Nosotros, ciudadanos a la intemperie

Por: Alejandro Vial
Fuente: http://www.insumisos.com

Alejandro Vial: sociólogo; fue profesor de Teoría del Estado en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile e investigador de Flacso-Chile en el área de cultura política; actualmente coordina el Programa Cultura Política y Gobernabilidad, de la Fundación CIRD, en Asunción, Paraguay; @: .

Nota: Versión revisada y corregida del trabajo presentado en el III Curso Regional sobre Democracia y Gerencia Política del Mercosur, el 1º de agosto de 2004 en Mar del Plata, Argentina, con el apoyo de la Unidad de Promoción para la Democracia de la OEA y los auspicios del Senado de la Nación, el Ministerio del Interior, la Universidad Lomas de Zamora y la Fundación Konrad Adenauer, a las que deseo manifestar mi agradecimiento. Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor, y no representan necesariamente a ninguna de las entidades
mencionadas.

Un profundo malestar recorre la población, que parece haberse abandonado a la suerte de un destino aciago en casi toda América Latina. Basta observar nuestras ciudades y campos. Constatamos un agotamiento de las fuerzas sociales sustentadoras del proyecto democrático. Los rituales pirotécnicos de la democracia electoral, montados cada tres o cuatro años, entusiasman cada vez menos a la gente, aislada de colectivos orgánicos, inmersa en su soledad cotidiana, atrapada por la televisión y el desamparo. Surge, imprescindible, la necesidad de encontrar nuevos portadores de la democracia, antes de que se evapore el perfume de su copa vacía.

Consideraciones generales

Pocas veces tuvimos desafíos tan extremos. El retroceso latinoamericano en la economía globalizada, la grave desarticulación social y la falta de horizonte de los desposeídos, la desconfianza, la inseguridad y la violencia, además de las catástrofes socioambientales que emergen ante nuestra vista –generadas por una forma de producción que, pese a ser altamente predatoria, no ha logrado morigerar la exclusión– nos encuentra francamente a la intemperie. A la intemperie no en un momento cualquiera, sino en un verdadero final de época, cuando algunas instituciones, conceptos y prácticas, que seguimos reproduciendo día a día, corresponden a un mundo prácticamente inexistente. El mundo de nuestras instituciones es todavía el mundo de la modernidad, que si bien no alcanzó a llegar nunca del todo a la región, se está retirando a pasos acelerados, al igual que en el resto del planeta. Con ello, aparecen desafíos de magnitud desconocida, justo cuando la política está acotada y jaqueada. «Lo nuevo, lo radicalmente nuevo, es la situación de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX. La gravedad de la situación y las discontinuidades del proceso histórico son tales, que puede hablarse de una verdadera crisis de civilización»1.

Necesitamos respuestas colectivas a problemas graves y urgentes que nos aquejan a todos, pero se hace difícil la constitución de sujetos colectivos en un mundo donde la totalidad de las interacciones sociales está signada por el mercado. El problema no es ciertamente la economía de mercado, que suscribimos, sino la extrapolación del mercado al conjunto de las relaciones sociales. Entonces, ya no solo la economía sino la sociedad entera, con sus sistemas culturales, políticos y sociales, deviene mercado, con lo cual la razón política queda sin piso para la acción. Se reproducen casi exclusivamente prácticas y sentidos individuales, o, para ser exactos, proto-individuales, lo que de paso cuestiona y amenaza la democracia. Siendo la democracia una convicción colectiva para recrear el mundo y no solo administrarlo, ¿puede subsistir con prácticas atrapadas por lógicas sistémicas autoproducidas, que ni siquiera dejan espacio al individuo? Habría que analizar por qué los únicos procesos individuales alentados –formación de líderes y emprendedores– no cultivan valores como el pensamiento crítico, la imaginación múltiple o la mirada total frente a los retos globales que nos interpelan a diario. ¿No estaremos promoviendo en esos supuestos líderes meros operadores, señuelos eficaces para la manada, que baila el tango por encargo?2

