Aproximación al fenómeno posmoderno

Fuente: http://www.insumisos.com

Introducción

En el presente trabajo se pretende abordar brevemente la problemática de la posmodernidad. Una aproximación teórica-descriptiva a este fenómeno, aunque sea mínima, resulta indispensable para comprender las coyunturas actuales, tales como fueron abordadas desde la cátedra de Problemática Política, Social y Económica Contemporánea.

Por tal motivo, se pretende realizar una breve descripción de la posmodernidad, concebida como fenómeno social, desde su perspectiva filosófica, como así también la caracterización del “hombre posmoderno”, que no es otra cosa que el hombre que vive, concientemente, o no, “a la manera posmoderna”. También se dedican algunos párrafos a la descripción de algunos ejes temáticos propios de la problemática posmoderna, tales como la cultura de la imagen, el simulacro y los denominados “no lugares”.

Génesis de la cultura posmoderna

En una primera aproximación, y considerada negativamente, la cultura posmoderna, que se corresponde con las sociedades posindustriales, como contrapuesta a la modernidad, sería la cultura del desencanto, del fin de las utopías, de la ausencia de los grandes proyectos que descansaban en la idea del progreso moderno.

Esta idea está en la base de las grandes filosofías hegemónicas, de los sistemas de ideas que han tenido gran influencia en la sociedad, durante los siglos XVIII, XIX y XX, a saber; el iluminismo, el positivismo y el marxismo, junto a sus expresiones políticas principales, desde el conservadurismo democrático hasta el comunismo, pasando por el liberalismo, el socialismo y aun los populismos. El mencionado desencanto de produce porque se considera que los ideales de la modernidad no se cumplieron, menos aun si se entiende que dichos ideales eran universalistas, es decir, debían ser válidos para toda la humanidad. En palabras de Esther Díaz, profesora de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires: “el proyecto de la modernidad apostaba al progreso. Se creía que la ciencia avanzaba hacia la verdad, el arte se expandiría como forma de vida y la ética encontraría la universalidad de normas fundamentadas racionalmente. No obstante, las conmociones sociales y culturales de los últimos decenios, parecen contradecir los ideales modernos. La modernidad, preñada de utopías, se dirigía hacia un mañana mejor. Nuestra época, desencantada, de desembaraza de utopías.” (en ¿Posmodernidad?, Bs. As., Biblos, 1988, p.22).

Lyotard, por su parte, denomina peyorativamente “grandes relatos” (La condición posmoderna, p.63) a los proyectos o utopías cuya finalidad era legitimar, dar unidad y fundamentar las instituciones y las prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las éticas, y las maneras de pensar. Uno de los “grandes relatos”, hoy derribados, tiene su origen en la filosofía de Hegel; según la cual la historia humana es concebida como la
marcha del espíritu hacia la libertad, todo lo real es racional y todo lo racional es real.

Otro de los “grandes relatos”, también derribado, es el de la emancipación de los trabajadores y la lucha por la sociedad sin clases, obviamente, de origen marxista. Un tercer “gran relato”, derivado del positivismo, promete un mundo de bienestar para todos basado en la desarrollo de la ciencia y la industria.

Pero hoy, todos los grandes relatos han entrado en crisis. Han sido invalidados en el curso de los últimos sesenta años, por diferentes acontecimientos; que van desde los campos de concentración y las bombas atómicas (donde se observa claramente que no todo lo real es racional), hasta la crisis del marxismo en los países del este. Estas diferentes maneras de contar una historia universal de la humanidad que conducen a la emancipación de la misma han fracasado. Y ante este fracaso, estos ideales están en declinación.

No fue la ausencia del progreso sino, por el contrario, el desarrollo tecnocientífico, artístico, económico y político, lo que ha hecho posible el estallido de las guerras mundiales, los totalitarismos tanto de izquierda como de derecha, la brecha creciente entre la riqueza del norte y la pobreza del sur, el desempleo y la “nueva pobreza” en los países en vías de desarrollo. Por otra parte, en terreno político, el surgimiento de candidatos ajenos por sus antecedentes al mundo de la política habla a las claras de la crisis que afronta la política tradicional.

