Teoría del ensayo

Por: José Luis López Martínez
Fuente: http://www.ensayistas.org (México: UNAM, 1992)

HACIA UNA DEFINICIÓN DE ENSAYO

Las palabras, al igual que las costumbres, están sujetas a la tiranía de las modas. En nuestro siglo, y con especial énfasis en los últimos años, tanto los escritores como los editores han dado en denominar “ensayo” a todo aquello difícil de agrupar en las tradicionales divisiones de los géneros literarios. Si a esto unimos la vaguedad del término y la variedad de las obras a las que pretende dar cobijo, no debe extrañarnos que las definiciones propuestas se expresen sólo en planos generales. El Diccionario de la Real Academia Española define el ensayo como “escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”. No es necesario un examen meticuloso para determinar lo inoperante de esta definición: sólo hace referencia a la forma y, por otra parte, presenta al ensayo como a un hermano menor del tratado, como algo que no llegó a desarrollar lo que tenía en potencia. A este particular no son tampoco de gran ayuda las antologías de ensayistas, especialmente las que recogen escritores españoles, pues o incluyen demasiados ejemplos sin verdadero criterio del género, o representan puntos de vista parciales, por lo común determinados por aspectos temáticos.

En la búsqueda de una definición o caracterización del ensayo, es no sólo conveniente, sino preciso, remontarse a la obra de Miguel de Montaigne, creador del género ensayístico según la posición tradicional de la crítica literaria. Montaigne, en efecto, fue el primero en usar el término “ensayo”, en su acepción moderna, para caracterizar sus escritos, y lo hizo consciente de su arte y de la innovación que éste suponía. En el ensayo número 50 del libro primero, que tituló “De Democritus et Heraclitus”, nos da una “definición” que todavía posee hoy algo más que valor histórico: “Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia” (289-290).

En España, a pesar de que en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias (1611), se encuentra ya el término “ensayo”, en ninguna de las tres acepciones que se incluyen, se hace referencia a una composición literaria. Para hallar la palabra “ensayo” con el sentido que le proporcionó Montaigne, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XIX. En Covarrubias el concepto se encuentra implícito en la voz “discurso”: “Tómase por el modo de proceder en tratar algún punto y materia, por diversos propósitos y varios conceptos”. Así lo emplearon nuestros ensayistas del siglo XVII, especialmente Quevedo en Los sueños y Gracián en Agudeza y arte de ingenio. La palabra ensayo, si bien aceptada en el siglo XIX para designar una composición literaria (en el Diccionario de la Academia Española aparece ya la definición actual),es considerada despectivamente en ciertos sectores de la crítica hasta bien entrado el siglo XX. En 1906 Baralt, en su Diccionario de Galicismos, señala acerca del término ensayo: “Aplicado como título a algunas obras, ya por modestia de sus autores, ya porque en ellas no se trata con toda profundidad la materia sobre que versan, ya, en fin, porque son primeras producciones o escritos de alguna persona que desconfía del acierto y propone con cautela sus opiniones” (209). De forma muy semejante se expresa Mir y Noguera en 1908: “Modernamente han dado los escritores extranjeros, ingleses, franceses, italianos, en llamar ‘ensayo’ al escrito que trata superficialmente algún asunto, como si de él echase el escritor las primeras líneas. Esa palabra exótica va cundiendo entre nosotros. Exótica digo, por la rareza y especialidad de su significación. Porque la voz ‘ensayo’ o ‘ensaye’ siempre quiso decir ‘prueba, examen, inspección, reconocimiento'” (703).

En Iberoamérica, el ensayo, como género literario, parece adquirir madurez mucho antes, y lo hace no tanto por la influencia directa de un Feijoo, de un Larra o de los pensadores franceses e ingleses de la Ilustración, cuanto por constituirse en una forma propia de expresión en las reflexiones en torno a una identidad iberoamericana: así Bolívar, Bello, Alberdi, Mora, Montalvo, Hostos, Martí, por citar sólo algunos de los ensayistas más conocidos del siglo pasado. En España, por el contrario, lo mismo que el siglo XIX fue el siglo de la novela, en el XX destaca el ensayo. Y pese a las etiquetas, más o menos académicas, con que fue en un principio considerado, el ensayo había ganado ya carta de naturaleza en España a finales del siglo XIX. Ortega y Gasset, que lo elevó a una altura de prestigio en los círculos intelectuales, se expresa ya en 1914 de forma muy distinta: “Se trata, pues, lector, de unos ensayos de amor intelectual. Carecen por completo de valor informativo; no son tampoco epítomes —son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado ‘salvaciones’—. Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden, que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones” (Meditaciones 12). Esta “definición” que nos entrega Ortega y Gasset, tres siglos después de que Montaigne nos diera la suya, sigue siendo fundamentalmente la misma. La forma, el contenido, ha evolucionado; la esencia del ensayo es, sin embargo, aquella que Montaigne le proporcionó.

Las definiciones hasta aquí indicadas, si bien concretas en algunos aspectos, resultan, en definitiva, insuficientes. Más bien parecen indicar el pensamiento o carácter del escritor, que limitar y concretar un género. Los estudiosos de la literatura que con posterioridad se ocuparon del ensayo, tampoco llegaron a una definición satisfactoria. Bleznick, desde el campo de la crítica literaria, señala con brevedad: “El ensayo puede definirse como una composición en prosa, de extensión moderada, cuyo fin es más bien el de explorar un tema limitado que el de investigar a fondo los diferentes aspectos del mismo”. Para Díez-Canedo, poeta, periodista y ensayista, “el ensayo viene a dar denominación literaria al escrito, difundido hoy preferentemente gracias a la prensa periodística, en que se discurre, a la ligera o a fondo, pues no son la inconsistencia y la brevedad condiciones esenciales suyas, sobre un tema de cualquier naturaleza que sea” (III: 19). Gómez de Baquero, crítico y ensayista, no llega, a pesar de ser más explícito, nada más que a enfocar un grupo específico de ensayos: “El ensayo es la didáctica hecha literatura, es un género que le pone alas a la didáctica y que reemplaza la sistematización científica por una ordenación estética, acaso sentimental, que en muchos casos puede parecer desorden artístico. Según entiendo el ensayo, su carácter específico consiste en esa estilización artística de lo didáctico que hace del ensayo una disertación amena en vez de una investigación severa y rigurosa. El ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro” (140-141).

Esta dificultad en la definición del ensayo no es nada nuevo en el campo de los géneros literarios: otro tanto sucede con la novela, por ejemplo. Podríamos, por el contrario, decir que es sólo muestra de la conciencia que el crítico tiene del valor individual de la obra de arte. Benedetto Croce rechazaba las clasificaciones por géneros como algo impropio y extraño a la realidad de la obra literaria. Pero, a pesar de su oposición, él mismo reconocía la necesidad de ciertas clasificaciones que sirvieran de orientación: no reglas que limiten, sino características que unan.4 Frente a la dificultad de una definición satisfactoria, nos proporciona el ensayo gran riqueza en características comunes. En las páginas que siguen se consideran las más sobresalientes en el contexto de los ensayistas hispánicos.

ORÍGENES Y DESARROLLO DEL ENSAYO

Todo intento de establecer los orígenes del ensayo debe forzosamente comenzar con Montaigne. Montaigne no sólo “inventó” la palabra, sino que fue consciente de lo peculiar de su obra: “Este es el único libro de su clase en el mundo; es de una intención indómita y extravagante. En él no hay nada tan digno de ser notado como su singularidad” (364). La obra de Montaigne era, en efecto, especial. Era especial en la forma y en el contenido, en el método y en los propósitos. Pero más importante todavía, introducía en primer plano el “yo” en su creación artística. El mismo señala orgulloso su aportación: “Los autores se comunican con el mundo en extrañas y peculiares formas; yo soy el primero en hacerlo con todo mi ser, como Miguel de Montaigne, no como gramático o como poeta, o como jurisconsulto” (782).
El ensayo moderno, pues, data de 1580, fecha en que apareció la primera edición de los Essais. Dentro del mismo siglo XVI, en 1597, comenzarían a publicarse los primeros ensayos de Francis Bacon. Con ambos escritores quedan fundamentados los pilares del nuevo género literario y se concede a éste su característica más peculiar: el ensayo es inseparable del ensayista. Por ello desde entonces, excepto en raras aunque notables ocasiones, se hablará de ensayistas y no de tal o cual ensayo. Si comparamos un ensayo cualquiera de Montaigne —”Des menteurs”, por ejemplo— con otro semejante de Bacon —”Of Truth”—, se observa que mientras Montaigne lo basa en “vivencias”, Bacon lo hace en “abstracciones”. El ensayo de Montaigne gana en “intensidad”, el de Bacon en “orden”. El primero es más “natural”, el segundo más “artístico”. El primero intensifica lo “individual”, el segundo lo “prototípico”. En Montaigne, en fin, domina la intuición “poética”, en Bacon la “retórica”. Así, desde sus comienzos, Montaigne y Bacon representan dos opuestas posibilidades de ensayo, que profetizan el futuro individualista del género: El ser de Montaigne está en sus ensayos, tanto como el de Bacon en los suyos. Unos y otros son exponentes de sus personalidades y preocupaciones.
Que se consideren a Montaigne y, en cierto modo, a Bacon creadores del ensayo moderno, no impide, sin embargo, el poder rastrear los orígenes del estilo ensayístico en la época clásica. Ya Bacon disputó a Montaigne la originalidad que éste se atribuía, al señalar explícitamente: “La palabra es nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucilio de Séneca, si uno se fija bien, no son más que ‘ensayos’, es decir, meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas” (XI: 340). En efecto, tanto en los Diálogos de Platón como en las Epístolas a Lucilio de Séneca (las más cercanas al ensayo actual), en las Meditaciones de Marco Aurelio, en las Obras Morales o Vidas paralelas de Plutarco, se pueden encontrar los gérmenes de las que después llegarán a ser características esenciales del género. Sus obras, sin embargo, están todavía lejos de formar verdaderos ensayos, en el sentido que actualmente damos a la palabra. Hay que esperar a las tendencias humanísticas del Renacimiento en su proceso de descubrir al individuo, ya que el carácter subjetivista y la proyección constante del ser del escritor en sus ensayos no es concebible en la época medieval.
En España podemos ya encontrar actitudes ensayísticas en el siglo XV, y en las obras de Fernando de la Torre, Pérez de Guzmán, Fernando del Pulgar o Monsén Diego de Valera, hallamos indiscutibles huellas de una tendencia individualizadora. Faltan en sus escritos, no obstante, la naturalidad y la sinceridad que proyecta el verdadero ensayista cuando no se limita a mostrar sus pensamientos, sino que expone el mismo proceso de pensar. Sólo con Fray Antonio de Guevara podemos dar comienzo, sin reservas, a la tradición ensayística española. Guevara, en un estilo personalísimo, logra inyectar sus propias preocupaciones a sus escritos. Sus obras consiguen establecer todavía en la actualidad, a pesar de lo retórico de su prosa, un íntimo diálogo con el lector en una comunión de pensamientos. Las Epístolas familiares (1542), su obra más representativa, forman verdaderos ensayos donde se tratan los más diversos temas: desde valores permanentes, en las epístolas que reflexionan sobre la “envidia” o la “libertad”, hasta asuntos de inmediata actualidad política, consejos sobre el amor o burlas llena de gracia contra el mal escribir.
El ensayo del siglo XVI, dominado por un deseo de perfección espiritual, llena una de las páginas más ilustres de la literatura española. Al unísono con el latido de la visión universal del Emperador, Alfonso de Valdés aboga por una reforma religiosa de acuerdo con el pensamiento erasmista. Su obra, al igual que la de Juan de Valdés, esta escrita en una prosa clara que fluye natural, sin la afectación retórica de Guevara. En la segunda mitad del siglo, coincidiendo con el gobierno de Felipe II, el contenido se hace más íntimo y la prosa más serena y personal: Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León representan una nueva etapa en el ensayismo español. En realidad, tanto ellos como los escritores satíricos y políticos del siglo XVII —Quevedo, Cascales, Zabaleta, Gracián y Saavedra Fajardo— escriben con un estilo y frecuentemente con unos propósitos distintos a los que movieron a Montaigne en la confección de los Essais.
Se puede afirmar que los ensayos escritos en el siglo XVI por Guevara, Montaigne y Bacon son manifestaciones excepcionales de un género de nacimiento prematuro. El espíritu existía en la época, pero el escritor todavía no disponía de los medios adecuados para la difusión de sus ensayos. A principios del siglo XVIII, con la aparición de las revistas y periódicos, puede el ensayista, por primera vez, establecer un verdadero diálogo con el lector, que pasa decididamente a formar parte del ensayo. El ejemplo de las revistas inglesas, The Tatler y The Spectator, que comienzan a publicarse en 1709 y 1711 respectivamente, y el prestigio de sus editores, Richard Steele y Joseph Addison, sirvieron de aliciente a otras publicaciones semejantes en España. Así surgió el Diario de los literatos de España en 1737. No obstante, habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo para que estas publicaciones periódicas adquieran en España verdadera proliferación: El Caxón de Sastre (1760), el Correo de Madrid (1786), El Censor (1781), continuado por El corresponsal del Censor, son quizás las más destacadas, tanto por el prestigio de que gozaron, como por la calidad de sus colaboradores. La actitud artística del siglo neoclásico no era, sin embargo, tan propicia como la de los siglos XVI y XVII. La personalidad creativa de los escritores se encontraba refrenada por las reglas de un academicismo riguroso. Aun siendo abundantes los ensayos escritos, sólo podemos hablar de dos verdaderos ensayistas: Fray Benito Jerónimo Feijoo y José Cadalso, y de un reducido grupo de escritores con fuerte personalidad y frecuentes rasgos ensayísticos: Gregorio Mayáns y Siscar, Martín Sarmiento, Gaspar Melchor de Jovellanos, entre otros de menor repercusión.
El movimiento romántico, con el triunfo del individualismo, daría de nuevo pie a un campo fecundo para el cultivo del ensayo. El escritor lo empleará para expresar sus reacciones ante la sociedad o ante la naturaleza; por medio de ensayos expresará sus puntos de vista y combatirá aquellos que no acepta, y algo aún más importante, pensará en el público que los lee regularmente y tratará de sugerirle, de hacerle meditar, de conectar la realidad con el ideal. Los ensayos escritos en el XIX son tan diversos como variadas las personalidades de los autores: abarcan desde los pintorescos cuadros costumbristas de Mesonero Romanos y Estébanez Calderón a las sátiras amargas de Mariano José de Larra; desde los ensayos exponentes del pensamiento tradicional de Juan Donoso Cortés y Jaime Balmes a la aportación liberal de Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y Joaquín Costa. Los mismos novelistas escriben magníficos ensayos donde exponen, critican o comentan las nuevas corrientes literarias y los libros contemporáneos: Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas y Juan Valera son ejemplos de la popularidad y difusión del ensayo a finales de siglo.
En los países iberoamericanos la resonancia del ensayo es todavía más marcada. Desde sus inicios en la lucha ideológica por la independencia, con la obra de un José Joaquín Fernández de Lizardi o de un Simón Bolívar, a la búsqueda posterior de la propia identidad, la literatura iberoamericana se caracteriza por una fuerte producción ensayística ininterrumpida hasta nuestros días. Así los ensayos de Andrés Bello, Juan Bautista Alberdi, Francisco Bilbao, José María Luis Mora, Juan Montalvo, Eugenio María Hostos o José Martí, por citar sólo los más destacados. Y ya en el siglo XX, el ensayo va a marcar la pauta del desarrollo intelectual iberoamericano desde las primeras obras de repercusión continental de José Enrique Rodó, Manuel González Prada, José Vasconcelos o José Carlos Mariátegui, hasta el actual reconocimiento internacional de Octavio Paz. En realidad, el cultivo del ensayo en Iberoamérica alcanza las proporciones de un denominador común que caracteriza la producción literaria de muchos de sus escritores más destacados: así Alfonso Reyes, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, Germán Arciniegas, Mariano Picón Salas, Ernesto Sábato, Arturo Uslar Pietri, Rosario Castellanos, H. A. Murena, Leopoldo Zea, Julio Cortázar, Carlos Monsiváis, Ariel Dorfman o Mario Benedetti.
La situación en España es similar. Con la generación del 98, el ensayo pasa a ser la forma de expresión literaria por excelencia. Los escritores españoles una vez más adquieren resonancia internacional, y sus preocupaciones representan un verdadero renacimiento intelectual y artístico. Angel Ganivet, Miguel de Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu y Ramón Menéndez Pidal, entre otros egregios escritores, dan comienzo a una tradición ensayística que ha sido continuada hasta nuestros días y a la que pertenecen destacadas figuras de las letras y del pensamiento español: José Ortega y Gasset, Salvador Madariaga, Ramón Pérez de Ayala, Manuel Azaña, Eugenio d’Ors, Américo Castro, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Francisco Ayala, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, José Luis Aranguren, Carlos Díaz, Fernando Savater, son apenas un exponente de los prestigiosos escritores que engrosan las filas del ensayismo español contemporáneo.

LA CODIFICACION DEL TEXTO Y EL AUTOR IMPLICITO

A lo largo de estas páginas, y sobre todo en las secciones que siguen, se hacen con frecuencia afirmaciones sobre la “sinceridad” y la “autenticidad” del ensayista; se dice que “el ensayista expresa lo que siente y cómo lo siente”, que “nos hace partícipes del proceso mismo de pensar”, y otras aserciones semejantes con las que se pretende establecer una aproximación al carácter dialógico del ensayo, a su retórica; pero sin más desarrollo, estas expresiones podrían ser interpretadas como posturas impresionistas que desconocen la complejidad y dificultad que conlleva todo intento de significar, de codificar un pensamiento (véase mi estudio Más allá de la pos-modernidad). Es cierto que el lenguaje del ensayista, como el de cualquier otro escritor, surge siempre en tensión en el seno de una lengua que lo aprisiona, que en cierto modo lo determina, pero a la que también, en la medida de su fuerza creadora, supera y modifica. Todo acto de escribir supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de expresar una idea a través de un sistema de signos que a su vez son incapaces de significar en sí mismos, pues sólo inician un proceso (teóricamente indefinido) de diferir el acto de significar en una cadena interminable. Tal es la aportación posmoderna a nuestro discurso narrativo actual: Cada significante, se dice, parece ser a la vez significado de otro significante en una sucesión repetitiva/circular que se convierte en un fin en sí misma y que nos impide/pospone llegar al significante original, con lo que la búsqueda se convierte en un juego intelectual, eso sí, dialógico, pero que se niega a sí mismo valor cognoscitivo. Nuestra experiencia, sin embargo, atestigua la existencia del diálogo y, por tanto, la posibilidad de significar.

La falacia del discurso posmoderno reside en la pérdida de lo humano que lleva implícito. A fuerza de diferir y diferenciar en un progresivo intento de precisión, se vela el objeto de la búsqueda. El proceso es, en verdad, ilimitado, pero no por no alcanzar el primer significante, sino porque lo humano, en lugar de ser algo hecho, es un hacerse. El ser humano no puede definirse precisamente por serlo. El definirse sería observarse fuera de sí mismo y por tanto dejar de ser. Este estar siendo es lo que causa la serie indefinida de significantes/significados que se prolongará tanto como el ser humano mismo. El significante original, el primario, el raíz, del cual derivan todos los demás, en la complejidad significante/significado, es lo humano, cuya esencialidad, de la cual todos participamos y que fundamenta la posibilidad dialógica, al mismo tiempo que así se reafirma, se pospone. Es decir, se reafirma en cuanto a su implicación como posibilidad de significado y se difiere en cuanto a la imposibilidad de una definición que significaría su perfectividad, o sea, la paradoja de verse hecho desde un estar haciéndose. Implicamos, por tanto, al ser humano como referente original y necesario; y con ello, invertimos el orden posmoderno y hacemos posible el discurso cognoscitivo y por lo tanto el diálogo. Es decir, la complejidad significado/significante deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un método problematizador que fecunda el diálogo. En nuestra condición de seres humanos todos participamos, pues, de ese primer referente que nos permite acceso a una primera dimensión en el acto de significar. Pero coloquemos esta afirmación en perspectiva.

La estructura comunicativa tradicional implícita en todo signo supone un emisor, un mensaje y un receptor. La aporía del discurso posmoderno surge cuando nos aproximamos a la realidad de esta estructura de un modo mecánico; es decir, cuando independiente del objetivo que dio existencia al “signo”, queremos primero determinar “científicamente” las leyes que regulan los tres elementos del proceso y establecer una relación unidimensional e “inequívoca” de causa-efecto. Este paso quizás sea necesario en un concepto depositario de comunicación: las transformaciones químicas, las leyes físicas, una ecuación matemática, las precisiones geográficas, la atribución legal de un libro a su autor, son apenas unos ejemplos que muestran la amplitud de lo que yo denomino, usando terminología de Paulo Freire, comunicación depositaria. Pero el objetivo del signo literario es diferente.

