Kimetz Kolektiboa y cómo jutificar la barbarie taurina

Por: Nega (LCDM)
Fuente: http://www.kimetz.org (02.08.10)

Respuesta a un artículo aparecido en Kimetz en torno al anti-taurinismo.

A raíz del (a mi juicio) acertado artículo de Jaime Richart en torno a la mal llamada fiesta nacional titulado Los toros y la Fe, alguien en los comentarios subió un artículo de Kimetz que abordaba la cuestión de la tortura en los animales y el anti-taurinismo como ideología burguesa. Vaya por delante que sigo de cerca los textos de dicho colectivo y que me parece una de las voces más brillantes de Euskal Herria, quizá de las pocas voces autodenominada socialista y abertzale que no han caído en posiciones netamente reformistas y de pacto con la burguesía. Por ello me ha dolido mucho más leer el siguiente artículo que me propongo cuestionar en profundidad:

1. En la historia del pensamiento corresponde a Alcmeón de Crotona, s. VI a. C., el honor de haber sido el primero en trazar nítidamente una línea de separación entre la categoría humanidad y la categoría animalidad, y ello, “sólo”, en razón de la razón misma: “El hombre se diferencia de los otros [animales] sólo porque comprende; los otros, en cambio, sienten pero no comprenden”. Para llegar a este punto, fue necesario al hombre, previamente, distinguir entre lo animado y lo inanimado. Bueno, es una buena forma de iniciar el artículo, un pelín pedante quizá.

2. Dice Hermann Hesse que aquello que ennobleció los instintos animales del hombre, -lo que lo humanizó- fue “la fantasía, la vergüenza y el entendimiento”. Aunque no se esté de acuerdo en que la demarcación entre animalidad y humanidad arranque de la concurrencia en el animal-hombre de tales facultades, no puede dejar de admitirse que cada una de ellas, por sí sola, singulariza ya al ser humano en relación al resto de lo viviente. Hesse debía desconocer que a excepción de la fantasía, la vergüenza y el entendimiento (tanto entre sí como con los seres humanos) son características propias de cualquier mamífero y eso es algo que sabe cualquier persona que haya tenido un perro, lo mismo que el cariño, la ternura, la alegría, la tristeza, la fidelidad o la añoranza.

3. Sostenía Unamuno que era “posible militarizar a un civil pero imposible civilizar a un militar”; análogamente, se puede afirmar que es imposible humanizar un animal pero ciertamente posible animalizar a un hombre. Discreto ejemplo de esto último se halla en la moral judeocristiana que cuando predica la humanización del sexo ligándolo a la reproducción biológica lo que hace es -muy al contrario de lo que afirma pretender- animalizarlo, es decir, reducir al hombre, paradójicamente, a una categoría más amplia de lo viviente: lo animal. Aquí los despropósitos se suceden. La cita de Unamuno, aunque de bella factura y con los encantos propios para seducir a anarco-utopistas (de esos que creen en un mundo sin ejércitos), es una soberana memez. Por su parte, la moral judeocristina no animaliza al hombre al reducir el sexo únicamente a la reproducción biológica, sólo lo intenta. Es más, otro dato interesante que desmonta la cuestión meramente reproductiva en el sexo animal, es la existencia de sexo de tipo homosexual tanto en los animales (especialmente primates) como en los seres humanos, por consiguiente el hombre y la mujer no son los únicos seres vivos que disfrutan del sexo como mera fuente de placer, no somos los únicos listillos que reniegan de la reproducción biológica. Esa barrera infranqueable que se pretende trazar entre animales y seres humanos no se encuentra en la dirección que pretende marcar el anónimo autor del artículo.