Si es cierto que asistimos al colapso de las filosofías de la modernidad, si se trata de una crisis terminal, corresponde preguntarse qué alternativas se abren o cómo es el mundo posmoderno. Según Lyotard, la posmodernidad no sería un proyecto o un ideal más, sino, por el contrario, lo que resta de la crisis de los “grandes relatos”, lo que queda de la clausura de las ideologías. A mi entender, lo que resta de la crisis de los “grandes relatos”, o lo que queda de la clausura de las ideologías, no es sino la imposición de una ideología única; la de la economía de libre mercado, el consumo, el capitalismo duro, neoliberal, de la cual, la condición posmoderna o “posmodernidad” viene a ser algo así como el sustento, la base filosófica necesaria para el disimulo de lo que no es el fin de las ideologías, sino el triunfo de una de las que estaba en pugna.

Posmodernidad; posmoralidad

Se ha producido un cambio fundamental en relación a los valores. Estos no han cambiado en esencia, pero si en contenido. Los antiguos valores “ya no valen”, hay en la posmodernidad una nueva significación en torno a los valores. Así lo explica la ya citada Esther Díaz, en ¿Posmodernidad?, Bs. As., Biblos, 1988, p. 79: “la modernidad se preguntaba acerca de lo necesario (categórico). En cambio, la posmodernidad se pregunta acerca de lo conveniente (hipotético). En la modernidad, la pregunta era; ¿qué debo hacer?, y la respuesta era categórica: actuar según el deber… Había que cumplir con el deber por el deber mismo, sin medir sus consecuencias. En cambio en la posmodernidad se pregunta acerca de lo instrumental; ¿qué me conviene hacer? La respuesta es hipotética; actuar según lo que desea obtener ”

Por tal motivo, Lipovetzky ha definido la realidad actual con la expresión de “sociedad posmoral”, en la cual predomina una nueva moral, caracterizada por ubicarse más allá del deber, que funciona según una ética mínima, sin obligación ni sanción, tolerante y permisiva.

Perfil del individuo posmoderno

Para algunos autores, en la cultura posmoderna se acentúa un individualismo extremo, hasta el nivel del egoísmo más atroz, en un “proceso de personalización” que abarca todos los aspectos de la vida social y que significa, según el francés Gilles Lipovetzky, por un lado, la fractura de la socialización disciplinaria y, por el otro, la elaboración de una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de necesidades. Por “sociedad flexible” se entiende claramente una sociedad anomica, donde han caducado los viejos y tradicionales valores. Se disuelven los valores absolutos. Ya no estamos en presencia de una moral absoluta, sino relativista, que parte del sentimiento, lo moral pasa a ser lo que cada uno siente de tal manera. Por otra parte, en la “estimulación de necesidades”, se observa otra de las características del hombre posmoderno; la de satisfacer sus propios deseos, que se hacen pasar por necesidades. Esto se manifiesta en la sociedad de consumo, sumada a un individualismo hedonista y narcisista . Al individualismo lo acompaña la ausencia de trascendencia, ya no sólo en sentido religioso, producto del proceso de secularización y desacralización de la modernidad, sino que también desaparece la trascendencia laica de una vida consagrada a un ideal, cualquiera que éste sea. O sea, una total falta de interés y compromiso para con el terreno de las ideas, propias del hombre posmoderno. En palabras de Cerdá: “al hombre posmoderno no le interesa el proyecto histórico y globalizante de la modernidad; sigue actuando, negociando, previendo, pero el proceso en su conjunto parece ahora desprovisto de toda finalidad. Es indiferente con el pasado y sin proyectos para el futuro, vive un tipo de existencialismo hedonista, cuyo ambiente para dicho estilo de vida parece ser presentado por la democracia política y el liberalismo económico” (en El desencanto weberiano en la sociedad posmoderna, p. 26 y 27).

Otra de las características, ligada al hedonismo y narcisismo propios del hombre posmoderno, es que más que nunca antes la consigna es mantenerse joven. Se exalta el cuerpo a través de una variedad de dietas, gimnasias de distinto tipo, tratamientos revitalizantes y cirugías estéticas cuyo significado ha cambiado. Así lo señala Paula Andaló, en un artículo publicado en el diario Clarín, de Buenos Aires, el 15 de septiembre de 1992: “Ahora todas quieren tener veinte años. No es como antes, cuando la cirugía plástica servía para borrar alguna arruga rebelde, o mejorar una nariz. Ahora es distinto. Las mujeres que llegan hoy a la operación pretenden transformar sus cuerpos. Se revelan contra las leyes de la naturaleza e intentan detener el paso del tiempo desde la camilla del quirófano. El rostro deja de ser el mismo, las facciones y hasta las expresiones cambien radicalmente. Se desafía a la biología para lograr una meta que parece inalcanzable: quitarse por lo menos dos décadas de vida de la superficie de la piel.” Y aquí la palabra “superficie” adquiere una dimensión por demás demostrativa del fenómeno posmoderno; el hombre hoy es superficial, más que nunca antes, la frivolidad ha dejado de ser mal vista, y hoy es considerada un atributo, un “valor” en las sociedades posmodernas. El “ser” ya no cuenta, hoy el valor es “parecer”, lo que en las corrientes psicológicas actuales se conoce como la “cultura del simulacro”.

