Visión social de la homosexualidad

Por: José Pedro Barrán
Fuente: http://www.chasque.apc.org

Tal vez todas las culturas perciben al deseo sexual siempre al borde de la transgresión. Platón ya lo había sugerido: “el órgano de la generación se vuelve rebelde y dominador, como animal que desobedece a la razón y trata de obtener todo el poder”.

Santo Tomás lo entrevió con más temor aún en el siglo XIII: “Los placeres venéreos son más vehementes y aprisionan más la razón que los placeres de la comida, y por eso necesitan de mayor freno y castigo pues si se les consiente disminuye la energía racional. La ceguera de la mente es uno de los hijos de la lujuria”.

En las sociedades puritanas la lucha dramática entre el deseo y la razón, se tornaba trágica si el deseo se dirigía a un objeto que no satisfacía el criterio de normalidad. Y las sociedades siempre están atentas a ese criterio pues en su definición y su defensa les van sus valores, a los que creen unida su existencia. Muy difícilmente las sociedades puritanas perdonan la inmoralidad, nunca cuando a ella se suma la anormalidad.

La sociedad homofóbica: ¿razones?

Los discursos del Novecientos son densamente unánimes en la condenación de la homosexualidad.

Alfredo Vásquez Acevedo en su libro de lectura escolar de 1889, recoge y difunde el desprecio que ella merecía. Cuando una niña muestra a un niño una muñeca y sus vestidos, este le dice: “A mí no me interesan las muñecas […] me gusta un buen látigo, una pelota de goma o un trompo de punta aguda para jugar con mis amigos, yo no soy un maricón”.

El conocimiento científico se proclamaba independiente de la moral y los “prejuicios”. Francisco Soca desde su cátedra de Patología Interna a fines del siglo XIX, era terminante: “En Medicina […] no tengo doctrinas, abordo los hechos brutal y sinceramente, los miro de frente, los estudio, los peso, sin prejuicios de ningún género, con una entera independencia, con una libertad de espíritu que igual habrá, pero no la hay mayor”.

Sin embargo, en la primera década del siglo XX el saber médico rioplatense descubrió a los “invertidos” y los juzgó y caracterizó con términos cargados de valoraciones morales negativas.

El médico Francisco de Veyga, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Buenos Aires y Director del Servicio de Alienados de la Policía de esa ciudad, escribió varias historias clínicas de “invertidos” en procura de desentrañar las causas de esa “aberración” y las “miserias mórbidas” que la acompañaban. No había que ilusionarse con las luces de la ciencia en estos casos: “La leyenda moderna ha querido levantar el estigma secular que pesaba sobre ellos de sodomitas pasivos, eso son, en fin de cuentas, por su gusto o contra su gusto”. El relato de sus vidas, que hace detalladamente, “complace poco contar; desgraciadamente no me es dado referirlos en latín, como lo hacían los autores que iniciaron esta clase de estudios. Con ese recurso podríamos profundizar mayormente el desagradable tema que por necesidad tenemos que tocar”.

Esas biografías revelaban “detalles infantiles y ridículos”, “absurdos”, “la extravagancia y la niñería”; en su psicología “la vanidad y la mentira se combinan en fuertes proporciones con las anomalías morales que constituyen el núcleo mental mórbido de los invertidos”.

Los médicos uruguayos también habían hecho del juicio moral el núcleo de su definición científica de los “perversos”. En 1906, el primer catedrático de psiquiatría de la Facultad de Medicina, Bernardo Etchepare, caracterizó de este modo a una “tríbade”: “Depravada por un alienado erótico, fija en su cerebro, que no hay duda estaba preparado para ello, la imagen del placer homosexual, de la uranía, y hace de esa aberración un verdadero culto […] Tal es el porvenir sombrío de esta infeliz, judío errante de su propia existencia moral”.

En 1909, Juan Carlos Brito Foresti había sido aún más duro al caracterizar la homosexualidad de un ginecomasta de testículos reducidos: “son seres de inteligencia mediocre, son débiles de espíritu, desalmados, en los que la voluntad puede menos que los hechos; por eso se ha dicho con mucha razón que la dignidad del hombre reside en gran parte en sus testículos”.

Veinte años después, en 1929, el endocrinólogo español de mayor audiencia en el Uruguay, Gregorio Marañón, más comprensivo, hacía, empero, una caracterización en la que la medicalización de la homosexualidad todavía no parece desprendida del todo de su enjuiciamiento moral: “el homosexual, producto aún de la insuficiente diferenciación sexual, es menos frecuente a medida que nos acercamos al hombre y en el hombre tal vez hubiera desaparecido ya si influencias psicológicas y pedagógicas desgraciadas no lo hubieran dificultado […] el Dios justiciero no tendría hoy […] que recurrir al fuego para destruir ninguna nueva Sodoma; le bastaría con unos cuantos hombres inteligentes repartidos por las escuelas y los confesionarios”.

Las reacciones podían ir más lejos, sobre todo si partían de autoridades estatales. El 3l de julio de 1913 el “H.Consejo Penitenciario del Uruguay” aceptó el plan del Estado de Indiana (EE.UU.) referente a la “esterilización de los criminales o reincidentes y de los degenerados, que evita por medio de la vasectomía de Sharp […] la procreación y trasmisión de la herencia morbosa que tanto influye en la producción de la delincuencia”. El Ministro de la Legación del Uruguay en Cuba, Rafael J.Fosalba, partidario de esta medida eugemista, la creyó útil para combatir las “consecuencias hereditarias” catastróficas por el “elevado número de idiotas, locos incurables, pervertidos sexuales y demás degenerados que forman legión en todas las naciones”.