Desdoblemos artificialmente, sólo para los propósitos iniciales de este desarrollo, el signo literario en dos componentes: forma y fondo. Aceptemos igualmente que el valor literario resida primordialmente en su dimensión formal. Pues bien, al considerar ahora el valor literario de un ensayo, de un poema, o de cualquier otra expresión literaria, nos enfrentamos a la curiosa situación de que el “emisor”, el autor, pasa a un plano muy secundario. La sensibilidad estética del autor, los propósitos originales y la fidelidad con que supo codificarlos en un texto son inconsecuentes. Toda obra puede en la potencialidad de su autor ser la más sublime. Pero el valor literario del texto, exteriorización y por ello codificación de dicha potencialidad, reside en él mismo en cuanto se realiza y en el modo cómo se realiza en un lector, y siempre con relación a la dimensión humana que re-crea. A través de esta última se establece y adquiere sentido la estructura emisor(autor)-mensaje-receptor(lector), y en ella reconocemos otra vez el fondo y la forma como elementos inseparables en toda creación literaria, especialmente en su sentido de comunicación no-depositaria. Pero al colocar de nuevo al ser humano como referente último, ahora en cuanto objetivo final de toda comunicación, el énfasis en la relación autor-mensaje-lector no recae más en la exterioridad del signo, sino en la interioridad del lector (lector y autor de nuevo, para indicar la recuperación de la dimensión humana que se había perdido al cosificarlos a través de los términos “emisor” y “receptor”).

El énfasis posmoderno en la naturaleza del signo problematiza la posibilidad del mensaje y pone en duda, difiere, la posibilidad de significar. La aporía surge por partir de una concepción depositaria de la comunicación; es decir, al querer que el signo acarree valor en sí mismo como paso previo a su contextualización en el autor, en el texto o en el lector, al sentir la necesidad de reconocer como entidades diferenciables e identificables en sí y por sí mismas los tres términos de la ecuación autor-mensaje-lector. De no ser así, se cree, la comunicación no es posible. El sofisma arranca de considerar la comunicación científica (que yo denomino depositaria) como la única comunicación posible (resabio racionalista que hoy colocamos en crisis). La realidad empírica, sin embargo, nos muestra que en la práctica cotidiana la comunicación es posible y que junto a la comunicación depositaria existe también otra comunicación no-depositaria, la comunicación humanística. Se trata de una comunicación que se construye a partir de un referente común de realidad interna y que es el ser humano mismo, y mediante el cual el autor y el mensaje se realizan en el lector. Es así como hablamos de un autor implícito que puede luego coincidir o no con el autor legal, es decir, con la persona que escribió la obra.

En el ensayo, como composición literaria, el autor que importa es el autor implícito; es decir, el autor que el lector usa para identificar el texto como producción artística y reflexión “del otro” en el puente dialógico que incita el texto mismo. De todas las manifestaciones literarias, la ensayística se destaca, precisamente, por establecer de modo explícito este proceso. Las reflexiones codificadas en el ensayo se generan en la confrontación de dos sistemas, a la vez antagónicos y dependientes entre sí: el discurso axiológico del estar (valores que dominan y diferencian a la vez una época de otra), y el discurso axiológico del ser (la conciencia del autor de su historicidad, de estar viviendo ante un horizonte de posibilidades e imposibilidades que modelan su libertad). El ensayo hace del choque de estos dos sistemas axiológicos el tema de su reflexión. Su objetivo es, por tanto, problematizador, “deconstruccionista”. El mensaje que se codifica en el signo escrito no es algo hecho como el que pretende el texto depositario —un tratado, o incluso un artículo “académico” de crítica literaria—, sino que el mensaje lo es sólo en la medida que lo es en el lector. Es decir, el ensayista problematiza un concepto (un supuesto axiológico), no con el propósito de significar en el sentido externo de definir (concepto depositario), sino con el objetivo de incitar, inspirar a que el lector, en él y para él, signifique. De este modo, al no tratarse de un mensaje depositario, tampoco importa el ensayista-autor, sino el autor implícito: el autor en el lector.

La distinción entre comunicación depositaria y comunicación humanística es de suma importancia al hablar del ensayo. La obra literaria se realiza en la comunicación humanística, aun cuando la crítica académica haya generalizado en las últimas décadas un sentido depositario de la misma. En ambos casos el proceso hermenéutico es diferente: la lectura depositaria busca la recuperación del discurso axiológico del autor, la lectura humanística desea su apropiación; la primera tiene como objetivo la reconstrucción de un sistema, la segunda la deconstrucción del propio discurso axiológico. La “apropiación” en este sentido no significa aceptar (concepto depositario), sino asimilar, o sea, cuestionar, problematizar, poseer, en una toma de conciencia de nuestro discurso axiológico del ser.

Esta comunión con el texto que hace posible la lectura humanística, justifica también las referencias a la “sinceridad” o a la “autenticidad” del autor, pues con ellas no hablamos del autor legal de la obra (la persona que escribió el ensayo), aun en los casos en que pudieran aplicársele tales términos, sino de cómo el lector, que no problematiza el signo, sino el mensaje, percibe al autor implícito en el acto de hacer suyas y proyectar las reflexiones que lee. Tanto los títulos como el contenido de las secciones que siguen giran en torno a la comunicación humanística que pretende el ensayo (para un desarrollo más detenido de la hermenéutica implícita en este desarrollo, véase mi estudio Más allá de la pos-modernidad

ACTUALIDAD DEL TEMA TRATADO

Del carácter esencialmente comunicativo del ensayo, en su intento de establecer un lazo de diálogo íntimo entre el ensayista y el lector, se desprende la necesidad de su contemporaneidad en el tiempo y en el ambiente. Pero el concepto “actual” no sólo hace referencia a los sucesos del presente, ­los cuales si no se los somete a una visión en perspectiva y se los eleva a un plano de trascendencia, sólo poseen el caduco valor de la novedad­, sino que significa con más propiedad un replanteamiento de los problemas humanos ante los valores que individualizan y diferencian a cada época de las precedentes. Es decir, lo “actual” se encuentra en esa actitud, siempre implícita en todo buen ensayo, de problematizar el propio discurso axiológico. Si Montaigne cita y reflexiona sobre Séneca o César, no lo hace con el punto de vista del historiador. César sólo interesa al ensayista en lo que tiene de actual y de eterno; el tiempo no existe para él. En el ensayo “Guevara y el campo”, Azorín ejemplariza este aspecto: Menosprecio de corte y alabanza de aldea, de Antonio de Guevara, es tan real para él como El madrileño en la aldea, de Eugenio Hartzenbusch, y ambos se encuentran en función de la España de principios de siglo. Azorín se vale de esta obra clásica para meditar, en un aparente recogimiento contemporáneo, sobre una situación de importancia universal, en cuanto el referente que fundamenta la reflexión sigue siendo la condición humana. Tal es el sentido del ensayo “Ayacucho”, de Hostos. La batalla de Ayacucho (1824) en sí no le interesa al ensayista; lo que le importa es Ayacucho como símbolo, como ruptura de un orden, como pieza angular que sostendrá su reconstrucción de un proceso histórico, cuya proyección explícita es la liberación del estado colonial del Puerto Rico de su tiempo. Ayacucho, como símbolo de la independencia política de la Iberoamérica continental, se convierte así en un jalón más de un proceso todavía inconcluso: “El ideal cristiano no cabía en la unidad católica, y la rompió. El ideal social no cabía en la unidad monárquica, y la rompió. El ideal del progreso no cabía en la unidad territorial, y la rompió”.

El ensayista, en su diálogo con el lector o consigo mismo, reflexiona siempre sobre el presente, apoyado en la sólida base del pasado y con el implícito deseo de anticipar el futuro por medio de la comprensión del momento actual. Mas la conexión con el “momento actual” arranca, precisamente, de la problematización liberadora del propio discurso axiológico del estar: “El tema de la posibilidad de una Cultura Americana, es un tema impuesto por nuestro tiempo, por la circunstancia histórica en que nos encontramos” (35), señala Leopoldo Zea en 1942; y estas palabras que de algún modo justifican luego su obra, no significan en él una limitación temporal o temática, sino al contrario suponen el punto de partida de un proceso creador. Fryda Schultz señala, con acierto, que “el ensayo es una forma móvil; y es así que, examinados algunos de ellos podemos sorprender al autor y la atmósfera que dio nacimiento a su obra”.

El ensayista escribe, es verdad, desde y para una época, por lo que los temas y la aproximación a ellos estarán forzosamente subordinados a las circunstancias del presente vivido. Pero ello no impide, como señalamos en el caso de Leopoldo Zea, que la opción reflexiva que adopta el ensayista libere a su obra de la nota de caducidad que supone toda sujeción a un espacio y un tiempo concretos. En el ensayo de Hostos anteriormente citado, se señalan explícitamente las alternativas: “A los ojos de una historia filosófica, Ayacucho empezó en 1533. A los ojos de la crítica, Ayacucho empezó en 1810. Sólo a los mal abiertos de la narrativa empezó y acabó el 9 de diciembre de 1824” . Al igual que Hostos, José Ortega y Gasset en su ensayo La deshumanización del arte (1925) toma el pulso al momento artístico y adelantándose a su tiempo medita sobre algo que en forma confusa comenzaba a hacer su aparición en las mentes de una minoría culta. Hoy, setenta años más tarde, si bien el ensayo ha perdido su valor de actualidad inmediata, e incluso se nos hacen patentes algunos “errores” de época, sus reflexiones, sin embargo, nos sugieren todavía ahora, como entonces, fecundas proyecciones en nuestro discurso axiológico actual, vívida prueba del valor perenne del verdadero ensayo.

Los ensayistas de todos los tiempos siempre han sabido conjugar lo actual en el fondo de lo eterno. Montaigne en su ensayo “Los caníbales” reflexiona sobre América, ya que para él “este descubrimiento de un país inmenso merece ser digno de consideración” (200). Antonio de Guevara se aproxima a sus contemporáneos con frases todavía hoy actuales: “A los lectores de esta escritura ruego que más lo noten que lo rían esto que aquí hemos dicho; pues le es más sano consejo al pobre hidalgo ir a buscar de comer en una borrica que no andar hambreando en un caballo”.7 Las reflexiones no tienen que girar necesariamente sobre temas filosóficos o literarios, cualquier aspecto es propicio, siempre y cuando las consideraciones sobrepasen el plano de lo puramente mecánico. Angel Ganivet en su ensayo Granada la bella sabe afrontar problemas de la vida cotidiana y, en una creación estética, darles carácter filosófico: “Con este modo de ver las cosas, voy a pasar revista a las encontradas aspiraciones que luchan en el grave problema de la transformación de las ciudades, refiriéndome en particular a Granada” (I: 67). Por otra parte, el ensayista, consciente de su función, llega a considerar un deber el reflexionar sobre aquellos tópicos de actualidad: “Pues bien: hablemos de responsabilidades, ya que las responsabilidades constituyen la obsesión, la monomanía y el delirio de cuantos escriben fondos en los diarios” (37), nos dice Ramiro de Maeztu; y de modo más directo señala Octavio Paz: “Dije antes que ésta es una tarea urgente: en verdad, es el tema de nuestro tiempo” (Posdata, 101). La posición del ensayista queda definida en el ideal que Ortega y Gasset se proponía al comenzar las series de El Espectador: “En suma, quisiera ser ‘El espectador’ una pupila vigilante abierta sobre la vida” (I: 12). Y nada más indicador de este proceso que las palabras que abren un ensayo sobre un tema en apariencia trivial: “Dadas las circunstancias es tal vez lo más oportuno escribir algo sobre el vuelo de las aves anilladas” (La caza, 157). Estas son, en definitiva, las palabras claves que traducen el concepto “actual”; dadas unas circunstancias, escribir sobre algo oportuno.

EL ENSAYO NO PRETENDE SER EXHAUSTIVO

El doble significado de “prueba” o “intento” implícito en el término ensayo y el hecho de que no se pretenda agotar el tema tratado, ha motivado que esta característica, tan única del género ensayístico, dé pie para considerarlo, despectivamente, como fragmento o comienzo inexperto y vacilante. Cuando Ortega y Gasset en su ensayo “De Madrid a Asturias o los dos paisajes” nos dice: “El tema es, creo yo, inagotable” (Notas, 46), se refiere, sin duda, por proyección, al necesario carácter fragmentario de sus reflexiones. Pero, contra la opinión común, lo “fragmentario” no está en lo tratado en su valor intrínseco, sino en su conexión íntima con el autor. Las veinte páginas que Ortega nos entrega, son en verdad meditaciones en voz alta, cazadas al vuelo y legadas a la posterioridad. Son “fragmentos” vitales de un alma exquisita que reacciona ante el paisaje. José Carlos Mariátegui muestra con precisión esta característica cuando señala: “Ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado” .

Si fragmento es lo inacabado, lo que no puede ser plenamente comprendido sin una continuación, el ensayo cae decididamente fuera del ámbito semántico de la palabra. El que Unamuno termine su ensayo “Soledad” de un modo aparentemente brusco, “y como el tema es inagotable, conviene cortarlo” (Soledad, 50), no significa que éste sea un fragmento, a pesar de que bajo tan ambicioso título apenas escriba diecinueve páginas y éstas finalicen con la palabra “cortarlo”. No es la extensión característica del fragmento. La intensidad que Unamuno consigue en tan limitado número de páginas, ya sea por su carácter confesional, ya sea por llegar profundo al alma del lector, ocasiona que la palabra “cortarlo” simbolice, paradójicamente, una separación, por proyección inconsciente, de las reflexiones unamunianas para interiorizarnos en nuestras propias meditaciones.

La brevedad del ensayo y el no pretender decir todo sobre el tema tratado no significan, por tanto, que el ensayista distancie lo considerado para poder así abarcarlo en una visión generalizadora. Todo lo contrario. La totalidad no importa. Se intenta únicamente dar un corte, uno sólo, lo más profundo posible, y absorber con intensidad la savia que nos proporcione. Por ello nos recuerda Ortega y Gasset: “En el índice de pensamientos que es este ensayo, yo me proponía tan sólo subrayar uno de los defectos más graves y permanentes de nuestra raza” (España, 143). Consideración que él cree necesaria recalcar con frecuencia: “Al terminar este ensayo me importa recordar que he intentado en él exclusivamente describir un solo estadio del gran proceso amoroso” (Estudios, 133). Julio Torri, en Ensayos y poemas, ejemplifica esta característica a la que alude explícitamente Ortega y Gasset. Algunos de sus ensayos, por ejemplo “Del epígrafe” o “De funerales”, son sutiles meditaciones que apenas ocupan media página.

El propósito del ensayista al internarse en la aventura de escribir un ensayo no es el de confeccionar un tratado, ni el de entregarnos una obra de referencia útil por su carácter exhaustivo. Esa es la labor del investigador. El ensayista reacciona ante el discurso axiológico del estar que le impone la sociedad para insinuarnos una interpretación novedosa o proponernos una revaluación de las ya en boga. Pero una vez abierta la brecha y tendido el puente del nuevo entendimiento, el ensayista, como creador al fin y al cabo, deja al especialista el establecer la legitimidad de lo propuesto, sin desistir él mismo a continuarlo en alguna otra ocasión. Así debemos interpretar a Rafael Altamira cuando nos dice: “Pero estas consideraciones se van prolongando desmesuradamente. Hago punto aquí, creyendo que lo dicho basta para dar la medida de todo lo que pudiera decirse sobre la materia” (199). O cuando Unamuno, más conciso, señala: “Más de esto otra vez” (El porvenir, 133). En realidad, todo ensayo lleva implícito un tema a desarrollar —de ahí el carácter dialógico del que hablaremos después—; se trata de una semilla que pregona su potencialidad en el lector, y en el ensayista como lector de su propio pensamiento; por ello señala Mariátegui al recoger varios de sus ensayos en forma de libro: “Tal vez hay en cada uno de estos ensayos el esquema, la intención de un libro autónomo” .

Como el ensayo posee en sí unidad, el ensayista, aun en los casos en que explícitamente indica su deseo de continuar con el tema tratado, no se siente obligado a ello. Es más, raramente lo hace. Y en los casos en que las circunstancias le incitan a proseguir en torno al mismo asunto, los sucesivos “capítulos” son en realidad nuevos ensayos que representan otras tantas calas independientes sin conexión alguna entre sí, a no ser, en ocasiones, por la unidad superior del tema tratado. Angel Ganivet ejemplariza dicho aspecto en los doce “capítulos” que completan su obra Granada la bella. Los propósitos expuesto en la introducción lejos de ser resultado de un proceso de meditación y síntesis, son pensamientos apriorísticos en voz alta, de un escritor que se siente reaccionar ante una situación, pero que desconoce los caminos por los cuales sus reflexiones le han de llevar: “Voy a pasar revista a las encontradas aspiraciones que luchan en el grave problema de la transformación de las ciudades, refieriéndome en particular a Granada. El problema es heroico, y como no soy un héroe, claro está que no prometo dar la solución. Me limitaré, si se me permite la llaneza del concepto, a pasarle la mano por encima” (I: 67). El resultado, como era de esperar, es muy otro. Lo único común en los ensayos que forman los capítulos del libro es el estar dirigidos a un público especial: los granadinos. Lo demás, incluso la ciudad de Granada, parece ser accidental.

En realidad, el elaborar una idea y llevarla a sus últimas consecuencias requiere un proceso de sistematización que raramente está dispuesto a seguir el ensayista. Su espíritu es demasiado libre. Escribe según piensa, y su produción la considera tan unida a su mismo ser, que no cree necesario, o quizás posible, el volver la vista atrás para modificar, adaptar o reorganizar lo ya escrito. Unamuno ejemplariza este aspecto con palabras que bien podrían aplicarse a la totalidad de su propia vida: “Mi deseo era desarrollar todo eso, y me encuentro al fin de la jornada con una serie de notas sueltas, especie de sarta sin cuerda, en que se apuntan muchas cosas y casi ninguna se acaba” (En torno, 145). Esta peculiaridad del ensayo, lejos de ser un defecto, constituye uno de los rasgos más distintivos. El ensayista considera que su función es sólo la de abrir nuevos caminos e incitar a su continuación. Ya en los comienzos del ensayismo español Antonio de Guevara escribía: “Otras muchas cosas pudiera, señor, deciros en esta materia, las cuales deja de escribir mi pluma por remitirlas a vuestra prudencia” (Epístolas, I: 198-199). Y la tradición ha sido continuada hasta nuestros días. Francisco Giner de los Ríos anota: “No pretendemos, en verdad, suplir aquí esta deficiencia, y sí sólo exponer algunas indicaciones sumarísimas para llamar hacia tan interesante problema la atención de pensadores más competentes” (Estudios, 38). O con más precisión nos dice Ortega y Gasset: “Vaya esta breve nota sobre el ‘amor cortés’ como indicación de lo que podía ser una fenomenología de las especies eróticas” (Estudios, 193).

De lo ya anotado se deduce que el ensayista en el proceso de su creación no trata a priori de limitarse a un aspecto concreto, sino que ello es el resultado final de sus reflexiones. Si tratara de “limitarse”, esto significaría que de algún modo tomaría en consideración el “todo”, y que el resultado final sólo sería una “parte”, más o menos completa en su particularidad. En efecto, cuando el ensayista aplica la lupa de su ingenio a un tema, únicamente se preocupa en transmitirnos lo que a través de ella ve y siente, con el inevitable aumento, y por qué no, falta de conexión que ello lleva consigo. Este proceso no es inconsciente, ni tampoco se oculta. Es, en definitiva, lo que hace más personal y sincero al ensayo, pues supone un momento de la experiencia vital del ensayista. Mariátegui es preciso en este sentido: “Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones” (12). Esta es también la causa por la que al final de los ensayos el escritor —como lo hace Ortega y Gasset en la cita que sigue— señala frecuentemente que lo terminado para el ensayista supone sólo el punto de partida para el lector: “El tema es inagotable. Yo lo he tomado aquí unilateralmente, por una sola de sus aristas, exagerándolo” (Tríptico, 165).

EL ENSAYO Y EL ESPECIALISTA

El ensayista es el último en aparecer en la historia literaria de un país. Esta realidad que apenas ha sido tenida en cuenta, puede llegar a ser una de las claves primordiales para la comprensión del género ensayístico. Si el ensayo fuera algo incompleto, preliminar, lo lógico sería que estuviera a la vanguardia de cualquier movimiento. ¿Por qué, pues, se escribe cuando ya todo parece estar hecho? En busca de una explicación, traigamos a la memoria algunos de los temas tratados por Ortega y Gasset: sobre Don Quijote, sobre la novela, sobre la deshumanización del arte, sobre las masas, sobre el pasado de España. En todos ellos encontramos un común denominador: versan sobre algo ya existente. Lo cual, lejos de suponer una nota negativa para el género, es una de sus características decisivas. Su misma existencia depende no sólo de un “algo” ya creado, sino de que ese “algo” haya sido asimilado por los posibles lectores: sus escritos abundan en referencias y alusiones que deben ser comprendidas para que estos adquieran su verdadera dimensión. Antes de escribir Ortega y Gasset su ensayo “Meditaciones del Quijote”, fue necesario que un Cervantes lo concibiera y que un pueblo lo adoptara como a hijo predilecto. Después, viene el ensayista a dar nueva luz, a abrir nuevas ventanas a la comprensión, ya que, con palabras de Fryda Schultz, “la mirada del ensayista ve lo que otros han descuidado o todavía no aciertan a ver” (18). Así Alfonso Reyes, por ejemplo, en su ensayo “Discurso por Virgilio”, motivado por la celebración en México de su segundo milenario. Reyes recoge una frase del anuncio oficial, “gloria de la latinidad”, que proyecta en unas reflexiones que con más propiedad podrían haberse titulado “Discurso al pueblo mexicano”.

