El Ensayo chileno e hispanoamericano: Interrogantes y réplicas

Por: Roberto Hozven
Fuente: Revista de crítica cultural (Enero del 2008)

“La vuelta de la tuerca”. Primer Congreso de ensayistas chilenos. Santiago, 13-14 de Enero de 1998

Después de asistir a las interesantes discusiones sobre el ensayo chileno, sus ensayistas y la idoneidad con que han asumido, debatido e interpretado (o no) las preocupaciones y tópicos visibles e invisibles que agitan a nuestra escena pública,1 me pregunto, primero, por la red estructurante que subyacería a la diversidad temática tratada por el ensayo chileno (digamos su red de “posibles ensayísticos”) y, enseguida, por las posibles conexiones de esa red con el itinerario reflexivo seguido por el ensayo hispanoamericano, tal como lo han forjado, y ya fijado, los ensayistas mayores de nuestra tradición. Me concentraré en este segundo asunto.

Sintetizaría la red de posibles ensayísticos chilenos bajo tres grupos de interrogantes, ellas mismas correlativas entre sí. Primero: ¿quiénes somos? ¿por qué nuestro ser, el lugar y procesos por los que nos convertimos en sujetos, se nos da como una familiaridad extranjera? Lo que Octavio Paz acuñó como la condena “a buscar en nuestra tierra, la otra tierra; en la otra, la nuestra”. Segundo: ¿cómo representar discursivamente esta identidad, al vez fija y en proceso de formación, nacional e internacional, histórica y mítica, política y poética? Tercero: ¿por qué la interrogación antropológico-histórica sobre la identidad nacional coincide casi siempre con la exigencia poético-política de acuñar una palabra original, crítica, no ideologizada, para reconocernos a contrapelo en ella?

Con respecto al itinerario del ensayo hispanoamericano, consideremos esta cita:
“…desde los 1900 Hispanoamérica tuvo que efectuar complejas elecciones de carácter ideológico al mismo tiempo que urgentes problemas de auto-descubrimiento y auto-definición. Estas preocupaciones se filtraron en todas las manifestaciones de su vida literaria, pero fueron los ensayistas los que las asumieron y expresaron más directamente. El ensayo, fiel a su creador, Montaigne, d modo característico, revela un hilo de duda, un grado de escepticismo y una tendencia de parte del ensayista a considerar las cosas examinadas desde más de un solo punto de vista. (…) no debemos entonces, admirarnos por qué los escritores hispanoamericanos optaron por este género de las alternativas y tentativas, por excelencia”.2

Retengamos lo esencial. Primero, en Hispanoamérica el ensayo ha sido el género escogido por sus escritores para interrogarse sobre la identidad, la cultura y el modo de ser nacionales, campo de acción selectivo del ensayo hispanoamericano. Segundo: la razón de esta preferencia la impuso la naturaleza tropológica del género: opera con escepticismo, permite una metodología de la sospecha y favorece una aproximación “cubista”, en rotación, a los fenómenos estudiados al abordarlos desde múltiples perspectivas

Según Stabb y otros críticos que han profundizado en la tradición, naturaleza y función culturales del ensayo en Hispanoamérica (Alberto Zum Felde, Meter Earle-Robert Mead Jr., José Miguel Oviedo, Roberto González Echeverría, Luís Costa Lima, Enrizo Mario Santa, entre los más saliente), el ensayo es el instrumento cognoscitivo más favorecido por nuestros escritores para explorar la naturaleza y funcionamiento de la identidad cultural de las naciones hispanoamericanas. También, el género del que mejor se han servido los estudiosos para investigar ese mismo objeto. Las razones son varias:

Primero: la temática de la identidad nacional y continental ha predominado en el ensayo hispanoamericano desde los orígenes coloniales hasta el presente (Alberto Zum Felde). Nuestra modernidad comienza con la interrogación y alegatos de Simón Bolívar en pro de la independencia política y mental del régimen colonial español, tan pronto como desde 1815 (“Carta de Jamaica”) y se continúa en sus escritos mayores (1818, “Discurso de Angostura”) y correspondencia posteriores. Roberto González Echevarria observa, además, que si la literatura hispanoamericana ha tratado de imaginar una unidad cultural desde los comienzos de su historia, precisamente ha sido porque la emergencia nacionalista de los países hispanoamericanos coincidió con los comienzos de la modernidad en Europa.

