Objetivos de la divulgación de la ciencia

Por: Manuel Calvo Hernando
Fuente: Revista Latinoamericana de Comunicación “Chasqui” 60, diciembre de 1997 

Existe un retraso de la divulgación de la ciencia en relación con los avances científicos actuales, a la par que un desfase entre sociedad y comunidad científica. Frente a esta situación es importante llevar la ciencia al público, para atender así el requerimiento social de información científica y para que científicos, docentes, periodistas y escritores ayuden al hombre común a superar sus temores en relación con la ciencia. Esto en el marco de los objetivos y funciones de la divulgación, respecto a los cuales el autor nos da una visión muy actual.

Actualmente se habla de “alfabetización científica” más que de “popularización de la ciencia”. Aunque puedan advertirse matices entre una y otra expresión, se trata en los dos casos de ayudar al público a superar sus temores sobre la ciencia. Ahora, periodistas, científicos y estudiosos europeos prefieren pensar en “alfabetización científica”, “entendimiento o conocimiento público de la ciencia” o “cultura científica”. En todo caso, la idea básica es llevar la ciencia al público en general, para atender al requerimiento de información científica y para ayudar al hombre común a superar sus temores en relación a la ciencia.

Estos temores son, básicamente, el miedo a lo desconocido, a lo incomprensible y a lo extraño o misterioso. Muchas personas –podría decirse que la mayoría en nuestras sociedades– ve en la ciencia algunas de estas características, derivadas del desconocimiento o de la incomprensión, y también de los cambios revolucionarios, y para muchos inquietantes, que la ciencia y la tecnología introducen en nuestra sociedad desde la Revolución Industrial, pero sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, a partir de la bomba atómica y posteriormente con las fantásticas innovaciones y sorpresas que nos deparan dos gigantescos y apasionantes conjuntos de disciplinas científicas y sus consecuencias tecnológicas y humanas: los avances de las telecomunicaciones y la informática, por un lado, y los descubrimientos, grandiosos y aterradores, de la biología y especialmente de la genética, por otro.

Dos problemas actuales

El mayor problema actual de la divulgación de la ciencia en el mundo puede ser el retraso que sufre, si se compara con los avances gigantescos de la ciencia y la tecnología y con su influencia creciente y decisiva en el individuo y en los grupos sociales de nuestra época y, sobre todo, del futuro inmediato.

En este sentido, los progresos no han respondido a las esperanzas; no hemos sido capaces de establecer un diálogo entre la ciencia y la sociedad. En los años cincuenta de este siglo ya se advertía, con carácter casi general, la importancia de la divulgación científica en los medios informativos para la formación o el enriquecimiento –según los países y las sociedades– de una cultura popular adaptada a las necesidades de nuestro tiempo. Ya se percibía entonces la necesidad, para el desarrollo cultural de un pueblo, de que cierto tipo de investigaciones, hallazgos, descubrimientos, experimentos y preocupaciones de los científicos y de los dirigentes sociales y culturales fueran transmitidos al público, que forma parte de una sociedad caracterizada por el ideal científico, pero que, paradójicamente, sabe muy poco sobre la ciencia y la tecnología que están cambiando al mundo y que trastornan radicalmente la vida cotidiana de cada uno de nosotros.

El profesor Baudoin Jurdant, de la Universidad Louis Pasteur, de Estrasburgo, con una larga y profunda preocupación por estos temas, cree que la divulgación científica no ha sido capaz de reducir el desface entre la sociedad y la comunidad científica, provocado por el aumento del conocimiento. Según Jurdant, esto se debe a que en realidad la divulgación no debe entenderse como transmisión de información al público, sino más bien como un elemento esencial del desarrollo del conocimiento científico.

Ello es así, pero este elemento del desarrollo del conocimiento debe complementarse e instrumentarse a través de una serie de acciones en los medios masivos de información, que constituyen la única vía para llegar a la mayoría de nuestras poblaciones. Y habría que difundir la idea de que si realmente creemos en la necesidad de la divulgación de la ciencia, como instrumento de igualación cultural y de acceso generalizado y actualizado al conocimiento, debemos dedicar un mayor interés a la formación de divulgadores científicos. La formación es el motor de toda actividad profesional, en una era de creciente exigencia de calidad y de especialización.

