La ciencia como gozosa empresa humana

Por: Ariel Ruiz Mondragón
La Insignia. México, marzo del 2003.

Entrevista con el físico mexicano Sergio de Régules

La ciencia suele ser un tema poco socorrido en muchos medios de prensa. Como los tópicos científicos son considerados, por su dificultad y complejidad, territorios vedados para los simples mortales y espacios habitados únicamente por grandes entendidos, no pueden ser ampliamente difundidos y discutidos en los grandes medios de comunicación. No hay muchas secciones de ciencia en periódicos y revistas que sean de las preferidas de los lectores.

Pese a todo lo anterior, hay personas que dedican mucho de su talento e inteligencia a un magno esfuerzo: la divulgación de la ciencia entre un amplio público. Entre ellas se encuentra el físico mexicano Sergio de Régules, quien lleva más de diez años realizando tan generosa labor. Autor de una columna científica en Milenio diario, acaba de publicar su libro Las orejas de Saturno y otras crónicas de la ciencia (México, Paidós, 2002), en el que están reunidos varios de sus mejores y más entretenidos artículos acerca de la ciencia.

Es sobre ese, su más reciente libro, sobre el que versó una entretenida charla que abordó varios temas: la divulgación y enseñanza de la ciencia en los periódicos y escuelas mexicanas, la concepción de la tarea científica como una empresa humana bastante placentera, la popularidad de doctrinas seudocientíficas y el entendimiento de la ciencia como un ámbito de libertad y creatividad.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro de divulgación de la ciencia?

Sergio de Régules (SR): Hay varias razones por las que hay que hacer divulgación de la ciencia. La primera, de la que más se habla, es que en esta época la ciencia tiene mucha influencia sobre nuestras vidas, aunque no lo sepamos y aunque creamos que no está en todas partes, ya que afecta directamente lo que hacemos. Cuando menos parte de la ciencia, no toda. Entonces, es muy importante estar informados acerca de la ciencia, por ejemplo, para participar en la toma de decisiones acerca de asunto importantes como la clonación, la genética, etc.

Pero para mí la más importante es que aunque la ciencia en la escuela y muchos medios se presenta como una cosa aburrida, lejana, complicada, que sólo hacen unos cuantos aburridos, mi experiencia en la ciencia es completamente distinta. A mí me iluminó toda mi infancia, toda mi adolescencia, y toda la vida. La he disfrutado tanto como la literatura y la música. Por eso es que me parece tan importante compartir con el público una visión de la ciencia que la presenta como una empresa humana, una experiencia emotiva y emocionante, no como una cosa fría y lejana.

AR: ¿Por qué razón el lector podría interesarse en la lectura de este libro?

SR: Yo le diría al lector que aunque no obtuviera alguna cosa más de este libro, se va a pasar un buen rato. Eso casi te lo puedo asegurar. En la introducción, y lo he dicho en pláticas y cursos que me ha tocado dar, digo que es un libro que debería de servir para leerse junto a la alberca, tomándote tu piña colada.

Entonces yo le diría al lector que se va a divertir y a reír, y posiblemente obtenga otras cosas, como una visión más clara de la empresa científica.

AR: Tú tienes una columna sobre ciencia en el periódico Milenio. En tu opinión, ¿cuál es el estado actual de la divulgación de la ciencia en el periodismo mexicano?

SR: El estado es más o menos lastimoso. Hay excepciones, ya que hay secciones de ciencia muy buenas en las que se han tomado la molestia de tener editores científicos que leen las notas originales de las revistas especializadas, las entienden y además las pueden explicar de manera inteligible al público que no tiene por qué saber de ciencia.

También hay casos en que lo que se hace es tomar la nota de las agencias, lo hace una personas que tiene mucha prisa -lo que es normal en los periódicos-, no la entiende y la transmite así, con resultados que pueden ser catastróficos ya que no se comprenden. Me temo que ese es el caso muchas veces.

Otro problema es que se presentan resultados aislados por aquí y por allá. Los resultados no son la ciencia, sino es cómo se obtienen, la estrategia para conquistar esos territorios. Lo que nos divierte a los adeptos de la ciencia no son los resultados como la clonación de Dolly, lo que es muy importante pero es muy aislado, sino qué es lo que esta detrás desde hace 200 o 300 años y que condujo a ello. Allí hay historias humanas muy apasionantes.

AR: Entiendo que eres físico, pese a lo cual tienes muy buena pluma, lo que no es muy común.

SR: Es cierto que no es muy común. Estudié la carrera de Física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, pero me dedico a la divulgación desde hace ya cierto tiempo; trabajo en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM que tiene, entre otras cosas, el Museo Universum, el Museo de la Luz y la revista ¿Cómo ves?