Agobia el progresivo achicamiento del individuo, convertido en la metáfora del último hombre de Nietzsche. Atenazado entre el gigantismo de la globalización asimétrica y las marcas corporativas for export, nuestro último hombre busca día a día mimetizarse, clonándose con la organización en que trabaja para conservar así el empleo y su infortunio3. Solo le queda su pequeño mundo privado para ejercer alguna diferencia que le mantenga la ilusión del yo 4, de ahí que la subjetividad crezca en la actualidad hasta la exacerbación, hasta hacerse espectáculo. Insignificantes minucias personales se convierten en grandes temas que acaparan opinión pública, inundando tapas de kioscos y de TV, dejando afuera casi todo lo demás. Como no hay espacio para redefinir mundo, poco importa el relato, la reflexión, el contenido de una obra o el proceso de una vida. El parloteo de la subjetividad privada, el instante, alentado como único tempo posible de resignificación, convierte al espectáculo en metáfora real, y así, la palabra enmudece frente al entertainment.

Y aquel individuo sin otra atadura que su voluntad ni otro límite que su conciencia, hermosa creación renacentista surgida misteriosamente desde la oscuridad medieval, desaparece tal vez para siempre.

El drama hoy es que parece haberse perdido la tensión imprescindible entre lo individual y lo colectivo, y sin esa tensión, la democracia se difumina, la energía social decae, los graves problemas colectivos que contribuyen al agobio se agigantan y cunde el desaliento. Es difícil preservar la democracia si no podemos preservarnos como sujetos de nuestro destino. La realización humana no puede limitarse a proyectos económicos a través de cualidades más o menos emprendedoras; necesita llegar al mundo de la vida5.

En la democracia moderna6 siempre hubo tensión entre el bienestar individual y el colectivo. Porque en el fondo, la democracia busca la realización plena de la persona, lo que se logra en tanto ésta pueda expresar su doble condición de individuo y ciudadano. Solo así es posible llegar a ser uno mismo, es decir, actor social, ser histórico7. Recuerdo los debates entre la teoría marxista y la «burguesa». Mientras esta última era acusada de buscar la realización individual olvidando al colectivo, para el planteamiento marxista la realización con sentido era la comunidad misma, relegando a sus miembros individuales. Pero ambos polos son imprescindibles; de hecho, si no existe fraternidad no puede haber comunidad, pues la miseria de muchos dificulta la realización incluso de quienes no estén en la miseria. La amenaza creciente a la seguridad ciudadana así lo evidencia tristemente en nuestras mendicantes ciudades y en nuestros desolados campos8.

El debate individuo-colectivo es ahora espurio porque, finalmente, descubrimos que cualquier intento por superar la referida tensión con la «victoria» de uno de los polos sobre el otro amenaza la existencia misma de la persona como ser social. Si bien el término democracia alude al ámbito del Gobierno en la medida en que es una forma de vida (Sartori dice que, cuando hablamos de democracia, ya no estamos hablando tan solo de un sistema político sino de una civilización), éste manifiesta una interrelación permanente entre lo privado y lo público9, lo individual y lo colectivo. Enfrentar los urgentes desafíos desde prácticas democráticas nos exige mantener sus equilibrios.
Ahora bien, ¿cómo funcionan?

La noción moderna de democracia, acuñada por la Revolución Francesa, hablaba de libertad, igualdad y fraternidad10. Esos tres sentidos son igualmente imprescindibles para mantener la referida tensión individuo/colectivo y conforman lo que, producto de larguísima evolución histórica, constituye uno de los patrimonios intelectuales más hermosos de la humanidad, a saber: que independientemente de las diferencias de género, raza, credo, valores o condición social, todos los seres humanos tienen similar derecho a la hora de decidir el rumbo de su comunidad política.