4. Todo lo más a que ha llegado el hombre en su afán de humanizar al animal ha sido crear un ser condenado a la obediencia; un ser cuya individualidad está moldeada sobre la alienación de su especialidad, es decir, de su ser en tanto que especie; un ser, en fin, que no es sino reflejo especular de su propio creador, el hombre: el animal doméstico. Del mismo modo que en el relato bíblico el hombre es a imagen y semejanza de Dios, el animal doméstico es a imagen y semejanza del hombre. Parafraseando al Nietzsche de La genealogía de la moral, para que el hombre haya podido llegar a ser un domesticador en sí, primero ha tenido que hacerse un domesticador de sí. Se trata de una obviedad, por supuesto que el hombre se ha domesticado, lo que implica que se ha sometido a una serie de normas morales, si así no fuera, seguiríamos viviendo en cuevas y comunicándonos mediante graznidos. Evidentemente al animal lo domesticamos a nuestra imagen y semejanza, es por ello que un perro no se come a su amo cuando tiene hambre a diferencia de un tigre o una manada de lobos. Al animal doméstico se le enseñan una serie de reglas morales propias de los hombres y alejadas del instinto, como por ejemplo no comerse entre sí (o a su amo) cuando el hambre acecha. La barrera que el artículo intenta desesperadamente trazar, se va alejando cada vez más. Y hablo de canibalismo, no de comerse al amo en el sentido social o económico.

5. El antitaurinismo, al calificar de “tortura” la fiesta de toros, es decir, al situar en la misma categoría al toro jugado y al militante aherrojado a la sevicia del aparato represivo de cuartelillos y comisarías, asume, consciente o inconscientemente, la esencia ideológica sobre la que reposa la práctica sistémica de la tortura: la factibilidad de desnudar por completo a un hombre de su dignidad, la posibilidad de privarlo de aquello que le diferencia del animal, en definitiva, la posibilidad de animalizarlo. Aquí ya se lanzan sin paracaídas en la demagogia más perversa y tramposa. Claro que es la misma categoría, la única diferencia es que se trata de tortura a un animal y no a otro ser humano, pero tortura al fin y al cabo puesto que está demostrado que el mamífero sufre salvajemente, como han demostrado infinidad de estudios de veterinaria. Arrojad el ejemplo del militante torturado en comisaría es tramposo y mezclar los churros con meninas, un ejercicio de demagogia digno del más estafador de los propagandistas. Es como el facha que protesta diciendo que mira, preservan la vida de los animales pero permiten el aborto. El argumento demuestra el desapego que siente por los animales el anónimo autor al afirmar que la razón por la que se tortura a un hombre es la de despojarlo de su dignidad y rebajarlo a la categoría de animal: para el autor es lógico y normal que se torture a los animales. Como dice Don Eduardo Galeano, el único fin de la tortura (en los seres humanos) no es el de hacer confesar, es inculcar el miedo en el colectivo al que pertenece el torturado, para que se lo piensen dos veces antes de continuar con sus objetivos políticos. Poner el ejemplo del militante torturado en comisaría es de una perversión patológica, por el mismo motivo y bajo el mismo punto de vista, sería tan demagogo como criticar a un comité vasco contra la tortura porque oye, en África muere un niño cada 27 segundos ¿qué es la tortura a unos pocos independentistas comparada con la muerte por inanición de millones de niños? ¿Que una madre vea morir de hambre a sus hijos no es la mayor y más perversa forma de tortura conocida? No se puede comparar ¿verdad? Todos sabemos ser demagogos. Pues eso es lo que hace el autor del artículo, mezclar la velocidad con el tocino, ambas cosas están mal, ambas hay que denunciarlas pero una no se superpone a la otra, los frentes de lucha son muchos y todos requieren de nuestra presencia. La tortura en los animales tiene como único fin (al margen del económico), saciar el hambre de sangre, de morbo, de violencia irracional de algunos desequilibrados.

