Contra la sociedad mercantil generalizada

Fuente: Cuadernos de negación N° 3, Abril del 2010
http://www.negacion.entodaspartes.net

Si hoy respirar, alimentarse, abrigarse, divertirse o buscar amor está condicionado por la necesidad de la comercialización, no significa que siempre fue así o que deba seguir siéndolo. Hoy toda relación social lleva el sello de la mercancía, ésta ha ocupado la totalidad de la vida social. Incluso los seres humanos nos vemos unos a otros como mercancías.

“Los hechos aparentemente más normales: que cada cual no disponga más que de su fuerza de trabajo, que, para vivir, deba venderla a una empresa, que todo sea mercancía, que las relaciones sociales giren alrededor del cambio, todo esto no es de hecho más que el resultado de un proceso violento y prolongado.
Hoy la sociedad, por su enseñanza, su vida ideológica y política, enmascara las relaciones de fuerza y la violencia pasada y presente sobre la que se ha establecido esta situación. Disimula a la vez su origen y el mecanismo de su funcionamiento. Todo aparece como el resultado de un contrato libre en que el individuo, portador y vendedor de su fuerza de trabajo, encuentra la empresa. La existencia de la mercancía es presentada como el fenómeno más cómodo y natural posible.” (Jean Barrot. “Capitalismo y Comunismo”)

El capitalismo, como relación social y no sólo como concepto, es la sociedad mercantil generalizada, una sociedad en la que toda la producción es producción de mercancías, y el consumo se limita al consumo de mercancías, una sociedad donde todo es producido para el cambio. Pero esto no es inevitable… esta es la forma capitalista de hacer las cosas, pero no es la única. Es el capitalismo en definitiva: la dictadura totalitaria y generalizada de la ley del valor contra los seres humanos. Donde para vivir hay que consumir, para consumir hay que poder comprar, para poder comprar hay que tener dinero y para tener dinero hay que trabajar. Y aquí nos oponemos a categorizar fácil y livianamente a nuestra sociedad como “de consumo”, cuando en realidad es una sociedad más bien determinada por la producción de valor.5

Es cierto que el consumismo desenfrenado, o la aspiración a él, es hoy un fenómeno central de nuestra sociedad. No intentamos eludir este tema, analizable a simple vista y del que además abunda material. Es una realidad innegable que podemos vivir sin aquellas toneladas de porquerías ¡y que hasta viviríamos mejor sin ellas!
Sin embargo, las críticas al incesante consumismo no suelen tener en cuenta la importancia de comprender sobre qué modo de producción se erige esta enfermedad moderna: sobre el modo de producción capitalista que necesita la incesante producción de mercancías.

Somos obligados a trabajar asalariadamente para satisfacer necesidades e imposiciones, nos convertimos en mercancía que otras personas compran para sus fines, al vender nuestro cuerpo necesaria e inevitablemente junto a nuestra mercancía más preciada: nuestra fuerza de trabajo. ¡O hasta nos obligamos a trabajar horas extras para satisfacer auto-imposiciones!

Que tenemos precio, puede parecer un comentario a la ligera, que se escucha cantidad de veces, pero no por eso deja de ser terrorífico. No es que, por ejemplo, a dos personas en un mismo trabajo nos pagan lo mismo, ¡es que durante una hora de trabajo valemos tanto una como la otra! No importamos en tanto que humanos sino que en cuanto podemos producir. Todo ello sólo si el trabajador consigue quien compre su fuerza de trabajo, esa mercancía que ningún proletario puede acumular; ya que, por el contrario a la acumulación de los capitalistas, la nuestra se deteriora con el tiempo y cada vez vale menos.
Tener precio se vuelve una obviedad, cuando el propietario de un automóvil siente que la vida del ladrón, a quien mata de un disparo en el pecho, es menos importante que el coche que estaba robando. Cuando un proletario mata a otro sólo para robarle algunas mercancías: una bicicleta, un teléfono, un par de zapatillas… Cuando un policía reprime para que unos manifestantes no destrocen unos vidrios. Cuando en un establecimiento de trabajo se rompe una máquina o se enferma un trabajador y da lo mismo, sólo se calcula en pérdidas de dinero…
Tener precio es trabajar descargando camiones y poder llevar las cajas en carretilla sólo hasta la entrada del negocio en cuestión, porque “el piso nuevo se arruina”. Entonces, lo que antes iba sobre ruedas se carga al hombro y se caminan metros y metros hasta un depósito (que suele estar escondido a la vista del cliente). Allí se verifica que ese piso brillante tiene mucho más valor que nuestra cintura, nuestra columna y nuestra salud en general, por el sólo hecho de que podemos ser reemplazados fácilmente, y es también allí donde entra en juego la presión que ejerce el enorme ejército de reserva, presión que el patrón aprovecha para su beneficio.

