Pensamiento posmoderno

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Tomado del ensayo de Hernán Montecinos “Del pensamiento mágico al posmoderno”

NATURALEZA DE UNA CRISIS

No sin propiedad, un articulista ha señalado que se ha empezado a utilizar el término «posmodemo» para referirse a cualquier tema que quiera asociarse a una contemporaneidad extrema. Los jóvenes -para estar más a tono- se refieren a algo «posmo». Estos términos se han convertido en una especie de idea comodín, expresados al modo de una moda. En el fondo, un concepto ecléctico que, para muchos, no precisa algo claro.

Se anticipa, por tanto, que no será fácil llegar a conceptualizar lo que es el posmodemismo en la medida que, siendo una nueva corriente del pensamiento, no existe aún un criterio unánime para definirlo ni caracterizarlo. Es por eso que los juicios respecto del mismo no podrían dejar de lado la carga valorativa que le asignen cada uno de aquellos que se apresten a apreciar el fenómeno.
Ahora bien, al referimos a la Posmodernidad lo estaremos haciendo respecto de un conjunto de proposiciones, valores o actitudes que, independientemente del grado de su validez teórica, no puede negarse que existen y funcionan ideológicamente como parte de la cultura, la sensibilidad o la situación espiritual de nuestro tiempo. Plantearse el problema de la Posmodcrnidad es un hecho del cual no podemos escapar aún cuando, en nuestros paises latinoamericanos, se nos aparezca todavía como una cultura ajena y muy lejana. Así, al encontramos ante la evidencia de un hecho tenemos que afrontarlo abriéndonos paso en la enmarañada selva conceptual a que hacen referencia tanto sus paladines como sus detractores. Y, puesto que su relación con la Modernidad es cuestión central, ha sido necesario partir de allí para examinar sus pretensiones que arrancan de una crítica radical precisamente de ella.
Se infiere, entonces, que el origen de la Posmodemidad proviene directamente de los elementos de crisis de la Modernidad, esto es, a partir de sus debilidades y agotamientos. Pero, hablar de crisis el día de hoy pareciera ya no tener el sentido valorativo negativo de épocas anteriores. Lo anterior, si tenemos en cuenta que se ha hecho escenario común apreciar una crisis sostenida y generalizada en los más diversos ámbitos de la vida del hombre y de las instituciones. En este contexto, la Modernidad se encuentra sometida a una crisis general de la cual se han hecho expresión dos versiones: por una parte, que atraviesa una crisis «transitoria» y, por otra, una crisis «terminal». La crisis transitoria sería producto de su propio aceleramiento, tanto así, que los elementos centrales de su fundamento seguirían siendo los predominantes. En tal sentido, esta crisis transitoria significaría que el posmodernismo no es sino la Modernidad viéndose o pensándose a sí misma para dar cuenta de sus problemas no resueltos. En tanto que la crisis terminal señala que la Modernidad habría llegado al punto de su agotamiento, lo cual le impediría reponerse en la perspectiva de su resurgimiento. En lo fundamental, esta crisis terminal impediría a la Modernidad dar cuenta de la nueva realidad contemporánea que la sociedad y el hombre se encuentran viviendo.
Cualesquiera que sean los juicios que se sostengan sobre la naturaleza de esta crisis, el hecho cierto es que a partir de ésta arrancan las pretensiones posmodemistas. Esto significa la puesta en duda de todos los valores modernos que van desde la razón instrumental, proyecto científico técnico, cultura metanarrativa, historicismo, dualismo, relación sujeto-objeto, etc. Este fenómeno, sin embargo, no es nada nuevo, porque encontramos referentes históricos en el pasado cuando el paradigma mítico del periodo de la antigüedad abre paso al nuevo paradigma metafísico que se inicia con la filosofía griega y cuando ésta, a su vez, abre paso al nuevo paradigma científico que se inicia con el Renacimiento.

PUNTOS DE ARRANQUE

Para la comprensión del fenómeno será vital identificar el momento o los momentos en donde empezaría a configurarse lo que ha dado en llamarse Posmodemidad. Los que se han interesado y comprometido en el tema han señalado orígenes diversos. El término de la Segunda Guerra Mundial y la rebelión juvenil de Mayo del 68 se han indicado como algunos de los posibles puntos. Hay otros que se inclinan a pensar que la Posmodemidad arranca a partir de los grandes cambios geopolíticos que se han sucedido en el mundo a raíz del derrumbamiento de los socialismos reales del año 1989 en adelante. Sin embargo, con mayor propiedad, pareciera ser que su punto de arranque se inicia en los comienzos de la Revolución científico-técnica, hecho que ha permitido provocar grandes alteridades en la sociedad, en el hombre, y cambios geopolíticos en el mundo. Tal periodo explicaría, de algún modo, el punto desde donde comienza la visión posmodema, visión en donde se deja de tomar en serio el mundo tal cual es, no buscando una salida a los problemas sino dejándolos pasar, remitiéndose sólo a explicarlos y conccptualizarlos.
De otra parte, los seguidores de la Posmodemidad no logran ponerse de acuerdo sobre las características que definirían a la misma. Algunos postulan que la Posmodemidad, por ser algo nuevo, debería incluirse en la misma Modernidad toda vez que una de las características de ésta es aceptar todo lo nuevo. Sin embargo, un mayor número de sus seguidores no aceptan esta tesis señalándola como individualidad propia argumentándola, incluso, como pensamiento contrapuntístico que ha existido en toda la historia de la misma Modernidad. En otra perspectiva, el etnólogo Marc Auge postula que se trata más bien de una evolución que no corresponde exactamente a un debilitamiento de la Modernidad sino a una aceleración de su ritmo, esto es, una lógica de exceso en las formas que hoy se nos presentan. Por ello reemplaza el término Posmodemidad por el de Sobremo-dernidad, entendida ésta como la expresión constante de derrames y flujos provenientes de la Modernidad que no se pierden sino que son reabsorbidos por la misma. Nos encontraríamos, según este juicio, ante un problema de aceleración histórica que implica ser incapaz de retener las cosas que tienen importancia, porque éstas se pierden en una multiplicidad de eventos que se suceden al mismo tiempo.
Cualquiera que sea el punto de arranque, todo pareciera confirmar aquella sensación generalizada de que nos encontramos asistiendo a la muerte de cierta realidad y al nacimiento de otra, como si algo estuviese cayéndose a pedazos, vaciándose de sustancia, descomponiéndose y que de las ruinas de ese proceso estuviese emergiendo algo nuevo sin que la mayoría tenga conciencia de ello. Una sensación de que estamos entrando en un periodo negro que, se puede decir, comenzó simbólicamente en 1989. Un tiempo confuso en que los jóvenes marginales de Latinoamérica llevan inscrita en sus pole-ras la leyenda «sin futuro», en tanto el intelectual venezolano Pedro León Zapata asegura que si surgiera un equivalente a la capacidad e inteligencia de Lenin, simplemente perdería su tiempo, en tanto la gente ya no cree en los líderes, los políticos o los dirigentes.
En suma, las pretensiones posmodemas se muestran inequívocas en cuanto a estatuir un nuevo tiempo histórico distinto a la Modernidad. Sin embargo, la persistencia de una conciencia sostenidamente fragmentaria y la misma persistencia de la Modernidad negándose a ser olvidada, han dificultado, más de lo previsto, las intenciones de este nuevo discurso.

