a la Caída no olvida vincularlo a la epifanía cristiana.
El utópico socialista Cabet expresa el mismo ideal mítico de que nada cambia nunca para bien en este mundo, ni para mal en el ultramundo, porque nada puede cambiar una vez la divinidad, en un acto absoluto, erige el nuevo reino:

«—¡Ah, demasiado lo sé! —replicó Eugenio suspirando—. Nuestra funesta organización social no puede producir más que vicios, desórdenes y miserias, mientras que vuestra bienhechora Comunidad ha de ser fuente y manantial inagotable de perfecciones, virtudes y felicidad.» .

En segundo lugar, el Estado ideal se configura como un punto de llegada inalterable. Equivalencia con la espera milenarista: tras el profético “día de Yaveh” llegará el momento de la justicia plena (inmutable) y comenzará por fin el tiempo detenido mesiánico. El horror de la utopía al cambio la hace presa fácil de la geometría trascendental, desde los 10.000 ciudadanos divididos en tres clases de Hipódamo de Mileto, pasando por los 60.000 distritos de la Atlántida platónica, sus 240.000 caballos y sus 1.200.000 soldados, hasta el falansterio de Fourier trazado a escuadra y cartabón. La geometricidad y ortogonalidad de Utopía a partir ya de Platón e Hipódamo ha sido valorada por Giuseppe Zarone como una petrificación o reificación de la ley, una reducción del individuo a una parcela jerarquizada por lo jurídico . Recordemos por nuestra cuenta la arquitectura utópica del Renacimiento que confina a los plebeyos en áreas escrupulosamente delimitadas; la demarcación encuentra su metáfora en la ciudad soñada por Leonardo da Vinci, que confina bajo tierra a la clase trabajadora. Con el estaticismo se ambiciona mantener a la sociedad al abrigo del cambio, de la realidad que precisamente nos amenaza; Mumford, acerca de la motivación platónica: «[Platón] se proponía crear una estructura que, a diferencia de la ciudad existente en la historia, fuera inmune al desafío provocado desde el exterior» .

Nuestra tesis de la fijeza compensatoria de la posición de los buenos y los malos en el seno de la ciudad radiante encuentra un punto de apoyo en la correlación expuesta por Raymond Ruyer en L`Utopie et les utopies, según la cual las utopías comienzan con una actividad creadora para terminar con una pintura petrificada. La metáfora del “cuadro pintado” de Ruyer expresa la noción del estaticismo, cuyas excepciones ni siquiera puede buscarse en Bacon, Luis-Sébastian Mercier o el H. G. Wells de A Modern Utopia, impregnados en apariencia todos ellos del falibilismo del espíritu científico y su tendencia a la innovación. Ya en Timeo, 19 b-c, Platón afirmaba abiertamente por boca de Sócrates lo que nosotros sólo nos atrevíamos a sugerir:

«(…) quisiera deciros qué clase de sentimiento he experimentado sobre el Estado que hemos descrito. Esa impresión se parece a la que se sentiría, cuando, tras haber visto en alguna parte seres vivos hermosos, ya estuvieran representados en pintura o incluso con vida, pero en reposo, se experimentara el deseo de verlos ponerse por sí mismos en movimiento y hacer en realidad alguno de los ejercicios que parecen convenir a su cuerpo. Eso es lo que siento respecto del Estado cuyo plan hemos recorrido» .

Se experimenta el deseo de poner en movimiento las figuras del Estado, pero bajo el efecto de una ilusión, como dando cuerda a unos juguetes cuyo mecanismo viene determinado desde la fábrica; se trata de una representación mental (individual) cuyo contenido obedece a un esquematismo de circuitos fijos.