Segundo: el ensayo hispanoamericano ha hecho suya una tarea incómoda, que no pocas persecuciones y humillaciones le ha significado a sus autores: la de cuestionar la autoridad moral y política del Administrador Público (el caudillo, el Sr. Presidente), la oligarquía o burocracia de turno) desenmascarándola en la ilegitimidad de su uso del lenguaje, porque “uno no puede decir “democracia”, “madre patria” o “libertad” de la misma manera que lo dicen nuestros adversidad. Si así fuera, uno realmente no expresaría la experiencia viviente del socialismo” (Julio Cortázar). El léxico -según Cortázar- debe ser singularizado. S lo que han hecho nuestros ensayistas con los análisis filológico-culturales de términos tales como “chingar” (O. paz, El laberinto de la soledad, 1950), “salvaje” (D.F. Sarmiento, Facundo, 1845, o Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, 1976), “habeas corpus” (del mismo Sarmiento, Viajes, 1849) o “chotear” (Jorge Mañach, Indagación del choteo, 1928). En todos estos análisis, los autores restituyen los sentidos escamoteados explorando las fronteras internas y externas de los tabúes e impasses enunciativos que ha impuesto la Doha, en cuanto este uso ya no habla sino que, más bien, borra lo sentidos que realmente lo determinan.

Tercero: dado que el ensayo discute definiciones y programas de acción culturales en un amplio sentido, el ensayo está operativamente y prácticamente más próxima del Estado y sus instituciones educativas, periodísticas y culturales que –digamos- la poesía o la novela. Y la figura textual que representa esta proximidad polémica, entre el ensayo y los poderes ideológicos y políticos dentro de la tradición ensayística hispanoamericana, es el maestro. Próspero en el Ariel; Sarmiento, un maestro él mismo, enseña al mundo las causas de la barbarie rosista en el Facundo. Y está toda la estirpe de ensayistas magisteriales que sigue: Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Ezequiel Martínez Estrada y, hoy, Octavio Paz, uno de los últimos educadores continentales d Hispanoamérica en materias que van desde las artes y la literatura al análisis económico, político e histórico de los eventos nacionales e internacionales. Su crítica, la de todos estos maestros, ha hecho más habitable nuestro continente al desintoxicarlo de la mentira institucional y de la mascarada lingüístico-ideológica. En este sentido, el ensayo no vale como un evento único, a lo que se limitaría un artículo periodístico, sino que opera como un reactivo que interviene pragmáticamente en el cuerpo social. Es decir, el ensayo coacciona aquello mismo que solicita, realiza perforativamente lo que le urge en lo que dice. En Recuerdos de Provincia, de 1850, Domingo F. sarmiento escribe tanto un ensayo de biografía de sus antepasados (los gutres) como una carta de presentación política (del provinciano en la capital) con la que prepara su candidatura presidencial por venir. Su lema es revelador: “provinciano en Buenos Aires, capitalino en la provincia y argentino en todas partes”.

Cuarto: dado que en Hispanoamérica la literatura es el equivalente del pensamiento crítico, deficitario en nuestras sociedades por la casi inexistencia de nuestra ilustración, el ensayo de la crítica social y moral se ha transformado entre nosotros en el termómetro de nuestra temperatura moral colectiva y en uno de los protagonistas del auto examen de nuestro estado de conciencia individual, tarea que la razón política no ha realizado. A su vez, por esta razón, los ensayos mayores de nuestro continente han reflexionado recurrentemente sobre la existencia, autenticidad y pertenencia de una identidad hispanoamericanas, precisamente, a partir de la especificidad de nuestra propia literatura. Por ejemplo, Muerte y transfiguración del Martín Fierro, de Ezequiel Martínez Estrada, o Ulises criollo, de José Vasconcellos.

Quinto: en cuanto discurso. El ensayo es, antes que nada, relato – en el sentido universalizado por los estructuralistas. Pero es un relato particular. Para comenzar, es un relato pragmático que se sirve de la imaginación como una estrategia analítica para diversificar los planos de aproximación e interpretación del objeto estudiado. Enseguida, es un relato cuya dominante es la inquisición de la realidad incluyéndose a sí mismo. Interrogación que es también interpelación al lector para hacerlo participar en los acontecimientos, literales o figurados, que nos cuenta. Acontecimientos que traducen el encadenamiento de una inteligencia que discurre: relato a la búsqueda de un lector crítico para reflexionar con él sobre las razones de lo que cuenta. La conciencia del ensayista viaja con lo que describe; dialoga con el lector desde dentro de lo que está percibiendo, tanto sobre sus temas como sobre los procedimientos por los que los textualaza. El ensayo es así un relato, escaladamente autor reflexivo, que podría hacer suya la reflexión de Boileau, recordada por Borges: “El momento en que hablo está lejos de mi”. El “yo que habla” está lejos de “sí” porque el ensayo actual no identifica el acto de producir el enunciado con el acto de reconocerlo. Antes bien, entre la conciencia textual que escribió el ensayo y la conciencia que lo lee se produce un hiato, equivalente a un distanciamiento y a un “extrañamiento” del yo consigo mismo. Si el ensayo actual no se deja leer desde el lugar en que se lo escribió es porque, en el pasaje del acto de producir el enunciado al acto de reconocerlo, el yo textual se transforma en otro del que era. Este deslizamiento de la conciencia, que ocurre entre la producción y el reconocimiento, obliga al lector del ensayo de hoy a preguntarse constantemente si lo que está leyendo es, efectivamente, lo que está comprendiendo; puesto que lo que lee, en cada momento, ya le parece distinto de lo que leía. Son los avatares de la enunciación autor reflexiva, inevitable en el ensayo teórico que, hoy día, en Latinoamérica, no puede dejar de rumiar lo que escribe.