Por su lado, Juan Carlos Gómez Folle, el Jefe de Policía de Montevideo designado por el Presidente José Serrato (1923-1927), hizo especial hincapié en el combate de “otro aspecto de la delincuencia, representativo de los tiempos que corren”, el que ofrecía “la larga serie de degenerados de toda especie que infectan la capital, desde los depravados sexuales hasta los consumidores de estupefacientes, desde los afeminados indecorosos hasta las pervertidas en todo lo que de más noble y puro tiene la mujer”.

Ante todo esto el escritor Alberto Nin Frías, en su ya citado libro “Alexis o el significado del temperamento urano” de 1932, sostuvo: “En todo el medio hispanoparlante –lo he recorrido personalmente todo él– existe un innato horror al homosexualismo”. Como buen protestante lo atribuyó a “la saña” con que los Reyes Católicos habían perseguido esta perversión, “represión […] tan grabada en la mente hispana e hispánica, que es harto difícil, siquiera a título de noble y científica comprensión, el ahondar en estas cuestiones sin hacerse sospechoso de inclinaciones que se puede no tener”. La acusación a los Reyes Católicos hubiera podido fundarla con precisión, pues la real Pragmática del 22 de junio de 1497 calificó al “Crimen cometido contra el orden narutal” de “nefando delito” y lo casstigó no ya con la simple pena de muerte sino con la quema “en las llamas de fuego”. Felipe II a su vez decretó que los sodomitas, al igual que los acusados de heregía y lesa magestad,, aunque la prueba no fuese plena y los testigos pocos o uno solo.

En verdad, el enjuiciamiento de la homosexualidad como perversión y vicio, permitía ubicar del lado del diferente, del enemigo, a lo ingobernable, irracional y abyecto que también se hallaba en la sexualidad de cada uno y todos los seres humanos. Y así tranquilizarse y alejar para siempre del “nosotros” lo que sólo pertenecía a los “otros”.

En el siglo XIX la sociedad europea pasó de condenar la sodomía, una conducta, a estigmatizar y condenar (a veces sólo a describir), al somodita, una orientación sexual que definía la personalidad.

En la Edad Media y en la Moderna la sodomía y la bestialidad eran las formas del pecado contra la naturaleza, es decir, contra la procreación.

Era pecado todo acto sexual que impidiera la procreación, o la dificultase al entender medieval: la mollities, la polución voluntaria sin cópula, el concúbito desordenado, la mujer encima o el varón por detrás sin mudar de vaso, la sodomía, hombre con hombre, mujer con mujer u hombre con mujer pero por vaso posterior. El “Diccionario de la lengua española” de 1939 todavía define la sodomía como el “concúbito entre personas de un mismo sexo, o contra el orden natural”.

El bestialismo era el acto sexual con el demonio o los animales, la cabra, la perra, la borrica. El clero católico del Río de la Plata debió sumar de inmediato la yegua a las bestias españolas.

En el siglo XVIII y sobre todo con el Marqués de Sade, el sodomita era el hombre que se entregaba sin freno a las pasiones del instinto, el “libertino” que caía en un estado de “naturaleza salvaje”.

Pero es en la segunda mitad del siglo XIX que la sodomía, sin dejar de ser un acto más “contra el orden natural”, comienza a caracterizar una forma de ser de la personalidad, un estilo de vida signado por la elección “perversa” del objeto del deseo. Así nace el homosexual como concepto y a la vez como tipo de persona al que la cultura ve.

El saber médico ya lo define en los textos de Ambroise Tardieu en 1857, buscando los rasgos psicológicos –la sensibilidad, la conformación espiritual– y sociológicos, las costumbres, las agrupaciones que distinguen a los sodomitas.

A posteriori el neurólogo alemán R.von Krafft-Ebing, en su estudio de 1886 sobre las “psicopatologías sexuales”, también entendió a la homosexualidad como la enfermedad mental de un tipo determinado de personalidad. En 1897, el médico inglés Henry Havelock Ellis, aunque consideró la existencia de homosexuales normales y no psicópatas, concluyó de definir como personalidad lo que ya pocos sentían sólo como una conducta.

Al unísono con el saber médico aparecieron, sobre todo en Alemania y Gran Bretaña, homosexuales que procuraron reconocerse y defenderse de la sociedad homofóbica. Entre 1864 y 1869 K. H. Ulrichs acuñó el concepto de “tercer sexo”, “el alma de mujer en un cuerpo de hombre”, y el término “uranismo” para referirse a la “homosexualidad”, palabra esta última acuñada hacia 1869.

En 1897, el médico alemán y judío Magnus Hirschfeld fundó el Comité Científico Humanitario en pro de los derechos de los homosexuales y la despenalización de ese tipo de conducta, programa reivindicativo que repitió en 1914 la Sociedad británica para el estudio de la psicología sexual.

La visibilidad social de los homosexuales en Europa se hizo notoria con el proceso de 1895 al escritor Oscar Wilde por la “corrupción” del joven Lord Alfred Douglas, y el que ocurrió en 1908 en Alemania contra varios poderosos industriales, aristócratas y militares que pertenecían al círculo que rodeaba al Kaiser Guillermo II.

En el Río de la Plata, la sodomía como conducta era castigada desde las leyes de Indias, pero el sodomita como personalidad, el homosexual, recién adquiere notoriedad a partir de las primeras décadas del siglo XX, y aparece primero en el discurso del saber médico, vinculado casi siempre al policial, pues los científicos estudiaron por lo general los casos que el aparato represivo les facilitó.

