GPS/4 Devenir (es) mujer

Por: Juan Francisco Ferré
Fuente: http://www.salonkritik.net (25.07.10)

Enviado por: Héctor Siluchi (Artista visual)

Devenir Jabulani

Nos pongamos como nos pongamos, el proceso de feminización emprendido por muchas de nuestras instituciones e instancias públicas no es sólo un fenómeno irreversible sino deseable. Literalmente, un fenómeno en donde el deseo no sólo está implicado sino que es solicitado y hasta movilizado de modo preferente. Hace poco oíamos hablar sin escándalo de la feminización de los socialistas catalanes y de la misma Cataluña. En cualquier momento, se nos anunciará la feminización definitiva del empresariado, la judicatura, el ejército o la banca. La desvirilización de la Iglesia católica es fundacional, de ahí quizá la abusiva pederastia y también la “efeminofobia” galopante de la institución. La monarquía, en cambio, no debería tener devenir, ni masculino ni femenino.

Es probable que tardemos mucho más tiempo en ver una cierta feminización del fútbol. Feminizar el deporte rey, no obstante, no debería limitarse a multiplicar el número de espectadoras pasionales, mucho menos, como sucede con frecuencia en los verdes campos de medio mundo, a sembrar de reporteras atractivas los aledaños de la zona erógena del vestuario, controlando micrófono en mano el acceso de los jugadores.

En el cerebro del aficionado a cualquiera de los deportes donde las pelotas están en juego se vive un conflicto paralizante. Atender al deseo más poderoso o a la disciplina elemental. A su peculiar manera, la introducción del Jabulani en este último Mundial futbolístico podría equipararse, sin exagerar, a una conspiración de mujeres para hacerse con el dominio real del partido incrementando la peligrosidad de cada jugada. En este sentido, a pesar de la disminución de las costuras, cabría hablar de un cierto “devenir mujer” del balón, transfigurado ahora, en detrimento de la estrategia viril de los equipos, en un arma de ataque imprevisible, de trayectoria esquiva y engañosa, de trato inseguro, cualidades tipificadas como femeninas por la misoginia más militante.

Devenir chica

Sin embargo, si hay un dominio donde lo femenino no tiene que irrumpir con artimañas ni zalamerías, es el de la música y, en particular, la música pop y sus ramificaciones en formato videoclip. Aquí triunfan en todo su esplendor las coreografías, los gestos y las voces de lo femenino, y el aficionado de cualquier género se vuelve un esteta, como Tarantino en Death Proof, capaz de llegar al fondo de sus deseos al menos con la mirada y el oído. Un programa de feminización intensiva estaría de más en un mundo poblado de tantas divas de garganta fácil como Madonna, Britney Spears, Christina Aguilera, Pink, Rihanna, Katy Perry, Anna Nalick, Grace Jones, The Pierces, Beyoncé o Lady Gaga, entre muchas otras.

En los últimos años, el efímero femenino se ha expresado como nunca en canciones y videoclips, poniendo sobre la mesa de la renegociación su problemática más acuciante. Que ésta sea casi siempre sentimental, afectiva o directamente sexual no obsta para que esta feminización de los discursos masivos, mediada por el aparato mediático capitalista, sea un acontecimiento cultural tan definitivo como estimulante. De todos modos, y sin citar a Madonna, las cosas han cambiado mucho desde los tiempos en que Cindy Lauper, la rebelde amaestrada por las discográficas, reclamara a voz en grito su derecho incoercible a la diversión, o Sheryl Crow abanderara, una década después, las oscilaciones sísmicas del goce femenino en una década arrítmica y anodina como fueron los noventa. Así, un avatar contemporáneo de la musa adorable y lánguida como Britney Spears se atrevió en su debut a revolucionar con sus deseos adolescentes un instituto y todos sus efectivos y espacios docentes cantando contra una soledad amorosa que la estaba matando de tristeza y aburrimiento (“Baby one more time”), mientras en otra canción posterior, de aún más ostentosa agenda íntima, se sumaba a una crítica ambigua de la actitud masculina frente a la mujer, tanto en casa como en el trabajo, erigiendo a la cantante y bailarina en víctima y vengadora al mismo tiempo de un sutil juego de domesticación con el mujeriego vocacional que todo varón lleva inscrito en el genoma como un goleador atávico (“Womanizer”).