6. Se pregunta Unamuno, a propósito de la definición aristotélica de ‘hombre’ como zôon politikón (“animal civil” o “ciudadano”), si son posibles civilización y civilidad sin los cimientos de la domesticidad y la domesticación. Nos preguntamos nosotros cuál no será el grado de domesticación alcanzado por el hombre moderno para haber llegado al punto de reconocer derechos de los animales, es decir, para reconocerlos como personas jurídicas. Más dosis de demagogia. Lo que yo me pregunto es si el autor del artículo me denunciaría en un juzgado de instrucción si yo cogiera a su perro y con un soplete y un cuchillo lo torturara hasta morir, además en un recinto público cobrando entrada a los vecinos del barrio. El autor confunde domesticación con civilización, confunde ideología burguesa o dominante con un valor muy noble y elevado como es el amor a los animales. Claro que no es posible la civilización sin la domesticación del ser humano, pero eso no tiene nada que ver con la domesticación política que por ejemplo sufre la clase obrera del estado español en los tiempos que corren, el término es ambivalente. La domesticación del hombre, es decir, la vida en grupo o comunidad, implica una serie de reglas. El ser humano carece de naturaleza y es innata y eminentemente social, por tanto desde su salida del libre albedrío o el salvajismo, está sujeto a un conjunto de normas básicas y necesarias. Aquí se confunde la domesticación que denunciaban Denis Hooper y Peter Fonda en Easy Ryder, con la domesticación antropológica que no ha hecho más que perpetuar y hacer avanzar a nuestra especie.

7. Cuando en El Manifiesto Comunista se considera a “las sociedades protectoras de animales” como “parte de la burguesía que desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa”, ¿nos encontramos ante una carencia de sensibilidad ecológica de los creadores del socialismo científico o, por el contrario, ante una atinada apreciación de Marx y Engels respecto a la posición ideológica y de clase que ocupan tales instituciones? ¿No queda lleno de sentido, rebosante de coherencia -a la luz de la cita marxista-, el hecho de que miembros de los mismos partidos voten en el Parlament de Catalunya contra las corridas de toros, es decir, en contra de la muerte violenta de animales, y en el Congreso de los Diputados de España a favor del incremento de tropas españolas en Afganistán, es decir, a favor de la muerte violenta de seres humanos? Por supuesto que tenían que aparecer Marx y Engels, aunque sea para hablar de los toros. Hay gente que citaría a Marx en un debate en torno a la conveniencia o no de las centrales nucleares o de los viajes al espacio. Obviamente en la época de Marx, las sociedades protectoras de animales eran de propiedad única de la burguesía, el asalariado suficiente tenía con trabajar catorce horas al día en condiciones infrahumanas. Pero claro, algunos parece que no se han dado cuenta de que el trabajador arrancó a la burguesía muchas horas de ocio para sí y por tanto el preocuparse del entorno ecológico o de la protección a los animales, dejó de ser un monopolio burgués, lo mismo que el feminismo o el arte. Al margen hay que tener en cuenta el saqueo que la burguesía (y no el proletariado) ha perpetrado contra el planeta, sus recursos y el ecosistema. Marx y Engels hoy día serían ecologistas-animalistas radicales, conscientes de que si no defendemos el hábitat, no habrá mundo habitable en el que hacer la revolución.

Es seductor tachar de burgués o de sostén del sistema, todo aquello que no abogue directamente por la revolución proletaria que expropie los medios de producción, el autor (como le pasa a muchos) se deja seducir por un economicismo básico que no quiere ver más allá de sus narices. No se le puede culpar, la ausencia de una posición firme y unitaria respecto a la cuestión ecológica, es una falla enorme a la que no se da solución dentro de la izquierda marxista o revolucionaria, más allá del “cuando hagamos la revolución ya veremos”, toda la cuestión ecológica se superdita y condiciona a posteriori, pasando por alto que quizá cuando hagamos la revolución no exista un planeta habitable, por ello se urge necesario trabajar este campo antes de la transformación social.

8. En la Grecia antigua, Dioniso -dios “de cuernos de toro”, en el decir de Eurípides- representó el espíritu de libertad e igualdad; en honor de Dioniso -“taurófago”, como le llamó Sófocles-, se celebraron las Antesterias, fiestas en que los esclavos tomaban por un día el poder sojuzgando a sus amos; en ese sí a lo vital, a lo dramáticamente vital, que inspira todo lo dionisiaco, se reveló al alma griega el teatro, la fiesta trágica. Escuchemos de nuevo a Hermann Hesse: “lo «trágico» no significa otra cosa que el destino del héroe que sucumbe por seguir a su propia estrella en contra de todas las leyes de rigor”. La cita es una perogrullada del tamaño de un buque, pretende introducir la tragedia como elemento subversivo, pero sirve para poner las cartas sobre la mesa a la vista de todos, para despistar antes de quitarse la máscara y mostrar su verdadero rostro, como veremos unas líneas más abajo.