Tampoco el futuro escapa a la naturaleza estática de la sociedad ideal. Trabajamos para descansar algún día: el día de Yaveh, la “lucha final” del vibrante himno comunista o el fin de todas las luchas. El futuro utópico despliega su emblema en Dom Deschamps, quien divisa al otro lado del mundo feliz la detención de la historia, «tras alcanzar el fin de su carrera, suspendida al borde de la eternidad feliz, en la que la repetición habrá ocupado el lugar del devenir, en adelante abolido» , y su moraleja política en Fénelon, quien prevé la expulsión del tirano en una revolución de su Telémaco; el pueblo oprimido se ha sublevado, y una vez desaloja al rey de su trono… elige a un nuevo príncipe. Goulemot: «La revolución no es, por tanto, la creación de un orden nuevo, ni siquiera una modificación del modo de ejercer la soberanía, sino el retorno a la perfección del orden antiguo que la tiranía había pervertido» . Apoteosis de la fijeza; la impresión de “tapiz” o de “cuadro pintado” (Ruyer), de “rigidez mecánica” (Mumford) de la vida utópica se extiende a aquellas narraciones más próximas al espíritu científico de la investigación y la innovación. Manuel indica con clarividencia que el aparente dinamismo en la renovación de inventos en la Bensalem de Bacon queda desmentida por su idea de que la ciencia era un “todo cognoscitivo, adquirible en un tiempo limitado a través de un asiduo cultivo de su método”, una especie de puzzle que pronto quedaría completado (resuelto) y listo para admirar desde un descansado escaño. También la utopía de la ingeniería de la conducta y de la innovación constante del siglo XX, Walden Two, de B. F. Skinner, adquiere un nuevo aspecto cuando se considera su significado dentro del conjunto institucional en que se mueve; en palabras de L. Mumford, Walden Two no es, cuando se la contempla de lejos, sino otra forma edulcorada de desarrollo interrumpido , una sociedad de insectos tan intemporal como la ensalzada por Platón en su República. La quietud de las sociedades futuras de un H. G. Wells nos debería hacer reflexionar acerca de si toda utopía no aspirará a inmunizarse contra el cambio y la espontaneidad; oigamos, por lo pronto, cómo prevé el sistema educativo, ya en la segunda mitad del XIX, el utópico socialista Cabet:

«Tened ante todo presente que, en la época de nuestra regeneración, un comité numeroso preparó la organización de la educación pública, consultando para ello todos los sistemas antiguos y modernos, y recopilando todas las opiniones.

La ley ha establecido después las diferentes especies de educación: física, intelectual, moral, industrial y cívica; designando para cada una de estas especies las materias de enseñanza, el tiempo y orden de los estudios, y los métodos de instrucción» .

Parece como si a partir del hecho de que el comité fuera numeroso, o de que se tuvieran en cuenta todas las opiniones, se hubiera de seguir lógicamente la infalibilidad de sus dictámenes, como si por el camino de la pura inducción pudiera obtenerse una ley apodíctica universal. El resultado de esta falacia utópica son las disposiciones trascendentales que dictaminan, de una vez por todas, cuál es y será la educación correcta. Como si hubiera una educación correcta a priori. Como si no hiciera falta adaptar la ley al fluctuante deseo y a la cambiante realidad. Como si la realidad retuviera la inmovilidad del concepto.

La concepción racionalista utópica calca la concepción platónica —antigua— según la cual es posible detener el asedio de los cambios soplando en la trompeta de la idea; así, respecto a la educación intelectual, Cabet atribuye poderes paralizantes a la previsión: «Es inútil repetiros que en este particular también ha ido todo previsto y deliberado por el comité, y prescrito por el Pueblo o por la Ley» . Ni que decir tiene que un factor

extratextual del estaticismo utópico radica en el hecho de que detrás de tales abstracciones (Icar, “el comité”, “el pueblo”, “la Ley”) se encuentran la voluntad y la opinión particular del escritor de un fantaseo de marcado carácter subjetivo, cuya determinación es la de afianzar en la emoción un estado de cosas ardientemente deseado, y que tiende a coincidir punto por punto con el estado de cosas que dictaminan los legisladores míticos y las abstracciones normativas.

En tercer y último lugar contamos con la minuciosidad descriptiva. Algunos estudiosos han confesado la sensación de tedio que invade a todo aquel que se embarca en la lectura profesional de utopías; pues bien, buena parte de esa sensación se debe a la extraordinaria prolijidad de su factura, una característica formal de toda fantasía de restitución: cada pequeño elemento de la organización soñada aparecerá en ella cuidadosamente descrito. Por poner sólo un ejemplo, las viviendas icarianas ya tienen previstos la hechura y tamaño de los adornos de cal o yeso que las embellecerán, y hasta las formas apropiadas para que los ángulos entrantes no presenten resistencia a los instrumentos de limpieza . Lo que hace de la inmensa mayoría de estas obras unas lecturas difíciles de concluir no es que todos sus personajes piensen a toda hora en los demás o muestren una confianza fraternal hacia los desconocidos, sino que las minucias y las preferencias se encuentren predeterminadas. Fue el propio Engels quien señaló esta relación inversa de los socialismos utópicos al indicar que, cuanto más minuciosas eran sus construcciones, más fácil era que degeneraran en “puras fantasías” .

Estos tres rasgos obedecen al principio general de que la utopía no se opone a la historia desafortunada, como a veces se ha defendido, sino a toda historia, puesto que la concibe como la desgracia en sí misma. Y, dado que la historia es movimiento, la utopía no puede ser sino quietud. Quietud meramente fantasiosa, como creo haber mostrado en otro lugar , ajena a todo plan de acción.

FUENTE: Artículo publicado en Espinosa, I (Otoño/Invierno 2001), pp. 25-30 e incluido en el primer volumen de Seudología, El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y utopía, (Barcelona: Ronsel, 2004).

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