Menores en riesgo: algunas observaciones psicológicas

Por: Marcelo Colussi
Fuente: Rebelión (19.11.08)

En el nada paradisíaco mundo en que vivimos cada día 10.000 niños mueren de hambre. Pero muchísimos más, aunque con dificultades, sobreviven; claro que, a veces, a un alto costo: muchos deben trabajar a una corta edad -se calcula en más de 600 millones en todo el planeta la cantidad de menores trabajadores. (Ante cosas así es que cabe cuestionarse cómo es aquello del “trabajo, esencia probatoria del Ser Humano”, que “el trabajo dignifica” o que “nos hace libres”…). Inclúyase en ese “trabajo” la prostitución infantil. Pero todavía estamos hablando de niños que viven bajo un techo; más grave es aún la situación para los 150 millones que viven en las calles de las grandes urbes.

“Los niños primero” suele escucharse. Muy literalmente se entendió esto en la guerra de Irán-Irak donde los párvulos iban al frente para detectar las minas enemigas, pisándolas. Pero no: “los niños primero” no en ese sentido sino como esperanza de algo mejor. Porque a todas luces lo actual puede -¡y debe!- ser mejor (un perrito hogareño del Norte come más carne roja que un habitante del Sur, mientras que uno de los negocios en mayor expansión actualmente es la pornografía infantil).

Menores hambrientos, explotados, marginados; niños víctimas cuando deberían ser privilegiados; niños que mendigan, que no juegan, que no sueñan; niños soldados, niños objeto sexual, niños que estorban, que sobran, que tienen ya -apenas iniciada su vida- trazado un sombrío destino. Sin dudas debemos mejorar mucho todavía el cuidado de los niños. Aunque legalmente se supone que todo menor está protegido por derechos constitucionales en cualquier parte del mundo, la cruda realidad enseña que no son pocos los lugares donde un niño trabaja, no termina su educación académica siquiera de escuela primaria, padece enfermedades previsibles o se cría en contextos de extrema violencia.

¿Qué significa “menores en riesgo”? Es éste un concepto amplio, más descriptivo que operativo; suele hablarse también de “circunstancias especialmente difíciles”. Caen en esta categoría desde niños que viven en zonas de guerra a los hijos de familias disfuncionales (padres alcohólicos, por ejemplo), desde menores de barrios marginales de las grandes ciudades o que se salieron de sus hogares y viven en las calles a huérfanos por los más diversos motivo. Está claro que cualquiera de estas vicisitudes -todas ellas difíciles de sobrellevar por su naturaleza traumatizante- coloca a un ser en formación ante un alto riesgo de afectar su normal desarrollo, tanto biológico como psicológico. A veces se pueden prevenir, y ocasionalmente evitar, las circunstancias desfavorables; otras veces, aunque no evitarlas, disminuir los riesgos de su carácter nocivo. Hay ocasiones en que sólo se podrá trabajar una vez consumando algún daño. Estamos, entonces, ante distintos niveles de un mismo e intrincado problema.

La Psicología Clínica es un instrumento definitivamente válido para arreglar algunos de estos problemas, pero sólo aplicable cuando ya está en curso un trastorno puntual. Ante muchos de los acuciantes problemas de millones de niños en el mundo son, o deberían ser, otros los medios para actuar. El “riesgo” que generan “circunstancias especialmente difíciles” a tantos infantes hay que abordarlo desde otros campos: lo social, lo político.
¿Por qué mueren de hambre tantos niños y niñas? ¿Por qué cantidades tan enormes están condenadas a criarse en los límites de la subsistencia?: poca comida, sin agua potable, escasa o ninguna escuela o atención médica. ¿Por qué un niño puede ser regalado o vendido? ¿Acaso alguien elige trabajar a los 6 años de edad? ¿Alguien elige compartir el escaso pan con una docena de hermanos, o soportar los castigos de un padre alcoholizado? No son los niños quienes deciden la guerra, aunque les toque sufrirla.