El especialista investiga y el ensayista interpreta. Tal afirmación es sin duda exagerada y, por tanto, inexacta: el ensayista es también un especialista, especialista de la interpretación. A pesar de ello puede servir para determinar dos procesos en el acercamiento a las cosas. El especialista comunica sus descubrimientos después de una rigurosa investigación y lo hace con el dogmatismo —discurso depositario— de quien se cree poseedor de la verdad. El ensayista, por el contrario, siente la necesidad de decir algo, pero sabe que lo hace desde el perspectivismo de su propio ser y por lo tanto nos lo entrega no como algo absoluto, sino como una posible interpretación que debe ser tenida en cuenta. El especialista, formado dentro de la tradición, se muestra reacio a cualquier interpretación heterodoxa. El ensayista, libre de tal peso, afloja las riendas al corcel de su ingenio en una revaluación de lo establecido ante los valores del momento. Los verdaderos ensayos pueden estar escritos por especialistas del tema tratado; generalmente, sin embargo, no sucede así. El valor del ensayo no depende del número de datos que aporte, sino del poder de las intuiciones que se vislumbren y de las sugerencias capaces de despertar en el lector.

El ensayista es consciente de su limitación y, sin ocultarla, no duda en mostrar sus ideas en el mismo proceso de adquirirlas. Confía así en que alguna, aunque no sea nada más que una, inspire al lector en un pensamiento gemelo al de su propia alma. Esta característica del escritor de ensayos es tan antigua como el ensayo mismo. Santa Teresa de Jesús nos lo indica varias veces en su obra Las moradas: “Son tan oscuras de entender estas cosas interiores, que a quien tan poco sabe como yo, forzado habrá de decir muchas cosas supérfluas y aún desatinadas, para decir alguna que acierte”. Con Montaigne adquiere tal aspecto la consistencia de una peculiaridad del género ensayístico: “Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él [del ensayo], sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración” (289). De las anteriores citas no debemos deducir, sin embargo, que el ensayista desconozca por completo la materia que trata, ningún ejemplo mejor que Santa Teresa, ni que se proponga mantenerse en el plano de las generalidades. Dejemos a Ortega y Gasset precisar lo ya apuntado por Montaigne: “En 1943, el Iris-Verlag, de Berna, me pidió que escribiese unas páginas sobre Velázquez… Respondí que yo no era historiador del arte y que en cuestiones de pintura mi conocimiento era ínfimo. El editor contestó, a su vez, que su deseo era precisamente hacer hablar sobre Velázquez a un escritor ajeno al gremio de los entendidos en historia artística. Enunciado paladinamente de este modo, el propósito no dejaba de tener gracia, pues en él transparecía una curiosidad que muchos hemos sentido en ocasiones varias, a saber: qué es lo que un hombre algo meditabundo puede decir sobre un asunto del que profesionalmente no entiende” (Velázquez, 9). Pensamiento que completaría años más tarde en unos escritos sobre Goya: “Mas ¿no debe ello, por lo mismo, interesar a ciertos buenos lectores? Y, más en general, ¿no es conveniente y, acaso, muy fecundo que escriban también sobre las cuestiones quienes no ‘entienden’ de ellas, quienes no son del gremio que las practica, quienes se enfrentan con ellas ‘in puris naturalibus’? Repárese bien: no se trata de que hable de un asunto quien, ignorándolo, cree que sabe de él, que es el uso más frecuentado, sino todo lo contrario, quien sabe muy bien que sabe muy mal la materia” (Goya, 18).

En realidad, el ser o no ser especialista en la materia tratada es algo muy secundario en el verdadero ensayo. Recuérdese que como obra literaria persigue ante todo una comunicación humanística. Octavio Paz reconoce esta peculiaridad del ensayo cuando señala en El ogro filantrópico: “Mis reflexiones sobre el Estado no son sistemáticas y deben verse más bien como una invitación a los especialistas para que estudien el tema” (9). En ocasiones, según el tema que se trate, el ser especialista puede convertirse en un serio impedimento. Albert Einstein, como escritor, es un celebrado ensayista. Sus mejores ensayos, sin embargo, no son los que examinan los fenómenos físicos. Basta comparar dos de ellos —”On Education” y “The Theory of Relativity”— para observar como su ingenio es más vivo y sugeridor cuando reflexiona sobre la educación. El segundo “ensayo” posee un carácter distinto: no es algo que se medita, sino una simplificación de lo ya establecido (Ortega y Gasset en “El sentido histórico de la teoría de Einstein” elevaría el tema a categoría ensayística). Y de aquí pasamos a un aspecto que ha dado lugar a confusiones: En el ensayo no tiene cabida la “vulgarización”, pues, repitámoslo, lo importante no son los datos, ni las teorías que se aclaren, sino el proceso mismo de pensar y las sugerencias capaces de ser proyectadas por el mismo lector. Si la vulgarización no tiene cabida en el ensayo, tampoco la tienen los términos ni las expresiones técnicas, las cuales, por otra parte, sólo son necesarias cuando se trata a un nivel de profundidad lo particular, y el ensayo enfoca lo particular en el fondo de lo universal. Este carácter del ensayo está determinado, en cierto modo, por el público a quien se destina. Eduardo Nicol dice al propósito: “El ensayo se dirige a ‘la generalidad de los cultos’. Sea cual sea la especialidad de cada uno, la lectura de un ensayo no requiere en ninguno la especialización. A la generalidad de los cultos corresponde ‘la generalidad de los temas’ que pueden tratarse en estilo de ensayo, y a la generalidad en el estilo mismo del tratamiento. El ensayista puede saber, sobre el tema elegido, mucho más de lo que es justo decir en el ensayo. La obligación de darse a entender no implica solamente un cuidado de la claridad formal, sino la eliminación de todos aquellos aspectos técnicos, si los hubiere, cuya comprensión implicaría en el lector una preparación especializada” (207).

IMPRECISION EN LAS CITAS

En la sección anterior quedó indicado que el público presente en la mente del ensayista es el representado por “la generalidad de los cultos”. No se pretende con esto decir que el ensayo no se dirija también al especialista. Claro que sí. Precisamente lo ensayístico, al no aspirar exclusivamente a la comunicación de datos, no encuentra límites en los conocimientos del lector. Por otra parte puede prescindir de las notas eruditas. El verdadero ensayista, por ejemplo, sólo en ocasiones muy especiales hará uso de notas al pie de la página; y esto nos lleva al meollo de nuestro tema: las citas, numerosas en los ensayos, tienen valor por sí mismas en relación con lo que el ensayista nos está comunicando; importa destacar que alguien creó una idea, representada en la cita, pero el “quién”, y el “dónde” carecen en realidad de valor. No son las citas importantes porque fulano o mengano las dijo, sino por su propia eficacia. Y el hecho de señalarlas como citas es sólo con el propósito de indicar que no son de propia cosecha, sino que forman parte del fondo cultural que se trata de revisar.

Analicemos un ejemplo para determinar hasta que punto esta peculiaridad del ensayo está de acuerdo con el carácter que hemos venido delineando: Ramiro de Maeztu comienza un breve ensayo, escrito en 1898, en defensa del espíritu español, con las siguientes palabras: “Días atrás dijo Lord Salisbury, primer ministro inglés, en un discurso de cuya letra me he olvidado, pero cuyo fondo se me ha grabado indeleblemente en la memoria” (35). El especialista —pongamos por caso un sociólogo interesado en los discursos de la época— echará en cara a Maeztu la falta total de datos precisos: fecha del discurso, lugar de publicación, las palabras exactas del mismo. Para el “no-especialista”, para el que sólo busca leer con placer las ideas por lo que representan y por su exposición artística, tanto el día como el lugar de su publicación carecen en absoluto de importancia. Incluso podríamos decir que Lord Salisbury es también secundario y que si se le nombra no es por su individualidad, sino por lo que tiene de común con su raza, por representar una forma de pensar.

La imprecisión en las citas de los ensayos se relaciona comúnmente con la exactitud en la transcripción de las mismas; pero son también frecuentes las imprecisiones en el autor, e incluso en el autor y texto de una misma cita. Desde los comienzos de la tradición ensayística, los escritores de ensayos podrían haber dicho de sus citas empleadas, lo indicado por Maeztu: “de cuya letra me he olvidado, pero cuyo fondo se me ha grabado indeleblemente en la memoria”. La inexactitud, por otra parte, no quita eficacia al contenido de la cita. Al contrario, la refuerza al darle el peso de algo espontáneo y sentido profundamente. Nada más oportuno al propósito que las siguientes palabras de Santa Teresa: “El mesmo Señor dice: Ninguno subirá a mi Padre sino por mí (no sé si dice así, creo que sí), y quien me ve a mí, ve a mi padre” (34). Y es que el ensayista no cita con el propósito del científico. La única exactitud que busca es en el contenido, y sólo en casos especiales el autor estará también en primer plano. Así Unamuno nos dice en su ensayo “Contra el purismo”: “Hablando no sé donde Spencer de la superstición lingüística, recuerda a aquellos indios que al ver las maravillas del arado lo pintarrajearon para colgarlo y hacer de él un fetiche a que rendir adoración” (Viejos, 15). Claro está que al lector le trae sin cuidado si Spencer lo dijo o no, mucho menos importancia tiene el “dónde” o las palabras exactas. Lo único que importa es lo acertado de la comparación, el resto es colorido; sin duda una parte integrante del ensayo, pero nunca esencial. Incluso diríamos que al transcribir el nombre de “Spencer”, el propósito de Unamuno no es sólo el de indicarnos el autor de la cita, sino más bien el de añadir una dimensión nueva a su contenido por las conexiones que el lector culto pueda llegar a establecer. En este aspecto, como en tantos otros relacionados con el ensayo, Ortega y Gasset consigue con pasmosa sencillez, un equilibrio entre cita y autor, donde ambos, como entidades distintas, se complementan en una unidad de significado superior. En un ensayo “Notas de vago estío” nos dice con referencia al orgullo que los vascones sienten de su tradición familiar: “Recuerdo haber leído en el padre Guevara —no sé si en sus cartas o en el Menosprecio de corte y alabanza de aldea— que, en su tiempo, todo el que… prefería pasar por noble se decía vizcaino” (Notas, 145). Ortega y Gasset menciona a Guevara no con el propósito de darnos un autor para su cita —las mismas ideas se hallan también presentes en Cervantes y Quevedo, por ejemplo—, sino con explícita intención de establecer una continuidad inalterable en el tiempo de una forma de pensar.

Cuando el autor no añade nada a la cita, no la proyecta en una nueva dimensión, el ensayista lo ignora completamente: “Un naturalista francés, cuyo nombre no recuerdo, ha iniciado una teoría nueva para explicar el triunfo de unos seres sobre otros” (Ortega, Notas, 9). Con más frecuencia, como hace José Martí en su ensayo “México y Estados Unidos”, por razones semejantes a las de Ortega, el ensayista mantiene una actitud de indiferencia ante el nombre del autor: “El fatídico desdén hacia la raza de color trigueño que un novelista simbolizó acá hace pocos años …” (74). En realidad esta característica es tan antigua como el ensayo mismo, y una de sus diferencias básicas con el estudio científico, cuyo valor primordial es precisamente la aportación de datos. Montaigne omite el nombre del autor cuando la idea que cita es ya parte de la herencia cultural de una civilización: “No es maravilla, dice un antiguo, que el azar tenga tanto poder sobre nosotros, puesto que nosotros vivimos por azar” (320). Sábato lo omite porque desea que el lector de algún modo se sienta aludido: “No recuerdo quién le decía a Gide que no leía nada para no perder su originalidad” (24). Santa Teresa, en fin, se sirve de este recurso —tan en concordancia con su estilo sencillo— para proyectar en sus escritos una sensación de intimidad y espontaneidad: “Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía”. Tanto Ortega y Gasset como Martí, Montaigne, Sábato y Santa Teresa piensan al escribir, no en el crítico, a veces más interesado en la exactitud de los datos que en el contenido de estos, sino en el lector a quien no quieren recargar con detalles innecesarios.

Analicemos, en su contenido, las siguientes palabras de Pérez de Ayala: “Después de publicar don Miguel de Unamuno no sé cuál de sus novelas, alguien, no sé quién, le dijo: ‘eso no es una novela’. Y Unamuno replicó: ‘Pues llámela usted nivola'” (IV: 909). Pertenecen estas palabras a su ensayo “la novela y la nivola”, en el que trata de probar que lo bien escrito, lo que tiene personalidad no necesita ser clasificado, pues sea cual sea la etiqueta que se le ajuste, no por ello aumentará o disminuirá en su valor. En este ensayo, Pérez de Ayala consigue dar a una cita particular un valor universal, precisamente omitiendo el autor del juicio y la obra de Unamuno a la que se refería. Pérez de Ayala no pretende demostrar si tal o cual obra de Unamuno es o no novela ni si el crítico que intentaba negarle la categoría de novela llevaba o no razón. El se propone tan sólo reflexionar sobre la eficacia de las clasificaciones y sugerir que la obra de arte tiene valor por sí misma.

La técnica de la cita ha evolucionado desde los comienzos de la tradición ensayística hasta nuestros días. Antonio de Guevara, sin respeto al concepto depositario de la verdad, no sólo imaginaba fuentes ficticias y creaba escritores y filósofos, sino que atribuía a éstos y a los conocidos de la antigüedad, ideas de su propio ingenio. Es decir, subordinaba, hasta el extremo, la cita al contenido, y su función era sólo la de convencer al lector con el apoyo de una aparente erudición. Con Montaigne las citas dejan de ser ficticias, pero siguen siendo un soporte erudito. Son como joyas que resaltan en el texto y ante cuyo deslumbre se eleva el valor y credulidad del mismo. En Unamuno y Ortega y Gasset la cita se encuentra ya incorporada en el texto como parte integrante de éste, sin que ello motive alteración alguna en el ritmo de la prosa.

LO SUBJETIVO EN EL ENSAYO: EL ENSAYO COMO CONFESION

Aún en las más dispares y contradictorias definiciones del ensayo siempre ha habido una característica común: su condición subjetiva; y es este subjetivismo el que paradójicamente causa la ambigüedad y la dificultad en las definiciones, pues como muy acertadamente dice Gómez de Baquero: “Lo subjetivo, lo personal, es lo más difícil de reducir a unidad, a definición, a contorno” (142). Es, en efecto, lo subjetivo al mismo tiempo la esencia y la problemática del ensayo.

Resulta sin duda una exageración el afirmar que “el ensayo es una relación de disposiciones de ánimo e impresiones” (Routh 32), pues si bien es cierto que el ensayista expresa lo que siente y cómo lo siente, no por eso deja de ser consciente de su función peculiar de escritor en su doble aspecto de artista de la expresión y de transmisor e incitador de ideas. Es decir, el lirismo innato del ensayista queda modulado al ser sometido a la razón en un proceso más o menos consciente o patente de organización que lo haga inteligible y convincente, pues aunque el ensayo no pretende convencer, todo buen conversador desea lograrlo; lo que por otra parte no se puede conseguir sin proyectar lo que se está escribiendo como algo sentido.

El ensayista escribe porque experimenta la necesidad de comunicar algo, por la sencilla razón de que al comunicarlo lo hace más suyo. Ramiro de Maeztu nos dice en su ensayo “Sobre el discurso de Lord Salisbury”: “La lectura del discurso me causó una impresión profundísima” (35). Y nosotros después de leerlo experimentamos una vaga sensación de haber estado charlando con Maeztu, o más incluso, de haber sorprendido sus pensamientos en un momento de reflexión. Cuando el ensayista escribe, nos hace sus contemporáneos, sus amigos y nos permite penetrar en su mundo al entregarnos no sólo sus pensamientos, sino también el mismo proceso de pensar. Esta proyectada sinceridad es en definitiva la que nos gana. ¿Cómo dudar del ensayista cuando éste nos ofrece la confianza del amigo al descubrirnos lo íntimo de sus pensamientos? Así procede Santa Teresa cuando con llaneza indica: “¡Válame Dios, en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que trataba, porque los negocios y salud me hacen dejarlo al mejor tiempo, y como tengo poca memoria, irá todo desconcertado, por no poder tornarlo a leer. Y aún quizá se es todo desconcierto cuanto digo; al menos es lo que siento” (64). Desde los comienzos del ensayo se ha destacado la sinceridad del ensayista implícito, quien, por otra parte, reiteradamente lo señala en sus escritos: desde Guevara, “Y porque no parezca hablar de gracia, tiempo es que demos licencia a que diga en esto lo que siente mi pluma” (Epístolas, I: 220), hasta Unamuno, “Yo, a fuer de buen español, improvisador, he improvisado estas notas sobre mi pueblo, tal y como en mí lo siento” (El porvenir, 152).

Si como hemos indicado el ensayista se expresa a través de sus sentimientos, sólo lo basado en la propia experiencia tiene valor ensayístico. De ahí que en el ensayo no tenga cabida el pensamiento filosófico sistemático ni el objetivismo científico, en cuanto pretenden una comunicación depositaria. La verdad del ensayista no es un conocimiento científico ni filosófico, sino que se presenta bajo la perspectiva subjetivista del autor y el carácter circunstancial de la época. “Mi crítica renuncia a ser imparcial”, señala Mariátegui, para añadir más adelante: “Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones” (230-231). Por ello no debe sorprendernos el estilo personalísimo de los grandes ensayistas, aspecto que, lejos de causarnos confusión, debe reafirmarnos en lo esencial de esta característica; ya que al mostrarnos lo íntimo del escritor, su personalidad, forzosamente se proyecta en un estilo singular. Tal es el recurso retórico de las siguientes palabras de Julio Cortázar: “Yo que escribo esto tampoco sé cambiar mi vida, también sigo casi como antes” (II: 10). Los ensayos de Unamuno, por ejemplo, no son simplemente la expresión del Unamuno implícito, son su misma esencia.

Ante este contenido se nos da a conocer el verdadero alcance de la asociación del ensayista con el periódico. Para poder el ensayista vivirse en sus ensayos, es necesario que escriba regularmente, que se sepa entre amigos, que converse con los lectores que asiduamente lo leen, no como el escritor consciente y preocupado del valor de la palabra escrita, sino con la confianza que emana de la charla de café. Sólo así estará incitado a escribir también de las cosas en apariencia triviales y a entregársenos en cada rasgo de su pluma. Si los ensayos son producto de la personalidad del escritor, también lo son de las circunstancias, de la época en que éste vive. Son, por así decirlo, el termómetro de la sociedad.

El ensayista, en su doble aspecto de estilista y de pensador, nos importa por su humanidad, por la fuerza de su persona. De otro modo no le permitiríamos tratar temas pertenecientes generalmente al campo de la ciencia o de la filosofía y evadirse al mismo tiempo de toda barrera que el objetivismo impone. Incluso podemos decir que es el subjetivismo en la elección y desarrollo de los temas lo que más apreciamos en él. En la historia del ensayismo no es posible hablar de escuelas, únicamente de ensayistas y de imitadores. Ningún ejemplo mejor que el del ensayismo hispánico de la primer mitad del siglo XX, donde Unamuno, Maeztu, Azorín, Ortega y Gasset, en España, y Rodó, González Prada, Mariátegui, Reyes, en Iberoamérica, por mencionar únicamente algunos de los más sobresalientes, poseen de común sólo el hecho de reaccionar ante unas circunstancias semejantes. Sus personalidades, sin embargo, son distintas; de ahí que los temas que en cada caso eligen, así como la manera de tratarlos, sean tan diferentes en cada uno de ellos.

