Alienación consumista y enfermedad mental en el Capitalismo: Análisis dialéctico de una relación evidente

Por: Pedro Antonop Honrubia Hurtado
Fuente: http://www.kaosenlared.net (22.08.09)

I
En estos días que corren, lamentablemente no resulta demasiado difícil encontrar argumentos para creer, de una manera u otra, que vivimos en una sociedad cada vez más enferma y deshumanizada, por más que el discurso académico y/o mediático generalizado pretenda hacernos creer que los avances científicos y tecnológicos, acaecidos en el mundo de manera desbordante durante últimos siglos, han conducido a occidente a un nivel de bienestar generalizado como nunca antes se pudo ver en la historia. Pero, a poco que dediquemos unos minutos de nuestro tiempo a observar el mundo que nos rodea, los ejemplos para contrastar lo incierto de tal discurso “oficial” fluyen a borbotones en todos los ámbitos de nuestra vida. Pocos son ya los espacios de nuestra cotidianeidad donde no podamos detectar algún síntoma de la decadencia a la que irremediablemente parece abocada nuestra civilización consumista-capitalista. En nuestras propias vivencias en las relaciones familiares e interpersonales, en las noticias trágicas que a diario invaden nuestros medios de comunicación, en el discurrir rutinario por las calles de nuestros pueblos y ciudades, en todos sitios se vislumbran síntomas de una crisis generalizada de valores humanistas que nos conduce de lleno hacia un futuro poco esperanzador. La pérdida de valores humanitarios, es decir, la inexistencia de un sentido de lo moral en el quehacer común solidario, es cada vez más una incipiente realidad que nos atropella a todos como un rodillo que no podemos esquivar y que, conducido por no se sabe bien quién o qué, pretende no dejar títere con cabeza. La triste realidad de una vida cada vez más competitiva e individualista, de un mundo cada vez más alejado de utopías emancipadoras, y de una sociedad cada vez más vuelta sobre su propio egocentrismo, se impone sobre nuestras consciencias como un proyecto de vida del cual no podemos, no queremos, o no sabemos escapar.
II
Muchos son los ejemplos concretos que se podrían dar aquí para plasmar tal dinámica degenerativa de lo moral y lo humano, aunque, tal vez, haya un caso que por su propia capacidad simbólica, se pueda imponer sobre todos los demás: el aumento de la depresión infantil en las sociedades capitalistas. Nos dicen los entendidos en medicina que toda enfermedad va acompañada siempre por una serie de síntomas que la hacen detectable de cara tanto al propio afectado como al observador que se acerca hasta él para examinarlo. Nos dicen también que el hecho de tener un determinado síntoma (asociado usualmente con una determinada enfermedad) no siempre es razón suficiente para poder diagnosticar certeramente la presencia de una patología en el cuerpo del enfermo, aunque, bien es cierto, hay síntomas que suelen estar vinculados muy estrechamente con determinadas patologías, tanto que su aparición es prácticamente garantía para un diagnóstico acertado sobre la presencia de la misma. Si en un ejercicio poético aplicamos estos conocimientos de diagnóstico sobre el estado actual de salud de nuestra propia sociedad, analizándola pues como un todo orgánico que requiere de un chequeo para ser controlada su evolución respecto de su estado vital, el aumento de la depresión infantil es, sin duda, uno de esos síntomas que demuestran a todas luces la existencia de una enfermedad degenerativa grave en nuestra sociedad. Una civilización como la nuestra, donde según nos dicen las estadísticas cada día son más los niños que no son felices en su existencia, es con toda seguridad una sociedad enferma. Allí donde el ser humano ha existido, allí siempre ha habido una sonrisa en la boca de los niños, aun cuando estos se hayan tenido que enfrentar a las condiciones vitales más extremas. Resulta significativo, por ejemplo, que actualmente los índices de depresión infantil sean enormemente más elevados en los países del primer mundo que en las naciones subdesarrolladas, donde este trastorno no tiene prácticamente ninguna incidencia. Además, como no podía ser de otra manera, dentro de las naciones más desarrolladas económicamente, el % de niños afectados aumenta según se vaya descendiendo en la jerarquía de las clases sociales, probablemente, según reconocen los propios psicólogos expertos en la materia, porque la sociedad de consumo usualmente crea unas expectativas que luego no pueden realizarse[1] . Es decir, según esto último, la sociedad capitalista proyecta sobre el sujeto un ideal de vida cuya reproducción (y no digamos ya su satisfacción) no está al alcance de todo el mundo, con lo cual el sujeto que no es capaz de reproducir eficientemente el ideal capitalista, acabará por percibir su incapacidad para alcanzar las metas impuestas por el sistema, bien como un fracaso personal, bien como una frustración de sus expectativas vitales, lo que lo convierte, máxime si es un niño, en un ser potencialmente propenso a caer en un estado depresivo agudo, amén de las consecuentes crisis existenciales que esto conlleva. Como decimos, además, este hecho se agrava a medida que se desciende en la escala social.

En el estado español, por ejemplo, en los últimos diez años, según publicaban recientemente algunos diarios, el % de niños afectados por depresión habría aumentado desde un 5 a un 12%, mientras que en estados con una mayor tradición en la sociedad de consumo, como EEUU o Japón, el % rondaría ya entre el 20 y el 25% del total de niños y adolescentes. Datos estos, sin duda, que bien deberían hacernos reflexionar sobre la dinámica social en la que nos vemos envueltos, y el camino que estamos recorriendo entre todos de la mano de la actual sociedad consumista-capitalista, para preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a permitir que la enfermedad se expanda por las venas y arterias de la sociedad. El origen de la enfermedad, claro está, no es otro que la propia dinámica competitiva y egoísta (de éxito a toda costa) que predica el capitalismo, y que nutre de casi la totalidad de sus contenidos al proceso de socialización en el que van formando su consciencia social e individual nuestros niños y niñas (a través de la educación, la televisión, el cine, la prensa, las presiones familiares, etc.). Por otro lado, más allá de lo triste que resulta la constatación de este fenómeno en constante avance que supone la depresión infantil, a nivel general de la población en su conjunto, es bastante significativo que sea precisamente los ansiolíticos, medicamentos cuya finalidad no es otra que el combatir determinado tipo de enfermedades mentales como las que estamos señalando, se hayan convertido ya en los medicamentos de mayor consumo a nivel mundial, especialmente en los países capitalistas supuestamente desarrollados, y de manera más que preocupante en aquellos países antaño conocidos como «en vías de desarrollo», sometidos por décadas a las políticas y los designios marcados por el FMI y el BM. En España, por ejemplo, aún cuando este tipo de fármacos no sea el de mayor consumo en el conjunto del Estado (sí en algunas comunidades como Galicia o Asturias), es bastante significativo, en relación al razonamiento que venimos desarrollando, que se haya producido un aumento más que considerable del consumo de este tipo de fármacos desde que la actual crisis económica se hiciese patente.