La estructura económico-social que presenta el mundo beneficia a unos pocos y condena a los más. Esta tendencia se acentúa en las áreas más pobres, aquellas donde no está en juego la discusión sobre la calidad de vida, sino su posibilidad (uno de cada dos nacimientos se da en una zona urbano-precaria del Sur). La Psicología poco tiene que hacer al respecto. Para la lógica dominante la mejor alternativa a la pobreza es detener la proliferación de más bocas que alimentar (léase: evitar que haya más pobres). De ahí la insistencia en campañas de contracepción, y no precisamente con un ánimo reivindicativo para la mujer. El riesgo que corren millones de pequeños (hay 3 nacimientos por segundo en el mundo) es sencillamente nacer pobres, nacer marginados; más aún, el riesgo es simplemente “nacer”. La única prevención posible para que ese alumbramiento no agregue una cifra más a las estadísticas de menores en condiciones de alta vulnerabilidad no es evitarlo, sino evitar que siga habiendo pobreza. Tal vez todo el mundo sabe que la situación de la Humanidad no mejorará mientras no se potencie al máximo el cuidado y preparación de los niños, nuestra semilla de futuro. Es cada vez más palmariamente notorio que la riqueza de las naciones está en su capital humano. Pero, aunque se sepa todo esto, ¿qué impide que se actúe en consecuencia?

Ese es un primer nivel de acción: trabajar en la estructura económico-social que, por sí, es ya riesgosa para muchos. Trabajo político, sin dudas. Quizá la Psicología, tal vez no la práctica clínica sino su dimensión colectiva, tenga algo que aportar. Al menos si se piensa que hay quienes, desde las actuales condiciones, apelan a ella para perpetuar el estado de cosas. “En la sociedad moderna el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y manejar la razón” (Z. Brzezinski, asesor presidencial de James Carter y uno de los ideólogos de los Documentos de Santa Fe). Aunque duela, eso también es una forma de Psicología, tanto o más efectiva que la clínica.

Pero no sólo constituye un riesgo para millones de niñas y niños su status material; también lo es la dimensión cultural, los valores y creencias en que se crían. El machismo, el autoritarismo, el verticalismo, la negligencia paterna, la impunidad y la corrupción, la cultura de la violencia en su sentido más amplio son otras tantas formas de sembrar problemas en los futuros adultos, por tanto de cosechar problemas en el tejido social.
Son pocos los lugares donde realmente es tenida en cuenta la palabra de un menor, donde alguien puede ir preso por golpear a un niño. Los derechos infantiles no son, de momento, una realidad inamovible; son aspiraciones. La consigna de: “el que manda, manda, y si se equivoca vuelve a mandar” (de algún militar latinoamericano) ocupa aún un lugar de privilegio en la cosmovisión de mucha gente en muchos sitios. Modificar muchos patrones adoptados como normales y que no son objeto de cuestionamiento (que “los pantalones los llevan los varones”, que “los homosexuales son despreciables”, que “a golpes se hacen los hombres” o que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”…) puede ser un poderoso factor protectivo y promover bienestar. En ese sentido la Psicología puede aportar, tal vez no la clínica, pero sí su perfil social, para trabajar en pos de una necesaria transformación cultural. Salud Mental Comunitaria podría llamarse con más precisión este campo; eso no es patrimonio de la Psicología sino terreno de entrecruzamiento de prácticas y discursos varios. La Salud Mental de una comunidad no es la falta de conflictos en su interior sino su madurez para afrontarlos y tratarlos.

Sin dudas es un importante elemento para reducir los riesgos de la marginación (y posterior condena) de cualquier minoría el promover una actitud tolerante (no digamos ya solidaria): reconocer que no hay “escoria” social porque sí sino que una sociedad “produce” sus marginales, que todos tenemos que ver con ese asunto.

Como siempre en cualquier orden, el eslabón más débil es el primero en cortarse. Cuando hay pocos recursos económicos, cuando se vive al borde de la subsistencia, la vida no vale nada y no existe proyecto de futuro, ese eslabón lo ocupan casi indefectiblemente los niños. En los sectores más sumergidos los primeros en recibir los golpes -en todo sentido- son los menores. Por cierto, ser marginado dentro de la marginación no da muy buen pronóstico.

Seguramente el grupo en más alto riesgo que pueda encontrarse son los niños que, por distintos motivos, dejaron su hogar de origen y viven en la calle. Ahí el riesgo es casi absoluto: riesgo de morir (en Río de Janeiro, Brasil, los escuadrones de la muerte “limpian” cinco cada día), de devenir drogadicto, delincuente, prostituirse, contraer el VIH-SIDA. En general el riesgo de todo esto se materializa.