Un cuerpo normativo que regule la vida social y haga de contrapeso a los poderes –el caso inglés entre Parlamento y Rey resulta un ejemplo notable a partir del siglo XVIII– es la condición de posibilidad para la existencia y mantenimiento de la demanda de libertad que supone la democracia, si bien en América Latina la mayoría de los países no ha logrado todavía amparar la convivencia en un Estado de Derecho pleno. Además, el repliegue del Estado, especialmente en algunos países con aparatos de Estado semiausentes, muestra dificultades serias para implementar políticas públicas y, en ciertos casos, arriesga la misma pervivencia nacional, amenazada por la fragmentación social y la ingobernabilidad.

Al mismo tiempo, la ecuación un hombre un voto expresa otro aspecto de la igualdad, que hoy tal vez nos parezca blando, aunque fue una lucha histórica que le permite a todos participar en elecciones informadas, competitivas, libres y limpias. Pero la igualdad remite también a una carencia reiterada en nuestras sociedades latinoamericanas, sacudidas por distribuciones regresivas de ingreso y propiedad: radical disparidad de oportunidades. La desigualdad en educación, salud, pensiones y, en definitiva, vida decente, es una caldera social de condiciones difíciles y que podría alentar prácticas políticas todavía más lesivas para la democracia, porque resulta difícil cultivar valores democráticos como la tolerancia, cuando no se tiene alimento en la mesa para los hijos11.

La tercera alusión al legado planteado por la Revolución Francesa –la fraternidad– tiene componentes relativos a la felicidad de las personas y a su realización plena sobre la base de pertenecer a una comunidad de pares, por lo que aspectos de solidaridad y reciprocidad resultan sustanciales al modo de vida basado en prácticas democráticas12.

En este sentido, desconocemos, por ejemplo, el impacto que sobre una comunidad democrática pudiera llegar a tener la manipulación del genoma humano, la destrucción generalizada del medio ambiente o la lucha contra el terrorismo si desatiende la legalidad internacional. Son temas que suponen y demandan participación activa de la gente, pues la democracia es un sueño colectivo de sentido, por el que se debe luchar todo el tiempo y que, lejos de estar asegurado de antemano, evoluciona junto con los desafíos, amenazas y oportunidades que la historia nos plantea a cada rato.

Por su parte, las fuerzas que dieron origen a los Estados nacionales y contribuyeron de modo significativo a promover la democracia se encuentran debilitadas, lo que plantea importantes desafíos a los sujetos sociales impulsores de la democracia en la actualidad. En América Latina y desde la Independencia, los Estados realizaron una importante tarea para conformar identidades nacionales a través de una historia oficial, que si bien fue muchas veces tramposa, casi siempre patriarcal, con sesgos heroicos y marcados rasgos autoritarios, contribuyó eficazmente a la idea de nación. Pero el repliegue paulatino del Estado debilita, disgrega y fragmenta los colectivos promotores de democracia en este final de época.

Triunfo universal de la idea democrática y crisis emancipatoria

La paradoja es que este final de época ocurre paralelo al triunfo universal de la democracia, es decir, cuando carece de legitimidad la falta de derechos políticos para amplios sectores marginales, como indígenas, mestizos y mulatos, negros o pobres13. En consecuencia, el triunfo universal de la democracia alude al logro de que toda persona (hombre o mujer), con la edad mínima requerida, es un ciudadano con derecho a formar parte de la toma de decisiones. Logro de extraordinario valor, que muchas veces, al calor de la crítica a las insuficiencias y vacíos de la democracia, se menosprecia14, quizás porque vino acompañado del debilitamiento de la política como construcción de mundo.

Con el triunfo universal de la democracia concluyó también el gran relato emancipatorio, que al mismo tiempo que reivindicaba ese derecho para los sectores excluidos, en el acto mismo de reivindicarlo, empujaba, promovía o, por así decirlo, motorizaba la demanda por democracia.

Y claro, los partidos políticos no están haciendo esa tarea porque perdieron la conexión que les caracterizó durante la modernidad en términos de representar a los sujetos sociales ligados a la esfera de la producción, especialmente a partir de sindicatos, agrupaciones obreras y gremiales. Los partidos políticos, como goznes entre el Estado y la sociedad civil, se encargaban de acompañar los intereses y demandas de los sujetos sociales que representaban en el ámbito general del Estado. Pero las transformaciones sociales y de estructura productiva, el desarrollo de la nueva economía, sus énfasis tecnológicos intensivos (más en capital que en mano de obra), los cambios introducidos por la maquila y otros efectos estructurales, contribuyeron a fragmentar y desarticular los sujetos ligados a la producción, con lo que se perdió la posibilidad de seguir representándolos.