III
La cuestión central que se plantea aquí, por raro que pueda parecer a primera vista, no es entonces un mero asunto monetario o económico, sino más bien una cuestión de sentido de la vida, una problemática existencial que afecta a la vida de los sujetos y acaba repercutiendo en sus expectativas de cara a una supervivencia útil y satisfactoria. Si, volviendo con el tema de las enfermedades psicológicas, analizamos los datos de los hombres y mujeres que se ven afectados por algún tipo de patología de la psique en nuestras sociedades, y cuales suelen ser las principales enfermedades que les afectan[2] (depresión, stress, ansiedad, etc.), no es demasiado arriesgado concluir que el principal problema existencial que afecta hoy a nuestros conciudadanos (en el mundo capitalista) es una cuestión de sentido, es decir, un problema no del ámbito de lo material, sino en el ámbito de la existencia cotidiana, de la auto-realización personal, y del cumplimiento con las expectativas fijadas por la sociedad, tanto en el plano laboral, como en el personal. La presión a que la sociedad capitalista somete a sus ciudadanos a través de una serie de exigencias relacionadas con una vida de éxito, los valores estéticos o la realización de las metas sociales y familiares prefijadas, es una carga excesivamente dura de aguantar para millones de ciudadanos que, además, al haber sido incorporadas estas exigencias como una norma de sentido para sus vidas, no tienen otra alternativa existencial a mano a partir de la cual poder mirar hacia adelante, pues tal camino es presentado por el proceso de socialización general como el único viable para alcanzar, dentro de la sociedad capitalista, una existencia que cuente con la aprobación y el reconocimiento generalizado de nuestros conciudadanos. Si, por ha o por b, no eres apto para el sistema, el sistema no sólo te golpea hasta derribarte, sino que, una vez que estás en el suelo, te pisa hasta rematarte, mediante la propia acción social del entorno en el que nos vemos envueltos.
La solución a tales males que asolan la salud general de nuestra sociedad, por ende, pasa irremediablemente por una reestructuración de las propias relaciones sociales y morales en la que se ven inmersas los ciudadanos, por un replanteamiento de aquellas estructuras psico-sociológicas, vinculadas con el modelo ideal de individuo que se vende como exitoso dentro del proceso socializador general, que actualmente andan causando tanto daño en tantas personas. Pero la cuestión que se nos plantea ahora, por la cual debemos iniciar el camino hacia una curación definitiva del enfermo, es saber si, para llevar a cabo tal proceso curativo, podemos encontrar en la actual sociedad consumista-capitalista un aliado o, por el contrario, tenemos en ella misma nuestro principal enemigo. Dicho de otro modo, lo importante ahora es saber si es posible llevar a cabo una reformulación de los valores individuales imperantes (y que se venden por el sistema como el único camino posible para que cada sujeto pueda alcanzar la auto-realización personal y el reconocimiento de sus conciudadanos dentro de la sociedad) dentro del propio marco estructural capitalista o, por el contrario, la curación sólo será posible una vez hayamos conseguido superar tal marco de actuación económica, política y social.
IV
Trataremos ahora de dar una respuesta a esta incógnita aplicando para ello el marco científico que nos proporciona el materialismo histórico marxista. Según este marco, como ya deberán saber ustedes, las ideas de los hombres están estrechamente ligadas a las condiciones materiales de cada ser humano, especialmente al trabajo que realiza el hombre dentro de la sociedad y al lugar que ocupa dentro de la misma. La primera idea que cabe destacar, por tanto, es aquella que nos dice que la estructura económica es la base real de la sociedad, el fundamento material básico en torno al cual giran el resto de estructuras, materiales o ideológicas, presentes en la realidad sociológica. El sistema económico genera pues unas relaciones sociales determinadas, que respaldan al sistema que las creó. Economía y sociedad están profundamente entrelazadas. De la infraestructura económica nace y se desarrolla la superestructura ideológica (conjunto de productos, costumbres y representaciones culturales que actúan en el ámbito de una determinada sociedad). La superestructura depende pues de las condiciones económicas en las que vive cada sociedad, de los medios y fuerzas productivas (infraestructura). La superestructura no tiene una historia propia, independiente, sino que está en función de los intereses de clase de los grupos (clase/s dominante/s) que la han creado. Son las clases dominantes quienes dan vida y moldean convenientemente el ámbito de la superestructura, de tal manera que ésta pueda servirles como mecanismo de legitimación del orden establecido y como medio para el control social. Por ende, los cambios en la superestructura sólo pueden venir como consecuencia de los cambios en la infraestructura. Nuestra actual sociedad consumista-capitalista, en cuya superestructura ideológica reside la causa de los problemas en el ámbito del sentido de la vida individual que venimos denunciando, no es ajena a tal dinámica científica de la historia.
V
Para entender los argumentos que se van a dar a continuación, hemos de partir obligadamente del periodo en el cual se produce la caída de las estructuras sacro-religiosas que fundamentaban, a nivel súper-estructural, la existencia de las sociedades feudales pre-modernas, a la par que un nuevo modelo de sociedad (racionalista e ilustrada) emergía de entre sus cenizas. Simultáneamente al surgimiento de esta nueva sociedad moderna ilustrada, se daba también la aparición y desarrollo del sistema capitalista, hasta tal punto que podría afirmarse que el sistema capitalista se identifica, en su vigencia histórica, con la aparición y desarrollo de la sociedad moderna. El capitalismo produce sus primeros cambios en el ámbito político y económico, pero rápidamente se extenderían también, como no podía ser de otra manera, al plano ideológico. Así, a la vez que se producían cambios en la estructura económica de la sociedad, en las nuevas sociedades modernas se generan también ideas, representaciones y valores diferentes de los que prevalecían en las sociedades feudales y pre-capitalistas que constituyen el fondo de la ideología de una nueva clase moderna y dominante: la Burguesía. Esta ideología burguesa, que evidentemente es la base de la superestructura consumista-capitalista que acabará por imponerse como hegemónica en la actualidad, responde tanto a la necesidad de un desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo, como a la necesidad más amplia que ésta nueva clase emergente tiene de maximizar los beneficios de su actividad como nueva clase dominante, desde el ámbito de los aspectos meramente económicos, a los aspectos sociales y políticos de relaciones de poder y la necesaria alienación de las masas, es decir, la necesidad de desarrollar el naciente capitalismo y extenderlo a todos los ámbitos de la vida social y cultural.
El capitalismo, como bien se sabe, es un régimen económico fundado en el predominio del capital. Como tal, es un sistema basado en el predominio de la iniciativa privada en la organización económica de la sociedad. Es un sistema además donde, según la perspectiva marxista clásica, los medios de producción son propiedad de cierto sector de la sociedad: los capitalistas; mientras el resto de los miembros de la sociedad (la gran mayoría), no posee sus propios medios de producción, y todo lo más trabajan como asalariados y utilizan los medios de producción de los capitalistas, a los cuales alquilan su fuerza de trabajo a cambio de un salario. De esta manera, para la maximización de sus beneficios de clase, las clases dirigentes necesitan tanto de la evolución tecnológica del sistema socio-económico (para producir y dar salida al mercado a una cantidad cada vez más elevada de productos , lo cual genera una cantidad cada vez más elevada de beneficios para la clase capitalistas), como de la elaboración de un patrón de comportamiento individual entre los miembros de las clases dominadas para asegurarse de que éstos, por un lado, contribuyan a través del alquiler de su fuerza de trabajo y el posterior consumo de los productos generados al correcto y eficiente devenir de los flujos de renta en el sistema y, por otro lado, para que acepten su situación de trabajadores desposeídos, sin pensar en revelarse frente a la injusta situación en la que se encuentran como excluidos de la propiedad de los medios de producción (y a los cuales ayudan más que ningún otro factor a funcionar eficientemente mediante su trabajo y su consumo).