Esa es nuestra realidad, donde los objetos gozan de igualdad con los seres humanos gracias al valor que cada uno lleva impregnado, y la totalidad de la naturaleza que los contiene. En nuestra supervivencia hasta nos preocupa que un objeto valga más que nosotros mismos, y no nos sorprende el problema anterior: que personas y objetos son medidos de la misma manera. Cuando la pierna de un importante jugador de fútbol vale más que una pequeña empresa, esa pierna es sólo un objeto productor de ganancias, no importa su condición en tanto que “pierna humana”.

Somos fragmentados. Ya no somos hombres o mujeres, sino mozas, albañiles, barrenderos, telefonistas, operarios… es decir empleados (o nos auto-empleamos, sin patrón pero aún sometidos por la ley del valor y el mercado), generando productos y/o servicios que nos son ajenos mientras y luego de ser realizados, que escapan al control del productor, adquiriendo independencia del mismo, dominándolo a través del precio y demás leyes económicas

Hemos llegado a “amar” a las mercancías, y cuando nos amamos entre sujetos también lo hacemos como entre mercancías. Esta relación de personas como meras cosas puede observarse simplemente en la calle, las miradas se dirigen reduciendo el deseo sexual a algo tan banal como la simple atracción a un cuerpo, creado por un sistema de cuerpo como mercancía, somos objetos para ser contemplados, somos objetos en la calle, en la cama. Pero este no es un problema extraordinario, somos objeto desde mucho antes: cuando somos obligados a trabajar asalariadamente para satisfacer necesidades e imposiciones, nos convertimos en mercancía que otras personas compran para sus fines.

“Cuando no estamos trabajando, estamos viajando hacia o desde el trabajo, preparándonos para
trabajar, descansando porque estamos cansados de trabajar o emborrachándonos para olvidarnos
del trabajo. Lo único peor que trabajar es no tener trabajo. Entonces nos pasamos semanas en la
calle buscando trabajo, sin que nadie nos pague por hacerlo. El constante temor al desempleo es lo que nos hace ir al trabajo todos los días. […]
Todas nuestras actividades tienden a alienarse y se vuelven aburridas como el trabajo: los quehaceres domésticos, el entretenimiento… Eso es el capitalismo“ (Prole.info, ” Trabajo Comunidad Politica Guerra” publicado en Cuadernos de Negación nro.1)

Producimos objetos, servicios para comprar y vender, y a la vez nos reproducimos como mercancías a nosotros mismos. El tiempo que pasamos trabajando no parece formar parte de nuestra vida, no se siente así, no trabajamos realmente para obtener lo que producimos, que se nos escapa inmediatamente, trabajamos para conseguir dinero, el medio más usual para conseguir lo necesario para mantenerse con vida… y seguir trabajando…
Otros asalariados se hacen adictos al trabajo o reducen su pena con respecto a él, reacción psicológica que colabora en la función de levantarse al otro día de la cama para volver al trabajo. Sin ello, muchos días esto sería imposible, o motivaría un desequilibrio con la normalidad para seguir sobreviviendo. También, perdida la verdadera comunidad entre las personas, el ámbito laboral -en tanto que comunidad ficticia- viene a sustituirla, buscándose en el tiempo y espacio del trabajo la satisfacción de toda la amplia complejidad de deseos y necesidades de la vida, sin distinguir entre explotadores y explotados. En ésta sociedad se considera estimulante que el jefe comparta unas copas con los empleados tras algún logro financiero, para estimular su productividad; o más tristemente, nos sentimos realizados cuando nuestra comunidad social de amigos se torna en una unidad productiva.

El intercambio mercantil se manifiesta concretamente con el dinero. Esa abstracción que es el valor se materializa en él, ese tiempo de trabajo abstraído del trabajo y fijado bajo una forma duradera y transportable se materializa en él. Eso es lo que hay de común, no en algunas mercancías, sino en todas.

Por eso aunque ciertas luchas lo exijan, y no nos oponemos a ello nuestro objetivo final no es repartir el dinero de los ricos entre todas las personas, ese reparto se sitúa todavía en el terreno del capital. La comunidad del dinero no debe ser “más justa”, sino abolida.
El dinero no es sólo una medida de valor: es nuestra “comunidad”. Es una comunidad que interrumpe la conformación de nuestra comunidad humana, con nuestro ser colectivo. Nos relacionamos a lo largo de casi todo el día con las demás personas en tanto que consumidores y/o productores. Nuestros momentos de producción de servicios o de objetos no nos pertenecen, generan más ganancias para los burgueses y mercancías que otros proletarios -y también burgueses- deberán comprar. Y así mismo sucede con todos los momentos de nuestra vida, incluyendo los de ocio.

