Obtener un diplomado no significa adquirir mayor conocimiento; sólo asistencia, un negocio y vulgar chacreo

Por: Edison Otero
Fuente: Diario “La Nación” (31.07.08)

Título original de la nota: “Primera persona”

Había una ilustración extendida y un aprecio explícito de la importancia de obtenerla. El que eso no ocurra ahora es una carencia significativa. Por estos días, se ha vuelto de mal gusto preguntar a alguien si leyó alguna vez a este o aquel escritor.

Como en “la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”, según dice el tango, las cosas cambian con los tiempos. Concluía otro poeta afirmando que “así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”. Y cambia tanto que los perplejos no tienen otro recurso que proclamar lo de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Determinar esto equivale a un quebradero de cabezas. Ni los historiadores ni los teóricos de la ética han podido dar con una respuesta satisfactoria. Sostener que esa afirmación es verdadera a todo evento tiene un indisimulable olor a conservadurismo, y lo contrario significa idolatrar el presente más allá de lo razonable. Tampoco convence una respuesta ecléctica, que se equilibra en el medio y tratar de dar el gusto a los miran hacia atrás y a los que colocan todas sus esperanzas en lo que vendrá. Como se sabe, servir a dos amos nunca resulta.

Pero hay al menos un sentido en que el presente me resulta chocante o, cuando menos, inquietante. Este sentido ha saltado a la palestra a propósito de los antecedentes de escolaridad de personas que ejercen cargos públicos o aspiran a ejercerlos en nuestro país, y se conecta igualmente con un clarísimo descenso de los estándares de exigencia en el sistema educacional, se trate de la enseñanza media o de la superior, y de los títulos y los grados. Tal vez el más sorprendente de los giros recientes es la conversión de los diplomados en algo equivalente a un grado o título; he visto un sinnúmero de currículos de vida que suman diplomados como si fueran importantes logros académicos. Todos desean olvidar que el diploma que se recibe no es más que una constancia de asistencia a una actividad sin evaluación ni grado. Así tener un diplomado se ha convertido en una medalla al mérito.

Pero no es más que un detalle en algo de mayores dimensiones y que calificaría como un elogio sistemático de la ignorancia. Lo sintetizo en una constatación: excepto por personas de mi generación (hayan o no obtenido título universitario), me resulta casi imposible hallar a alguien más joven para conversar sobre una obra de Sófocles, Erasmo, Shakespeare o Jean Genet. Y qué decir si paso de la literatura de ficción a la filosofía: a excepción de los especialistas (entre nosotros, se cuentan con los dedos de las manos), es muy complicado dar con alguien para charlar (no ya reflexionar) de Platón, Aristóteles, Hume, Hegel, Ludwig Wittgenstein o Carnap. No cambia mucho el panorama si giramos hacia las ciencias sociales. Dejando de lado a expertos y aprendices, Durkheim, Weber, Malinowski, Goffman o Watzlawick, Levi-Strauss o Foucault constituyen autores de los que sólo se conoce el apellido.

El hecho es que la formación que recibimos, tanto en la media como en la superior, suponía tomar contacto con esos autores. No era excepcional sino común toparse con pares que se manejaban en iguales términos. Había una ilustración extendida y un aprecio explícito de la importancia de obtenerla. El que eso no ocurra ahora es una carencia significativa. No se trata de que la vida retome la lentitud de antes, que regresemos a la época en que se podía volver a almorzar a casa, que retornemos a una época en que la política tenía crédito y la vocación pública era una renuncia. Aunque no sería mala idea, no es eso. Se trata de que al restarnos del manejo de la cultura literaria y filosófica, nos quedamos huérfanos de la experiencia que muchos tuvieron a bien transmitirnos porque estuvieron convencidos de que era un aporte para nuestros propios problemas con un mayor grado de amplitud mental. Esos autores y obras no importan porque fueran griegas, inglesas o alemanas. Aunque hablaron a sus congéneres temporales, se dirigían a todos quienes se emparentan y hermanan en la felicidad esquiva y las sombrías desgracias sin importar época y suelo.

Por estos días, se ha vuelto de mal gusto preguntar a alguien si leyó alguna vez a este o aquel escritor, si conoce las ideas de este o aquel pensador. Como demasiados andan haciendo gala de su pertinaz ignorancia, les ofrezco disculpas por los párrafos anteriores. No era mi intención ofenderlos.

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