La obra de teatro de José González Castillo, “Los invertidos”, estrenada en Buenos Aires en 1914, expresó el mismo grado de preocupación y hostilidad social por la homosexualidad que el ya advertido en médicos y policías.

En el Uruguay, una de las primeras manifestaciones del horror social a la homosexualidad la hallamos en los escritos del abogado Vicente Borro en 1912, referentes a los cuidados y la observación panóptica que se debía realizar en los reformatorios de varones: “El dormitorio no debe ser sala común como se estila en casi todas las colonias europeas. Me parece más conveniente por la moral, y porque además entre los menores delincuentes y viciosos hay un gran número de pederastas, levantar entre cama y cama […] una pared no muy elevada pero lo suficiente para que sirva de separación, formando de esa manera […] pequeñas habitaciones para los asilados […] las puertas de cada habitación tendrán vidrios de manera que el guardián nocturno paseando por el corredor central podrá observar cualquier movimiento”.

Esta preocupación social nueva por el también nuevo tipo humano que ahora se describía, ¿en qué contextos culturales, sociales y políticos se explica? ¿Acaso el miedo a la pérdida de la identidad social y política que implicaba la presencia de los inmigrantes y las ideologías “progresistas”, fomentó el pánico al homosexual, pues todas esas presencias desdibujaban las viejas certidumbres? ¿Acaso esa visibilidad de la problemática sexual insinuaba la ansiedad que producía estar viviendo en una época de inseguridad moral, en que hasta lo oculto se mostraba y parecía querer legitimarse? ¿Acaso los heterosexuales comenzaban a temer por su propia identidad?

LA VIRTUD MASCULINA

A menudo las razones de la visibilidad de un hecho se parecen a las de su aceptación o rechazo por la sociedad.

Las agudas aristas de la sociedad patriarcal en América Latina unidas a características sociales y políticas específicas del Novecientos, probablemente alimentaron el pánico ante el homosexual.

El homosexual angustiaba a la sociedad patriarcal pues le permitía husmear -utilizo este término concientemente- la complejidad de la heterosexualidad, su indefinición intranquilizadora, sus componentes homosexuales.

Inquietaba la posibilidad de que el “afeminado” vestido de mujer demostrase que la masculinidad era sólo una apariencia y que, para peor, atrajese el deseo del normal, comprobando ser posible que un hombre deseara a otro hombre.

La sociedad patriarcal y puritana poseía criterios absolutos y rígidos sobre la masculinidad y la femineidad. La masculinidad residía en los testículos, al decir del médico Brito Foresti en 1909, pero también en el timbre de voz que debía ser grave, en la pilosidad y no en el ser “lampiño”, en la manera de hablar, cortante y precisa, en la de pararse, con las piernas separadas y los brazos en jarras, en la forma de caminar, segura y dominante y no la “elegante” que las montevideanas calificaban de “marica”, según Julio Herrera y Reissig en 1901-02.

Los hombres y las mujeres eran realidades biológicas pero también debían parecerse a ellas, y el homosexual, que tenía las esencias, negaba las apariencias, cuestionaba su biología, lo que se había creído un destino inexorable, una garantía de la normalidad de las costumbres.

En 1919, el médico Miguel Becerro de Bengoa manifestó la inquietud y el desagrado que le causaban las situaciones en que los papeles de los géneros, en vez de ser potenciados por las apariencias, eran desmentidos por ellas: “Existen […] en nuestra ciudad, miles de empleos de dependientes de tienda indebidamente ocupados por hombres que rebajando su dignidad de tales, tomando aire y maneras afeminadas, se pasan el día despachando puntillas, medias de señora o plumas, mientras pasan necesidades en sus hogares o vagan por las calles miles de mujeres jóvenes”.

Precisamente de eso se trataba, de que habían aparecido papeles en la sociedad que podían ser cumplidos tanto por una mujer como por un hombre, y eso perturbaba a una cultura habituada a la nítida caracterización de los sexos. La homosexualidad era la culminación de esa confusión de papeles.

El homosexual hombre y pasivo, el que más preocupaba a la sociedad patriarcal, era fundamentalmente un traidor a la dominación masculina, a los rasgos que legitimaban su poder: la penetración y la agresividad.

En la sociedad patriarcal, la prueba de la virilidad residía en el papel y el comportamiento del hombre en el acto sexual. La Iglesia Católica y la Medicina habían definido a la “posición misionera”, el hombre sobre la mujer, como la adecuada para el fin de la procreación y la que representaba al papel subordinado de la mujer y al dominante del hombre, impuestos por la Divinidad según la Iglesia, por la biología según el sexólogo español Gregorio Marañón en 1929.

En la Grecia clásica y la Roma Imperial, la penetración era tanto el signo de la masculinidad como el de la superioridad social. El hombre libre podía penetrar a quién quisiese, a su esposa, su concubina o su esclavo. Lo que resultaba inadmisible era que el esclavo sodomizase al hombre libre pues ese acto significaba dos violaciones intolerables, la del orden patriarcal y la del orden social.

De este modo la virilidad dependía “de la relación activa o pasiva con uno mismo, con las propias pasiones”.

En América Latina, el patriarcalismo extremado transformó a la penetración en la clave de la virtud masculina, ella era la que legitimaba el acto sexual del hombre, fuese el otro una mujer o un hombre.

