Trastornos mentales: Una epidemia silenciosa

Por: Mariló Hidalgo
Fuente: http://www.revistafusion.com (Mayo del 2008)

Gritos desesperados

La salud mental es hoy por hoy uno de los problemas de salud pública más apremiantes a escala mundial. Pero dentro de ello, preocupa especialmente el gran número de suicidios entre personas que padecen enfermedades mentales. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre veinte y sesenta millones de personas intentan suicidarse cada año. De ellas, un millón lo consigue. Y más del 90% de esos desenlaces están relacionados con trastornos mentales como la depresión, esquizofrenia o alcoholismo.

Un dato curioso es que las cifras de suicidios aumentan en la medida que crece la economía y el nivel de bienestar de un país. Las autoridades por su parte evitan, en la medida de lo posible, analizar este problema con rigor por temor a generar una alarma social. Carmen Tejedor, psiquiatra especializada en suicidiología en el Hospital Sant Pau de Barcelona, nos comenta que en general se teme hablar de este problema por varias cuestiones. “Por un lado, unos justifican el silencio para evitar un posible contagio de conducta. Otros creen que el suicidio y el intento suicida son decisiones libres, por lo tanto siempre hay culpables o víctimas, cosa cada vez menos aceptada. Todo esto provoca el tabú y silencio social”.

Un silencio que la OMS, junto con organizaciones de salud mental de todo el mundo, está dispuesta a romper a través de sus campañas de sensibilización y educación. Al tiempo que exigen a los gobiernos voluntad política firme para poner los medios necesarios que ayuden a erradicar el problema. La alerta está ahí: las enfermedades mentales pueden ser mortales y por tanto, hay que concederles una importancia capital.

El suicidio es la primera causa de defunción entre la población joven. El porcentaje más elevado lo encontramos en los varones entre 15 y 24 años

¿Quién se suicida? Es la primera causa de defunción entre la población joven. El porcentaje más elevado lo encontramos en los varones entre 15 y 24 años (6,7%) y entre 25 y 34 años (11,5%) Las cifras se disparan cuando hablamos de varones mayores. Expertos en gerontología denuncian que cada año se producen en España (www.suicidioprevencion.com) más de mil suicidios de personas mayores de 65 años, principalmente ancianos. Y el porcentaje aumenta cuando hablamos de mayores de 80 años.

Los motivos desencadenantes de una situación así son variados, según el Informe elaborado por la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS). Se ha comprobado que el riesgo de suicidio aumenta en parados, jubilados y trabajadores irregulares. Esto por lo general deriva en problemas de identidad, pérdida de control, desamparo y depresión. Trastorno este último presente en más de un 65% de los suicidios. No obstante, apunta este documento, aunque la depresión es más común en las mujeres, el suicidio al final es más frecuente en los hombres: son más reacios a consultar su problema, a dialogar y acaban utilizando métodos más efectivos para lograr su objetivo.

En el caso de los jóvenes, aparte de las cifras de los que consuman el suicidio, “lo más llamativo y alarmante, señala la doctora Tejedor, es el aumento exponencial de los intentos de suicidio sobre todo por intoxicaciones medicamentosas voluntarias, seguido de autolesiones -cortes y venoclisis-“. Por cada joven español que se ha suicidado, han tenido lugar entre treinta y cincuenta tentativas. ¿Cómo un joven llega a una decisión así?

Es el sentido de la vida lo que da significado y ayuda a dar soporte físico a la existencia de una persona. Sin ello la mente se vuelve frágil

“Hablar de decisión en estos casos es poco adecuado -advierte Tejedor-. La autodestrucción no se decide ‘libremente’, sino que está mediatizada por unos factores de riesgo. En los jóvenes son los trastornos mentales, afectivos y el consumo de tóxicos. En general afectan fundamentalmente todas las situaciones de cambio vital que conlleven pérdidas, rupturas de relaciones significativas, frustraciones profesionales, problemas familiares, etc. La prevención del suicidio comienza por la información objetiva del problema, por sensibilizar a la población y por ofrecer recursos asistenciales adecuados. Concretamente en el Hospital de Sant Pau y el Centro de Psicoterapia de Barcelona, estamos realizando un plan de prevención del suicidio pionero en España con resultados interesantes”.