Esta exaltación del cuerpo se acompaña de una exaltación de los sentidos y de un hedonismo que, en general, conspira contra la salud. Dos mil quinientos años después comprobamos, a la manera posmoderna, que Platón estaba equivocado, no somos el alma, sino el cuerpo. Y por eso es que en estos tiempos posmodernos se muestra el cuerpo desnudo con tanta facilidad. El nudismo se encuentra en ascenso, como otra de las características del hombre posmoderno.

“La cultura joven ha impuesto sus criterios de rechazo a las rigideces del orden moral, las profundidades del espíritu y las exigencias del pensamiento. Lo importante es divertirse, relajarse, escaparle al estudio y gozar del ocio. Es el “crepúsculo del deber” manifiesta Lipovetzky (1996)-, la declinación de la responsabilidad, la austeridad y de las grandes virtudes del pasado. Quizá dos normas sean las más promocionadas en la
joven galaxia que giramos actualmente: el peso y el antienvejecimiento. Estas tendencias se observan claramente en la evolución del consumo de productos cosméticos y la popularidad de las dietas. La obsesión por la edad y las arrugas se manifiestan asimismo en el apogeo de la cirugía estética. La lucha contra las arrugas y los excedentes corporales indeseables son liderados por el afán remodelador del aspecto que buscan desafiarlos deterioros del tiempo y acomodarse a la estética de la juventud” (Mario Pereyra, La Posmodernidad, p. 44).

El sujeto se auto concibe como un individuo constituido por un cuerpo con necesidades que deben ser satisfechas constantemente y que, al mismo tiempo, se va consumiendo irremediablemente, aunque, una batería de terapias logre demorar la decadencia. Este individuo, aunque establezca vínculos con otros semejantes, se halla fundamentalmente solo, entre otros individuos que persiguen su propia satisfacción. Aislado, vive su existencia como un perpetuo presente, con un pasado que es un tenue recuerdo de satisfacciones y frustraciones y un futuro que es concebido como un juego de nuevos deseos y satisfacciones. Cerdá lo observa al afirmar que: “el ocaso de los valores supremos (como la verdad, la libertad, la razón, la humanidad o Dios) es uno de los dramas del hombre actual. La posmodernidad se propone vaciar al hombre de dichos
valores, reemplazándolo con otros como el “hedonismo” y su brazo más directo, el “consumismo”, el “relativismo” con su “permisividad”, y todos unidos por el materialismo” (en El desencanto weberiano en la sociedad posmoderna, p. 30) En consecuencia, busca el consumo, el confort, los objetos de lujo, el dinero y el poder, elementos necesarios para dar respuesta a las necesidades que se plantean y que definen a la sociedad posmoderna como la apoteosis de la sociedad de consumo. En palabras de Ander-Egg; “asumir -afines del siglo XX- el modo burgués de ser en el mundo es vivir conforme a los valores de la sociedad de consumo, cuyo modelo está configurado por la santa trinidad del hombre contemporáneo (posmoderno), que no es el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, como explica la religión cristiana, sino el Dinero, el Consumo y el Status. Éstos son, no sólo el objetivo final, sino la medida de todas las cosas.”

Mientras la modernidad exaltaba el ahorro, la posmodernidad estimula el crédito. Esto facilita el consumo, porque ante la antinomia tener o ser, para la cultura posmoderna soy lo que tengo. El hombre posmoderno se halla muy lejos de aquel sujeto que hacía de la conciencia y del cultivo esforzado de una persona su mayor orgullo. Al contrario, la publicidad nos invita a adelgazar sin esfuerzo, a estudiar un idioma sin esfuerzo, a dejar de fumar sin esfuerzo, y a lograr el colmo de la felicidad en una playa del Caribe, con la piel tostada, bebiendo un trago, recostado en una reposera, con los ojos cerrados y el walk-man colgado. El hombre huye ante cualquier meta que le suponga sacrifico o esfuerzo para su consecución.