En el campo de la literatura, que es el reino del subjetivismo, se hace especialmente imperiosa la crítica ensayística. En las últimas décadas ha prevalecido una crítica seudo-objetiva, heredera del cientificismo positivista del siglo XIX, donde la personalidad del autor se elimina hasta el anonimato. Pero todo intento de reducir la literatura a mero objeto, a comunicación depositaria, se cierra asimismo las puertas de la comprensión. Cuando la crítica no es científica, sino literaria, no es objetiva sino subjetiva, establece el puente de un entendimiento desde dentro, que hace posible el discurso humanístico. El crítico no permanece fuera del texto y sobre el texto, sino que lo acompaña: hace ensayo. Claro está, el escritor entonces se limita también en su campo de acción. Así lo señala Mariátegui cuando inicia su ensayo “El proceso de la literatura” con las siguientes palabras: “Me propongo, sólo, aportar mi testimonio a un juicio que considero abierto” (299). Al ensayista no le interesan, pues, los temas por los que no se siente atraído. Del mismo modo la sátira y la polémica no dan lugar por lo general a ensayos. En la crítica literaria actual, el ensayo, a pesar de ser reducido —y es que los ensayistas como artistas no son numerosos— ha alcanzado mayor prestigio y se tiene en más estima que los estudios objetivos: sírvanos como ejemplo Dámaso Alonso, Enrique Anderson Imbert, Alfonso Reyes.

El subjetivismo es, según lo indicado, parte esencial del ensayo. Es esta motivación interior la que elige el tema y su aproximación a él; y como el ensayista expresa no sólo sus sentimientos, sino también el mismo proceso de adquirirlos, sus escritos poseen siempre un carácter de íntima autobiografía. El “yo” del autor se destaca en todas las páginas, como estandarte que anuncia una fuerte personalidad. Así Julio Torri cuando nos dice: “Permitidme que dé rienda suelta a la antipatía que experimento por las sensibilidades ruidosas”. Dentro de la individualidad peculiar de cada ensayista, las notas autobiográficas son frecuentes en todos los ensayos, con independencia del tema de estos. Antonio de Guevara, engreído en su persona, nos comunica desde su genealogía —”Mi abuelo se llamó don Beltrán de Guevara, y mi padre también se llamaba don Beltrán de Guevara, y mi tío se llamaba don Ladrón de Guevara, y que yo me llamo agora don Antonio de Guevara” (Epístolas, I: 73)— hasta sus características físicas —”Soy en el cuerpo largo, alto, seco y muy derecho, de las cuales propiedades no tengo y de qué me quexar, sino de qué me preciar” (I: 75). Más distante en sus escritos, Ortega y Gasset evita a veces proyectar su crecimiento emocional, para entregársenos en el intelectual: “Durante diez años he vivido dentro del pensamiento kantiano: lo he respirado como una atmósfera y ha sido a la vez mi casa y mi prisión” (Tríptico, 65). El carácter autobiográfico es tan antiguo como el ensayo mismo y es precisamente en Montaigne donde llega a su más alto grado: “Estas son mis fantasías, en las cuales yo no trato de dar a conocer las cosas, sino a mí mismo” (387). Por lo que podemos decir que el ensayo en la prosa corresponde a la lírica en la poesía.

El ensayista, como muy bien dice Pérez de Ayala, “se supone que está animado del deseo de declarar…su sentir y pensar; que traza, en mayor o menor grado, su biografía espiritual y verifica su confesión” (IV: 995). Interpretado de este modo, el escribir se convierte en una necesidad, en una forma de realizarse; así anota Montaigne: “Yo no he hecho más mi libro, que mi libro me ha hecho a mí” (648). El ensayista necesita, pues, de los ensayos como una exteriorización necesaria para poder comprenderse; de ahí su continuo: yo pienso, yo siento, yo amo, yo me alegro, yo creo, etc., con que expresa su punto de vista, para hacerlo totalmente suyo. Cómo interpretar si no la frase con que Pérez de Ayala finaliza su ensayo “Confesiones y creaciones”: “Y perdonad este desahogo de amargura” (IV: 994). El carácter confesional de los ensayos, consecuencia directa del subjetivismo, es característica constante de éstos, a pesar de que en diversas épocas haya sido más o menos mitigado por las circunstancias ambientales o la personalidad del ensayista. En las letras españolas ya se hace patente en Guevara —”Yo mismo a mí mismo quiero pedir cuenta de mi vida a mi propia vida, para que, cotejados los años con los trabajos y los trabajos con los años, vean y conozcan todos quánto ha que dexé de bivir y me empecé a morir. Mi vida no ha sido vida sino una muerte prolixa” (Menosprecio, 175)—, y se presenta con mayor nitidez en Unamuno, cuya obra es ya toda una pura confesión.

El tono confesional de los ensayos no es nada más que una manifestación del egotismo connatural del ensayista. El escribe sobre el mundo que le rodea y su reacción ante él. El “yo” parece ser el centro sobre el que giran las ideas del ensayo, y sin embargo su egotismo no es desagradable, porque sólo ofende quien adopta una posición de superioridad, y el ensayista es nuestro igual, dispuesto a considerar nuestras opiniones. Se nos entrega con pensamientos y reflexiones en voz alta, como el amigo en busca de confidente. Así, por ejemplo, el tono de Alfonso Reyes cuando nos dice: “A este propósito, voy a contaros una modesta experiencia personal” (109). Debemos tener también en cuenta, como señala Alexander Smith, “que el valor del egotismo depende enteramente del egotista. Si el egotista es débil, su egotismo es despreciable. Si el egotista es fuerte, agudo, lleno de personalidad, su egotismo es valioso, y se convierte en una posesión de la humanidad” (36).

EL CARACTER DIALOGAL DEL ENSAYO

El ensayista es acusado con frecuencia de proporcionar a sus ensayos cierto aire coloquial. Y es que lo coloquial se identifica las más de las veces con lo vulgar. No obstante, aun dentro de los límites estéticos que cada época lleva consigo, el análisis detenido de un texto literario parece apuntar que lo “vulgar” no se encuentra en sí, ni en el significado ni en el significante de la palabra, sino que el tinte de vulgaridad lo adquiere ésta cuando el escritor la usa desacertadamente. Pero volvamos al principio. Al decir que el ensayo posee cierto aire coloquial, sólo pretendo resaltar su carácter conversacional. El ensayista dialoga con el lector. Por ello señala Pérez de Ayala: “He dicho muchas veces que mi manera de entender el periodismo literario consiste en suponer, al momento que estoy escribiendo, no tanto que manejo la pluma cuanto que mantengo una conversación, de inmensurable radio, con todos esos amigos invisibles, incógnitos y para mí innominados, que son los lectores” (IV: 992).

Bien mirado pues, si el ensayista, en una proyección de su misma personalidad, transmite sus pensamientos con la naturalidad que le impone el hacerlo al mismo tiempo que los piensa y según estos son pensados, no puede, ni debe evitar las expresiones coloquiales que con sencillez emanen en su proceso. Cortázar asume en el texto que su lector hace signos de cansancio por la prolongación del ensayo y añade: “Soy sensible a estas insinuaciones pero no me iré sin una última reflexión” (I: 157). Unamuno, del mismo modo, nos dice en un momento de excitación: “Y a quien le pareciere esto una paradoja, con su pan se lo coma, que yo no voy a explanarlo aquí ahora” (Viejos, 11). Y lejos de producir en nosotros una mueca de rechazo, nos une, no ya sólo intelectual, sino emocionalmente también, a lo que nos comunica, con la sensación de que nos hace confidentes de algo que le oprime y que necesita desahogar ante el amigo.

Si hay alguna expresión común a los ensayistas de todos los tiempos, es aquella que hace referencia al carácter dialogal del género. El ensayista conversa con el lector, le pregunta sus opiniones e incluso finge las respuestas que éste le da: “Oydo lo que hemos dicho y visto lo que hemos contado, pregunto agora yo al lector de esta escritura: ¿qué es lo que le paresce devría escrevir destos tiempos mi pluma?” (Menosprecio, 157), nos dice Antonio de Guevara en los comienzos de la ensayística española. Angel Ganivet, más moderno y directo, señala: “Para terminar esta conversación excesivamente larga que he sostenido con mis lectores, y considerando que hasta aquí todo ha sido retazos y cabos sueltos, y que no estará de más defender alguna tesis sustanciosa, voy a sentar una que formularé al modo escolástico” (I: 138). Tal compenetración y aparente intercambio de ideas con el lector es tan intenso, que el ensayista con harta frecuencia evita hacer referencia al proceso de escribir al referirse a su obra, y prefiere suponer que ha estado “conversando” con el lector (como Ganivet), o alude a lo que éste ha “oydo” (como Guevara). Incluso, a veces, se dirige al lector con fingido enojo, así dice Montaigne: “Si mis comentarios no son aceptables, que otro comente por mí” (104). Y es que el ensayista no presenta nada terminado, sino que desarrolla sus ideas al escribirlas, y no lo hace en la forma sistemática del que expone algo preestablecido, sino al modo del que piensa en el proceso mismo de escribir, y cuyo texto se presenta como un producto en el que el lector está ya colaborando: “Y ya que nos hemos lanzado por este firmamento de los símbolos, recordaremos la fábula …” (Reyes 103). De ahí que la lectura del ensayo no pueda ser pasiva. Nada hay en él seguro. Todo parece provisional y sujeto a revisión. De hecho el ensayista espera la participación activa del lector y le exige que proyecte aquellas sugerencias apenas apuntadas en el ensayo y vueltas a dejar en el rápido cabalgar de la “conversación”. Por ello son frecuentes las ocasiones en que el ensayista interpela al lector: “Pues bien; yo pregunto a los lectores desapasionados” (Altamira 110). O se excusa: “Perdón, lector, por la mucha largura y prolijidad que va explayando este ensayo” (Pérez de Ayala III: 637). Es decir, su ideal queda expresado en las palabras de Unamuno: “Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el darles pensamientos hechos” (Mi religión, 14).

El ensayo es, en efecto, diálogo; pero en él el diálogo se establece con el lector, considerado éste no como una persona determinada, sino como un miembro de “la generalidad de los cultos”. De ahí la diferencia que existe entre el ensayo y el diálogo como forma literaria. Al tratar de escribir un ensayo en forma dialogal, se corre el peligro de que el lector se convierta en espectador, por ser incapaz de poner su pensamiento al nivel del de aquellos personajes del diálogo, y que por ello adquiera una actitud pasiva que en el acto le haría perder interés por lo escrito, por lo que “los otros” están discutiendo. Tal reacción parece en sí lógica, ya que, incluso en los diálogos entre dos personas, la identificación del lector con uno de los personajes se hace muy delicada. Por una parte, la libertad en el tratamiento del tema queda forzosamente restringida a la contestación de ciertas preguntas, le parezcan o no éstas necesarias o apropiadas al lector. Por otra parte, aun concediendo que uno de los personajes se identifique con el autor implícito, si el lector posee una mente más ágil que la del otro dialogante, las preguntas de éste le parecerán infantiles, lentas o sin interés. Y si por el contrario el lector es más tardo, las preguntas, subconscientemente, le humillarán e impedirán meditar, o proyectar en su propio mundo interior las sugerencias que se apunten en el transcurso de la exposición. En cualquiera de estos casos lo escrito dejará de ser ensayo. No quiere ello decir que la forma dialogal se oponga a la esencia del ensayo (de hecho Platón llega a convertir partes de sus diálogos en verdaderos ensayos), sino más bien señala la barrera que la forma dialogal establece entre el escritor y el lector.

En realidad, la diferencia intrínseca entre el diálogo como forma literaria y el ensayo se encuentra en que el primero indica explícitamente una posible interpretación de lo expuesto por el autor, mientras que en el ensayo hay varias interpretaciones a distintos niveles que se hallan sólo implícitas en la obra. Por ello, en tanto el diálogo se limita en la calidad del público a quien se dirige, el ensayo deja abierto su radio de acción. En el diálogo, uno de los personajes se identifica con el autor, pero los dialogantes secundarios establecen el carácter de los lectores a quienes se destina. En el ensayo, por el contrario, como la interpretación depende del lector individual, sea cual fuere la agilidad mental de éste, encontrará en él un fértil campo de ideas; y sólo el resultado final podrá variar en las diversas categorías de lectores. El propósito del ensayo, incitar al lector a la meditación, se cumplirá independientemente del nivel de respuesta. En otras palabras, el ensayo es un diálogo donde uno de los personajes es el autor y el otro es el lector. Además, una vez que superamos el aspecto superficial de la forma, y penetramos en la esencia de lo escrito, no es raro encontrar una inversión de los términos formales: un diálogo dinámico por naturaleza, puede llegar a adquirir un carácter estático (así Fray Luis de León en De los nombres de Cristo), mientras que el ensayo, sin poseer la forma dialogal, comparte con el verdadero diálogo su energía inmanente

EL ENSAYO COMO FORMA DE PENSAR

La condición peculiar del ensayo, que lo hace depender de una armoniosa simbiosis de la idea con la “voluntad de estilo”, queda, con harta frecuencia, erróneamente caracterizada con aquellas interpretaciones que sólo lo consideran en uno de sus elementos, o en las que todo parece subordinado a los conceptos que en el ensayo puedan exponerse. Observemos la siguiente afirmación de Eduardo Nicol: “Para el ensayista nato, el ensayo es una forma de pensar; para el filósofo nato, el ensayo es una forma ocasional de exponer lo ya pensado con distinto artificio” (208). En una primera impresión parece que tal aserto está de acuerdo con lo hasta ahora expuesto en mi estudio. Un examen más detenido nos hará notar, sin embargo, la completa independencia que Nicol establece entre el ensayista o filósofo y el ensayo. Y esto nos lleva al meollo del asunto: Mientras que en la novela y en el teatro (la poesía en esto se asemeja más al ensayo) quizás es legítimo el establecer tales independencias, que a fin de cuentas quedarán neutralizadas, por ejemplo, por los juicios de buenas o malas novelas, en el ensayo no es posible mantener tal separación. Estamos de acuerdo con Nicol de que para el ensayista el ensayo es una forma de pensar. Y sin duda lleva razón cuando señala que el filósofo escribe lo ya meditado con anterioridad; lo que no se puede hacer es llamar “ensayo” a lo escrito por éste, ya que se opone a la esencia misma de la ensayística. Veamos: puesto que el material a exponer está ya pensado, la forma de hacerlo estará supeditada al público a quien se destina. Si éste es el de los profesionales de la filosofía, nuestro filósofo se verá forzado a seguir una exposición sistemática y a hacer uso del vocabulario técnico pertinente. El resultado será un tratado filosófico. Si el público a quien se destina la obra es ajeno al gremio de los filósofos, como lo que se pretende exponer había sido meditado previamente con todo rigor, nuestro filósofo se verá obligado a resumir y a dar rodeos para substituir aquellos términos incomprensibles para la generalidad de los cultos. Tendrá que, en definitiva, escribir una obra de vulgarización y no un ensayo.

Cuando digo que el ensayo es una forma de pensar, quiero indicar que está escrito al correr de la pluma, como diálogo íntimo del ensayista consigo mismo: “Para responder a las preguntas que insistentemente quebrantan mi reposo he escrito este ensayo personal” (I: 30), nos dice Antonio Pedreira en Insularismo. Por ello sólo al ensayista le permitimos negarse o contradecirse en aquello que unas líneas antes o en aquel mismo momento acababa de decir. Así, no sólo no ofende sino que crece en nuestro aprecio Santa Teresa cuando de forma espontánea escribe refiriéndose al alma: “De manera, que aún no sé yo si le queda vida para resolgar. Ahora lo estaba pensando y paréceme que no” (85). De este modo, por medio del estilo ensayístico, además de conseguirse el dinamismo y cercanía del diálogo (como indicamos en la sección anterior), se gana igualmente en credibilidad. El lector de ensayos, al compenetrarse en la lectura, se siente ser testigo de la labor creadora del autor y, como tal, más capaz de percibir el verdadero contenido de lo escrito, con la vaga sensación de ser también de algún modo obra suya. Pongamos de nuevo un ejemplo tomado de Las moradas de Santa Teresa, obra cuyo valor estético adquiere proporciones insospechadas al analizarla desde el campo de la ensayística: “Deseando estoy acertar a poner una comparación para si pudiese dar a entender algo de esto que voy diciendo, y creo que no la hay que cuadre; más digamos ésta” (150). La comparación, que parece salir de nuestras mismas manos, no sólo la aceptamos, sino que estaríamos dispuestos a defenderla como algo propio.

Esta transcripción del pensamiento según fluye a la mente del ensayista, se opone, claro está, a la sistematización del tratado. Pero el buen ensayo nos absorbe de tal modo en el proceso generativo de las ideas que nos impide volver la vista atrás, evitando así cualquier intento de visión de conjunto, por lo que el desorden que podría observarse en un análisis meticuloso, es imperceptible al lector. Sírvanos Unamuno, ningún modelo mejor, en la aproximación a esta característica del ensayo, ya que no sólo la casi totalidad de su ensayística ejemplariza este aspecto, sino que él mismo se muestra consciente del mérito que su maestría supone: “Una vez que me he decidido a escribir de cosas de técnica literaria, ruego al lector no profesional que me tolere, y desde ahora le aseguro que, aunque sé por donde he empezado este ensayo —o lo que fuere—, no sé por donde lo he de acabar. Y de esto es, precisamente, de lo que quiero escribir aquí; de esto de ponerse uno a escribir una cosa sin saber adónde ha de ir a parar, descubriendo terreno según marcha, y cambiando de rumbo a medida que cambian las vistas que se abren a los ojos del espíritu. Esto es, caminar sin plan previo, y dejando que el plan surja. Y es lo más orgánico, pues lo otro es mecánico; es lo más espontáneo” (Ensayos, I: 588).

Unamuno señala que el ensayo “es lo más espontáneo”, pero debemos tener cuidado en la interpretación del término. La espontaneidad a la que Unamuno se refiere es, desde luego, la etapa decisiva en el proceso de escribir un ensayo, mas no la única. Esta espontaneidad sigue a una profunda y quizás larga meditación; y es seguida por una reexaminación de lo ya escrito, donde se pule el estilo y se precisan las ideas. El ensayista se siente reaccionar ante una situación y transcribe la reacción misma con la espontaneidad con que es sentida; pero tal reacción, a su vez, es producto de una previa meditación. De este modo debemos entender a Montaigne cuando dice: “Así como mis pensamientos se presentan, así yo los amontono, ya se precipiten en tropel, ya se arrastren en fila” (388). Pues a pesar de tal aserto, una somera comparación de la primera versión de este ensayo, “Sobre los libros”, 1580, con la edición definitiva, 1595, pone al descubierto la multitud de intercalaciones con que Montaigne fue perfeccionándolo. Para aquellos que únicamente prestan atención a lo superficial, una expresión de Ortega y Gasset tal como: “Tenemos que concluir cuando empezábamos a empezar” (Notas, 105), al finalizar su ensayo “Meditación del marco”, sería base suficiente para calificar de improvisación a todo el ensayo. Su lectura atenta, sin embargo, demuestra una intensa meditación y profundidad de contenido. De hecho la espontaneidad no reside en la esencia de lo que se dice, sino en el método y camino seguido. Cuando Julio Cortázar nos dice sobre sus reflexiones que “son cosas que uno piensa cuando está embutido en una platea del teatro des Champs Elysées y Louis [Armstrong] va a salir de un momento a otro” (II: 13), está yuxtaponiendo dos tiempos: lo meditado durante la representación en el teatro y la recreación escrita posterior; y aunque la idea original era algo que había ido madurando entre un instante y el otro, el ensayista desea capturarla con la frescura de su gestación inicial. Por ello, de todos los géneros literarios, el ensayo es probablemente el menos expuesto a la tiranía de las escuelas literarias, ya que en él, precisamente por su espontaneidad, domina la personalidad del autor, quien en definitiva imprime el carácter al ensayo.

De lo dicho anteriormente se deduce que el proceso de escribir un ensayo está dividido en tres etapas: una preliminar en la que se medita sobre el tema a tratar; otra, la más fundamental, en la que se escribe el ensayo; y una tercera en la que se corrige y perfecciona lo ya escrito. Mientras estas tres etapas son, en su orden general, comunes a los otros géneros literarios, las relaciones entre ellas poseen un carácter peculiar en el ensayo. La primera, la meditación es tan independiente del ensayo mismo, que si bien es el primer paso para la creación de éste, se encuentra, no obstante, completamente desligada del proceso mismo de creación. Es decir, no toda meditación va a estar seguida de un ensayo, y el ensayista nunca se pone a meditar como camino a seguir para escribir un ensayo. El proceso es simplemente el opuesto: escribe un ensayo porque la meditación le incitó a ello. Me explicaré: el ensayista que lee un libro, u observa un cuadro o un paisaje, y que se siente reaccionar, y que plasma dicha reacción en un ensayo, lo hace no tanto para la posterioridad, como por ser éste su propio modo de pensar. La meditación que dio origen al ensayo es algo marginal. Una vez que el ensayista empieza a escribir, la forma en que fluye el pensamiento y el desarrollo del ensayo coinciden. El ensayista necesita de ese diálogo íntimo, consigo mismo o con un imaginario lector, para poder seguir pensando; de ahí que el ensayo se convierta en una forma de pensar. Por ello no debe extrañarnos que Ortega y Gasset finalice un ensayo “La forma como método histórico” con las siguientes palabras: “Sobre este asunto quería yo haber escrito el presente capítulo. Pero me encuentro al final con que sólo lo he mentado en el título. ¡Qué le vamos a hacer!” (Espíritu, 31). El ensayista es, al fin y al cabo, un conversador. Y nosotros, en un análisis de tales palabras, le podríamos preguntar a Ortega y Gasset si en verdad trató de escribir un ensayo sobre el tema apuntado en el título, o fue más bien el tema del título el que le sugerió la digresión que plasma en el ensayo que tratamos. En efecto, todo él parece ser en sí una digresión que comienza y acaba con el tema indicado en el título; con lo que éste pasa en realidad a formar el marco del ensayo. Pero de la relación título-contenido me ocuparé más adelante.