La valoración social del hombre “activo” y la denigración del “pasivo” fue la consecuencia notoria de este rasgo cultural que condujo incluso, como observaremos, a una redefinición del concepto de homosexualidad.

Los testimonios abundan. A fines de los años veinte entre los cadetes del Colegio Militar de Río de Janeyro, “la homosexualidad […] solamente resultaba vergonzosa cuando uno era el miembro pasivo; la parte activa era vista, más bien, como una demostración de virilidad”. Lo propio acontecía –¿acontece?– en las cárceles latinoamericanas.

La definición del activo como normal y del pasivo como anormal nutrió al saber científico. En 1910, el médico psiquiatra argentino José Ingenieros, concluyó: “los invertidos son pederastas pasivos que se acostumbran a cohabitar con un hombre”. La misma identificación de virilidad con penetración se advierte en un folleto sobre “los placeres viciosos” publicado en Buenos Aires en 1923: “Los que practican la sodomía masculina se dividen en activos, o íncubos, y en pasivos o súcubos, o sea en introductores y receptores […] Unos y otros tienen, desde luego, su preferencia bien determinada. Los adultos más apasionados y enérgicos son siempre íncubos; los más afeminados, los corrompidos desde la infancia, o los viejos, impotentes y degradados, se atienen al papel pasivo de súcubos”.

El papel clave de la penetración en el valor de la virilidad, condujo a la preocupación obsesiva por el tamaño del “agresor”, obvia en los hombres del Novecientos, según el comentario irónico y basto de Julio Herrera y Reissig: “El mayor orgullo de los jóvenes montevideanos consiste en la longitud de la jabalina. El que es armado […] goza de un prestigio inverosímil entre los compañeros […] Todos dicen de él con tono de admiración: “Es demasiado hombre para una sola mujer; que buena lanza!”. En cambio, el “uruguayo de pene exiguo vive atormentado constantemente por la preocupación de que no es un hombre”.

La Latinoamérica del siglo XIX y el Novecientos probablemente ambientó solo uno de los papeles posibles del hombre, el de “macho”, con valores derivados de la agresividad, como la valentía y la fuerza física, funcionales a la estructura económica y el acontecer político de una región tan agraria como inestable.

Esta sobrevaloración implicaba, a contrario sensu, la devaluación absoluta del “afeminamiento” varonil.

Las sociedades latinoamericanas, como las de la antiguedad clásica, observaron con horror la degradación sexual, ser penetrado, cuando se conjugaba con la degradación social, penetrado por un inferior.

A veces el miedo de los integrantes de los sectores sociales elevados a ser penetrados por un inferior se transformaba en la fantasía compensatoria de las clases populares que imaginaban la sed de placeres que asediaba a los ricos incapaces ya de penetrar y satisfacerse entre sí.

Así, el diario comunista “Justicia” en su campaña de 1923 contra “las machonas” relató las costumbres “corrompidas” de estas señoritas “distinguidas”: “Copetudas señoras y exquisitas damitas […] bebían, fumaban opiosos cigarrillos turcos […] se tendían en posiciones enervantes en los sillones de las salas lujosas. Una gran laxitud las invadía, hasta que, saliendo al campo, llamaban a los peones… La peonada era joven y alegre… De aquellas saturnales en los campos, ensombrecidos por el crepúsculo, conservan todavía los peones deliciosos recuerdos”. Las señoritas, “miniaturas recatadas como doncellas, empacadas y estiradas como muñequitas, sentían en sus brazos la mano ruda y fuerte. Y tampoco olvidaban…”.

La degradación y el sadomasoquismo se sirvieron de las diferencias de clase para expresarse y lo hicieron tanto a través de los contactos heterosexuales (el recién citado), como de los homosexuales.

El investigador argentino Jorge Salessi relata el temor de la policía de Buenos Aires ante la sodomización de los “niños bien” porteños por los jóvenes inmigrantes italianos, un hecho que deslegitimaba el orden social y político. En los escándalos alemanes de 1902 a 1908, los industriales, los oficiales del ejército y los príncipes fueron mostrados como sodomizados por obreros, soldados y granjeros, sus inferiores sociales respectivos.

Las fantasías sado-masoquistas también se nutrían de realidad por cuanto los ricos siempre han podido pagar los favores de todo tipo, incluyendo los sexuales, de los pobres, y porque ciertas personalidades homosexuales podían llegar a complacerse en la doble degradación de ser penetrados y serlo por hombres de pueblo.

Por ello Alberto Nín Frías en su novela “Sordello Andrea” de 1912, cree su deber justificar la relación, no homosexual, sólo “afecto viril”, entre dos jóvenes pertenecientes a mundos sociales opuestos: “Quizá, caro lector, pueda chocarte esta amistad entre un niño bien y otro que la convencionalidad humana clasificaba como sirviente”. Es que “desde pequeño” el protagonista se había habituado “a juzgar a la gente sub-especie eternitatis”.

El burgués homosexual pasivo si era “penetrado” por un obrero, cometía una triple transgresión, era un hombre que violaba su masculinidad, un rico que se subordinaba sexualmente a un pobre, y, finalmente, un rico que auspiciaba la violación del orden social por un pobre.

Por consiguiente, el homosexual podía traicionar todos los supuestos de la sociedad del Novecientos: su criterio de normalidad y sus órdenes patriarcal y social.

Además el homosexual jaqueaba necesidades específicas de los sectores dominantes y los gobiernos de ese Novecientos.