Al mismo tiempo que estudiaba física, desde muy chico era un lector voraz, por lo que he leído literatura y ciencia toda la vida. No sólo las he leído por el interés en lo que decían, sino por interés en hacer lo mismo que hacían los autores de esos libros. Entonces me tomé la molestia de investigar cómo le hacían, y de leer los libros tratando de verles las tripas.

Poco a poco, con la práctica, va uno mejorando en el oficio. Es un resultado de mucho trabajo, de un análisis muy placentero, porque lo hice leyendo los libros que me gustaban, no como tarea ni nada de eso.

AR: ¿Tu experiencia de aprendizaje científico ha sido placentera? Por que a veces hay maestros que no lo hacen así.

SR: Me da gusto poder decir que eso de los maestros que mandan a copiar notas de museos no fueron maestros míos, sino los de muchos niños que visitan el Universum hoy. Por suerte puedo decir que tuve varios maestros muy buenos, incluso desde la secundaria, de los que recuerdo con especial cariño a Silvia Calatayud, maestra de Ciencias Naturales, a la que me he vuelto a encontrar y le he regalado mis libros, los que lee con mucho gusto.

Desde la carrera mis amigos y yo teníamos la preocupación de ayudar a mejorar los programas de la carrera de Física, y también de escribir un libro de divulgación para compartir eso que nos iluminaba tanto la vida. Finalmente hicimos un intento de un libro más o menos ambicioso cuando estábamos en la maestría, e incluso nos presentaron a una editora, pero no acabamos porque era un proyecto muy grande en la época de terminar nuestra maestría.

Ya después por mi cuenta empecé a dedicarme a la traducción y a la música de teatro. Al mismo tiempo se me ocurrió empezar una columna de divulgación y busqué en varios periódicos hasta que me la dieron en el News, en el que empecé a escribir con regularidad.

También conocí a la editora de Pangea, la que me encargó un libro para una de las colecciones de la editorial llamada “Viajeros del conocimiento”, un libro sobre Copérnico. Fue una experiencia que me ayudó mucho a practicar con toda seriedad el oficio, a lo que también contribuyó la columna semanal.

Después escogí unos cuantos artículos de la columna y me los publicó también Pangea en un librito que se titula El sol muerto de risa. Hace cuatro años entré a Universum, en donde ha sido mi obligación estar escribiendo y haciendo conferencias.

Empecé con el interés de la divulgación desde la carrera y desde hace diez o doce años la hago profesionalmente.

AR: ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores a tus libros y artículos?

SR: Tengo una visión borrosa de eso, porque nunca me han dicho números.

AR: Pero que recibas correos electrónicos, cartas, etc.

SR: Cuando escribía la columna en el News (1994-1999), el primer indicio que tenía de que no iba mal era que me conservaron en el periódico. Cada año hacían una encuesta en la que preguntaban a los lectores qué leían y qué no. Quiero pensar que leían mi columna porque nunca me corrieron, y ocasionalmente llamaba gente al periódico para buscarme.

Recientemente, con la columna de Milenio, recibo periódicamente correos en lo que me reclaman, me dicen cuanta razón tengo, me discuten un punto, y entablamos un pequeño diálogo. La respuesta es buena, aunque no puedo decir que se me llena el correo todos los días.

Cuando doy conferencias, lo que hago mucho por trabajar en el museo, la respuesta es invariablemente muy buena. Gente que uno pensaría que no le interesa la ciencia, se queda y después hacen muy buenas preguntas.

Entonces, la respuesta es buena pero los divulgadores no tenemos todo el foro que nos gustaría tener. Falta todavía.

AR: Una parte del libro es la crítica que haces a la enseñanza de la ciencia en la escuela en los niveles básicos. Una idea del método científico ya anacrónica, lo de las visitas a los museos para copiar textos y no para aprovechar la interactividad que ofrece Universum, la memorización de datos y fórmulas, etc., es lo que predomina, como anotas en el libro. En términos muy generales, ¿cómo se enseña la ciencia en México?

SR: Te puedo decir lo que deduzco de ver a los niños que visitan el museo. Lo que veo es que llegan cuaderno en mano, van por el museo y copian las cédulas, que son los textos que acompañan a los equipos, muchas veces sin siquiera mirar el equipo al que se refiere el texto. Lo que pasa es que los maestros llegan al museo y les dicen: “A copiar cédulas, a lo mejor el que copie más tiene más puntos”, mientras ellos se meten a la cafetería, se toman un cafecito muy tranquilos, mientras los niños van por todo el museo haciendo lo que les indicaron.

Si eso es su idea de enseñar la ciencia entonces estamos muy mal, porque quiere decir que lo único que les interesa es que repitan como loros. Me imagino que los exámenes consistirán en repetir ciertas cosas.

También tengo la experiencia de haber dado clases en una escuela donde había maestros buenos y menos buenos. Había maestros de matemáticas que enseñaban todo de memoria, no decían el por qué, y decían que lo importante era que los alumnos mecanizaran, no importando que entiendan.