Las demandas sociales se difuminan y atraviesan las demandas laborales, lo que en definitiva está redefiniendo las competencias del Estado, que pierde su capacidad de decisión sobre una amplia gama de aspectos en los que antes era soberano absoluto15.

La democracia está ligada a la representación y depende de ella, pero la representación no está funcionando. Al constatar esa falta, la gente ha comenzado a buscar, un poco a tientas y desde sus organizaciones sociales, una representación más directa, por cierto difícil de lograr debido al rol corporativo de la sociedad civil.

Nadie se llame a engaño pretendiendo reemplazar alegremente a los partidos políticos –de histórica eficacia en la representación de amplias capas sociales– por experimentos de dudosa prosapia democrática o indefinida gobernabilidad política. Pero tampoco tapemos el sol con un dedo. Los partidos políticos viven una crisis extrema que no se salva por voluntarismos del deber ser ni por medidas técnicas o instrumentales limitadas a la mejora de procedimientos. Lo que dio preeminencia a los partidos durante la modernidad frente a las demás asociaciones fue que, a diferencia de las distintas entidades del mundo antiguo o medieval (que eran corporativas, es decir, planteaban acciones orientadas por el interés particular o sectorial de sus miembros), éstos tuvieron un horizonte más general porque se guiaban por un proyecto de nación, el gran proceso político de la modernidad.

Ahora, despegados de la orgánica social, sin hoja de ruta, atrapados en la superestructura corporativa que empieza a representarse a sí misma y sin poder reconstruir esa totalidad social característica de la modernidad, los partidos pierden la función de apalancamiento, lo que contribuye a su significativa crisis de credibilidad; por eso, no bastan soluciones tradicionales al sistema electoral o al tipo de representación del sistema de partidos.

En ese contexto, observamos con interés y moderado optimismo los esfuerzos argentinos, al alero del gobierno de Kirchner, por colocar la política otra vez como un insumo fuerte en el diseño del mundo. Sujetos sociales transversales, que integran clases medias y populares, serán una opción en la medida que levanten categorías emancipatorias reales porque podrían devolverle la tensión a la polaridad individuo/colectivo. Habrá que ver cómo responde la cultura política en este contexto de globalización.

Cultura política y sociedad. El ejercicio de la queja

En términos generales, la cultura política es un conjunto de ideas, valores y creencias en función de las cuales se materializan las prácticas políticas16. En otras palabras, y a diferencia de sus vertientes clásicas (Bustamante), la cultura política es concebida hoy como una pragmática material, por lo que la existencia de una sociedad civil vigorosa es más importante que nunca para salir al paso de la crisis que sufre la democracia representativa.

La orgánica política se basó en las agrupaciones productivas que conformaban sindicatos y gremios. Como sabemos, cuando dichas agrupaciones perdieron relevancia y la práctica política no pudo articularse en factores productivos17 o de servicios, se potenció la gramática de la vida, verdadera praxis material posmoderna. Para crear articulaciones desde el mundo de la vida, hace falta discutir necesidades, construir demandas colectiva, y definir prioridades sobre la base de algún bien común en el mundo de la vida. Pero hay problemas serios aquí.

La debilidad de individuos y organizaciones intermedias, cierta praxis católica con su panegírico del pobre, la fortaleza histórica de las familias18 y la pervivencia de metáforas pastoriles en el imaginario social, hicieron de la queja una perniciosa forma de política, convertida en cultura19 donde la culpa de los males la tiene siempre el otro y donde, por ende, resulta escasa la posibilidad de construir historia o mundo desde el ciudadano. Por desgracia, el debilitamiento de los partidos fortalece la actitud de queja y dado que en la queja la culpa es siempre de otros, su práctica se torna inacción a la espera del redentor o del caudillo de turno que vendrá a salvarnos20, limitando seriamente la opción de que la historia sea el resultado de una construcción colectiva21.