APROXIMACIONES A SU FUNDAMENTO

El conocimiento de la Modernidad ha dejado patente que sus dos grandes paradigmas politíco-ideológicos han demostrado, de distinto modo, sus frustraciones y debilitamientos. Por un lado, el socialismo real, a pesar de haber constituido la aproximación más seria a la solución de los problemas de la sociedad, ha evidenciado su fracaso y, por otro, el capitalismo, cualquiera que sea su fase de desarrollo o el modelo que adopte, se ha mostrado incapaz de resolver los problemas contemporáneos de la gente, la sociedad y de todo el mundo.

Enfrentados, entonces, al fracaso del denominado socialismo real y a la crisis profunda de la fase capitalista contemporánea, se constituye un cuadro propicio para que las actuales generaciones se encuentren viviendo en un estado de ánimo de frustración generalizado, hecho que ha generado las condiciones necesarias para crear un clima favorable a lo que se ha dado en llamar Posmodemismo. Uno de los fundamentos esenciales de la crisis moderna es que su lógica cientista ha conducido a una conciencia científica que se ha mostrado incapaz de darle sentido a la totalidad humana. Así, la sensación que se tiene hoy sobre la Modernidad no puede ser más contraria al estado espiritual que marcó su signo en el siglo pasado, es decir, cuando la humanidad estuvo tan entregada a la idea de que el mundo marchaba en un progreso ascendente y continuo. Sin embargo, en los elementos mismos que aseguraban tal optimismo se empiezan a incubar las bases de los males que iban a envenenar el advenimiento del siglo XX. Occidente había logrado organizar un nuevo modo de civilización, pero también había empezado a generar los males que hoy nos tienen en una situación confusa, condición muy a propósito para dar credibilidad al nuevo discurso posmoderno. Nos encontramos así ante un gran debate que gira en torno a si estamos situados aún en la Modernidad o si ya hemos advenido a la Posmodernidad. No podría ser de otro modo, en la medida que las directrices de la Modernidad se han ido debilitando progresivamente, condición más que suficiente para que se empiece a hablar recurrentemente de un discurso posmoderno.
Ahora bien, desde el punto de vista del campo de las ideas, el pensamiento posmoderno no ha provenido de grandes teóricos como los propulsores de las ideas de la Modernidad. Las obras hasta aquí conocidas que se ocupan del pensamiento de la Modernidad tra tan de definirla, diferenciarla, profundizarla e interpretarla, pero no corresponden en absoluto a lo que podría reconocerse como sus teóricos fundacionalistas. Si bien el posmodemismo no obedece a ninguna escuela forma tiva, algunos han tratado de vincularla con las ideas ya sea de Nietzsche, de Heideggcr o de Wittgeinstein. Tampoco se escapan los existencialistas y, aún, los románticos. Más recientemente se la ha asociado a las ideas de Lyotard. Pero, en verdad, sus ideas no dejarán de recibir influencias desde los más distintos campos del pensamiento.
Entonces, los posmodernos no andan en pos de la trascendencia espiritual o la búsqueda de algún reino, sino que deambulan por las superficies sin ningún interés por encontrar orígenes que permitan identificarlos con tal o cual tronco. Sus ideas parecen carecer de hilos conductores que las armonicen dentro de un contexto coherente. Corresponden, en esencia, a ideas erráticas que saltan desde los más diversos frentes. Podríamos concluir que son ideas que corresponden a meros estados de diagnóstico de las condiciones críticas en que se encuentran algunos de los elementos del pensamiento moderno. Consideradas aisladamente, no nos resultará difícil deducir cierto caos en la forma que estas ideas se estructuran, si es que podemos atribuirle alguna estructura.
La visión anterior nos hace observar que las ideas posmodemas tienen una pobreza tanto humanística como espiritual del todo asombrosa. Se hacen valer y coexistir los antagonismos más contrapuestos, sin ningún pudor por la no observancia de un mínimo de principios, ni aún dentro del campo de la ética. El dcscompromiso se hace total en la medida que se tiene la creencia de que nos encontramos en un mundo hecho y relativamente estabilizado, de suerte que tal descompromiso se encuentra incapaz de emprender cualquier acto creativo ni siquiera para conservar los valores y estados de situación presentes. Lo anterior, por cuanto lo posmodemo se centra en el presente, en un presente que se reproduce a sí mismo y en el que lo nuevo es sólo lo mismo. Por tanto, ya no cabe hablar de historia en la medida que se trata de un proceso que desemboca en un presente que no deja paso al futuro, que lo futuro es algo a lo que aún no se llega. Es, pues, propio de lo posmoderno la exaltación del presente y negación del futuro.
A su vez, es de observar que, a la luz de la discusión pública que empezó a despertar el tema posmoderno en los círculos del mundo intelectual, con la aparición, en el año 1979, del libro de Jean-Fran-coise Lyotard, La condición posmoderna, esta discusión poco a poco se ha ido desintelectualizando dejando de ser una discusión sólo de especialistas para transformarse en una verdadera moda cultural. Muchas veces, cuando se habla de ella, aparece como una comedia de equivocaciones en la que lo más notable es que se habla demasiado de algo que no se define ni se conoce muy bien, y sobre lo cual suele saberse poco. Es por ello que ninguno de los pensadores realmente serios que utilizan en sus reflexiones y documentos el término Pos-modemidad lo hace para referirse a una época distinta o alternativa de la Modernidad, sino más bien a una nueva etapa que se establece en continuidad radical con la misma. Podríamos deducir que el acento y la resonancia que se pone en lo posmoderno, como condición de una nueva etapa fuera y distinta de la Modernidad, los encontramos fundamentalmente en los medios de comunicación y en ciertos políticos que, las más de las veces con exagerada grandilocuencia, anuncian ya sea el fin de la historia, el fin de las ideologías, el fin de las utopías, el fin de la razón, etc. Tales prácticas comunicacionales y políticas quizás tengan su explicación en esa tendencia a lo sensacional, más aún cuando nos aproximamos al fin del segundo milenio, hecho que invita a jugar tanto a la imaginación como a lo apocalíptico. No sin razón Noam Chomsky, consultado sobre la Posmodernidad, apuntó:
«Creo que es parte de la manera en que la comunidad intelectual realiza su trabajo de marginar y confundir a la gente. No quiero decir que no tenga ningún sentido, pero diría que algo como el 90 por ciento es un engaño total. Y esto es muy útil. Mantiene los puestos de trabajo de los intelectuales, etc.»
En una mayor aproximación, podemos pensar que la Posmodernidad viene a representar el lado patológico de la Modernidad, esto es, una reafirmación de sus negatividades. En todo caso, a partir del posmodernismo podemos inferir un movimiento de fuga del mundo real ante la catastrófica situación producida por la sociedad postindustrial que trajo consigo una violenta alteridad en nuestros modos de vida. Esta fuga implica una fuga de todas aquellas corrientes que, cada una a su manera, creen poder resolver o afrontar la miseria y la infelicidad del hombre sobre esta tierra mediante la búsqueda de sí mismo. No en vano la Posmodernidad surge a partir del agotamiento de la razón instrumental aplicada a la lógica lineal de la producción de bienes materiales y de la satisfacción de necesidades ligadas a la exterioridad humana. En resumen, terminamos por reconocer una gran mutación cultural y alteridad de nuestros modos de vida en sus distintas esferas. Ello explica el que estemos involucrados cada vez más en un nuevo discurso que se define como posmoderno. En lo central, este discurso revela una crisis histórica de lo que constituían nuestras certidumbres, de lo cual se infiere la necesidad de una nueva autointerrogación respecto de la validez de las bases paradigmáticas que nos supo entregar la Modernidad en los últimos cuatro siglos. Así y todo, la controversia se encuentra abierta/ en tanto los que critican a los posmodemos atribuyen a éstos la utilización de lo que sólo representa un snob o una moda, una frivolidad y una no menor inconsistencia; los posmodernos, en cambio, tratan de convencernos de que su discurso corresponde a una reflexión rigurosa y seria do lo que serían los principales problemas contemporáneos culturales que trascienden los ámbitos puramente intelectuales para permear la sensibilidad del hombre.

