Propaganda y publicidad

Por: Reinon Muñoz
Fuente: http://www.kaosenlared.net (14.10.10)

En la derrota del socialismo real por las fuerzas del capital, la guerra psicológica o de propaganda ha constituídouna cuestión esencial. Krutchev dio el primer paso dando ingentes argumentos al enemigo mediante la demonización de Stalin y su empeño por arrastrar al país a una carrera de imitación del desarrollismo burgués. Pero ya Stalin había dado señales de flaqueza, admitiendo el principio de socialismo en un sólo país, negando por lo tanto la naturaleza mundial de la lucha de clases, según los postulados de Marx.

La oligarquía capitalista ha desarrollado una ingente labor cotidiana de adoctrinamiento en sus valores, adiestrando así a las clases medias y bajas a bailar la música que quieren, convenciéndoles además de que la esclavitud programada, la jornada de trabajo extenuante, los divertimentos de evasión, los exiguos alojamientos urbanos,la dinámica de masas, y la uniformización de los comportamientos, es lo que más le conviene, lo que desean desde lo más profundo de su ser. Pero esta alienación no se ha conseguido sólo mediante el bombardeo masivo de consignas e imágenes. Ha sido necesario también reformar y reforzar los instrumentos de la represión contra la resistencia.

En España, la propaganda postfranquista se ha articulado en torno a la legitimación del régimen heredado del dictador. Por otra parte, éste fue y no otro el motivo del golpe de estado fallido de las fuerzas nacional católicas que desembocó en una guerra civil de tres años. El descrédito de la dinastía borbónica, sostenida por la burguesía y siempre dispuesta a apoyarse en la dictadura, unido a la ambición del propio Franco, convirtieron lo que debía ser un régimen transitorio en una dictadura de 40 años en la que el Lord protector, Franco, rechazó al igual que Cromwell la corona que el movimiento nacionalcatólico le ofrecía. Sin tener que someterse a instituciones seculares como parlamentos, fueros o papado, Franco fue más que rey. Franco fue César.

Su heredero, Juan Carlos de Borbón, contó con la protección del Estado Mayor militar, constituído por camaradas de primera hora en la insurrección, tradicionalistas nacionalcatólicos y aristócratas. El círculo se cerró mediante el pacto con la socialdemocracia republicana y las burguesías nacionalistas catalana y vasca, que aceptaron una criatura híbrida a cambio del reconocimiento de legitimidad que el nuevo régimen necesitaba para su viabilidad. La situación de la burguesía era pues mejor que en el 36, cuando las fuerzas de la aristocracia latifundista y de la corporación eclesiástica católica habían reaccionado con furia ante la estrategia burguesa de alianza con el proletariado, lo que suponía el fin de sus privilegios.

En la preservación de esta alianza, de esta amplia plataforma cuya garantía y representación es la corona, se excluyó a las fuerzas más inconformistas o refractarias al nuevo orden, persiguiéndoseles con dureza por la vía militar.Todo opositor real al artilugio postfranquista siguió padeciendo la represión y el exilio, perseguido en concepto de “terrorista”. Pero han sido especialmente dos los grupos localizados por la plataforma burguesa: los independentistas vascos y catalanes, que amenazan con destabilizar a las siempre titubeantes (por querer más dinero, se entiende) burguesía vasca y catalana; y las organizaciones proletarias no clientes.

El esfuerzo propagandístico de la restauración juancarlista es una consecuencia de los intereses en juego. Interés de los rescoldos del movimiento franquista en no ser juzgados ni política, ni penal ni moralmente por la traición a la voluntad popular de 1936. Interés de la corporación romana por mantener el monopolio religioso en el país, así como sus numerosos intereses económicos alimentados con fondos públicos. Interés de la oligarquía burguesa, representada por el espectáculo político por mantener una paz social que dé confianza al capital para seguir haciendo negocio. Interés de los millones de sujetos clientes alimentados por el estado burgués y la banca, nutridos de su propaganda y valores.Y desde luego interés del clan borbónico y su camarilla íntima, por continuar la idílica situación de la que gozan a expensas del pueblo trabajador, y transmitirla sine die a su descendencia.