La “respetabilidad” era el rasgo moral que definía a la burguesía y la legitimaba como clase hegemónica. Como ha dicho el historiador italiano G. L. Mossé, la burguesía “percibía que su forma de vida basada en el ahorro, la devoción por el deber y la represión de las pasiones, era superior al estilo de vida de la “perezosa” clase baja y la libertina aristocracia”. Y aunque en el Uruguay sólo el “patriciado” podía en el imaginario social ser “libertino”, sin duda que los sectores populares eran calificados de “perezosos” por un patronato que se complacía en pregonar su capacidad de trabajo.

La identificación de la “respetabilidad” con la normalidad reforzó el poder de la burguesía y le proporcionó seguridad. El modo de ser y los valores burgueses fueron postulados como el fundamento del comportamiento sano, y sus violaciones entrevistas como causas de la enfermedad.

El burgués homosexual era la negación del imaginario de su clase pues encarnaba la anormalidad, el desenfreno de las pasiones y lo no respetable. Y daba razones a los enemigos de la burguesía que siempre la criticaban por sus contradicciones, sus hipocresías y su corrupción.

Además de la decencia y el decoro, el homosexual cuestionaba la forma social más exquisita de la “respetabilidad”: la familia.

El ejercicio de la homosexualidad era lo que más se parecía al acto masturbatorio por su inutilidad para la “raza”, la patria y la familia. Era otra manera, y más militante que la masturbación, de echar la semilla hacia la nada.

Precisamente el ensayo de Alberto Nin Frías, “Homosexualismo creador”, publicado en 1933, buscaba demostrar el lazo entre homosexualidad y creación filosófica, literaria, plástica y musical para comprobar –¿freudianamente?– la inconsistencia del reproche social a la incapacidad “procreativa” del homosexual.

El homosexual corrompía los ejércitos y la juventud, impedía la grandeza de la patria y, según el Jefe de Policía de Montevideo en febrero de 1927, viciaba “la salud de la raza” junto al juego, el proxenetismo y la toxicomanía.

La virilidad y la femineidad eran la garantía de la vitalidad espiritual y material de la nación, los alimentos de su fuerza y permanencia. También las corrientes nacionalistas, al igual que la sociedad patriarcal y la moral puritana, asignaron a los hombres y las mujeres papeles diferenciados en la vida e identificaron la confusión de sexos –y con más razón a la homosexualidad– con la decadencia de la nación y el caos social.

Sólo la virilidad, la femineidad y la heterosexualidad podían garantizar el mantenimiento de la familia y el crecimiento de la población, base de la existencia de la patria y sus fuerzas armadas.

Incluso ocurrió que la homosexualidad nutriera a la traición política en el imaginario de varias sociedades. El gusto de los homosexuales por la degradación los conducía a contactos físicos con los sectores populares y los extranjeros, a mostrar más lealtad a su grupo de pertenencia sexual que a su grupo de pertenencia nacional. Además, la propia fragilidad social del homosexual, la facilidad con que era objeto de chantaje en la sociedad homofóbica, lo volvía un ser no confiable, fácil presa del enemigo político o militar.

Por todo ello en Inglaterra habían sido acusados de ayudar y brindar hospitalidad a los revolucionarios franceses luego de 1789; por ello también se les sospechaba en los partidos comunistas del siglo XX.

Homosexualidad y delito

En la segunda mitad del siglo XIX Inglaterra y Prusia anularon la pena de muerte que se aplicaba a los sodomitas, aunque mantuvieron el delito de sodomía entre personas mayores. Francia, en cambio, desde 1791 había dejado de considerar delito los contactos homosexuales entre personas mayores, posición legal que el Código Napoleónico reiteró en 1810.

En España, el Código Penal de 1822, inspirado en los preceptos franceses, ignoró el delito de “pederastía”, pero la reforma hecha bajo la dictadura de Primo de Rivera en 1928 castigó la homosexualidad entre mayores con multa e inhabilitación para ocupar cargos públicos. El nuevo Código Penal republicano de 1932 volvió a despenalizar los contactos homosexuales entre personas mayores.

En el Uruguay, la Constitución de 1830 en su artículo 134 establecía que “Las acciones privadas de los hombres, que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los Magistrados […]”.. La Constitución de 1919 reiteró el artículo aunque eliminó el “están sólo reservadas a Dios”.

¿Entre “las acciones privadas de los hombres” se incluía a los contactos homosexuales entre personas mayores? No lo sabemos. El primer Código Penal del Uruguay independiente en 1889, en el título referido a los “delitos contra las buenas costumbres y el orden de la familia”, en su sección “de la violación y del ultraje al pudor”, vinculó la violación sólo al “ofendido” mujer.

Pero a continuación estipuló que “el delito de sodomía, será castigado con penitenciaría de cuatro a seis años”, penas que serían aumentadas en “dos grados si el delito se cometiese con abuso de autoridad, de confianza, de relaciones familiares o domésticas”.

La violación y la sodomía serían perseguidas “solamente por querella de parte”, a no ser que hubiesen producido la muerte de la persona ofendida, hubiesen sido acompañadas de otro delito en que debiera procederse de oficio, o se hubiesen cometido “contra una impúber que no tenga padres ni tutores”.

El delito de corrupción de menores se definió como la excitación o estimulación a la prostitución de una mujer menor de veintiún años.

Allí había algunos supuestos culturales ya que la sodomía no había sido previamente definida, aunque probablemente significase el “concúbito entre dos personas de un mismo sexo” transformado en delito sólo si se utilizaba la violencia, ya que aparecía en la sección dedicada a la violación y sólo podría procederse por querella de parte, es decir, por denuncia del “ofendido” o su representante legal.