Nos interpelan los países latinoamericanos, con grupos intermedios débiles y escasamente diferenciados del Estado, muchas veces con la empresa privada imbricada al Estado y una desconfianza general que atraviesa la totalidad del cuerpo social22.

Sendas perdidas

Además de constatar el fracaso de la representación, la participación ciudadana da cuenta de un mundo nuevo donde, en lugar de grandes sujetos, resalta la subjetividad individual. Siendo la gramática de la vida transversal a distintos segmentos sociales, la comunidad de intereses del mundo de la vida estará entonces en organizaciones ajenas a familias y Estado, pues allí existe todavía mucho autoritarismo como para que haya una subjetividad medianamente libre; por contraste, encontramos cierta libertad y alguna diversidad en las organizaciones intermedias. La cuestión es si resulta posible desde allí darle sentido y carne a la democracia como proyecto colectivo.

Que, pese al enorme vacío existente, no surjan nuevos partidos políticos es un síntoma del agotamiento. Las formas de convivencia actual dificultan acciones colectivas orientadas al bien común y, con ello, a la capacidad para recrear mundo. «La expansión del mercado es más que una política económica. Transformarlo en el principio organizativo de la vida social implica producir un cambio deliberado en las prácticas y representaciones de la convivencia (…) donde la identidad individual suele prevalecer por sobre la colectiva» (Lechner 2003).

Conclusión

La democracia está en jaque por el desgano y la desesperanza. Se requiere que vuelva a tener sentido para la gente, es decir, que signifique algo en la vida cotidiana de los ciudadanos. No es fácil. En principio, podría avanzarse desarrollando oficio ciudadano en la base, directamente, como imaginario cotidiano de sentido, en forma independiente al accionar partidario y mediante aprendizajes colectivos23.

¿Cómo educar hoy para la democracia? Improbable que el Estado vuelva a tener el monopolio de modelos rígidos que impiden procesos participativos y abiertos de aprendizaje, pero imprescindible que vele por materializar una educación para todos, incorporando ciencia, pensamiento y arte a la vida cotidiana. Necesitamos que el proto-individuo se convierta en persona y sea ciudadano otra vez, por vez primera.

Si no pudiese recuperarse la tensión entre el polo individual y el colectivo24, ¿podrá sobrevivir la democracia solo con la epifanía del voto? Y si los partidos no pueden, los movimientos sociales transversales que intentan vocear el mundo de la vida, ¿lograrán darle un cariz emancipatorio, es decir político a la estructura global y, al mismo tiempo, gobernabilidad al Estado? El caso argentino es interesante, pues la necesidad de recomponer un tejido social devastado le devuelve sentido al proyecto nacional. Su lucha por la deuda externa ejemplifica la contundencia de la batalla, pero, ¿podrá generar razón política?

Asimismo, ¿tenemos organizaciones capaces de apalancar acciones liberadoras y creativas o, en último término y a pesar de su discurso, se encuentran limitadas a mejoras y ventajas sectoriales? ¿Existen entidades sociales (p. ej. ONGs) que diseñen mundo? (Vial 2004).

Por otra parte, ¿puede ser ciudadano el último hombre, es decir, aquél que ni siquiera tiene proyecto de vida propio, sea que integre un partido, un movimiento social, o una ONG? Y atención, porque, debilitadas las organizaciones abiertas de la sociedad civil, se puede propiciar la vuelta al fundamentalismo de las sectas religiosas, como ya está empezando a ocurrir.

¿Qué nos queda?

Nosotros –que pululamos en una lucha diaria por el sentido, vemos desde los ventanales de nuestras opacas oficinas a los otros ciudadanos, a la intemperie, atrapados en la parte de abajo de la selva de cemento, revisando uno a uno los botes de basura y, un poco más allá, a los ciudadanos del futuro, todos esos niños de la calle pidiendo una sonrisa a la vuelta de cada esquina– nos preguntamos, ¿cómo articularnos en sujetos colectivos que representen un bien público, relativamente común?