El ensayista no sólo se vale en el desarrollo del ensayo de un proceso de asociaciones, sino que cuenta también con la capacidad del lector para establecer otras nuevas en un intento de proyección en infinitas direcciones y a diversos planos de profundidad. Naturalmente, esto motiva que un ensayo pueda comenzar en cualquier momento; y del mismo modo que no existe un principio definido, también puede terminarse en cualquier página. Los temas se introducen y se abandonan según las conveniencias del momento; por lo que son frecuentes las expresiones como las siguientes de Octavio Paz: “No puedo detenerme más en el análisis del tema” (Posdata, 140), o de Pérez de Ayala: “Ya hablaremos de esto otro día” (IV: 996). Los ensayos son como la charla de café que hay que terminar al llegar la hora de ir a casa, prometiendo continuarla al día siguiente, pero que en realidad, al cambiar las circunstancias del momento raramente se hace: “Va siendo demasiado para un solo día. Proseguiremos nuestra histórica caminata en próximos ensayos” (IV: 1058), indica Pérez de Ayala en su ensayo “El arte del estilo”. Y el lector interesado en lo escrito, continúa él mismo aquellas proyecciones interrumpidas por el autor, sin pensar por un momento en ir a buscar en otras páginas la continuación prometida. La realidad es que un ensayo no se puede continuar. Podemos, si así lo deseamos, escribir otro ensayo sobre el mismo tema, e incluso que sea complementario del anterior, pero al haber variado las circunstancias que dieron lugar al primero, el enfoque del nuevo ensayo será también distinto.

Tal característica no le hace perder al ensayo en su valor; más bien lo enriquece. Y es que el ensayo, al contrario de los tratados, persigue sólo aquello que sabe que no podrá alcanzar plenamente: en este sentido es fragmentario como la vida misma. De ahí que el valor de los ensayos sobreviva a la época que los vio nacer. Sólo lo que pretendió ser completo, caduca. “Conviene aquí hacer un paréntesis para no caer en el riesgo de dar los toques definitivos a esto que parece ya un esbozo bastante desarrollado” (56), nos dice María Teresa Martínez, indicando explícitamente el sentir de los ensayistas. Ya que el propósito del ensayo es únicamente, con palabras de Díaz Plaja, “mostrar un camino”.

EL ENSAYO CARECE DE ESTRUCTURA RÍGIDA

En los estudios generales sobre la ensayística se ha ponderado en exceso este aspecto peculiar del género, cuyo estudio aun cuando constituyendo una de sus características primordiales, sólo puede ser significativo si se efectúa desde un ángulo de comparación. Con frecuencia se ha mencionado la falta de estructura sistemática en los ensayos para después, despectivamente, considerarlos como algo incipiente, primerizo; y es que las afirmaciones de los mismos ensayistas sólo deben de ser interpretadas en el conjunto de su obra. Así, se cita frecuentemente a Montaigne para destacar el carácter informal del ensayo, sin advertir que la afirmación de que su estilo es “un decir informe y sin regla, una jerga popular y un proceder sin definición, sin división, sin conclusión” (620), representa un formidable grito de libertad y de madurez.
Al decir que el ensayo no posee una estructura rígida, se pretende establecer una distinción entre éste y aquellos escritos, destinados a la comunicación depositaria, caracterizados precisamente por una rigurosa organización tanto formal como de contenido. En esta categoría entran entre otros el tratado —que la creciente especialización moderna ha hecho prácticamente desaparecer—, el discurso, el artículo de las revistas especializadas, la monografía. Cito estas formas de la prosa didáctica para dar énfasis a lo inoperante de la extensión del escrito en el momento de establecer diferencias. Por otra parte, en lo externo tampoco parece haber distinción entre dichas formas de la didáctica y el ensayo; para encontrarla hemos de sobrepasar lo superficial y penetrar en su desarrollo y contenido.
En el tratado —y por extensión en el discurso, en la monografía aunque en lo sucesivo no se mencionen— destaca lo metódico, mientras que en el ensayo prevalece lo aforístico. Esto de ningún modo significa que el ensayo se escriba a tono de prueba, sino que para el ensayista el método, en la manifestación mecánica del discurso depositario, es secundario y negativo, pues entorpece la libertad creativa del escritor. En realidad el ensayista, como Unamuno, piensa que “el lector sensato pondrá el método que falta y llenará los huecos” (En torno, 145). De ahí que el ensayo, en proyección orgánica, progrese por medio de asociaciones y de intuiciones en oposición al orden lógico que sigue el científico. Y por ello, mientras el científico, una vez establecido el propósito de su investigación, pierde en gran medida la libertad al verse forzado a seguir el orden que su método le determina, el ensayista es libre de continuar, aplazar o simplemente interrumpir el tema comenzado, como Pérez de Ayala señala en expresión cuyo sentido es propio de la ensayística: “Nos hemos extendido demasiadamente. En ocasión próxima proseguiremos este deshilvanado palique” (III: 483). En el tratado la información se presenta sin ambigüedad, proyectando una sola posible interpretación, mientras que el ensayista, cuyo objetivo es problematizar el discurso axiológico del estar, únicamente reflexiona sobre el tema sin pretender imponer una posición ni tratar de ser exhaustivo, y su ideal bien podría quedar representado por las siguientes palabras de Unamuno: “Examinar digo, y mejor diría dejar que examine el lector, presentándole indicaciones y puntos de vista para que saque de ellos consecuencias, sean las que fueren” (En torno, 51).
En realidad el ensayista se considera parte de la aristocracia de los escritores, despreciando en cierto modo la labor metódica del investigador por considerarla como algo mecánico, carente de ingenio y de valor estético. De esta forma pueden ser interpretadas las siguientes palabras de Ganivet: “Esas ideas, que sin orden preconcebido, y pudiera decir con desorden sistemático, irán saliendo como buenamente puedan, tienen el mérito, que sospecho es el único, de no pertenecer a ninguna de las ciencias o artes conocidas hasta el día y clasificadas con mejor o peor acierto por los sabios de oficio; son, como si dijéramos, ideas sueltas, que están esperando su genio correspondiente que las ate o las líe con los lazos de la lógica” (I: 61-62). No debemos, sin embargo, deducir de lo indicado que el ensayista sea ajeno al pensamiento científico; nada más lejano. Lo que sucede es que mientras para el científico lo estético es accidental, para el ensayista es esencial. El investigador busca como fin el exponer los resultados de su labor, por lo que subordina lo artístico a la rigidez del método, la claridad a la precisión técnica: su objetivo es la comunicación depositaria. El ensayista es ante todo un escritor y como tal busca la perfección en la expresión, contando con su propia personalidad para dar unidad a sus reflexiones: como obra literaria se propone una comunicación humanística. “Aquí tolere el lector [nos dice Unamuno] que, dejando por el pronto suspendido este oscuro cabo suelto, prosiga el hilo de mis reflexiones” (En torno, 20). Y si bien resultaría en vano el intento de buscar una uniformidad temática o estructural en el ensayo, el “yo” del autor está presente en cada una de sus frases; en tanto que en el tratado se retrae hasta desaparecer en el anonimato. El tratado interesa por el tema sobre el que diserta; en el ensayo es más importante el autor que escribe, que el tópico sobre el cual escribe.
Esta posición intermedia que hace al ensayo cabalgar a los lomos de lo científico y de lo estético, en la búsqueda de un difícil equilibrio, es lo que le da carácter al género y al mismo tiempo lo relega a un lugar secundario en el momento de ser estudiado en los centros docentes. La literatura española abunda en ejemplos al propósito, y quizás ninguno tan representativo como el de Ortega y Gasset. Sus lectores están de acuerdo en considerar su obra como algo excepcional tanto por las ideas que expone como por el valor literario de sus escritos. No obstante, en los cursos de literatura, ofuscados en los tradicionales géneros de teatro, poesía y novela, se omite a Ortega o se le cita de pasada. Los filósofos, por su parte, desinteresados del valor estético de un escrito, prefieren concentrarse en los tratados en busca del orden lógico externo y la enseñanza directa. De ahí que los “filósofos” lo posterguen a un plano secundario por considerarlo “literatura” y los estudiosos de la literatura procedan del mismo modo por considerarlo “filosofía”.
Hemos indicado ya que el ensayo carece de estructura rígida y que precisamente una de las diferencias con el tratado es la falta del orden lógico que éste posee. No quiere esto decir, sin embargo, que el ensayo carezca de concierto; lo que sucede es que éste es de disposición distinta. El ensayo es subjetivo y el tratado es objetivo. En el ensayo el orden es interno, es el del yo-subjetivo del autor, mientras que en el tratado es el externo predispuesto por el carácter de la misma investigación. En el ensayo el orden es siempre más real que aparente y se presenta tanto más obvio cuanto más profundizamos en lo escrito. En el tratado el proceso inverso es más frecuente, y, además, como depende de un sistema externo, está sujeto a la marcha del progreso que lo hará inevitablemente caduco. Así, mientras se leen todavía con valor actual los ensayos de Montaigne o Bacon, los tratados que se escribieron en su época han caído decididamente en el olvido. El valor permanente del ensayo se lo proporciona su carácter de íntimo diálogo entre el pensar del autor implícito y las proyecciones que realiza el lector. El ensayista piensa ante nosotros, y la dimensión humana que así consigue será siempre un lazo de unión con el lector de todos los tiempos, pues, repitamos, no es tan importante lo que dice como el ver palpitar a un ser que se vive, y que precisamente por ello nos hace meditar en nuestra realidad íntima en relación con su circunstancia. Unamuno nos dice: “Al llegar aquí tenemos que traer a cuenta algún ‘hecho’ que sirva de hilo central a nuestras reflexiones, que seguirán, sin embargo, sin atarse a él, ondulando acá y allá, fuera de maroma lógica, para engendrar en el alma del lector el nimbo, la atmósfera de donde vaya surgiendo algún tema” (En torno, 63). Este es el secreto de la permanencia del ensayo: el ser fragmentario, el ser incompleto sin la participación del lector. Por ello todo buen ensayo tiene siempre algo de actual, distinto para cada época y para cada lector; es la atmósfera de que nos habla Unamuno, que luego motivará infinitas intuiciones y proyecciones, no tanto por lo escrito en el ensayo, como por la aportación del lector eterno.
De este modo, aquello que en un principio parecía ser defecto del ensayo, vemos ahora que es una de las características que lo hacen ser parte del discurso humanístico. El tratado, en busca de la objetividad, se expresa en un monólogo didáctico que se dirige al especialista con el propósito explícito de mostrar algo concreto —incluso en el caso de los tratados filosóficos (téngase en cuenta que no me refiero a los ensayos filosóficos que son en definitiva ensayos y no tratados)—; de ahí que caduque tan pronto como el progreso lo supere o varíe la mentalidad de la sociedad que lo produjo. El tratado pretende enseñar, es la dimensión depositaria de la educación, el ensayo sugerir, incitar; el tratado se expresa en términos técnicos como corresponde al especialista, el ensayo se encamina a la generalidad de los cultos en un ansia de ser trascendental.
En conclusión, nada más a propósito para cerrar las reflexiones de esta sección que la siguiente cita de Unamuno, extremada si se quiere, pero que en sí encierra la esencia ensayística: “Si quieres, lector X, leer cosas coherentes, y transparentes y claras, y enlazadas lógicamente, y que tengan principio, medio y fin, y que tiren a enseñarte algo, búscalas en donde quieras, menos aquí” (Soledad, 20).

LAS DIGRESIONES EN EL ENSAYO

El ensayo es como un paseo intelectual por un camino lleno de contrastes, en el que la diversidad de paisajes motiva abundancia de ideas que emanan con naturalidad en el discurso. Su supuesta incoherencia es la misma del ser humano pensante ante la inmensidad de lo creado. Es, sin duda, el “yo” que reacciona, pero también un “yo” consciente de ser sólo un compuesto de innumerables fragmentos de vida, hechos propios al reconocerse en lo que le rodea en un esfuerzo por sentirse ser. De ahí que la unidad estructural en el ensayo no sea la lógica, en cuanto producto únicamente de un sistema racional externo, sino la orgánica, la emotiva, procedente de la experiencia que nos muestra el “yo” a través del sentirse reaccionar ante “lo demás” o ante “lo otro” en sí mismo. Naturalmente, ello no significa que la unidad estructural externa no tenga cabida en el ensayo, ya que ambas pueden coincidir y de hecho así sucede en sobradas ocasiones. Lo que sí conviene tener presente es que ésta queda subordinada a la unidad interior, emotiva.

Del mismo modo que en un paseo por la montaña, la montaña misma puede ser algo secundario si nos entretenemos en observar los árboles, o en el correr rápido de un arroyo, o en el revolotear de unas aves, así también en el ensayo el tema propuesto puede llegar a ser secundario en relación a las posibles digresiones en las que el ensayista se proyecte. Tales las reflexiones sobre México en el ensayo “Discurso por Virgilio” de Alfonso Reyes. Virgilio y su obra se convierten en el marco que contiene y proyecta el pensamiento de Reyes sobre México y que motiva las palabras finales de “¡Virgilio me ha llevado tan lejos! La ausencia y la distancia nos enseña a mirar la patria panorámicamente” (64). Desde esta perspectiva todo el ensayo puede ser considerado como una serie de digresiones: “No puedo nombrar al padre Hidalgo, en ocasión que de Virgilio se trata, sin detenerme a expresar …” (51). Pero el ensayo no trata sobre Virgilio; la conmemoración de Virgilio proporciona el punto de partida y el punto de apoyo que da unidad externa al ensayo. La conformación interna es el pensamiento de Reyes sobre México: interpretación y confrontación de su pasado y presente.

Esta característica, tan común en los ensayos, es tan antigua como lo es el género ensayístico mismo. Y ningún ensayo más apropiado en un intento de ejemplificar este aspecto, que “Des coches” de Montaigne, donde se reflexiona sobre el miedo, el despilfarro o la liberalidad de los reyes, el significado de la ampulosidad de los circos romanos, o sobre los pueblos recién descubiertos en el continente americano. De las diecinueve páginas del ensayo tan sólo dos —las más flojas— se dedican a los coches, mientras que se consagran ocho a profundas reflexiones acerca del significado de las nuevas civilizaciones destruídas en América. Otro tanto podríamos decir del ensayo “Old China”, de Charles Lamb, en el que se medita sobre el valor de las cosas y cómo éste reside más bien en el esfuerzo por conseguirlas que en los objetos mismos.

Dentro de la literatura hispánica podemos remontarnos a los comienzos todavía incipientes del ensayismo y ver como Antonio de Guevara aprovecha el haber recibido cecina (Libro I, Epístola 34), para divagar sobre el linaje montañés y realzar su hidalguía por haber nacido en Asturias. Y ya en el siglo XX, H. A. Murena, por ejemplo, bajo el título “la voz de Saulo de Tarso”, reflexiona sobre la “propaganda” desde su nacimiento “como corolario de una iluminación religiosa superior”, hasta su contexto actual como producto de la desacralización que promueve la “propaganda enciclopedista” (76-77). Ortega y Gasset, por su parte, finaliza el ensayo “La forma como método histórico”, con las siguientes palabras: “Sobre este asunto quería yo haber escrito el presente capítulo. Pero me encuentro al final con que sólo lo he mentado en el título. ¡Qué le vamos a hacer!” (Espíritu, 31). Sin embargo, como lo que nosotros buscamos en la lectura de un ensayo no son datos precisos sobre algo concreto, sino las reflexiones que un tema particular pueda sugerir al ensayista, en realidad lo que menos nos preocupa es si éste trata o no sistemáticamente el tema propuesto. Ramón Pérez de Ayala titula significativamente “Divagaciones” un ensayo en torno a una representación de La Bohème, ópera de Giacomo Puccini. Tanto el título como el contenido del ensayo mismo ejemplifican esta característica genérica. Pérez de Ayala en su ensayo no pretende darnos información sobre La Bohème (no menciona ni autor, ni contenido, ni adaptación); en realidad la ópera constituye sólo el incitante que origina las relexiones que dan cuerpo al ensayo. En el ensayo mismo prefiere hablar sobre el público, la opinión pública y el teatro; ello le lleva a Larra y sus dudas sobre el público, para afirmar él su existencia, lo que une seguidamente con Shakespeare y su conocimiento del público, y los consejos que por boca de Hamlet da a los cómicos. En fin, termina el ensayo con una meditación sobre el significado del ser intelectual y del acto de pensar, que Pérez de Ayala une nuevamente con la ópera La Bohème, cerrando de este modo el círculo que establece la unidad del ensayo.

En secciones anteriores hemos ya mencionado el carácter conversacional del ensayo, el cual se consigue precisamente mediante su estructura interior, emotiva, que hace que las ideas emanen unas de otras como los eslabones de una cadena, sin que la dirección de ésta se encuentre de ningún modo predeterminada: “Así voy divagando por la índole de mi íntimo soliloquio” (83), señala Antonio Caso en “Ensayo sobre el arrepentimiento”. De ahí que la siguiente expresión —muchas más veces implícita que explícita en los ensayos— de Giner de los Ríos: “Lo que acabamos de decir nos conduce a hablar de …” (Ensayos, 69), sea una de las reglas primordiales en el código íntimo del escritor de ensayos. Esta es la unidad estructural por excelencia en la obra de Montaigne, cuya fórmula él mismo expresa con las siguientes palabras en el ya mencionado ensayo sobre los coches: “Lo extraño de tales invenciones me trae a la mente esta otra divagación” (879). Otras veces parece que el ensayo es el resultado de una lucha interna entre la digresión que quiere imponerse y el deseo del ensayista por mantenerse dentro del tema propuesto; claro está que en estos casos las expresiones al propósito no son nada más que fórmulas retóricas con las que el ensayista justifica el interrumpir una digresión que no desea continuar. Ortega y Gasset emplea con predilección este recurso en su obra: “Pero todo esto anda, por fortuna, muy lejos de nuestro tema actual”, o más adelante, “Es tema en que no quiero entrar”.8

Lo más común, sin embargo, es que el ensayista no avise al lector en el momento de internarse en una digresión, y que éste no sea consciente de ello hasta el final de la digresión misma, cuando el ensayista hace, con frecuencia, referencia a su deseo de regresar “al momento” que quedó interrumpido. Es como si estuviéramos soñando despiertos y sacudiésemos la cabeza para interrumpir el hilo de nuestras divagaciones. Santa Teresa describe este proceso de un modo admirable con su profunda sencillez: “Ya no sé lo que decía, que me he divertido [desviado] mucho, y en acordándome de mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena, y ansí lo quiero dejar por ahora, tornando a lo que os comencé a decir”.9 En realidad estas expresiones formularias han variado poco desde los comienzos de la ensayística. Montaigne dirá al final del ensayo sobre los coches: “Regresemos a nuestros coches” (894). Rafael Altamira del mismo modo señala: “Pero volvamos a los artistas verdaderos” (205). Y Ortega y Gasset: “Pero volvamos a nuestro tema” (Estudios, 117). Miguel de Unamuno, más directo, nos habla de digresiones: “Mas dejando esta digresión espinosa, vuelvo a preguntar”, “Y dejando esta digresión, paso a indicar”, “Mas basta de digresión y volvamos al hilo” (El caballero, 12, 21 y 62).

Antes de finalizar esta sección conviene hacer algunas observaciones en torno al término “digresión”. el Diccionario de la Real Academia lo define como “efecto de romper el hilo del discurso y de hablar en él de cosas que no tengan conexión o íntimo enlace con aquello de que se está tratando”. Tal definición, como ya vimos al principio respecto de aquella otra que se propone para el término ensayo, resulta, cuando se analiza, inoperante. Quizás los mismos académicos lo comprendieron así, cuando se sintieron obligados a añadir que “la digresión para no ser viciosa ha de ser motivada”. ¿Motivada? ¿Para quién? La experiencia nos enseña que las digresiones, y esta es la naturaleza del concepto, siempre son motivadas para el que habla o escribe; para el que lee o escucha lo serán sólo en la medida en que la persona que habla o escribe sea la causa del interés. Meditemos un momento sobre el asunto, y para ello nada mejor que hacer de nuevo referencia a la ópera La Bohème. Si lo que yo pretendo son datos en torno a la obra, los iré a buscar en un libro sobre óperas, o, si deseo más profundidad, en un libro crítico sobre La Bohème. De ningún modo se me ocurriría ir a leer a Pérez de Ayala. Es cierto que entonces cualquier digresión —lo que el autor opine sobre el público de óperas— me parecerá una salida del tema inoportuna; preferiría, como en expresión castiza se dice, que fuera al grano. En realidad la diferencia está ya en el enunciado: en el primer caso busco un discurso depositario, deseo leer sobre La Bohème, de modo que el autor del comentario o estudio me es en cierto modo indiferente; en el segundo caso persigo un discurso humanístico, quiero leer a Pérez de Ayala, el tema pasa ahora a ser secundario; pues bien, cuando me pongo a leer a Pérez de Ayala, deseo encontrar al hombre de carne y hueso implícito en sus escritos y que me haga partícipe de sus experiencias. Y como las experiencias vivenciales de una persona no se encuentran en el ámbito de lo objetivo, busco la digresión como el vehículo que me permitirá llegar al “hombre”. Considerada de este modo, la digresión podrá ser positiva o negativa, y su valor dependerá únicamente de la fuerza del autor y de su capacidad por interesarnos en su persona, en sus sentimientos, en lo que un tema cualquiera pueda hacerle meditar.