Por lo visto así es como se sigue enseñando la ciencia. Me parece que eso tiene que ver con el hecho de que los maestros no entienden bien de lo que están hablando. No es lo mismo que te dé clase de ciencias un señor que es ingeniero y que aprendió matemáticas y ciencia porque no le quedó más remedio, pero que no le interesan, a que te dé la misma clase un físico para el cual su profesión va mucho más allá de ganarse el pan. Ya es una relación de amor con su tema.

Creo que un físico, un científico en general puede enseñar la ciencia a nivel secundaria o preparatoria mejor porque para empezar la entiende a un nivel mucho más alto.

AR: ¿Qué papel juega la libertad tanto en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la ciencia como en el de la investigación científica?

SR: La libertad es esencial para los dos, insoslayable. No puedes decir: “Ahora tú vas a investigar esto.” Es como el que hace divulgación por gusto y le dicen: “Ahora divulgas esto”. “Perdóname, pero es un tema que no me gusta, no lo voy a hacer.”

Eso también ocurre en la educación. Piensa cuando de niño te inventas tus juegos, que no necesariamente es un juego estructurado. Te puedes pasar hora y horas absorto en tu juego, porque estás creando tus propias reglas, armándolo sobre la marcha y construyendo tu propia narración.

En el fondo, el que se dedica a cualquier labor científica o artística por gusto es porque está jugando. El ambiente y las premisas tienen que ser las mismas, de completa libertad.

En la enseñanza en la escuela yo entiendo que tiene que haber un programa, pero en un museo y en la divulgación la libertad es esencial. Se tienen que proponer ciertas actividades pero no obligar; tienes que decir “juega con este equipo y a ver qué te dice”. Es en ese sentido que entra la libertad en la educación o en la transmisión de la ciencia.

Vas conduciendo con una mano muy suave y cariñosa, pero dejando mucho margen para que la gente deambule por allí y haga sus propios hallazgos.

AR: Hay otra idea de tu libro que me gustó. Es tu critica a la concepción del método científico como un recetario, instrucciones fijas para llegar a la verdad, versión muy difundida en la escuela. Me recordabas a Paul Feyerabend, que ha afirmado en sus libros que muchos descubrimientos científicos se han hecho al margen del método, e incluso en contra de él.

SR: Feyerabend es un provocador, eso hay que saberlo. Además no nada más critica el pretendido método científico de la escuela básica, que cualquiera lo critica desde hace mucho tiempo. Por lo mismo que decíamos de la libertad y el juego, no puede haber reglas, no puede haber receta para hacer ciencia. Hay ciertas actitudes fundamentales: no te creas nada hasta que no estés seguro -que lo hubiera dicho Descartes desde el siglo XVII-, no recurrir a milagros para las explicaciones, etc., pero método como receta no puede haber.

Donde Feyerabend diga eso tiene toda la razón. Pero él critica incluso el pretender entender a la ciencia como una cosa con reglas, con lo que va mucho más lejos. A eso se refiere en Contra el método. Pero es un personaje muy chistoso, y todo lo que dice lo dice con un poquito de ironía. Pero tiene razón.

AR: También creo que tienes una fuerte influencia de Popper. Dirías con él que el científico tiene, y aún genera, más dudas que certezas, mientras que con el ignorante ocurre al revés.

SR: Sí. Creo que no lo dice nada más Popper. También se lo he leído a un filósofo estadounidense, Will Durant, que entiendo que fue un gran divulgador de la historia de la filosofía en Estados Unidos. Tengo un libro que escribió en 1910 que se llama Historia de la filosofía y en el prólogo dice: “Mientras más estudiamos y entendemos, más se disuelven nuestras certezas en duda e incertidumbre.”

Creo que es una observación que ya ha hecho mucha gente, incluso hasta Sócrates.

Mientras menos enterado esté uno, más fácil le es tener certezas y saber que sus ideas son verdaderas y que no hay otras. En cambio, cuando uno empieza a tener contacto con el mundo, dice por allí Cervantes algo como lo siguiente: “El contacto con las gentes le da a uno más perspectiva y le ayuda a uno a entender que uno puede tener sus ideas y funcionar en la vida con ellas, pero no necesariamente son las únicas ni las mejores.”

En la ciencia, certezas hay unas cuantas, pero siempre salpicadas por la pimienta de la duda. Como decía Descartes: “Nunca puedes estar completamente seguro”.

AR: En esa dirección hablaba Popper: para que una teoría sea científica tiene que ser falsable. Es el racionalismo crítico.

SR: Eso es por lo que se conoce a Popper principalmente. Uno pensaría que de lo que se tratan las teorías científicas es que sean firmes e irrefutables. Así se presenta la ciencia en la escuela y me temo que muchas veces también en los medios. Incluso los embaucadores y los estafadores siempre hacen referencia a la ciencia, apelan a su autoridad.

