Beethoven a subasta:

Por: Alfredo López-Vivié Palencia
Fuente: www.mundo clásico.com (25.04.03)

¿Europa en venta?

Una escueta noticia recibida de diversas fuentes, entre ellas el New York Times, refiere que el próximo día 22 de mayo de 2003 Sotheby’s de Londres va a subastar una serie de partituras musicales originales de Bach, Brahms, Mozart y Wagner, además del ‘autógrafo manuscrito’ (sic) de la Novena sinfonía de Beethoven. Se trata de 465 páginas de esta partitura, es decir su práctica totalidad, a excepción de los fragmentos que hoy se encuentran en la Beethovenhaus de Bonn y en la Biblioteca Nacional de París. Sotheby’s estima que las pujas pueden alcanzar una cifra de entre tres y cuatro millones de dólares. Hasta aquí la noticia.

No es, desde luego, la primera vez que manuscritos musicales concurren a los establecimientos más renombrados del comercio del arte. Sin ir más lejos, la propia Sotheby’s subastó hace un año un par de páginas de pentagramas correspondientes a los primeros esbozos de la misma Novena sinfonía beethoveniana (en este caso, el mejor postor se llevó el manuscrito con una puja equivalente al quíntuplo del precio de partida). Y sin embargo, esta noticia me lleva a pensar sobre varias cosas, respecto de las que –ya lo adelanto- no alcanzo conclusiones claras.

La Sinfonía op. 125 de Beethoven es hoy una obra de arte reconocida y apreciada como una de las manifestaciones más elevadas del poder creador humano, y al menos en el mundo occidental ejerce una fuerte atracción de carácter social. No hay que extenderse ahora sobre ello, porque parece –así lo asumo- una cuestión generalmente pacífica. Me interesa resaltar también otro aspecto de esta obra: el célebre tema de la oda An die Freude de Schiller que culmina su último movimiento constituye, además, el himno oficial de la Unión Europea, adoptado formalmente desde 1986, tras el encargo a Herbert von Karajan –por cierto, un ciudadano extracomunitario- de su arreglo para banda de música. La misma Unión Europea que, en el artículo 151 del Tratado de Maastricht, proclama la obligación de la Comunidad de apoyar y completar la acción de los Estados miembros en favor de “la conservación y la salvaguarda del patrimonio cultural de importancia europea”.

La pregunta surge, pues, insidiosa: ¿se puede subastar algo que a todas luces pertenece al patrimonio cultural común de los europeos?

Jurídicamente, la respuesta parece ser afirmativa: sin ser, ni de lejos, un experto en la materia, y tras algunas zambullidas en las normas internacionales vigentes que regulan el comercio de las obras de arte, no tengo noticia de que la Unión Europea haya dictado directivas ni reglamentos en materia cultural o comercial que impidan que el manuscrito de la Novena sinfonía de Beethoven sea subastado en acto público y adjudicado al mejor postor. Tampoco las recomendaciones de la UNESCO sobre los intercambios internacionales de bienes culturales (Nairobi, 1976) y sobre la protección de bienes culturales muebles (París, 1978), incluyen ningún precepto que pueda interferir en la anunciada próxima transacción: la primera ordena los intercambios entre Estados, y la segunda se limita a señalar directrices para la conservación de esos bienes culturales, aun cuando se hallen en manos privadas.

Por supuesto, en todos los casos hay que partir de esta premisa: los bienes culturales vendidos en subasta son de procedencia legítima. También hay que suponerlo en este caso, aunque sería apasionante poder reconstruir el camino de esa partitura desde que salió del tintero de Beethoven hasta el día de hoy. Y aquí me asalta una nueva cuestión, relativa al trabajo ímprobo de Jonathan Del Mar en la anterior década para poner al día las partituras de las sinfonías beethovenianas a partir, precisamente, de la partitura autógrafa, manuscritos originales y toda suerte de ediciones de estas obras; trabajo que ha dado el fruto de la reciente edición Bärenreiter.

Consultado el ‘Comentario Crítico’ de la Sinfonía op. 125 de Beethoven (Bärenreiter, Kassel, 1996), resulta lo siguiente: la partitura autógrafa del compositor (1823-24) se encuentra prácticamente íntegra en la Biblioteca Estatal de Berlín; otros diversos autógrafos de diferentes partes instrumentales o con correcciones de la partitura general se encuentran en la Sociedad de Amigos de la Música de Viena, en la Casa de Beethoven de Bonn, o en la Biblioteca Nacional de París. Del Mar no da cuenta de otros autógrafos beethovenianos estudiados, con excepción de cuatro páginas de correcciones que fueron subastadas en 1988 por… Sotheby’s.

No obstante, la noticia anuncia la subasta de 465 páginas del autógrafo de la partitura original: ¿qué documento, pues, es el que se licita? Me inclino a pensar que debe tratarse de un manuscrito, desde luego, pero debido a un copista de la época (en el trabajo de Del Mar se relacionan varios, aunque la mayoría conservados en museos y archivos públicos). Por el momento, Sotheby’s no ofrece más detalles, aunque con toda probabilidad han de salir a la luz antes del 22 de mayo. Por otro lado, el actual propietario del documento que se subastará –sea el que sea- es evidentemente una persona o institución privada: ¿tal vez una editorial? De otro modo, no podría venderse en subasta sin seguir un procedimiento administrativo previo de enajenación demanial, absolutamente impensable cualquiera que fuera la institución pública que lo custodiara.

¿Sotheby’s se está aprovechando del actual resurgir de las sinfonías beethovenianas? No lo sé. Pero la cronología de los acontecimientos me resulta llamativa.

Soy defensor a ultranza de la propiedad privada, de los derechos de autor, y de la mínima intervención de los poderes públicos, más allá de lo que hoy conocemos por ‘Estado del bienestar’. Pero de la misma forma que conozco –y reconozco- el derecho de tanteo que sobre determinadas obras de arte ejercen las Administraciones, tal vez sería recomendable que los Estados miembros cedieran otro poquito de soberanía para que la Unión Europea pudiera establecer y ejercitar ese derecho de tanteo en asuntos como éste, si es que de verdad se quiere trascender el concepto de la Europa de los mercaderes.
 

 

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