Respuesta a Jorge Edwards

Por: Bernardo Toro
Fuente: http://www.g80.cl (24.02.09)

Soy escritor y resido en Francia, donde dirijo una revista de cuentos en cuyas páginas hemos tenido el placer de acoger la prosa de Jorge Edwards. Tengo una gran admiración por el escritor y mucho respecto por el ciudadano, cuyas opiniones en lo esencial comparto, como la convicción de que la alianza entre socialistas y demócratas-cristianos constituye un pilar esencial para la democracia chilena. Sin embargo, la lectura de su artículo « Socialismos reales », en el que comenta la reciente visita de Michelle Bachelet a Cuba (El País, 17 de febrero) me deja, como muchas otras veces, la sensación que Edwards va demasiado rápido, y el tono de evidencia en el que envuelve ciertas conclusiones precipitadas me parece revelador de la impaciencia de un cierto sector de la sociedad chilena.

La excesiva complacencia de Bachelet con el gobierno cubano es efectivamente un mal signo. Creo, como Edwards, que se puede explicar por las inevitables exigencias protocolares; se trata también de un signo de nostalgia, de la complicidad que nace frente a un enemigo común: la política intervencionista de los Estados Unidos, vestigios de aquel romanticismo revolucionario que sigue viendo en Cuba un mártir de la opresión yankee.

Pero creo que las palabras de Bachelet estaban sobre todo dirigidas a aquellos que en Chile se impacientan frente a las injusticias sociales, porque esos « insatisfechos », -en otros tiempos se les llamaba « resentidos sociales »- siguen existiendo y son numerosos. Pretender lo contrario, o dejar entender, como lo hace Edwards que todo va bien en Chile, es falso, presuntuoso y hasta provocador con esa parte importante de la población que padece de mil males. Aserciones de este tipo no pueden sino agudizar las tensiones sociales, o para usar la imagen de Edwards, reforzar el sentimiento -que muchos tienen ya- de que se les está tomando el pelo.

Esto por supuesto no justifica la complacencia de Bachelet hacia los cubanos. Agitando los viejos oropeles de un socialismo en descomposición, Bachelet intenta compensar su incapacidad de aplicar en Chile una política realmente en armonía con sus ideales socialistas. Digo incapacidad por no decir imposibilidad, pues sabemos que la política es una provincia de la economía y que no existe ninguna alternativa económica seria al modelo actual. Pero no por eso los ideales mueren. Pretender que la política es del dominio del pragmatismo y que los ideales son peligrosos es una conclusión bastante dudosa, por no decir un síntoma desastroso de nuestro siglo XX. Pero la pregunta queda en supenso: ¿De qué ideales se trata? Cuba, sabemos, nunca fue un ideal para el socialismo chileno encarnado por Allende. Ahí nace mi segunda discrepancia con Edwards. La Concertación, dice él, es el fruto de la autocrítica implícita del « llamado socialismo real que había causado estragos en la época de Allende ». Sabemos de donde vienen los estragos, según Edwards: de la incapacidad en que se encontraba Allende de gobernar sus propias tropas y asegurar la estabilidad del país. Estas palabras corresponden textualmente a uno de los primeros bandos de la Junta militar. Pero sigamos el cuestionamiento: ¿De dónde viene la incapacidad de Allende de asegurar la estabilidad del país? De un deseo exacerbado de precipitar el país en el socialismo real. ¿Solamente? ¿Y la intervención americana, que comenzó antes de que Allende asumiera el poder? ¿Y los miles de dólares que ingresaban diariamente al país para fomentar el caos? ¿Y el acaparamiento? ¿Y las huelgas que paralizaron la economía durante meses? ¿Y las campañas de terror y los sabotajes y los atentados, son también estragos que habría que atribuir al socialismo real?

Todo esto es un tema antiguo y es casi de mal gusto sacarlo nuevamente a relucir. Pero decir que el « socialismo real causó estragos en la época de Allende » es también sacarlo a relucir, de modo a la vez solapado y soberbio, haciendo pasar una opinión por un hecho incontestable, como si la historia ya hubiese sido escrita. ¿Pero quién diablos escribió esa historia? Allí donde una interrogante sigue aún cuestionándonos, Edwards encuentra una conclusión y da vuelta la página. Los que escriben la historia y los que dan vueltas les páginas tiene un cierto aire de familia.

El carácter perentorio de la conclusión es chocante, el uso que de ella se hace aún más. Cuantas veces he oído decir a mis compatriotas, serenamente, sin la más mínima provocación, que fue Allende el responsable de lo que vino después, del golpe de estado y la dictadura. Sin sus locuras socialistas, en Chile nunca habría habido Pinochet. Esa conclusión establece una relación causal entre dos órdenes: un estado criminal y un gobierno democrático. Allende se sacrificó para evitar esa confusión, y para dejar en claro que entre la democracia que él representaba y el estado de excepción que se imponía por las armas no podía haber continuidad, ni relación de causa a efecto, sino crimen, impostura e ignominia.

Esta conclusión es una ignominia. Su onda de impacto despierta a los muertos, a los tres mil muertos entre los cuales se encuentra precisamente Allende, ¿es preciso explicar por qué? Seguramente, pero no a Edwards. Lo cierto es que muchos chilenos hicieron esa amalgama y pensaron, en cierto momento, que Pinochet podía ser una solución, por lo menos transitoria. Se equivocaron y ese error fue nefasto para miles de chilenos. Esa autocrítica también forma parte de las bases de la Concertación. Ciertas frases, sin embargo, me hacen pensar que, « quizás por una falla de la memoria », como diría el mismo Edwards, « el sentido critico y autocrítico se pone entre paréntesis ».

Edwards es un hombre de gran madurez política y un auténtico demócrata; siempre lo ha sido, ponerlo en duda seria injuriarlo gravemente y mi propósito es acercarme a él. Acercarme y hacerle comprender que en la aceleración de sus conclusiones se crean corrientes de aire por las que vuelven antiguos resabios de un pasado muy cruel.

Bernardo Toro, director de la revista Rue Saint Ambroise, editada en París Francia

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