Pero las ciencias no son inamovibles. Como bien dice Popper: al contrario, una teoría que no se puede tirar es una teoría que no sirve para nada, porque si con ella puedes explicar una cosa y su contrario también, es como no haber dicho nada.

Entonces lo que proponía Popper como criterio para distinguir a una teoría científica de una no científica o seudocientífica es que la primera está expresada de tal manera que si resulta falsa, se puede demostrar que es falsa. Esto ayuda a construir teorías más sólidas, que aguantan más.

La idea de falsabilidad, en lugar de la de irrefutabilidad -que además suena horrible- permite tener un criterio para distinguir rápidamente una teoría científica de una que no lo es.

AR: Otro tema fascinante es el de la historia de la ciencia. ¿Qué tanto le sirve a un científico conocer la historia y la filosofía de la ciencia?

SR: Para ser franco y crudo, al investigador no le sirve para gran cosa, o por lo menos así lo creen. El objetivo del investigador es sacar los resultados, y desde luego le ayudaría saber cómo lo han hecho otros, y más o menos lo saben, ya que se enseña en la Facultad. Pero no le interesa tanto como la historiador, filósofo o divulgador de la ciencia.

AR: Hay otros ensayos que tratan sobre los viajeros en el tiempo y la posibilidad de que haya vida en otros lugares del universo. Es también una reflexión sobre el lugar del hombre en el cosmos. Sobre esto señalaba Octavio Paz que esa reflexión la hacían los filósofos antiguamente, pero que ahora la realizan los físicos. ¿Qué opinas de esto?

SR: Mi opinión es que sí, que ahora la abordan los científicos, pero no por eso deja de ser filosofía. Es curioso que lo haya dicho Kant, porque es de los primeros que empezó a distinguir entre filósofo y científico. Antes eran lo mismo. Incluso Newton ya en 1600, 1700, se seguía llamando un filósofo natural. Entonces no deja de ser filosofía porque la investiguen los científicos, pero a partir del siglo XVIII, pero todavía más en el XIX y en el XX la que más ha tenido que decir acerca de eso es la ciencia. Pero yo no la separaría de la filosofía.

AR: ¿A qué atribuyes la gran difusión de doctrinas seudocientíficas, charlatanerías como las que tratas en tu libro: el Feng Shui y Deepak Chopra?

SR: La gente busca creer en cosas. Lo primero que hay que decir es que el conocimiento científico se contrapone a este tipo de cosas. Su éxito se debe a que proporcionan una solución facilona, y a que nos guiamos por el principio de mínima energía, en el que lo que nos cuesta menos trabajo es lo que preferimos, que es lo que ocurre con todas esas cosas del New Age, Deepak Chopra y compañía.

Además, creo que esas creencias tienen la dudosa ventaja de inducir el sueño, de tranquilidad, de anestesia. Son ideas anestésicas que nos dan idea de un mundo que en realidad sí está centrado en nosotros, en el que hay entidades superiores que velan por nosotros, lo cual da mucha tranquilidad.

Las ciencias no van encaminadas ni a ser anestésico ni a ser lo contrario, sino a tratar de entender lo que es, independientemente de lo que nosotros queremos que sea. Como muchas veces no ofrecen esas esperanzas ni esa tranquilidad, no tienen tanta difusión. Lo que ahora hay que hacer es tratar de enseñar la ciencia de manera que también venda.

AR: En ese sentido va tu libro; como diría un clásico: “enseñar entreteniendo”.

SR: Sí, aunque decir que va encaminado a vender es decirlo de una manera muy brutal. No es a vender, pero sí a que lo lea la mayor parte de gente posible, a que no lo lea por obligación pero sí por gusto.

El libro lo escribí pensando, antes que nada, en enganchar y divertir al lector con temas de ciencia. Si el lector encuentra que se divirtió, pensó, soñó y viajó leyendo un libro acerca de la ciencia, mi esperanza es que se interese en la ciencia de verdad y no nada más en la divulgación.

AR: Finalmente, ¿qué idea de la ciencia pretendes dar en tu libro?

SR: No me atrevería a definirla, pero sí quisiera dar la idea de que es una forma de pensar que nos permite entender cómo funciona la naturaleza física; que no nos dice reglas de comportamiento, ni sirve para construir una ética, sino simplemente para descubrir cómo es el universo desligándonos de lo personal en la medida de lo posible. Para esto la ciencia emplea ciertas actitudes y procede de una manera que la emparenta con cualquier otra empresa humana -principalmente el arte- y como tal llena de esperanza, desilusiones, esfuerzo, alegrías, tristezas, placeres gigantescos.

Esa es la idea que a mí me gustaría dar: una empresa humana y no una serie de resultados aburridos que se nos presentan por allí. Por eso doy en el libro una imagen impresionista de cómo me parece a mí que es la actividad científica, a mí como persona que la ha disfrutado profundamente desde siempre.