9. El régimen del capital deja impreso sobre todo el sello indeleble de su esencia inversora que no consiste sino, precisamente, en invertir, esto es, en torcer y aun retorcer, “el sentido propio de las cosas”. Excrecencia -moral, en este caso- del proceso de producción mercantil es la torsión del sueño en realidad y de ésta en pesadilla. Otro tanto puede afirmarse de la transformación del juego en deporte. O de la fiesta en espectáculo, del que dice Guy Debord que es “la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, o sea social, como simple apariencia”. Y sigue: “la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida, como una negación de la vida que se ha tornado visible”. ¿Dónde quieren ir a parar con tanta ensalada de ideas que van de Debord a Dionisio? El situacionista francés también afirmó que el espectáculo es la representación diplomática de la sociedad jerárquica ante sí misma, su justificación cobarde. Y el mundo de los toros es sin duda uno de los paradigmas donde la jerarquía social campa a sus anchas y donde la lucha de clases menos se ha agudizado; ganaderos, tonadilleras, terratenientes, autoridades y fuerzas vivas en el palco, machismo… Pero a diferencia del ocio alienante que produce ese espectáculo debordiano, en la actualidad es un tipo de ocio destinado a la burguesía; turistas extranjeros, pequeño-burgueses, autoridades y gente del mal llamado «mundo de la cultura», el obrero pasa de los toros, en el sentido de corridas en las plazas con matadores.

Un inciso. ¿Cuál es el fin de la izquierda? ¿Es acaso la conmiseración, la compasión, es decir, la comunión en la miseria y en el padecer? ¿O ha de ser, por el contrario, el acabamiento y superación de la miseria toda, es decir, el comunismo? ¿Qué concesión a la compasión, o a cualquier otro sentimiento del mismo rango, se permite Engels cuando proclama gozoso que “desde la aparición de los antagonismos de clase, son precisamente las malas pasiones de los hombres, la codicia y la ambición de mando, las que sirven de palanca del progreso histórico”; cuando coincide con Hegel al afirmar que “la maldad es la forma en que toma cuerpo la fuerza propulsora del desarrollo histórico”? Yo haré otro inciso y me permitiré la osadía de cuestionar tanto a Engels como a Hegel. La frase de Engels afirmando que la codicia y la ambición de mando son las palancas del progreso histórico, tiene sentido en el contexto histórico del siglo XIX. Lenin, Fidel Castro y el Che e incluso Chávez, nos demostraron que el progreso histórico también puede ser impulsado por palancas no basadas en la ambición, las malas pasiones de los hombres y la codicia. La historia puede avanzar gracias a la bondad, la solidaridad y la justicia social, en definitiva, gracias al amor por el ser humano. Pero algunos claro, parece que viven en el siglo XIX.

10. Dice Nietzsche: “sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre”. Eso, ¡y nada más que eso!, es, precisamente, lo que niega el antitaurinismo: la fiesta, la tragedia de la vida, ¡que es la muerte!, hecha representación, y en tanto que representación ordenada, cultura y arte. El antitaurinismo y el “taurinismo”, esto es, el no a la fiesta y el sí al espectáculo, son los límites en que queda constreñida la vida bajo el régimen del capital: el campo en que pretende concentrarla, empequeñecerla, ahogarla. Aquí llega el punto, después de marear con pretendidas elucubraciones elevadas y cultas, cuando el autor se quita la careta y vemos su rostro sanguinario. Nietzsche, el que faltaba. La tragedia de la vida es la muerte y en tanto que representación, es cultura y arte, algo que los anti-taurinos niegan. Por supuesto que lo negamos, entremos en materia.

