La Madonna y el cardenal

Por: Carlos Peña
Fuente: Diario “El mercurio” (14.12.08)

“Los actos de impureza son una ofensa a Dios y una mancha, una suciedad en nuestro corazón” —afirma Medina, mientras su indignación refulge. Los familiares de Pinochet que asistían a la liturgia —sólo estaban ellos y un poco más— se persignaron seguido dos o tres veces. Y es que por un momento temieron que, preso de un raro extravío, el cardenal estuviera aludiendo al difunto.

Pero no.

¡El cardenal se refería a Madonna y a quienes la seguían!

“Estos días está bastante agitado el ambiente en nuestra ciudad, porque …viene de visita esa mujer que, con una desfachatez increíble, provoca un entusiasmo loco, que es un entusiasmo de lujuria” —remata el cardenal.

Por supuesto, a Monseñor Medina las actuaciones de Pinochet, entre las que se cuentan cosas tan reprobables como hacer desaparecer personas y practicar la tortura, no le merecen ninguna condena moral. Y es probable incluso que, si lo apuramos, citara a algún escolástico y, en vez de condenar esos actos, los justificara.

Pero Madonna no ¡ahí si que no!

¿Estamos acaso en presencia de una excentricidad de Medina, una especie de excrecencia doctrinaria de la que más bien debiéramos reírnos? ¿O acaso Medina, al referirse como lo hizo a Madonna y sus seguidores, refleja una convicción acerca de la sexualidad que entre los miembros de la Iglesia, con mejores pretextos y mejores modales claro está, se encuentra fuertemente arraigada?

Temo que, a pesar de las apariencias, Medina reflejó una convicción religiosa ampliamente compartida.

Como suele ocurrir a tantos religiosos —porque Medina no es ni una rareza ni un loco, sino un religioso genuino— el cardenal cultiva una extraña vocación de control sobre la sexualidad humana. En su opinión —no sólo en la de él, para qué estamos con cosas— todo lo que huela a sexualidad, o sea capaz de despertarla, desde Madonna a una campaña de preservativos, es ocasión de pecado y merece una férrea vigilancia.

¿De dónde deriva ese rasgo tan acendrado en la catolicidad que lleva a sus miembros a erizarse cuando advierten en los seres comunes y corrientes (entre sí, los miembros del clero suelen ser más comprensivos) el menor atisbo de un comportamiento sexual que se escape de las reglas?

Ese rasgo parece derivar de las obvias relaciones que median entre la sexualidad y la autonomía.

Desde luego, la sexualidad es el ámbito de la existencia humana donde la autonomía —es decir, la capacidad de cada uno de ser su propio dueño— está más a la mano. La soberanía sobre el propio cuerpo es, a fin de cuentas, el principio de la libertad. De ahí que los clásicos liberales (y junto con ellos Spinoza) llegaron casi a identificar la libertad con la libertad de movimientos. Si usted puede moverse adonde quiera o hacer con su cuerpo lo que le plazca, sin que nadie pueda interferir con su voluntad, entonces usted es libre.

 Pero para ciertas convicciones religiosas (como la católica) la libertad no consiste en que usted tenga la posibilidad de discernir lo que le parezca correcto o bueno y luego actuar en consecuencia (usando entre otras cosas su cuerpo), sino que la libertad es la posibilidad que se le concede a usted de hacer lo que otros (el cardenal entre ellos), ya han discernido como bueno o correcto.

Eso es lo que explica entonces que Medina —fiel después de todo a la ortodoxia— sea más severo con los seguidores de Madonna que con los abusos que cometió Pinochet. Y es que como observó Weber, se puede ser indulgente con el pecador; pero no con el hereje. El pecador transgrede algo que dice creer. El hereje, en cambio, se opone a la creencia. El pecador, malo y todo, se somete; el hereje, aún inofensivo, se rebela.

Así entonces, esa fantasía de control sobre la sexualidad humana que, con todos sus excesos (y con toda su franqueza) expuso Medina mientras hacía esfuerzos inútiles por purgar los pecados de Pinochet, no es un extravío, ni tampoco una rareza de un cura viejo y mañoso, sino que se funda en una manera de concebir la libertad humana, la de la Iglesia, que es incompatible con aquella que se ha expandido al compás de la democracia y del mercado.

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