La ciencia como gozosa empresa humana

Por: Ariel Ruiz Mondragón
La Insignia. México, marzo del 2003.

Entrevista con el físico mexicano Sergio de Régules

La ciencia suele ser un tema poco socorrido en muchos medios de prensa. Como los tópicos científicos son considerados, por su dificultad y complejidad, territorios vedados para los simples mortales y espacios habitados únicamente por grandes entendidos, no pueden ser ampliamente difundidos y discutidos en los grandes medios de comunicación. No hay muchas secciones de ciencia en periódicos y revistas que sean de las preferidas de los lectores.

Pese a todo lo anterior, hay personas que dedican mucho de su talento e inteligencia a un magno esfuerzo: la divulgación de la ciencia entre un amplio público. Entre ellas se encuentra el físico mexicano Sergio de Régules, quien lleva más de diez años realizando tan generosa labor. Autor de una columna científica en Milenio diario, acaba de publicar su libro Las orejas de Saturno y otras crónicas de la ciencia (México, Paidós, 2002), en el que están reunidos varios de sus mejores y más entretenidos artículos acerca de la ciencia.

Es sobre ese, su más reciente libro, sobre el que versó una entretenida charla que abordó varios temas: la divulgación y enseñanza de la ciencia en los periódicos y escuelas mexicanas, la concepción de la tarea científica como una empresa humana bastante placentera, la popularidad de doctrinas seudocientíficas y el entendimiento de la ciencia como un ámbito de libertad y creatividad.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro de divulgación de la ciencia?

Sergio de Régules (SR): Hay varias razones por las que hay que hacer divulgación de la ciencia. La primera, de la que más se habla, es que en esta época la ciencia tiene mucha influencia sobre nuestras vidas, aunque no lo sepamos y aunque creamos que no está en todas partes, ya que afecta directamente lo que hacemos. Cuando menos parte de la ciencia, no toda. Entonces, es muy importante estar informados acerca de la ciencia, por ejemplo, para participar en la toma de decisiones acerca de asunto importantes como la clonación, la genética, etc.

Pero para mí la más importante es que aunque la ciencia en la escuela y muchos medios se presenta como una cosa aburrida, lejana, complicada, que sólo hacen unos cuantos aburridos, mi experiencia en la ciencia es completamente distinta. A mí me iluminó toda mi infancia, toda mi adolescencia, y toda la vida. La he disfrutado tanto como la literatura y la música. Por eso es que me parece tan importante compartir con el público una visión de la ciencia que la presenta como una empresa humana, una experiencia emotiva y emocionante, no como una cosa fría y lejana.

AR: ¿Por qué razón el lector podría interesarse en la lectura de este libro?

SR: Yo le diría al lector que aunque no obtuviera alguna cosa más de este libro, se va a pasar un buen rato. Eso casi te lo puedo asegurar. En la introducción, y lo he dicho en pláticas y cursos que me ha tocado dar, digo que es un libro que debería de servir para leerse junto a la alberca, tomándote tu piña colada.

Entonces yo le diría al lector que se va a divertir y a reír, y posiblemente obtenga otras cosas, como una visión más clara de la empresa científica.

AR: Tú tienes una columna sobre ciencia en el periódico Milenio. En tu opinión, ¿cuál es el estado actual de la divulgación de la ciencia en el periodismo mexicano?

SR: El estado es más o menos lastimoso. Hay excepciones, ya que hay secciones de ciencia muy buenas en las que se han tomado la molestia de tener editores científicos que leen las notas originales de las revistas especializadas, las entienden y además las pueden explicar de manera inteligible al público que no tiene por qué saber de ciencia.

También hay casos en que lo que se hace es tomar la nota de las agencias, lo hace una personas que tiene mucha prisa -lo que es normal en los periódicos-, no la entiende y la transmite así, con resultados que pueden ser catastróficos ya que no se comprenden. Me temo que ese es el caso muchas veces.

Otro problema es que se presentan resultados aislados por aquí y por allá. Los resultados no son la ciencia, sino es cómo se obtienen, la estrategia para conquistar esos territorios. Lo que nos divierte a los adeptos de la ciencia no son los resultados como la clonación de Dolly, lo que es muy importante pero es muy aislado, sino qué es lo que esta detrás desde hace 200 o 300 años y que condujo a ello. Allí hay historias humanas muy apasionantes.

AR: Entiendo que eres físico, pese a lo cual tienes muy buena pluma, lo que no es muy común.

SR: Es cierto que no es muy común. Estudié la carrera de Física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, pero me dedico a la divulgación desde hace ya cierto tiempo; trabajo en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM que tiene, entre otras cosas, el Museo Universum, el Museo de la Luz y la revista ¿Cómo ves?