De ninguna manera nos oponemos a producir o realizar una actividad para beneficiar a los nuestros. Pero sí nos oponemos rotundamente a hacerlo para “el otro”, porque así se nos presentan los demás humanos (¡y hasta nosotros mismos en nuestra relación interna!): como “el otro”, como algo extraño a nosotros mismos, ajeno a nuestro ser colectivo. He ahí la diferencia abismal entre la sociedad actual y la comunidad por la que luchamos6.

Cuando no se nos presenta como un competidor, que suele ser la regla general, lo hace como un extraño al que sólo conocemos a través de la mercancía, delimitado simbólicamente como tal para
que quede claro que la relación allí no será entre dos seres humanos sino entre un empleado-trabajador y un consumidor cliente. Esto se da ya sea mediante determinada vestimenta (mozos, enfermeras, mecánicos) o físicamente detrás de un mostrador, una computadora, una ventanilla (secretarios, cajeros, vendedores). Por ello, nuestra actividad necesariamente debe acabar con esa “comunidad” del dinero, con esas relaciones superficiales mediadas por las mercancías, así como también con todas esas “comunidades” ya instituidas y aceptadas como la familia, la patria, la religión. Podríamos mencionar también aquellas que se construyen más allá de las proporcionadas, como el equipo de fútbol, o quizás hasta por el rechazo a lo establecido, como los jóvenes al formar comunidades según sus gustos o sub-culturas.

Existe en alemán una palabra que es de gran utilidad para expresar esto: “Gemeinwesen”, este término tiene más de una connotación que no pueden pasarse por alto y su uso comprende, a veces, más de uno de ellos a la vez. Puede emplearse como «esencia común», «ser colectivo», «ser común», «comunidad». Refiriéndose a la esencia común de los seres humanos en tanto que humanos, sociales, y también al modo de actividad de esa comunidad o vida colectiva.

Pero más allá de los trabalenguas para quienes hablamos el idioma español, de lo que se trata es de luchar por la abolición del enfrentamiento entre el ser único y su comunidad. Está claro que cada persona es única y particular, pero cada persona es también un ser colectivo que se afirma en ello a cada momento. La revolución no supone el triunfo de las masas aplastando a cada ser, la revolución -entre otras cuestiones- supone la supresión del “individuo” en tanto que egoísta y limitado, dando lugar al ser humano “particular” que no se opone a su especie sino que se desarrolla junto a ella. Como expresó Bakunin alguna vez: “Yo entiendo esta libertad como algo que, lejos de ser un límite para la libertad del otro, encuentra, por el contrario, en esa libertad del otro su confirmación y su extensión al infinito; la libertad limitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad por la solidaridad, la libertad en la igualdad”

Como ya hemos dicho, comprendemos la particularidad de cada persona, por lo que disolverla en la masa sería no sólo un error de análisis, sino algo negativo para el desarrollo de los seres humanos. No somos seres idénticos, claro, pero no podemos caer en el error de partir del concepto de individuo como algo que ha existido siempre, “olvidando que el individuo (como las clases, el Estado, la propiedad privada…) es también un producto histórico. (…) En realidad, todas estas concepciones sobre el hombre en general parten de lo que quieren probar. Quieren demostrar que el hombre siempre es egoísta, que siempre hubo competencia…, y no se dan cuenta que cuando estudian el pasado proyectan hacia atrás al miserable hombre burgués y leen la historia a partir de él” 7

En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx afirma que la comunidad (Gemeinwesen) no puede oponerse al ser individual: «Hay que evitar, sobre todo, el fijar de nuevo la Sociedad como una abstracción frente al individuo. El individuo es el ser social. La manifestación de su vida -aunque no aparezca bajo la forma inmediata de una manifestación comunitaria de la vida realizada con otros y al mismo tiempo que ellos- es pues una manifestación y una afirmación de la vida social. La vida individual y la vida de la especie del hombre no son distintas, aunque –y ello de modo necesario- el modo de existencia de la vida individual sea un modo particular o más general de la vida de la especie o que la vida de la especie sea una vida individual más particular o más general»

Queremos un mundo donde la actividad humana nunca más vuelva a adoptar la forma de trabajo asalariado, y donde los productos de esa actividad ya no sean objetos para el comercio. Que lo producido por cada uno – y/o entre varios- sea la realización y afirmación de nuestra particularidad personal, y nuestra particularidad en tanto que grupo. Donde lo producido sirva a la satisfacción de las propias necesidades y deseos particulares, y las propias necesidades y deseos particulares de los demás, junto con nuestras necesidades como “ser colectivo”.
Sabernos satisfechos mutuamente con nuestras actividades, comprendiendo que gran parte de lo que hacemos, es también gracias a una acumulación de actividades y conocimientos previos que otras personas han hecho justamente para ello: satisfacerse inmediatamente, satisfacer a otros en breve y satisfacer al resto de las personas a futuro.