Por consiguiente existía el delito de sodomía cuando no hubiese consentimiento. El Código no estipulaba con claridad desde que edad se podía admitir que se era capaz de discernir para dar el consentimiento. Tal vez podía asimilarse la situación a la de la exención de responsabilidad penal, total para el menor de diez años, y subordinada a la constatación por el juez de que “ha obrado con discernimiento”, para el mayor de diez y menor de catorce años. Pero esto es una deducción.

En el Código Penal de 1934, el delito de sodomía desapareció y la violación se definió como “el que compele a una persona del mismo o de distinto sexo, con violencia o amenazas a sufrir la conjunción carnal, aunque el acto no llegase a consumarse”. La violencía se presumía “con persona del mismo o diferente sexo menor de quince años”. De tal manera que la violación incluyó a la vieja sodomía y el delito se caracterizó más por la violencia que por el sexo de los sujetos participantes en “la conjunción carnal”.

El Código Penal de 1934 endureció la ley en procura de “proteger” a los menores: consideró “violación” toda “conjunción carnal” con un menor de 15 años, consentida o nó, y juzgó “corrupción” de menores toda relación, consentida o nó, para servir la “propia lascivia con actos libidinosos” con una persona mayor de quince y menor de dieciocho años.

El “atentado violento al pudor” se definió como la realización de “actos obscenos”, diversos de la conjunción carnal por medio de la violencia, “sobre persona del mismo o diferente sexo”; el “ultraje público al pudor” como la ejecución de “actos obscenos” o “discursos de análogo carácter” en público.

Esta fue la estructura legal que planeó sobre los homosexuales durante las primeras cuatro décadas del siglo XX. Los contactos sexuales “consentidos” entre personas mayores del mismo sexo no estaban penados por la ley, pues el delito de sodomía implicaba la violencia.

La definición de persona mayor del código de 1889 –¿diez, catorce años?– fue alterada por el código de 1934 que presumió la violación si el “ofendido” era menor de quince años, y la corrupción si el “ofendido” era una persona mayor de quince y menor de dieciocho años.

Por consiguiente, el Código Penal de 1934 endureció las penas y tipificó con más amplitud los delitos que podían cometer los homosexuales y los heterosexuales.

A partir de 1889, las figuras de la sodomía y el ultraje público al pudor podían estimular el ejercicio de la homofobia social por parte de la “policía moral” que ya observamos funcionando en la década del veinte. Luego del primero de agosto de 1934 en que entró en vigencia el nuevo Código Penal, obra de José Irureta Goyena, la violación, el ultraje público al pudor y la corrupción de menores, eran los delitos que podían estimular la homofobia de jueces y policías.

La jurisprudencia de los casos consultados en los archivos judiciales abona nuestra intepretación del Código Penal de 1889: se entendía por sodomía la “conjunción carnal” con persona del mismo sexo pero por medio de la violencia, sin “consentimiento”.

En febrero de 1925, la madre de un menor de 11 años denunció al portero del Teatro Stella d´Italia, un “moreno” de 17 años, por haber violado a su hijo. La policía resolvió detener al acusado “in fraganti” para lo cual le tendió una trampa con otro menor. En primera instancia el Juez condenó al “moreno” a seis años de penitenciaría, la pena máxima que permitía el Código Penal.

El abogado defensor apeló aduciendo que “bien pudo haber consentimiento de parte del menor, lo que eliminaría el delito puesto que el delito de sodomía sólo se configura cuando existe violencia”. En cuanto a la edad del “ofendido”, el abogado sostuvo: “me resisto a concebir que un niño a los once años no sea capaz de determinar sobre la gravedad de un acto que en los primeros años ya se sabe inmoral”.

El Juez en su sentencia había negado precisamente el punto fuerte del abogado defensor, el posible “consentimiento” del “ofendido”: el niño había comunicado “a su señora madre que había sido violado” por lo que no podía admitirse “que existiera sodomía consentida”, además de que “por la edad de los ofendidos [ambos tenían 11 años] tampoco puede hablarse de consentir un acto de cuyo alcance y gravedad no podían darse cuenta exacta”.

Como el lector advertirá la discrepancia se centraba en si había existido o no consentimiento y si éste podía otorgarse a los 11 años; pero ambas partes, defensor y juez, estaban acordes en que el delito de sodomía implicaba violencia, el no consentimiento.

HOMOFOBIA Y PANICO

La homofobia de las primeras décadas del siglo XX adoptó la forma del pánico social ante la corrupción de menores, y es probable que éste sea uno de los orígenes del endurecimiento de las penas en el Código de 1934.

Bajo las figuras de docentes en las escuelas, liceos e internados, de sacerdotes jóvenes, confesores o profesores, de “malas compañías”, por lo general amigos mayores de los hijos, de señores que convidaban con caramelos a los niños en la calle, de vendedores ambulantes, de vecinos maduros y solteros, aparecieron los corruptores de menores para padres, médicos, policías, periodistas y políticos conservadores y “progresistas”. El homosexual con su “lascivia” pervertía a los niños y los adolescentes, destruía la juventud que la patria necesitaba, las esperanzas de las familias, y creaba con su conducta nuevos seres anormales pues la homosexualidad en su etiología era, fundamentalmente, “adquirida” por contagio, imitación o “seducción”, tal como sostenía el médico argentino Francisco de Veyga en sus historias clínicas de “pervertidos” publicadas en 1902 y 1903, sobre las que volveremos.

