El cementerio de los muertos en vida

Por: Gregorio Angelcos
Fuente: http://www.elclarin.cl (12.08.08)

Es un instante silencioso donde nadie grita, todos vociferan y reclaman, se tragan la rabia y se nutren de impotencia, mientras el lenguaje de los políticos conserva un anacronismo y las limitaciones propias de los que carecen de ideas para darle una nueva fisonomía a la vida en sociedad, el debate carece de propuestas que anticipen un cambio significativo en nuestro desarrollo.

Pero la rutina es tan intensa que es preferible sortear los fantasmas que asedian nuestra vida cotidiana, y sobrevivir sin pensar que una reacción social colectiva podría abrirnos una expectativa, para exigir que el estilo de vida impuesto por factores económicos y administrativos giré su rumbo hacia un país más humano y más democrático.

Es curiosa la pasividad articulada con la premura de la gente, que por una parte se muestra contemplativa frente al acontecer diario, y por otra, corre y se desplaza irracionalmente desde muy temprano cada mañana para insertarse en sus actividades cotidianas. Al parecer los tiempos para reflexionar se han ido castrando del intelecto ciudadano, y el ejercicio de pensar se concentra en las elites, sin que se avizoren resultados significativos.

El país ha adoptado una mecánica regulada por la institucionalidad creada durante estos últimos veinte años, y la mayoría funciona de acuerdo a una cierta normativa “ética” que se desprende del conjunto de restricciones que establece la legalidad vigente. Proporcionalmente lo permitido desborda en el ejercicio de las libertades individuales a lo prohibido; y por tanto, la conducta de las personas tiende inconscientemente a subordinarse.

Rebelarse contra alguna norma jurídica o moral que provienen del conservadurismo valórico, está condenado a priori por un colectivo de mentes sometidas a una cultura que se ha permitido socializar a los individuos estableciendo categorías entre lo posible y lo imposible. No está permitida como lógica la insubordinación sin que esta se vea afectada por una sanción punitiva o social.

Es el caso de la estudiante que reivindicando el derecho a una educación pública de calidad, y ante la sordera de las autoridades para considerar la reflexión de los estudiantes, reacciona rompiendo las convenciones sociales impuestas y le arroja el agua de un jarro a la ministra de educación; se le acusa de interrumpir el “diálogo”, de agresión a una autoridad, y los políticos tradicionales, defensores de su status quo cierran filas en torno a condenar la acción de la joven.

Se agrega que reacciones de este tipo ponen en riesgo el “libre juego democrático”. Por extensión especulan que el hecho sienta un precedente negativo y que potencialmente estimula la reproducción de malas conductas entre los jóvenes. En síntesis, se provoca una espiral de declaraciones alarmistas que contrasta con la neutralidad de una población que se muestra desinteresada en la agenda pública y los temas sociales de mayor relevancia para el país.

Los medios de prensa se suman a esta vorágine convirtiendo esta escaramuza en un hecho mediático de carácter nacional, entrevistan a la agredida quien se victimiza y clama justicia, en otras palabras se muestra partidaria de expulsar a la joven de su liceo como una medida ejemplarizadora, luego se desdice de sus declaraciones iniciales.

Por su parte, la “agresora” es convocada por los canales de televisión y dispone de tribuna abierta para argumentar sobre el hecho. El país de las elites y la prensa le da una connotación que supera con creces la acción en si misma. Aparecen sicólogos clínicos quienes se refieren al “enfrentamiento”. Pura ciencia y moral en cierne durante algunos días, y el “fenómeno informativo” se desvanece en el aire por su intrascendencia.

La población mayoritariamente condena la acción de la joven, los que participan de la acción lo comentan en voz baja y con ironía, entre miedos y rebeldía, no vaya a ser cosa que hacerse participe emocional del hecho implique algún tipo de sanción que pueda perjudicar su situación laboral, y una perdida de vaya a saber que derecho adquirido en el marco de restricciones en las que sobreviven.

Después de todo, mañana temprano hay que partir al paradero más cercano a esperar el transantiago, y dirigirse al trabajo encapsulados por la insuficiencia de espacios en el interior del bus, laborar en silencio, de mala gana y con poco dinero en el bolsillo, esperar hasta el mediodía para almorzar algo “liviano”, hacerse de paciencia para continuar en la tarde, y luego volver a la movilización colectiva para retornar a casa. Y así ver como la rutina los traslada a través de otra semana, esperando un “golpe de suerte” que los libere del hastío y la pobreza material y espiritual en la que viven.

Mientras tanto las elites se enfrentan en un debate espurio, unos con mayor proximidad a la realidad que otros, con una Presidenta que hizo esfuerzos, y trató de generar la mayor cantidad de reformas sociales ante una oposición ciega e intransigente, que viene bloqueando cualquier intento de profundizar la democracia y provocar una cierta justicia social.

Hay un miedo estructural entre la población, una inanición parecida a la muerte que se percibe como una atmósfera de cementerio, pero con la agravante de que los que vegetan están vivos y continúan respirando.

María Música rompió el sonambulismo por un segundo, para que luego todo retornara la “normalidad”, y en vez de agua que fluye por una reacción humana, la no opinión pública retorne a un conformismo limítrofe donde nada es posible, y levantar la voz para reclamar algún derecho sea una nostalgia pretérita de aquellos que inmolaron su vida como el presidente Salvador Allende.

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