Que el mundo de los toros sea arte y cultura (algo muy cierto) no los convierte por arte de magia en incuestionables. La amputación de manos al ladrón en Irán o la lapidación de mujeres adúlteras en Arabia saudí, son prácticas culturales ancestrales durante siglos asentadas en dichas regiones del mundo. La ablación del clítoris en Nigeria también es una manifestación cultural, es más, no dudo que habrá quién la califique de «arte», puesto que algunas mueren desangradas durante la mutilación, convirtiendo en «artista» al que hace sobrevivir a la mujer. El problema es que algunos piensan la cultura como un valor elevado vinculado al arte y la representación y no en lo que realmente es, una serie de comportamientos antropológicos que varían según el proceso histórico y el contexto geográfico, la cultura no es estática.

Escudarse en la tragedia de la vida y Nietzsche para justificar el aquelarre de sangre y barbarismo que son las corridas de toros, es de una perversión canallesca difícilmente mesurable. Quizá se me olvida que la página mencionada, además de subir excelentes artículos en torno al socialismo y la lucha de clases, es también aberztale, un colectivo que se declarara socialista, independentista, feminista y ecologista. No obstante, apenas ha condenado (o lo ha hecho de forma muy tibia) los San Fermines, quizá porque forman parte de sus raíces y sus señas identitarias, por bárbaras que éstas sean. Lo mismito que han hecho los partidos catalanistas, prohibir las corridas de toros pero permitir monstruosidades como el toro embolao y los encierros de vaquillas de Tarragona, en donde se humilla y tortura a un animal mamífero (hay que matizarlo ya que no es lo mismo un toro que una mosca) además con subvenciones públicas y con la presencia de menores en la mayoría de los casos. Claro, eso son costumbres catalanas, nuestras costumbres, no las de los otros. Un ejercicio de dicotomía política e irracionalismo ilustrado propio de Maquiavelo porque a fin de cuentas, lejos de tanta cita trasnochada griega o nietzschana, lo único que diferencia al ser humano de un animal es la Razón, la que algunos parecen haber perdido en aras de unas atroces y salvajes costumbres milenarias, unos por su amor a una España una y grande, otros por todo lo contrario. ¿Qué también se tortura a personas en calabozos? Por supuesto, y en África durante el genocidio ruandés murieron cerca de medio millón de personas en apenas 15 días y una de cada dos mujeres fue violada. Una cosa no legitima la otra, eso es demagogia de la peor ralea, hay tiempo y espacio para muchas causas y frentes.

Disfrutar o no condenar la tortura salvaje y muerte de un mamífero mientras se cobra entrada en un espectáculo digno de la Roma clásica, es de tener graves trastornos emocionales e ilustra de forma clara la carencia de empatía de algunos, porque aquello que nos hace humanos son las posiciones morales. Permitir que un grupo de millonarios y cuatro alienados agarrados a sus tradiciones identitarias, disfruten y conviertan en negocio una barbarie sanguinaria, es lo que nos convierte en animales.

El paradigma del pan y circo, pero es circo cuando lo hacen los otros, tradición y cultura cuando lo hacemos nosotros ¿verdad señor Carod Rovira? ¿verdad señores de Kimetz? La problemática no es nueva, se llama ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Porque negar la tortura a los animales argumentando que es humanizar a un animal ya que la tortura sólo se puede aplicar a los hombres, es lo mismo que decir que un animal carece de derechos, puesto que no tiene obligaciones o deberes. Es la misma justificación de la escuela de Chicago y su gurú Milton Friedman respecto a la sanidad pública, el que la quiera que la pague, sin deberes no hay derechos ¿verdad? El artículo se encuentra en el mismo espectro moral.

Yo no citaré a Sófocles, Eurípides, Nietzsche y demás esclavistas clásicos o modernos, me quedo con el dicho popular que dice aquello de, el que no quiere a los animales no quiere a las personas, y qué gran verdad es esa. ¿O cuando queremos a un animal también lo estamos humanizando?

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