Sexto: la autorreflexión, esa práctica por la cual el discurso reflexiona lo que dice auto criticándose a sí mismo, es menos un atributo de “filósofos” que una necesidad consciente del discurso crítico cuando construye su objeto de conocimiento sujeto a los embates y presiones de la situación (consciente o inconsciente) en la cual es usado. Y esta situación, hoy día, está marcada por los campos globales de coexistencia que sobre determinan a cualquier ensayo o acto crítico. Campos globales configurados tanto por los saberes interdisciplinarios, que se intersecan los unos a los otros, como por el oficio de vivir en nuestra urbe postmoderna: colmena híbrida donde se intersectan experiencias y mensajes congruentes e incongruentes disonantes, y de los que hay que dar cuenta.

Entre nosotros, es lo que hace recientemente Alfredo Jocelyn Holt, en su ensayo histórico El peso de la noche (Santiago, 1997). Ensayo paradigmático de una inquisición que pone en suspenso sus propios enunciados, ensayo que avanza dando cuenta de sus intersecciones coyunturales y estructurales con los otros discursos, tanto, con los de la tradición como con los de su “paratradición”, es decir, con los que también están “junto a”, “al margen de”, o “contra” los saberes y prácticas académicamente reconocidas. Lo que Nelly Richard llamó “la exterioridad viva- desamurallada- de los procesos y sucesos negados por la clausura universitaria”.3. Enunciación autor reflexiva sancionada como “filosófica” (whatever) por S Collier y W.F Sater; y que ellos descalifican, muy consecuentemente, desde su crítica anacrónicamente positivista y documentalista.4. También ejemplificador, a este respecto, es el ensayo sociológico Chile actual, Anatomía de un mito (Santiago 1977), De Tomás Moulián. Desde el Prólogo de su ensayo, Tomás Moulian sopesa explícitamente los pros y contras de adoptar o no un discurso autor reflexivo para escribir su texto; el que menos escoge que se le impone por la naturaleza de su crítica genealógica. En el análisis histórico y meta discursivo de Richard, la autorreflexividad conformaría una más de las “señales d reforma del pensamiento” por las cuales los nuevos discursos críticos manifiestan “un deseo de experimentación con el sentido más que de interpretación del sentido” (70-71). Deseo de experimentar más que de interpretar por lo que el nuevo discurso crítico trata de performar, en cuanto “discurso de la crisis” Rodrigo Cánovas), es el de los “procesos y sucesos de una cultura y una sociedad hecha pedazos” “por la desestructuración de los marcos de experiencia y comprensión del universo chileno” (71). En consecuencia, trasponiendo lo anterior, la autorreflexividad discursiva, hoy día en Chile, es menos una elección estilística que uno de los dispositivos representacionales indispensables para poner en escena, para reensamblar, “estratos psicosociales del cuerpo chileno” (ibid). Quizá, por lo mismo, la autorreflexividad sea la forma predominante que sintomatiza hoy día “el discurso de la crisis” en su vertiente conjuntiva de quehacer teórico y de práctica artística; y de la que considero emblemática la obra pictórico-ensayística de Eugenio Dittborn.

• Artículo elaborado dentro del marco del Proyecto de investigación FONDECYT Nº 1980789
1 Discusiones que tuvieron lugar los días 13 y 14 de Enero de 1998, dentro del marco del Primer Congreso Nacional del Ensayo
2 Martin S Stabb, In Quest of identity. Patterns in the Spanish American Essay of ideas: 1890-1960 (Austin: Texas Univrsity Press, 1967), pp10-11
3 Cf. Su “En torno a las ciencias sociales; líneas de fuerza y puntos de fuga”, La insubordinación de los siglos (Cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis). Santiago: Ed. Cuarto Propio, 1994, p.70.
4 Cf. Simon Collier y William F. Sater, “El peso de la noche visto desde otras noches”, Artes y Letras, El Mercurio, domingo 15 de Febrero de 1998, E,p.16

* Profesor titular del Departamento d Literatura d la Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor entre otras publicaciones críticas, de Octavio Paz, viajero del presente (1994)

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