UN PENSAMIENTO EMERGENTE

Si partimos del hecho que el posmodemismo es lo que sucede al modernismo, no estaríamos diciendo nada que aporte a la dilucidación del problema si no entráramos a explicar las pretcnsiones posmo-dernas de configurar una nueva sociedad y una nueva época histórica distinta a la Modernidad.
En este sentido, frentea aquellos que afirman que nuestra sociedad actual es una sociedad posmoderna, tendríamos que oponernos en el sentido de que sería más propio referimos a un pensamiento pos-modernista antes que a una sociedad posmoderna. Lo anterior, por cuanto no necesariamente existe una correspondencia inmediata entre los nuevos pensamientos y una nueva sociedad que los equivalga. Así, por ejemplo, el pensamiento aristotélico o socrático no necesariamente configuraron, en su tiempo, nuevas sociedades diferentes a la sociedad esclavista, sino que constituyeron corrientes de pensamiento que se originaron y desarrollaron al interior de la misma sociedad esclavista. Las nuevas sociedades, entonces, se podrán configurar como tales cuando tengan correspondencia con un nuevo pensamiento emergente, pero éste nuevo pensamiento deberá mostrarse consolidado de manera tal que permita sin equívocos atribuirle una categoría determinista, vale decir, que haya relación de correspondencia entre los fundamentos que la teorizan y la práctica social misma que tenga lugar en ella. De otra parte, esta correspondencia de relación, para que sea efectiva, debe coincidir necesariamente con el momento mismo en que las bases de la sociedad precedente se hayan derrumbado totalmente. Casos típicos los tenemos en la sociedad antigua y su contraparte feudal, o ésta con su contraparte, la sociedad moderna. A esto, los posmodernistas podrán argumentar que muchos de los fundamentos que sustentan las bases mismas que dieron origen a la sociedad moderna ya no responden a los requerimientos y fines propuestos, lo cual es un hecho cierto, pero eso no quita el mérito de que otros fundamentos esenciales del principio de la Modernidad aún siguen subsistiendo. En suma, corrientes de pensamiento pueden haber por montones, pero las sociedades consolidadas como tales son más escasas y no tiene por qué haber correspondencia recíproca entre uno y otro referente. Distinto es que en la sociedad capitalista, como expresión de sistema, y en el pensamiento moderno que la catcgoriza y consolida en sus fundamentales fines, emerjan algunos elementos pragmatistas, hedonistas, nihilistas o existencialistas. Al decir, por ejemplo, que la sociedad capitalista o el pensamiento moderno son pragmáticos, primero estamos reafirmando la existencia misma de la sociedad capitalista y del mismo pensamiento moderno, sólo que ahora le estamos introduciendo nuevos elementos que no necesariamente tienen que implicar un desplazamiento. En resumen, sería mas propio hacer referencia al surgimiento de un «pensamiento emergente» antes que afirmar que nos encontramos viviendo en una sociedad posmodema o que nos cncon tramos en medio de un nuevo tiempo histórico distinto a la Modernidad. En definitiva, entre este navegar por aguas que se mueven inciertas, se puede concluir que los grandes cambios sucedidos en la sociedad moderna aún no configuran necesariamente una nueva sociedad llamada posmodema. El adelantar este juicio como un hecho ya cierto responde, fundamentalmente, másbien a una nueva ideología o a una nueva moda que en su esencia sólo permiten hacer expresión de cambios sucedidos dentro de la misma sociedad moderna. Sin embargo, el que neguemos la existencia de una nueva sociedad posmodema, no niega el hecho mismo de la emergencia del fenómeno posmoderno, pero dentro de una connotación que adquirirá otras categorías.
Si partimos reconociendo el hecho de que nos encontramos ante un nuevo pensamiento emergente, debemos tener presente que lo nuevo constituirá siempre un elemento indicativo de reemplazo de algo anterior, en tanto que lo emergente, a la vez que novedad, también significará ciertos grados de desconocimiento. Así, la emergencia de fenómenos que anteriormente no estaban presentes en la sociedad y el desconocimiento, producto de un proceso que aún no acaba de cristalizarse ni consolidarse, es lo que en definitiva nos coloca en un estado de incertidumbre ante este nuevo pensamiento que aún no logramos saber bien lo que es. Entonces, en la medida que esta novedad aún no se ha consolidado en algo coherente, es natural que aún se encuentre en un proceso que esté abriendo cauce en pro de la búsqueda de lincamientos que permitan configurarla y consolidarla respectivamente. En este contexto, si bien la ausencia de paradigmas sociales es un referente bastante sólido para explicar la seriedad de la actual crisis del pensamiento moderno, no es menos cierto que la excesiva pluralidad de las disgrcgacionesactuales impiden organizar los nuevos fenómenos emergentes en un todo que sea coherente.
Considerado el posmodemismo como un pensamiento emergente, se nos dificulta abordarlo, toda vez que lo nuevo, lo emergente, siempre va a ser comprendido de manera distinta y va a determinarse bajo apreciaciones diversas. Ello no impide, ciertamente, concluir algunas nociones que se asoman como las más vitales. En tal contexto, podríamos considerar a la Posmodemidad como la época del descreimiento, del descompromiso y del desinterés, tanto por su relativismo casi total como por su falta de horizonte utópico que no le permite saber sobre seguro en qué puerto desembarcar. Algo así como un periodo de naufragio en que todos los grandes temas se encuentran a la deriva, descentralizados desde su punto de origen proveniente de la Modernidad. Mirada desde este punto de vista, la Posmodemidad vendría a ser algo así como el tiempo del dcsen-cuentro en el que mientras no existe el antes ni el después, el tiempo presente es sólo un pasar; o más bien, un paréntesis histórico, una especie de entretiempo de nuestra actual historia, una historia que se encuentra revelada por los signos cada vez más débiles de la Modernidad. En otra perspectiva, sería posible apuntar que lo posmo-dcrno podría estar definiendo un tiempo de evasión e indiferencia en donde la evasión, por una parte, se presenta como un estado de justificación para seguir alienándonos en un mundo que se supone de bienestar, confort y comodidad egoísta y, por otra, la indiferencia, como aquel estado que deja que otros respondan a las expectativas por un mundo nuevo, de tal manera que éste se haga sin el concurso de nosotros. Ahora bien, si la sociedad moderna determina para el conglomerado humano fines y metas específicos que encuentran su base en el racionalismo y el progreso, ¿cuáles serían los fines y metas de esta supuesta nueva sociedad que se postula como posmodcrna? Señalar que la irracionalidad se encuentra desplazando a la racionalidad o que se ha producido una ruptura entre la sociedad y el sujeto y que el hombre se encuentra falto de referencias, se traducen en que no pueden constituir en sí fines y metas que pudieran proponerse para el futuro de la condición humana. A no dudarlo, estos elementos corresponden solamente a un mero diagnóstico de la actual realidad.
En esta condición de pensamiento emergente, parecería que algunas mentes notables de la centuria pasada y de la primera mitad del presente siglo percibieron lo que ocurriría hoy o lo que está por ocurrir mañana; en cambio, nosotros, a quiénes les está afectando directamente, preferimos permanecer ciegos a fin de no perturbar nuestra diaria rutina. Parecemos no damos cuenta que el año 2000 puede no ser la culminación rotunda y feliz de un periodo moderno en que el hombre luchó por la libertad y la felicidad más plena, sino el principio de una era en la que el hombre se transforme en una mera máquina sin sentimientos y, lo que es peor, sin ideas en que sustentarse. Si, en lo que ha corrido del tiempo moderno, nuestras sociedades se han podido mantener en pie en la misma escasa medida en que lo hace el individuo, de seguro las cosas podrían no ser tan ominosas como lo son si nos decidiéramos a usar finalmente en forma racional nuestro pensamiento. Mas pareciera ser que se están dando los supuestos para dirigirnos en la dirección de un nuevo tipo de sociedad que ya se ha dado por llamar posmodema así como un nuevo género de vida humana, de los cuales únicamente conocemos el comienzo, pero que avanzan con celeridad sin que sepamos a qué destino nos conducirán.