Lipovetzky proporciona en las siguientes palabras un buen resumen de la sociedad posmoderna: “… es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde predomina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable. La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución. Esa época se está disipando a ojos vistas; en parte, es contra esos principios futuristas que se establecen nuestras sociedades, por este hecho posmodernas, ávidas de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización inmediata; se disuelven la confianza y la fe en el futuro, ya nadie cree en el porvenir radiante de la revolución y el progreso, la gente quiere vivir enseguida, aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo” (La era del vacío, prefacio).

Para Lipovetzky, la sociedad posmoderna es la era del vacío en la que los sucesos y las personas pasan y se deslizan, en la que no hay ídolos ni tabúes definitivos, pero tampoco tragedia o apocalipsis. En la sociedad posmoderna no hay lugar para la revolución, ni para fuertes compromisos políticos, la sociedad es como es, y la idea de cambiar radicalmente a la misma, ya no se le ocurre a nadie. Naturalmente, también la educación se modifica de una época a otra: después de la educación autoritaria y mecánica, que Lipovetzky atribuye a la modernidad, se constituye el “régimen homeopático y cibernético”; después de la administración imperativa, la programación opcional, a la carta, sería propia de la posmodernidad.

Lipovetzky menciona que “…ya no se cree en la exigencia de una educación moral elevada, en la que inculcar principios morales superiores no es más que un objetivo marginal de la educación dad a los niños” (en El crepúsculo del deber, citado por Cerdá, en El desencanto weberiano en la sociedad posmoderna, p. 29).

Cerdá menciona que: “La condición posmoderna se caracteriza por el derrumbe de las instituciones tradicionales (escuela, iglesia, familia y Estado) y por el predominio del desorden y vacío moral” (en El desencanto weberiano en la sociedad posmoderna, p. 29).

Posmodernidad; cultura de la imagen y del simulacro

Como ya se mencionó, en la condición posmoderna s disuelven las coordenadas que antes se creían firmes, es el fin de las autoridades absolutas, domina la sospecha e impera un hiperindividualismo hedonista y narcisista. Predomina el desencanto y la incertidumbre, claudicando el idealismo, las revoluciones y utopías. El enfoque posmoderno cambia la noción de tiempo, es el advenimiento de la cultura de la imagen, de la prioridad del objeto telepresente. De alguna manera, la televisión y el zapping se han constituido en protagonistas centrales de la cultura, lo que Sarlo denomina “gran sacerdote electrónico” o escuela básica donde la “alfabetización mediática” se impone “por encima de la alfabetización de la letra”.

Uno de los temas básicos del debate posmoderno gira en torno a la realidad. La misma se ha vuelto difusa, incierta. Se habla de información pero, cuánto de verdad hay en esa información. ¿Asistimos a la verdad de lo real o al espectáculo de lo real? ¿Hasta que punto la información televisiva es una gigantesca farsa al servicio de las leyes del mercado, el rating o la negociación de productos de consumo? Lo real del acontecimiento de desvanece, se torna irrelevante, lo que importa es el efecto que provoca su exhibición. En el contexto de la cultura de la imagen en la cual estamos sumidos, donde la realidad es más virtual que real, también lo malo se vuelve liviano, pierde gravedad.

Jean Baudrillard, sociólogo francés, en un estudio de la sociedad actual, establece la diferencia entre disimular y simular. Lo primero es fingir no tener lo que se tiene. Quien disimula, intenta pasar desapercibido. Pero quien simula, aparenta ser quien no es, o poseer lo que no tiene; busca crear una imagen de algo inexistente. El disimulo no cambia la realidad, sólo la oculta o enmascara, en cambio la simulación muestra como verdadero algo que no lo es. Uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia, a una nada. Ahora el problema actual es la simulación, concluye Baudrillard. Y según Pereyra, en La Posmodernidad, p. 9, el ejemplo más ilustrativo de este fenómeno sea Disney World; un mundo de fantasía que parece ser más verdadero que el real. Todo parece real, increíblemente verídico, pero es sólo fantasía, parodia, un gran simulacro.
Disney no ha sido solamente el creador de Donald, Mickey, y el resto de los personajes surgidos de su creatividad, fue el inventor de la industria de la imaginación, el genio de la simulación de la cultura posmoderna.

Los modelos de simulación son infinitos, en la política, en las ventas, en la moda, en la cosmética, en todas las cosas que nos hacen parecer diferentes de lo que somos.

