El capitalismo como burdel

Por: Jaime Richart
Fuente: http://www.kaosenlared.net (29.08.10)

El capitalismo es un burdel y no precisamente en sentido figurado. Y en buena parte es porque el hombre (en el capita­lismo) se cree, colectivamente, más de lo que es y se estima, individualmente, me­nos de lo que me­rece…

En el capitalismo no hace falta identificarse de prostituta para serlo. En él se compra y se vende el cuerpo, pero esa compraventa es lo de menos. Tan habitual como vender y comprar el cuerpo es la compraventa de volunta­des, de senti­mientos, de deseos, de aspira­ciones, de propósi­tos y, so­bre todo, de conciencias. La misma reli­gión cató­lica participa de ese mercadeo. ¿Qué hacen sus adminis­tradores si no trafi­car con la doc­trina del fundador?

Hay que hacer un esfuerzo extraordinario para no infectar las rela­cio­nes humanas en el sistema. Ni el amor, ni la amistad, ni la ve­cin­dad, ni la fraternidad se libran del influjo del materialismo y del di­nero. Todo se hace por cualquier motivo menos por desinterés. Y hasta el desinte­rés inicial encierra la silenciosa expectativa de un posible trueque de futuro. El humanismo y la filantropía en el capita­lismo están envenena­dos. La reli­gión y las ongs son artilugios hechos con dinero que, solapadamente, buscan más di­nero. El inte­rés por el ser humano de quienes se las creen, sale tarde o tem­prano manchado por el interés bastardo de los que manio­bran su­brepticiamente. Y los que en la socie­dad capitalista nacen in­genuos y van de buena fe, acaban empozoñados por el ego­ísmo extremo y el vil metal. La pro­pia pedagogía del capitalismo enseña que “el otro” es un rival al que hay que desbancar, un enemigo al que hay que saquear o un tonto al que hay desplumar.

Y si antes el capitalismo atizaba la envidia y el egoísmo para luego enmendarlos malamente con la religión cómplice, hoy al capi­talismo finan­ciero ya no se le puede corregir. La religión, sea cató­lica o cris­tiana, ha perdido todo su ímpetu, y la ética capitalista se reduce al código penal: el mínimum del mínimo mo­ral. La pureza de intencio­nes es risible e incompatible con él. Sólo es de individuos aislados que no suelen contar en los desti­nos de la sociedad. Aunque nazcan inma­culados los propósitos, millo­nes de fuerzas que recorren el ca­pita­lismo impi­den que re­ine la confianza, la auténtica simpatía y la afabilidad. Todo es zozobra, pocos se pueden fiar entre sí. Se des­confía de todo y de to­dos. Y si confiamos demasiado, somos devo­rados. Ni entre la familia misma, a punto de extinguirse la tradicional, hay ya natural confianza. Sólo si hubo un día una tenaz influencia de padres virtuosos y un com­porta­miento ejemplar puede labrarse el verdadero afecto y la verda­dera con­fianza. Las familias ricas litigan entre sí, y las familias pobres ya no se resignan a ser sólo honradas. La resignación, impuesta por la cristiandad a los secto­res de la so­cie­dad marginados, ya no funciona. Y la ambición desmedida, avanza. Con lo que el control social es un problema cada vez más arduo. Hay que tener mucha paciencia para encontrar en las rela­ciones humanas del capita­lismo una fuente de paz y de concordia. Por algo la revolución fran­cesa hizo de la fraternidad un lema. Sabía lo que había en juego… No es una reflexión desde el pesimismo gratuito. Es el sistema el que destila pesimismo en cuanto pensa­mos un poco a fondo en él. Hay placer, pero no gozo.

Pero tampoco el capitalismo y los capitalistas se conforman con militar en la degradante miseria de la injusticia social. Forma parte del núcleo de su filosofía desembarazarse de todo lo que tiende al colecti­vismo, al cooperativismo, al socialismo real o al comu­nismo. Y tam­bién el perseguirlos. Unas veces son las dictadores que forman parte del cristiano-capitalismo, pero otras son las propias democra­cias, y a la cabeza de ellas el imperio. Ni siquiera la religión, que forma parte de su co­lumna vertebral, disuade al indi­viduo de su atracción más por el dinero que por ella misma. Al contrario. El ca­pita­lismo inicial, el industrial, ése con el que se ini­ció el saqueo del pla­neta, nació con un colosal señuelo: ser el máximo propulsor del progreso. Y no tuvo rival hasta la aparición del marxismo que lo desenmascaró. Pero el actual, el finan­ciero, es venenoso: sólo goza con el goce, sólo gana si lo gana todo, de la caza sólo le inter­esa la captura… Y al planeta como tal lo va descomponiendo.

El culto a la personalidad los lleva a extremos gro­tes­cos e inde­centes. Famosos por nada, famosos fabricados y famo­sos por sus mafiosas fechorías convertidas en virtudes, están en el vértice de la pirámide social al lado de los opulentos oficiales y de los des­ahoga­dos que apuntalan el sistema. Y no sólo -ni mucho me­nos- nuestra aversión al capita­lismo viene del estudio de Marx, de otros socialis­tas y hasta de distin­tos padres de la Iglesia. Viene de la conciencia social que en el capita­lismo se reduce a bolsas para la pobreza. El mismo Aristóteles afirma que “be­nefi­ciar a alguien es matarlo”, se­gún cierta expresión de su país. Ese be­neficio hay que entenderlo como algo gratuito que de­bilita o anula. No son limosnas sino justicia lo que deseamos sus enemigos. Todo lo que toca el ca­pita­lismo lo pervierte. El hom­bre del sistema está co­rrom­pido desde la cuna, o desde luego antes de co­rromperse del todo.

Odiamos el capitalismo cuando empezamos a pensar por cuenta pro­pia. Todos los que resuelven zafarse de la educa­ción en sumi­sión, de los prejuicios adquiridos en la escuela o la universidad o en la lec­tura de los que lo refuerzan, llegan a parecidas con­clusiones. Porque no se precisa de estí­mulos crematísticos si la pedagogía es sana y si la sociedad genera cuerpos y men­tes sanos. La codicia y el egoísmo extremo, es decir, el vi­cio por el dinero y la riqueza sólo echan raíces en las al­mas enfer­mas. Si desde la cuna y luego en la escuela y luego en la universidad se excitan los valores humanos por encima de los mate­riales -y eso es socialismo de verdad-, el ca­pitalismo queda en evidencia y se ve hasta qué punto es in­deseable o deseable para pocos a costa de muchos…

El máximo defecto del capitalismo, aparte de los enumerados, to­dos ellos nefastos, es que se niega a asumir que en con­junto la so­ciedad puede progresar inteligentemente, sin necesidad del mer­cado libre ni de leyes res­trictivas y punitivas promulgadas para ser burladas; que es posible prospe­rar con conciencia colectiva y justicia social, mu­cho más y más armónicamente que por ansia y por envi­dia: los dos motores de un sistema que cada día que pasa se mani­fiesta más sinies­tro, más des­truc­tor y más devastador.

Y luego tantos se preguntan por qué tantos miles de millones en el mundo preferimos el socialismo real que asienta desde la cuna el principio de igualdad. No existen sociedades puras y menos perfec­tas. Pero siempre se­guirá habiendo grados y categorías en esto de organizar a la socie­dad y al Estado. Pero las intentonas de estable­cer en el mundo la máxima justi­cia social son abortadas por las de­mocracias capitalistas, o las acosa y persigue con todos los ejércitos y poli­cías de las naciones que lo prote­gen. Maldito sea.

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