SUS ELEMENTOS CONSTITUTIVOS

Hasta aquí, hemos logrado caracterizar al posmodemismo dentro del campo de las ideas como un pensamiento emergente. Pero, mas allá del campo de las ideas, el posmodemismo se nutre también de las mutaciones que se aprecian en la realidad social de nuestra sociedad contemporánea, determinando actitudes y comportamientos humanos nuevos que antes no se conocían. En este contexto es de señalar que las distintas épocas históricas nos permiten distinguir en cada una de ellas ciertos paradigmas de base que le sirven de sustento y fundamentación. A partir de esta distinción, descubrir el paradigma base de la Posmodcrnidad será tarea compleja, por no decir imposible, en la medida que ósta pretende no responder a principios e ideas con validez universal, ni menos, responder a algún proyecto. Es en el contexto de esta realidad que llegamos a descubrir que los elementos constitutivos de la Pos-modemidad no encuentran una Idealización única y exclusiva porque se nutre de innumerables y variados elementos que fluyen de la realidad social cotidiana. Distintos momentos contribuyen, a partir de transformaciones generadas en dominios diversos, a crear las condiciones que permiten vislumbrar una mutación fundamental de los parámetros esenciales en que se desenvuelve nuestra actual cultura. Lo que quedará planteado, de aquí en adelante, será el poder tener la capacidad de reconocer cómo cambios aparentemente muy diferentes y en dominios muy distintos comienzan a encontrar posibilidades de convergencia y articulación para definir esta nueva realidad posmoderna.
Esta búsqueda se verá determinada por lo que nos puedan ofrecer las actuales contingencias de la cultura moderna. En este sentido, el prefijo «pos» no será elemento suficiente para reflejar la relación entre lo moderno y lo posmoderno. Nos sugiere, eso sí, que la segunda realidad, la posmoderna, no puede prescindir de la primera, sea para continuarla, negarla o radicalizarla y, es en este punto que reviste importancia, como base epistemológica, el que hayamos ya examinado los fundamentos constitutivos de la Modernidad y su actual estado de crisis.

La nueva realidad posmoderna

El posmodernismo no ha dejado de tomar en cuenta las condiciones actuales de existencia que, por no haberse sucedido ni dado en la Modernidad, podemos considerar «posmodernas». Es en este cuadro que lo posmoderno no deja de tener presente la amenaza real de una catástrofe ecológica y, tambión, una no dcscartablc tragedia genética, sin perjuicio de la misma amenaza nuclear, la cual se puede dar incluso de manera accidental -en la que el caso de Chernobyl es sólo un ejemplo.
No faltan elementos catastrofistas que se ciernen como amenazas reales sobre todos nosotros, lo que nos lleva a concluir que la Modernidad ha progresado tanto que ya no puede controlar sus innumerables flujos, convirtiéndose así en una potencial posibilidad autodestructiva de sí misma. Ya no se trata del problema social, de la búsqueda de la emancipación o de alcanzar la meta del progreso que marcó las preocupaciones, aspiracionesy antagonismos de la sociedad moderna. Se trata ahora de múltiples problemas tanto o más graves que éstos. Empiezan a preocupar los problemas ecológicos, las nuevas enfermedades sociales letales, la generalización de los problemas psi-cosociales, los problemas de la drogadicción, los de la vida hostil en las grandes ciudades y, en fin, un sinnúmero de otros tantos problemas existenciales.
Al surgir problemas nuevos de la envergadura y globalidad de los que se han apuntado, resulta obvio inferir que de allí resultan nuevas condiciones de todo tipo, las que hemos denominado condiciones posmodemas. Pero, estas nuevas condiciones son múltiples y van a darse en los planos más variados, logrando crear una nueva cultura tanto en la esfera de lo político-ideológico, como en lo estético, geopolítico, económico, social, religioso, etc. Estas nuevas condiciones van a confluir en una sola dirección, esto es, un nuevo estilo de vida para cada uno de aquellos que vivimos en este planeta.
Al asumir una nueva realidad, el pensamiento posmodemo echa por tierra realidades anteriores y, por tanto, pasa a estimular la negación de las mismas, entre otras, la historia, el sujeto, el progreso, etc. La historia posmoderna, entonces, ya no trata de la historia sin sujeto, ni tampoco de la falta de sentido de la historia, sino de que ya no hay historia y, si es que la ha habido, ha llegado a su fin, o bien, de que estamos en la poshistoria. Así, tanto el iluminismo en tanto que proyecto de educación de la humanidad como la Revolución francesa, que pretendía la ciudadanía y los derechos realizados en cada uno de los hombres, se han ido al basurero de la historia. No se piensa menos del proyecto capitalista que pretendía generar abundancia «para todos», del proyecto socialista, que pretendía la redención de todas las alienaciones. Igual suerte corren el proyecto judeocristiano, que pretendió traernos un evangelio de total rescate del ser humano, etc. Todos estos proyectos, por nombrar los más importantes -según los posmodernos- sólo condujeron a guerras con millones de muertos. Por un lado, las religiones salvacionistas terminan en el fundamen-talismo y las guerras religiosas y, por otro, el cristianismo niega el cuerpo al demonizar el placer, rompiendo con ello los principios propios de la naturaleza. El posmodernismo nos aconseja descreer de todas estas utopías toda vez que sólo el individuo y su subjetividad son los que fundan los verdaderos valores. Por tanto, se postula que la justicia para todos, las luchas de liberación para los oprimidos, la constitución de sociedades emocráticas y participativas representan ilusiones totalitarias modernas.