Al mismo tiempo que estudiaba física, desde muy chico era un lector voraz, por lo que he leído literatura y ciencia toda la vida. No sólo las he leído por el interés en lo que decían, sino por interés en hacer lo mismo que hacían los autores de esos libros. Entonces me tomé la molestia de investigar cómo le hacían, y de leer los libros tratando de verles las tripas.

Poco a poco, con la práctica, va uno mejorando en el oficio. Es un resultado de mucho trabajo, de un análisis muy placentero, porque lo hice leyendo los libros que me gustaban, no como tarea ni nada de eso.

AR: ¿Tu experiencia de aprendizaje científico ha sido placentera? Por que a veces hay maestros que no lo hacen así.

SR: Me da gusto poder decir que eso de los maestros que mandan a copiar notas de museos no fueron maestros míos, sino los de muchos niños que visitan el Universum hoy. Por suerte puedo decir que tuve varios maestros muy buenos, incluso desde la secundaria, de los que recuerdo con especial cariño a Silvia Calatayud, maestra de Ciencias Naturales, a la que me he vuelto a encontrar y le he regalado mis libros, los que lee con mucho gusto.

Desde la carrera mis amigos y yo teníamos la preocupación de ayudar a mejorar los programas de la carrera de Física, y también de escribir un libro de divulgación para compartir eso que nos iluminaba tanto la vida. Finalmente hicimos un intento de un libro más o menos ambicioso cuando estábamos en la maestría, e incluso nos presentaron a una editora, pero no acabamos porque era un proyecto muy grande en la época de terminar nuestra maestría.

Ya después por mi cuenta empecé a dedicarme a la traducción y a la música de teatro. Al mismo tiempo se me ocurrió empezar una columna de divulgación y busqué en varios periódicos hasta que me la dieron en el News, en el que empecé a escribir con regularidad.

También conocí a la editora de Pangea, la que me encargó un libro para una de las colecciones de la editorial llamada “Viajeros del conocimiento”, un libro sobre Copérnico. Fue una experiencia que me ayudó mucho a practicar con toda seriedad el oficio, a lo que también contribuyó la columna semanal.

Después escogí unos cuantos artículos de la columna y me los publicó también Pangea en un librito que se titula El sol muerto de risa. Hace cuatro años entré a Universum, en donde ha sido mi obligación estar escribiendo y haciendo conferencias.

Empecé con el interés de la divulgación desde la carrera y desde hace diez o doce años la hago profesionalmente.

AR: ¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores a tus libros y artículos?

SR: Tengo una visión borrosa de eso, porque nunca me han dicho números.

AR: Pero que recibas correos electrónicos, cartas, etc.

SR: Cuando escribía la columna en el News (1994-1999), el primer indicio que tenía de que no iba mal era que me conservaron en el periódico. Cada año hacían una encuesta en la que preguntaban a los lectores qué leían y qué no. Quiero pensar que leían mi columna porque nunca me corrieron, y ocasionalmente llamaba gente al periódico para buscarme.

Recientemente, con la columna de Milenio, recibo periódicamente correos en lo que me reclaman, me dicen cuanta razón tengo, me discuten un punto, y entablamos un pequeño diálogo. La respuesta es buena, aunque no puedo decir que se me llena el correo todos los días.

Cuando doy conferencias, lo que hago mucho por trabajar en el museo, la respuesta es invariablemente muy buena. Gente que uno pensaría que no le interesa la ciencia, se queda y después hacen muy buenas preguntas.

Entonces, la respuesta es buena pero los divulgadores no tenemos todo el foro que nos gustaría tener. Falta todavía.

AR: Una parte del libro es la crítica que haces a la enseñanza de la ciencia en la escuela en los niveles básicos. Una idea del método científico ya anacrónica, lo de las visitas a los museos para copiar textos y no para aprovechar la interactividad que ofrece Universum, la memorización de datos y fórmulas, etc., es lo que predomina, como anotas en el libro. En términos muy generales, ¿cómo se enseña la ciencia en México?

SR: Te puedo decir lo que deduzco de ver a los niños que visitan el museo. Lo que veo es que llegan cuaderno en mano, van por el museo y copian las cédulas, que son los textos que acompañan a los equipos, muchas veces sin siquiera mirar el equipo al que se refiere el texto. Lo que pasa es que los maestros llegan al museo y les dicen: “A copiar cédulas, a lo mejor el que copie más tiene más puntos”, mientras ellos se meten a la cafetería, se toman un cafecito muy tranquilos, mientras los niños van por todo el museo haciendo lo que les indicaron.

Si eso es su idea de enseñar la ciencia entonces estamos muy mal, porque quiere decir que lo único que les interesa es que repitan como loros. Me imagino que los exámenes consistirán en repetir ciertas cosas.

También tengo la experiencia de haber dado clases en una escuela donde había maestros buenos y menos buenos. Había maestros de matemáticas que enseñaban todo de memoria, no decían el por qué, y decían que lo importante era que los alumnos mecanizaran, no importando que entiendan.

