Chile: Nuestra Historia sin tapujos

Por: Arturo Alejandro Muñoz
Fuente: Kaos en la Red (23.08.08)

LA ENCUESTA QUE por estos días realiza Televisión Nacional de Chile (TVN) respecto de los diez personajes más importantes de nuestra Historia (‘Diez grandes chilenos’), ha encontrado una repuesta que, en una u otra medida, refleja el sentir y la opinión de un amplio sector del país. ¡¡O’Higgins quedó fuera de la lista!! ¿Un atentado a la dignidad nacional?
Lo anterior es toda una sorpresa porque a pesar del cerco formativo, informativo y deformativo instalado por la dictadura y mejorado por la Concertación, la encuesta está dando precisamente los datos que la clase dominante no esperaba.

Es que hasta hace algunos años yo también pensaba que realmente había sido O’Higgins el libertador de Chile…y lo juraba sin ambages. Recibía aplausos de mis profesores cada vez que repetía como papagayo la conveniente monserga para obtener una buena calificación; tanto insistí en ello que llegué a creer en lo que yo mismo decía.

Hay muchos que aún siguen comprándoles el engaño a ciertos académicos y militares, ya que a las palizas recibidas por el novel ejército chileno (¿era un ejército, o se trataba de simples grupos de desarrapados premunidos de un fusil?) a manos de los españoles (¿eran todos españoles, o había centenares -quizá miles- de chilenos del sur metidos en esas líneas?) ellos las disfrazaron de hechos heroicos, cuando no victorias morales.

Mientras O’Higgins y Carrera actuaron por sí mismos, el proceso independentista chileno fue un caos, una saga de fracasos y contubernios que la ‘historia oficial’ ha adornado con romanceros fantasiosos. El desastre de Rancagua –militarmente el epítome de la estupidez- confirma el aserto anterior. Luego de la debacle experimentada en la plaza rancagüina, la derrota, el caos, el miedo y la huida fueron los únicos contertulios de nuestros primeros próceres. Arrancaron a más no poder rumbo a la cordillera, dejando al país y a su gente al libre albedrío de la venganza hispana.

Mi particular visión de O’Higgins, como personaje histórico, choca frontalmente con la monserga enseñada por el statu quo, que lo sacralizó, lo divinizó, convirtiéndolo en una especie de intocable deidad del Olimpo. «Uno va a la escuela a aprender», eso dicen las tías, las abuelitas y los papás, pero las últimas opiniones pedagógicas aseguran que se va a la escuela a «desaprender» una cantidad de prejuicios, deformaciones y a veces francas falsificaciones que le enseñaron a uno esas mismas tías, abuelitas y papás – es decir- lo que nos enseño el establishment en su departamento «Renovación de Material Humano».

Revisando la Historia de la independencia de las antiguas colonias que España poseía en este subcontinente, me percaté –con negativa sorpresa, lo reconozco- que los chilenos fuimos los únicos sudamericanos que pusimos pies en polvorosa fuera del país, buscando desesperadamente protección en tierras foráneas. Las tropas derrotadas en Rancagua atravesaron a brazos cruzados la cordillera para cobijarse en los dominios de San Martín, el hijo de Yapeyú que los gobernantes de Buenos Aires querían tener bien lejos de la capital trasandina. El tipo era enojón y poseía ínfulas napoleónicas.

Allá en Cuyo, consciente de su incapacidad para estructurar y dirigir ejércitos, además con José Miguel Carrera arrastrando una estela de fracasos similares, O’Higgins entregó la oreja sin chistar, permitiendo que San Martín se encargara de todo. ¡¡Y el ché así lo hizo!! El Ejército Libertador –los valientes de los Andes- estuvo conformado en un 60% por tropas argentinas, y ese mismo porcentaje es válido para determinar la nacionalidad de sus jefaturas.

¡¡HEY, CHÉ!!…¡¡SOCORRO!!

Los chilenos comandados por O’Higgins no pidieron socorro al gobierno argentino, sino que lo solicitaron a uno de los muchos gobernadores provinciales que había en ese país. Entonces, con mayor propiedad y rigor, fue solamente Cuyo (y no la República Argentina) quien liberó a Chile del yugo español. ¡Espantoso (para la dignidad de nuestros militares que tienen a O’Higgins como su principal referente) pero irrefutable!

Mientras los próceres chilenos se encontraban refugiados a buen recaudo allende la frontera, acá en la patria, un hombre solitario, audaz e irreverente, sin ningún apoyo efectivo de fuerzas militares, galopando casi en soledad por los campos chilenos, puso de cabeza al ejército realista obligando a Casimiro Marcó del Pont y a Vicente San Bruno dividir las fuerzas para poder atrapar al insolente rebelde que, acompañado de algunos escasos huasos, hacía huir a españoles y lacayos criollos de pueblos y haciendas.

Era Manuel Rodríguez Erdoíza, ‘el morocho’. Abogado de profesión y guerrillero de oficio, más intrépido que todos sus compatriotas, tenía absolutamente clara la situación por la que Chile atravesaría una vez que San Martín cruzase la cordillera al mando del Ejército Libertador. Era consciente de que O’Higgins carecía de aceptación en gran parte de la aristocracia criolla y tampoco contaba con el beneplácito del pueblo raso.

Lo mismo ocurría con su amigo de infancia, José Miguel Carrera, pues Rodríguez sabía que el ensoberbecido general pertenecía a la más rancia aristocracia latifundista del país…y la lucha abierta de la familia Carrera contra O’Higgins –otro vástago de la aristocracia virreinal- representaba para una patria aún en ciernes el ineludible quiebre por motivos de poder, por causas ajenas a las esperanzas de los chilenos, por inefables intentos de sobreponer una clase enriquecida sobre la otra, y ambas sobre el pueblo.