E/ saber posmoderno

Jean Francois Lyotard se compromete, en «La condición posmo-derna», a un riguroso examen para caracterizar la actual condición del saber en las sociedades altamente desarrolladas de nuestra ópoca. En esencia, estas nuevas condiciones del saber designan el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado alas reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes. Respecto al problema del saber, la sociedad postindustrial y su paralelo, la cultura posmoderna, plantean que el gran relato ha perdido su credibilidad sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado, esto es, relato especulativo, historicista o de emancipación. En tal línea, se tiene por posmodcma la incredulidad respecto a los metarrelatos y, por tal, la función narrativa pierde su sentido deviniendo una crisis en toda la filosofía metafísica y en la misma institución universitaria que dependía de ella. La decadencia por los relatos encuentra su causa en el auge de técnicas y tecnologías desarrolladas en la segunda mitad de nuestro siglo, poniendo el acento más en los medios de acción que en sus fines. También el posmodcr-nismo se contrapone a la idea del progreso como un flujo constante y continuo de la historia que va siempre en ascenso. Se sostiene que la marcha de la historia es discontinua, asincrónica, desrcgulada en etapas que marcan traspiés y contratiempos; incluso se postula que hasta el azar es hijo de la historia y como tal esta última va y viene siguiendo los vaivenes de un destino que es fundamentalmente incierto. En este cambio de ritmo y de modalidad de las nuevas condiciones del saber va a jugar un papel fundamental el hecho que, si bien la cultura de la Modernidad estuvo representada por la cultura escrita, la cultura posmoderna va a estarlo por una cultura de la imagen.
El nuevo estatuto del saber posmoderno modificará el giro del principio según el cual la adquisición del saber se hacía indisociable de la formación del espíritu e, incluso, de la naturaleza de la misma persona, en tanto tal principio cae y caerá todavía más en desuso. Si consideramos la relación de proveedores y usuarios del conocimiento, tal relación tiende y tenderá cada vez más a revestir la forma de productores y consumidores de mercancías en donde el saber dejará su condición de valor de uso para transformarse por entero en un valor de cambio. En definitiva, el saber entrará a jugar con todas sus reglas dentro de la escala de valores de una simple mercancía.

El saber posmoderno

El estatuto del saber, en su variable investiga ti va, dejará de ser un desafío para el avance del espíritu humano y para los fines del progreso de la humanidad, toda vez que su importancia se centrará en los fines de acumular poder dentro de un orden que lo hace todo competitivo y mercantil. Así, los royalties, las patentes en sus más diversas categorías que condicionan la titularidad del saber, se constituirán en las presas más preciadas para asentar la categoría del poder, en su variable de relación económico-mundial, ahora glo-balizado. El saber, entonces, en vez de ser difundido en virtud de su valor formativo, será puesto en circulación según las mismas redes de la moneda, es decir, que el saber pierde su sentido tradicional valora-tívo para entrar a fetichizarse al igual que la moneda. En otra variable, el saber posmoderno, tomado como conocimiento, deberá de adaptarse a la codificación y lenguajes de las nuevas máquinas. Así, aquel conocimiento que no pueda ser adaptado a esta última condicionante será desechado de plano y no podrá entrar dentro de la red de distribución del conocimiento. Al fin de cuentas, la transmisión de los conocimientos tendrá que sujetarse a las reglas del juego que impongan las nuevas máquinas cada vez más miniaturizadas, esto es, a las formas y capacidad de almacenaje de información que éstas puedan soportar dentro de un sistema de operatividad cuyas modalidades van cambiando de acuerdo a una infinidad de programas y operaciones que van siendo siempre cambiantes, en la medida que una tecnología vaya superando a la otra. En buen sentido, el saber cambia de estatuto en la medida que desplaza el conocimiento humanístico, y aún el propio científico, en su nueva modalidad de lenguaje ahora informatizado y codificado mediante nuevos signos. Sobre esto último, Lyotard señala que las ciencias y las técnicas llamadas de punta se apoyan fundamentalmente en el uso de un nuevo lenguaje. Este nuevo lenguaje se expresa en los problemas de la comunicación y la cibernética, las álgebras modernas y la informática, los ordenadores y sus lenguajes, los problemas de traducción de los lenguajes, los problemas de la memorización y los bancos de datos, la telemática y la puesta a punto de terminales inteligentes, etc. De toda esta nueva concepción y forma de entregar los conocimientos, es razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos, y todo nuestro saber tendrá que visualizarse desde una nueva perspectiva que rompe los esquemas de la cultura del saber que había caracterizado al tiempo moderno. Pero, en su parte más esencial, lo posmodemo sustituye la normatividad tradicional de las leyes por la performance de los procedimientos (rendimiento, maximización en la relación entre insumo y producto). En este caso, la ciencia aparece avalada por su propia eficacia y pierde valor en cuanto se pretenda ligarla en su efectividad a cualquier principio metanarrativo. En este contexto, la sociedad postindustrial aparece como la posibilidad tecnológica de maximizar la racionalidad instrumental moderna. Se refuerza, entonces, la lógica económica y política propia de la Modernidad, ma-ximizando, en el primer caso, las posibilidades del beneficio económico y, en el segundo, todas las condicionantes que entran a jugar su papel en beneficio del poder político. No obstante, la performance no sólo opera en el campo económico y político, sino que se extiende a todos los campos de la vida social. No sólo el rendimiento empresarial o el rendimiento de una política de poder global entran en la lógica de la performance, sino que ésta se extiende también tanto en el arte como en la ciencia social, en la fábrica, en la cultura y hasta en el mismo hogar. La performance tiende a hacer valer la ciencia y el conocimiento no por sus principios, sino por su eficacia para fortalecer la realidad.

El arte posmoderno

Siendo el posmodemismo una nueva condición estilística, his-toriográfica, político-ideológica, cultural, etc., sin duda es en las artes en donde mejor se manifiesta la condición posmoderna.
En su libro «Posmodernismo», Fredric Jameson postula que el único modo de abarcar y registrar la diferencia genuina del posmodernismo es mostrarlo a la luz del concepto de norma hegcmónica o de lógica cultural dominante. Cierto es que aún se está muy lejos de pensar que toda la producción cultural de nuestros días sea pos-modema en el amplio sentido que encierra el término. Si bien el posmodemismo no alcanza a llenar todos los requisitos para transformarse en una pauta cultural dominante, vemos un avance en su penetración en la medida que asistimos a la contemplación de un arte nuevo en donde el fenómeno de la heterogeneidad y mezclas de estilos privilegian formas y sentidos de expresión antes que el de la belleza en sí misma.
La mayoría de los críticos de arte han coincidido en una especie de rechazo respecto de las manifestaciones del arte con pretcnsiones posmodernas, por cuanto le atribuyen rasgos constitutivos muy superficiales al no traspasar más allá las barreras de la imagen o el simulacro que las convierten en manifestaciones predominantemente historicistas y espaciales. Cual más cual menos, las distintas artes posmodernas presentan un subsuelo emocional totalmente nuevo en la medida que las profundas relaciones constitutivas en que éstas se desenvuelven no pueden desprenderse de una nueva tecnología que en sí misma representa un sistema económico mundial completamente original.

Así, la estética posmodema arranca de aquella realidad que nos dice que toda producción actual se ha integrado dentro del sistema de producción de mercancías en general. Por tanto, la necesidad económica de producir constantemente géneros de apariencia cada vez más novedosa (desde la moda en la ropa a la forma cada vez más sofisticada de los aviones), con volúmenes de negocios que vayan en aumento, asigna al arte en general una posición y una función estructural cada vez más proclive a la innovación y a la experimentación estética. El reconocimiento de la ligazón económica se manifiesta en el apoyo institucional de todo tipo puesto a disposición del arte más nuevo; desde las fundaciones y subvenciones hasta los museos y otras formas de mecenazgo. De todas las artes, la arquitectura es la que seencuentra más ligada a la actividad económica, ya que a través de las concesiones municipales y estatales así como los valores inmobiliarios, mantiene una relación con ella muy estrecha. No es de extrañar, pues, el florecimiento de una prolífica arquitectura al calor de las concepciones posmodernas, precisamente por encontrarse sustentada en el patronazgo de las multinacionales.
Ahora bien, si el arte moderno también fue siempre en busca de la innovación, la diferencia se expresa en que el arte moderno nunca dejó de lado su expresión estética y sensible en sí misma, en cambio, el arte posmodemo privilegia lo funcional sin poder sustraerse, además, a las necesidades de la lógica cultural del capitalismo que ha mercantilizado las nuevas producciones estéticas. Ciertamente, no se trata de que los productos culturales estéticos posmodemos se encuentren desprovistos totalmente de sentimientos, lo que no quita el hecho de que ahora esos sentimientos se conviertan en impersonales, esto es, flotan libremente, tendiendo a organizarse en una peculiar euforia. De otra parte, si la cultura moderna se señaló fundamentalmente por una cultura de la escritura, la cultura posmo-derna pasa a ser ahora una cultura de la imagen. En tal contexto, la televisión se ha transformado en el índice de la cultura globalizada posmodema. No en vano los posmodernos parten de la idea que la televisión, el marketing de masas y las nuevas tecnologías de la comunicación han logrado democratizar la cultura haciéndola acceder a todos los estratos, no reservándola a una élite como la cultura escrita. El lenguaje del arte posmoderno se encuentra dominado por categorías espaciales antes que temporales, y es en este punto en donde se evidencia un fuerte desplazamiento respecto de los elementos que caracterizaban las categorías del arte moderno. Esta categoría espacial ha entrado muy fuertemente en el cine, literatura y arquitectura. En el cine, por ejemplo, ya no se trata de un relato que transcurra dentro de una temporalidad específica, sino de un relato que transcurre dentro de un espacio o, tanto mejor, en varios planos que representan una sucesión de eventos (Tan lejos y tan cerca, Delicatessen, etc.).