Por lo visto así es como se sigue enseñando la ciencia. Me parece que eso tiene que ver con el hecho de que los maestros no entienden bien de lo que están hablando. No es lo mismo que te dé clase de ciencias un señor que es ingeniero y que aprendió matemáticas y ciencia porque no le quedó más remedio, pero que no le interesan, a que te dé la misma clase un físico para el cual su profesión va mucho más allá de ganarse el pan. Ya es una relación de amor con su tema.

Creo que un físico, un científico en general puede enseñar la ciencia a nivel secundaria o preparatoria mejor porque para empezar la entiende a un nivel mucho más alto.

AR: ¿Qué papel juega la libertad tanto en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la ciencia como en el de la investigación científica?

SR: La libertad es esencial para los dos, insoslayable. No puedes decir: “Ahora tú vas a investigar esto.” Es como el que hace divulgación por gusto y le dicen: “Ahora divulgas esto”. “Perdóname, pero es un tema que no me gusta, no lo voy a hacer.”

Eso también ocurre en la educación. Piensa cuando de niño te inventas tus juegos, que no necesariamente es un juego estructurado. Te puedes pasar hora y horas absorto en tu juego, porque estás creando tus propias reglas, armándolo sobre la marcha y construyendo tu propia narración.

En el fondo, el que se dedica a cualquier labor científica o artística por gusto es porque está jugando. El ambiente y las premisas tienen que ser las mismas, de completa libertad.

En la enseñanza en la escuela yo entiendo que tiene que haber un programa, pero en un museo y en la divulgación la libertad es esencial. Se tienen que proponer ciertas actividades pero no obligar; tienes que decir “juega con este equipo y a ver qué te dice”. Es en ese sentido que entra la libertad en la educación o en la transmisión de la ciencia.

Vas conduciendo con una mano muy suave y cariñosa, pero dejando mucho margen para que la gente deambule por allí y haga sus propios hallazgos.

AR: Hay otra idea de tu libro que me gustó. Es tu critica a la concepción del método científico como un recetario, instrucciones fijas para llegar a la verdad, versión muy difundida en la escuela. Me recordabas a Paul Feyerabend, que ha afirmado en sus libros que muchos descubrimientos científicos se han hecho al margen del método, e incluso en contra de él.

SR: Feyerabend es un provocador, eso hay que saberlo. Además no nada más critica el pretendido método científico de la escuela básica, que cualquiera lo critica desde hace mucho tiempo. Por lo mismo que decíamos de la libertad y el juego, no puede haber reglas, no puede haber receta para hacer ciencia. Hay ciertas actitudes fundamentales: no te creas nada hasta que no estés seguro -que lo hubiera dicho Descartes desde el siglo XVII-, no recurrir a milagros para las explicaciones, etc., pero método como receta no puede haber.

Donde Feyerabend diga eso tiene toda la razón. Pero él critica incluso el pretender entender a la ciencia como una cosa con reglas, con lo que va mucho más lejos. A eso se refiere en Contra el método. Pero es un personaje muy chistoso, y todo lo que dice lo dice con un poquito de ironía. Pero tiene razón.

AR: También creo que tienes una fuerte influencia de Popper. Dirías con él que el científico tiene, y aún genera, más dudas que certezas, mientras que con el ignorante ocurre al revés.

SR: Sí. Creo que no lo dice nada más Popper. También se lo he leído a un filósofo estadounidense, Will Durant, que entiendo que fue un gran divulgador de la historia de la filosofía en Estados Unidos. Tengo un libro que escribió en 1910 que se llama Historia de la filosofía y en el prólogo dice: “Mientras más estudiamos y entendemos, más se disuelven nuestras certezas en duda e incertidumbre.”

Creo que es una observación que ya ha hecho mucha gente, incluso hasta Sócrates.

Mientras menos enterado esté uno, más fácil le es tener certezas y saber que sus ideas son verdaderas y que no hay otras. En cambio, cuando uno empieza a tener contacto con el mundo, dice por allí Cervantes algo como lo siguiente: “El contacto con las gentes le da a uno más perspectiva y le ayuda a uno a entender que uno puede tener sus ideas y funcionar en la vida con ellas, pero no necesariamente son las únicas ni las mejores.”

En la ciencia, certezas hay unas cuantas, pero siempre salpicadas por la pimienta de la duda. Como decía Descartes: “Nunca puedes estar completamente seguro”.

AR: En esa dirección hablaba Popper: para que una teoría sea científica tiene que ser falsable. Es el racionalismo crítico.

SR: Eso es por lo que se conoce a Popper principalmente. Uno pensaría que de lo que se tratan las teorías científicas es que sean firmes e irrefutables. Así se presenta la ciencia en la escuela y me temo que muchas veces también en los medios. Incluso los embaucadores y los estafadores siempre hacen referencia a la ciencia, apelan a su autoridad.