¿Puede la Psicología hacer algo al respecto? Como práctica profesional está lejos de actuar sobre los cimientos sociales que producen desigualdad y exclusión. Pero puede ser un importante instrumento para la prevención de prejuicios estigmatizantes, de más violencia. Por otro lado, cuando las condiciones de vida sirven para producir daño en la subjetividad de alguien, cuando asistimos a conductas erráticas o en cortocircuito con lo esperado, a partir de lo que se genera malestar, es momento de intervenir clínicamente.
Un menor criado en contextos desfavorables y donde el peligro de que suceda algo no deseado, traumatizante, desgraciado, ya dio lugar a un problema de disfuncionalidad (porque delinque, o se droga, o es madre soltera, o se callejizó, o porque presenta síntomas psicológicos diversos: desadaptación, mal rendimiento académico, inhibiciones varias) necesita un abordaje clínico. ¿Es un enfermo acaso?, ¿se reconoce él como tal? Lo significativo es que, en general, estos niños no demandan explícitamente tratamiento psicológico, ni tampoco sus familias. Tal vez ahí está el meollo: nadie demanda por ellos. ¿Cómo pensar en un sano desarrollo si no hay Otro que vele por el pequeño ser en formación? Puede haber ser humano “normal” en tanto hay otro (función simbólica de la familia, transmisión de la Cultura, de la Ley). Como dijo Bertold Brecht: “sólo no eres nadie, es preciso que otro te nombre”. Cuando ese Otro viene tan mal articulado, el futuro abre serios interrogantes.

Todo ser en formación que atraviesa experiencias traumáticas (sea conflicto armado, pobreza extrema, violencia familiar, abuso sexual) presenta secuelas psicológicas asociadas. Las posibilidades de recuperación están en estrecha relación con la estructura profunda y la historia previa. La guerra, una catástrofe natural o un accidente importante dejan marcas, a veces indelebles. Pero hay -la experiencia clínica lo confirma- muchas y buenas posibilidades de superación. Esas agresiones vienen, por así decirlo, totalmente de por fuera de la historia del sujeto. Impactan, con mayor o menor fuerza, sobre una estructura psicológica ya de alguna manera preformada. Eso es lo que hace que puedan ser medianamente absorbidas. Distinto es el caso de agresiones a la integridad subjetiva de un pequeño ser, dadas no por aquel tipo de cataclismos externos sino por condiciones estructurales.

Un ser humano, para conformarse como tal, necesita de un complejo y arduo proceso de humanización. Un nacimiento, en su dimensión puramente biológica, no asegura por sí mismo el futuro de la criatura llegada al mundo en orden a una posición social, una identidad sexual, una aceptación de su entorno. Todo esto implica un recorrido; al final del mismo puede encontrarse, quizá, la normalidad (que es siempre relativa, coyuntural, histórica). Devenir un ser adaptado, uno más de la serie, es algo que se mediatiza a través de la incorporación de la Ley. La Ley como principio ordenador que pone límites y permite la vida social. Eso se juega siempre en una dinámica intersubjetiva que, hoy por hoy y en nuestra cultura -ni la única ni la mejor- asume la forma de la actual familia exo y monogámica, la cual -preciso es decirlo- comienza a hacer agua por varios lados. ¿Qué pasa cuando ese dispositivo falla? Ahí la agresión a la subjetividad tiene un carácter estructurante. Si falla el modo de ingreso a la dimensión de la Ley, si eso no se efectúa como proceso “natural” en el seno de una pareja parental, si la realidad de un pequeño es solamente violencia física, carencia afectiva y ausencia de transmisión de normas (todo lo cual sucede cada vez más frecuentemente en muchos sectores sociales: los más postergados, los excluidos) las consecuencias psicológicas pueden ser fatales: nos encontramos con menores desintegrados de la red social, con todo lo que ello conlleva.

Las políticas neoliberales en curso producen cada vez más exclusión. En todas las grandes ciudades crecen vertiginosamente sus cinturones periféricos (los sin-tierra del área rural deslumbrados por la megápolis). Crece también en forma alarmante la delincuencia juvenil así como los niños de la calle (en general son las zona urbano-precarias las productoras de estos fenómenos). La marginación, cruda realidad de nuestros días, aumenta. Los que no están integrados a la normalidad, a la lógica dominante, los que “sobran” son cada vez más. ¿Puede alguien sobrar? Técnicos en economía llegan a hablar de “poblaciones excedentes”. Estar de más es estar por fuera de la Ley, de la norma social. Los barrios marginales están al margen de la Ley (se habla de “asentamientos irregulares”). El riesgo que corren los que allí se crían es quedar al margen de la Ley, en todo sentido; la psicología de un “sobrante” se moldea en relación a ello.

