Universidad: Si hay que callarse, que lo hagan los responsables

Por: Alberto Arce
Fuente: La Insignia.España, septiembre 2004

No sé si el enchufismo, el paletismo y la mediocridad merecen una serie completa de artículos. Por el interés informativo se justificaría. En cambio, la cantidad de bilis que hay que tragarse para escribirlos desaconsejan terapéuticamente su redacción. Sé dirá que quien los escribe lo hace movido el resentimiento y la envidia o, mejor aún, se comprenderá, entre líneas, que escribirlos supone, en función de quienes los lean, cavar una profunda fosa de silencio y puertas cerradas para su responsable. Creo que a estas alturas da igual. Si finalmente las fuerzas flaquean para redactar la serie, quede al menos su primer capítulo redactado. Está claro que hay tema, hay historias y hay ejemplos concretos con nombres y apellidos que cada uno de nosotros conoce. Y si no salen a la luz para ser resueltos y se limitan a convertirse en recurrente tema de conversación de familiares y amigos en torno a la mesa camilla de los domingos por la tarde es únicamente por miedo. Miedo a ser identificado como problemático, respondón o poco sumiso por el señor feudal de turno -que la especie del cacique no ha hecho más que extenderse de unos años para acá- llámese este catedrático de universidad, concejal de cualquier pueblo, diputado en el Parlamento europeo, sindicalista liberado de una empresa municipal de transportes o jefe de sección de cualquiera de nuestras multinacionales de sabor cañí. Nadie se salva del miedo. Miedo a perder la posibilidad de que el primo de un conocido, el jefe de un hermano o el amigo de la infancia de un padre decida agraciarle a uno con una recomendación o una entrevista de trabajo. Esto cada vez se parece más a los oscuros años 40, en los que era necesario un certificado de adhesión al régimen o todavía se utilizaba en el lenguaje de la calle el concepto de “recomendado”.

El mejor ejemplo en España de la involución, el nepotismo y el enredo de la ley, de cualquier ley y de cualquiera de posibles reformas, la haga el partido que la haga, es la universidad, auténtico coto cerrado de inquinas y maquinaciones. Nueva corte versallesca encerrada sobre sí misma y en torno a ciertos oscuros personajes que pertenecen a una postmoderna casta de nobles intocables que acceden al cargo por cooptación interna y se reproducen a sí mismos. Nada que ver ya con un lugar donde el trabajo y la lucidez intelectual marquen el norte, ubicado ya exclusivamente en repartirse el pastel de los fondos públicos, que en la universidad adquieren la forma de subvenciones que deberían encargarse de financiar los proyectos de investigación o formación, de los que salga el capital humano del país. Parece más un vivero de escarabajos cuidando sus bolas de heces que un invernadero de ideas para el futuro. Todos conocemos casos escandalosos de cómo el trabajo ha dejado de ser un mérito o una prueba de la calidad de la producción de los jóvenes investigadores. Los mejores abandonan el país, tentados por las oportunidades que Europa y los Estados Unidos les ofrecen en función de su curriculum y no de su pertenencia a tal o cual camarilla. Y aquí solo se quedan los designados por los “capos” que con cada vez mayor perfección controlan el acceso a la carrera docente e investigadora y forman a sus sucesores en el negocio antes que a cabezas librepensantes.

El mecanismo a seguir para un estudiante despierto que quiere quedarse a trabajar en la universidad es simple y conocido. Hay que conseguir, lo antes posible, que alguna gallina clueca o gallo de pelea de los bien situados en el corral decida que necesita un mancebo para los próximos años. Y es necesario ser el escogido. ¿Cómo? Hay un millón de mecanismos: uno de ellos, el lógico a priori, el obvio pero cada vez menos necesario, es ganar en la competencia por las notas. Pero la excelencia académica cada vez importa menos. En todo caso, aunque se sea el mejor hay que estar atento a ser también perro fiel y sin criterio propio, no vaya a ser que de opción de futuro se pase rápidamente a pertenecer a la categoría de amenaza para la estabilidad del sistema. Otro, el adecuado para los mediocres, es lamer culos, reír gracias sin gracia, trabajar sin horarios ni contrato, vacaciones ni cotizaciones sociales, ofrecerse para todo, acompañar cual paje a su príncipe a aplaudir en sus conferencias o llevar adelante cualquier otra idea de las que el imaginario becarial ha hecho ya populares. O hacer todo eso al mismo tiempo. Hay catálogo. Y no nos olvidemos del ser “hijo de”, es decir, de algún profesor, director, concejal o diputado de los que hacen negocios con los “amos del saber”. Ésa es la mejor.

