Ateísmo de mentiras

Por: Aníbal Venegas
Fuente: http://www.elclarin.cl (11.12.08)

En pleno siglo XXI, parece cuestión baladí el mantener en vilo la investigación respecto a la percepción religiosa de los hombres y las mujeres. La pregunta que muchos se formulan es ¿Quién a estar alturas se traga de buena gana el cuento de los diez mandamientos? En muchos círculos intelectuales es bien visto ser ateo; por el contrario, quienes creen en “algo más” o en cualquier certeza de una vida con sentido ulterior, sienten ser ajenos a la moda del pensamiento libre, crítico con toda forma de metafísica o mística existente.

“Dios ha muerto” declaró Nietzsche en su híper ventilada –y casi siempre malinterpretada- obra Así Habló Zaratustra. El ateo común y corriente interpreta las palabras del genio alemán como una declaración de principios bastante pedestre, considerando que al fin y al cabo esa figurita divinizada por el catolicismo y transformada en fetiches y suvenires por los entendidos mecenas europeos, dejó de existir de la noche a la mañana. En realidad Dios murió en manos de los hombres que lo crearon para dotar de sentido a la existencia y la vida espiritual y sobre todo económica, y cambiaron la fe dispuesta en la santísima trinidad por una confianza ciega en la nueva religión: la ciencia. De ahí que la mayoría de los ateos, es decir, aquellos que por haberse desencantado del cristianismo aplican el muy común y corriente ninguneo a todas las visiones religiosas y místicas de las cientos de miles de culturas del mundo entero, se corresponden con el denominador común que les es bastante propio: la estupidez.

La izquierda corriente en este sentido, siguiendo y mal interpretando a Marx como fue su costumbre, castigó duramente la devoción religiosa, presentándose con exigencias ridículas y pendencieras frente a los nuevos adeptos que esperaba reunir bajo los pliegues de su faldón escarlata. Es verdad que el Cristianismo ha masacrado, violentado, asesinado y usurpado, pero ¿Es suficiente el patetismo emanado de su tardía senectud como para tratar de retrasados al resto de los hombres y mujeres encantados espiritualmente por una creencia, fe o religión? Pienso que no. Afortunadamente hoy en día existe una mayor tolerancia respecto a la libertad de conciencia, al menos por parte de los intelectuales y el mundo sabio; empero, la necedad que algunos ateos revelan en sus discursos salpicados y ahogados por las viejas usanzas y argumentos con tufo a nadería, simplifican la discusión vinculada a la percepción metafísica del mundo entero, particularmente aquejado por las enfermedades administradas desde lo alto de la encomiable ciencia; la ciencia de la soledad y del silencio.

En Chile la cantidad de ateos ha aumentado en el devenir ¿Señal de pensamiento independiente? Creo que no; más bien es un claro síntoma de decadencia y desencantamiento de las explicaciones metafísicas de la causa primera, es decir, del cristianismo y en última instancia de Dios. Por supuesto hay quienes contemplan su vida como un cóctel de sucesos desprovistos de toda razón de ser y por esto meten los sentidos y el intelecto en aquellas bochincheras y delirantes sesiones de espiritualidad evangélica pret-a-porter, donde al ritmo de lambadas, reggaetón y cumbias villeras se procede a los “inocentes” lavados de cerebro cristianos, donde hasta el más impertérrito de los asistentes cae rendido ante los “milagros” que él o la pastora de rigor dramatizan en algún improvisado escenario. Pero nuestra preocupación está centrada en el ateo, en aquel sujeto desilusionado de la explicación del eterno oculto tras el velo de la muerte, suspendido en el universo indescriptible de la nada…

Sin duda resulta complejo sostener con argumentos realmente sólidos (siempre en el caso de que se anhele discutir) la postura atea ¿Por qué? Porque para cobrar real sentido, es decir, para explicar lo que es ser ateo, se precisa indicar cuál es su contrario existente y que transforma la postura en algo efectivamente válido ¿Qué no es la vida sino la muerte, o la belleza sino la fealdad, o la castidad sino la concupiscencia? Entonces el ateísmo debe admitir la existencia positiva de su contrario, pasando a la mera categoría de “opinión” y no como espetan sus seguidores, de una verdad revelada (Por supuesto que revelada, claro, por la Biblia). La filosofía y metafísica de los pueblos originarios para los ateos apenas constituye una mera señal de “cultura”, más bien un delirante estado de cursilería indiana superficialmente mística, acaso inventada por el jefe del clan para dominar más fácilmente a la gallada colindante. En cambio sostienen una fe de pacotilla en la ciencia, pues para ellos esa forma de descripción de los fenómenos es la única viable y efectiva, en la medida que sus resultados cuadran perfectamente con las conciencias proyectadas hacia el ahora y el presente, aturdidas ante todo por el gutural berreo de este siglo recién pasado cargado a la mundanidad y la confianza excesiva en los sentidos ¡Cómo si tapar el sol con un dedo respondiera todas las interrogantes!

La ciencia ha destruido mucho más que lo que el Cristianismo ha triturado en todos sus siglos de obcecada existencia; esa ciencia de los números y de la erudición, de las teorías y las arrogantes leyes, ha aniquilado poblaciones enteras con sus bombas atómicas abaladas por doctores y premios Nobel, con sus medicinas testeadas en los cuerpos fláccidos de África y Oriente, con sus televisores y computadoras capacitadas para mutilar cientos de miles de nacientes conciencias. En Chile sin ir más lejos, el desencanto viene de la mano con la frialdad y la desconfianza: no hay política elevada que ofrezca garantías someras para un futuro de alegría, democracia, solidaridad, igualdad y libertad, por el contrario: hoy en día contemplamos con un infinito asco la manera en que nuestros antiguos señores de la reyerta, de la lucha social y el socialismo guerrean como hienas rabiosas por obtener un lugarcito en la tecnocracia, acariciando las manitas sudorosas de los traidores que hablaron con todos los fundamentos posibles contra el gran dictador y sus lacayos y que durante todo este tiempo no han hecho otra cosa sino perfeccionar el modelo horripilante organizado por sus supuestos enemigos, con quienes hoy en día se codean en consensos, mítines y diásporas regentadas por el sistema establecido.

Entonces ¿Habrá que confiar otra vez la vida a las explicaciones mitológicas y santificadas o bien luchar con uñas y dientes por una sociedad donde nuestros dolores y cansancios encuentren dicha y regocijo? Nadie lo sabe. La única certeza que tenemos en este siglo XXI es que la crisis es nuestro lamentable presente e irremediable futuro, y donde el sol nos baña y surtirá con sus rayos mortales que sólo proyectan una luz grisácea y enferma. Sin embargo en nuestro tiempo todos parecen demasiado ocupados en la organización de la navidad, dulce navidad, fiesta religiosa y plebeya para la cual hombres y mujeres han trabajado durante el año ofreciendo lo mejor de sí, seguros de que si Dios realmente existe tocará el corazón de los seres queridos, entre ellos varios ateos que año tras año se encalillan para comprar las ofrendas pascueras tal como lo hicieron los Reyes Magos con nuestro señor Jesucristo hace tantos siglos atrás, siguiendo una regia estrella que engalanaba un firmamento limpio y sereno.

anibal.venegas@gmail.com

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