Siguiendo a Marx, la ley económica cardinal del capitalismo, su hierra motriz y su principal estimulo radican en la producción y en la apropiación de la plusvalía, que tiene como fuente la parte del trabajo no retribuido a los obreros asalariados que cae en manos de las clases poseedoras de los medios de producción. La plusvalía representa, por tanto, el modo esencial de explotación capitalista. “Al organizar la producción, el capitalista desembolsa una determinada suma de dinero para adquirir medios de producción y para comprar fuerza de trabajo sin perseguir más que un objetivo: obtener un excedente de valor sobre la cantidad de dinero inicial anticipada por él, es decir: obtener plusvalía. La plusvalía no puede ser resultado de un cambio no equivalente, dado que la compra y venta de mercancías se efectúa sobre la base de la ley del valor. Tampoco pueden ser fuente de plusvalía los medios de producción (capital constante), dado que no crean nuevo valor, sino que tan sólo transfieren el suyo al nuevo producto creado. En cambio, la particularidad específica de la mercancía fuerza de trabajo estriba en que posee la facultad de crear un nuevo valor en el proceso de su consumo, es decir, en el proceso del trabajo, con la particularidad de que dicho nuevo valor es mayor que el de la propia fuerza de trabajo. El capitalista logra estos fines obligando al obrero a trabajar más allá del tiempo necesario para reproducir el valor de su faena de trabajo”[3]. Esta ley, que Marx presenta como auténticamente científica, rige en todo momento las relaciones económicas entre las clases explotadas y las clases explotadoras dentro del capitalismo, siendo la base del continuo incremento de riqueza para los intereses de las clases dominantes y el factor principal donde reside la explotación puramente económica de las clases dominadas.
Como no podía ser de otra manera, la necesidad de un camuflaje ideológico de los efectos puramente explotadores de esta ley se convirtió para las clases burguesas dominantes en un elemento clave durante el proceso de construcción social de una superestructura hegemónica consumista-capitalista. Legitimar y justificar que una parte de la riqueza producida por el trabajo del obrero asalariado no acababa finalmente en sus manos, sino en las de los poseedores de los medios de producción, se convierte para las clases dominantes en una necesidad, pues de lo contrario, de conocer y comprender el trabajador asalariado esta ley del capitalismo en toda su extensión, el individuo de las clases dominadas exigiría que se le diera lo que por derecho es suyo y le corresponde, pues es él, y sólo él, quien lo genera con la aplicación de su fuerza de trabajo. Para ello, para camuflar los efectos explotadores de esta ley, las clases dominantes hicieron (y hacen) extender la idea de que el beneficio que genera ese excedente de riqueza que cae en poder de los capitalistas, no repercute solamente en favor de los intereses de éstos, sino a favor del ciclo económico en su conjunto y, por tanto, en beneficio del global de la sociedad y cada uno de sus integrantes por separado, independientemente de que estos fuesen obreros o fuese los detentadores de la propiedad de los medios de producción. Esta relación económica entre el poseedor de los medios de producción y los trabajadores asalariados que están bajo su mando, supuestamente beneficiosa para ambos, es además perpetuada súper-estructuralmente través de la sacralización de la propiedad privada como derecho inherente al sujeto, así como de la sacralización de los modos de producción capitalistas como modelos hegemónicos del proceso productivo. Así, al entenderse la propiedad privada (y los modos de producción que le son propios) como algo que no puede ser puesto en duda, como un derecho sagrado que es inherente a toda persona, la relación económica que en tal derecho se sustenta, la apropiación de la plusvalía por parte de los capitalistas, es igualmente aceptada como legítima e indudable.
Sin embargo, muy a pesar de esto, el proceso productivo sigue siendo una actividad que tiene carácter social (es por y para el servicio de la satisfacción de las necesidades de la sociedad y cada uno de sus individuos), lo cual genera una contradicción con la posesión individual de los medios de producción, una contradicción que es considerada por el marxismo como causa potencial de procesos revolucionarios. Pero, como decimos, para combatir entre otras cosas esta contradicción que podría causarle serios problemas de ser entendida y comprendida por el trabajador asalariado, durante el proceso de construcción social de la superestructura ideológica las clases dominantes supieron convenientemente incorporar la idea liberal de un proceso productivo general que, a pesar de partir de la iniciativa individual y la propiedad privada de los medios de producción, se constituye en última instancia, a través de la competitividad y la ley de la oferta y la demanda, como un proceso de carácter social, que no sólo sirve a los intereses de los propietarios de los medios de producción en particular, sino que responde también a los intereses de la sociedad en general.
Así pues, si actualmente la gente no se cuestiona la contradicción que existe entre la posesión privada de los medios de producción y el carácter social de la producción, así como acepta sin rechistar que una parte del beneficio económico que se genera con la fuerza de su trabajo no redunde en su propio beneficio, es, simple y llanamente, porque los modos y relaciones de producción capitalistas de los cuales se derivan estos hechos, han sido absolutizados por la superestructura ideológica vigente, de tal manera que han dejado de estar sometidos a duda por parte de los individuos que crecen bajo su influjo. Simplemente estas ideas, que asumen un carácter sagrado, se aceptan como modos naturales de producción, como modelos incuestionables por ser verdaderos en sí mismos, tal cual es propuesto, a través de los medios de comunicación y el proceso educativo en general, por los detentadores del poder político y económico y, en consecuencia, generadores directos del paradigma súper-estructural vigente.
Con esto queremos decir que, a nuestro juicio, debe quedar claro que es esta consolidación y sacralización de la propiedad privada y los modos de producción capitalistas, así como la consecuente vinculación que a raíz de ello se hace de la ley de la plusvalía con el carácter supuestamente beneficioso para el global de la sociedad del conjunto del proceso productivo capitalista, la línea central que impulsó la burguesía dominante para la construcción social de la actual superestructura ideológica reinante, una superestructura donde se hacen residir también aquellos ideales puramente individuales, como modelos del éxito social a alcanzar por cada sujeto, que son los causantes de la progresiva degeneración humanista en la que nos vemos envueltos, con la consecuente crisis de sentido de la vida que ello lleva asociado para tantas personas. La estructura económica de la sociedad capitalista, fundamentada en la propiedad privada de los medios de producción, el dinero, los modos de producción capitalistas (plusvalía), la racionalización instrumental del proceso productivo, las leyes del mercado y el consumo, acaba por tener su necesario y consecuente reflejo en el ámbito de la superestructura ideológica, de tal modo que se proyecta al ciudadano la idea de un individuo consumista, egoísta, competitivo, aburguesado y guiado por un uso de la racionalidad instrumental, como modelo ideal de individuo que se ha de seguir para tener éxito social. Un modelo ideal de individuo que es, sin duda alguna, el causante de todos los males en el ámbito de sentido que venimos denunciando.
VI
Por supuesto, como decimos, siguiendo el esquema de análisis propuesto por el materialismo histórico, el ámbito material de las relaciones productivas capitalistas acaba por tener su reflejo en una superestructura ideológica hecha a medida de sus intereses, una superestructura donde el diseño de un comportamiento individual que permita el funcionamiento de la economía capitalista con la mayor eficiencia posible, se convierte en una prioridad. Pasaremos ahora a analizar cuál es modelo ideal de individuo que ha sido sacralizado por la superestructura consumista-capitalista, poniendo de manifiesto por qué ha sido precisamente éste y no otro el modelo de individuo que finalmente se ha consolidado como modelo ideal de comportamiento individual para con el global del sistema hegemónico propuesto. Pero, primero de todo, para ser honestos, hemos de decir que, a pesar de lo dicho, y en comparación con el feudalismo, como ya lo reconoce el propio Marx y toda la tradición marxista, es cierto que el modo capitalista de producción es más progresivo y eficiente que cualquier otro modo existido con anterioridad, pues ha conseguido elevar a un nivel superior el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, ha aumentado sensiblemente la productividad del trabajo social, ha llevado a cabo en proporciones inmensas la socialización del trabajo y de la producción, ha incrementado en gran medida el volumen de la producción y ha elevado su nivel técnico. Todo eso es innegable, y así fue reconocido, como decimos, por el propio Marx como un gran logro del capitalismo. Pero todo esto, lejos de lo que pudiera pensarse en primera instancia, no resultaba por sí mismo del todo beneficioso para las clases dominantes. Durante cierto tiempo, siguiendo las propias leyes del mercado, la producción cada vez más abundante de bienes de consumo no se veía correspondida por la compra que de estos bienes hacían los ciudadanos, lo cual ponía en serio riesgo la economía capitalista debido a la amenaza de aparición de una potencial sobre-producción que hiciera saltar por los aires el valor mercantil de las mercancías, si llegara realmente a darse el caso de que la oferta productiva existente no pudiera ser acaparada por las exigencias en el mercado de los consumidores. Esto fue debido a que, según nos dicen los historiadores económicos, durante los primeros siglos de vida del sistema capitalista, las clases dominantes habrían puesto toda su atención exclusivamente en el desarrollo de las fuerzas productivas, con el fin de orientar los adelantos de éstas a la mejora cuantitativa de la producción. Se pensaba que una mayor producción era garantía segura de un mayor beneficio, pero la crisis de ventas en la que se vieron inmersos algunos de los principales países capitalistas durante las últimas décadas de la primera mitad del siglo XX, obligaron a las clases dominantes a cambiar su perspectiva y, con ello, a cambiar el sentido del modelo de sociedad que se estaba construyendo y los valores que a través de ella se estaban tratando de trasladar a la población.