En la Modernidad, el arte de vanguardia siempre se concebía con el propósito de alterar la realidad cotidiana (el sujeto sobre el objeto) para tener el privilegio de crear al lado de las cosas reales, existentes en el mundo, otra realidad que fuera obra de la pura fantasía, de lo novedoso, todo ello como elementos alentados y muy preciados por la Modernidad. Desde esta vertiente moderna, el arte posmoderno emerge con una nueva concepción, no propiamente fantasiosa sino histórica, clásica y monumental, o sea, privilegiando siempre mezclar la historicidad con la realidad. De ahí que el arte posmoderno se defina estéticamente mostrando un pluralismo histórico, es decir, algo que al verlo ponga en contacto el espíritu del observador con las diversas realidades que ha construido el hombre a través de todos los tiempos. Prototipo clásico de este arte posmoderno lo encontramos en la arquitectura, en donde se privilegia la estética a lo funcional, precisamente para dar cabida a los elementos de las escuelas históricas de la arquitectura. El historicismo, entonces, en la medida cultural de la arquitectura, es considerado como la rapiña aleatoria de todos los estilos del pasado, dejando que la condición estilística se convierta sólo en un juego de azar.
Muchos han creído ver en este tipo de arte un mal gusto, un teísmo, un gusto kistch. En todo caso, este arte posmodcmo no es sino la reafirmación de todo rompimiento con lo único o con lo dual para dar paso a la pluralidad, a la diversidad. Curiosamente, en el llamado arte posmoderno adviene también, igual que en la filosofía, el espíritu del retomo nietzscheano, en la medida que lo nuevo viene a reencontrarse con formas del pasado en una mutua recreación, ahora en la esfera de lo estético. Podría decirse que las formas vanguardistas, si bien implicaron un cambio de formas estilísticas buscando también casi con atrevimiento lo historicista, nunca pudieron desprenderse del todo de los elementos estéticos que habían configurado a todo el arte precedente. En el arte posmodernista, en cambio, se abandona sin pudor lo estético para privilegiar el historicismo, lo funcional y, en definitiva, para privilegiar también la lógica del mercado y las condicionantes económicas que la envuelven.

Elementos sociológicos, políticos e ideológicos

La Posmodernidad presenta ambiciosas generalizaciones sociológicas, políticas e ideológicas. El mismo Jameson señala que el posmodernismo, en el ámbito de la cultura, ya se trate de apología o estigmatizaciones, es también, y al mismo tiempo, necesariamente una toma de postura implícita o explícitamente política e ideológica sobre la naturaleza del capitalismo multinacional actual.
Sobre este tema, Leonardo Boff advierte que no nos podemos llamar a engaño, por cuanto la Posmodemidad es el último y más refinado travestismo del capitalismo y de su ideología consumista para vestirse con nueva ropa dentro de una sociedad que se encuentra muy cambiante. Según el mismo Boff, la Posmodemidad ha fabricado un pastel ideológico compuesto de los más diversos condimentos para agradar los más diversos paladares, en un momento en que hasta los gustos se muestran cambiantes.
Así, de uno u otro modo, el posmodernismo no ha podido ocultar el carácter ideologizador de su discurso cuando, de hecho, ha prestado su concurso a la ofensiva político-cultural de la economía de mercado neoliberalista. Si bien el modernismo ha tenido la suficiente astucia para exaltar al capitalismo encubriendo y enmascarando sus contradicciones que asoman como las más vitales, el pos-modemismo no le ha ido en menos. Su aporte ideológico se traduce en los más diversos frentes y adquiere también múltiples formas. Para una y otra modalidad recurre a la utilización de una diversidad de eufemismos destinados a consolidar aún más la política de mercado neoliberalista.
En esta línea, cuando exalta la diversidad está reafirmando el papel del mercado atribuyéndole una categoría determinista como regulador de la vida social no sujeta a ninguna coerción. Y como no debe haber coerción para el mercado, deben de debilitarse las políticas intervencionistas o reguladoras del Estado. Así también, cuando critica las ideologías, éstas se entienden como aquéllas que se desprenden del marxismo o de las proyectadas por socialistas o fuerzas colectivas progresistas; en otras palabras, la negación de las posibilidades utópicas se vuelcan sobre posibilidades igualitarias y distributivas. De otra parte, no habiendo proyectos emancipadores para la humanidad se aceptan las disparidades en el consumo, las políticas de derroche, el desinterés del Estado por lo social, la explotación de los trabajadores, la alienación y enajenación en el trabajo, etc. En suma, los neoliberalistas miran con muy buenos ojos la retórica pos-modernista en la medida que de allí se concluye un lenguaje sublimi-nal orientado a apuntalar sus políticas filisteístas. La defensa de un statu quo en donde impera la liberalidad extrema para las prácticas mercantiles y para las políticas neoliberales, sólo puede entenderse como un refinado juego discursivo en pro de una hegemonía cultural que ponga el acento preferentemente en estos aspectos.
Ahora bien, vista la Posmodemidad desde su perspectiva más fundamental, habría que preguntarse quiénes son los sujetos del discurso posmodernista. Ya Lyotard hace la diferencia en «La condición posmoderna», toda vez que esta nueva condición la refiere sólo para los países altamente desarrollados, o sea, Europa occidental, Japón, EE.UU., y otros pocos. ¿Y el resto de los países? Si estos últimos no son tributarios del posmodemismo, ¿por qué ese afán de tratar de estatuir un nuevo tiempo histórico tomando como referencia sólo una nueva realidad que se posiciona sólo en un par de decenas de países del mundo? ¿Acaso tal pretensión no es un claro intento de imposición de un nuevo ideologismo imperialista? Dentro de este mismo contexto, a no dudarlo, en nuestra sociedad latina, en la cual falta mucho para insertar en la vivencia cotidiana los logros de la Modernidad en sus variables de igualdad, derechos humanos, justicia y reparto equitativo del fruto del trabajo social, la discusión acerca de la Posmodemidad parece carecer de todo sentido con su «post» sin contenido, esto es, el después de una Modernidad que sólo ha existido en fragmentos. En una línea más fina, y siempre desde el punto de vista de la búsqueda del sujeto posmodernista, si consideramos los nuevos «valores» (¿o antivalores?) posmodernos tales como, permisividad, hedonismo, pluralidad, falta de compromiso, tolerancia, etc., cabría preguntarse ¿a quiénes favorecen tales valores? Nuevamente no debemos llamarnos a engaño en la medida que nos inclinemos a reconocer que los sujetos que representan a la Posmodemidad son los hijos de la Modernidad burguesa, de la sociedad capitalista-industrial de consumo.
En otro ámbito, y desde el punto de vista sociológico, resulta claro que el que se aventura a adelantar juicios racionalistas en nuestros días, corre el riesgo de ser acusado de aguafiestas, sobre todo cuando existe una realidad a la que la gente recurre y en la que se sirve de nutridos menús que le permiten pertenecer a alguna secta, vivir preocupadas de las fuerzas energéticas o colgadas y expectante de las orientaciones que le entregan los horóscopos. Síntomas de esta fiebre de creencias los encontramos por montones hasta el punto que cualquier librería que no venda libros de esoterismo corre el peligro de no poder seguir subsistiendo en el rubro de su negocio. Parece ser que la realidad cotidiana posmodcrna es demasiado fastidiosa para que los hombres no se aventuren a buscar con ansia su propio refugio recurriendo a las cosas mágicas y fantasiosas. Desde otra perspectiva, ya no parece posible entrar a postular la existencia de una sociedad integrada que esté por encima de los individuos, ni menos, estructurada y con el funcionalismo que desde siempre le han delineado los cientistas clásicos modernos. La visión del cumplimiento de un ciclo, en donde una sociedad produce y moldea a los individuos al compás de los patrones que derivan de un estructuralismo y funcionalismo, aparece hoy agotada. Lo anterior, por cuanto la sociedad actual responde a una imagen más bien desarticulada, fragmentada, con individuos errantes y lazos sociales extremadamente frágiles. En esencia, estamos en un tiempo en que nos encontramos más solos que nunca habiendo anulado y aniquilado nuestros espacios de encuentro para convertir a nuestro semejante en un potencial enemigo, transformado ahora en un voraz competidor de cualquier cosa, de algo.