Un niño crecido en esas circunstancias, donde lo posible es, con suerte, la pura subsistencia, donde la violencia de los hechos tiene el fragor de una guerra pero con la diferencia de ser no un acontecimiento extraordinario sino lo cotidiano, lo normal, ha de manifestar dolorosamente todo lo recibido. Si su condición humana es transgredida día tras día, es altamente probable que luego pueda ser trasgresor (se repite activamente lo que se sufre pasivamente, enseña la práctica clínica).

La experiencia del trabajo psicológico confronta con menores que, crecidos al margen de todo (buena alimentación, familia integrada y funcional, respeto, escolarización, atención médica, afecto) tienen severas dificultades para salirse de su situación de marginales. Son niños expulsados; expulsados de todo: de sus hogares, de la dinámica intersubjetiva de sus familias, de las normas sociales. Niños que “sobran” en sus casas, niños que “sobran” en poblaciones que “sobran”. Si alguien se siente “de sobra” (“mi mamá me regaló cuando tenía cinco años y me crió otra señora” decía alguno de estos menores), ¿cómo y por qué habría de apegarse a la Ley?, ser un “ciudadano de bien”.

Con una intervención clínica se puede comenzar -a veces, y no en todos los casos- a construir una historia nueva. ¿Qué cosa autoriza entonces un acercamiento terapéutico si no hay un pedido expreso al respecto? Tengamos en cuenta, además, que no nos referimos a una aproximación psiquiátrico-forense para “certificar” la locura o desadaptabilidad de alguien legalizando, desde una pretendida asepsia técnica, su reclusión en un manicomio o en un reformatorio. ¿Por qué, pues, psicología clínica para estos niños víctimas de historias tan abrumadoras, de abuso, violencia, miseria, humillación? Simplemente porque lo necesitan, aunque no puedan decirlo. Nadie dudaría que un desnutrido o un discapacitado necesiten una intervención médica. De lo que se trata es de brindar las condiciones necesarias para que esas historias tan dramáticas de los menores violentados puedan ser puestas en palabras. He ahí el arte de la Psicología Clínica: propiciar la expresión, invitar -y conseguir- que alguien pueda preguntarse acerca de sí, pueda hacerse cargo de su propia historia.
Los medios para lograr esto son variados, y por cierto no está dicha la última palabra al respecto. Psicoanálisis (que es, ante todo, un cuerpo teórico y una metodología de trabajo, no debiendo asociarse a estereotipos tales como diván, altos honorarios o tratamientos interminables), terapias conductuales, terapia familiar sistémica, grupos de autoayuda o dispositivos varios (dramatización, teatro terapéutico, músicoterapia) pueden ser caminos para lograr que un menor con serios trastornos comience a replantearse su subjetividad y encuentre nuevas alternativas.

Las instituciones que trabajan con menores en situación de alto riesgo, sean estatales o fundaciones no gubernamentales (obviamente no las hay privadas porque este no es un rubro rentable), con diversas propuestas en su accionar: punitivas (los centros de reorientación públicos) o humanitario-caritativas (en general todas las organizaciones no gubernamentales) no destinan mayores esfuerzos a la intervención clínica. Desde ya los abordajes psicoterapéuticos no son por sí mismos la solución para este grupo de población. Pero seguramente (¿por prejuicio, por desconocimiento?) no se los explota todo lo que se podría. Apelar a la buena conciencia, al sermón, al amor incondicional, al saber oficial que indica el camino correcto, pareciera no resolver mayormente los problemas acumulados. Tal vez, y creemos que vale la pena el intento, combinando todo esto con un mayor énfasis en la Psicología Clínica se podría permitir que, quizá, un niño o joven víctima de cualquier historia desgarradora pueda encontrar nuevos rumbos a sus pesares. Hablar de los propios problemas -y eso se hace en un tratamiento psicológico justamente- nunca es malo. Al contrario: puede ser el inicio de un cambio positivo.

Debemos trabajar para que no haya injusticia, para que no haya más pobres en el límite de la subsistencia, ni guerras, ni tráfico de drogas o niños abandonados; pero si, pese a todo el empeño del caso, sigue habiendo de todo esto, la Psicología como práctica social puede hacer bastante para remediar sus efectos perniciosos. Pero no hay que pedirle más de lo que puede dar a un ejercicio profesional. No son necesarios psicólogos para enseñar que el futuro son los niños. Aunque debe quedar claro que los cambios de raíz nos los puede aportar una ciencia particular en definitiva, ni la Psicología ni ninguna otra; los cambios de raíz, cambios en la estructura de los poderes, son políticos.

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