EL ENSAYO EN SU FUNCION DE SUGERIR AL LECTOR

Una vez establecida en la sección anterior la legitimidad de las digresiones en el ensayo, debemos ahora señalar que éstas son producto del método utilizado por el ensayista, que sigue al escribir un proceso intuitivo de asociaciones. Así se expresa Pérez de Ayala en su ya mencionado ensayo sobre La Bohème: “Esta divagación, un tanto alegórica, sobre el público, el arte y la crítica, se me ocurrió, junto con otras muchas divagaciones, oyendo la ópera Bohemia” (III: 475). En realidad, es precisamente esta exposición asistemática que causa una estructura formada por la asociación libre de ideas, sin más nexo externo que el propio discurso axiológico y personalidad del ensayista, la que caracteriza al ensayo y le proporciona un valor que transciende su época. Analicemos la siguiente declaración de propósitos de Unamuno al escribir En torno al casticismo: “Pienso ir aquí agrupando las reflexiones y sugestiones que [se] me han ocurrido pensando en torno a este punto del casticismo” (14). Y las páginas que siguen no constituyen tanto una búsqueda de España como un buscarse a sí mismo; con lo que el resultado son siempre reflexiones con valor universal por lo que tienen de humano: es un ver a España a través de la persona Unamuno. Y si el aspecto histórico con el tiempo pudiera llegar a caducar, lo que tiene de humano, precisamente por serlo, mantendrá la frescura del ensayo.

El ensayista en su doble función de escritor -creador- y de científico, comparte también características de ambos. Como escritor es libre en la elección de tema y en el tratamiento de éste, es libre de proyectar su personalidad y valerse de intuiciones; como científico debe ajustarse a los hechos, los datos son los mismos del investigador que escribe un tratado, pero mientras éste da énfasis a estos mismos datos y no se sale del campo de lo objetivo (busca la comunicación depositaria), el ensayista transciende lo concreto del dato, para concentrarse en la interpretación (comunicación humanística) a través de una proyección subjetiva. Por ello el tratado únicamente enseña, mientras que el ensayo primordialmente sugiere. El ensayista no pretende probar, sino por medio de sugerencias influir. Antonio Pedreira inicia los ensayos que reúne en Insularismo señalando que “estas páginas, pues, no aspiran a resolver problema alguno, sino más bien a plantearlo” (I: 25), y lo concluye haciendo referencia al discurso humanístico que pretende: “Ha llegado el momento de abandonar al lector, para que siga solo en esta peregrinación hacia la patria” (I: 163).

Los ensayistas verdaderos expresan con claridad este propósito, así Alfonso Reyes nos dice: “Yo mismo ando revoloteando hace rato, a vuestros ojos, en alas de la imaginación. Conviene frenar. Sólo he querido, en esta charla sin pretensiones, excitaros” (121); o Unamuno: “No espere el lector hallar aquí más que indicaciones y sugestiones, meros puntos de reflexión que ha de desarrollar por sí mismo” (El caballero, 11). Y Ortega y Gasset, más explícito, señala sobre el particular al hacer referencia a los ensayos que forman su libro Meditaciones del Quijote: “Con mayor razón habrá de hacerse así en ensayos de este género, donde las doctrinas, bien que convicciones científicas para el autor, no pretenden ser recibidas por el lector como verdades. Yo sólo ofrezco ‘modi res considerandi’, posibles maneras nuevas de mirar las cosas. Invito al lector a que las ensaye por sí mismo; que experimente si, en efecto, proporcionan visiones fecundas; él, pues, en virtud de su íntima y leal experiencia, probará su verdad o su error. En mi intención llevan estas ideas un oficio menos grave que el científico; no han de obstinarse en que otros las adopten, sino meramente quisieran despertar en almas hermanas otros pensamientos hermanos” (23-24).

De lo dicho se desprende el carácter filosófico de las reflexiones y sugerencias de que se vale el ensayista en la composición de sus ensayos. Y el término “filosófico” se emplea aquí en el sentido primitivo y más puro de la palabra. Es filosófico en cuanto se eleva lo particular al plano de lo universal, en cuanto trata de profundizar en las primeras causas, en cuanto problematiza el propio discurso axiológico. Pero se diferencia de la filosofía como “ciencia” en que no es sistemático y, por lo tanto, no se encuentra sujeto a la caducidad que el paso del tiempo marca en todo sistema. Léase a Santa Teresa o a Montaigne y se verá la frescura que sus escritos todavía poseen; léanse los escritos sistemáticos, sean místicos o filosóficos, del siglo XVI y se verá que su interés para el hombre del siglo XX es únicamente el de documento histórico. Al señalar el carácter filosófico del ensayo no pretendemos de ningún modo limitar su campo de acción, más bien al contrario. La variedad de los ensayos es tan grande como la variedad temática misma: un ensayo puede ser histórico, literario, político, sociológico, autobiográfico, etcétera., según se dé énfasis a temas históricos, literarios, políticos, etc. Las reflexiones pueden igualmente girar en torno a problemas pertinentes a las matemáticas, o a la física; se requiere únicamente que se reflexione sobre un problema particular elevado al ámbito de lo universal, en una manifestación personal y artística. Ensayos son, y con igual fuerza sugieren al lector, “El sentido histórico de la teoría de Einstein”, de Ortega y Gasset, y “Sobre la educación” o “La moral y las emociones”, de Albert Einstein.

El ensayo, pues, no pretende probar nada, y por ello no presenta resultados, sino desarrollos que se exponen en un proceso dialógico en el que el lector es una parte integral. El deseo de incitar puede ser ligero e indirecto, como propone Ramón y Cajal en Charlas de café: “No tiro, pues, a adoctrinar, sino a entretener y, cuando más, a sugerir. En conseguirlo aunque sea muy parcamente, cifraré todo mi empeño” (14). En la mayoría de los ensayos, sin embargo, el deseo de sugerir a través de una exposición artística es el fin primordial del ensayista. Así nos dice Unamuno: “Entremos ahora en indicaciones que guíen al lector en esta tarea, en sugestiones que le sirvan para ese efecto”.10 Y con actitud desafiante señala Octavio Paz: “Mis palabras irritarán a muchos; no importa, el pensamiento independiente es casi siempre impopular” (Posdata, 100). En otras ocasiones las reflexiones tratan de motivar a los profesionales a emprender investigaciones sistemáticas sobre ciertos temas pobremente estudiados. Tal es el propósito de Octavio Paz en El ogro filantrópico: “Mis reflexiones sobre el Estado no son sistemáticas y deben verse más bien como una invitación a los especialistas para que estudien el tema” (9); así también la siguiente cita del ensayo “Preludio a un Goya”, de Ortega y Gasset: “Quisiera incitar a nuestros historiadores del arte para que acometiesen con resolución esta empresa” (Goya, 31). En realidad, el ensayo es el género literario que demanda mayor esfuerzo por parte del lector; nada en él es seguro o terminado, da la impresión de que apenas se comienza un tema cuando el ensayista nos lo abandona. Rafael Altamira dice al propósito: “Hago punto aquí, creyendo que lo dicho basta para dar la medida de todo o que pudiera decirse sobre la materia” (199). Y Santa Teresa más precisa: “Para un rato de meditación basta esto, hermanas, aunque no os diga más” (93).

EL LECTOR DE ENSAYOS DEBE SER MIEMBRO ACTIVO

Hemos señalado ya que una de las funciones primordiales del ensayo es la de sugerir al lector. Ello, sin embargo, presupone la existencia de un lector dispuesto a proyectar en su propio mundo interior lo que para él se inicia en el ensayo. Unamuno se expresa al particular en términos precisos: “Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos” (Mi religión, 14). El ensayista, en ocasiones, incluso elimina la posibilidad de una aceptación pasiva de las reflexiones desarrolladas; así Borges, cuando finaliza su ensayo “El sueño de Coleridge”, con las siguientes palabras: “Ya escrito lo anterior, entreveo o creo entrever otra explicación” (226). Del mismo modo que una obra de teatro es algo incompleto hasta que no ha sido representada y su verdadero valor no lo tiene para el lector, sino para el público que presencia su representación, de manera semejante el ensayo necesita de un lector que lo medite; él es así el otro miembro preciso para que tenga lugar el diálogo que se propone el ensayista. Si ahora reflexionamos sobre este aspecto, comprenderemos por qué el ensayo es, ante todo, un fenómeno del siglo XX. Montaigne escribió sus ensayos a finales del siglo XVI y con frecuencia se repite en las historias de la literatura que su obra fue muy popular. Pero ¿qué sentido damos al término popular? Fue popular sólo en cuanto sus ensayos fueron leídos por la minoría culta. Las verdaderas obras populares en su época fueron las novelas pastoriles y de caballería. Y eran populares porque no sólo las leían los pocos que sabían hacerlo, sino porque eran leídas en voz alta y escuchadas con avidez por el pueblo. Esta es precisamente la diferencia que individualiza al ensayo; el ensayo no se escribe para ser leído en voz alta. Por ello, a pesar del prestigio que el género ensayístico adquirió durante el siglo XVIII, sólo en el siglo XX, y sobre todo en las últimas décadas, puede el ensayo ser leído e influir en el pueblo. No quiere esto decir que el ensayo sea lectura popular, pues el pensar siempre fue prerrogativa de una minoría, sino que al desaparecer la barrera del analfabetismo, no queda tampoco limitado a los miembros de una determinada clase social.

Así interpretado, el valor del ensayo depende en cada momento del lector y de las sugerencias que a éste sea capaz de suscitar. Y un ensayo será tanto mejor cuanto mayor y más variado número de personas reaccionen ante su lectura. El ensayista, por su parte, recuerda con frecuencia al lector su deber de ser un miembro activo en el diálogo que se trata de establecer. Con este propósito Ortega y Gasset señala: “Yo invito al lector preocupado de las cuestiones artísticas a que lea lo que sigue y lo medite algunos minutos” (Mocedades, 69); Unamuno, todavía más cercano a la esencia del ensayo, indica: “Examinar digo, y mejor diría dejar que examine el lector, presentándole indicaciones y puntos de vista para que saque de ellos consecuencias, sean las que fueren” (En torno, 51). Y es que Unamuno está “convencido de que lo que realmente se aprende se saca siempre de propio fondo” (El caballero, 36). De aquí se desprende que la lectura de ensayos sea una lectura lenta y llena de interrupciones, motivadas por las proyecciones que al lector le sugieren las ideas que se desarrollan en el texto. Por otra parte, y en ello reside su valor social, el lector que reacciona ante un ensayo y cuyas reflexiones le conducen a un nuevo entendimiento, se ve también impulsado a comunicarlo con aquellas personas cuya conversación frecuenta.

Recientemente, y paralelo al desarrollo de la técnica moderna, ha surgido otra clase de ensayo que no precisa de la palabra escrita. Me refiero al comentario radiofónico y en los últimos años al comentario televisado. En ambos casos podemos hablar de ensayos y con ello referirnos a las características aquí estudiadas. En un primer análisis parecería que esta nueva modalidad de ensayos contradice la anterior afirmación de que el ensayo no se escribió para ser leído en voz alta. Un estudio más profundo, sin embargo, nos pone de relieve las diferencias esenciales entre el ensayo escrito y aquel otro radiado o televisado, y nos reafirma más en la convicción de que el ensayo no es para ser escuchado sino leído.

Consideremos por un momento un ensayo de Ortega y Gasset, “Lo que más falta hace hoy”, que precisamente pertenece a esta nueva modalidad, ya que fue escrito para ser leído por radio en 1935. Tanto el estilo como los propósitos de Ortega y Gasset al preparar este ensayo son semejantes al de los otros muchos que escribió. Él mismo señala casi al final de la lectura y dentro de lo mejor de su tradición ensayística: “Los minutos que me han sido concedidos para hablaros se van consumiendo y me encuentro con que no me quedan los bastantes para intentar yo mismo la respuesta. Tal no era lo que estaba en mi propósito, sino, mas bien, traeros la pregunta, despertar vuestra curiosidad por la gran cuestión y esperar que vosotros mismos, cada uno de vosotros, ensayara la solución del enigma” (Meditación, 62-63). No obstante, el ensayo mismo posee ciertas peculiaridades características de su modo de difusión: a) es breve, comparado con aquellos que se destinan a un lector; y a pesar de su brevedad —cinco páginas— viene a representar la extensión máxima de esta clase de ensayos; b) no posee digresiones del tema único que en él se desarrolla, y éste se presenta de un modo claro con un uso parco del lenguaje aforístico. Cuando leemos un ensayo, podemos en cualquier momento detener la lectura para proyectar una sugerencia, tomar unas notas o consultar un dato. El ensayo que escuchamos, por otra parte, no puede ser interrumpido, y si en un momento determinado nuestra atención se detiene en proyectar un pensamiento, perderemos el resto del ensayo; toda reflexión ha de quedar forzosamente para el final. De ahí la necesidad de que el ensayo radiado o televisado sea breve. Del mismo modo, en el ensayo escrito el lector, según la profundidad del tema o del valor sugestivo que para él tenga, puede volver a leer y releer un párrafo o una sección tantas veces como crea necesario; cuando escucha un ensayo esta posibilidad desaparece, por lo que éste ha de ser más ligero en su exposición y limitarse a un tema concreto del que sólo en raras ocasiones y brevemente puede separarse. Es decir, el ensayista debe ser consciente de que toda reflexión que pueda llegar a suscitar a través del ensayo tendrá que venir forzosamente después de que éste haya terminado; y como estas reflexiones son precisamente el resultado que el ensayista desea alcanzar, en el ensayo radiado o televisado se ve forzado a sacrificar su libertad y poner límites a la extensión y complejidad del mismo.

DE CUALQUIER PRETEXTO PUEDE NACER UN ENSAYO

Si abrimos el libro de Azorín Castilla, y leemos los títulos de los ensayos que en él se reúnen, recibimos en un principio la impresión de una aparente vulgaridad en los temas propuestos. En efecto, “Las nubes”, “El mar”, “La catedral” o “Una ciudad y un balcón”, no parecen elevarse más allá de lo consabido. Y, sin embargo, es precisamente lo cotidiano, lo ignorado por su continua presencia, lo que proporciona a Azorín el punto de partida de su reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la eternidad. No es necesario, ni en la mayoría de los casos apropiado, buscar lo transcendental en lo raro ni en lo nuevo. El efecto, y el mérito, del ensayo es más completo cuanto más cercanas a nosotros son las imágenes que se emplean en la aproximación al tema tratado. La pluralidad de reflexiones que en los distintos lectores llega a sugerir el ensayo “Una ciudad y un balcón”, difícilmente se podrían conseguir mediante una disertación filosófica sobre el significado del tiempo. Las siguientes palabras, con que comienza Unamuno el ensayo “Viejos y jóvenes”, exponen con brevedad su posición al propósito, que es al mismo tiempo peculiar del ensayista: “Las consideraciones que voy a exponer en estas líneas son tan vulgares y tan obvias, que entran de lleno en el campo de las verdades de Pero Grullo. Más he de repetir aquí por centésima vez —y espero no sea la última— lo que he dicho lo menos noventa y nueve veces, y es, que conviene refrescar lo que de puro sabido se olvida, y que el repensar los lugares comunes es el mejor medio que tenemos para librarnos de su maleficio” (31). En realidad, sólo en el progreso de la técnica, en las ciencias exactas, logra una generación superar a la anterior; en las ciencias del espíritu, la superación es sólo aparente, pues lo que así consideramos resulta a la postre ser únicamente un rechazo, más o menos parcial, de lo pensado por la generación anterior y un nuevo replanteamiento de los problemas perennes en torno a la existencia del hombre. Cada generación hereda la responsabilidad de volverlos a replantear y proporcionar nuevas respuestas más de acuerdo con las circunstancias peculiares del momento histórico.

Si, como ya indicamos en secciones anteriores, la intención del ensayista al escribir ensayos es la de sugerir e incitar al lector a reflexionar, nada más a propósito para tal fin que el hacerlo sobre aquello que nos es común en la vida cotidiana. De este modo, el ensayista no sólo consigue más repercusión, sino que al versar sobre cosas aparentemente triviales, establece con más claridad la verdadera dimensión reflexiva del pensamiento humano. El ensayo de este modo es más efectivo que la especulación filosófica, que se encierra en un mundo artificial de abstracciones; el ensayista mantiene siempre su conexión con lo concreto y su relación con la experiencia del ser humano. No existe nada, por insignificante que se presente a nuestros ojos, que, en el desarrollo reflexivo del ensayo, no pueda ser elevado a proporcionar una posible respuesta a alguna de las preguntas persistentes sobre la existencia humana. Ningún ensayista mejor, en el momento de ejemplarizar este aspecto, que Ortega y Gasset; la casi totalidad de sus escritos parten de experiencias comunes a todo ser humano, tomadas de lo cotidiano de la vida. Así en su ensayo “De Madrid a Asturias o los dos paisajes”, aprovecha las experiencias que posee toda persona que ha viajado, para confrontar lo urbano y lo rural y de ahí elevarse a su significado para España en su momento actual. Todavía más profundo, y, por lo tanto, universal en su significado, es el ensayo “La caza”, donde el lector se descubre a sí mismo reflexionando sobre algo que, sin haberlo quizás nunca meditado, le era desde siempre conocido. Es este hacer uso de lo cotidiano y de lo considerado como trivial lo que mayor efecto causa en el lector y mejor logra su compenetración, al creerse así estar andando por caminos que ya ha recorrido con anterioridad, pero que hasta entonces parecía no haber visto.

Así sucede, por ejemplo, en “Notas sobre las puertas y ventanas”, ensayo de Germán Arciniegas. Bajo este título nada pretencioso se propone meditar, en efecto, sobre las puertas y ventanas. Su reflexión, nos dice Arciniegas siguiendo la tradición ensayística, fue motivada por un libro francés en el que se afirmaba que “la invención de las puertas” fue “el primer golpe de genio” del ser humano. A ello responde Arciniegas que “esta observación tenía necesariamente que hacerla un francés. Jamás a un nativo del trópico se le hubiera ocurrido nada semejante” (51). Y continúa: “El ilustre señor Lagrange, al querer hacer una filosofía universal apoyándose en el invento de las puertas, se ha limitado a presentarnos una fotografía psicológica del francés, que posiblemente no nos serviría de base para analizar un proceso semejante tomando a América como punto de partida” (52). Una vez establecido el pretexto, y en la extensión moderada de 20 páginas, nos entrega Arciniegas una reinterpretación del desarrollo iberoamericano a través de la función y evolución en el uso y forma de las puertas y ventanas a lo largo de la historia colombiana. Sus reflexiones implicaban, además, un manifiesto filosófico para una independencia cultural de Iberoamérica.

Montaigne, en el ya mencionado ensayo “De Democritus et Heraclitus”, nos dice: “Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado” (289). Esta actitud del ensayista para considerar sólo un aspecto del tema tratado ha de ser consciente y deliberada, quizás en ello reside parte del arte y dificultad del género; si la evasión al tratar un aspecto fuera involuntaria, sería entonces señal de incompetencia. Arciniegas nos puede ayudar a ejemplificar este aspecto. En su ensayo “El lenguaje de las tejas” toma de nuevo algo cotidiano que va a analizar únicamente en una dimensión inesperada, como deseaba Montaigne. De las tejas le interesa sólo el material con que están hechas, para luego proyectarlo en la dimensión filosófica de un inconcluso todavía sincretismo cultural que une los tres grandes periodos iberoamericanos: techos grises de paja que imponen la persistencia del sustrato precolombino; tejados de barro cocido de la herencia colonial y la teja metálica impersonal de la época republicana.