Pero las ciencias no son inamovibles. Como bien dice Popper: al contrario, una teoría que no se puede tirar es una teoría que no sirve para nada, porque si con ella puedes explicar una cosa y su contrario también, es como no haber dicho nada.

Entonces lo que proponía Popper como criterio para distinguir a una teoría científica de una no científica o seudocientífica es que la primera está expresada de tal manera que si resulta falsa, se puede demostrar que es falsa. Esto ayuda a construir teorías más sólidas, que aguantan más.

La idea de falsabilidad, en lugar de la de irrefutabilidad -que además suena horrible- permite tener un criterio para distinguir rápidamente una teoría científica de una que no lo es.

AR: Otro tema fascinante es el de la historia de la ciencia. ¿Qué tanto le sirve a un científico conocer la historia y la filosofía de la ciencia?

SR: Para ser franco y crudo, al investigador no le sirve para gran cosa, o por lo menos así lo creen. El objetivo del investigador es sacar los resultados, y desde luego le ayudaría saber cómo lo han hecho otros, y más o menos lo saben, ya que se enseña en la Facultad. Pero no le interesa tanto como la historiador, filósofo o divulgador de la ciencia.

AR: Hay otros ensayos que tratan sobre los viajeros en el tiempo y la posibilidad de que haya vida en otros lugares del universo. Es también una reflexión sobre el lugar del hombre en el cosmos. Sobre esto señalaba Octavio Paz que esa reflexión la hacían los filósofos antiguamente, pero que ahora la realizan los físicos. ¿Qué opinas de esto?

SR: Mi opinión es que sí, que ahora la abordan los científicos, pero no por eso deja de ser filosofía. Es curioso que lo haya dicho Kant, porque es de los primeros que empezó a distinguir entre filósofo y científico. Antes eran lo mismo. Incluso Newton ya en 1600, 1700, se seguía llamando un filósofo natural. Entonces no deja de ser filosofía porque la investiguen los científicos, pero a partir del siglo XVIII, pero todavía más en el XIX y en el XX la que más ha tenido que decir acerca de eso es la ciencia. Pero yo no la separaría de la filosofía.

AR: ¿A qué atribuyes la gran difusión de doctrinas seudocientíficas, charlatanerías como las que tratas en tu libro: el Feng Shui y Deepak Chopra?

SR: La gente busca creer en cosas. Lo primero que hay que decir es que el conocimiento científico se contrapone a este tipo de cosas. Su éxito se debe a que proporcionan una solución facilona, y a que nos guiamos por el principio de mínima energía, en el que lo que nos cuesta menos trabajo es lo que preferimos, que es lo que ocurre con todas esas cosas del New Age, Deepak Chopra y compañía.

Además, creo que esas creencias tienen la dudosa ventaja de inducir el sueño, de tranquilidad, de anestesia. Son ideas anestésicas que nos dan idea de un mundo que en realidad sí está centrado en nosotros, en el que hay entidades superiores que velan por nosotros, lo cual da mucha tranquilidad.

Las ciencias no van encaminadas ni a ser anestésico ni a ser lo contrario, sino a tratar de entender lo que es, independientemente de lo que nosotros queremos que sea. Como muchas veces no ofrecen esas esperanzas ni esa tranquilidad, no tienen tanta difusión. Lo que ahora hay que hacer es tratar de enseñar la ciencia de manera que también venda.

AR: En ese sentido va tu libro; como diría un clásico: “enseñar entreteniendo”.

SR: Sí, aunque decir que va encaminado a vender es decirlo de una manera muy brutal. No es a vender, pero sí a que lo lea la mayor parte de gente posible, a que no lo lea por obligación pero sí por gusto.

El libro lo escribí pensando, antes que nada, en enganchar y divertir al lector con temas de ciencia. Si el lector encuentra que se divirtió, pensó, soñó y viajó leyendo un libro acerca de la ciencia, mi esperanza es que se interese en la ciencia de verdad y no nada más en la divulgación.

AR: Finalmente, ¿qué idea de la ciencia pretendes dar en tu libro?

SR: No me atrevería a definirla, pero sí quisiera dar la idea de que es una forma de pensar que nos permite entender cómo funciona la naturaleza física; que no nos dice reglas de comportamiento, ni sirve para construir una ética, sino simplemente para descubrir cómo es el universo desligándonos de lo personal en la medida de lo posible. Para esto la ciencia emplea ciertas actitudes y procede de una manera que la emparenta con cualquier otra empresa humana -principalmente el arte- y como tal llena de esperanza, desilusiones, esfuerzo, alegrías, tristezas, placeres gigantescos.

Esa es la idea que a mí me gustaría dar: una empresa humana y no una serie de resultados aburridos que se nos presentan por allí. Por eso doy en el libro una imagen impresionista de cómo me parece a mí que es la actividad científica, a mí como persona que la ha disfrutado profundamente desde siempre.
 
 

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