La imagen del homosexual corruptor fue aceptada incluso por Alberto Nin Frías, el escritor que defendió el “uranismo”. En su libro de 1932 se refirió “al adolescente que por muchos motivos se siente muy solo en un mundo al cual empieza a comprender y a investigar, [del cual] hacen la fácil presa un urano experto o sencillamente sincero consigo mismo”.

La generalización de este temor en casi todas las sociedades occidentales del Novecientos testimonia también los miedos que provocaba el resquebrajamiento de los valores y las creencias tradicionales, la “emancipación” femenina, y el fantasma de la Revolución Social que se corporizó luego de 1917 en la Rusia comunista.

La homosexualidad parecía ser la culminación de todos esos riesgos, la negación del último valor-refugio: el de la normalidad. Ya nada quedaba a salvo de los cambios. La inseguridad y la ansiedad eran totales.

Los internados fueron señalados como centros de la corrupción de la juventud masculina y femenina. Sus maestros religiosos –a veces también laicos–, los compañeros y los “amigos” mayores, podían ser los agentes de la perversión.

A fines del siglo XIX el escritor francés Paul Bourget lo mostró con ironía en su “Fisiología del amor moderno”: “Todos los padres, si no todas las madres lo saben, y como continuan poniendo internos a sus hijos, es necesario creer que aceptan esto como aceptarían la tos ferina, el sarampión o la vacuna […] observando el adolescente como existen en derredor suyo intimidades entre grandes y pequeños, ligeras y baladíes unas, y serias […]”.

En Buenos Aires, en 1905, Víctor Mercante denunció el “uranismo femenino” que campeaba en los “internados educativos particulares y del Estado” dónde cursaban “niñas de 10 a 22 años”. Por suerte esa “homosexualidad femenina” no era “impulsiva” y se mantenía “contemplativa y romancesca” a pesar de los “furtivos besos”, las cartas de “amor” y los regalos “fetiquistas” que sellaban las amistades peligrosas. El anticlericalismo del autor afloró en su reflexión sobre las conexiones místicas de estas “perversas” que parecían practicar sólo un “sentimentalismo dulce, melancólico y soñador”: “El culto de las reclusas a María es un síndrome psicopático donde el amor de la mujer ha sufrido la inversión, pero dentro de una actitud completamente pasiva, extática”.

En verdad, pocas veces como en esta prevención antilesbiana y antimariana se puede observar el pánico a la homosexualidad en estado tan puro; esta acechaba detrás de las amistades adolescentes “romancescas” y también se percibía en el culto femenino a la Virgen María. Debemos conjugar el hecho de que la denuncia podía efectivamente aludir a lo real, con la sospecha casi paranoica del autor de que todo, incluso el culto católico, podía ocultar a la solapada homosexualidad.

Pero cada país tiene sus propios fantasmas… que a veces la realidad corporiza.

En el Uruguay anticlerical del primer batllismo, la figura del corruptor de menores encarnó en el sacerdote de los colegios católicos, sobre todo de aquellos que tenían como “pupilos” a niños y adolescentes.

Esta desconfianza hacia el clero tenía detrás de sí una tradición originada en las sospechas medievales hacia el voto del celibato eclesiástico, voto que el protestantismo concluyó demonizando.

El anticlericalismo liberal europeo y latinoamericano sólo tenía que volver a pulsar lo que ya era una acusación al clero casi automática en cualquier sociedad católica.

En el Uruguay en 1886, el protestante Guillermo Young tradujo e hizo publicar la obra del “Padre Chiniquy” titulada “El sacerdote, la mujer y el confesionario”, en la que se sostenía que la “confesión auricular” era “un abismo profundo de perdición para el sacerdote” pues éste se excitaba con el relato de los pecados ajenos y seducía en el confesionario a las mujeres casadas y solteras así como a niños y jóvenes. El capítulo III se titulaba precisamente “El confesionario es la sodomía moderna”, aunque en su contenido no había relatos específicos de prácticas homosexuales. En enero de 1902, la “Asociación de Propaganda Liberal” dio a conocer de nuevo la obra en Montevideo y la convirtió en su “Folleto número 17”.

La citada “Asociación” había hecho de la acusación de “corrupción” al clero uno de los leit-motiv de su propaganda. Varios de los folletos editados en 1902 están acompañados de un aviso a página casi entera con un extracto de un “breve” atribuido al Papa “Paulo” en 1550 que decía así: “CORROMPIDOS!!! Hemos sabido que ciertos confesores abusan de su ministerio hasta el punto de solicitar para el pecado de lujuria en el mismo tribunal de la penitencia a las mujeres casadas, a las doncellas, como igualmente a los mancebos!”.

En abril de 1903, el folleto No.32 de la “Asociación” dirigido a los padres de familia y titulado “!Tu enemigo!”, señalaba: “[los sacerdotes] cuando no invierten su tiempo en captaciones de herencias […] viven conspirando contra el honor de tus mujeres y de tus hijos!! Esto no es invención. Las estadísticas criminales lo prueban irrefutablemente. Todos los días un crimen miserable se agrega a la serie infinita de atentados contra el pudor de mujeres y niños realizados por esos corrompidos”.

El diario “El Día”, portavoz periodístico del Presidente de la República, José Batlle y Ordóñez, recurrió a menudo a estas denuncias. En enero de 1914, por ejemplo, se destacó en dos oportunidades la existencia de “curas infames”, violadores de niñas y niños, que habían transformado al confesionario en “un baluarte de seducción” dónde “saciaban sus apetitos en carne virgen”.