Lo original del ensayo no reside, pues, en lo nuevo de los temas tratados, sino en el tratamiento mismo; para ello el ensayista cuenta con su propia personalidad y visión del mundo, que le individualiza; cuenta también con las circunstancias históricas de la sociedad de su época, que no sólo aporta nuevas preocupaciones, sino que igualmente modela nuevos lectores con nuevas experiencias. De cualquier tema puede nacer un ensayo. El ensayista no sólo cuenta con el día que transcurre ante sus ojos, tiene también a su disposición los diez mil años de la humanidad para reflexionar; no hay tema que por vulgar deba desdeñar, ni que por elevado no pueda tocar. “No nos dejemos arrastrar por apariencias; penetremos en la esencia y razón de las cosas” (Estudios, 122), señala Giner de los Ríos, y expresa así la necesidad de tener en cuenta uno de los pocos requisitos a que se obliga el escritor de ensayos; si se le concede entera libertad en la elección del tema y del punto de partida del ensayo, es con la expresa condición de que en su escrito debe sobrepasar el ámbito de lo vulgar, debe transcender lo particular. Y debe conseguirlo, ante todo, siendo auténtico y personal, hasta el punto de mezclar lo autobiográfico con lo ensayístico, pues el ensayista debe ser en todo momento consciente de que el lector es atraído no tanto por el tema tratado como por la aproximación al mismo; más que los datos expuestos le interesa la fuerza de la personalidad del ensayista.

LA VOLUNTAD DE ESTILO EN EL ENSAYO

La libertad del escritor de ensayos en cuanto a la elección del tema puede únicamente compararse a la del artista, y, al igual que éste, se guía en su producción literaria por inspiración. Esta libertad, que le permite escribir tan sólo cuando la inspiración le incita a hacerlo, puede explicarnos la causa de la diferencia que tan a menudo notamos en la calidad de los ensayos de algunos escritores. Ramón Pérez de Ayala puede ser calificado con justicia de ensayista. En sus ensayos, sin embargo, encontramos algunos de calidad muy irregular; así, mientras unos pueden ser considerados, por su estilo, por su contenido, y más que nada por su perenne actualidad, como modelos del género, otros, en realidad poco numerosos en Pérez de Ayala, apenas son exposiciones sin vida que se proyecte más allá de lo que se propone narrar. Y es que hay gran diferencia entre la reflexión que espontáneamente se nos ocurre al leer un libro o asistir a una representación teatral, y que perpetuamos voluntariamente en un ensayo, al comentario que nos comprometemos a hacer sobre dicho libro u obra de teatro, antes de leerlo o de presenciarla. Son, por tanto, la inspiración y el entusiasmo lo que inyecta vida incluso en aquello que parecía muerto, y es la libertad la mejor garantía con que cuenta el artista en su función creadora. Ahora bien, como creador es libre en el elegir, pero como ensayista se diferencia de los que cultivan los otros géneros literarios en que no es libre ante los datos.

El hecho de que el ensayista por una parte goce de libertad y elija por inspiración, y que por otra deba mantenerse dentro de los estrechos límites de la “verdad”, lógica o científica, proporciona al ensayo un carácter peculiar que le permite cabalgar al mismo tiempo a lomos de la literatura y de la ciencia. Es decir, según la terminología propuesta en este estudio, hace uso de elementos del discurso depositario, pero persigue un discurso humanístico. Eduardo Nicol nos dice a este propósito: “Porque el artificio es literario, pero el producto no es artificial o ficticio, no es pura literatura, como la novela. El ensayista requiere inventiva, pero su ensayo no es pura invención. Feliz el novelista, que puede poner en las palabras y en los actos de sus personajes todas las arbitrariedades que se le antojen, seguro de que así no disminuye su realidad humana; pues la vida le ofrece más variedad y abundancia de situaciones extremosas […] El compromiso con la verdad que tiene el ensayista no le obliga a desconfiar de esa fluencia de la imaginación, pero sí a canalizarla. Puede decir algo de lo cual no está muy seguro, pero no debe inventar algo de lo cual no pueda estar seguro nunca” (206). Esto hace que los límites del ensayo sean vagos y que con frecuencia se le confunda con los escritos eruditos. Estamos de acuerdo con Fryda Schultz de Mantovani cuando dice: “¿Son las ideas el principal motor de los ensayos? Sí; pero las ideas disparadas por el arco de la imaginación” (14). Y esta imaginación a la que se refiere Schultz, es la imaginación poética del ensayista, la que da valor estético al ensayo. Hay críticos, filósofos, historiadores, etc. que se acercan en sus escritos al ensayo, al intentar en ellos una superación estética; del mismo modo que por carecer de ella, hay pretendidos ensayistas que no pasan de simples divagadores.

En una reducción, quizás excesiva, pero que nos sirve para comprender este aspecto, se pueden resumir en tres las características esenciales del ensayista: a) es un pensador; b) se nutre de la tradición, pero en lugar de enterrarse en ella, como el erudito, la usa para superarla; y c) escribe en un estilo personal y de elevado valor estético, que por sí sólo hace del ensayo una obra de arte, independiente del mérito de su contenido. En el ensayo se reemplaza la ordenación científica por la estética, y, como género literario, se acerca a la poesía, pues se modela a través de la actitud del ensayista —sea ésta satírica, cómica, seria, etc.—, por lo que lo poético constituye el trasfondo del ensayo, aunque ésta sea poesía del intelecto. De ahí que el verdadero asunto del ensayo no sean los objetos o los hechos tratados, sino el punto de vista del autor, el modo como éstos son percibidos y presentados; por ello, cómo se dice una cosa es tan importante como qué se dice. Pero en este punto toda explicación parece pobre; sólo el texto mismo puede proporcionarnos una guía, a modo de ejemplo, de cómo el ensayista crea y sostiene dicho equilibrio al mismo tiempo que encierra en la unidad del ensayo las tres características anteriores. Veamos el siguiente párrafo de “Nuestra América” de José Martí:

Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes. (37)

El lenguaje metafórico, el giro aforístico, la yuxtaposición de ideas, todo ello forma parte de un estilo literario, de un conjunto armónico. La preocupación de Martí por la causa cubana, su “tema de nuestro tiempo”, se encuentra aquí fundida en una filosofía iberoamericanista, “nuestra América”, que transciende lo inmediato y que si recoge el sueño bolivariano de la unidad/hermandad de los países hispánicos, no lo hace en el sentido anacrónico del pasado, sino en el contexto de la comunidad de intereses del presente y en la percepción de tener un contendiente común en el mundo anglosajón del norte, “el gigante de siete leguas”.

De las características del ensayo comentadas a lo largo de este estudio se desprenden también aquellos rasgos peculiares del estilo ensayístico. De entre todas ellas, sin embargo, hay una que se destaca, o quizás sería mejor decir que en cierto modo resume a las demás. Me refiero a la “autenticidad”. Un ensayo, generalmente, atrae a los lectores no por el tema que trata, sino por el autor implícito que reflexiona sobre el tema. De ahí que la autenticidad sea la primera ley del código literario del ensayista y que ésta nunca se sacrifique ni al contenido ni a la forma. En el ensayo, más que en ningún otro género literario, el estilo es el hombre, y será tanto más meritorio cuanto con más exactitud represente al hombre de carne y hueso que palpita en sus páginas. Del mismo modo que muchos escriben poemas, aun cuando el número de poetas sea escaso, también podemos decir que a pesar de lo popular del género ensayístico, muy pocos merecen ser aclamados como ensayistas. Ello se debe a que muy pocos también supieron proyectar, con voluntad de estilo, su personalidad en los ensayos, de modo que ésta estuviera presente no sólo en el contenido, sino también en el uso de cada una de sus palabras. En el ensayo, por lo tanto, difícilmente podemos hablar de un estilo de época, pues la “autenticidad” produce únicamente individualidades. A una misma época pertenecen estilos tan dispares como los de Montaigne y Bacon; y en la literatura hispánica ningún ejemplo mejor que los ensayos de José Martí, Miguel de Unamuno, Azorín, Alfonso Reyes u Ortega y Gasset.

FORMA Y CLASIFICACIÓN DEL ENSAYO

Una vez consideradas en las secciones precedentes las características más importantes del ensayo, nos quedan ahora por examinar dos aspectos que proporcionarán, dentro de la brevedad que aquí nos proponemos, cierta visión totalizadora al estudio del ensayo como género literario. Me refiero a los aspectos, más bien formales, de título, extensión, forma y clasificación del ensayo, que trataremos seguidamente; y a la relación del ensayo con los demás géneros literarios, que se estudiará en la próxima sección.
Título del ensayo
Juzgado el ensayo como obra literaria, debemos igualmente tener presente que la relación del título con el resto del ensayo es también una relación puramente literaria. En un tratado filosófico, crítico o histórico, por ejemplo, el título tiene necesariamente que corresponder al contenido y de hecho así sucede; el título tiene en estos casos únicamente un valor informativo, y tanto mejor será, cuanto con más exactitud identifique el contenido de la obra que encabeza. En el ensayo, su función es literaria; por lo tanto, aun cuando en muchos casos el título, en efecto, da una indicación, más o menos exacta, del contenido, no siempre sucede así, ni un título es mejor o más apropiado porque así lo señale. Montaigne, que en esto como en tantos otros aspectos del ensayo, fue consciente del valor estético de tales recursos estilísticos, señala: “Los títulos de mis ensayos no siempre abarcan la materia; a menudo ellos la indican únicamente por alguna señal… Hay obras en Plutarco donde él se olvida del tema, donde el propósito de su argumento se encuentra sólo incidentalmente, sofocado en materia extraña: Ved las salidas en ‘el demonio de Sócrates’; ¡Oh Dios, qué escapadas tan gallardas, qué variaciones de belleza, y tanto más cuanto más casuales y accidentales se nos presentan! Es el lector descuidado el que pierde mi tema, no yo” (973). Y así sucede, en efecto, en la obra de Montaigne, uno de cuyos ejemplos más notables, como hemos señalado ya varias veces a lo largo de este estudio, es el de “Los coches”, en el que se establece un marcado contraste entre lo trivial del título, a cuyo tema se dedica sólo una atención muy marginal, y lo profundas y variadas de las reflexiones que en él se incluyen. En el ensayo “Sobre la fisonomía”, cuyo título se refiere a la fealdad física de Sócrates, apenas se trata el tema hasta el final, si bien el ensayo comienza con un elogio de su carácter. En fin, dentro de la literatura hispánica bástenos con recordar el ensayo de Unamuno “Mi religión”, exaltación de su “yo”; o la meditación mexicana de Alfonso Reyes en “Discurso por Virgilio”; o el sentido panteísta del autor único en “La flor de Coleridge”, de Borges. El título del ensayo, pues, al igual que en los demás géneros literarios, es un recurso estilístico que el autor emplea consciente de sus efectos artísticos.

Forma del ensayo

Si bien para que el estudio de la forma del ensayo pueda tener sentido, debe hacerse en su relación con los demás géneros literarios, parece conveniente aquí considerarla en su aspecto más general, y, en definitiva, preguntarnos si tiene el ensayo una forma característica. Con frecuencia se ha dicho que el ensayo es en prosa lo que el soneto en poesía; pero esta comparación, sin duda muy sugestiva, tiene únicamente valor, y quizás más que nada simbólico, en lo que a la voluntad de estilo se refiere; es decir, la brevedad del ensayo hace que en él se acumulen los recursos estilísticos en un intento de perfección estética. Por lo demás, nada más opuesto a la libertad formal del ensayo, que las estrictas reglas que gobiernan al soneto.
En el ensayo no existe regla, por esencial que nos parezca, que en alguna circunstancia, sea ésta excepcional si se quiere, no pueda ser suprimida. La forma del ensayo es orgánica, no mecánica. Por ello, sólo debemos hablar, al tratar este aspecto, de la forma artística del ensayo, y aquí tienen aplicación las características ya estudiadas. No obstante, del mismo modo que al tratar de caracterizar la novela no decimos que la forma dialogal sea una de sus características, si bien reconocemos que hay numerosas novelas dialogadas, así también podemos afirmar que la forma por excelencia del ensayo es la prosa, y que tanto el verso como el diálogo dramático, si no se oponen a la esencia del ensayo, sí presentan a veces invencibles inconvenientes a la realización de éste.
Extensión del ensayo
Cuando al tratar de una obra literaria prestamos excesiva atención a su presentación externa, corremos el peligro de olvidar, en el proceso, el verdadero carácter de la creación literaria, donde la forma es siempre accidental. En el ensayo, quizás más que en ningún otro género, ha dado pie el aspecto de su extensión a las más dispares especulaciones. Se ha tratado incluso de buscarle un mínimo de páginas, sin las cuales no puede haber ensayo, y un máximo que no puede ser sobrepasado sin que se desvirtúe. Claro está que tales intentos, preocupados sólo por un prurito de clasificación mediante fáciles referencias externas, olvidan la esencia misma del género ensayístico. Partamos en nuestras reflexiones de la siguiente afirmación de Essie Chamberlain: “Una característica corriente en el ensayo es su brevedad. El ensayista proporciona un conciso tratamiento de su tema” (XXIII); hasta aquí la experiencia nos permite estar de acuerdo con lo dicho. Sin embargo, Chamberlain dice a continuación, al comparar los ensayos actuales con los de épocas pasadas, “hoy, como el cuento, el ensayo es relativamente breve. Algunas veces es sólo un fragmento” (XXIII). De este modo, de lo que comenzó siendo una observación correcta de un aspecto formal del ensayo, se pasó a juzgar, contando tan sólo con esta medida externa, la característica esencial de su unidad. Además, ¿cómo explicar la contradicción implícita en tal afirmación? O es un ensayo, o sea, una totalidad, o es un fragmento, de ensayo si se quiere, pero de ningún modo puede ser ambas cosas al mismo tiempo. La unidad del ensayo, lo hemos dicho ya varias veces, no es externa sino interna, no es mecánica sino orgánica; la unidad del ensayo que debemos buscar es la unidad literaria, la unidad artística. Y ésta es independiente del número de páginas.
Se ha dicho con frecuencia que la extensión del ensayo debe limitarse sólo a aquello que puede ser leído de una sola sentada. Aun cuando esta afirmación es comúnmente repetida por aquellos críticos que de algún modo tratan el aspecto teórico del ensayo, si se analiza detenidamente, se hace forzoso reconocer que, fuera de un contexto particular, carece de valor concreto. En efecto, si el ensayo se destina a la generalidad de los cultos, contará entre su público al lector ocasional para quien diez o veinte páginas es todo lo que su poder de concentración le permite leer de una sola sentada; pero igualmente contará con el lector asiduo, cuyo poder de concentración fácilmente llegará a las cien páginas. En realidad son muy pocos los ensayos que alcanzan tal extensión. Pero si el número de páginas es más reducido, no se debe a presiones exteriores de unos posibles lectores, sino al carácter mismo del ensayo, cuyo propósito no es el de proporcionar soluciones a problemas concretos, sino el de sugerirlas; o de manera más simple todavía, el de reflexionar sobre nuevos posibles ángulos de observar un mismo problema. Esto incita al ensayista a usar con predilección de dos recursos estilísticos: brevedad en la exposición y profundidad en el pensamiento. Por otra parte, al no querer limitarse en la exposición de sus pensamientos a un estricto método, que al reducir su libertad de creación y poner énfasis en una estructura externa podría convertir su obra en un tratado, prefiere el ensayista, por ello mismo, al hablar sobre un tema de un modo prolongado, hacerlo mediante diversas calas, en sí independientes, aun cuando traten un mismo asunto. De este modo, ciertos ensayos que aparecen en forma de libro con cien, doscientas o más páginas, divididas en secciones o capítulos, si se analizan, no son uno sino varios ensayos sobre un mismo tema y agrupados en un libro. Sírvanos como ejemplo a este propósito los libros de Ortega y Gasset, España invertebrada y La rebelión de las masas, cuyas diversas secciones, que poseen sin duda unidad artística, fueron originalmente publicadas en el diario El Sol, y leídas y juzgadas como ensayos independientes, que sólo con posterioridad se ampliaron y recogieron en libro.

Clasificación de los ensayos

En este aspecto, el ensayo, al igual que los otros géneros literarios, no ha podido librarse de los más variados intentos de clasificación. Y del mismo modo que la agrupación de las obras literarias en géneros, es algo externo e independiente de la creación artística misma, así también las clasificaciones del ensayo propuestas poseen únicamente valor editorial y, cuando más, valor didáctico en cuanto a la ordenación de los ensayos en un libro o a la presentación de los mismos al lector no iniciado. Si aceptamos esta interpretación de las clasificaciones, éstas sólo serán provechosas cuando proporcionen al lector una guía en la aproximación al ensayo. En la práctica, no obstante, al erguirse ellas mismas como fin, más bien aportan confusión al concepto de ensayo. Sírvanos como ejemplo la que nos proponen Angel del Río y José Benardete en su ya clásico libro, El concepto contemporáneo de España. Antología de ensayos. Ellos reconocen tres grandes grupos: a) “El ensayo puro”, b) “El ensayo poético-descriptivo”, y c) “El ensayo crítico-erudito”. Al analizarlo, sin embargo, observamos que en estas tres grandes clasificaciones incluyen todos los escritos en prosa excepto aquellos decididamente ficticios. Sólo bajo la primera clasificación, “El ensayo puro”, podríamos incluir lo que nosotros aquí hemos denominado ensayo. Lo que del Río y Benardete denominan “El ensayo poético-descriptivo”, correspondería a la prosa poética —que ya no es ensayo— como lo prueba el ejemplo de Platero y yo, que ellos mismos señalan. La tercera categoría, “El ensayo crítico-erudito”, según del Río y Benardete “se diferencia del ensayo propiamente dicho en su extensión —es casi siempre un libro— y en la importancia de su parte expositiva. Es obra de universitarios e investigadores y se da en casi todas las disciplinas” (31). A este grupo pertenecen los tratados, que tampoco son ensayos. Pero de estas diferencias específicas con otras formas de escritos hablaremos en la próxima sección.
Por lo general, las clasificaciones de ensayos, que suponen ya un discurso depositario del texto literario, se han establecido a partir de dos aproximaciones distintas: a) aquellas que prestan atención a un aspecto predominante en el contenido, y que por ello mismo agrupan a los ensayos en históricos, crítico-literarios, filosóficos, sociológicos, etc.; b) aquellas otras que se fijan en el modo como el ensayista trata su tema, por lo que clasifican a los ensayos en informativos, críticos, irónicos, confesionales, etc. Podríamos concluir señalando que las clasificaciones, útiles desde un punto de vista pedagógico, varían con cada época, y que todas ellas se hacen insuficientes cuando se enfrentan con la complejidad de la obra de un ensayista.

El ensayo y la carta

Aunque todos los géneros han variado con el paso de los siglos, según se iban modificando las circunstancias que hacían posible su existencia, el género epistolar merece, en este aspecto, especial atención. En un principio, mucho antes de que apareciera el término “ensayo”, el concepto que ahora representa se identificaba, de modo más o menos limitado si se quiere, con el propósito explícito de las epístolas. Recordemos las palabras de Francis Bacon al comentar el término ensayo creado por su contemporáneo Montaigne: “La palabra es nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucilo, de Séneca, si uno se fija bien, no son nada más que ‘ensayos’, es decir, meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas” (XI: 340). Aunque se podría discutir sobre lo apropiado o no de tal afirmación, y sobre los motivos que le llevaron a Bacon a formularla, lo que sí es indudable, es que las Epístolas de Séneca poseen abundantes rasgos ensayísticos.

Las circunstancias externas fueron poco a poco limitando la necesidad de las epístolas (nos referimos, por supuesto, a la modalidad de carta literaria), hasta hacerlas desaparecer en nuestra época.10 Primero fue la imprenta, luego la aparición de los periódicos y mejoramiento de los medios de comunicación, y finalmente, la desaparición del “ocio clásico” que ya Rodó añoraba; lo que en la antigüedad era tan popular y en el siglo XVIII sirvió para proporcionar un supuesto distanciamiento y objetividad, se vio paulatinamente relegado a las “cartas al editor” en el siglo XIX y principios del XX, para terminar perdiendo, incluso aquí, su carácter reflexivo y convertirse por necesidades de espacio y tiempo en meras notas informativas o, a lo más, de protesta. Pero, no obstante ser las epístolas una forma literaria que en la realidad práctica desaparece con nuestro siglo, el elevado número de creaciones, de reconocido valor literario, que se recogen bajo el título de epístolas o cartas, y su uso frecuente para presentar al público colecciones de ensayos requieren que se medite sobre las características peculiares de ambas formas, para poder así establecer los elementos esenciales que las diferencian.

El ensayo y la carta difieren, ante todo, en el lector a quien se dirigen (en este intento de determinar la forma epistolar en su relación con el ensayo, no nos referimos al hacer uso del término “epístola” o “carta”, a todas aquellas obras que lo llevan en su título; con él se representa aquí únicamente el ideal teórico de lo que llamamos forma epistolar). Así, pues, la carta se dirige a un solo lector, cuyas reacciones y sentimientos generalmente nos son bien conocidos; el ensayo se destina a una generalidad de personas, cuya formación, opiniones, necesidades, etc., varían enormemente. Este aspecto, que podríamos denominar básico al establecer diferencias, unido al propósito final (una obra literaria en el ensayo, comunicación en la carta) que motiva uno y otro escrito, son las fuentes de todas las demás diferencias. En efecto, mientras en la carta abundan detalles particulares íntimos, el ensayo prefiere eliminarlos. En la carta domina, por tanto, lo concreto; en el ensayo lo abstracto. Como el escritor de cartas tiene presente en todo momento al lector y éste es un individuo concreto, el valor de su contenido es también más particular; el ensayo, por otra parte, se esfuerza por eliminar toda particularidad y proyecta un valor universal. La carta posee, ante todo, un valor informativo, cuyo interés caduca con el tiempo; el ensayo reflexiona también sobre lo actual, pero aportando a sus reflexiones el pasado y proyectándolas hacia el futuro, por lo que se libra de la tiranía del tiempo. La carta, en fin, se escribe en un estilo ocasional, sin preocupación estética; el ensayo, como creación literaria, posee ante todo voluntad de estilo.