A nuestros militares les avergüenza comprobar que Manuel Rodríguez –un civil encumbrado a la leyenda- hizo lo que sus pares de antaño fueron incapaces de realizar. Lo saben, pero se niegan a reconocerlo. Como también tienen claro que el general cuyano fue el personaje que recibió el máximo de los honores y reconocimientos prodigados por la población de Santiago el año 1818.

Después de las batallas de Chacabuco y Maipú, los representantes de adineradas familias santiaguinas y penconas ofrecieron a José de San Martín la férula de Director Supremo, pero el cuyano tenía otros objetivos (liberar Perú y, en lo posible, adquirir en Lima la categoría de noble al estilo europeo), por lo que declinó el nombramiento recomendando que este fuese entregado a O’Higgins, su asistente y amigo.

¿QUIÉN, REALMENTE, LOGRÓ LIBERARNOS DE LOS ESPAÑOLES?

El papel de San Martín en la independencia de Chile fue más decisivo que el de O’Higgins y Carrera. Incluso fue también relevante el rol jugado por el inglés Lord Cochrane, quien al percatarse de la absoluta falta de conducción militar y gubernativa en Chile, propuso “importar know how»: planteó ir a buscar -en misión naval- la excelencia en estrategia militar. Ni más ni menos, Cochrane sugirió a O’Higgins –en noviembre de 1818- ir a la isla Santa Helena para liberar a Napoleón e incorporarlo como ‘comandante supremo’ de las huestes chilenas que años después marcharían a Perú para coadyuvar en la liberación del país hermano….ese episodio habría sido espectacular, si se hubiese llevado a cabo. No se realizó por cierto, pero la opinión de Cochrane señalaba la severa carencia de liderazgos en nuestra patria.

Obviamente no todo es negativo en cuanto a O’Higgins, ya que uno de sus méritos fue el haber propuesto –con visión futurista innegable- que en la ciudad de Santiago todos los terrenos allegados a la cordillera deberían ser reservados para un extenso vergel que proveyese de alimentos y aguas cristalinas a la ciudad, y que los lugares residenciales deberían extenderse por el valle hacia la costa. Sin embargo, pocos años más tarde, el dinero y sus coleccionistas dispusieron otra cosa.

Pero, en materia política, el chillanejo, no bien fue nombrado Director Supremo, puso en juego sus poderes para eliminar todo disenso, llegando incluso a cerrar ojos y oídos cuando sus tropas apresaron a Manuel Rodríguez y lo asesinaron en Til-Til. Esos mismos ojos y oídos ya los había cerrado anteriormente con ocasión del fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera en Mendoza…y el posterior ajusticiamiento de su principal adversario, José Miguel, que sufrió la misma suerte de sus parientes, precisamente en la provincia donde San Martín oficiaba de Gobernador.

En definitiva, José de San Martín y sus cuyanos independizaron finalmente a nuestro país. Todo lo que se diga en contrario es un inútil esfuerzo por tapar el sol con un dedo. La verdad duele, y mientras más desnuda esté, mayor es el dolor. Pero, a pesar de ello, sólo la verdad nos hace libres.

Muchos historiadores –de hoy y de mañana- saldrán al paso de estas opiniones entregando mil razones y detalles, pero en lo esencial, no podrán rebatir lo que es principal: Chile logró su independencia gracias a San Martín y sus tropas… y así lo confirmó el agradecido pueblo de Santiago en abril de 1818, luego del triunfo en Maipú, al ofrecerle al general argentino –y no a O’Higgins- el mando de la naciente república.

Por último, no debe quedar en el arcón del olvido la decisión tomada por otro importante personaje de nuestra Historia –amado y divinizado por la ultra derecha militar y económica- que desde los púlpitos del gobierno se jugó el pellejo para evitar que Bernardo O’Higgins Riquelme regresara de su destierro peruano. Ese hombre fue el ministro Diego Portales Palazuelos, quien siempre postuló que la figura del irlandés era nociva, nefasta e innecesaria en un país que recién comenzaba a dar los primeros trancos independientes.

Portales –que no participó en ninguna de las batallas de la independencia- opinaba que O’Higgins representaba el quiebre, la anarquía y la ineficiencia administrativa, amén de ser portaestandarte de una logia cuyas acciones eran fuertemente criticadas por la población, especialmente por haber entregado el mando de Chile a manos argentinas (*). El poderoso y tiránico ministro tuvo que poner de pie lo que el ex Director Supremo y sus seguidores habían dejado de cabeza; para ello hubo de luchar con encono contra pipiolos, pelucones y o’higginistas nostálgicos.

Entonces, ¿por qué don Bernardo no fue considerado prioritariamente por los miles de estudiantes y profesores que, en este año 2008, construyeron el listado final de los 10 chilenos más importantes de nuestra Historia? Las pruebas al canto, y los melifluos chovinistas entorchados, al llanto. La voz del pueblo puede ser a veces sólo un susurro, pero tarde o temprano se escucha.

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(*) Cuando nuestro país estableció la ‘Presidencia de la República’ como jefatura máxima de la nación, el primero en ocupar ese cargo fue el argentino Manuel Blanco Encalada el año 1826 (hijo de padre español y madre chilena, nació en Buenos Aires el 21 de abril de 1790, y llegó a Chile luego de cumplir los 23 años de edad).

Arturo Alejandro Muñoz en Kaos en la Red

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