El psicólogo Javier Urra, primer Defensor del Menor, habla de la depresión profunda como principal motivo para llegar a este fatal desenlace, que además afecta de forma distinta a jóvenes y adultos. “En un adulto se traduce en melancolía, en esa incapacidad de subsistir. El joven empieza a no sentirse querido, cree que es la oveja negra de la familia, que no cumple expectativas y que es un fracasado ante sus amigos o en el ámbito escolar. Apenas existen suicidas por cuestiones amorosas entre los jóvenes. Y por último, estoy convencido de que existen suicidios encubiertos. Hay quien se quita la vida con el coche, por ejemplo, aunque es algo que no se llega a demostrar”. Al final parece que nos encontramos ante un tema tabú, del que pocos quieren hablar, pero dado el elevado número de suicidios en nuestro país, llega el momento de preguntarnos ¿qué está pasando? ¿qué quieren decirnos?

Origen de la “epidemia”

Aseguran los profesionales que un porcentaje muy elevado de pacientes que acuden a sus consultas en busca de psicoterapia presentan problemas graves que tienen que ver con la falta de sentido de sus vidas. El reconocido psiquiatra y doctor en filosofía Viktor Frankl advertía hace ya unos años que “el deseo de significado se está frustrando a nivel mundial, porque aumenta el número de personas que experimenta un sentimiento de falta de sentido y esto deriva en comportamientos neuróticos con diferentes cuadros sintomáticos: alcoholismo, depresión, obsesión, etc. Los síntomas en estas neurosis, son una manifestación de desviaciones en la voluntad de significado”. Es por tanto, el sentido de la vida lo que da significado y ayuda a dar soporte físico a la existencia del ser humano. Sin ello, la mente se vuelve frágil y surge la enfermedad, advierten los expertos.”Hablamos de una necesidad específica que en mayor o menor grado, está presente en todos los seres humanos, -apunta la psiquiatra Maribel Rodríguez-. Y este sentido no es el mismo para todas las personas. Cada uno ha de hallarlo en función de sus propias circunstancias y en función de sus propios objetivos en la vida y sus posibilidades. Cada uno ha de encontrar aquello que para él da un significado a su vida. Se trata de una búsqueda personal, no puede hacerlo otro. No hay respuestas estándar. Aunque haya elementos comunes -escalas de valores-, cada uno ha de llegar a su propia solución por sí mismo y debe encontrarla en la vida misma”.

Estamos inmersos en un sistema que ha conseguido proyectar un ideal de vida que no está al alcance de todos. El que no es capaz de imitarlo acaba sintiendo frustración

¿Qué da sentido a nuestra vida? Muchas de las personas que sufren enfermedades mentales hablan más bien de lo que no da sentido a la vida. Y en ello, aunque no se puede generalizar, sí hay una serie de líneas comunes. Hablamos por ejemplo de la dimensión social y la importancia que tiene para el individuo la sociedad en la que vive. Una sociedad que fomenta la competencia, el egoísmo, el éxito a partir del dinero. Una forma de vida acelerada, deshumanizada donde todo parece tener precio y donde la búsqueda del placer como único fin, conduce a la búsqueda de poder para sobrevivir. Estamos inmersos en un sistema que ha conseguido proyectar un ideal de vida que no está al alcance de todos. El que no es capaz de imitarlo, acaba sintiendo frustración, falta de confianza en sí mismo, de motivación, soledad, etc. El individuo se da cuenta de que cuanto más tiene más insatisfecho se encuentra. ¿Consecuencia? Cortocircuito. Trastornos mentales que cada vez empiezan a edades más tempranas. El poner toda la energía en el “tener” -cuantas más cosas mejor- y dejar a un lado el “ser”, está generando muchos problemas como nos recuerda el filósofo y teólogo, Leonardo Boff: “El hombre no funciona sólo en base a expectativas externas. La vida interior representa en estos momentos una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad y esto está generando muchos problemas que aún no se identifican como tales. Urge rescatarla porque en ella se encuentra nuestro punto de equilibrio, es lo que realmente aporta una calidad de vida. Interior significa profundidad y ese interior emerge cuando el ser humano se detiene, calla, comienza a mirar dentro de sí y a pensar seriamente. Cuando se plantea cuestiones decisivas como ¿qué sentido tiene mi vida y todo este universo de cosas que me rodea? ¿Hay vida más allá de la vida? ¿Por qué estoy en este planeta tan hermoso pero tan maltratado? ¿Quién ofrece respuestas?… La vida interior no es monopolio de las religiones. Es una dimensión de lo humano. Pero es universal. Está en todos los tiempos y culturas. Vida interior es escuchar voces y movimientos que vienen de dentro. Es lo que nos habla de lo que realmente cuenta en nuestra vida, de aquello que es decisivo y que no puede ser delegado en nadie. El efecto más inmediato de esta vida interior es una energía que permite encarar los problemas cotidianos sin agitaciones. Con serenidad, con profundidad”.