Pero esa actividad (ya no como trabajo, es decir algo separado de nuestra vida) es irrealizable en la sociedad mercantil generalizada…
Este sistema es rechazado por todos nosotros como seres dominados, en diferentes niveles de posicionamiento frente a lo existente, siempre y cuando no exista coacción física o algún otro tipo de control -aunque también suelen sucederse en desafío a ellos-. Se comprenda o no el significado de la palabra plusvalía8, se conozca o no el funcionamiento de un banco, etc… Se rechaza al trabajo como se rechaza la peste, faltando o intentando recuperar algunos minutos, mediante el sabotaje y el robo al interior del horario laboral, entre otros. Este orden social también es rechazado mediante la expropiación o la simple destrucción de mercancías, afirmando la superioridad humana sobre las mismas, y haciendo -de paso- de nuestros días algo menos alienante.

NOTAS

5 Algunos se preguntarán para qué hacemos este tipo de precisiones, pensaran que son “delirios” que no pueden tener una implicación directa en la realidad. Pero todo análisis tiene una implicación directa en la realidad. Por ejemplo: al comprender a esta sociedad como “de consumo” se puede creer entonces que el acto mas subversivo es negarse a consumir, cuando en
realidad esto poco afecta a la estabilidad económica. Abstenerse de tal o cual producto no implica ni colabora con que éste desaparezca. Comprender a esta sociedad como “consumista” es otra vez confundir los aspectos con la totalidad, y eso a la hora de luchar se paga caro.

6 La transformación de esta sociedad implica seguir manteniendo una relación social forzosa. Por eso luchamos por una comunidad humana, cuyo vínculo surge en base a las relaciones, necesidades y deseos entre las personas, y no en base a la gestión productiva de un grupo social denominado “comunidad” como algunos inocentes piensan, donde la comunidad A intercambia zapatos con la comunidad B que recoge frutas.

En el texto “Un mundo sin dinero”, Les Amis de 4 Millions de Jeunes Travailleur afirmaban: El comunismo no suprime al capital para devolver las mercancías a su estado original. El intercambio mercantil es un vínculo y un logro, pero es un vínculo entre partes antagonistas. Su desaparición no supondrá un retorno al trueque, esa forma primitiva de intercambio. La humanidad ya no estará dividida en grupos opuestos o en empresas. Se organizará a sí misma para planificar y usar su herencia común y para compartir obligaciones y disfrutes. La lógica del compartir reemplazará a la lógica del intercambio.

El dinero no es un instrumento neutral de medida, sino la mercancía en la que se reflejan todas las demás mercancías. El dinero va a desaparecer. El oro, la plata y los diamantes ya no tendrán más valor que el que provenga de su propia utilidad.

7 Miriam Qarmat, “Contra la democracia”. Ver presentación del libro en Cuadernos de Negación nro.1. Libro completo disponible en: http://gci-icg.org/books/Contra_la_democracia_Miriam_Qarmat_enero_2006.pdf

8 Una realidad que comienza a desnudar lo despiadado del trabajo asalariado. Plusvalía es, brevemente, la diferencia entre el valor creado por el asalariado en su trabajo y el necesario para la reproducción de su fuerza. El salario cubre los gastos de esta reproducción; pero el asalariado trabaja una parte de su jornada de trabajo gratuitamente, pues esta parte, correspondiente al valor nuevo que produce, no le es retribuida… el capital se embolsa la diferencia. Y aquella diferencia de valor que es la plusvalía no sólo le cuesta nada al patrón, sino que es parte esencial de su acumulación.

«[…] el día en que las viejas instituciones se desplomen bajo el hacha de los proletarios, se oirán
voces que griten: “¡Pan, casa y bienestar para todos!” Y esas voces serán escuchadas. El pueblo dirá: Comencemos por satisfacer la sed de vida, de alegría, de libertad, que nunca hemos apagado. Y cuando todos hayamos probado esa dicha, pondremos manos a la obra: demolición de los últimos vestigios del régimen burgués, de su moral tomada de los libros de contabilidad, de su filosofía del debe y haber, de sus instituciones de lo tuyo y de lo mío. Demoliendo, edificaremos.»
(Piotr Kropotkin, «El salario»)

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