A partir de ese momento (años 50-60 aproximadamente) la mentalidad de los capitalistas comenzó a dar más importancia al proceso de venta de los productos generados que al propio proceso de producción en sí mismo, ya que una venta segura, y no una mayor producción por sí misma, se estaba descubriendo como el medio más efectivo para garantizar la viabilidad del negocio. El proceso de producción de los bienes suponía para el capitalista un coste que sólo podía ser convenientemente recuperado y rentabilizado mediante la garantía de un eficiente proceso de venta del producto generado. Fue éste cambio que se dio en la mentalidad de los capitalistas (que va desde otorgar la prioridad absoluta al proceso productivo en sí mismo a otorgar prioridad al proceso de venta dentro del entramado de relaciones productivas) lo que, según múltiples autores, sirvió de origen para el nacimiento de la sociedad consumista propiamente dicha, tal y como la conocemos hoy . Este cambio de tendencia en la mentalidad de los capitalistas, como no podía ser de otra manera, supuso también un cambio en el proceso de construcción del modelo súper-estructural que se estaba fraguando. Así, de la mera sacralización de la propiedad privada y los modos de producción capitalista, se giró necesariamente hacia la sacralización de la sociedad de consumo como modelo hegemónico de sociedad. Pero esto, inevitablemente, además de un cambio en la estrategia que rige el funcionamiento general de la estructura del proceso productivo, implica también la necesidad de existencia de un determinado modelo de individuo que hasta ese entonces no había sido determinante en el proceso: el individuo consumista. El individuo consumista es aquel individuo que en su actividad cotidiana no sólo compra productos sino que directamente condiciona el valor de su existencia al hecho de tener estos productos, o, dicho de otro modo, un individuo que compra compulsivamente todo aquello que le sea presentado como una novedad y que vincula directamente y de manera interna su posición y su estatus social y personal con los productos del mercado y la simbología inherente que éstos le ofrecen, según las variables culturales generalmente aceptadas. Nace así el modelo de individuo que ha llegado hasta nuestros días como flor y nata de la sociedad actual. Como no podía ser de otra manera, en el momento en que las clases dominantes se hacen conscientes de que para el desarrollo de sus intereses existe también la necesidad de consolidar socialmente este tipo de individuo, comienza igualmente un proceso de modificación del la superestructura ideológica para que ,a través de ella, se pueda asegurar que sea éste el tipo de individuo que se sitúa como referente simbólico, para que así, una vez consolidado el nuevo modelo productivo, las futuras generaciones crezcan ya desde sus primeros días interiorizando el valor social de este modelo de individuo como modelo “natural”, es decir, como el modelo que las nuevas generaciones interiorizan para que les pueda servir de referente en su comportamiento normal en sociedad, en tanto y cuanto perciben la idea de que éste y no otro es el modelo que socialmente está mejor adaptado al entorno socio-cultural en el que se desenvuelven. Se convierte así al individuo consumista en el individuo base de la sociedad capitalista, en el modelo “ideal” de individuo que se sacraliza a través de las estructuras simbólicas que fundamentan el funcionamiento de la sociedad y que son puestas al “servicio” de los ciudadanos a través del ámbito súper-estructural reinante. Tenemos ya el primer rasgo del patrón de individuo que el consumismo-capitalismo ha sacralizado como hegemónico a través de su superestructura. Pero no se detiene ahí la cosa.
Si se han fijado, acabamos de decir que la introducción de esta figura del individuo consumista supone una modificación (aunque tal vez la palabra correcta sea evolución) en el modelo ideal de individuo que se venía consolidando por parte de las clases dominantes a través de la superestructura ideológica. Y esto es así, ciertamente, puesto que previamente a la aparición de esta necesidad de plasmación simbólica de este tipo de individuo, las clases dominantes ya había moldeado la figura de un determinado patrón de individuo que se adecuaba eficiente a la satisfacción de las necesidades productivas de la sociedad capitalista pre-consumista. Unas necesidades que evidentemente estaban condicionadas por la previa existencia de la propiedad privada y las relaciones de producción capitalistas como motores de la infraestructura ideológica. Es decir, al igual que en el ámbito de la estructura económico-productiva de la sociedad la aparición de la sociedad del gran consumo supone una evolución respecto de la previa existencia de otros elementos capitalistas tales como la propiedad privada, en el ámbito del modelo ideal de individuo que debe desenvolverse para mayor eficiencia del sistema en esta sociedad sagrada, la sacralización del individuo consumista también supone una evolución respecto de otros elementos característicos del individuo capitalista a sacralizar que previamente ya habían sido incorporados a la superestructura ideológica. Pues bien, si había un rasgo que definía explícitamente a este individuo sacralizado con anterioridad a la sacralización por evolución del individuo consumista, sobresaliendo entre todos los demás rasgos característicos, ese era, sin duda, el egoísmo. Ya desde los orígenes mismos del capitalismo decía Adam Smith aquello de “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo”[4]. Se sentaban así las bases del individuo egoísta y totalmente individualista que había de implantarse como hegemónico, y que sin duda alguna rige todavía como norma en nuestra actual sociedad. Ello se debe, según nos dicen los mismos defensores del capitalismo, no a una cualidad innata de la naturaleza humana, sino a una necesidad interna del modo de producción capitalista, de cuya satisfacción depende el buen funcionamiento del sistema. En una gran sociedad, remarcan estos partidarios del liberalismo económico, en la cual supuestamente todo intento de ordenación y planificación comunitaria fracasaría de antemano, el individuo egoísta termina siendo un factor decisivo para cubrir las necesidades humanas. Un hombre egoísta buscará sacar el mayor provecho a cuanta oportunidad se le presente, especialmente a la oportunidad de hacer negocio, pero para obtener los beneficios deseados en una sociedad moderna no le quedará más remedio que satisfacer a una gran cantidad de personas, a través de bienes y servicios que las masas requieren a bajo precio y mejor calidad. Por tanto, lejos de verse como un vicio o una actitud negativa, el capitalismo busca que los hombres tengan este sentimiento egoísta, pues de tal manera, por un afán de lucro personal, serán muchos los beneficios que con este tipo de egoísmo se generarán. El sujeto egoísta en su afán de ganancia deberá satisfacer los requerimientos de sus conciudadanos, de la sociedad, y así producirá un beneficio tanto para él, como para todos los demás. Debemos entender, por tanto, guste o no, que la base del capitalismo es el egoísmo, y que sólo en una sociedad compuesta por individuos egoístas puede funcionar eficientemente el capitalismo (y no lo decimos nosotros, son sus propios defensores quienes así nos lo exponen). Consecuentemente, sabido esto, las clases dominantes de la sociedad, en su proceso de construcción social del ámbito súper-estructural, no tuvieron más remedio que sacralizar el egoísmo como uno de los valores propios del patrón ideal de sujeto que estaban buscando, bajo el supuesto de que es esta característica la que con mayor eficiencia permite desenvolverse al individuo en el mundo capitalista, tanto para su beneficio como para el de todos los demás. Volvemos así a la realidad de una sociedad donde los seres humanos que nacen en ella, ya desde sus primeros años, interiorizan la figura de un sujeto egoísta e individualista que progresa con éxito en la sociedad, viendo esto como algo natural, observándolo según se desprende de los códigos simbólicos reinantes como un modelo por el cual guiarse en sus vidas si lo que quieren es tener éxito social.