Una vez que, en torno a los 23 años, se triunfa en la dura carrera por conseguir entrar en la camada de mamá o papá catedrático, nada más importa. Ya se tiene tarjeta de presentación. Hola, me llamo X y estoy bajo protección del don o la doña de tal barrio, leáse área de Sociología, Ciencia Política o Derecho Administrativo. Se hacen méritos, se pasa la prueba de iniciación y se muestra sumisión. Todo resuelto. Se parece demasiado a la magistral “Goodfellas” de Martin Scorsese. Podríamos sugerir que en la jornada de presentación de cualquier facultad se proyectase esa película. El resto del trabajo consiste en seguir fielmente las instrucciones. Al pie de la letra, no es posible saltarse bajo ningún concepto las reglas de la jerarquía. Se espera pacientemente durante los cuatro o cinco años que lleva el proceso de corta y pega en que consiste la redacción de una tesis doctoral de trámite que a todo el stablishment le parezca bien y no cuestione los planteamientos de quienes están por encima en el orden jerárquico de la academia. Es fundamental que la comida que el vasallo les ofrece a sus amos el día de la definitiva obra de teatro garantizada con el “cum laude” de antemano sea cara y copiosa. No olvidarse de tan fundamental cuestión. Y en caso de que se aparezca algún mojón en el camino para eso está el don o la doña, para salir en defensa de su protegido y encargarse de que ningún competidor o instancia administrativa puedan trastocar el futuro diseñado para quien ya es “de la casa”. Cuando se pertenece a la casta de los elegidos es imposible que nadie cuestione la capacidad intelectual o de trabajo del intocable, que pasa a sentarse en una lista de espera por “su plaza”, blindada ante cualquier cuerpo extraño que venga del “espacio exterior” a robársela. Incluso si el hipotético e infeliz competidor en la plaza o la asignatura por la que el “intocable” espera está doblemente cualificado o supera con creces los méritos del elegido ya se diseñará en la convocatoria algún requisito extra para cerrarla al peligroso e infecto mundo exterior. Corren rumorologías urbanas que dicen que alguna vez en alguna pequeña universidad de provincias se han dado “expedientes X” en los que algún cuerpo extraño o despistado ha desposeído de su plaza al candidato de la casa. Probablemente el Ministerio de Educación haya enviado agentes a destruir las pruebas porque por más que se investigue los agraciados no aparecen. Quizás entrar en un departamento universitario según los criterios legales, saltándose los buenos usos y costumbres, sea deporte de tan alto riesgo que la mayoría de los candidatos interiorizan el terror de enfrentarse a tan poderosa maquinaria antes de hacerlo y saben que el remedio será peor que la enfermedad. Por eso casi nadie conoce casos.

El sueldo de profesor universitario no es demasiado suculento para muchas personas, y menos para personas que entran en la carrera movidos por motivos bien diferentes a los intelectuales. Dinero fácil y poco trabajo llaman a dinero fácil con un poquito más de trabajo, pero no demasiado. Las vacaciones son largas y la disponibilidad horaria es amplia. Y como ha quedado claro que si alguno de los aspirantes tenía en realidad interés por la investigación, las ganas han desaparecido por el camino, ofuscadas a base de cotilleo de pasillo y conspiración de departamento, hay que seguir buscándose la vida y entrar en el apasionante circuito de los masters y los cursos de posgrado. En un país como el nuestro, donde el desempleo universitario es el más alto de Europa y el nivel de arbitrariedad en la contratación es inmenso, los cursos de posgrado son el nuevo “McGuffin” con el que engañar a los pobres incautos que no saben qué camino tomar al terminar su licenciatura y al mismo tiempo el nicho de mercado en el que, utilicemos ya la palabra mafia, los mafiosos amplían sus redes.