En las letras españolas, además de las Epístolas familiares, de Guevara, muchas de las cuales son verdaderos ensayos, y todas ellas ejercicios literarios, poseemos en el siglo XVIII un ejemplo notable de ensayos presentados al público bajo la forma externa de epístolas. Me refiero a las Cartas marruecas de Cadalso. Su posición en la línea “A-B” ha de situarse muy próxima al punto “A”. No obstante, el mero hecho de presentarse en forma de cartas, confiere a los escritos ciertas características epistolares que limitan su efectividad como ensayos. En efecto, en las Cartas marruecas, precisamente por su forma, muchas de ellas precisan de un marco, al cual en ocasiones se subordina el propio contenido. Al mismo tiempo, al dirigirse éstas a personajes determinados, se limitan notablemente en el alcance de sus reflexiones. En resumen, un análisis de las Cartas marruecas, por ejemplo, sólo tendrá sentido si se efectúa consciente de su situación intermedia en nuestra línea imaginaria “A-B”; y su estudio habrá de hacerse tanto en función de los aspectos esenciales del ensayo como de la carta.

El ensayo y la autobiografía, la confesión, el diario

Con frecuencia se han considerado los ensayos como una especie de autobiografía; yo mismo a lo largo de este estudio he insistido repetidas veces en su elemento subjetivo y carácter confesional; e incluso una de las secciones lleva el subtítulo de “El ensayo como confesión”. En todos estos casos, sin embargo, el término confesión hacía sólo referencia a la dimensión personal que hay en el ensayo. La simple lectura de autobiografías o confesiones, incluso aquellas de San Agustín, Santa Teresa o Rousseau, por ejemplo, que poseen indudable valor literario y frecuentes rasgos ensayísticos, pone de relieve las diferencias básicas entre dichas formas literarias y el ensayo. Tanto en la autobiografía como en la confesión domina la forma narrativa, y a veces con la misma complejidad y acumulación de recursos estilísticos que en las mejores novelas. Más significativo todavía, por su semejanza en esto al ensayo, es el modo como se introducen los elementos personales. El ensayo en este aspecto es fragmentario; lo personal sólo interesa en su relación con lo actual y únicamente en cuanto sirve para dar mayor luz a las reflexiones que se proyectan. En la autobiografía como en la confesión se procede de un modo sistemático a la presentación y desarrollo de la persona, que es aquí esencial, mientras que en el ensayo es marginal. Por ello se sigue en ellas un orden cronológico, a la vez que en el ensayo las notas personales aparecen sin método fijo ni propósitos de continuidad. Se puede decir a este particular que mientras la forma del ensayo posee un carácter circular, aquélla de la autobiografía y confesión lo es lineal. En ellas, en fin, se trata de resumir toda una vida a través de ciertos sucesos considerados como importantes, por lo que el tiempo verbal que domina es el pretérito; en el ensayo, por el contrario, es el presente el que da carácter, y, lejos de ser el resumen de un pasado personal, es el “yo” en su continuo llegar a ser el que preocupa y sobre el que medita el ensayista.

El diario, dentro de su unidad de tiempo más limitada, posee, en su relación con el ensayo, las mismas peculiaridades mencionadas a propósito de la autobiografía y de la confesión. A pesar de ello, su inmediatez le acerca mucho más al ensayo; y las frecuentes meditaciones que sugieren los sucesos escritos, cuya impresión todavía incita a reflexionar, constituyen rasgos ensayísticos.

El ensayo y la prosa didáctica

En aquellos estudios breves sobre el ensayo en los que se le trata de definir en términos generales, son frecuentes las expresiones que hacen referencia a la didáctica, como la siguiente de Gómez de Baquero: “El ensayo es la didáctica hecha literatura” (140-141). Yo mismo he indicado en otro lugar que “el ensayo es un escrito en prosa lindante con la didáctica y la poesía” (314). Tales afirmaciones sólo tienen sentido dentro de contenidos generales que pretenden caracterizar al ensayo mediante una amalgama de conceptos, quizás inapropiados si se analizan, pero que sirven para proporcionar una visión impresionista del género, la única posible en tales estudios breves. El término “didáctica” en las afirmaciones anteriores se usa sólo en función del contenido. Ahora, sin embargo, más que este aspecto, que es el que precisamente motiva la confusión entre el ensayo y la obra didáctica, debemos tomar en cuenta los propósitos y el modo como en ambos casos se manifiesta dicho contenido.

El propósito de la didáctica es simplemente el de enseñar, transmitir información; por ello el autor se presenta como autoridad indiscutible sobre el tema tratado, y desde el principio se coloca en un nivel de superioridad con respecto al lector. En el ensayo, por el contrario, la función del contenido es únicamente la de sugerir, incitar a la reflexión; el ensayista, por ello, sólo adelanta opiniones y se nos presenta como nuestro igual, como un miembro más a tomar parte en el diálogo que desea establecer. En la obra didáctica la información se introduce como cierta y se entrega al lector para que sea aceptada en su totalidad, se pretende una comunicación depositaria. El ensayista, sin embargo, adelanta sus tesis como algo probable y digno de ser meditado, pero su propósito, como se indicó, no es tanto el de convencer como el de sugerir, se busca una comunicación humanística. La didáctica, como obra científica, posee una rigurosa estructura sistemática; en el ensayo, como obra literaria, la ordenación es estética. La didáctica, en fin, tiende a una objetividad absoluta, y la forma en todo momento se subordina al contenido, por lo que su valor depende de la claridad y efectividad con que se presenta la información. El ensayo es ante todo una obra de arte, donde el subjetivismo en la selección e interpretación de las ideas es algo esencial; su valor dependerá de la perfección artística que se consiga en la exposición y, en función de su contenido, de las sugerencias que sea capaz de suscitar.

El ensayo y el tratado

Todo lo dicho anteriormente al comparar el ensayo con el concepto amplio de prosa didáctica, nos sirve, naturalmente, para caracterizar el tratado, que, en sí, no es más que una de las manifestaciones de la didáctica. Peculiar del tratado, y en ello diametralmente opuesto al ensayo, es el intento de ser un estudio completo sobre el tema que versa, por lo que se presenta como un todo en el que se exponen unas ideas ya pensadas, y entregadas a modo de resultado; mientras que el ensayista, reconociendo que en lo absoluto no hay nada completo, presenta únicamente una faceta, procura una cala, desarrolla un pensamiento; y se manifiesta en un continuo hacerse, que lleva implícito las contradicciones mismas presentes en la vida. Morón Arroyo nos dice a este propósito, refiriéndose al tratado filosófico, pero cuya peculiaridad es propia del tratado mismo: “Toda filosofía es, en primer lugar, un trabajo de la mente; pues bien, si aíslo el producto, y lo expongo separado de la mente que lo piensa, haré categoría; si lo expreso con la vivacidad de lo que está naciendo como un producto viviente, será ensayo” (48). Este aislar el “producto de la mente”, que señala Morón Arroyo, es el proceso que sigue el escritor de tratados, por lo que la personalidad del autor, el elemento subjetivo, se reprime hasta el anonimato, y es el tema el que da carácter a la obra. En el ensayo, como hemos indicado repetidas veces, es la personalidad del autor la que domina y a la que incluso se subordinan los temas. El tratado se dirige al especialista y su verdad, con la que pretende enseñar, es científica; el ensayista, por su parte, se orienta al lector general, a quien sólo le exige que se acerque a su lectura con curiosidad intelectual; sus verdades son estéticas y crean interpretaciones que únicamente se proponen formar. El tratado, en fin, es monólogo cerrado, sistemático, que persigue un fin preestablecido, que, a su vez, le fuerza a seguir estrictamente el tema en cuestión. El ensayo es un diálogo, y, por lo tanto, abierto, y tan asistemático como la vida o el pensar mismo.

El ensayo y el artículo de crítica

El artículo de crítica, común a todas las ramas del saber humano, es producto de la creciente especialización de nuestra época, aunque sus antecedentes se remonten al siglo XVIII. Se asemeja al ensayo ante todo en su extensión y también en el no pretender ser exhaustivo, en el representar únicamente una cala entre las muchas posibles. Sus características esenciales, sin embargo, son aquellas estudiadas bajo la prosa didáctica y el tratado. El artículo crítico es, por así decirlo, el primer eslabón en la proyección artículo-monografía-tratado, y se destina, como éstos, al lector especializado, único preparado para la comprensión del vocabulario técnico que en ellos se emplea y desarrolla.

El ensayo y el artículo costumbrista

En una cala más profunda, para proyectar el método aquí seguido a la luz de textos concretos, vamos a desglosar el denominado “artículo costumbrista” desde la perspectiva del ensayo.

Es sin duda arbitrario, a pesar de su aparente aceptación, el considerar como artículos de costumbres —donde lo de “costumbres” pretende significar algo genérico— escritos tan dispares en su contenido y estructura como “La nochebuena de 1836”, de Larra, “Las tres tazas”, de Vergara y Vergara, “El retrato”, de Mesonero, o “Pulpete y Balbeja”, de Estébanez Calderón. También resulta caprichoso el pretender excusar tan obvias discrepancias acusando a unos o a otros escritores de no comprender aquello sobre lo que escribían. Así nos dice José F. Montesinos refiriéndose a Mesonero: “Hacer este costumbrismo moralizante era en realidad trocar los frenos, era olvidarse del primitivo propósito, que no fue predicar la sobriedad, la mesura o la diligencia, sino estudiar el estado moral y los resortes morales de la sociedad presente. Con lo que se comprueba que el costumbrismo ‘moral’ de Mesonero deja de ser costumbrismo, y será lo que se quiera, homilía, disertación ética o especulación sociológica” (63).

La variedad de escritos clasificados como costumbristas por sus mismos autores o por la crítica literaria posterior es enorme; sólo mediante el cotejo de éstos con los distintos géneros literarios, se podrá llegar a la determinación de ciertas características que puedan ser consideradas como esenciales al costumbrismo. Unicamente así se podrá trazar la tenue línea que separa, por ejemplo, el cuento costumbrista del artículo de costumbres, y que nos permita clasificar a “Pulpete y Balbeja” como cuento, y determinar que La familia de Alvareda es, en efecto, como la misma Fernán Caballero la denomina, una “novela de costumbres populares”. Pero limitémonos ahora a establecer las diferencias entre el ensayo —sobre todo el ensayo costumbrista— y el artículo de costumbres. Correa Calderón en su excelente introducción a Costumbristas españoles, y bajo el título de “Análisis del cuadro de costumbres”, le atribuye las siguientes características:

1.- Suele iniciarse el artículo de costumbres con un título expresivo, que anuncia el tipo, el uso o el lugar descrito y resume en cierto modo el contenido. (LXXI)
2.- Sigue al título de los artículos de costumbres el imprescindible lema, que suele ser una sentencia, un refrán, una frase o unos versos. (LXXI)
3.- La extensión del cuadro de costumbres suele limitarse al patrón establecido para el artículo de revista o periódico […] Cuando los autores se salían de tal medida, el cuadro de costumbres solía dividirse en partes, que indican claramente haber sido publicados en números sucesivos. (LXXIII)
4.- Su mayor gracia radica precisamente en su propia brevedad esencial, que obliga a condensar en tan breve desarrollo un tema trascendente […] en el que nada sobre ni falte. (LXIII)
Sin necesidad de someter tales características a un profundo análisis, se desprende que varias de ellas son igualmente comunes al cuento, sobre todo al cuento del siglo XIX; y que probablemente todas servirían para caracterizar el género ensayístico. En la última de ellas, Correa Calderón parece indicar que en el artículo de costumbres se desarrolla un “tema trascendental”. Posición tanto más extraña cuando había de señalar más adelante que el costumbrismo es “una especie de literatura menor, de corto vuelo, a la que faltan alas para elevarse de lo corriente y moliente, de lo diario y habitual” (LXXVII). Por otra parte sería difícil encontrar lo “trascendente” en los cuadros costumbristas de El día de fiesta, de Zabaleta; y ya en el siglo XIX en “La feria de Mayrena”, de Estébanez Calderón; en “El martes de carnaval y el miércoles de ceniza”, de Mesonero Romanos; en “Entre usted que se moja”, del colombiano José David Guarín; o en “Empeños y desempeños”, de Larra. Y, sin embargo, ¿no podría decirse que ellos constituyen los prototipos del costumbrismo?

Dejemos ahora de un lado las numerosas y contradictorias posiciones de la crítica, para buscar en los mismos escritores llamados “costumbristas” los principios filosóficos que sirvieron de orientación a la mayoría de sus escritos. Mesonero Romanos se propone “escribir para todos en estilo llano, sin afectación ni desaliño; pintar las más veces; razonar pocas”.11 Hay aquí dos afirmaciones de especial interés para nuestro propósito: 1) Va a pintar, y en Mesonero el término “pintar” significa copiar sin rasgos que particularicen; y 2) evitará el razonar; lo que de ningún modo significa que sus escritos carezcan de ideas o que escriba sin propósito definido. Hace con ello sólo referencia a su intento de evitar las reflexiones filosóficas.

Larra, por el contrario, desea “una literatura hija de la experiencia y de la historia, y faro, por tanto, del porvenir, estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún” (983). Piénsese ahora en Alfonso Reyes o en Ortega y Gasset, por ejemplo, y nos daremos cuenta de que difícilmente se pueden reunir en tan breve espacio más rasgos distintivos del ensayo. Y si Larra piensa así, no es extraño que luego nos diga al hablar de Mesonero: “Esta es la única tacha que podemos encontrarle: retrata más que pinta” (994).

De las anteriores citas se desprende una diferencia básica en la concepción de lo entonces llamado artículo de costumbres: Larra da énfasis a la meditación en busca de lo trascendental; Mesonero prefiere el colorido realista de la cámara fotográfica. Estas diferencias no pretenden señalar categorías de valores, sino simplemente establecer principios filosóficos que después darían lugar a toda una gama de matices dentro de la obra de un mismo escritor, que abarcaría, por ejemplo en Larra, desde lo propiamente costumbrista, así en “Empeños y desempeños”, a lo decididamente ensayístico como en “La nochebuena de 1836”.

No es siempre sencillo el poder determinar la posible línea divisoria entre el artículo de costumbres y el ensayo costumbrista. Pero si podemos señalar características peculiares del uno y del otro, que, tomadas en conjunto, nos hagan ver las diferencias entre ambas expresiones literarias: en el artículo de costumbres se retrata sobre todo el mundo físico, mientras que en el ensayo costumbrista se une a ello la razón y significado de su ser. El artículo de costumbres prefiere lo particular a lo general; lo local a lo universal. El ensayo costumbrista proyecta lo primero en lo segundo. Mientras el escritor costumbrista trata de distanciarse para retratar más objetivamente la realidad externa, el ensayista proyecta ésta sólo a través de su subjetivismo personal. Es cierto que lo actual es el objeto tanto del ensayista como del escritor de costumbres; pero mientras éste sólo pretende reflejar la vida cotidiana, sin “razonar” como diría Mesonero, el ensayista separa lo actual de lo temporal, elimina lo que hay de caduco, y eleva su reflexión a un plano trascendental. Así, mientras el escritor de artículos de costumbres se entrega a la descripción minuciosa de cosas efímeras —pensemos en El día de fiesta de Zabaleta—, el ensayista omite/supera los detalles que unen su escrito a una realidad temporal necesariamente caduca.

Las diferencias entre el ensayo y el cuento costumbrista parecen obvias, y más si para establecerlas comparamos, por ejemplo, la obra de Larra con la de Estébanez Calderón. Resulta más difícil, y por ello mismo más apta para establecer el carácter del ensayo, la distinción entre el ensayo y el artículo de costumbres. Para ejemplificar tal diferencia vamos a considerar tres obras que versan sobre un mismo motivo: “el objeto testigo de la historia”. La primera es “El retrato”, de Mesonero Romanos, y que nos servirá como ejemplo de un artículo de costumbres; la segunda lleva por título “Las tres tazas”, de José María Vergara y Vergara, y la estudiaremos como ejemplo de ensayo costumbrista; la tercera, de Germán Arciniegas, se titula “El lenguaje de las tejas”, y nos servirá como modelo de ensayo propiamente dicho.12

El retrato. Mesonero Romanos hace referencia en “El retrato” a tres épocas: 1789, 1815 y 1831, épocas de gran importancia en la historia del pueblo español, por cubrir un periodo de transición, de acelerados cambios tanto en el ámbito intelectual como en el político y en el social. Mesonero, sin embargo, haciendo caso omiso del significado histórico de lo que el retrato ha presenciado, describe únicamente las andanzas de éste desde la posición decorosa de presidir una sala, a un rincón olvidado en las ferias. Así las palabras finales de Mesonero: “En cuanto a mí, escarmentado con lo que vi en éste, me felicito más y más de no haber pensado en dejar a la posteridad mi retrato: ¿para qué? Para presidir un baile; […] para criar chinches; para tapar ventanas; pasa ser embigotado y restaurado después, empeñado y manoseado, y vendido en las ferias por dos pesetas” (135).

Las tres tazas. José María Vergara y Vergara, escritor costumbrista colombiano contemporáneo de Mesonero, hace igualmente referencia en “Las tres tazas” a tres épocas de la historia de Colombia, 1813, 1848 y 1866. Aquí, a diferencia de Mesonero, Vergara, junto a las descripciones costumbristas que nada pierden en intensidad o colorido, incluye agudas reflexiones en torno a la dirección histórica de Colombia, y por proyección, de Iberoamérica: la primera taza, en 1813, es de plata y se sirve en ella chocolate; se toma en Santafé; todo ello hace referencia a la influencia española de la Colonia. La segunda taza, en 1848, es de loza y se sirve en ella café; la ciudad se denomina ahora Santafé de Bogotá; Colombia, Iberoamérica, es independiente y la influencia y los gustos ingleses están de moda. La tercera taza, en 1866, es de té; se pretende hablar francés al tiempo que se desprecia lo castizo; se suprime el Santafé y la ciudad pasa a ser Bogotá; reina un ambiente de insinceridad que Vergara resume con las siguientes palabras: “En 1866, se convida a tomar una taza de té en familia’, y hay silencio, equívocos indecentes, bailes de parva, ninguna alegría y mucho tono” (101).

El lenguaje de las tejas. Germán Arciniegas en “El lenguaje de las tejas” hace uso del mismo motivo, el objeto testigo de la historia. Utiliza los techos de las casas como símbolos de los ciclos históricos iberoamericanos:

Nos ha tocado a los americanos vivir en el campo de experiencias sociales más rico que pueda imaginarse, y por eso podemos ver de un solo golpe techos grises de paja, tejados de barro cocido y casitas de teja metálica, que representan los tres tipos de cultura que se han turnado cronológicamente en el país. (255)

Y más adelante añade:

Cuando el avión rueda sobre los paisajes de mi patria, veo, como ya lo he dicho, las tres etapas de la historia nacional. La Choza es suave, parda y gris, a veces con toques dorados, como convenía a la raza cobriza de los indios […] De España vino la teja morena y granate, que es como el fuego de esa patria[,] cuando madura, entra en reposo y se hace hogareña […] Lo de ahora, el tejado de ahora, ahí está. Ruidoso, metálico, no tiene huella humana que recoger […] Como punto medio y fiel de nuestra historia, están las tejas de barro. De tejas para abajo están los indios, de tejas para arriba la república. (275/276)

Mesonero escribe, pues, en “El retrato” un artículo de costumbres; predomina en él la descripción del estado del cuadro en distintas épocas; el colorido costumbrista está en primer plano. Vergara, en “Las tres tazas”, sigue siendo un escritor costumbrista, pero junto al colorido de las costumbres que está presente en todo momento, hay un espíritu inquisitivo, una invitación a la reflexión, una elevación de los aspectos concretos a un plano superior donde los mismos detalles adquieren valor universal; hay, en fin, una proyección que interpreta lo concreto costumbrista de distintas épocas en el plano universal de la dirección histórica de un pueblo. Vergara escribe, en una palabra, un ensayo costumbrista. Por último, Arciniegas, en “El lenguaje de la tejas”, haciendo uso del mismo motivo, elimina en lo posible el colorido costumbrista para concentrarse en los valores universales que le permiten establecer una interpretación de la historia. Escribe un ensayo.

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