Tenemos caretas para cada ocasión; para una fiesta, para el trabajo, para el aula, con nuestras amistades, en público, sólo en el ámbito de la más absoluta intimidad nos mostramos tal como somos, o en las situaciones límite, en los momentos de mayor crisis. Ahora el simulacro produce una disociación entre lo que se muestra y la realidad, entre el ser y el parecer.
Asimismo, la televisión ha trasladado los espacios de la fantasía a una superficie gris plomiza de 21 o 29 pulgadas. Pulsando el control remoto se ven novelas y series llenas de conflictos y dramas inimaginables, se puede ingresar a la habitación de una pareja para observar su vida íntima, viajar por el espacio en una nave del siglo XXI, ver las cosas más insólitas, con la vívida sensación de lo real. No hay necesidad de imaginarse ni pensar nada. Todo está al alcance de la vista. La televisión y el zapping sepultaron la ficción y alimentaron la omnipotencia narcisista, al lograr casi cualquier satisfacción imaginaria sin ensueños ni idealizaciones. La televisión padece de una “presión de la urgencia”; la competencia con los otros medios y el valor del tiempo exige premura y una velocidad que hace imposible el desarrollo del pensamiento elaborado y reflexivo.

Esto privilegia el fast thinkers, una especie de fast food cultural, alimento predigerido, pre pensado, o pensamiento light.

Posmodernidad, el lugar de los “no lugares”

Los “no lugares”, según la propuesta de Augé, citada por Pereyra (La Posmodernidad, p. 19-22), son esos lugares característicos de nuestro tiempo. A diferencia de los “lugares” de la modernidad; aquellos espacios que tienen historia, identidad y contienen una atmósfera de familiaridad (casa, plaza del barrio, bar de reunión con amigos), los “no lugares” son aquellos que no pueden definirse como espacios de identidad, no como relacionales o históricos. Por ejemplo, el shopping ,es por excelencia un “no lugar” típico de la posmodernidad. Fenómeno del mundo actual, modelo de la cultura posmoderna, signo de una nueva identidad urbana, el shopping ha invadido el planeta, prolifera en todos los continentes. Son iguales en Buenos Aires, Santiago, San Pablo, París, Miami o Tokio. Constituyen ámbitos homogeneizadores y globalizantes que arrasan con las culturas nacionales. No sólo configuran una nueva estética del mercado, sino que son una nueva ética y una nueva religión impuesta por el capitalismo actual.

Cuando entramos a un shopping ingresamos a un espacio y tiempo diferente. La temperatura es benigna y placentera, el lugar limpio y ordenado. La presencia de agentes de seguridad transmite tranquilidad y confianza. Hay una llamativa organización del espacio que hace perder rápidamente la orientación y los puntos cardinales. Hay un ordenamiento de las formas que hace a todos los negocios y lugares semejantes a diferencia de lo que ocurre en las calles de la cuidad. El shopping vive al margen de lo que pasa “afuera”. El shopping anula la noción de tiempo. Allí no se diferencia el día de la noche. Se vive al margen del clima y las inclemencias climáticas. También es un lugar sin memoria. La historia está ausente, es el tiempo de la amnesia. El pasado sólo aparece bajo la forma de una mercadería o souvenir. El único tiempo que admite el shopping es el futuro.

En definitiva, el shopping responde a la lógica y la psicología del mercado. Es una escenografía montada para vender, todo está al servicio del consumo. Por eso, nadie sale de su territorio sin gastar algo es imposible resistirse a la tentación de comprar. Aunque se vaya a pasear o caminar, finalmente algo se compra. De alguna manera el mercado cobra sus servicios. Y son “no lugares” porque no están para gestar nuevos vínculos.

Hay cantidad, pero no calidad humana. Las únicas relaciones que se producen son con las mercaderías. Domina un feroz individualismo, cada uno habita su propia burbuja. Nadie se interesa por el otro ni hace nada por los demás, es el reino de la indiferencia. La única excepción es la que despliegan vendedores o promotores, en tanto nos constituimos como potenciales compradores. Si rechazamos la oferta, caemos nuevamente en el anonimato y la indiferencia. Hay ciertas reglas implícitas de comportamiento, prevalecen los rituales de la moda y la apariencia (el simulacro). Se privilegia el lujo y la ostentación (el valor no es lo que soy, sino lo que tengo o aparento). Es el reino de Narciso.