El egoísmo, además, lleva inherente una tendencia hacia la competitividad social. Nuevamente, los teóricos del capitalismo han abordado esta cuestión como una necesidad ineludible del capitalismo. Milton Friedman, por ejemplo, en su ensayo “Capitalismo y libertad” nos dice: “El capitalismo competitivo, como el sistema más favorable a la libertad económica, es por esta razón un fin en sí mismo”. Es de la competencia entre empresas e individuos de donde se genera el impulso necesario para la creación de abundante riqueza para el global de la sociedad. Así, en un puro Darwinismo social reconvertido, el hombre en la sociedad capitalista es concebido como un individuo competitivo que se mueve en un contexto donde debe primar él más fuerte, y donde sólo los mejores adaptados son capaces de crecer socialmente. Aunque, siendo realistas, hemos de decir que bien es cierto que la comparación con el prójimo es un acto subjetivo dado por igual en todas y cada una de las culturas existentes sobre la faz de la tierra, desde la más primitivas a las más desarrolladas tecnológicamente hablando. Pero esta comparación, que en otros modelos sociales tiene como objetivo garantizar el progreso de la comunidad, así como una correcta evolución del sujeto para que vaya ésta en favor del global del ente social y de cada uno de sus individuos por separado, en nuestra actual civilización occidental toma un claro tono de competición salvaje que induce al individuo a utilizar todo tipo de artimañas para alcanzar el objetivo fijado: ser de una manera u otra superior a tu vecino. La competitividad, lejos de ser sana, se ha convertido en una carrera continua por derrotar al rival, por cualquier medio y de cualquier manera, ya ni siquiera se trata de una competencia leal. Como consecuencia de esto, toda acción toma un sentido cuando puede ser mostrada al prójimo, pero carece del mismo cuando sólo tiene como objetivo la autorrealización personal. La sociedad se convierte así en un conjunto de individuos que compiten entre sí para lograr unas determinadas metas que poder mostrar después a los demás, resaltando de esta manera su supuesta valía ante los mismos. Es una competitividad insana, desaforada, de todos contra todos en un escenario de continua lucha social. Así, éste es, y lo dicen abiertamente, el tipo de sociedad que interesa a las clases dominantes, pues supuestamente sirve de motor a la economía, y éste es el tipo de individuo que, de acuerdo a ello, se sacraliza en el ámbito de la superestructura. Sin embargo, hemos de decir también que el verdadero gran logro de las clases dominantes en este terreno de la competitividad social, más allá de instalar como hegemónico este modelo de competitividad desbordada, ha sido lograr que, a pesar de las enormes diferencias entre unas clases y otras de la sociedad, el sujeto de clase obrera, o el pequeño empresario, o el marginado social, se miren entre sí con recelo y compitan furibundamente entre ellos, pero, a la hora de mirar hacia las clases dominantes, lo hagan con admiración y respeto, y no con afán de lucha. Y es que, a través de la superestructura, desde críos los individuos de las clases dominadas han visto el poder, el glamur y la elegancia[5] de las clases dominantes en las pantallas de sus televisores o en las páginas de sus diarios, habiendo deseado profundamente, como figuras de éxito social que son, poder llegar algún día donde están ellos (y hasta han creído que así sería, achacando luego su fracaso a la mala suerte o la falta de talento). De esta manera, los individuos de las clases dominadas llegan a creer que el enemigo social es aquel que pretende robarle la cartera en un metro, aquel que en su desgracia o su falta de talento ha caído aún más bajo que él, o aquel cuya pinta no le satisface y pretende ennoviarse con su hija, o aquel compañero de trabajo que recibe un ascenso, o aquel seguidor de un equipo de fútbol contrario al suyo, pero nunca ellos, las clases dominantes. Ellos, las clases dominantes, son lo que, siguiendo la ideología reinante, la gran mayorías de los miembros integrantes de las clases dominadas desearían ser en lo más profundo de su identidad personal, ellos, por tanto, son nuestros amigos, pues son como la luz que ilumina nuestro camino, son, en una palabra, la meta final a la cual aspiramos, aunque cada vez los veamos más lejanos y más difíciles de alcanzar socialmente.
Dicho esto, tenemos ya definida la instauración, a través del ámbito de la superestructura ideológica, de un tipo de individuo que satisface a la perfección las necesidades de clase de la alta burguesía dominante, pues se adecua perfectamente a la realidad social tal y como ellos mismos la han ido diseñando paulatinamente. Este individuo ideal, sacralizado como código simbólico y expuesto a la sociedad para que sea interiorizado por sus miembros a medida que se van desarrollando en su proceso de socialización, es un individuo consumista, egoísta y competitivo socialmente, pero cuya competitividad se orienta hacia la lucha fratricida con sus vecinos, amigos, compañeros de trabajo y demás sujetos de su entorno situados a un mismo nivel que él –poco más arriba o abajo en la jerarquía socioeconómica- , pero jamás hacia la lucha de clases y el combate con los integrantes de las clases dominantes y sus privilegios de clase.