En esta línea de un feminismo de piel suave y cremosa, la neopunky Pink se había burlado ya en “Stupid Girls” de las actitudes de sumisión a la identidad somática dictada por el mercado y las modas cosméticas de la mayoría de sus congéneres, pero también de los estereotipos machistas, puritanos o naturalistas que ridiculizan el afán de belleza y seducción de las mujeres. No hace mucho, la misma Pink se ponía frente al espejo, en un gesto esquizofrénico del que nadie saldría indemne, para enfrentar las dos fases lunares del despecho amoroso: una más combativa y exhibicionista (“So what”) y la otra más cruel y autodestructiva (“Don´t leave me”). En el videoclip de esta irónica canción, la posesiva Pink, de timbre áspero y felino, finge dulzura y sentimientos sinceros mientras el resto de su cuerpo, enfurecido por el abandono amoroso de que es objeto pasivo, se venga como un psicópata en el cuerpo del novio postrado, infligiéndole toda suerte de torturas y males, hasta un final truculento calcado de no pocas películas y telefilmes de terror doméstico aptas para todos los públicos.

No descubro nada si digo que Orianthi, la rubia australiana, se somete en “According to you” a uno de los test más duros por los que pasa la feminidad en sus complicadas relaciones con el otro sexo: las versiones antagónicas de sí misma producidas por el “ex” autoritario y abusador, una caricatura lacaniana sólo compuesta de carencias y defectos, y por el nuevo novio, dedicado a elogiar a la chica como si fuera única. Este desequilibrado balance entre lo peor y lo mejor de sus atributos, la vejación y la exaltación de su persona, trastornaría a muchas mujeres y las conduciría de cabeza a una clínica psiquiátrica de reparación de egos dañados. Para Orianthi, en cambio, es sólo un pretexto de alta tensión emocional para desenfundar la guitarra, cantar con brío y hacerse famosa, demostrando el error del primero de sus novios y el acierto del segundo, y enterrar así, a fuerza de acordes electrizantes y destreza digital, un pasado indeseable.

La última joya audiovisual de estos planteamientos de una feminidad insolente y revoltosa (“California Gurls”) la acaba de lanzar al mercado la pícara Katy Perry, que hace unos años canturreaba alegremente que había besado a una atractiva desconocida, durante una noche loca, y le había parecido una experiencia muy agradable y deseaba que a su novio no le importara el desliz sino todo lo contrario (“I kissed a girl”). Ahora, haciéndose pasar por tonta ante una audiencia prejuiciada, festeja con perversa ingenuidad, como si el toque bisexual fuera el nuevo imperativo categórico del negocio, los venéreos encantos de las chicas “californicadoras” cautivas en un goloso país de Oz o de Jauja rebautizado, con fines publicitarios, como Candyfornia. Se trata de un paraíso regresivo controlado por un rapero gamberro y fabricado con dulces y golosinas de deliciosa receta freudiana: groseros ositos de gominola, sensuales nubes de algodón, fálicos helados de cucurucho, serpentinas barras de caramelo, bombones de perdición, pin-ups atrapadas en gelatina, pasteles indecentes y provocativos, lencería confitada, espesos chorros de nata, etc.