Hoy se empieza a considerar la divulgación como parte del propio quehacer científico. “¿Por qué sabemos?, se pregunta la Premio Nobel Barbara McClintock. ¿Por qué se puede estar tan seguro de algo cuando no se es capaz de comunicárselo a nadie?” (Fox, 1984).

¿Para qué divulgar la ciencia?

Alboukrek (1991) atribuye los siguientes objetivos a la divulgación, como un proceso de desarrollo e integración de múltiples disciplinas y oficios:

Es capaz de crear una atmósfera de estímulo a la curiosidad por la ciencia y su método.
Ayuda a despertar la imaginación.
Cultiva el espíritu de investigación.
Desarrolla la capacidad de observación, la claridad de pensamiento y la creatividad.
Contribuye a descubrir vocaciones científicas.
Propicia una relación más humana con el científico.
Erradica mitos, o puede contribuir a su erradicación.
Abre caminos hacia la participación del desarrollo cultural universal.

Por mi parte, creo que las funciones más importantes atribuidas a la divulgación de la ciencia son las siguientes:

1. Creación de una conciencia científica colectiva. Frente al riesgo de ver a la ciencia subyugada por el poder, o viceversa, es necesario subordinar el poder a los ciudadanos. Para ello es necesario “desarrollar una cultura científica y técnica de masas”, en la que jugarán un papel esencial los medios de comunicación escritos y audiovisuales. (Laurent Fabius). La creación de una conciencia científica colectiva reforzaría necesariamente –según Fabius– la sociedad democrática. Y si los periodistas y comunicadores hemos de esforzarnos en ofrecer una información cierta y sugestiva sobre ciencia y tecnología, también los científicos tienen la obligación moral de dedicar una parte de su trabajo y de su tiempo a relacionarse con el público a través de los medios de información o por las demás vías que hoy se agrupan para el nombre de Comunicación Científica Pública.

2. Función de cohesión entre los grupos sociales. La divulgación científica y técnica cumple, o debe cumplir, una función de cohesión y de refuerzo de la unidad de los grupos sociales y permite a los individuos participar de alguna manera en las aspiraciones y tareas de una parte de la sociedad que dispone del poder científico y tecnológico. Es lo que Albertini y Bélisle (Vulgariser la science) llaman función de integración. Como complemento se destaca una función social de la divulgación de la ciencia: conseguir que los científicos y el público se comprendan mejor.

3. Factor de desarrollo cultural. Los primeros que escribieron sobre la necesidad y los problemas de la divulgación de la ciencia, como Pradal (1968), ya advirtieron que divulgar es una necesidad cultural. Hoy creemos, de manera casi unánime, que la divulgación de la ciencia y la tecnología es necesaria para el desarrollo cultural de un pueblo y que es importante que avances, hallazgos, experimentos, investigaciones y preocupaciones científicas se presenten al público y se constituyan en parte fundamental de su cultura, en una sociedad presidida por el ideal científico como es la sociedad contemporánea. Algunos llegan a entrever una antropología de la difusión cultural, de la que la divulgación solo sería uno de los componentes.

4. Incremento de la calidad de vida. La divulgación de la ciencia no es solo un factor de crecimiento del propio quehacer científico, sino una aportación al mejoramiento de la calidad de vida y un medio de poner a la disposición de muchos tanto el gozo de conocer como los sistemas de aprovechamiento de los recursos de la naturaleza y mejor utilización de los progresos de la ciencia y la tecnología.

5. Política de comunicación científica. Estudios como el de Dorothy Nelkin (1990) reflejan la convicción de que, en una sociedad cada vez más dependiente del conocimiento tecnológico, es extremadamente importante contar con una información honrada, crítica y exhaustiva sobre ciencia y tecnología. Esta idea va adquiriendo carta de naturaleza en las sociedades desarrolladas, hasta el extremo de que estudiosos tan relevantes como Bernard Schele asumen la convicción de que una política científica debe basarse, ante todo, en una política de comunicación científica. Si se tiene en cuenta que son los políticos quienes deciden sobre el gasto público en investigación y desarrollo (I+D) y que este está vinculado directamente a la economía nacional y regional, la información sobre ciencia debería tener mayor relevancia en las sociedades contemporáneas.