Pero el gran escándalo ocurrió en octubre de 1917.

El día primero el diario batllista “El Departamento” que se editaba en la ciudad de Mercedes, denunció “que el fraile salesiano, padre Rivero, ha cometido el delito repugnante de sodomismo con muchachos menores, inocentes e inconscientes del acto inmoral y asqueroso que con ellos perpetraba un ministro de aquel Maestro que, en su infinita bondad, decía; dejad que los niños se acerquen a mí!”. No se podía confiar “en la tan decantada moralidad de los colegios católicos”. Para peor, “el padre Dámaso Moreira” había disculpado a “su compañero, al decirnos que sólo se trata de “intimidades y caricias vehementes”, dejando entrever que los niños eran conscientes de la repugnancia lujuriosa del padre Rivero”.

La ocasión parecía ideal para impulsar la prohibición de enseñar a los miembros del clero en los colegios privados; el padre Rivero, con “sus relinchos de bestia” demostraba “la podredumbre y los vicios que minan la institución frailuna, poniendo de relieve su satirismo repugnante a causa del celibato a que les condena la iglesia católica, y para evitarlo es necesario, es imprescindible, llegar a la clausura de esos mal llamados centros de enseñanza”.

El diario dió cuenta de la celebración de un “gran mitín de protesta” en medio de la “indignación popular”, y de la constitución del “Comité de la Juventud Liberal” que se proponía solicitar “la clausura del colegio Salesiano y la creación de nuevas escuelas laicas para varones”.

El diario “El Día”, naturalmente, levantó la noticia de su correligionario del interior, y el 5 de octubre señaló que “serían más de treinta los niños que han sido víctimas de este sátiro con sotana”. La conclusión se imponía: “los padres de familia reconocerán el peligro de los mal llamados colegios píos, peligro que no existe en las escuelas laicas, dónde los profesores no están sometidos a regímenes absurdos ni a abstinencias antinaturales que induzcan al delito o propicien esta clase de degeneraciones”.

En este contexto nació el proyecto del Poder Ejecutivo de abril de 1918 que reglamentaba la enseñanza en las escuelas privadas y prohibía enseñar a los que no poseyeran título de maestro “expedido por las autoridades escolares”, y a “los miembros del clero o sacerdotes de cualquier religión”. Finalmente el proyecto prohibía también “el internado en los colegios custodiados por religiosos o por maestros de los mismos cualquiera que sea la religión a la que pertenezcan”.

El escándalo del “padre Rivero” fue llevado a la justicia pero no hemos podido hallar el expediente. Su repercusión popular fue intensa, al grado que varias letras del cancionero del carnaval festejaron en todos los tonos al “sátiro con sotana”.

En 1920, el hecho repercutió en la Cámara de Representantes al discutirse la posibilidad de que los salesianos del Colegio de Don Bosco en Montevideo se ocupasen del patronato de los menores. El diputado comunista Celestino Mibelli argumentó en contra pues “Don Bosco” era “una institución mala porque ataca la libertad de conciencia, porque afirma postulados antinaturales, como el celibato, porque tiene antecedentes repudiables, y porque en ella se incuban los “padres Riveros” de todas partes”.

El diálogo que siguió dió cuenta del tono del debate:

“–Señor Mibelli (Celestino): Hay muchos que estamos dispuestos a vivir en los Talleres de Don Bosco, si nos dan facilidades para hacerlo, pero no queremos visitas de un cuarto de hora, queremos conocer la vida íntima de los Talleres.

–Sr.Sosa (José María). Es peligroso, señor Diputado.

–Sr.Mibelli. Yo iría blindado”.

En el imaginario colectivo persistió el recuerdo del “padre Rivero” hasta hace pocos años, al grado que el hermano de Alfredo se burlaba de su hermana devota amenazándola con la “lujuria” del “fraile”.

Lo evidente es que el anticlericalismo utilizó el odio popular al corruptor de menores que sodomizaba niños y adolescentes.

Sin embargo, la homosexualidad como opción personal en este caso se desdibujó porque la tesis anticlerical obligaba a sostener que este sodomita, el “sátiro con sotana”, lo era “a causa” del voto antinatural de celibato que le exigía la Iglesia Católica, y no porque su objeto del deseo fuese otro hombre. Así la sodomía recuperaba su vieja condición de acto y dejaba de representar un tipo de personalidad.

De cualquier modo la figura del corruptor de menores se agigantó con este escándalo que puso sobre el tapete el miedo social al uso de niños y adolescentes por el homosexual, quien por sodomizarlos los iba a pervertir para siempre, a contagiarlos con su propia corrupción, pues, como decía el diario “El Departamento”, “sus relinchos de bestia deforman el cerebro virgen de los niños para convertirlo en estercolero de pasiones malsanas”.

Una respuesta

  1. Sí así era la visión social de la homosexualidad, desde tiempos anteriores al siglo XX, recién entiendo el rechazo a los homosexuales. Los mitos, prejuicios, mitos, miedos, tabúes, concernientes al tema.

    Hay que acabar con eso de una vez. La homosexualidad no es sodomía, no es perversión, tampoco violencia, menos depravación, que eso forma parte de otro paquete del cerebro humano, de acuerdo a exacervaciones culturales, sociales, frenéticas. ¿Quiénes contribuyeron a que este sociedad esté en decadencia? Desde luego, los que pisoteaban a otros.

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