“La vida interior es una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad y esto está generando muchos problemas que aún no se consideran como tales” ((Leonardo Boff. Filósofo y Teólogo)

Estamos atravesando un tiempo de cambio que nos afecta no sólo a nosotros sino a todo nuestro entorno. En paralelo y a juzgar por lo hasta aquí expuesto, coincide con una profunda crisis de valores provocada por una fuerte ruptura entre la necesidad interna del ser humano y lo que vive fuera. En cierta forma el individuo “ha perdido el Norte”, se ha “desconectado” de sí mismo, del entorno, de los demás… y pide ayuda. La farmacología en estos casos poco puede hacer. Negar el problema no es la solución. Pensar que no depende de nosotros sólo conduce al inmovilismo. La tercera opción es volver a “conectarnos” y para ello debemos empezar por nuestro entorno. No estamos solos. Vivimos interrelacionados con los demás y con el mundo que nos rodea. Somos una red -seamos conscientes o no de ella-, que funciona sin depender de nosotros. “La persona es una unidad de varias dimensiones: biológica, psicológica, espiritual y social”, recuerda la psiquiatra Maribel Rodríguez. Y no se puede separar una de las demás. Partir de esta unidad ayuda al equilibrio global”.

Más de 1.200 estudios de psicología publicados en los últimos diez años -el 90% de ellos realizados en EEUU-, relacionan esa dimensión de vida interior del hombre con la salud. La creencia en algo superior, en las personas que nos rodean, parece ser un elemento que ayuda a mantener el equilibrio mental y potencia la eficacia del sistema inmunitario humano frente a las distintas enfermedades, desde el cáncer hasta las cardiovasculares. §

El ordenador central

Si hablamos de salud mental tenemos que referirnos al ordenador central: el cerebro. Una especie de universo en pequeño donde miles de neuronas extienden sus brazos y se relacionan a través de pequeñas chispas eléctricas. Así es como viaja la información que recogen nuestros sentidos y luego es interpretada por cada individuo, construyendo con ello su realidad. El cerebro tiene la capacidad tanto de captar información de lo que ocurre en el interior de nuestro cuerpo como fuera de él. Y aún más. Los investigadores de la Universidad de Pennsylvania, Andrew Newberg y Eugene D’Aquilli, aseguran haber encontrado en el cerebro el circuito de la religiosidad del hombre. Este órgano estaría preparado biológicamente para mantener relación con lo que pueda existir oculto más allá del universo físico. Ello ha dado lugar a una nueva disciplina que denominan neuroteología, según la cual Dios habría dejado huellas de su presencia en el cerebro del hombre para que puedan llegar a conocerle y sientan la necesidad de llegar hasta él. Una realidad de la que ya nos hablaba hace tiempo la Mecánica Cuántica y que ahora la ciencia está empezando a vislumbrar.

No existen dos cerebros iguales -“Cada mente es un mundo”- ni por tanto, dos concepciones del mundo que se parezcan. Pero sí hay un debate común a todos los seres humanos desde el principio de los tiempos: Quién soy y qué sentido tiene mi existencia. Hay quien sugiere que en el fondo somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Un interesante camino por recorrer. §

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