6. La comunicación-riesgo. Es una dimensión que forma parte de nuestra vida cotidiana desde mucho antes de que hubiéramos oído tal expresión. En el Encuentro de Periodistas Científicos Europeos (Madrid, 1989), Vincenzo Ardente la definió como aquella que provee información de distintos tipos sobre los riesgos a los que estamos expuestos: problemas derivados del medio ambiente y del consumo de drogas o tabaco, seguridad aérea, etc. Esta comunicación puede ser, por lo menos, de dos tipos: una de naturaleza persuasiva y otra para informar al público sobre cómo intentar reducir los riesgos en casos de desastre. Teniendo en cuenta estas circunstancias, la Royal Society de Londres, con otras dos instituciones más, estableció el Commitee on the Public Understanding of Science, COPUS. Se trata de romper las barreras entre los científicos y los medios de comunicación, mediante iniciativas diversas. Michael Kenward, director de New Scientist y miembro del COPUS (Comité para la Comprensión Pública de la Ciencia), expuso esta experiencia en el Encuentro de Madrid.

7. Función complementaria de la enseñanza. La divulgación científica no sustituye a la educación, pero puede llenar vacíos en la enseñanza moderna, contribuir al desarrollo de la educación permanente y ayudar al público a adoptar una determinada actitud ante la ciencia. La divulgación científica como pedagogía tiene sus límites, resumidos por Pierre Sormany (Conferencia CCP, Madrid, 21-24 mayo, 1991): es unidireccional y no interactiva, puede dar lugar a construcciones pseudo-científicas y puede fortalecer el mito de la ciencia inaccesible, en lugar de promover un auténtico equilibrio en el reparto del conocimiento. Es lo que se ha llamado “proceso a la ignorancia”.

8. Su estudio El reparto del saber, Roqueplo (1974) establece cuatro tipos de relaciones entre los divulgadores y la enseñanza (primaria y secundaria): una relación de complementariedad y relaciones de dependencia directa, negativa e inversa. Roqueplo califica también de “dependencia inversa” la creciente presencia de profesores de enseñanza secundaria entre los visitantes de los museos y exposiciones científicas y entre los lectores de las grandes revistas de divulgación. Por mi parte, tengo esta misma experiencia, personal y constantemente compruebo el interés de investigadores y docentes por el periodismo científico y, en general, por la comunicación científica pública. En el ámbito de las universidades, los estudios sobre CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) son de interés creciente. La relación de dependencia inversa ha sido postulada por algunos de nosotros desde hace casi medio siglo, basada en los siguientes requisitos: cooperación entre el investigador y el escritor y adopción mutua de aquello que caracteriza a uno y otro estamento, rigor en el científico y sencillez y atractivo en el periodista.

9. Combatir la falta de interés. La gente entiende muy bien aspectos de la política relacionada con la guerra, el orden público, la sanidad o la educación, incluso ahora el medio ambiente, pero la base de muchas de estas políticas sectoriales es la I+D, lo que permite la innovación.

10. Aprender a comunicar. Después de tener en cuenta estos requisitos, el paso siguiente debería ser el aprendizaje, por parte de los científicos, no solo a comunicarse entre ellos, lo cual hoy resulta imprescindible, sino a informar a sus conciudadanos sobre los resultados de sus trabajos e incluso sobre el proceso que les lleva en cada caso a un mejor conocimiento del hombre y del universo. Estos diez grandes objetivos o funciones de la divulgación de la ciencia al público podrían condensarse en dos, visibles y explícitos:

Uno vinculado al conocimiento. Comunicar al público los avances de las grandes disciplinas de nuestro tiempo: astronomía, cosmología, origen de la vida, biología, conocimiento del universo (micromundo y macromundo) y del propio ser humano. En otras palabras, ayudar a la gente a comprenderse a sí misma y a comprender su entorno, tanto el visible como el invisible.

El segundo debería estar centrado en la acción, tras el estudio de las consecuencias del progreso científico. Esta acción exigiría un plan de conjunto de centros de investigación, universidades e instituciones educativas en general, museos de la ciencia y, por supuesto, de periodistas, escritores, investigadores y docentes (Calvo, 1990).

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