No es difícil imaginar a Schwarzenegger, ese ciborg hipermasculino aupado por delicadas manos femeninas al puesto de gobernador del Estado, dando saltos de terror en su precario trono tras la visión de este asombroso videoclip donde una Betty Page clónica eyacula contra un ejército de acosadores con aerosoles de nata acoplados a sus ubérrimos senos de silicona. Ahora sabe el gobernante decrépito, como antes el rapero Snoop enterrado en la arena playera para curarse de la emasculación flagrante de sus órganos de fonación, quién lo reemplazará en breve, al menos en la imaginación calenturienta de muchos votantes, como gestor lúdico del parque temático californiano.

Devenir reina

Lady Gaga lleva en todos sus vídeos musicales esta crítica festiva del malentendido sexual hasta el paroxismo, como en “Paparazzi” o “Telephone” (en este último, por cierto, con la inconmensurable complicidad de Beyoncé), pero no es hasta “Bad Romance” cuando esta temática alcanza su consumación estética, inspirada en parte en la plástica extravagante de Matthew Barney. Aquí es también la propia cantante la que explota sus recursos de histrionismo e histerización espectacular de la presencia, una fastuosa esfinge, orgánica y fantasmagórica, que finge sus secretos y adivinanzas, todos dionisíacos, para transformarse, con la ayuda de un coro de modelos aviesas y traviesas, como en una Historieta de O de alta costura, en una dominatrix que consume hasta las heces el veneno del amor heterófilo y a su amante mafioso y maltratador con uno de los lemas más cínicos y al mismo tiempo autosuficientes (“quiero tu amor, no quiero que seamos amigos”) con que cualquier mujer puede afrontar su trato obsceno con el otro sexo sin recaer en los estereotipos hipócritas de la sentimentalidad socialdemócrata. Mantener el mando incluso en los episodios vitales más abyectos, ése es el programa de acción libertina de esta reina fantástica, una diosa altiva del deseo de dominio y sumisión, digna sucesora de la Marlene de Von Sternberg.

Ya hubiera querido Camille Paglia que sus heroínas antiguas y algunas modernas de baja definición tuvieran la refinada voluntad de poder y el instinto transgresor de esta anómala amazona de tetas vendadas y entrepierna equívoca. Y es que esta excéntrica criatura vestida para amar a su adversario hasta matarlo por exceso, tan ostentosamente maquillada como un actor kabuki o un travestí burlesco, parecería haber resuelto finalmente todas las contradicciones morales de la conducta. Este extraño ciborg de carne incandescente y alma plástica representa, en este sentido, un límite imaginario para la comunidad normal al incorporar, en la ambigua agresividad de su presencia escénica, el sueño utópico de un mundo monstruoso y feliz.

Este mundo artificial de deseos, placeres y lujos es su paraíso privado, como muestra “Alejandro”, su novísima, explosiva propuesta de una redefinición andrógina y no sólo andrólatra de la feminidad. La exuberante belleza y elegancia (porno)gráfica de las imágenes, de un neobarroco tan estilizado y alucinante como en “Bad Romance”, remite esta vez a la estética sadomasoquista de Robert Mapplethorpe, o a la iconografía kitsch de Pierre et Gilles, pero filtradas por los simulacros cinéfilos y las puestas en escena surreales de Guy Maddin, mientras la canción celebra en primera persona, como un ensalmo vicioso, todas las variantes y especies del amor promiscuo, homófilo o heterófilo, sin olvidar el ardor místico que acaba consumiendo, con su llama de amor viva, la tumultuosa representación.

Acaso sin saberlo, así de intuitiva y libre es la cognición femenina, Lady Gaga se apropia con descaro del canónico Shakespeare y de su eslogan intersexualde una “noche de epifanía” para reinas y reinonas del mundo del espectáculo masificado. Lo hace carne de su nueva carne de hermafrodita tecnológico: “Yo soy todas las hijas de la casa de mi padre y todos los hermanos también”.

Enviado el 25 de Julio. |

Una respuesta

  1. Sorpresa y enojo en el macrismo por la postura de dos diputados de De Narváez…

    encontre interesante el artículo y lo he añadido al blog noticias argentinas :), un abrazo…

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