NOTAS

1. V. Fernández Buey/Reichmann.
2. «Siempre hay que hablar de nosotros, hablar de yo debería estarprohibido», expresaba un poderoso empresario en una reciente reunión realizada en Casa Piedra, Santiago de Chile, en el seminario «La importancia del equipo detrás del líder».
3. Dada la precariedad imperante, el sometimiento del individuo a ideologías corporativas se convierte en un golpe de suerte frente a los otros, desgarrados por la cesantía o el subempleo.
4. Desde la nada del proto-individuo, la marca de la ropa da la ilusoria sensación de pertenencia, de una vida que se distingue por la promesa de habitar el mundo, de ser alguien a partir del consumo cool.
5. «El hombre no es nada más que su proyecto, existe en la medida en que se realiza», v. Jean-Paul
Sartre.
6. Cuando decimos «democracia moderna» o «triunfo del universal democrático», estamos hablando solamente de aquello que gruesamente se ha denominado cultura occidental. No pretendemos homologar, in toto y a saco, todo tipo de culturas, religiones, civilizaciones.
7. El individuo que no tiene conciencia de su ser histórico, está extrañado, perdido de sí mismo y, por ende, es una parodia, un clon o engranaje laboral, un proto-individuo.
8. La tragedia del 1º de agosto de 2004 en el supermercado Ykua Bolaños de La Asunción, Paraguay, con alrededor de 400 muertos, puso en el tapete de forma dramática el sentido de comunidad que la vida cotidiana difumina entre la alienación y las altas murallas separadoras de ricos y pobres. La tragedia, de clase media, traspasó la sociedad entera y su techo en llamas cayó sobre muchos, debido a la ausencia, para todos, de un bien común básico, que no puede garantizar un Estado ausente ni un espacio público regido solo por el interés privado.
9. Los socialismos reales se derrumbaron porque se perdió la tensión. Ponían el énfasis con tal fuerza en el colectivo que limitaron seriamente la expresividad individual, al punto de ahogar su energía y creatividad. Ahora estamos en la acera opuesta: asimetrías estructurales profundas y masivas de ricos y pobres oscurecen la comunalidad del cuerpo social, con lo cual la democracia, e
incluso el propio individuo, desconectado de su ser histórico, queda a merced de fuerzas sistémicas que lo niegan. La industria del secuestro es parte de eso.
10. La referencia a la Revolución Francesa no es casual, dado que, en más de un sentido, constituye un punto de partida del proyecto cívico de la modernidad. Cierto es que ya en las pequeñas ciudades italianas renacentistas aparece el individuo tanto en su versión de comerciante burgués como en la de condotiero, pero es apenas a partir del poderoso movimiento utópico-social originado por la Revolución Francesa que el proyecto de la modernidad encarna en portadores sociopolíticos activos, que son adoptados por las naciones europeas y americanas en gestación y contribuyen a modelar su imaginario cívico.
11. Cuando decimos «participación ciudadana» hacemos constar el fracaso de la democracia representativa, pues ésta obliga a personas y organizaciones de la sociedad civil a buscar su propia
representación. La franja que manifiesta mayor potencial de participación es aquella de ingreso medio bajo. Hacia arriba, es decir, hacia sectores medios y altos, la participación ciudadana disminuye drásticamente, quizás por innecesaria, y hacia abajo, en segmentos pobres e indigentes, no hay espacio para la ciudadanía porque la gente está ocupada de la supervivencia. La ciudadanía
supone umbrales mínimos de bienestar para resignificar un bien común.
12. Esencial a la democracia es la noción de comunidad (Robinson en su isla no puede ejercer tra ligada a la mía. En otras palabras, alude a estar-con el otro, en el sentido derridiano, más que a
algo cerrado u homogéneo.
13. Por antigua que sea la vigencia del concepto de democracia, nunca en la historia de la humanidad se dio el caso actual de inclusión cívica para todos los segmentos sociales. El periodo democrático de la era Pericles, en la Grecia clásica excluía, como es sabido, a esclavos y mujeres de los derechos políticos, y todavía en la Inglaterra de principios del siglo XX quienes carecían de propiedades no tenían derechos electorales.