Pero, no nos equivoquemos, cualesquiera sean las variables y efectos culturales que lleguen a nuestros países vía la Posmodcmi-dad, lo cierto es que la nueva realidad posmoderna repetirá el ciclo histórico de un nuevo intento de colonización cultural para todos los pueblos tercermundistas. No en vano, en todos los lugares del mundo surgen seminarios y estudios de reflexión que con las tesis y conceptos de la Posmodemidad revisten a todas las ciencias del saber natural y humanístico con un nuevo ropaje para insertarlo en el discurso periodístico, político y social cotidiano. En su pretensión universalista queda al descubierto la intención de imposición de un nuevo estatuto colonizador para nuestro continente latinoamericano. Se trata de un nuevo colonialismo cultural que, aparentemente escondido en la realidad de la pluralidad posmodoma, no significa otra cosa que un universalismo de procedencia europeo-norteamericana que, actuando en forma muy sutil, no es sino el reflejo del signo de decadencia de las sociedades más desarrolladas. Porque, a decir verdad, las sociedades altamente desarrolladas ahitas de bienestar no han podido ser felices por ese vacío inmenso que deja el vivir una vida de placeres efímeros que no conlleva consistencia alguna. La Posmodemidad, por tanto, refleja un estado de acongojamiento que en nada tiene que ver con la pobreza, la mortalidad infantil y la mar-ginalidad de nuestros pueblos latinoamericanos. La Posmodemidad viene a ser el reflejo de una cultura que muestra los estados cxisten-ciales de una sociedad satisfecha de abundancia que, habiendo llegado a sus límites, se ha encontrado de repente sin límites, sin horizontes de lucha y, lo que es peor, sin límites para mirar hacia un horizonte deseado.
Desde otra perspectiva, ya mencionamos que Eduardo Gaicano señala que la cultura posmodema corresponde a una cultura del «envase», esto es, donde lo que importa es que el envoltorio tenga colores llamativos de modo que atraiga. Es un canto a las grandes y hermosas urbanizaciones de las ciudades eurocéntricas, a las que no escapan algunas de nuestras urbes latinoamericanas. Poco importará, en esta cultura del envase, que las grandes periferias de estas urbes estén estigmatizadas por grandes miserias. Para justificar las «bondades» de estas grandes urbanizaciones, la sociedad posmoder-na se ha visto en la necesidad de crear esta cultura del envase como trampolín necesario para encubrir las contradicciones y desigualdades generadas por este capitalismo avanzado (¿o capitalismo salvaje?).
Pero, la cultura del envase posmodema no sólo se expresa en las representaciones que se entregan sobre las grandes urbes, sino también en la forma en que los medios de comunicación nos entregan la publicidad y las informaciones. De este modo, la superficialidad, las apariencias y la ficción aparecen como elementos claves para la afirmación de esta cultura envasada que, trasladada ahora a la televisión, cubre todos los ámbitos para dar expresión y manifestación a lo que se ha dado por llamar nueva cultura posmodema. Sociedad plural y diversa
El hombre, desde que aparece en la faz de la tierra, ya viene determinado por una unidad de conjunto; esto es, que habita la misma tierra y pertenece a similar especie. Sin embargo, con la babelización del lenguaje y el comienzo de identificación de las distintas culturas que empiezan a predominar en las diferentes regiones del mundo, se empiezan a determinar, también, las distintas formas de disgregamiento que van a empezar a distinguirse en el transcurso de la historia humana.
Sabemos, por la historia, que los grupos humanos que llegaron a adquirir cierta dimensión sólo quisieron reconocer durante milenios sus propias costumbres y sus propias creencias tendiendo a imponerlas sobre el resto del mundo. El problema central de la humanidad lo ha constituido la sostenida negación de los hombres entre sí a aceptarse y reconocerse mutuamente. De allí, entonces, que lo plural no sea una característica propia de lo moderno o posmoderno porque, desde que la civilización ha empezado a evolucionar, el hombre no ha podido dejar de lado su propia identidad personal que es distinta a la de los otros, pese a ser de la misma especie.
Sin embargo, la noción de este pluralismo se muestra ahora muy diferente. Lo anterior, en la medida que el hombre siempre ha sabido arreglárselas para identificar con las demás ideas y fines comunes en favor de una mutua y recíproca convivencia. Entonces, si antes se tenía la noción de que las diferencias naturales necesitaban proyectarse en fines comunes colectivos, ahora, en cambio, estas diferencias se estimulan en sentido inverso. Vale decir, se alienta lo plural en correspondencia con el propio yo, no importando si las necesidades y anhelos de ese propio yo perjudican a los demás. En este caso, lo plural va de la mano con la desolidaridad. No obstante, esta desolidaridad no es total, por cuanto subsiste respecto del grupo, de la etnia, etc., a la cual se reconoce pertenecer. El sentido de humanidad se ha perdido, sólo se hace valer el sentido de identidad entre grupos reducidos.
Por otra parte, la existencia de distintas razas, distintas lenguas y distintas culturas han sido los factores que nos han permitido explicar, a través de la historia, la tendencia a pensar y andar tras objetivos distintos. Mas, a la luz de la experiencia, también histórica, ya no podríamos estar tan seguros de que si la humanidad hubiera estado marcada en su desarrollo por una misma raza, una misma lengua y una misma cultura, los seres humanos hubieran estado libres de esos distanciamientos, así como de la tendencia al no reconocimiento mutuo entre unos y otros.
Es en este marco que surge, desde tiempos muy remotos, lo plu-ralístico, pero ese rasgo no pasa a ser la categoría determinante. En nuestro tiempo, la visión contemporánea posmodcrna rompe la perspectiva histórica integracionista de los tiempos precedentes para estimular la diversidad y diferencia en sus más diversos referentes. Si bien en la Modernidad se proclama la autonomía plena del individuo, esta autonomía se encontraba ligada a los fines de una realización histórica, en cambio, el hombre posmoderno goza de plena autonomía para su propia realización sin lazos de relación con proyectos de finalidad histórica o humana. Es él quien establece ahora sus propios valores proclamando que cada forma de vida tiene sus propios derechos y no el derecho que traten de imponerle otros. En ese sentido nada debe ser prohibitivo, ni menos aún, normativo, porque ya no es necesario dentro de un principio de autonomía ahora ilimitada. Siendo el hombre y las sociedades de naturaleza diferente que obedece a sus propias subjetividades en un caso, y a sus propias realidades en el otro, no tendría por qué asombrarnos este signo de diversidad en la era posmodemista. Tal hecho no merece, ciertamente, objeción ni discusión alguna. Lo que se encuentra en juego es el haber perdido la capacidad de concertarse para fines comunes que interesan a toda la especie humana.
La Posmodemidad quiere romper con todo vestigio de principio unidimensional o binarismo propio del modernismo, reclamando lo plural como nuevo estatuto humano y la diferencia en las más diversas manifestaciones. Postula, por tanto, que ya no se pueden categorizar los hechos en negro y blanco, al contrario, esos hechos pueden tener ambos reconocimientos, e incluso, pueden contener distintos matices. En este orden, todas las categorías unidimensionales y las clasificaciones binarias propias de la Modernidad se hacen obsoletas, esto es, se rompe la clásica división modernista de bueno y malo, hombre y mujer, civilizado y bárbaro, etc. Todas las categorías son aceptadas acabando con todo antropocentrismo, eurocentrismo, logocentrismo, etc.