Los másters cuestan entre 5.000 y 15.000 euros al año. De ahí salen entre 60 y 120 euros por la hora de clase más billetes de avión y dignos hoteles pagados, en definitiva, vacaciones pagadas para el conferenciante de turno y su pareja a repartir entre los amigos. ¿No está mal, verdad? ¿quién se negaría? Los profesores de determinado departamento se reúnen para montar “su curso”. Da igual que la temática del mismo no tenga salida laboral, da igual que existan ya tres cursos similares en 100 km a la redonda, da igual que no se tenga nada nuevo que decir o que el mercado laboral no necesite a sus egresados. Organizar cursos de posgrado es, a día de hoy, la salida económico-laboral a la que recurre un colectivo docente cada vez más taponado y limitado en su autoreproducción si se limitan a las licenciaturas tradicionales. El descenso demográfico y el descrédito de la universidad se están cargando el mercado de demanda inelástica y clientes cautivos que durante los años 90 fue la universidad española. Necesitan alguna vía de expansión de su trabajo. Y no van a escribir e investigar, tareas de arduo esfuerzo y gran inutilidad, cuando pueden limitarse a repetir una y otra vez el rollo macabeo que escribieron hace 20 años y del que ya no pueden ni quieren salir.

La salvación, los masters, gran moneda de intercambio de favores. Como hay que sumar nombres de diferentes cotos al tinglado que cada uno se monta, comienzan a correr las invitaciones a profesores de otra universidad, con el que se intercambian interesantes negocios “yo voy a la tuya y tú vienes a la mía”. Al final siempre están los mismos en todos los cursos. Un número indeterminado de nombres de referencia que se conocen entre ellos e introducen poco a poco a sus respectivos protegidos en la camarilla de quienes se repartirán el pastel en el futuro, poco a poco, a medida que la biología obligue a renovar plazas. Pero sólo bajo los dictados inexorables de la extinción de la vida, no se crean ustedes, porque aquí no se retira, para dejar espacio o repartir trabajo, ni Dios.

Así que, a modo de consejo. Quienes quieran entrar en este apasionante mundo ya conocen las reglas: acercarse a un árbol que dé buena sombra, callarse bien la boquita, molestar poco, llamar la atención lo menos posible, pasar muchos textos a máquina, hacer fotocopias, escribir en negro sin firmar todo aquello que se le pida y esperar turno. Para quienes lo acepten, la universidad española ofrece una variada macedonia de cursos, másters, doctorados, centros de investigación y reinos de taifas variados en los que emprender una provechosa carrera de chupóptero público. Sólo hay que dejar la honestidad intelectual y el respeto por el trabajo y la capacidad de cada uno de lado. Así se conseguirá un bonito nombre en la academia de este país. Y si se ha terminado recientemente la carrera y no se sabe qué hacer, el máster no es la opción. Hay un millón de modos mejores de gastarse el dinero. Que no se lo queden ellos. No se lo merecen.

Como el debate es recurrente y está en la calle, se percibe desde el poder la necesidad de la reforma universitaria. Pero cada vez que un gobierno, cualquier gobierno, aprueba reformas, cualquier reforma, pretendidamente encaminadas a terminar con la endogamia universitaria y tendentes a dotar de limpieza y claridad al proceso de designación de profesorado o a la fiscalización de los fondos que financian la universidad, inmediatamente los afectados se sientan a trabajar. ¿En sus investigaciones? No, en el modo de repartirse el nuevo sistema para que todo continue igual. En este país todo sigue atado y bien atado. Contando con que cualquier modificación saldrá de alguna comisión de expertos o de sabios, creada también, y como todo en esta gran “familia”, siguiendo el sistema de cuotas, en la que las camarillas universitarias -los interesados- estarán debidamente protegidas y representadas, aunque todo cambie todo seguirá igual. La autonomía universitaria es sagrada. El sistema que se ideó para mantener la independencia respecto del poder político se ha convertido en cobertura para una gran cueva de ladrones autocomplacientes, una especie de catacumbas de privilegio, en el sentido más estricto de ley privada, absolutamente fuera del control y la fiscalización de la sociedad a la que pretendidamente sirve.

Y que me perdonen los habitantes de la aldea gala, los últimos de Filipinas y los resistentes de Massada. Sé que Numancia existe y que algunos no dejarán de defenderla. Sirva su ejemplo de dignidad para demostrarles al resto que, efectivamente, se pueden hacer las cosas de otro modo.

Que no nos cuenten los de arriba películas autoexculpatorias sobre lo izquierdistas que fueron contra Franco o lo mal que funciona todo. Las soluciones siempre comienzan por uno mismo, y sólo se descree de este mundo quien pierde en el juego de cartas marcadas en el que le obligan a participar. Los falsos lamentos de los beneficiados por el actual orden de cosas no son más que patéticas lágrimas de cocodrilo procedentes de egoístas, timoratos y caraduras que llevan frotándose las manos desde que sus amigos socialistas han vuelto al poder. Ahora les toca a ellos pedir su parte. Ya les oigo frotarse las manos.

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