Así, cada día, el sujeto es alcanzado por los dardos de la exaltación borbónica, tendentes a hacer aparecer a unos privilegiados como los más sacrificados de los españoles. Asimismo, se da pábulo a los agentes de la propaganda franquista, muy activos a través de los medios propiedad de la corporación romana o subvencionados por el imperio, que siguen emponzoñando a las masas con historias como Paracuellos, Katyn o las ejecuciones del Che. Para cerrar el círculo, el monopolio burgués de información censura sistemáticamente a una contrapropaganda que pudiera restablecer un equilibrio de fuerzas. El nuevo impulso represivo adoptado por la burguesía transatlántica, se manifiesta en España en un atrincheramiento de la plataforma juancarlista en torno al núcleo duro de los elementos nacionalcatólicos. A la vez que se pone fuera de la ley toda forma de expresión política de los independentistas vascos, la Erzaintza protege las provocaciones
fascistas en Vitoria o San Sebastián. El sistema del pacto juancarlista se dirige hacia su paroxismo histórico.

Pero sería erróneo pensar que la propaganda actúa sólo a través de órganos específicamente propagandísticos. La publicidad, es decir, la difusión de información sobre un producto, presenta muchas de las características de la propaganda política. En primer lugar, su carácter “mediático”, que se sirve de infinidad de soportes de información con el fin de transmitir un mensaje comercial al receptor. En segundo lugar, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, su carácter masivo que, sin perseguir un fin político, realiza una acción política por el adoctrinamiento en ciertos valores y la creación de referentes comunes entre las masas de “consumidores”. Por último, la publicidad es la expresión acabada de la ideología burguesa. Todos sus valores están presentes en la misma, tanto por lo que afirman como por lo que callan. La aspiración a la comodidad, la presentación de la riqueza como el valor modelo de imitación, la
tergiversación partidista de la historia, la sustitución de la realidad por el mito, el ocultamiento de todo lo que pudiera resultar conflictivo o desagradable, la preferencia de la sumisión a la revuelta, el modelo patriarcal de dominación, la simplificación e infantilización de los mensajes, etc.

Si bien la publicidad no se sitúa directamente en el terreno político, durante décadas ha sido el caballo de batalla, uno de los instrumentos más poderosos sobre los que se ha apoyado el capitalismo. Su naturaleza embustera, su difusión masiva, su mistificación de la realidad, presentan un paralelismo evidente con la actividad propagandística.

Si la propaganda es la expresión de la voluntad de un poder político-militar, la publicidad es la expresión de la voluntad de un poder económico. Dado que el poder político es, en los Estados Unidos y su área de influencia mundial, cliente del poder económico, la publicidad se convirtió a partir de los años 50 en una verdadera propaganda de masas dentro del campo occidental, sustituyendo al acto político del voto, por el acto político del consumo de una pléyade de mercaderías. La elección entre un muestrario de partidos (supuestamente) rivales, se transforma en la elección entre un muestrario de productos concurrentes. De esta manera, la dictadura de los mercaderes y los banqueros corrió un telón de terciopelo negro sobre la realidad de la explotación laboral, del racismo, del militarismo industrial capitalista de los Estados Unidos y de sus aliados atlánticos. La publicidad, principal fuente de financiación de los medios de masas,
actuó como una verdadera censura, otorgando o retirando favores según la calidad de los servicios prestados, reduciendo a la inexistencia cualquier realidad contraria a sus intereses.

A través de la publicidad, la propaganda es directa, cotidiana, omnipresente, masiva. Es el objeto mismo el que se convierte en medio. Se trata de llegar a la conciencia, de violarla, de anular el discurso mental autónomo para sustituirlo por un “slogan”, una fórmula repetitiva, atractiva, fácilmente memorizable y transmisible. Por supuesto, el discurso publicitario presenta lo que no es más que una nueva forma de explotación, como una liberación, y he ahí un indicio decisivo de su carácter propagandístico y por lo tanto, político. Como evolución de este principio, la conexión entre “condotieros” publicitarios y mandarines politicos ha sido cada vez más estrecha, a partir de los años 70, desembocando en los actuales gabinetes e imagen, tranformando a los políticos en una suerte de actores multimedia.

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