El hecho de que el hombre se encuentre, en nuestro tiempo, huérfano de lo que constituía sus tradicionales referencias, lo han derivado a un destino errante e incierto. Observamos que ahora se impone la idea de una sociedad como un conjunto de flujos y mediaciones incontrolables que no obedecen ya a los marcos de la estructura tradicional societaria que delinearon desde un principio los dentistas que han obedecido al pensamiento moderno. Muy por el contrario, los antiguos sujetos que habían logrado consolidarse como protagonistas sociales en sus más diversos referentes han pasado a convertirse en el día de hoy en sujetos que sólo obedecen a precarias estrategias individuales, a tal punto que cada uno de ellos se aterra, a lo más, a identidades culturales fragmentarias. En este cuadro, entonces, no es de extrañar la debilidad que presenta la propuesta tradicional paradigmática de las Ciencias Sociales, esto es, sus propuestas esencialmente estructuralistas y funcionalistas con las cuales se pretendía explicar todo lo que se originaba en la sociedad y lo que emanaba de sus relaciones sociales.
Hemos arribado a un tiempo en que el hombre actual se encuentra despojado de valores comunes de identificación con sus semejantes, viéndose obligado a demostrar adherencias a una serie de identidades fragmentarias que lo llevan finalmente a subjetivizarsc dentro de marcos que no van más allá de su propia interioridad. Se ha llegado así a un estado en que cada individuo se ha transformado en una especie de isla, aislándose de sus semejantes, que lo lleva a incomunicarse en su propia interioridad desprovisto ya de solidaridad humana y, lo que es más grave aún, desprovisto de un mínimo de conciencia social. Esto hombre posmodemo, condenado a errar sin un claro sentido de lo que constituye su presente y lo que será su destino más inmediato, se somete a vivir casi al nivel de un autómata cual vulgar materia plástica. En este estado, tratará vanamente de identificarse a sí mismo para dar cuenta de sus propias frustraciones y de sus propios disgregamientos, sumergiéndose en una rutina que se repite dolorosamente, no logrando enfrentarse nunca con la única realidad cierta, esto es, que lleva una vida gris y miserable en una sociedad que supuso posmoderna

El relativismo

Las ideas y la forma de actuar del hombre posmoderno se encuentran señalizadas por su relativismo. La verdad es algo que se encontrará en constante cambio, moviéndose pcndularmcnte de aquí para allá según el juicio que cada persona asuma. De este relativismo surge un hombre que no se entusiasma por las causas, indiferente a la verdad, más por comodidad que por razonamiento profundo. Este relativismo hace asumir al posmodcrno lo que diga la mayoría, vale decir, se inclina por el consenso. A este hombre, entonces, no le interesará mayormente hacer la diferencia entre lo que es bueno o malo, falso o verdadero; si todo es válido y todo tiene la misma lectura poca importancia y significado pasará a tener lo grande o trascendental. El relativismo se presentará, así, hermanado con la indiferencia en donde, si toda verdad es relativa, esto es, que queda condicionada a distintas variables, se admite que toda verdad viene a ser absoluta, lo cual pasa a constituir un contrasentido que desnaturaliza el sentido mismo de la verdad, por cuanto esta verdad pasa a ser cualquier juicio que se tenga respecto de cualquier hecho, situación o cosa. La realidad, según este relativismo, es abstracta y, en una posición más radical, incluso no existe. Esta es sólo producto de nuestras interpretaciones y, por tanto, difiere de acuerdo a esta interpretación pendular. Para mí, esta realidad es la mía, para tí, la otra realidad. ¿Cuál es la verdadera entonces? Depende, nada es determinante, todo es relativismo. Para el posmodernismo no existe ninguna verdad que sea objetiva. Sólo los individuos fabrican sus propias verdades estableciendo lo que es verdadero y lo que es falso. Los mismos medios de comunicación se presentan explícitamente no como representaciones objetivas de la realidad, sino como agencias interpretativas. No sólo las élites intelectuales saben que «la televisión miente», ya todos lo saben; se sabe que la información es sólo una pluralidad de interpretaciones, no una representación objetiva de lo real. La experiencia que tenemos del mundo se caracteriza hoy, de manera evidente, como conflicto de interpretaciones y nada más que eso. Si ya no hay un punto de vista hegemónico, ni siquiera en la cultura occidental, que es sólo una entre otras, ni siquiera en la cultura oficial de cada sociedad ya que las subculturas y las minorías pueden expresar su punto de vista, no se puede hablar de una trayectoria unitaria de la historia y, por tanto, tampoco de un proceso. En este sentido se ha acabado lo moderno, se ha perdido el sentido de lo que constituía y unificaba la Modernidad.
Ahora bien, atendidas las ideas y principios implícitos en el relativismo, el retomo nietzscheano adviene nuevamente en el presente para revivir esta idea desde el pasado. Tan es así, que ya en los sofistas encontramos la teorización de estos principios. Como se sabe, los sofistas fueron grandes demoledores de opiniones y prejuicios. Postulaban que todo es relativo, es decir, que no hay una verdad común para todos y que, por ejemplo, lo que consideramos bueno o malo, justo o injusto, bello o feo, depende totalmente de nuestra condición, de nuestra cultura, de la ciudad y de los tiempos en que vivimos. En esencia, la teoría del relativismo para todos los tiempos, desde los sofistas Protágoras y Gorgias a los pragmáticos Peirce y Dcwey y, en nuestro tiempo, los posmodernistas, encuentran su base en la admisión del carácter relativo del saber, negando la objetividad del conocimiento, considerando que en nuestros conocimientos no se refleja el mundo objetivo.

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