En el shopping hay cines, restaurantes, negocios de todo tipo, pero nada que apele al pensamiento (las librerías tienen un fin comercial), la reflexión o la elevación espiritual. Todo es trivialidad y banalidad. Sólo interesa el bienestar momentáneo y fugaz, no los valores profundos y duraderos de la existencia. Es una institución al servicio del hombre light, no de las aspiraciones duraderas de la vida. Un lugar para la satisfacción momentánea, vacío de contenido eterno o trascendente. Por eso, el shopping es el nuevo modelo de la cultura posmoderna, la catedral de la religión del consumo y el hedonismo, cuando la redención se ofrece en términos de oferta y demanda, por la vía del bienestar autocomplaciente.

Conclusión
En 1994 el ensayista francés Alain Finkielkraut publicó un libro en el cual, según los críticos, se indigna por el estado moral de una sociedad a la que le da igual un cómic que una novela de Nabokov, un slogan publicitario que una poema de Bécquer, un partido de fútbol que un ballet, o un video clip que una ópera de Verdi. Ahora se aprecia la frivolidad y la complacencia egoísta. Asistimos al derrumbe de los ideales de progreso, del esfuerzo del intelecto y la sensibilidad artística. Las obras de hoy exhiben una carencia de pensamiento creativo y profundidad. Cada vez se lee menos y se mira más televisión. La así llamada “american way of life” de vivir bien, comer lo suficiente (o en exceso) tener una casa confortable y dos o tres autos, ha invadido y permeado a tal punto las conciencias que hoy se ha transformado en el sueño de millones de personas.

En nuestros días, ¿quién lee a Platón, Shakespeare, Cervantes o Borges? ¿Cuánto se estudia y reflexiona de la Santa Biblia? ¿Quiénes visitan los museos, galerías de arte o bibliotecas? ¿Dónde ha quedado la poesía? ¿Qué ha sido de la meditación y de la reflexión? Lo único que parece progresar es la tecnología al servicio del consumo y la informática. El pensamiento dejó de ser un valor supremo, ahora es un simple accesorio
del cual puede prescindirse. La posmodernidad ha cristalizado el valor adolescente como un producto, un eslogan, un icono, entre las estrategias avanzadas del consumo.

Pero una sociedad que se deja llevar por el principio del facilismo, la frivolidad y el hedonismo, va camino al suicidio. ¿Hay posibilidades de cambiar la cadena de costumbres? ¿Se puede revertir este orden que glorifica la inexperiencia, la inmadurez y la estupidez? ¿La sociedad retomará el camino de la sensatez y la sabiduría?

Ah, casi lo olvidaba mencionar, el libro de Alain Finkielkraut se titula “La derrota del pensamiento”.

Bibliografía
• Ander-Egg, Ezequiel. Reflexiones en torno al proceso de mundialización
globalización. Buenos Aires, Lumen-Humanitas: 1998.
• Berciano Villalibra, Modesto. Debate en torno a la posmodernidad. Madrid:
Síntesis, 1998.
• Calcagno, Alfredo. El universo neoliberal. Buenos Aires: Alianza, 1995.
• Cerdá, Carlos. El desencanto weberiano en la sociedad posmoderna, en
Enfoques, año XII, Nº1, 2000.
• Darós, William. Filosofía posmoderna, ¿buscar sentido hoy? Rosario:
CONICET CERIDER, 1999.
• Jameson, Fredric. Teoría de la posmodernidad. Madrid: Trotta, 1996.
• Kerbs, Raúl. Tiempos posmodernos, moral “light”, en Logos, año 4, número3,
diciembre de 2000.

• Lipovetzky, Gilles. La era del vacío. Barcelona, Anagrma: 1986.
• López Gil, Marta. Filosofía, Modernidad, Posmodernidad. Buenos Aires: Biblos,
1992.
• Lyotard, Jean F. La condición postmoderna. Buenos Aires: Teorema, 1989.
• Lyotard, Jean F. La posmodernidad. Barcelona: Gedisa, 1995.
• Maliandi, Ricardo. Dejar la posmodernidad. Buenos Aires: Almagesto, 1993.
• Obiols, Guillermo. Adolescentes, posmodernidad y escuela secundaria. Buenos
Aires: Kapelusz, 1992.
• Pereyra, Mario. La posmodernidad. Libertador San Martín: UAP, 2000.
• Pérez Gómez, Ángel. La cultura escolar en la sociedad neoliberal. Madrid:
Morata, 1999.
• Pinto, Julio. Max Weber actual. Buenos Aires: Eudeba, 1996.
• Sarlo, Beatriz. Escenas de la vida posmoderna. Buenos Aires: Espasa, 1994.
• Sorman, Guy. El estado mínimo. Buenos Aires: Atlántida, 1986.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: