La Izquierda y la «cultura de la derrota» (I, II y III)

Por: Sergio Galvez
Fuente: http://www.kaosenlared.net

NOSOTROS LOS COMUNISTAS (I)
04.03.09)

«No creo que la genética condicione la capacidad de sacrificio y de fuerza moral con la que los humanos respondemos a los desafíos históricos. Son esos desafíos los que nos construyen la musculatura para sobrevivirlos y darles una sanción que nos parezca positiva».

Quien reflexionaba de esta manera era Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo a las Memorias del recién fallecido Miguel Núñez –La revolución y el deseo–. Consideraba Vázquez Montalbán que quienes le precedieron fueron una “generación privilegiada”, y concluía como “[c]ada promoción construye su musculatura épica según la magnitud del desafío…”. El desafío no era otro que lo que el escritor definía como la razón democrática. Un fin en sí mismo lo suficientemente poderoso para explicar cómo dos generaciones de comunistas lo dieron todo, incluso la vida cuando fue necesario. De hecho, el sentimiento y el orgullo de ser parte de un nosotros fue determinante para estas dos generaciones como recordaba una vez más el autor de Nosotros los comunistas.

Visto con la perspectiva que da el tiempo, y los acontecimientos que nos ha tocado vivir, ahora es la nueva generación de militantes quien observa con una mezcla de sana envidia y peligrosa nostalgia a aquellas dos generaciones. Eso sí, con la diferencia de que difícilmente pueden considerarse privilegiados a quienes les tocó sobrevivir tras la derrota de la guerra civil, y encima pusieron todo su empeño en reconstruir la resistencia. En todo caso, hay una diferencia sustancial, de aquellas que marcan el significado histórico y el peso a jugar por una generación: mientras las dos anteriores generaciones tenían un enemigo claramente identificado y conquistaron la libertad como una victoria propia, la actual no ha conocido más que derrotas por más que se quiera ser optimista. Ni siquiera tiene un fin en sí mismo tan evidente como la anterior generación. Aunque para los primeros el simple hecho de conquistar la libertad se quedó corto en su marco de aspiraciones, lo cierto es que se ganaron el derecho a ser protagonistas de un cambio histórico y social. Un protagonismo impensable para las nuevas promociones de militantes, quienes incluso carecen las más de las veces de la posibilidad de identificarse con un nosotros.

La cultura de la derrota en la que se encuentra instalada la izquierda comunista es de tal profundidad y dimensión que incluso se muestra incapaz de repensar su proyecto más allá de la realidad que el sistema impone. La utopía en su plena definición y como seña de identidad de la izquierda se encuentra en vías de extinción. El resultado más directo de esta derrota, aunque pocas veces sea puesto de manifiesto, es la pérdida de una solidaridad de clase, que fue origen y factor de los éxitos de las generaciones que nos precedieron. Solidaridad de clase, donde sus dos términos resultan extraños y lejanos para una generación que ha naturalizado la “cultura de la precariedad” como un rasgo propio de su condición. Precisamente, la trayectoria de esta nueva generación de la clase obrera es el ejemplo más visible de la derrota sufrida por el movimiento obrero en el cambio de correlación de las fuerzas capital-trabajo, desde los años ochenta en adelante.

Señalaba ya en 1981 el historiador marxista Eric Hobsbawm que “[n]o lleva a ninguna parte simplemente lamentarse por esta pérdida de conciencia de clase (aunque yo, como viejo marxista, siga lamentándome) ni tampoco retirarse a una de las pocas reservas naturales que quedan para que pueda seguir observando al viejo proletario bueno”. Situación ésta que enlaza con un acontecimiento histórico al que una izquierda incapaz no le prestado la atención que requiere: “que la marcha hacia adelante de los trabajadores y del movimiento obrero, que Marx predijo, parece haberse detenido en este siglo desde hace unos veinticinco o treinta años”. En fin, no por obvio debe dejar de decirse: la izquierda no sólo se encuentra desorientada sino es que ha dejado de ser una alternativa real y posible. O dicho con palabras más gruesas: los trabajadores no nos identifican como su referencia ni tienen necesidad de que así sea. Nos considerábamos imprescindibles, pero ¿somos prescindibles? El tiempo histórico de la izquierda ha transmutado desde hace más de tres décadas sin que haya signos optimistas de cambio.

Sumida la izquierda comunista anticapitalista en una derrota histórica con claros tintes generacionales y amplias ramificaciones sociales y culturales, el legado de luchas y conquistas acumulado por las generaciones que nos antecedieron se ha difuminado. Y se han perdido por la simple razón de que aquellas enseñanzas y métodos de lucha acumulados durante años, no nos eran útiles para la nueva generación de militantes. Lo grave del asunto es que en ese pack –ya apenas recuperable–, también iba incluido un legado difícilmente calculable en términos históricos pero de un valor innegable: una “cultura democrática” propia de la clase obrera, basada en valores como la participación, el compromiso y la solidaridad, y que tuvo en las Asambleas su máxima expresión. Otro factor que, sin duda, se encuentra detrás del éxito histórico del movimiento obrero, y de CCOO en particular, en su lucha contra la dictadura franquista. Un difuso legado que no sabemos a ciencia exacta como se perdió pero que intuimos que sigue siendo un camino válido –a falta de una posible refutación– para construir una nueva hegemonía alternativa a lo realmente existente.

Probablemente lo anterior no dejen de ser obviedades o incluso vaguedades, fácilmente rastreables, por lo demás, en ese lugar común de quejas y lamentos que son los espacios de pensamiento de la izquierda comunista. Es muy posible. No lo ponemos en duda. Sin embargo, no nos resignamos a plantear una última obviedad a riesgo de ser repetitivos: la izquierda ya no da miedo. Nosotros los comunistas hemos dejado de ser la misma encarnación del “Mal” para el propio sistema al que queremos sustituir. Todo un problema. Representado el “Mal” algo teníamos ganado de antemano. Ahora ni siquiera somos poseedores de ese “privilegio”. Un nuevo-viejo desafío de aquellos que llegado el momento puede permitir hacer musculatura a una nueva generación de militantes para quienes tan sólo retomar la marcha del movimiento obrero, sería un primer triunfo necesario para salir del atasco ideológico e identitario en el que nos encontramos.

CONFLICTO, ¿QUIÉN HABLÓ DE CONFLICTO? (II)
(03.04.09)

La Izquierda ha dejado de representar el mismo “Mal” para el sistema al que pretende sustituir, concluíamos en el anterior número de MO (La Izquierda y la «cultura de la derrota»: nosotros los comunistas, nº 210, marzo de 2009). Todo un problema que confirma el retroceso histórico de las fuerzas transformadoras. Mientras tanto, la rueda de la historia, de la que hablara en su día Marx, sigue su curso.
El acontecer histórico contemporáneo sí algo ha demostrado es que el sistema capitalista en su devenir no llevaba el gen de su propia auto-destrucción. Ni por otro lado, la Izquierda iba a resultar triunfante en su particular batalla. Dos vaticinios tan propios de la cultura comunista como errados en su misma formulación. La cara y la cruz de la «cultura de la derrota». ¿Entonces? Al menos tres cuestiones pueden orientar las tareas pendientes de la izquierda anticapitalista.

En primer término, un asunto de cierta relevancia es el cambio cultural operado dentro de la Izquierda y que puede explicitarse como el tránsito de la ideología a la identidad. Un camino que tiene su máxima expresión en la pérdida del sujeto político de referencia del proyecto comunista: la clase obrera convertida a los parabienes de la ciudadanía. Así cierta izquierda comunista en su proceso de adaptación a la “nueva modernidad” ha priorizado ante todo el ser coparticipe de la gestión de los derechos de la ciudadanía. Algo sin duda necesario. Ahora bien, la ausencia de debates reales ha forjado en su seno una tensión no resuelta entre un feroz obrerismo y un proyecto que, alejado de la contradicción capital-trabajo, ha arrojado al basurero de la historia la meta de transformar la sociedad en su conjunto. La cara visible de esto último fue el proyecto de los anteriores “gestores” de Izquierda Unida. Los resultados han sido clarificadores. Por otro lado, la otra izquierda, y no necesariamente la extrema izquierda, pretendió refundarse sin renunciar a unos determinados postulados considerados como “intocables”. Lo que habría tenido que ser un debate sometido a una dialéctica permanente, ha terminado conduciendo a un proceso de interiorización sin aportar respuestas concluyentes.

El proceso anterior, con claros elementos de auto-destrucción, ha llevado a una incapacidad manifiesta a la hora de afrontar uno de los retos centrales hoy: la nueva cuestión social. El paso de la condición obrera a la condición asalariada tal y como explicó en su momento Robert Castel –Las metamorfosis de la cuestión social–. Frente a este cambio socio-histórico las viejas, y también las nuevas, respuestas ofrecidas se han quedado cortas si lo que pretendían eran formular soluciones en un sentido transformador. En esas estamos y continuamos. El paradigma del fin de la historia ha calado más de lo comúnmente pensado entre propios y extraños. En este punto parece oportuno recordar, por lo demás, como Lenin siempre se refirió a los trabajadores en base a su condición de “esclavitud asalariada”, pero añadía un elemento que cierta izquierda débil ideológicamente ha pretendido pasar por alto: el carácter de clase del Estado.

La pérdida de la noción de conflicto (de clase) es una de las consecuencias más visibles de lo hasta ahora dicho. El conflicto como una idea-fuerza inseparable de la izquierda comunista ha desaparecido. Los costes son evidentes: nula o escasa capacidad de reacción ante hechos que no hace mucho tiempo hubieran generado nuevos ciclos de luchas. No hace falta ir muy lejos ni recurrir a las estadísticas para constatarlo. Ahí están las manifestaciones de los trabajadores británicos portando pancartas con el eslogan “empleos británicos para los trabajadores británicos”. O las redadas de trabajadores inmigrantes en Madrid. O lo propia crisis del sistema capitalista. Porque siendo la crisis de Manual, la misma no ha erosionado la credibilidad de los gobiernos capitalistas ni se ha sido capaz de generar un ciclo de luchas con el fin revertir la situación –cuestión harta difícil en tiempo de derrotas y estrategias defensivas– o al menos de contener sus costes humanos y económicos más dramáticos. Ni mucho menos se ha conseguido visualizar el conflicto hoy realmente existente. Tareas que son –recordemos– competencia exclusiva de la Izquierda.

Necesitamos respuestas. Ahora bien volveremos a defraudar a quienes esperen recetas mágicas en las siguientes líneas. Nunca han existido. Más allá de eslóganes parece oportuno recuperar conceptos básicos como clase, explotación, conflicto… De hacerlo, algo tendríamos ganado, pero llegados aquí, ¿qué hacer? Si un elemento ha sobrevivido a la crisis por la que atravesamos son las enseñanzas siempre vigentes de los clásicos, y que el propio Lenin en El Estado y la revolución resolvería de forma clara y pedagógica: “En Marx no hay ni rastro de utopismo, en el sentido de que invente y fantasee sobre la «nueva» sociedad. No, Marx estudia como un proceso histórico-natural cómo nace la nueva sociedad de la antigua, estudia las formas de transición de la antigua a la nueva sociedad”. No parece un mal camino.

LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE NUESTRO PRESENTE ( III)
(05.05.09)

La tensión entre lo recibido y lo vivido nos está pasando factura a los de nuestra generación. Los que en momento u otro entramos en una organización de izquierdas (vaya con las etiquetas de comunista, anti-globalización, anticapitalista…) recibimos todo un pack de cultura militante al uso. Esta misma cultura militante, de la que somos depositarios y parte activa, conllevaba también un fuerte componente de tradiciones y herencias que no nos eran propias, pero que vinieron a estructurar nuestro particular microcosmos.

Ahora bien esta misma cultura –y he aquí la tercera y una última cuestión con la que cerráremos esta ya larga serie de reflexiones a título personal– si por algo se ha caracterizado, desde la transición postfranquista, ha sido por su pretensión de dulcificar su propio pasado histórico. A fuerza de abusar e instrumentalizar esta misma memoria e historia –con una gran carga simbólica– hemos terminado por construir un imaginario colectivo tan particular y cerrado, que tan sólo nos resulta útil a nosotros mismos, pero que carece de trascendencia alguna para la práctica de la política.

En nuestro presente nada queda de lo heroico de otras etapas en donde la Izquierda fue la protagonista de primer orden. Excepto pesares, lamentos y algún que otro sentimentalismo más o menos disfrazado. Muchos han sido los años para asimilar derrotas y cerrar heridas propias. Seguimos en ello. Una izquierda comunista, además, traicionada y vendida por buena parte de quienes fueron parte suya. Para colmo con los escombros del muro de Berlín aún humeantes confundimos aquella sangrante derrota con la victoria definitiva del capitalismo. ¿Nos quedaba tan sólo resistir? Entre el aturdimiento y la recuperación del pulso no sólo pasó tiempo sino que reaccionábamos por oposición antes que con propuestas. Íbamos dilapidando nuestro menguante capital. Mientras tanto, nuestro imaginario colectivo en esa tensión entre lo recibido y lo vivido se nos venía abajo a toda prisa y no sabíamos ni podíamos cerrar las grietas que se abrían entre nuestras filas. La resistencia y la disidencia al Capital eran propias de otros tiempos y lugares. Nos sentíamos extraños en nuestras propias organizaciones, pues, la distancia entre lo que nos venían a contar y lo que presenciamos era tal que parecía complicado que pudiera existir un nosotros común. De este modo, el proceso de socialización y politización de la nueva generación de militantes estuvo sometido a los vaivenes de un pasado heroico que no conoció, de un presente de derrota que no protagonizó pero cuyas consecuencias le son propias, y unas expectativas generacionales de futuro truncadas nada más iniciarse su paso a la vida adulta.

Recusar el pasado es absurdo. Por el contrario, cambiar el sentido de ese mismo pasado es una de las muchas tareas pendientes. De ahí que pueda comprenderse lo que la Izquierda se juega en la batalla por la memoria e historia democrática de este país. Una memoria, recordemos, que es también parte sustancial de la propia historia social del comunismo español. Sin embargo, en esta misma lucha hoy nos vemos nosotros mismos deformados ante un espejo roto. Seguimos abusando de nuestro propio pasado del que tan sólo nos correspondería extraer enseñanzas y en ningún caso obtener rédito alguno para el presente. Pues no se trata de recuperar (supuestamente) una identidad pérdida ni de reforzar nuestra ideología. El pasado ya paso. Y si alguna utilidad para el presente tiene la construcción de un nuevo relato en donde la memoria democrática sea su principal protagonista, es la de entender que entre los retos y las tareas de las anteriores y actuales generaciones existe una continuidad real y objetivable. Somos, eso sí, depositarios de un pasado que tenemos que saber gestionar.

Lo que nos toca a los de nuestra generación es formular nuestra propia construcción social del presente. ¿Tenemos que recusar nuestro propio presente? Al igual que ha sucedido con las diversas generaciones de marxistas que han revisado la obra de Marx en su tiempo y en su contexto, parece que sí. Y de hacerlo, ¿tendríamos también que recusar a la generación predecesora? No sería descartable. No obstante antes de proceder a lo anterior parece de sentido común, primero, construir un relato propio que nos sea válido. Es decir, en el que nos veamos reflejados. Para ello necesitamos, primero, romper con la hegemonía –en un sentido gramsciano– del metarrelato en el que estamos inmersos –dentro de un capitalismo sin alternativas hoy reales– y posteriormente trascender la propia narración que hemos recibido y de la que también somos parte. Dos rupturas están, por tanto, por delante. Luego ya se verá…

Concluimos. ¿Seremos capaces los de nuestra generación de revertir la actual correlación de fuerzas del presente? Vistas como están las cosas –entiendan, una vez más, mi pesimismo contrastado– a los de mi generación, nos toca, antes que nada, que el fino hilo de continuidad existente entre las luchas de ayer y de hoy no se pierda para mañana. Pues por insignificante que nos pueda parecer tal tarea de hacerla bien mucho tendríamos ganado. De no lograrlo, la próxima generación nos vendría a pedir cuentas y con razón. Llegados aquí, si existe hoy alguna responsabilidad que nos puede achacar la generación que nos precede será la de ser competentes y diligentes a la hora de enterrar y superar la “cultura de la derrota” que caracteriza a la Izquierda desde hace tiempo. ¿Seremos capaces?

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