Es la nuestra una sociedad, por tanto, donde lo que se sacraliza y se establece como modelo individual válido es la figura del burgués, burgués según la propia definición que de él nos da el profeta y apóstol del capitalismo Francis Fukuyama[6]: “un burgués es el ser humano consumido por su propia inmediata auto-conservación y su bienestar material, interesado por la comunidad que lo rodea sólo en la medida en que fomenta su bien personal o es un medio para contribuir a él”. Por ello, es la nuestra una sociedad donde podemos hablar de un paulatino aburguesamiento de las clases trabajadoras. Por aburguesamiento, debemos decir que entendemos la identificación cada vez mayor que los miembros de las clases explotadas tienen con el modo de vida burgués, aun cuando las relaciones de explotación, vía plusvalía, sigan estando intactas. Mediante este aburguesamiento las clases dominadas se reconocen a sí mismas como formando parte del sistema burgués y se perciben como disfrutando de las comodidades y los privilegios propios de la clase burguesa. Consideramos que han sido dos factores claves (uno económico y otro socio-ideológico) los que, en relación con las modificaciones introducidas al proyecto original arriba expuestas, con mayor precisión y eficiencia han determinado finalmente la consolidación y estabilización de esta tendencia creciente hacia el aburguesamiento general de las clases dominadas. Por un lado, estaría el desarrollo de las comodidades en el modo de vida de las clases dominadas, y, por otro, el respeto a la lucha de los individuos en pos de determinar el grado de libertad con el que se quieren desenvolver en sus vidas (esto, claro está, no significa que los individuos gocen de una verdadera libertad, pero sí que, al menos, tienen la sensación de poder luchar en pos de su reconocimiento como seres libres). El primer punto sería consecuencia de las modificaciones introducidas mediante la consolidación del “estado del bienestar”, mientras que el segundo punto sería consecuencia de la percepción que se desarrolló tras comprobarse que algunas de las ideas morales propuestas por los movimientos contraculturales de los años 60 pudieron finalmente incorporarse al nuevo modo de vida propio de las sociedades consumistas-capitalistas. Así, la fabricación masiva de todo tipo de productos que facilitan la vida del sujeto en sus ámbitos más privados (desde las relaciones familiares, a las tareas domésticas, pasando por las actividades socio-culturales más frecuentes), sumado al desarrollo de los sistemas de garantía social, ha conseguido sumir a la población en una falsa sensación de lujo burgués, aunque en la práctica las clases dominadas sigan vendiendo su fuerza de trabajo para poder pagar la satisfacción de tales comodidades, y sigan siendo presos de sus hipotecas, sus deudas y, sobre todo, del interminable ciclo del consumo. Es lo que podíamos denominar “el triunfo del tener frente al ser”, o, en palabras de Erich Fromm[7], “consumir es una forma de tener, y quizás la más importante en las actuales sociedades industriales ricas. Consumir tiene cualidades ambiguas: alivia la angustia, porque lo que tiene el individuo no se lo pueden quitar; pero también requiere consumir más, porque el consumo previo pronto pierde su carácter satisfactorio. Los consumidores modernos pueden identificarse con la fórmula siguiente: yo soy = lo que tengo y lo que consumo”. Así, si la percepción general es que se tienen y se consumen una serie de productos que antaño eran de disfrute exclusivo de las clases más privilegiadas de la sociedad, esto quiere decir que en última instancia no existen diferencias entre unas clases y otras, pues ambas clases, dominantes y dominadas, tienen la capacidad potencial de disfrutar de los mismos lujos y comodidades, aunque como digamos las relaciones de explotación entre unas clases y otras sigan estando plenamente vigentes. En cuanto al segundo de los factores indicados (relacionado con una aparente sensación de libertad), el desarrollo de textos legislativos cada vez más respetuosos con los derechos y libertades de los ciudadanos, así como la transformación que han sufrido estructuras sociales básicas como la familia o aspectos de las vidas privadas de las personas antaño dominados por la restrictiva moralidad católica (caso de la sexualidad o el amor), han conducido a la aparición de una aparente sensación de libertad nunca antes vista en sociedad religiosa alguna, y que viene a satisfacer las históricas demandas de reconocimiento de buena parte de la población, así como a generar la idea de que es realmente posible defender todo deseo de cambio moral, cultural o político bajo el amparo del capitalismo liberal, aunque la realidad sea bien diferente tanto desde el punto de vista político, como desde el punto de vista psicológico (donde existe toda una manipulación inconsciente de la persona que nos debe llevar a hablar que la libertad consumista-capitalista es sólo una ilusión).
Existe, por último, otro rasgo que se ha consolidado a través de la superestructura ideológica consumista-capitalista como un elemento clave en el modo de actuar de los individuos dentro del ámbito de la sociedad consumista-capitalista: el uso de la racionalidad instrumental como motor para la acción del sujeto. Un individuo movido por un uso instrumental de la racionalidad, con mentalidad absolutamente práctica, que busca en todos los ámbitos racionales de su vida una adecuación óptima de los fines buscados a los medios disponibles, sean cuales sean estos medios, y tengan las potencialidades que tengan para alcanzar dichos fines. El hombre se concibe a sí mismo como un medio para un fin (el éxito social, la satisfacción de los valores propuestos por el sistema), e igualmente hace con la inmensa mayoría de cosas que tiene al alcance de su mano. Así, el que no sea racional de acuerdo al sistema, el que no se mueva en su vida cotidiana bajo el uso de este modelo de racionalidad instrumental, se le declara automáticamente como «irracional», porque la razón ya no es inteligencia o búsqueda de emancipación, la razón es, sin más, la lógica social con la que el hombre vive dentro del sistema, y gracias a la cual, supuestamente, sobrevive.
Estos son, por tanto, a grades rasgos, los valores individuales que han sido sacralizados en la actual sociedad consumista-capitalista a través de la superestructura ideológica: Un individuo consumista, egoísta, competitivo socialmente, aburguesado y que hace uso de la racionalidad instrumental como guía para la acción, es decir, resumiendo, un individuo que busca el éxito social a toda costa, pues tal éxito es percibido por él mismo como único camino posible para la auto-realización personal y la aceptación general entre sus conciudadanos.
VII
Pero, como decimos, este modelo ideal de individuo ha sido sacralizado por ser, precisamente, el modelo de individuo que más y mejor se adecua a las características propias de la estructura económica que rige la sociedad consumista-capitalista, de tal manera que permite garantizar la eficiencia productiva, así como la maximización de los beneficios para las clases dominantes. Es un individuo, por tanto, que emana de la necesidad de eficiencia productiva que reside en la base misma de la infraestructura económica de la sociedad, y que, a partir de ahí, es aupado por las clases dominantes hasta la esfera de la superestructura ideológica, como medio para que a través de ella se pueda condicionar el devenir de las nuevas generaciones y poner a los individuos de éstas, ya desde el mismo momento de su nacimiento y a través de todo el proceso general de socialización, al servicio de sus intereses.
El individuo consumista sólo puede ser concebido racionalmente dentro de un modelo de sociedad sustentada en el consumo como fuerza motriz de su desarrollo económico. El individuo egoísta, por su parte, sólo puede ser entendido racionalmente dentro de un modelo de sociedad donde se hayan sacralizado previamente las leyes del mercado, así como el respeto a los derechos de propiedad privada, los medios de producción capitalistas y el resto de relaciones sociales imperantes en el ámbito de la productividad liberal. El individuo competitivo sólo puede ser válido racionalmente en un marco mayor de relaciones de competitividad entre los diferentes agentes económicos de la sociedad, principalmente las empresas privadas de todo tipo. Finalmente, el individuo que hace uso de manera exclusiva de la racionalidad instrumental como mecanismo de guía para la acción práctica, sólo puede ser entendido en una sociedad donde la razón es reconvertida en un mero armazón del proceso económico, para acabar siendo transformada en mera razón instrumental. La racionalización capitalista, como apunta Weber, es “el uso absoluto de la razón para la organización de la vida y las actividades buscando lograr una mayor eficiencia y rendimiento en un fin determinado (lucro)”.
El capitalismo-consumismo se fundamenta, por tanto, en toda una concepción burguesa del funcionamiento de la economía y la sociedad, una concepción que parte del tratamiento racional y científico de la actividad económica en todos sus parámetros, desde la planificación estratégica de las actividades, hasta el proceso de venta del producto y la reinversión del beneficio por ello generado, pasando, claro está, por el proceso productivo en sí mismo. Una concepción donde, en consecuencia, sólo el individuo aburguesado puede tener cabida en su búsqueda del éxito social.
Pero, paradójicamente, el éxito social, tal y como es planteado por el ideal consumista-capitalista, no está al alcance de todas las personas, más aun, por puro interés en la proyección económica de la sociedad, está reservado tan sólo para unos pocos privilegiados. El éxito social sería así el premio a recibir por aquel individuo que, siguiendo fielmente el ideal consumista-capitalista, esté mejor capacitado que la mayoría de sus conciudadanos para alcanzar las metas que se proponga. No todo el mundo puede ser rico, poderoso, guapo, respetado y temido a su paso por la comunidad social en la que se ve envuelto, miembro de las clases altas de la sociedad, y capaz de acaparar para sí los productos más exitosos del mercado, tal y como el ideal del éxito capitalista proyecta sobre la mente de sus ciudadanos ya desde la niñez (y que usualmente los niños ejemplifican en la figura de sus deportistas, cantantes o actores favoritos, amén de los miembros más conocidos de los sectores más pudientes de la sociedad –nobleza, banca, gran empresariado, etc.-). A raíz de aquí, los juicios de valor se empiezan a hacer presentes en la mentalidad del sujeto, según la posición que ocupe cada cual en el orden social, y en relación a la comparativa que se establece con los demás elementos singulares y globales de tal orden. Según cada persona se adecúe más o menos a la idea que él mismo ha desarrollado, previa interiorización de los contenidos simbólicos reinantes a su alrededor, del éxito social, se sentirá más o menos realizado con lo que es y lo que tiene como persona, y a medida que se detecte que lo que uno es y tiene dicta mucho de aquello que él cree que la sociedad presupone como exitoso, bien se sentirá fracasado por no ser capaz de dar la talla en aquello que supuestamente la sociedad espera de él como potencial sujeto capaz de tener éxito social, bien se agarrará aun con mayores fuerzas a los valores egoístas, individualistas, consumistas, competitivos y de uso práctico de la racionalidad instrumental, que se suponen son el método más efectivo para alcanzar el éxito buscado. Y a medida que esto tampoco dé el resultado esperado, mayor será el riesgo de caer igualmente en esos sentimientos de frustración vital tan propios de nuestros días. La sensación de mediocridad y el sometimiento serán entonces la tónica general de tales existencias.
VIII
Es por ello, que toda solución al problema de la enfermedad inherente a nuestra sociedad ha de pasar, irremediablemente, por una revisión profunda del sistema económico vigente (que llevaría igualmente asociado un replanteamiento de las pautas sociales imperantes), ya que resulta del todo incompatible una sociedad donde lo que prime sea la necesidad del egoísmo, el consumismo, y la competitividad social por encima de todo valor común, con una sociedad donde los individuos puedan verse libres de presiones existenciales auto-impuestas, y donde la búsqueda de sentido se encamine hacia el fomento de valores humanistas como la solidaridad, el altruismo, la cooperación desinteresada, etc., tan necesarios para llevar una vida plena y en paz con el común de la humanidad y con uno mismo. Se hace urgente, por tanto, la superación del capitalismo y el advenimiento del socialismo. Una vuelta a los modos de producción y los valores que, ya por ejemplo, regían en buena parte de las comunidades que Marx identificó como exponentes del “comunismo primitivo”, y que Darwin justificó como una necesidad en el proceso de evolución de las comunidades humanas en su lucha por la supervivencia. Según Darwin[8] la selección natural no solamente selecciona las variaciones orgánicas que presentan ventajas adaptativas frente a un determinado entorno natural, sino también los instintos. Entre esos instintos ventajosos, fueron retenidos y especialmente desarrollados, por su validez adaptativa, los que Darwin vino a llamar “instintos sociales”, como quedaría probado, según nos dice el autor, por el triunfo universal que en el seno de la humanidad se ha dado del modo de vida social, así como la tendencia hegemonía a la creación y desarrollo de “pueblos civilizados». Ahora bien, en el estado de «civilización» se asiste a una inversión cada vez más acentuada de las conductas individuales y sociales con respecto a lo que sería la prosecución pura y simple del funcionamiento selectivo anterior (y que usualmente actúa de manera generalizada en el ámbito de la relación entre especies y variaciones dentro de la naturaleza): con la civilización aparece -en lugar de la eliminación de los menos aptos propia de la selección natural- el deber de asistencia que pone en marcha múltiples mecanismos de auxilio y rehabilitación entre los miembros de una misma comunidad poblacional. El proceso socializador del hombre sería así, nos dice Darwin, el resultante complejo del crecimiento de la racionalidad, del dominio creciente del sentimiento de «simpatía» y de diversas formas morales e institucionales de altruismo, originándose de esta manera en el funcionamiento interno de las comunidades humanas, y de manera paradójica con el resto de elementos existentes en el mundo natural, una ética anti-selectiva (en el sentido en que se entiende el proceso selectivo en “el origen de las especies”) traducida en principios, reglas de conducta y leyes. Las “leyes” de la selección comunitaria (selección de unas comunidades frente a otras), y no las de la selección natural propiamente dicha, explicarían, por tanto, la aparición de los “instintos sociales”. Esto es así, puesto que, siempre según Darwin, las comunidades donde existieran lazos de cohesión social tendrían ventaja en su lucha por la supervivencia frente a aquellas otras que carecieran de ellas. Es decir, aquellas comunidades donde existiese un cuerpo simbólico que sirviese para cohesionar a la comunidad en torno a valores de apoyo mutuo, cooperación, división del trabajo y solidaridad, tendrían ventaja a la hora de competir por los recursos existentes en un determinado territorio frente a aquellas otras comunidades que no presentasen estos rasgos. “No puede caber duda alguna de que una tribu en que haya muchos miembros que, por poseer en alto grado el espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, valentía y simpatía, estuviese siempre dispuesta a proporcionar ayuda a cada uno de los demás y a sacrificarse por el bien común, resultaría victoriosa sobre las otras tribus; y esto sería la selección natural aplicada al ámbito de las primeras comunidades humanas” (Ch. Darwin, Obra citada). De esta manera, en este marco de lucha por la supervivencia, resultaría que las diferentes comunidades humanas se vieron inclinadas a ir desarrollando paulatinamente este tipo de códigos simbólicos que cohesionasen al global de la comunidad, y, con ello, empujadas hacia el desarrollo de una serie de sistemas socio-económicos que, sin duda alguna, podemos identificar con el “comunismo primitivo” de Marx. Queramos ahora pues superar los valores consumistas, egoístas, competitivos y eminentemente prácticos que se encierran tras la estructura económica consumista-capitalista, para volver a aquellos otros valores que realmente nos hicieron avanzar como especie.
IX
Pero el sistema, consciente de su daño y sabedor de que estos hechos pueden volverse en cualquier momento contra él, sabe defenderse bien de los instintos revolucionarios que pudiera brotar entre los afectados por su inhumanidad, utilizando para ello el plano de lo psicológico.

Por ejemplo, una pauta muy común en la educación social de nuestros días, se basa en hacer confundir en el individuo las expectativas de la sociedad capitalista con las suyas propias. Es decir, se enseña al ciudadano a creer que las expectativas del sistema como totalidad son equivalentes a las expectativas de cada uno de sus integrantes por separado. Así, lo que en esencia es un problema de rentabilidad, de crecimiento económico y de productividad eficiente de riqueza para el sistema, es convertido en el individuo, a través de un sutil proceso de sometimiento y alienación psicológica, condicionado, como no, por los valores establecidos como sagrados en el ámbito de la superestructura, en un problema de ámbito personal, que cuando no cumple con las expectativas marcadas toma otras caras que nada tienen que ver con la macro economía, tales como la depresión, el aumento de la agresividad o la desconfianza e inseguridad en la valía propia, que venimos denunciando desde el principio como síntomas evidentes de lo enferma que está nuestra actual sociedad. Es decir, el sistema económico capitalista, dentro de su modelo conductista de Darwinismo social, promete premiar con una vida de éxito a quien produzca eficientemente para el sistema a través del seguimiento y realización de sus valores egoístas y competitivos (es decir, a través del sometimiento y la sumisión), haciendo ver, además, que castiga con toda una serie de problemas psicológicos, sociales y existenciales a quienes, por los motivos que sean, bien no consiguen ser felices con la simple acomodación a los valores dados, o, simplemente, no tienen las condiciones físicas o psicológicas necesarias para poder reproducirlos eficientemente.

