Una aproximación al fanatismo

Por: originario
Fuente: http://www.kaosenlared.net (30.07.10)

Existen muchos tipos de fanatismo, pero ciertos rasgos son comunes. Esta es una aproximación a algunas de sus manifestaciones y a su papel en nuestras sociedades.

Si tuviéramos que aproximarnos al núcleo de una mente fanática tal vez nos encontraríamos con unas cuantas ideas fijas sosteniéndose sobre una mezcla de infantilismo intelectual, endeblez de personalidad, tradiciones heredadas y hechas propias por ausencia de análisis y espíritu autocrítico, y dependencia de dogmas y consignas provenientes de alguna autoridad a la que el fanático considera su dios. Por estos y otros detalles de esa índole, es reconocible en sus palabras (duras y carentes de matices cuando juzga) y por sus actos (carecen de piedad por sus contrarios). Desde esta configuración, el fanático admite diversidad de variantes según sea la especialidad a la que se dedique. Si es religioso puede ser aprendiz de Torquemada, miembro del Opus, penitente con cilicios en la cintura, cofrade, rociero o sacristán, pero no nos engañemos: puede tener cargos importantes y hasta ser obispo o Papa. Encontramos entre ellos al que nunca está contento con nada ni con nadie, excepto con aquel a quien ha sometido su voluntad por considerarlo la encarnación de todas las virtudes, especialmente del poder, mientras desprecia en lo más profundo a todos aquellos a quienes su líder desprecia y se inclina fácilmente ante quien su líder muestra aprecio. Como el orden jerárquico es algo muy interiorizado en la psicología del fanático, la envidia hacia quienes están por encima le corroe y fácilmente está dispuesto a traicionarles si con ello puede ocupar su lugar. Poder, prestigio, privilegios, deseo de reconocimiento desde la envidia son los motores principales de muchos fanáticos.

Naturalmente, en público se cuidará mucho de mostrar tan bajos principios y propósitos, por lo que en sus actuaciones – y con el fin de hacer méritos ante sus superiores- aparecerá como un defensor acérrimo de verdades para él tan subordinadas a sus verdaderas intenciones como lejos de ser practicadas. Porque el fanático predica a otros con pasión las virtudes que él mismo no realiza y cuyos fallos no tolera en otros. Un paradigma de este tipo sería Torquemada. Si a estas características se añaden otros trastornos psicológicos, fácilmente puede el fanático convertirse en un torturador directo, en un inquisidor a pie de hoguera. No faltaron nunca personajes siniestros de este tipo en las cruzadas, en la Inquisición, en los conventos, en el Vaticano o en la invasión del continente americano. Tampoco en los regímenes fascistas o falsamente socialistas.

Es fácil deducir que cuando el fanático se ocupa de la política encuentra en este terreno un caldo de cultivo tan apropiado como en las iglesias para desarrollar ahí sus más bajos instintos y propósitos. Al fin y al cabo, el tipo es el mismo, sólo que se ha especializado en otra cosa. Ahí puede ser un Hitler, un Mussolini, un Franco o un Stalin, un Videla o un Pinochet, por citar algunos paradigmas históricos con los que siguen comulgando hoy mismo sus aprendices en todos los continentes. Se disfrazan de nacionalistas, pero la nación les importa sólo en la medida que les proporcione poder, prestigio y reconocimientos de sus méritos. O sea: no les importa. Se disfrazan de defensores de la pureza doctrinal que dicen defender, y hasta hablan de querer la paz y el bienestar colectivo, pero en cuanto ocupan el sillón del poder lo primero que hacen es llamar a sus contables para engrosar sus caudales, convertirse en pragmáticos y convocar a sus generales. Alardean a veces de progresistas y defensores de los derechos humanos, pero el único progreso y los únicos derechos humanos que les preocupan son los propios y los de sus correligionarios y amigos siempre que les muestren fidelidad perruna, claro está. En la actualidad existen infinidad de ejemplos de esta tipología. Pueden ser talibanes o miembros del Congreso; senadores o jefes de Estado; alcaldes o presidentes de comunidades: da lo mismo, porque todos aspiran a lo mismo.

Cuando eligen la economía como su campo de acción se convierten en neoliberales radicales pero obedientes siempre a la voz de su amo; y si llegan a ocupar puestos de responsabilidad en la milicia o en la policía, a más de la obediencia servil hacia los de “arriba”, infunden la disciplina sin contemplaciones con los de “abajo” y la dureza extrema con los que los que sus jefes consideren enemigos. Como ejemplos recientes ahí tenemos a los militares y policías de Bush o de Obama con sus guerras y torturas a prisioneros en todos los guantánamos que esconden en el mundo, o sus persecuciones a inmigrantes.

Pueden torturar o matar, pero no se sienten culpables porque la obediencia debida al superior creen que les exime de culpa, y cuando son científicos harán todo eso con animales en nombre de la Cencia o tal vez del Progreso, lo que también les eximirá de sentirse culpables. Así es como piensan.

Se puede concluir que el fanático, se encuentre donde se encuentre, es un enfermo psicológico, mental y espiritual; potencialmente peligroso para la sociedad y realmente peligroso cuando adquiere algún tipo de poder que le permite desplegar contra otros todo su desorden mental y volcar sobre ellos toda la basura interior que lleva consigo. Es portador de esas cualidades esenciales que precisa el Sistema: acepta visceralmente el principio de autoridad, no hace preguntas y no cuestiona los métodos más despiadados porque acepta la jerarquía a ojos cerrados, y por eso las fuerzas oscuras que dirigen a la humanidad en todos los campos lo buscan, lo adoctrinan y lo miman para que actúe a su favor, convirtiéndole de este modo en una parte fundamental del sostén del desorden mundial. Es víctima, pero sostiene a los verdugos, con lo cual es doblemente victima, ya que lo que se siembra se cosecha.

Liberarse de las inclinaciones hacia el fanatismo , por ejemplo, del principio de autoridad, de la sumisión, del peso de los dogmas políticos y religiosos y de las tradiciones en caso de haber sido educados desde la escuela y en un medio social temeroso en un régimen totalitario ha sido una tarea que muchos hemos tenido que hacer como medio de avanzar en nuestro camino hacia la libertad personal, pues lo aprendido en la niñez penetra en el subconsciente como ladrón en casa del durmiente y si uno no se despierta a tiempo, le roba hasta la vida.

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