14. Cuando los antiguos grupos excluidos de sus derechos electorales y ciudadanos alcanzaron tales derechos a través de sus colectivos políticos, ellos mismos empezaron a dejar de participar en sus agrupaciones, de inscribirse en los registros electorales y de acudir a las urnas para los comicios. Ahora la gente se asocia de forma mucho «más informal que desde una teoría histórica
de la modernidad cartesiana» (Villasante). Pero el punto no es el grado de formalidad de la asociación, sino la capacidad de respuesta a la crisis. Podremos tener anécdotas barriales valiosas, pero sin proyección política alguna para la creación de mundo.
15. Políticas fiscales y monetarias e incluso políticas públicas en áreas como medio ambiente, derechos humanos, salud y educación tienen cada vez más injerencia internacional, por lo que los
márgenes de autonomía estatal son cada vez más limitados. Por contraste, recordemos el rol clave
que tuvo la educación pública en la conformación de las identidades nacionales en países como Argentina, Chile, México y Uruguay, entre otros.
16. En culturas políticas democráticas priman prácticas materiales basadas en la tolerancia, la confianza y la reciprocidad, con niveles significativos de asociatividad en los grupos intermedios, participación social en la toma de decisiones, marcos regulatorios predecibles y libertades públicas. Ahora bien, ¿puede haber todo aquello en sociedades corruptas, asimétricas y que excluyen a las grandes mayorías?
17. La desarticulación estructural y el abandono del pleno empleo como política pública abrieron la vía a los desheredados, individuos sin protección de servicios sociales básicos como salud, educación o marco legal; ciudadanos a la intemperie, cuyo ejemplo es ese ejército del reciclado de
la basura, que se pone en movimiento a la hora del atardecer en la ciudad, en fractura absoluta
con cualquier idea de comunidad.
18. Esto sin perjuicio del reciente debilitamiento de las familias producto de los cambios estructurales.
19. La única alusión a la queja la encontré, hasta ahora, en Rodríguez.
20. Por siglos Irlanda vivió en la queja por la mala suerte de su vecindad con los británicos, alimentando pobreza y atraso, hasta que comenzó a desarrollar políticas públicas basadas en la nueva economía y, desde hace unas décadas, su nivel de vida se disparó pasando a ser vanguardia
en tecnologías de punta. España, pese al millón de muertos de su guerra civil, supo ponerse de acuerdo en una agenda-país que lo catapultó hacia el desarrollo. Chile lo intenta también, a tranco
más lento.
21. Efectos del sincretismo mestizo analizados por Octavio Paz, donde la historia, en lugar de construcción humana, resulta una sucesión de acaecimientos de fatalidad o suerte, según el caso.
22. En encuestas de muchos países de la región se expresa la creencia generalizada de que los ricos lo son porque están asociados al poder político-estatal o hacen trampas, con lo que valores capitalistas clásicos como el trabajo laborioso, el ahorro y la austeridad pesan poco a la hora de explicar la prosperidad en el imaginario popular.
23. La pregunta de «quién invita» o «convoca» a la participación interpela a los sujetos portadores
del cambio y no es una pregunta obvia. Ya no disponemos del iluminismo de las luces ni de los otros y tampoco del espacio global para grandes transformaciones estructurales. Entonces, ¿desde
dónde realizar el cambio?
24. Habría que analizar hasta qué punto el énfasis organizacional actual en la ideología corporativa
del equipo es una renuncia explícita a la idea de comunidad en la sociedad misma y expresa el intento por convertirla en estancos aislados y amurallados frente al cuerpo social, abandonado a una fragmentación casi irredenta. Pero así volvemos a la narrativa de la Edad Media, con segmentación estructural, sin comunidad ni individuos y ciertamente, sin ciudadanos.

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