De esta manera, si el sistema falla (como de hecho lo hace) a la hora de conseguir que todos sus miembros se sientan respetados y útiles dentro de la sociedad, el individuo, en lugar de culpar por ello a los valores establecidos (que dictaminan unas exigencias demasiado elevadas e incluso fuera del alcance del sujeto concreto), se auto-culpabiliza a sí mismo de estos errores, se resigna ante su incapacidad para estar a la «altura de las circunstancias». En realidad, si sometemos la mayoría de nuestras preocupaciones vitales a un análisis frío y sosegado, nos daremos cuenta que es el sistema de valores sociales el que falla (y con ello la sociedad misma), incapacitado para elaborar una norma social donde integrar, sin exclusión, todas las demandas de identidad y reconocimiento. Sin embargo, el individuo lo percibe de tal manera, que lo que en origen es un problema de pautas sociales, de una concepción errónea de la sociedad, se acaba convirtiendo en un problema de ámbito personal y psicológico, que genera auténticas crisis de sentido en los individuos, manifestadas posteriormente en actitudes de auto-rechazo y de sometimiento absoluto a los valores imperantes, aun cuando son, precisamente, dichos valores quienes generan el conflicto interno. Por ejemplo, si un determinado ideal de belleza es rentable económicamente para el sistema, poco importa si ello degenera en toda una serie de trastornos psicológicos, a los que se ven abocados de manera inconsciente centenares de miles de jóvenes que pretenden alcanzar tal modelo de belleza, que ellos interpretan como asociado al éxito que se predica como fuente de la felicidad, pero cuyos físicos no se ajustan a esa norma, o, lo que viene a ser lo mismo, ven su físico como un fracaso en el camino hacia el éxito (desde esa visión instrumental de ajustar los medios –el cuerpo y su belleza- a los fines –el éxito social-). Pero todo esto es secundario para el sistema. Lo que importa es que tanto la publicidad, como todos lo negocios que funcionan a base de este ideal estético, sigan produciendo beneficios cada día. Lo que para las empresas y el sistema es una cuestión de rentabilidad económica, para estos sujetos en una cuestión existencial que desean satisfacer a toda costa, incluso a costa de su propia vida. Eso sí, una vez se pasa de lo económico a lo subjetivo en la psique del sujeto, el individuo que sufra la enfermad psicológica (por ejemplo, la anorexia), en su declive no culpará al sistema por ser demasiado exigente en sus pretensiones y establecer modelos casi irrealizables para el común de la gente (lo cual, dicho sea de paso, tal vez pudiera ser el principio del fin de la enfermedad), el individuo, que tiene tan asumidos como propios los valores del sistema, se culpará a sí mismo por no ser capaz de realizar ese ideal.

De esta manera, mediante este proceso de identificación de los valores de la sociedad capitalista (vinculados con las necesidades productivas de la infraestructura económica) con los valores personales de sus individuos, el sistema mata dos pájaros de un tiro. En primer lugar mantiene sumiso y alienado a una mayoría de individuos que hacen de las exigencias propias de la sociedad competitiva un camino de vida. En segundo lugar, se garantiza que los ciudadanos incapaces de «dar la talla», al tener asumidos interiormente lo valores del sistema hasta el punto de identificar las exigencias de éste con las exigencias propias, vuelquen su frustración contra ellos mismos, o, todo caso, contra otro sector de la población (generalmente contra los más débiles), pero nunca contra el causante principal de la situación, es decir, el propio sistema. Consecuentemente, de lo que pudiera ser un foco de ciudadanos desencantados y afectados por esta errónea normativa social, y por ello dispuestos a revelarse contra el origen de sus males, se pasa a una sociedad sometida y alienada, presa de unos valores denigrantes para el desarrollo de las personas en cuanto tales, y donde, paradójicamente, a mayor grado de marginación, menos ganas de sublevarse.
X
A raíz de lo dicho, mi opinión es que actualmente, en las sociedades occidentales, las bases sociales de la revolución, sus condiciones objetivas, se encuentran por igual en el ámbito material de la infraestructura económica y el ámbito ideológico de la superestructura. Es decir, ya no sólo serían los proletarios y su papel central en la historia en cuanto tales (en cuanto sujeto desposeídos de los medios de producción y explotados por la burguesía), sino que, además, se abre una gran brecha para el sistema en el papel que muchos de sus ciudadanos y ciudadanas (usualmente proletarios) juegan como seres humanos desencantados, asqueados, marginados y humillados por el sistema en lo personal. Al igual que cada sujeto explotado por la cadena productiva es un potencial sujeto revolucionario, también cada sujeto incapaz de auto-realizarse es un potencial revolucionario si se le sabe hacer ver correctamente de donde proviene el origen de sus males, que no es otro que el propio sistema capitalista y su concepción económica y economicista de la sociedad. Por eso, considero que, tal vez, los nuevos teóricos de la izquierda revolucionaria deberían dar una mayor importancia de la que actualmente parecen otorgarle a este hecho, y dedicar un mayor tiempo de estudio a este fenómeno que emana de la realidad, puesto que considero que esto en un futuro a medio plazo puede ser la llave para la creación de consciencia social entre las masas, y con ello para iniciar un nuevo proceso revolucionario en los pueblos europeos, tan dóciles y sumisos al capitalismo hoy en día.
En cualquier caso, hoy como ayer, la idea es convencer a las masas de que si queremos ser realmente felices algún día como especie, que si queremos vivir en una sociedad lo más plena posible, que si queremos habitar un mundo donde los niños rían y los adultos no sean esclavos de su trabajo, solo hay una cosa segura: ¡debemos acabar con el capitalismo! En esto el mensaje de la izquierda no ha variado. Pero si al mensaje tradicional le sumamos la afirmación de que con el capitalismo caerán también sus aberrantes valores de Darwinismo social, su inhumana sociedad consumista-capitalista que tanto daño está haciendo en lo material y en lo espiritual, es probable que sea un mensaje más llamativo y acorde a las necesidades revolucionarias de la actualidad. En cualquier caso, lo fundamental es que, sea cual sea el sistema que nazca de la revolución, y se rija por las normas que se rija, no se parezca en nada al capitalismo en la relación que dentro de éste se mantiene entre el individuo y la creación de riqueza, que en primera instancia, al igual que en el caso de la explotación y la plusvalía, es la relación causante de todo lo anteriormente expuesto. Y ese sistema no puede ser otro que el socialismo.
http://www.pedrohonrubia.com

Notas:
________________________________________
[1] Del Barrio, V. (2001) Avances en depresión infantil y juvenil. Información psicológica.
[2] http://globalatlas.who.int/globalatlas/default.asp
[3] O. S Borisov, V. A Zhamin y M. F. Makárova. “plusvalía” en Diccionario de Economía Política. Akal, Madrid, 1975.
[4] A. Smith. La riqueza de las naciones. Alianza. Madrid. 2001
[5] Nótese el uso que se le da habitualmente a la palabra elegancia en los medios de comunicación de masas. Una casa elegante, un barrio elegante, un traje elegante, responden siempre a un nivel de casa, de barrio o de vestimenta asociado a las clases pudientes de la sociedad. Una casa de un obrero cualquiera, un barrio de la periferia obrera o un traje de uso común, jamás podrán tener posibilidad alguna de ser etiquetados con este calificativo.
[6] F. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Editorial Planeta, 1992, Barcelona, pag. 229.
[7] Erich Fromm. ¿Tener o ser?, FCE, México, 1998.
[8] Ch. Darwin. El origen del hombre. EDAF. Madrid. 1989.

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